"Uno de los mejores narradores cubanos de la hora presente"
(Juan Bonilla)

Del Blog de Díaz-Pimienta

abr
08
Añadido por Alexis Díaz Pimienta el 8 abril 2020 a las 11:02 am
No lo puedo evitar. “Cuanto esto acabe”, “cuando termine todo esto”, “cuando esto pase” son frases que recibo diariamente desde que empezó la cuarentena –por teléfono, por Whatsaap, por Messenger, por Telegram, por Instagram, de viva voz–, y no puedo evitar que me recuerden aquel “cuando acabe la guerra” de tantas películas.
Hace ya 26 años que llegué a España, por primera vez. Era mi primer viaje fuera de Cuba –mi primera “faster”–, y aún recuerdo mi cara de asombro, mi deslumbramiento: “¡Esto es Europa!”, “ahora sí”, “estoy en España”. Me acordaba de Martí, imaginaba sus destierros a la patria de sus padres. Y luego, me acordaba de Machado, de Lorca, de Quevedo, de Lope. España había salido, por fin, de mis libros de texto, de mis lecturas poéticas y mis películas y mis series de los años 80 –desde El discreto encanto de la Burguesía,hasta La Colmena o Mujeres al borde de un ataque de nervios; desde Cañas y Barros y Fortunata y Jacinta, hasta Turno de Oficio–; España se me había plantado, íntegra y real, frente a las narices. España era la T-1 en Barajas, que me parecía tan moderna entonces. Y Atocha. Y un Talgo que también me parecía enorme y modernísimo. España eran aquellos olivares, aquellos girasoles, miles españoles y españolas que, por primera vez, no eran turistas. No, el turista era yo. Y así llegué a Granada. Otra vez Lorca. Y a Almería. Esa desconocida. Y descubrí el blancor de mi amada Alpujarra, sus riscos y sus curvas, sus tinaos y sus castigaderos. Pero de pronto, entre décimas y quintillas improvisadas, entre nuevos sabores y vinos que ponían a prueba mi paladar ronero, mi mente inquieta hizo una especie de zoom-back cenital, o una toma aérea, o sea, mentalmente “abrí el plano” –efecto dron, aunque aún los drones no existían– y volví a decirme, “no, no estoy España, ¡esto es Europa!”, la vieja Europa. Recordé entonces tantas películas en torno a las guerras europeas. Y entre imágenes de la guerra civil española y de la Primera Guerra Mundial me estremecí imaginando aquel mismo paisaje en situación extrema, algo que, los cubanos de mi generación, solo habíamos vivido en el imaginario colectivo de una hipotética invasión a Cuba. Para nosotros el concepto “guerra” era eso, una sospecha, un temor, una amenaza, un concepto inducido por la prensa nacional, “por si las bombas”. Y he aquí que en mi cabeza visualicé las bombas reales sobre Europa, sobre esa mi España recién descubierta. Y en mi cabeza las fotos de guerra de Robert Cappa empezaron a moverse. Y los trenes, todos, comenzaron a rodar en blanco y negro, herrumbrosos, más metálicos que nunca. Y llegaron las colas, el hambre, el miedo, la palabra “muerte”. Recuerdo que mi cerebro –tan fabulista yo– comenzó a imaginarse las calles de Madrid desiertas y los refugios y la gente huyendo a encerrarse en sus casas. Recuerdo que me entristecía, sin decírselo a nadie, imaginando aquella situación extrema, aquellos ruidos de sirenas, alarma aérea, disparos, llantos. Todo muy en blanco y negro,  todo a la vez ruidoso y silencioso. Era raro. Había ruidos de sirenas, alarma aérea, disparos, llantos, pero a la vez silencio. En mi cabeza, España entera estaba sumida en un denso silencio. Se me mezclaban imágenes dictadas por los párrafos de la Historia de Españade Pierre Vilar –lectura adolescente–, con algunas imágenes fílmicas marca Hollywood. Y rodeado de risas y vinos y aplausos y quintillas y décimas improvisadas, yo sufría. Sin decírselo a nadie; es más, lo estoy contando ahora por primera vez. Me imaginaba a los padres de mis nuevos amigos en tiempo de post-guerra, niños descalzos, tristes, flacos; imaginaba a los abuelos de mis nuevos amigos jóvenes y en ropa de combate, o presos, o escondidos para no ser fusilados por uno u otro bando. E imaginaba las calles españolas desiertas. Barridas por el miedo. Purgadas por la muerte o el peligro de muerte. Como ahora. Como hoy mismo, 19 de marzo del año 2020. Yo nunca había visto nada igual. Yo, cubano. Yo, cubano-andaluz. Yo, fabulista nato, imaginador impenitente, incorregible, nunca imaginé un Madrid desierto, una ciudad de Almería con el ejército en las calles, una Sevilla silenciosa; jamás pensé convivir con millones de personas encerradas en sus casas, con miedo.
