"Uno de los mejores narradores cubanos de la hora presente"
(Juan Bonilla)

Del Blog de Díaz-Pimienta

jul
26
Añadido por Alexis Díaz Pimienta el 26 julio 2018 a las 12:01 pm

Para los visitantes de mi cuarto: un aperitivo de uno de los próximos libros de Chamaquili. Chamaquili ya ha estado en Almería, en La Habana (dos veces), en el Oeste, y ahora visita la ciudad en Nueva York, acompañado por su inseparable Mapá. ¿Se imaginan las ilustraciones del gran Jorge Oliver para este libro?




Chamaquili y los rascacielos

 

 

–Mapá, ¿qué es un rascacielos?

–Esos edificios altos.

–¿Y por qué rascan el cielo?

¿Las nubes le están picando?

Y cuando empieza a llover,

¿es porque los edificios

de tanto rascar el cielo

le van abriendo orificios?

Y cuando empieza a nevar,

¿es porque los rascacielos

rascan las nubes heladas

y arrancan trozos de hielo?

¿Y quién los hizo, Mapá?

¿Un albañil alto-alto,

mil veces más que nosotros?

¿O una pila de albañiles

subidos unos en otros?

Mapá, ¿qué es un rascacielos?

¿Y al cielo por qué le pica?

¿Tiene alergia a los aviones?

¿La altura lo perjudica?

Mapá, ¿qué es un rascacielos?

–Chamaquili, ya lo sabes.

Esos edificios altos

que tocan las nubes suaves.

–Yo quiero, Mapá,

ser un rascacielos,

rascar las nubes,

controlar los vuelos,

mirar desde arriba

al que está en el suelo,

fabricar la nieve

(es decir, el hielo),

buscar a mi abuela,

hallar a mi abuelo,

hablar con los pájaros,

ponerte a ti pelo.

–Bueno, Chamaquili,

¿qué tiene que ver

con los rascacielos

mi cabeza, a ver?

Pues desde que soy

Chama-rascacielos

si miro pa’ abajo

solo veo suelo,

tejados y gorras,

paraguas y pelos,

menos tú, Mapá,

porque se ve al vuelo,

que estás, pobrecito,

calvuelo, calvuelo.

–”Calvuelo” no existe,

te lo has inventado.

–¡Como que no existe!

Esto es demasiado.

Si es un rascacielo

el que rasca el cielo,

un calvo que al vuelo

se ve desde arriba

eso es un “calvuelo”,

sin alternativa.

Y otro Chamaquili

qué pasó a su lado

preguntó a su madre

bastante asombrado:

–Mamá, ¿qué es un calvuelo?

Y la madre respondió:

–Un calvo que mira al cielo.

Y se partieron de risa

el Chama y los rascacielos.


Chamaquili en Time Square

Cuántas luces de colores.

Cuántas luminosidad.

Cuántos focos y bombillas.

Cuánta luz, qué claridad.

Pobrecitos, Mapá, seguramente,

el mes próximo les cortan la electricidad.


Chamaquili en el centro de La Gran Manzana

No acabo de comprender

por qué esto es la Gran Manzana.

Ni la forma ni el sabor

ni el olor… Alguien me engaña.

Si quieren nombre de fruta

para el centro de Manhattan

le deberían poner

entonces… ¡la Gran Guanábana!

Miren bien. Los rascacielos

son espinas negras, blancas,

y los parques y las calles

son el resto de la cáscara.

Háganme caso, Mapá,

no digas la Gran Manzana.

Esto se debe llamar

¡Manhattan, la Gran Guanábana!

jul
26
Añadido por Alexis Díaz Pimienta el 26 julio 2018 a las 12:01 pm

Para los visitantes de mi cuarto: un aperitivo de uno de los próximos libros de Chamaquili. Chamaquili ya ha estado en Almería, en La Habana (dos veces), en el Oeste, y ahora visita la ciudad en Nueva York, acompañado por su inseparable Mapá. ¿Se imaginan las ilustraciones del gran Jorge Oliver para este libro?




Chamaquili y los rascacielos

 

 

–Mapá, ¿qué es un rascacielos?

–Esos edificios altos.

