"Uno de los mejores narradores cubanos de la hora presente"
(Juan Bonilla)

Del Blog de Díaz-Pimienta

ene
30
Añadido por Alexis Díaz Pimienta el 30 enero 2019 a las 12:03 pm
para Charo Martín,
porque la vimos juntos

Foto © Instagram del artista Instagram del artista
Hace unas semanas vi, por fin, Yuli, el aclamado filme de la cineasta española Icíar Bollaín que, con guión del británico Paul Laverty, recrea el libro autobiográfico del bailarín cubano Carlos Acosta. Y al salir del cine me dije: “cómo se agradece una película así, Inteligente en todos los aspectos”. Y varias veces pensé mientras la veía: es increíble y paradójico que la mejor “película cubana” de los últimos años sea una película española con guionista inglés. Pero inmediatamente me sentí incómodo, porque en realidad no he visto todas las películas cubanas de los últimos años y porque esta afirmación, siendo elogiosa con el dueto Bollaín-Laverty, puede sonar denostativa con los cineastas de la isla, sin pretender serlo. Luego me leí una entrevista a Icíar Bollaín en El País donde contaba que el mayor piropo que había recibido sobre la película lo escuchó en La Habana, cuando alguien del público, un cubano, le dijo que su película parecía cubana. Y suspiré aliviado. No era yo solo. Téngase en cuenta que este no es poco piropo, tomando en cuenta que la cubana es una realidad tan atípica y compleja que retratarla bien, en serio, es ya en sí un arte. Esto me hizo preguntarme por qué podía hacer un retrato del Periodo Especial cubano un dueto de creadores no cubanos con tanta precisión y elegancia, sin haberlo vivido. Y enseguida me dije: la distancia, la falta de voliciones afectivas de todo tipo, la ausencia de presión psico-sociólogica que luego es traducible (y se traduce) en voluntad crítica, una intención casi subconsciente. Se agradece que durante toda la película de Icíar Bollaín, por ejemplo, la fotografía de Alex Catalán no se regodee, ni en un solo plano, en la miseria inmobiliaria, en los pobres enseres domésticos, en la suciedad y zafiedad del entorno, cosas que están ahí, de fondo y esto es lo que hace tan efectivo el retrato. No hay primeros planos enfáticos. No hay discursos sordos ni sórdidos. Porque no hacían falta. Todos los espectadores fuimos capaces de captar en su justa extensión la pobreza familiar de Yuli, del barrio en que creció, de esa otra Habana que también existe a pocos metros del bello y embellecido casco histórico, plato y plató para turistas, sin necesitad de énfasis. No hicieron falta (es decir, no hacen falta) porque toda pobreza está llena de códigos visuales universales y fáciles de decodificar, y son los mismos códigos  en Cuba que en Colombia, México, Haití o España. Imágenes que llegan al espectador con olores y hasta sabores exquisitamente únicos e inequívocos, por lo que sobra incidir, regodearse. Es el minimalismo efectivo ante el maximalismo inútil. Y entonces me decía, me preguntaba yo, viendo la peli: ¿por qué nosotros, los cineastas y escritores cubanos, somos incapaces de filmar y narrar con esta sucia asepsia, si se me permiten el recurso? ¿Por qué necesitamos no solo el desconchón en la pared, sino su protagonismo, no solo el bache, el fogón tiznado, el colchón roto, la guagua llena, el cablerío eléctrico, sino gritar con fotogramas o parrafadas (tratamiento artístico) su esencia bukoskiana y su rol prota-agónico? Recuerdo que cuando yo empecé a leer narrativa con seriedad, con 16 o 17 años, primer paso para luego escribir narrativa con seriedad, me encandilaba con la capacidad de algunos grandes narradores para crear primeros planos narrativos. Ese Dos Passos detenido durante largos párrafos  en las alas de una mosca (ahí descubrí, de paso, la palabra “élitro”); ese Carpentier obsesionado con la cubertería de plata en una mesa o con las columnas de un edificio colonial; o Carlos Fuentes y la sala de un hospital y todo su instrumental médico; y años más tarde hallé el mismo zoom in narrativo en Vargas Llosa (sobre la vacinica del caudillo enfermo), o en Daniel Pennac  (un charco francés que se parecía al mapa de Francia y terminaba en una algarabía de inmigrantes). Y es cierto que esto me sigue maravillando, como recurso creativo. Pero como todo recurso narrativo, debe dosificarse. Yo creo que aquí, en la falta de un dosificador estético, es donde cojean muchas veces nuestro cine, nuestra narrativa. Es como si cada uno de nuestros autores, en tanto protagonista de una realidad tan concreta y tan personal en su aparente unicidad, la cubana, se cree en la obligación del énfasis, mitad obligatorio, mitad necesario. Por supuesto, en todo su derecho. Pero ojo: en Yuli sorprende y se agradece lo contrario. Que nos cuenten la historia de un bailarín protagonizada por el baile, y con los conflictos familiares y sociales como telón de fondo, como complementos y no aditamentos. Quien entra al cine sin conocer nada sobre Carlos Acosta sale del cine conociendo todo sobre su vida y su obra, incluso la crisis social que le tocó vivir, el conflicto racial al que sobrevivió, el disgusto político de los personajes secundarios que lo acompañan. Esos secundarios que, dicho sea de paso, sirven para desahogar al protagonista y evitar cargarlo de parlamentos que desviarían la atención y dañarían su diseño, otra inteligente apuesta del guionista, quien logra así salvar al héroe, no contaminarlo. El Acosta de Bollain-Laverty es bailarín, no sociólogo, es un artista y ellos quieren que lo veamos en su complejidad artística, no política. Entonces, llegan y se crecen los personajes-desahogo (o desagüe), como el amigo infeliz e Inconforme que no aguanta más “y se pira”, el de las “pingas” vociferadas como en la vida misma, un personaje (y una actuación) que un tanto recuerdan al personaje de Roberto San Martín en Habana Blues de Benito Zambrano (otra película “cubana” hecha por un español).