Sí, otro fantasma recorre Europa, y este no es metafórico. Un enemigo invisible que está ahí fuera, y nadie ve, y todos tememos. Las peores imágenes del cine catasfrofista –ese subgénero que ha subdegenerado tanto– toman cuerpo en España, como lo hicieron en Italia antes y en China primero. Recuerdo ahora unos versos apocalípticos de un viejo repentista cubano (Rafael Acosta) que se atrevió con un “cuasi haiku” radioactivo: “Después del desastre / la señora radioactividad / anda hablando a solas”. Miro por el balcón de mi casa, hacia la calle y no, no es la señora Radioactividad. Es el señor Silencio. El silencio habla solo por las calles de Sevilla. Y por las de Madrid. Y en Almería, en Barcelona, en Valencia, en toda España. El señor Silencio sale a comprar el pan y se pone en la cola, pero a un metro de distancia de la Señora Preocupación, que está a un metro de distancia del Señor Miedo, que a su vez guarda un metro de distancia del Señor Qué Pasará Mañana. Y el señor Qué Pasará Mañana lleva un mascarilla puesta, y guantes, y mira con prudente desazón a la señora Cuando Esto Acabe, que, por cierto, es la única de todos que sonríe. Bajo su mascarilla –o “nasobuco”, ese hermoso neologismo cubano– se nota su sonrisa picarona. Es la señora Cuando Esto Acabe ese ejemplar de humanos que, en situaciones como estas, da esperanza, luz, ánimo, seguridad, que ayudan a vivir, a que sobrevivamos. Gente tan necesaria, digo yo. La Señora Cuando Esto acabe está en la cola, tan tranquila, y mientras los demás estamos serios, cariacontecidos, pensando en nuestros padres o abuelos –tan mayores–, en nuestros hijos –tan jóvenes–, en nuestras parejas –tan queridas–, en nuestros amigos –tan necesarios–, en la cuota de desconocidos que nos toca –tan inevitables como útiles para el equilibrio del entramado social– ella, tan sabia y luminosa, solo está pensando en el día de después, en cuando esto acabe, cuando esto pase, cuando termine la Guerra del COVID, este acontecimiento histórico.
                Pienso entonces, egoísta yo en mi esencia más literaria, que a mí, al insignificante ser humano con la etiqueta nominal Alexis Díaz-Pimienta, no me había tocado vivir aún ningún acontecimiento histórico de grandes magnitudes. Excepcional, único, de dimensiones lamentablemente épicas. Y este lo es, seguro. Yo nunca había vivido nada igual. Los grandes hechos de la historia, al menos para mí, estaban en los libros, en las fotos, en los filmes (sobre todo en los documentales). Y heme aquí, encerrado en casa, lavándome las manos como un poseso, buscando geles, mascarillas, comida de contingencia. Heme envuelto en mi heroicidad doméstica, tan individual que tiene efecto colectivo. Heme aquí mirando a mis prójimos más próximos con prudente distancia, con preocupación sincera. Somos, todos, tristes protagonistas de una guerra epidémica. Y entonces pienso en África. Tantas veces ha sido África el escenario de este tipo de guerras, y desde aquí, desde España, desde la fría Europa, se veía tan lejos. Pienso en América Latina, tan desigual en todas sus desigualdades. Pienso en Cuba, tan mía, tan lejos, tan poco preparada para lo que le viene encima –nadie lo está lo suficiente. Pienso en mi familia. Pienso en esos inesperados acontecimientos que cambian la historia de la humanidad y del mundo, ya para siempre. La peste medieval. Los viajes de Colón. Las dos Guerras Mundiales. El viaje al espacio. El 11-S. La pandemia del COVID-19.
Y no me vengo abajo, no, porque las personas, todas, tenemos una válvula secreta que se activa en momentos extremos. Como este. Entonces, sin pensarlo dos veces, me pongo a cantar décimas, y a pensar en mis próximos cursos online para enseñar la décima a grandes y pequeños desde las redes;  y a editar vídeos, y a escribir, mi verdadera máscara para la supervivencia. Y pienso que debo tomar el teléfono y decirle a mis hijos: “Cuando esto acabe iré corriendo a darles un abrazo y un beso que les dure hasta la próxima gran crisis”. Y decirle a mis ex: “Cuando esto acabe iré corriendo a abrazarlas y a agradecerles los tantos años juntos, los hermosos momentos que hemos vivido y disfrutado”. Y a mis amigos: “Cuando esto acabe los iré a visitar, compraré ron, sacaré el dominó, leeremos poemas, cantaremos canciones, reiremos a mandíbula batiente como antes”. Y a mi pareja: “Cuando esto acabe seguirnos confinados en el amor, en la compañía, en la empatía, en el cariño preocupado”. Y a mi madre, que está empezando a escribir décimas a sus 80 años: “Mamá, cuando esto acabe nos quedarán 80 años más para quererte mucho, para cuidarte y agradecerte y admirarte”. Y a mis hermanos: “Cuando esto acabe, bróders, asaremos un puerco, compraremos cervezas, hablaremos en voz altísima hasta escandalizar a los vecinos, improvisaremos décimas como unos descocidos”. Y a la cuota de desconocidos que me corresponde: “¡Ey, ustedes!: cuando esto acabe nos cruzaremos otra vez por las calles, dentro de los ascensores, en el transporte público, y nos sonreiremos todos, y nos diremos ‘hola’, ‘buenos días’, ‘gracias’, ‘vaya usted con Dios’, aunque no seamos creyentes. Y así todo el tiempo: “Cuando esto acabe”, “cuando esto acabe, “cuando esto acabe”. Pero entonces la señora Cuando Esto Acabe, que lo sabe todo y lo oye todo –hasta los pensamientos–, me mira sonrisueña detrás del nasobuco, a un metro de distancia,  me guiña un ojo y me dice, casi sin mover los labios: “¡Eres un copión!”, con un tono infantil indescriptible. Y ya está: sonriendo yo también, pienso en mis nietas.