–¿Y por qué rascan el cielo?

¿Las nubes le están picando?

Y cuando empieza a llover,

¿es porque los edificios

de tanto rascar el cielo

le van abriendo orificios?

Y cuando empieza a nevar,

¿es porque los rascacielos

rascan las nubes heladas

y arrancan trozos de hielo?

¿Y quién los hizo, Mapá?

¿Un albañil alto-alto,

mil veces más que nosotros?

¿O una pila de albañiles

subidos unos en otros?

Mapá, ¿qué es un rascacielos?

¿Y al cielo por qué le pica?

¿Tiene alergia a los aviones?

¿La altura lo perjudica?

Mapá, ¿qué es un rascacielos?

–Chamaquili, ya lo sabes.

Esos edificios altos

que tocan las nubes suaves.

–Yo quiero, Mapá,

ser un rascacielos,

rascar las nubes,

controlar los vuelos,

mirar desde arriba

al que está en el suelo,

fabricar la nieve

(es decir, el hielo),

buscar a mi abuela,

hallar a mi abuelo,

hablar con los pájaros,

ponerte a ti pelo.

–Bueno, Chamaquili,

¿qué tiene que ver

con los rascacielos

mi cabeza, a ver?

Pues desde que soy

Chama-rascacielos

si miro pa’ abajo

solo veo suelo,

tejados y gorras,

paraguas y pelos,

menos tú, Mapá,

porque se ve al vuelo,

que estás, pobrecito,

calvuelo, calvuelo.

–”Calvuelo” no existe,

te lo has inventado.

–¡Como que no existe!

Esto es demasiado.

Si es un rascacielo

el que rasca el cielo,

un calvo que al vuelo

se ve desde arriba

eso es un “calvuelo”,

sin alternativa.

Y otro Chamaquili

qué pasó a su lado

preguntó a su madre

bastante asombrado:

–Mamá, ¿qué es un calvuelo?

Y la madre respondió:

–Un calvo que mira al cielo.

Y se partieron de risa

el Chama y los rascacielos.


Chamaquili en Time Square

Cuántas luces de colores.

Cuántas luminosidad.

Cuántos focos y bombillas.

Cuánta luz, qué claridad.

Pobrecitos, Mapá, seguramente,

el mes próximo les cortan la electricidad.


Chamaquili en el centro de La Gran Manzana

No acabo de comprender

por qué esto es la Gran Manzana.

Ni la forma ni el sabor

ni el olor… Alguien me engaña.

Si quieren nombre de fruta

para el centro de Manhattan

le deberían poner

entonces… ¡la Gran Guanábana!

Miren bien. Los rascacielos

son espinas negras, blancas,

y los parques y las calles

son el resto de la cáscara.

Háganme caso, Mapá,

no digas la Gran Manzana.

Esto se debe llamar

¡Manhattan, la Gran Guanábana!

jul
24
Añadido por Alexis Díaz Pimienta el 24 julio 2018 a las 4:40 pm

En el año 2006, cuando cumplí 40 años, escribí un poemario autobiográfico formado por décimas y sonetos, con el título La crisis de los 40. Han pasado casi 12 años y sigue inédito. Este es uno de los poemaa que conforman el libro. Espero que lo disfruten. 


Yo, improvisando con mi hijo Alex Díaz Hernández,
en el Teatro del Museo Nacional de Bellas Artes de La Habana.


 

Días de visita al médico

…y, lo que sería peor, hacerse poeta,

que, según dicen, es enfermedad

incurable y pegadiza…

Cervantes

¿Recuerdas, madre, los días

que íbamos al hospital

porque me sentaban mal

ciertas palabras? Decías

que era extraño, no entendías

cómo una palabra llana

sólo por llana era insana

causando un dolor agudo

o esdrújulo. Y nadie pudo

aclararlo. Una mañana

me atoré con un prefijo

y cuando me socorriste

solamente repetiste:

¡pero hijo!… ¡pero hijo!

Fuiste al médico y te dijo

que desde entonces me dieras

sólo palabras enteras,

de dos sílabas lo menos.