En todo esto pensaba mientras veía la película en el cine Alameda de Sevilla, y en las curiosas similitudes de mi vida con la vida de Carlos Acosta. Los dos somos de barrios pobres. Los dos negros. Los dos con un padre-faro (y sargento) para que no nos desviáramos jamás del camino del arte. Los dos viajamos casi a la misma vez a Europa: él a Inglaterra, yo a España. Los dos volvimos a Cuba años después para crear escuelas de nuestro arte-madre: él de ballet, yo de repentismo. ¿Casualidades? ¿Coincidencias? Más bien confluencias. Yo no conozco personalmente a Carlos Acosta. Recuerdo que fui invitado a la fundación de su escuela de ballet en La Habana, pero no fui, no recuerdo por qué. Tampoco conozco a Iciar Bollaín, aunque hace años agradezco sus exquisiteces fílmicas. Y de los actores de la película, sólo tengo una amiga en el reparto: esa actriz camaleónica llamada Laura de Uz, nuestra Meryl Streep, nuestra Woopy Golberg, nuestra Carmen Maura. Y por ella me he sentido muy cerca de este filme que, y esto no puede obviarse, entre sus grandezas tiene su actuación, además de  contar con la poética y magnífica fotografía de Alex Catalán, y con la impresionante música de Alberto Iglesias (qué inteligente decisión contar con el más laureado músico del cine español, pese a ser una película musical sobre un cubano y rodada en Cuba, reconocida cuna de grandes músicos. Otro acierto). Y todos ellos girando en torno a Yuli, al Carlos Acosta real, quien en la película se interpreta a sí mismo, también sin estridencias, sin arrobo, haciendo de este biopicalgo a la vez íntimo y épico, hasta tal punto que me atrevo a decir que Yuli es una película de Carlos Acosta interpretada por Icíar Bollaín, con un reparto integrado por Paul Laverty, Alex Catalán, Alberto Iglesias, el increíble Edison Manuel Olvera (Yuli niño), el actor revelación Santiago Alfonso (de Tropicana al celuloide), un espectacular Keyvin Martínez (Yuli joven) y una sin par Laura de la Uz.

Aunque párrafo aparte merece la actuación de Santiago Alfonso como padre de Yuli, representando más que interpretando a ese padre negro y gruñón que ha sido para muchos de nosotros el padre de barrio, el padre pobre cuya única riqueza era su autoridad, esa recia figura que tan bien retrató un repentista cubano, Ernesto Ramírez, en esta redondilla improvisada: “Mi padre es un jorobado / con arrugas en la frente / que me calla solamente / con mirarme atravesado”. Y esta mezcla de figura paterna, orgullo racial y redondilla improvisada, me recuerda que la poesía, la décima, improvisada y escrita, fue el ballet que me tocó bailar a mí, y el que sigo bailando, así que termino la función como tiene que ser, con décimas, en homenaje a su padre y al mío.

He visto YULI. Y lloré.
Me emocioné. Me reí.
Hasta me reconoci
en Acosta. Recordé
mi yo de negrito a pie,
mi barrio, mi adolescencia,
mis noches de penitencia,
mis broncas, mi padre viejo.
Me he mirado en un espejo
de absoluta transparencia.