Alexis Díaz-Pimienta
Sevilla, 19 de marzo de 2020

(Publicado originalmente en la revista Yorobuko)

mar
02
Añadido por Alexis Díaz Pimienta el 2 marzo 2020 a las 8:29 pm
Por Alex Díaz Hernández




Quince horas de viaje por carretera no pesan cuando tienes un objetivo. Lo primero que hice al llegar a Santiago de Cuba fue tocar las paredes del cuartel Moncada y revivir la historia que cuentan esos pasillos. Un cuartel convertido hoy en la escuela 26 de Julio, con cinco escuelas primarias y una secundaria.

Era mi primer viaje a la tierra caliente y ya desde La Habana había intentado localizar a repentistas en la oriental provincia,sin embargolos resultados fueron fallidos. Había algunos indicios sueltos, pero no concretos.

Después de ver el Moncada lo único que pasaba por mi mente era hallar improvisadores poéticos en Santiago.

El son, el cementerio de Santa Ifigenia, los museos, la vieja trova, la Plaza de Marte, el prú (bebida realizada con la fermentación de raíces), la Catedral, la música en la calle, el calor, todo esto es allá una mezcla única, irrepetible en cualquier otra parte de Cuba y, posiblemente, del mundo.

Los amigos santiagueros que ya conocía y los otros que acababa de conocer eran mi única esperanza para encontrar decimistas.