Consultaste a otros galenos

y de distintas maneras

todos dijeron lo mismo:

-Escoja cada palabra,

si tiene dudas no abra

la boca; mejor mutismo,

que el virus del silabismo

y la atrofia lexical.

Todos en el hospital

me llamaban El poeta.

El repentista-probeta.

Niño-lecto-escrito-oral.

Y tú, nerviosa, ¿recuerdas?

Escogías el arroz

primero y luego la voz

y los silencios, ¿te acuerdas?

Separabas como cuerdas

de un violín los adjetivos

neutros de los sustantivos

y estos de las conjunciones

y éstas de preposiciones

y éstas de demostrativos.

¿Recuerdas que los demás

niños temían quedarse

a mi lado y contagiarse

y no ser niños jamás?

No lo recuerdas, quizás,

pero yo sí lo recuerdo.

Y todavía me pierdo

algunas veces, me escondo

de los demás en el fondo

de mí mismo, o me hago el cuerdo

para que nadie se asuste

de esta enfermedad tan rara.

Tengo marcas en la cara

que dudo que a otros les guste:

marcas de mi desajuste

entre mudez y elocuencia.

Marcas de mi pertenencia

al club de la oralitura.

Marcas de sana locura,

de diabólica inocencia.

Y el último especialista

en dolencias infantiles

te habló de voces hostiles,

de llevarme a un exorcista.

Perdona, madre, que insista,

¿pero recuerdas el día

en que nadie te creía

que la fiebre que me daba

tan solo se me quitaba

leyéndome poesía?

Bueno, pues, sobreviví.

Ya voy a cumplir cuarenta

y aún la voz experimenta

grandes trastornos en mí.

Enfermo crónico, sí.

Crisis de sana locura.

Crisis de literatura.

Crisis de locuacidad.

Sí, madre, esta enfermedad

creo que no tiene cura.

____________________________________________-
Alexis Díaz-Pimienta (La Habana, Cuba, 1996). Escritor y repentista. Ha publicado hasta 2018 un total de 39 libros en diferentes géneros: novela, relatos, poesía, ensayo, literatura infantil y juvenil. Su obra ha sido traducida a varios idiomas (inglés, francés, alemán, italiano, árabe, búlgaro, finés, portugués, japonés y farsi), en antologías y revistas. Ha obtenido prestigiosos premios nacionales internacionales en Cuba, México y España (7 de poesía, 3 de novela, 4 de relatos y 4 de literatura infantil y juvenil). Su último libro publicado en España es El deseo sexual de las estatuas” (poesía, Huerga y Fierro, Madrid, 2018).

jul
24
Añadido por Alexis Díaz Pimienta el 24 julio 2018 a las 4:40 pm

En el año 2006, cuando cumplí 40 años, escribí un poemario autobiográfico formado por décimas y sonetos, con el título La crisis de los 40. Han pasado casi 12 años y sigue inédito. Este es uno de los poemaa que conforman el libro. Espero que lo disfruten. 


Yo, improvisando con mi hijo Alex Díaz Hernández,
en el Teatro del Museo Nacional de Bellas Artes de La Habana.


 

Días de visita al médico

…y, lo que sería peor, hacerse poeta,

que, según dicen, es enfermedad

incurable y pegadiza…

Cervantes

¿Recuerdas, madre, los días

que íbamos al hospital

porque me sentaban mal

ciertas palabras? Decías

que era extraño, no entendías

cómo una palabra llana

sólo por llana era insana

causando un dolor agudo

o esdrújulo. Y nadie pudo

aclararlo. Una mañana

me atoré con un prefijo

y cuando me socorriste

solamente repetiste:

¡pero hijo!… ¡pero hijo!

Fuiste al médico y te dijo

que desde entonces me dieras

sólo palabras enteras,

de dos sílabas lo menos.

Consultaste a otros galenos

y de distintas maneras

todos dijeron lo mismo:

-Escoja cada palabra,

si tiene dudas no abra

la boca; mejor mutismo,

que el virus del silabismo

y la atrofia lexical.

Todos en el hospital

me llamaban El poeta.

El repentista-probeta.

Niño-lecto-escrito-oral.

Y tú, nerviosa, ¿recuerdas?