Sorprendente la actuación
del padre del bailarín.
Grande Icíar Bollaín.
Impresionante el guión.
Todos los Acosta son
el mismo Carlos bailando.
Me gustó el acento blando,
la nostalgia a contraluz
y esa Laura de la Uz
tomando otra vez el mando.

El Carlos niño fui yo
que en vez de bailar cantaba,
es decir, improvisaba,
y los otros niños no.
Mi viejo igual me obligó
pero yo a gusto lo hacía.
Y eso que yo no tenía
una maestra-tutora-
protectora-defensora
de mi propia poesía.

El Carlos joven fui yo
abriéndome a versos paso.
Muy pocos me hacían caso
pero eso no me importó.
Mi padre me protegió.
Me gritó: ¡tú eres poeta!
Y así fui en ese planeta
al que me integré (y me integro)
el primer poeta negro
que hizo el amor con Julieta.

A mí también me dijeron
“la décima es cosa hispana,
No de raíz africana”,
pero no me convencieron.
De mí también se rieron
en San Miguel del Padron.
Y más de un regio varón
en el barrio me decía
“eso de la poesía
es cosa de maricón“.

Mi Período Especial
fue el mismo del bailarín.
Y mi chispa. Y mi azuquín.
Y mi novia en el portal.
Yo me hice sontén igual
del sanguíneo batallón.
Y alcancé gran proyección
con aplausos extranjeros.
Y el éxodo de balseros
lo vi por televisión.

El Carlos que se marchó
a Europa también he sido.
Solo que yo he recorrido
España, Inglaterra no.
Fui el Acosta que volvió
A Cuba y fundó una escuela.
solo que – y no me consuela-
actuamos en otro set:
una cosa  es el ballet
y otra cosa la espinela.

En fin, Yuli me ha gustado.
El guión, la dirección,
la sobria interpretación
de cada actor. El logrado
ambiente sin demasiado
hincapié en nuestra pobreza.
La mesurada tristeza
sin burdos primeros planos
en desconchones insanos
en nuestra urbana maleza.

La Habana. Londres. Acosta.
Londres. La Habana. Biopic.
¡Aplausos! (¡Flash!) ¡Premios! (¡Clic!)
Y el padre siempre de posta.
Un negro que nada imposta.
Film de deux. Exquisitez.
Y yo pensando otra vez:
“¿la mejor peli cubana
es de una cineasta hispana
con un guionista inglés?”

Yuli, de Carlos Acosta,
bailada por Bollaín,
es un excelente film
y es respuesta, answer, riposta
de alguien que ha crecido a-costa
de su propio sufrimiento.
Un fílmico monumento.
Un alegato racial.
Y un homenaje total
al trabajo y al talento.

Alexis Díaz-Pimienta

Sevilla, 30 de enero de 2019.


ene
30
Añadido por Alexis Díaz Pimienta el 30 enero 2019 a las 12:03 pm
para Charo Martín,
porque la vimos juntos