***

Y claro que hay repentistas en Santiago. El segundo día ya teníamos la ubicación de un señor muy mayor de edad que cantaba décimas. El periodista Jorge Albear localizó a Osvaldo Carralero, un hombre que fue por 23 años escolta de Raúl Castro, que nació en Holguín, pero solo hasta llegar a Santiago de Cuba empezó a improvisar espinelas. Dice que un día escuchó un laúd y unas tonadas y desde ese día no ha parado de cantar.

Carralero se siente cansado de luchar por la décima en su tierra adoptiva, sin resultado alguno. “Aquí la décima está caída, la tenemos viva nosotros, no hay ningún interés”. Mientras nos cuenta esto hace pequeñas pausas. Levanta la voz para decir que inició un taller de repentismo, pero vuelve a disminuir la entonación con tristeza. “Vinieron tres poetas de La Habana, me dieron un mínimo-técnico, me dieron un libro y empecé con los niños”.  Sus alumnos solo pudieron disfrutar lo lúdico de sus clases por varios meses. Carralero se sentía desamparado, sin apoyo, y tuvo que dejar el taller.

Cuando habla, las pausas desesperan, pero lo escucho tranquilamente. Osvaldo cambia el sentido de la conversación, una y otra vez me obliga a empatar una historia con otra usando la imaginación. De pronto recita décimas aprendidas de diferentes temas: la patria, el comandante, su esposa; recita y me mira fijamente, como esperando que por cada verso impactante yo reaccione. Y así lo hago.

***

Entre la majestuosa Catedral y el hotel Casa Granda está la Biblioteca Elvira Cape. Hasta allí nos llevó Carralero, con paso apurado. A Carralero lo conoce mucha gente, lo saludan, lo llaman “poeta”. Anteriormente nos había comentado sobre una peña de repentismo que tenía en la céntrica biblioteca Elvira Cape y nosotros estábamos contentísimos, no solo habíamos descubierto a un poeta, sino también una peña de repentismo en Santiago de Cuba.

Frente a la biblioteca estaba la casa natal del más grande poeta santiaguero de todos los tiempos: José María Heredia.Allí esperábamos a Carralero cuando muy apenado salió y nos dijo que no sabía por qué no había nadie esperando que comenzara la actividad.Entonces salió en busca de los músicos y los poetas de la peña.

En la biblioteca, la verdad, ambiente “de peña” no había. La sala estaba vacía completamente. La recepcionista nos miraba con rareza, pero cuando apareció Carralero con el laudista el salón pareció llenarse; él le impregnaba una calidez increíble al momento. Nos contó que no había encontrado a su contrincante, pero me invitó a que improvisáramos unas décimas. ¡Y claro que cantamos!

El laudista, Eligio Rodríguez, es un músico empírico que aprendió a tocar su instrumento de oído.“Yo me iba con mi hermano para los lugares donde ellos iban a tocar, me situaba al lado del que tocaba el laúd o la guitarra, me ponía a mirar y toda la música esa se me grababa en la mente.Cuando llegaba a la casa y mi hermano se iba para el trabajo, yo le cogía la guitarra y me ponía a buscarle afinaciones. Y así fue como comencé”. 

A Eligio había que mirarlo fijamente para poder entender lo que decía, porque hablaba rápido, enredado. Él siempre acompaña a Carralero a todas sus actividades con su laúd al hombro; era una suerte de escudero. 

“Yo siempre toco solo, no hemos tenido la dicha de encontrar un guitarrista que nos acompañe”, aclaró,casi murmurando, como si la nostalgia de no haber tenido una guitarra lo invadiera de repente.Carralero le dice que saque el instrumento, que ya es hora de hacer sonar las cuerdas. Eligio, sin pensarlo dos veces, empieza a tocar la tonada Carvajal, en do menor. Nos dimos cuenta de que al poeta le gustaba mucho improvisar por esa tonada. Carralero, serio, sereno,comenzó a cantar: 

Viste sus mejores galas

la décima campesina.

Hizo una pausa, miró al laudista, que no dejó de tocar, repitió los dos primeros versos y continuó:

Fácil, sutil golondrina

que alegre bate sus alas.