Escogías el arroz

primero y luego la voz

y los silencios, ¿te acuerdas?

Separabas como cuerdas

de un violín los adjetivos

neutros de los sustantivos

y estos de las conjunciones

y éstas de preposiciones

y éstas de demostrativos.

¿Recuerdas que los demás

niños temían quedarse

a mi lado y contagiarse

y no ser niños jamás?

No lo recuerdas, quizás,

pero yo sí lo recuerdo.

Y todavía me pierdo

algunas veces, me escondo

de los demás en el fondo

de mí mismo, o me hago el cuerdo

para que nadie se asuste

de esta enfermedad tan rara.

Tengo marcas en la cara

que dudo que a otros les guste:

marcas de mi desajuste

entre mudez y elocuencia.

Marcas de mi pertenencia

al club de la oralitura.

Marcas de sana locura,

de diabólica inocencia.

Y el último especialista

en dolencias infantiles

te habló de voces hostiles,

de llevarme a un exorcista.

Perdona, madre, que insista,

¿pero recuerdas el día

en que nadie te creía

que la fiebre que me daba

tan solo se me quitaba

leyéndome poesía?

Bueno, pues, sobreviví.

Ya voy a cumplir cuarenta

y aún la voz experimenta

grandes trastornos en mí.

Enfermo crónico, sí.

Crisis de sana locura.

Crisis de literatura.

Crisis de locuacidad.

Sí, madre, esta enfermedad

creo que no tiene cura.

____________________________________________-
Alexis Díaz-Pimienta (La Habana, Cuba, 1996). Escritor y repentista. Ha publicado hasta 2018 un total de 39 libros en diferentes géneros: novela, relatos, poesía, ensayo, literatura infantil y juvenil. Su obra ha sido traducida a varios idiomas (inglés, francés, alemán, italiano, árabe, búlgaro, finés, portugués, japonés y farsi), en antologías y revistas. Ha obtenido prestigiosos premios nacionales internacionales en Cuba, México y España (7 de poesía, 3 de novela, 4 de relatos y 4 de literatura infantil y juvenil). Su último libro publicado en España es El deseo sexual de las estatuas” (poesía, Huerga y Fierro, Madrid, 2018).

jul
24
Añadido por Alexis Díaz Pimienta el 24 julio 2018 a las 4:35 pm

En el año 2006, cuando cumplí 40 años, escribí un poemario autobiográfico formado por décimas y sonetos, con el título La crisis de los 40. Han pasado 12 años y sigue inédito. Este es uno de los poemas que conforman el libro. Espero que lo disfruten. 


Yo, improvisando con mi hijo Alex Díaz Hernández,
en el Teatro del Museo Nacional de Bellas Artes de La Habana.


 

Días de visita al médico

…y, lo que sería peor, hacerse poeta,

que, según dicen, es enfermedad

incurable y pegadiza…

Cervantes

¿Recuerdas, madre, los días

que íbamos al hospital

porque me sentaban mal

ciertas palabras? Decías

que era extraño, no entendías

cómo una palabra llana

sólo por llana era insana

causando un dolor agudo

o esdrújulo. Y nadie pudo

aclararlo. Una mañana

me atoré con un prefijo

y cuando me socorriste

solamente repetiste:

¡pero hijo!… ¡pero hijo!

Fuiste al médico y te dijo

que desde entonces me dieras

sólo palabras enteras,

de dos sílabas lo menos.

Consultaste a otros galenos

y de distintas maneras

todos dijeron lo mismo:

-Escoja cada palabra,

si tiene dudas no abra

la boca; mejor mutismo,

que el virus del silabismo

y la atrofia lexical.

Todos en el hospital

me llamaban El poeta.

El repentista-probeta.

Niño-lecto-escrito-oral.

Y tú, nerviosa, ¿recuerdas?

Escogías el arroz

primero y luego la voz

y los silencios, ¿te acuerdas?

Separabas como cuerdas

de un violín los adjetivos

neutros de los sustantivos

y estos de las conjunciones

y éstas de preposiciones

y éstas de demostrativos.

¿Recuerdas que los demás

niños temían quedarse

a mi lado y contagiarse

y no ser niños jamás?