Foto © Instagram del artista Instagram del artista
Hace unas semanas vi, por fin, Yuli, el aclamado filme de la cineasta española Icíar Bollaín que, con guión del británico Paul Laverty, recrea el libro autobiográfico del bailarín cubano Carlos Acosta. Y al salir del cine me dije: “cómo se agradece una película así, Inteligente en todos los aspectos”. Y varias veces pensé mientras la veía: es increíble y paradójico que la mejor “película cubana” de los últimos años sea una película española con guionista inglés. Pero inmediatamente me sentí incómodo, porque en realidad no he visto todas las películas cubanas de los últimos años y porque esta afirmación, siendo elogiosa con el dueto Bollaín-Laverty, puede sonar denostativa con los cineastas de la isla, sin pretender serlo. Luego me leí una entrevista a Icíar Bollaín en El País donde contaba que el mayor piropo que había recibido sobre la película lo escuchó en La Habana, cuando alguien del público, un cubano, le dijo que su película parecía cubana. Y suspiré aliviado. No era yo solo. Téngase en cuenta que este no es poco piropo, tomando en cuenta que la cubana es una realidad tan atípica y compleja que retratarla bien, en serio, es ya en sí un arte. Esto me hizo preguntarme por qué podía hacer un retrato del Periodo Especial cubano un dueto de creadores no cubanos con tanta precisión y elegancia, sin haberlo vivido. Y enseguida me dije: la distancia, la falta de voliciones afectivas de todo tipo, la ausencia de presión psico-sociólogica que luego es traducible (y se traduce) en voluntad crítica, una intención casi subconsciente. Se agradece que durante toda la película de Icíar Bollaín, por ejemplo, la fotografía de Alex Catalán no se regodee, ni en un solo plano, en la miseria inmobiliaria, en los pobres enseres domésticos, en la suciedad y zafiedad del entorno, cosas que están ahí, de fondo y esto es lo que hace tan efectivo el retrato. No hay primeros planos enfáticos. No hay discursos sordos ni sórdidos. Porque no hacían falta. Todos los espectadores fuimos capaces de captar en su justa extensión la pobreza familiar de Yuli, del barrio en que creció, de esa otra Habana que también existe a pocos metros del bello y embellecido casco histórico, plato y plató para turistas, sin necesitad de énfasis. No hicieron falta (es decir, no hacen falta) porque toda pobreza está llena de códigos visuales universales y fáciles de decodificar, y son los mismos códigos  en Cuba que en Colombia, México, Haití o España. Imágenes que llegan al espectador con olores y hasta sabores exquisitamente únicos e inequívocos, por lo que sobra incidir, regodearse. Es el minimalismo efectivo ante el maximalismo inútil. Y entonces me decía, me preguntaba yo, viendo la peli: ¿por qué nosotros, los cineastas y escritores cubanos, somos incapaces de filmar y narrar con esta sucia asepsia, si se me permiten el recurso? ¿Por qué necesitamos no solo el desconchón en la pared, sino su protagonismo, no solo el bache, el fogón tiznado, el colchón roto, la guagua llena, el cablerío eléctrico, sino gritar con fotogramas o parrafadas (tratamiento artístico) su esencia bukoskiana y su rol prota-agónico? Recuerdo que cuando yo empecé a leer narrativa con seriedad, con 16 o 17 años, primer paso para luego escribir narrativa con seriedad, me encandilaba con la capacidad de algunos grandes narradores para crear primeros planos narrativos. Ese Dos Passos detenido durante largos párrafos  en las alas de una mosca (ahí descubrí, de paso, la palabra “élitro”); ese Carpentier obsesionado con la cubertería de plata en una mesa o con las columnas de un edificio colonial; o Carlos Fuentes y la sala de un hospital y todo su instrumental médico; y años más tarde hallé el mismo zoom in narrativo en Vargas Llosa (sobre la vacinica del caudillo enfermo), o en Daniel Pennac  (un charco francés que se parecía al mapa de Francia y terminaba en una algarabía de inmigrantes). Y es cierto que esto me sigue maravillando, como recurso creativo. Pero como todo recurso narrativo, debe dosificarse. Yo creo que aquí, en la falta de un dosificador estético, es donde cojean muchas veces nuestro cine, nuestra narrativa. Es como si cada uno de nuestros autores, en tanto protagonista de una realidad tan concreta y tan personal en su aparente unicidad, la cubana, se cree en la obligación del énfasis, mitad obligatorio, mitad necesario. Por supuesto, en todo su derecho. Pero ojo: en Yuli sorprende y se agradece lo contrario. Que nos cuenten la historia de un bailarín protagonizada por el baile, y con los conflictos familiares y sociales como telón de fondo, como complementos y no aditamentos. Quien entra al cine sin conocer nada sobre Carlos Acosta sale del cine conociendo todo sobre su vida y su obra, incluso la crisis social que le tocó vivir, el conflicto racial al que sobrevivió, el disgusto político de los personajes secundarios que lo acompañan. Esos secundarios que, dicho sea de paso, sirven para desahogar al protagonista y evitar cargarlo de parlamentos que desviarían la atención y dañarían su diseño, otra inteligente apuesta del guionista, quien logra así salvar al héroe, no contaminarlo. El Acosta de Bollain-Laverty es bailarín, no sociólogo, es un artista y ellos quieren que lo veamos en su complejidad artística, no política. Entonces, llegan y se crecen los personajes-desahogo (o desagüe), como el amigo infeliz e Inconforme que no aguanta más “y se pira”, el de las “pingas” vociferadas como en la vida misma, un personaje (y una actuación) que un tanto recuerdan al personaje de Roberto San Martín en Habana Blues de Benito Zambrano (otra película “cubana” hecha por un español).

