"Uno de los mejores narradores cubanos de la hora presente"
(Juan Bonilla)

Del Blog de Díaz-Pimienta

ene
12
Añadido por Alexis Díaz Pimienta el 12 enero 2019 a las 1:59 pm



Una mañana Marita le contó a un grupo de niñas más pequeñas que ella, durante el recreo, que su perro, llamado Selfie, sabía volar. Y luego les dijo que Selfie volaba porque se había tragado un murciélago una tarde del verano anterior. Las niñas la miraron raro, con distintas muecas, pero ella amplió la información, dio detalles, como que Selfie desde entonces volaba por las noches, solo por las noches, y que era muy difícil verlo porque lo hacía tarde, cuando todos dormían.
Las niñas, todas, pusieron cara de “no entendemos nada”

— ¿Y tú cómo lo sabes? —preguntó la Superdesconfiada, una niña de trenza gruesa y grandes gafas de pasta azul, que lo ponía todo en duda.

—Porque él viene a mi cuarto —respondió Marita, sin inmutarse, sin mirarla—. Solo vuela en mi cuarto, porque si mis padres lo ven volar lo mandan a un zoológico. O peor, a un circo.

— ¿Tus padres harían eso? —preguntó otra niña, una rubita de ojos claros.

—Mi padre sobre todo, que es muy bruto y odia a los murciélagos.

—Pobrecito.

—¿Quién, mi padre?

—No, tu perro-murciélago.

—Además, mientras  vuela, Selfie es ciego y se orienta con el eco.

—¿Ciego?

—Totalmente ciego; pero no te preocupes, que se orienta con el eco.

Y las demás niñas, hasta una niña gorda con cara de asco e incredulidad, la miraron con admiración y ojos de asombro.

Marita sonrió.

Otro día le dijo a un niño del aula de infantil, muy pequeñajo, algo tan grave, tan tremendo, que no más oírlo el niño comenzó a llorar y se alejó llorando de ella y se fue al patio y el llanto no se le quitaba con nada.

—La culpa —decía ella en su defensa luego— no es mía, es de mi padre.

Y en parte tenía razón.

Si su padre no hubiera ido aquel día a recogerla al cole —casi siempre quien iba era su madre— nada de aquello hubiera sucedido, decía. Es decir, que ella no se hubiera puesto a dar saltitos de felicidad delante del niño al ver llegar a su padre con su inconfundible peto de mecánico, tan ancho como sucio, limpiándose las manos con un pañuelo de colores, con sus grandes botas y unas zancadas con las que, decía ella, era capaz de recorrer España entera en cuestión de minutos. Esto Marita lo pensaba de verdad y estaba a punto de decírselo al niño (algo así como: “mi padre tiene las piernas tan largas que es capaz de recorrer España entera en cuestión de minutos”), pero no le dio tiempo porque antes el niño le dio dos codazos y le soltó, señalando a su padre:

— ¡Mira, un calvo!

El niño se veía emocionado.

— ¡Mira, un calvo!

Y entonces ella no se pudo contener. Olvidó las zancadas de su padre y sus récords recorriendo España de punta a punta, y Europa de lado a lado, dándole la vuelta al mundo si hacía falta, y respondió muy seria, como tiene que ser en casos como estos:

—Mi padre no es calvo; lo que sucede es que mi padre se peina pa’ dentro.

¡Y stop!

El niño, emocionado, la miró con la boca abierta. STOP.

—Sí, se peina pa’ dentro.

Ahora el niño emocionado era incapaz de cerrar la boca, de cerrar los ojos y se le acumulaban las ganas de cerrar las orejas para no oír aquello. Pero oía. En la medida en que su padre se acercaba más lo oía mejor, lo interpretaba, se lo imaginaba.

—Mi padre todas las mañana antes de salir para el taller se peina su larga cabellera ante el espejo —dijo, con tono recitativo incluso—, luego se abre la cabeza con las manos, se guarda todo el pelo dentro y la cierra de nuevo.

El niño emocionado no podía cerrar la boca, ni cerrar los ojos, ni cerrar las orejas, que era lo peor. STOP.

— ¿No ves que si se va al taller con todo el pelo afuera se le llena de grasa? —puntualizó ella.