No lo recuerdas, quizás,

pero yo sí lo recuerdo.

Y todavía me pierdo

algunas veces, me escondo

de los demás en el fondo

de mí mismo, o me hago el cuerdo

para que nadie se asuste

de esta enfermedad tan rara.

Tengo marcas en la cara

que dudo que a otros les guste:

marcas de mi desajuste

entre mudez y elocuencia.

Marcas de mi pertenencia

al club de la oralitura.

Marcas de sana locura,

de diabólica inocencia.

Y el último especialista

en dolencias infantiles

te habló de voces hostiles,

de llevarme a un exorcista.

Perdona, madre, que insista,

¿pero recuerdas el día

en que nadie te creía

que la fiebre que me daba

tan solo se me quitaba

leyéndome poesía?

Bueno, pues, sobreviví.

Ya voy a cumplir cuarenta

y aún la voz experimenta

grandes trastornos en mí.

Enfermo crónico, sí.

Crisis de sana locura.

Crisis de literatura.

Crisis de locuacidad.

Sí, madre, esta enfermedad

creo que no tiene cura.

____________________________________________-
Alexis Díaz-Pimienta (La Habana, Cuba, 1996). Escritor y repentista. Ha publicado hasta 2018 un total de 39 libros en diferentes géneros: novela, relatos, poesía, ensayo, literatura infantil y juvenil. Su obra ha sido traducida a varios idiomas (inglés, francés, alemán, italiano, árabe, búlgaro, finés, portugués, japonés y farsi), en antologías y revistas. Ha obtenido prestigiosos premios nacionales internacionales en Cuba, México y España (7 de poesía, 3 de novela, 4 de relatos y 4 de literatura infantil y juvenil). Su último libro publicado en España es El deseo sexual de las estatuas” (poesía, Huerga y Fierro, Madrid, 2018).

jul
24
Añadido por Alexis Díaz Pimienta el 24 julio 2018 a las 4:35 pm

En el año 2006, cuando cumplí 40 años, escribí un poemario autobiográfico formado por décimas y sonetos, con el título La crisis de los 40. Han pasado 12 años y sigue inédito. Este es uno de los poemas que conforman el libro. Espero que lo disfruten. 


Yo, improvisando con mi hijo Alex Díaz Hernández,
en el Teatro del Museo Nacional de Bellas Artes de La Habana.


 

Días de visita al médico

…y, lo que sería peor, hacerse poeta,

que, según dicen, es enfermedad

incurable y pegadiza…

Cervantes

¿Recuerdas, madre, los días

que íbamos al hospital

porque me sentaban mal

ciertas palabras? Decías

que era extraño, no entendías

cómo una palabra llana

sólo por llana era insana

causando un dolor agudo

o esdrújulo. Y nadie pudo

aclararlo. Una mañana

me atoré con un prefijo

y cuando me socorriste

solamente repetiste:

¡pero hijo!… ¡pero hijo!

Fuiste al médico y te dijo

que desde entonces me dieras

sólo palabras enteras,

de dos sílabas lo menos.

Consultaste a otros galenos

y de distintas maneras

todos dijeron lo mismo:

-Escoja cada palabra,

si tiene dudas no abra

la boca; mejor mutismo,

que el virus del silabismo

y la atrofia lexical.

Todos en el hospital

me llamaban El poeta.

El repentista-probeta.

Niño-lecto-escrito-oral.

Y tú, nerviosa, ¿recuerdas?

Escogías el arroz

primero y luego la voz

y los silencios, ¿te acuerdas?

Separabas como cuerdas

de un violín los adjetivos

neutros de los sustantivos

y estos de las conjunciones

y éstas de preposiciones

y éstas de demostrativos.

¿Recuerdas que los demás

niños temían quedarse

a mi lado y contagiarse

y no ser niños jamás?

No lo recuerdas, quizás,

pero yo sí lo recuerdo.

Y todavía me pierdo

algunas veces, me escondo

de los demás en el fondo

de mí mismo, o me hago el cuerdo

para que nadie se asuste

de esta enfermedad tan rara.