En todo esto pensaba mientras veía la película en el cine Alameda de Sevilla, y en las curiosas similitudes de mi vida con la vida de Carlos Acosta. Los dos somos de barrios pobres. Los dos negros. Los dos con un padre-faro (y sargento) para que no nos desviáramos jamás del camino del arte. Los dos viajamos casi a la misma vez a Europa: él a Inglaterra, yo a España. Los dos volvimos a Cuba años después para crear escuelas de nuestro arte-madre: él de ballet, yo de repentismo. ¿Casualidades? ¿Coincidencias? Más bien confluencias. Yo no conozco personalmente a Carlos Acosta. Recuerdo que fui invitado a la fundación de su escuela de ballet en La Habana, pero no fui, no recuerdo por qué. Tampoco conozco a Iciar Bollaín, aunque hace años agradezco sus exquisiteces fílmicas. Y de los actores de la película, sólo tengo una amiga en el reparto: esa actriz camaleónica llamada Laura de Uz, nuestra Meryl Streep, nuestra Woopy Golberg, nuestra Carmen Maura. Y por ella me he sentido muy cerca de este filme que, y esto no puede obviarse, entre sus grandezas tiene su actuación, además de  contar con la poética y magnífica fotografía de Alex Catalán, y con la impresionante música de Alberto Iglesias (qué inteligente decisión contar con el más laureado músico del cine español, pese a ser una película musical sobre un cubano y rodada en Cuba, reconocida cuna de grandes músicos. Otro acierto). Y todos ellos girando en torno a Yuli, al Carlos Acosta real, quien en la película se interpreta a sí mismo, también sin estridencias, sin arrobo, haciendo de este biopicalgo a la vez íntimo y épico, hasta tal punto que me atrevo a decir que Yuli es una película de Carlos Acosta interpretada por Icíar Bollaín, con un reparto integrado por Paul Laverty, Alex Catalán, Alberto Iglesias, el increíble Edison Manuel Olvera (Yuli niño), el actor revelación Santiago Alfonso (de Tropicana al celuloide), un espectacular Keyvin Martínez (Yuli joven) y una sin par Laura de la Uz.

Aunque párrafo aparte merece la actuación de Santiago Alfonso como padre de Yuli, representando más que interpretando a ese padre negro y gruñón que ha sido para muchos de nosotros el padre de barrio, el padre pobre cuya única riqueza era su autoridad, esa recia figura que tan bien retrató un repentista cubano, Ernesto Ramírez, en esta redondilla improvisada: “Mi padre es un jorobado / con arrugas en la frente / que me calla solamente / con mirarme atravesado”. Y esta mezcla de figura paterna, orgullo racial y redondilla improvisada, me recuerda que la poesía, la décima, improvisada y escrita, fue el ballet que me tocó bailar a mí, y el que sigo bailando, así que termino la función como tiene que ser, con décimas, en homenaje a su padre y al mío.

He visto YULI. Y lloré.
Me emocioné. Me reí.
Hasta me reconoci
en Acosta. Recordé
mi yo de negrito a pie,
mi barrio, mi adolescencia,
mis noches de penitencia,
mis broncas, mi padre viejo.
Me he mirado en un espejo
de absoluta transparencia.

Sorprendente la actuación
del padre del bailarín.
Grande Icíar Bollaín.
Impresionante el guión.
Todos los Acosta son
el mismo Carlos bailando.
Me gustó el acento blando,
la nostalgia a contraluz
y esa Laura de la Uz
tomando otra vez el mando.

El Carlos niño fui yo
que en vez de bailar cantaba,
es decir, improvisaba,
y los otros niños no.
Mi viejo igual me obligó
pero yo a gusto lo hacía.
Y eso que yo no tenía
una maestra-tutora-
protectora-defensora
de mi propia poesía.

El Carlos joven fui yo
abriéndome a versos paso.
Muy pocos me hacían caso
pero eso no me importó.
Mi padre me protegió.
Me gritó: ¡tú eres poeta!
Y así fui en ese planeta
al que me integré (y me integro)
el primer poeta negro
que hizo el amor con Julieta.

A mí también me dijeron
“la décima es cosa hispana,
No de raíz africana”,
pero no me convencieron.
De mí también se rieron
en San Miguel del Padron.
Y más de un regio varón
en el barrio me decía
“eso de la poesía
es cosa de maricón“.

Mi Período Especial
fue el mismo del bailarín.
Y mi chispa. Y mi azuquín.
Y mi novia en el portal.
Yo me hice sontén igual
del sanguíneo batallón.
Y alcancé gran proyección
con aplausos extranjeros.
Y el éxodo de balseros
lo vi por televisión.

El Carlos que se marchó
a Europa también he sido.
Solo que yo he recorrido
España, Inglaterra no.
Fui el Acosta que volvió
A Cuba y fundó una escuela.
solo que – y no me consuela-
actuamos en otro set:
una cosa  es el ballet
y otra cosa la espinela.