Y el niño entonces comenzó a hacer mohines, esa pequeña mueca triste que sólo saben hacer los niños pequeños antes de llorar, o que solo a ellos, a los pequeñines, les quedan perfectos.

—Mira cómo trae las manos —continuó Marita—, y cómo trae la ropa. Imagínate si llevase el pelo afuera.

 Y entonces el niño ya no pudo más. Comenzó a llorar como solo saben llorar los niños muy pequeños cuando están asustados de verdad. Un llanto-llanto de boba abierta en forma de luna boca abajo, con los ojos achinados y anegados en lágrimas.

Y el grito lloroso del niño emocionado llegó primero a los oídos del padre de Marita que a los de Marita, de tan metida como estaba ella en su historia.

Y a los oídos del resto de los niños en el patio del colegio.

Y a los oídos de las seños.

Y a los oídos de otras madres y padres que estaban llegando a recoger también a sus pequeños.

Y a todos les pareció exactamente lo que era aquello: un llanto infantil desgarrador, traumático, altísimo, que salía de la boca y del cuerpo de aquel niño pequeño que se alejaba corriendo de Marita, buscando refugio en las piernas de una seño y señalando al hombre calvo del peto mecánico y las piernas largas.

Y los qué pasa, qué te pasa, pero qué te pasa, no recibieron más respuesta que lágrimas y una frase entre cortada, ininteligible con el hipo: él, decía el niño, él se pei, balbuceaba, se peina, decía, pa’, balbuceaba, den, decía, tro, balbuceaba, pa’ dentro, repetía, pa’ dentro, intentaba repetir con la cara llena de lágrimas, con el dedo acusador tembloroso, en el aire, él se peina pa’ dentro.

Pero Marita no hizo caso cuando la seño comenzó a reírse acariciando al niño y tomándolo en brazos. Al contrario, se desentendió de todo y se sintió la niña más alta del mundo al estar ella también en los brazos de su padre, del padre más alto del mundo, viendo desde aquellas alturas a todos sus compañeritos como hormigas, y sonriendo. Son hormigas, pensó. Todos los niños de mi colegio son hormigas.

Entonces miró hacia el cielo por si Selfie se había escapado y lo veía pasar. Pero enseguida se dio cuenta de que no era de noche.

Y ella y su padre salieron del colegio, en silencio.

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Añadido por Alexis Díaz Pimienta el 12 enero 2019 a las 1:59 pm



Una mañana Marita le contó a un grupo de niñas más pequeñas que ella, durante el recreo, que su perro, llamado Selfie, sabía volar. Y luego les dijo que Selfie volaba porque se había tragado un murciélago una tarde del verano anterior. Las niñas la miraron raro, con distintas muecas, pero ella amplió la información, dio detalles, como que Selfie desde entonces volaba por las noches, solo por las noches, y que era muy difícil verlo porque lo hacía tarde, cuando todos dormían.
Las niñas, todas, pusieron cara de “no entendemos nada”

— ¿Y tú cómo lo sabes? —preguntó la Superdesconfiada, una niña de trenza gruesa y grandes gafas de pasta azul, que lo ponía todo en duda.

—Porque él viene a mi cuarto —respondió Marita, sin inmutarse, sin mirarla—. Solo vuela en mi cuarto, porque si mis padres lo ven volar lo mandan a un zoológico. O peor, a un circo.

— ¿Tus padres harían eso? —preguntó otra niña, una rubita de ojos claros.

—Mi padre sobre todo, que es muy bruto y odia a los murciélagos.

—Pobrecito.

—¿Quién, mi padre?

—No, tu perro-murciélago.

—Además, mientras  vuela, Selfie es ciego y se orienta con el eco.

—¿Ciego?

—Totalmente ciego; pero no te preocupes, que se orienta con el eco.

Y las demás niñas, hasta una niña gorda con cara de asco e incredulidad, la miraron con admiración y ojos de asombro.

Marita sonrió.

Otro día le dijo a un niño del aula de infantil, muy pequeñajo, algo tan grave, tan tremendo, que no más oírlo el niño comenzó a llorar y se alejó llorando de ella y se fue al patio y el llanto no se le quitaba con nada.

—La culpa —decía ella en su defensa luego— no es mía, es de mi padre.

Y en parte tenía razón.