Hay otra pausa intencional, para que la melodía tomara el protagonismo del momento, y prosiguió:

Anda todas las escalas

del programa musical.

Nueva pausa pequeña y remate del poeta:

Como el fresco manantial

que me cubre cada poro

para brindar con decoro

la actividad cultural.

Yo intento seguir cantando por la tonada Carvajal y complacerlo con unas décimas. Lo miro fijamente,e improviso respetando todas las pausas que obliga la melodiosa tonada:

Si estuvieras en La Habana

yo dentro de ti me integro

y te pongo el pelo negro

aunque afuera sean canas.

Convierto en años semanas

y te hago una canturía.

Y cuando pase ese día

verás cómo siendo un mago

entre La Habana y Santiago

achico la lejanía.

Cuando llevábamos diez minutos cantando, Carralero, mi equipo de trabajo, el periodista Jorge Albear, el laudista y la recepcionista, miraron llegar a un hombre vestido de guayabera y con sombrero, que rápidamente se posicionó en el supuesto escenario del salón.Supuse que era el otro poeta,hasta queél interrumpió y dijo con una tonada libre en do mayor:

                            En un grano de maíz

                            se forjó su vida entera

La voz del poeta retumbó en el eco de la sala, una voz fuerte, segura y afinada. Después del interludio musical repitió los dos primeros versos y continuó:

para dejar la cantera

de jóvenes al país.

Hizo una pequeña pausa donde recorrió con los ojos a los presentes y concluyó:

Del Caguairán su raíz

va creciendo a cada instante

y este país tan gigante

que le entregó el corazón

aclama con gran razón:

gloria eterna, Comandante. 

Una vez que el poeta iba por el verso ocho (“que le entregó el corazón”) repentinamente un sonido se apoderó de la sala, de la zona, de nosotros. El Himno Nacional cubano se escuchaba y no sabíamos de dónde venía. Carralero y el poeta se pararon en firme, automáticamente, y mandaron con un gesto fuerte al laudista a parar el instrumento. Nosotros nos paralizamos también, hasta que dejaron de sonar las notas del himno. Después de unos segundos de silencio volvió otro sonido a rebotar por las paredes de la biblioteca. Parecía que nos habíamos trasladado de pronto a un concierto de la Sinfónica Nacional de Cuba. Todos nos miramos sorprendidos y los poetas intentaron hacer una décima entre los dos, de despedida, pero a duras penas alcanzamos a oír lo que cantaban. Al terminar su décima, Carralero me presentó a Raúl Rondón, su compañero de escena. No dije nada, pero pensé: “vaya, se llama igual que el famoso tonadista, Raúl Rondón, El bardo camagüeyano”, pareja radiofónica del Jilguero de Cienfuegos en los años 70 y 80, según cuenta mi padre.

Nos abrazamos entre notas musicales. El sonido sinfónico era tan fuerte que era mejor salir a ver qué es lo que estaba  pasando. En la entrada de la biblioteca había en la calle unos 30 músicos de la Banda Municipal de Conciertos de Santiago de Cuba, tocando. Sorprendidos, comenzamos a hacer fotos. Definitivamente, hay cosas que solo se ven en Santiago.

***

Encontrar grupos de son, boleristas o cantautores es muy fácil en esta tierra tan musical, pero grupos de música campesina hay pocos. Eso me contó José Mendoza, metodólogo de música del Centro Provincial de Casas de Cultura y director de uno de los grupos santiagueros de música campesina. Mendoza cuenta con orgullo haber dirigido el grupo Trinchera Agraria, y compartido escenario con el reconocido músico cubano Eliades Ochoa, además de tocar por ocho años en el grupo Curujey, y ahora liderar el grupo Son del Batey.Asegura que hay muy pocos repentistas en Santiago, pero que existen, sobre todo en los municipios de los alrededores, como Segundo Frente o San Luis.En su grupo improvisó por varios años Osvaldo Carralero; ahora cuenta con dos intérpretes que dominan varias tonadas y son quienes mantienen viva la décima dentro del grupo.“Carralero estuvo trabajando con nosotros mientras existía la agrupación Curujey. En el 2006 dejamos de funcionar y ahí surge Son del Batey y retomamos otra vez a Carralero. Ya el poeta estaba un poco mayor y decidimos hacer las tonadas con nuestra cantante”. El metodólogo y director de orquesta asegura que la música campesina en Santiago está viva; sin embargo, el panorama que encontramos fue otro.