En fin, Yuli me ha gustado.
El guión, la dirección,
la sobria interpretación
de cada actor. El logrado
ambiente sin demasiado
hincapié en nuestra pobreza.
La mesurada tristeza
sin burdos primeros planos
en desconchones insanos
en nuestra urbana maleza.

La Habana. Londres. Acosta.
Londres. La Habana. Biopic.
¡Aplausos! (¡Flash!) ¡Premios! (¡Clic!)
Y el padre siempre de posta.
Un negro que nada imposta.
Film de deux. Exquisitez.
Y yo pensando otra vez:
“¿la mejor peli cubana
es de una cineasta hispana
con un guionista inglés?”

Yuli, de Carlos Acosta,
bailada por Bollaín,
es un excelente film
y es respuesta, answer, riposta
de alguien que ha crecido a-costa
de su propio sufrimiento.
Un fílmico monumento.
Un alegato racial.
Y un homenaje total
al trabajo y al talento.

Alexis Díaz-Pimienta

Sevilla, 30 de enero de 2019.


ene
12
Añadido por Alexis Díaz Pimienta el 12 enero 2019 a las 1:59 pm



Una mañana Marita le contó a un grupo de niñas más pequeñas que ella, durante el recreo, que su perro, llamado Selfie, sabía volar. Y luego les dijo que Selfie volaba porque se había tragado un murciélago una tarde del verano anterior. Las niñas la miraron raro, con distintas muecas, pero ella amplió la información, dio detalles, como que Selfie desde entonces volaba por las noches, solo por las noches, y que era muy difícil verlo porque lo hacía tarde, cuando todos dormían.
Las niñas, todas, pusieron cara de “no entendemos nada”

— ¿Y tú cómo lo sabes? —preguntó la Superdesconfiada, una niña de trenza gruesa y grandes gafas de pasta azul, que lo ponía todo en duda.

—Porque él viene a mi cuarto —respondió Marita, sin inmutarse, sin mirarla—. Solo vuela en mi cuarto, porque si mis padres lo ven volar lo mandan a un zoológico. O peor, a un circo.

— ¿Tus padres harían eso? —preguntó otra niña, una rubita de ojos claros.

—Mi padre sobre todo, que es muy bruto y odia a los murciélagos.

—Pobrecito.

—¿Quién, mi padre?

—No, tu perro-murciélago.

—Además, mientras  vuela, Selfie es ciego y se orienta con el eco.

—¿Ciego?

—Totalmente ciego; pero no te preocupes, que se orienta con el eco.

Y las demás niñas, hasta una niña gorda con cara de asco e incredulidad, la miraron con admiración y ojos de asombro.

Marita sonrió.

Otro día le dijo a un niño del aula de infantil, muy pequeñajo, algo tan grave, tan tremendo, que no más oírlo el niño comenzó a llorar y se alejó llorando de ella y se fue al patio y el llanto no se le quitaba con nada.

—La culpa —decía ella en su defensa luego— no es mía, es de mi padre.

Y en parte tenía razón.

Si su padre no hubiera ido aquel día a recogerla al cole —casi siempre quien iba era su madre— nada de aquello hubiera sucedido, decía. Es decir, que ella no se hubiera puesto a dar saltitos de felicidad delante del niño al ver llegar a su padre con su inconfundible peto de mecánico, tan ancho como sucio, limpiándose las manos con un pañuelo de colores, con sus grandes botas y unas zancadas con las que, decía ella, era capaz de recorrer España entera en cuestión de minutos. Esto Marita lo pensaba de verdad y estaba a punto de decírselo al niño (algo así como: “mi padre tiene las piernas tan largas que es capaz de recorrer España entera en cuestión de minutos”), pero no le dio tiempo porque antes el niño le dio dos codazos y le soltó, señalando a su padre:

— ¡Mira, un calvo!

El niño se veía emocionado.

— ¡Mira, un calvo!

Y entonces ella no se pudo contener. Olvidó las zancadas de su padre y sus récords recorriendo España de punta a punta, y Europa de lado a lado, dándole la vuelta al mundo si hacía falta, y respondió muy seria, como tiene que ser en casos como estos:

—Mi padre no es calvo; lo que sucede es que mi padre se peina pa’ dentro.

¡Y stop!

El niño, emocionado, la miró con la boca abierta. STOP.

—Sí, se peina pa’ dentro.

Ahora el niño emocionado era incapaz de cerrar la boca, de cerrar los ojos y se le acumulaban las ganas de cerrar las orejas para no oír aquello. Pero oía. En la medida en que su padre se acercaba más lo oía mejor, lo interpretaba, se lo imaginaba.