Si su padre no hubiera ido aquel día a recogerla al cole —casi siempre quien iba era su madre— nada de aquello hubiera sucedido, decía. Es decir, que ella no se hubiera puesto a dar saltitos de felicidad delante del niño, al ver llegar a su padre con su inconfundible peto de mecánico, tan ancho como sucio, limpiándose las manos con un pañuelo de colores, con sus grandes botas y unas zancadas con las que, decía ella, era capaz de recorrer España entera en cuestión de minutos. Esto Marita lo pensaba de verdad y esabaa a punto de decírselo al niño (algo así como: “mi padre tiene las piernas tan largas que es capaz de recorrer España entera en cuestión de minutos”), pero no le dio tiempo porque antes el mismo niño le dio dos codazos y le soltó, señalando a su padre:

— ¡Mira, un calvo!

El niño se veía emocionado.

— ¡Mira, un calvo!

Y entonces ella no se pudo contener. Olvidó las zancadas de su padre y sus récords recorriendo España de punta a punta, y Europa de lado a lado, dándole la vuelta al mundo si hacía falta, y respondió muy seria, como tiene que ser en casos como estos:

—Mi padre no es calvo; lo que sucede es que mi padre se peina pa’ dentro.

¡Y stop!

El niño, emocionado, la miró con la boca abierta.

—Sí, se peina pa’ dentro.

Ahora el niño emocionado era incapaz de cerrar la boca, de cerrar los ojos y se le acumulaban las ganas de cerrar las orejas para no oír aquello. Pero la oía. En la medida en que su padre se acercaba más lo oía mejor, la interpretaba, se lo imaginaba.

—Mi padre todas las mañana antes de salir para el taller se peina su larga cabellera ante el espejo —dijo, con tono recitativo incluso—, luego se abre la cabeza con las manos, se guarda todo el pelo dentro y la cierra de nuevo.

El niño emocionado no podía cerrar la boca, ni cerrar los ojos, ni cerrar las orejas, que era lo peor.

— ¿No ves que si se va al taller con todo el pelo afuera se le llena de grasa? —puntualizó ella.

Y el niño entonces comenzó a hacer mohines, esa pequeña mueca triste que sólo saben hacer los niños pequeños antes de llorar, o que solo a ellos, a los pequeñines, las quedan perfectos.

—Mira cómo trae las manos —continuó Marita—, y cómo trae la ropa. Imagínate si llevase el pelo afuera.

 Y entonces el niño ya no pudo más. Comenzó a llorar como solo saben llorar los niños muy pequeños cuando están asustados de verdad. Un llanto-llanto de boba abierta en forma de luna boca abajo, con los ojos achinados y anegados en lágrimas.

Y el grito lloroso del niño emocionado llegó primero a los oídos del padre de Marita que a los de Marita, de tan metida como estaba ella en su historia.

Y a los oídos del resto de los niños en el patio del colegio.

Y a los oídos de las seños.

Y a los oídos de otras madres y padres que estaban llegando a recoger también a sus pequeños.

Y a todos les pareció exactamente lo que era aquello: un llanto infantil desgarrador, traumático, altísimo, que salía de la boca y del cuerpo de aquel niño pequeño que se alejaba corriendo de Marita buscando refugio en las piernas de una seño, y señalando al hombre calvo del peto mecánico y las piernas largas.

Y los qué pasa, qué te pasa, pero qué te pasa, no recibieron más respuesta que lágrimas y una frase entre cortada, ininteligible con el hipo: él, decía el niño, él se pei, balbuceaba, se peina, decía, pa’, balbuceaba, den, decía, tro, balbuceaba, pa’ dentro, repetía, pa’ dentro, intentaba repetir con la cara llena de lágrimas, con el dedo acusador tembloroso, en el aire, él se peina pa’ dentro.

Pero Marita no hizo caso cuando la seño comenzó a reírse acariciando al niño y tomándolo en brazos. Al contrario, se desentendió de todo y se sintió la niña más alta del mundo al estar ella también en los brazos de su padre, del padre más alto del mundo, viendo desde aquellas alturas a todos sus compañeritos como hormigas, y sonriendo. Son hormigas, pensó. Todos los niños de mi colegio son hormigas.

Entonces miró hacia el cielo por si Selfie se había escapado y lo veía pasar. Pero enseguida se dio cuenta de que no era de noche.

Y ella y su padre salieron del colegio, en silencio.