Tengo marcas en la cara

que dudo que a otros les guste:

marcas de mi desajuste

entre mudez y elocuencia.

Marcas de mi pertenencia

al club de la oralitura.

Marcas de sana locura,

de diabólica inocencia.

Y el último especialista

en dolencias infantiles

te habló de voces hostiles,

de llevarme a un exorcista.

Perdona, madre, que insista,

¿pero recuerdas el día

en que nadie te creía

que la fiebre que me daba

tan solo se me quitaba

leyéndome poesía?

Bueno, pues, sobreviví.

Ya voy a cumplir cuarenta

y aún la voz experimenta

grandes trastornos en mí.

Enfermo crónico, sí.

Crisis de sana locura.

Crisis de literatura.

Crisis de locuacidad.

Sí, madre, esta enfermedad

creo que no tiene cura.

____________________________________________-
Alexis Díaz-Pimienta (La Habana, Cuba, 1996). Escritor y repentista. Ha publicado hasta 2018 un total de 39 libros en diferentes géneros: novela, relatos, poesía, ensayo, literatura infantil y juvenil. Su obra ha sido traducida a varios idiomas (inglés, francés, alemán, italiano, árabe, búlgaro, finés, portugués, japonés y farsi), en antologías y revistas. Ha obtenido prestigiosos premios nacionales internacionales en Cuba, México y España (7 de poesía, 3 de novela, 4 de relatos y 4 de literatura infantil y juvenil). Su último libro publicado en España es El deseo sexual de las estatuas” (poesía, Huerga y Fierro, Madrid, 2018).

jul
20
Añadido por Alexis Díaz Pimienta el 20 julio 2018 a las 4:41 pm
Hoy la firma invitada al Blog de Oralitura es la profesora e investigadora italo-mexicana Caterina Camastra, quien estuvo recientemente de visita en Cuba y no pudo sustraerse a escribir en décimas (incluyendo una “octava cimarrona”) este canto de amor a su capital, La Habana. Las décimas se explican solas. ¡Bienvenida, Caterina! (Como siempre esperamos comentarios.)



Te quiero, La Habana (seis espinelas y una octava cimarrona)




Caterina Camastra en La Habana (selfie, cortesía de la autora)



Cómo te explico, La Habana,
La Habana, cómo te cuento,
no me alcanza el pensamiento
ni la palabra, tirana,
puede abarcar la mañana
entre las calles y el mar.
La Habana, cómo explicar
lo que a mí me significa
la estrofa se me complica
para este inmenso lugar. 


La Habana, poema urbano,
concierto de disonancias,
desaliñada elegancia,
pañuelo de encaje en mano,
porte altanero y ufano
de princesa tropical,
La Habana del vendaval
que barre el aire y las horas,
La Habana, antigua señora
que se mece en su portal.

La Habana del malecón,
La Habana calles adentro,
La Habana de fuga y centro
entre avenida y rincón,
La Habana en cada balcón
de aristocracia perdida
donde la ropa tendida
se inventa como pendón. 

La Habana con tu escondida
magia, con tus dioses
La Habana, tú, cuando coses
hechizos, eres lucida.

Yemayá fue mi amiga 
hubo algún otro que no,
hice enojar a Shangó
por despreciar su aguacero,
entonces estalló un trueno
cercano, y me estremeció.

Me dice “niña preciosa”
La Habana, con sus engaños,
a mis cuarenta y un años
qué risa me da la cosa.
La Habana, ciudad tramposa,
tú y yo sabemos por qué,
mas si “niña” escucharé
de cada guapo que veo,
miénteme, que yo te creo
y ya no me quejaré. 

Mil y un kilómetro andados,
la mejor dieta: La Habana,
que si eres vegetariana
te lo pone complicado.
Aquí sí que he adelgazado
y ahora debo partir
justo cuando iba a lucir
delgada como un estambre,
aunque me muera de hambre
no me quiero despedir.

La Habana, llevo conmigo
innumerables cafés,
un beso que no acepté,
libros (mis mudos testigos)
los versos de mis amigos,
la luna por la ventana,
el sol de cada mañana,
las caminatas costeras.
Yo no sé si tú me quieras,
mas yo te quiero, La Habana.