***

No podía despedirme de Santiago sin ver nuevamente a Rondón y a Carralero, y ellos estaban más contentos y ansiosos que yo, incluso, habían prometido avisarle a los otros repentistas que estaban en la zona. Mencionaron al Sinsonte Cobrero(Antonio Rpdríguez, Ñiquito, un poeta que vivía por El Cobre). Habíamos quedado para vernos en el centro de la ciudad, para conversar un poco y cantaralgunas décimas.

El encuentro fue hermoso, hacía mucho tiempo estos poetas repentistas no coincidían con sus homólogos. Después de un rato de espera, el Cobrero nunca llegó, y decidimos caminar en busca de un lugar tranquilo para poder cantar. Mientras desandábamos la calle Enramada, recordaba la popular avenida de Obispo en La Habana, con la diferencia de que en Santiago la gran mayoría de los transeúntes son cubanos.

Carralero y Rondón me llevaron a la Casa del Ron y allí Eligio Rodríguez desenvainó su instrumento y, sin esperar mucho tiempo, los versos empezaron a caer.Yo escuchaba y grababa, escuchaba y reía, escuchaba y me sentía feliz de haber encontrado a estos dos personajes.

Dijo Carralero con desenfado:

Levantemos la cultura

en la tierra santiaguera

llevando como bandera

que se mantenga su altura.

Con una base tan pura

de los improvisadores.

Dignos y merecedores

del verso culto y bien hecho,

llevando en su propio pecho

que no se pierdan valores.

Rondón deja que sueñe el laúd, esboza una sonrisa y tras la pausa instrumental dice:

Alex, junto a tus dos flores

has venido hasta Santiago…

Dejó que el instrumento insinuara unas notas, pero arrebató el sonido rápidamente, repitió los dos versos primeros y terminó la redondilla:

…y hoy te brindo un halago,

pues mantienes tus honores.

Volvió a esperar que el instrumento sonara, pensó por unos segundos y por fin cantó:

Cambiarás esos colores

en la décima cubana.

Hizo una pequeña pausa en el puente y continuó:

Y el futuro del mañana

en Santiago se verá

porque hasta aquí nos traerá

la vida más cotidiana.

Se sentía el aplauso tímido del cantinero, nuestro único público. Los poetas estuvieron cantando un buen rato y después recitaron décimas y pie forzados que querían que nos lleváramos grabados.Para terminar propusieron hacer unos piropos a las periodistas del equipo de trabajo de Oralitura Habana:Leidys Hernández y Vanessa Castro. Aplausos, abrazos y risas matizaron nuestro encuentro.    

***

Entonces… ¿qué pasa en Santiago de Cuba con el repentismo? La décima floreció en el occidente cubano.“Desde la segunda mitad del XVI comienza desde Canarias la emigración masiva, mediante grupos familiares. Esto permite habilitar las tierras de labor para el cultivo intenso y diverso(…) En esta diversificación agrícola tiene gran importancia el cultivo del tabaco, pero los latifundistas ganaderos hacen mucha presión para que dicho cultivo no se haga en tierras cercanas a la ciudad”. (Linares, María Teresa. El punto cubano, 1999).

En los alrededores de La Habana se asentaron los canarios, que trajeron a esta tierra la décima oral improvisada. Por esa razón prosperó con más fuerza en esta región y en menor medida en Santiago y el oriente en general. Una mención aparte merece Las Tunas,que tuvo en el siglo XIX la figura de El Cucalambé (poeta y decimista, no repentista), y en la que se realiza cada año uno de los eventos más importantes del repentismo en Cuba: la Jornada Cucalambeana, que ya tiene 52 ediciones.

De Santiago de Cuba fue el importante repentista Rafael García, conocido como el León de Madruga, tierra del occidente cubano en dónde se desarrolló como improvisador.También santiaguero es el mediático repentista Emiliano Sardiñas, actualmente residente en la capital cubana y del municipio Banes, Holguín es la Ciega Maravillosa, Tomasita Quiala.