—Mi padre todas las mañana antes de salir para el taller se peina su larga cabellera ante el espejo —dijo, con tono recitativo incluso—, luego se abre la cabeza con las manos, se guarda todo el pelo dentro y la cierra de nuevo.

El niño emocionado no podía cerrar la boca, ni cerrar los ojos, ni cerrar las orejas, que era lo peor. STOP.

— ¿No ves que si se va al taller con todo el pelo afuera se le llena de grasa? —puntualizó ella.

Y el niño entonces comenzó a hacer mohines, esa pequeña mueca triste que sólo saben hacer los niños pequeños antes de llorar, o que solo a ellos, a los pequeñines, les quedan perfectos.

—Mira cómo trae las manos —continuó Marita—, y cómo trae la ropa. Imagínate si llevase el pelo afuera.

 Y entonces el niño ya no pudo más. Comenzó a llorar como solo saben llorar los niños muy pequeños cuando están asustados de verdad. Un llanto-llanto de boba abierta en forma de luna boca abajo, con los ojos achinados y anegados en lágrimas.

Y el grito lloroso del niño emocionado llegó primero a los oídos del padre de Marita que a los de Marita, de tan metida como estaba ella en su historia.

Y a los oídos del resto de los niños en el patio del colegio.

Y a los oídos de las seños.

Y a los oídos de otras madres y padres que estaban llegando a recoger también a sus pequeños.

Y a todos les pareció exactamente lo que era aquello: un llanto infantil desgarrador, traumático, altísimo, que salía de la boca y del cuerpo de aquel niño pequeño que se alejaba corriendo de Marita, buscando refugio en las piernas de una seño y señalando al hombre calvo del peto mecánico y las piernas largas.

Y los qué pasa, qué te pasa, pero qué te pasa, no recibieron más respuesta que lágrimas y una frase entre cortada, ininteligible con el hipo: él, decía el niño, él se pei, balbuceaba, se peina, decía, pa’, balbuceaba, den, decía, tro, balbuceaba, pa’ dentro, repetía, pa’ dentro, intentaba repetir con la cara llena de lágrimas, con el dedo acusador tembloroso, en el aire, él se peina pa’ dentro.

Pero Marita no hizo caso cuando la seño comenzó a reírse acariciando al niño y tomándolo en brazos. Al contrario, se desentendió de todo y se sintió la niña más alta del mundo al estar ella también en los brazos de su padre, del padre más alto del mundo, viendo desde aquellas alturas a todos sus compañeritos como hormigas, y sonriendo. Son hormigas, pensó. Todos los niños de mi colegio son hormigas.

Entonces miró hacia el cielo por si Selfie se había escapado y lo veía pasar. Pero enseguida se dio cuenta de que no era de noche.

Y ella y su padre salieron del colegio, en silencio.

ene
12
Añadido por Alexis Díaz Pimienta el 12 enero 2019 a las 1:59 pm



Una mañana Marita le contó a un grupo de niñas más pequeñas que ella, durante el recreo, que su perro, llamado Selfie, sabía volar. Y luego les dijo que Selfie volaba porque se había tragado un murciélago una tarde del verano anterior. Las niñas la miraron raro, con distintas muecas, pero ella amplió la información, dio detalles, como que Selfie desde entonces volaba por las noches, solo por las noches, y que era muy difícil verlo porque lo hacía tarde, cuando todos dormían.
Las niñas, todas, pusieron cara de “no entendemos nada”

— ¿Y tú cómo lo sabes? —preguntó la Superdesconfiada, una niña de trenza gruesa y grandes gafas de pasta azul, que lo ponía todo en duda.

—Porque él viene a mi cuarto —respondió Marita, sin inmutarse, sin mirarla—. Solo vuela en mi cuarto, porque si mis padres lo ven volar lo mandan a un zoológico. O peor, a un circo.

— ¿Tus padres harían eso? —preguntó otra niña, una rubita de ojos claros.

—Mi padre sobre todo, que es muy bruto y odia a los murciélagos.

—Pobrecito.

—¿Quién, mi padre?

—No, tu perro-murciélago.

—Además, mientras  vuela, Selfie es ciego y se orienta con el eco.

—¿Ciego?

—Totalmente ciego; pero no te preocupes, que se orienta con el eco.

Y las demás niñas, hasta una niña gorda con cara de asco e incredulidad, la miraron con admiración y ojos de asombro.

Marita sonrió.

Otro día le dijo a un niño del aula de infantil, muy pequeñajo, algo tan grave, tan tremendo, que no más oírlo el niño comenzó a llorar y se alejó llorando de ella y se fue al patio y el llanto no se le quitaba con nada.

—La culpa —decía ella en su defensa luego— no es mía, es de mi padre.

Y en parte tenía razón.

Si su padre no hubiera ido aquel día a recogerla al cole —casi siempre quien iba era su madre— nada de aquello hubiera sucedido, decía. Es decir, que ella no se hubiera puesto a dar saltitos de felicidad delante del niño, al ver llegar a su padre con su inconfundible peto de mecánico, tan ancho como sucio, limpiándose las manos con un pañuelo de colores, con sus grandes botas y unas zancadas con las que, decía ella, era capaz de recorrer España entera en cuestión de minutos. Esto Marita lo pensaba de verdad y esabaa a punto de decírselo al niño (algo así como: “mi padre tiene las piernas tan largas que es capaz de recorrer España entera en cuestión de minutos”), pero no le dio tiempo porque antes el mismo niño le dio dos codazos y le soltó, señalando a su padre:

— ¡Mira, un calvo!

El niño se veía emocionado.

— ¡Mira, un calvo!

Y entonces ella no se pudo contener. Olvidó las zancadas de su padre y sus récords recorriendo España de punta a punta, y Europa de lado a lado, dándole la vuelta al mundo si hacía falta, y respondió muy seria, como tiene que ser en casos como estos:

—Mi padre no es calvo; lo que sucede es que mi padre se peina pa’ dentro.

¡Y stop!

El niño, emocionado, la miró con la boca abierta.

—Sí, se peina pa’ dentro.

Ahora el niño emocionado era incapaz de cerrar la boca, de cerrar los ojos y se le acumulaban las ganas de cerrar las orejas para no oír aquello. Pero la oía. En la medida en que su padre se acercaba más lo oía mejor, la interpretaba, se lo imaginaba.

—Mi padre todas las mañana antes de salir para el taller se peina su larga cabellera ante el espejo —dijo, con tono recitativo incluso—, luego se abre la cabeza con las manos, se guarda todo el pelo dentro y la cierra de nuevo.

El niño emocionado no podía cerrar la boca, ni cerrar los ojos, ni cerrar las orejas, que era lo peor.

— ¿No ves que si se va al taller con todo el pelo afuera se le llena de grasa? —puntualizó ella.

Y el niño entonces comenzó a hacer mohines, esa pequeña mueca triste que sólo saben hacer los niños pequeños antes de llorar, o que solo a ellos, a los pequeñines, las quedan perfectos.

—Mira cómo trae las manos —continuó Marita—, y cómo trae la ropa. Imagínate si llevase el pelo afuera.

 Y entonces el niño ya no pudo más. Comenzó a llorar como solo saben llorar los niños muy pequeños cuando están asustados de verdad. Un llanto-llanto de boba abierta en forma de luna boca abajo, con los ojos achinados y anegados en lágrimas.

Y el grito lloroso del niño emocionado llegó primero a los oídos del padre de Marita que a los de Marita, de tan metida como estaba ella en su historia.

Y a los oídos del resto de los niños en el patio del colegio.

Y a los oídos de las seños.

Y a los oídos de otras madres y padres que estaban llegando a recoger también a sus pequeños.

Y a todos les pareció exactamente lo que era aquello: un llanto infantil desgarrador, traumático, altísimo, que salía de la boca y del cuerpo de aquel niño pequeño que se alejaba corriendo de Marita buscando refugio en las piernas de una seño, y señalando al hombre calvo del peto mecánico y las piernas largas.

Y los qué pasa, qué te pasa, pero qué te pasa, no recibieron más respuesta que lágrimas y una frase entre cortada, ininteligible con el hipo: él, decía el niño, él se pei, balbuceaba, se peina, decía, pa’, balbuceaba, den, decía, tro, balbuceaba, pa’ dentro, repetía, pa’ dentro, intentaba repetir con la cara llena de lágrimas, con el dedo acusador tembloroso, en el aire, él se peina pa’ dentro.

Pero Marita no hizo caso cuando la seño comenzó a reírse acariciando al niño y tomándolo en brazos. Al contrario, se desentendió de todo y se sintió la niña más alta del mundo al estar ella también en los brazos de su padre, del padre más alto del mundo, viendo desde aquellas alturas a todos sus compañeritos como hormigas, y sonriendo. Son hormigas, pensó. Todos los niños de mi colegio son hormigas.

Entonces miró hacia el cielo por si Selfie se había escapado y lo veía pasar. Pero enseguida se dio cuenta de que no era de noche.

Y ella y su padre salieron del colegio, en silencio.