En Santiago se realizan varios de los festivales más importantes del país, como el Festival del Caribe, la Fiesta del Fuego y el Festival de la Trova.En estos eventos hay muy poca presencia de repentistas. Tengo conocimiento de que también se realizan las fiestas campesinas del Platanal de Bartolo, en el municipio San Luis, adonde ha sido invitado en disímiles ocasionesEmiliano, el Poeta de la Mochila.

Hay que incidir más en estos eventos, nutrir más las fiestas campesinas con repentistas profesionales pero, sobre todo, aumentar la participación en espectáculos que no tengan nada que ver con la décima, lo que demuestra lo dúctil que puede ser y de esta forma  llegarle a un público nuevo y desconocedor del fenómeno del repentismo.

El abrazo de despedida con Osvaldo Carralero sabía a compromiso, a promesa, a esperanza. Irnos de Santiago significaba regresar y hacer posible el sueño de los pocos poetas de esa zona. Crear talleres de repentismo y acompañamiento musical, conferencias en torno al Punto Cubano, Patrimonio Inmaterial de la Humanidad, y espectáculos tradicionales y contemporáneos donde la décima oral improvisada esté presente. Ese es el reto.



VÍDEO:
REPENTISMO EN SANTIAGO DE CUBA.
DEL MITO A LA REALIDAD.
mar
02
Añadido por Alexis Díaz Pimienta el 2 marzo 2020 a las 8:29 pm
Por Alex Díaz Hernández




Quince horas de viaje por carretera no pesan cuando tienes un objetivo. Lo primero que hice al llegar a Santiago de Cuba fue tocar las paredes del cuartel Moncada y revivir la historia que cuentan esos pasillos. Un cuartel convertido hoy en la escuela 26 de Julio, con cinco escuelas primarias y una secundaria.

Era mi primer viaje a la tierra caliente y ya desde La Habana había intentado localizar a repentistas en la oriental provincia,sin embargolos resultados fueron fallidos. Había algunos indicios sueltos, pero no concretos.

Después de ver el Moncada lo único que pasaba por mi mente era hallar improvisadores poéticos en Santiago.

El son, el cementerio de Santa Ifigenia, los museos, la vieja trova, la Plaza de Marte, el prú (bebida realizada con la fermentación de raíces), la Catedral, la música en la calle, el calor, todo esto es allá una mezcla única, irrepetible en cualquier otra parte de Cuba y, posiblemente, del mundo.

Los amigos santiagueros que ya conocía y los otros que acababa de conocer eran mi única esperanza para encontrar decimistas.

***

Y claro que hay repentistas en Santiago. El segundo día ya teníamos la ubicación de un señor muy mayor de edad que cantaba décimas. El periodista Jorge Albear localizó a Osvaldo Carralero, un hombre que fue por 23 años escolta de Raúl Castro, que nació en Holguín, pero solo hasta llegar a Santiago de Cuba empezó a improvisar espinelas. Dice que un día escuchó un laúd y unas tonadas y desde ese día no ha parado de cantar.

Carralero se siente cansado de luchar por la décima en su tierra adoptiva, sin resultado alguno. “Aquí la décima está caída, la tenemos viva nosotros, no hay ningún interés”. Mientras nos cuenta esto hace pequeñas pausas. Levanta la voz para decir que inició un taller de repentismo, pero vuelve a disminuir la entonación con tristeza. “Vinieron tres poetas de La Habana, me dieron un mínimo-técnico, me dieron un libro y empecé con los niños”.  Sus alumnos solo pudieron disfrutar lo lúdico de sus clases por varios meses. Carralero se sentía desamparado, sin apoyo, y tuvo que dejar el taller.

Cuando habla, las pausas desesperan, pero lo escucho tranquilamente. Osvaldo cambia el sentido de la conversación, una y otra vez me obliga a empatar una historia con otra usando la imaginación. De pronto recita décimas aprendidas de diferentes temas: la patria, el comandante, su esposa; recita y me mira fijamente, como esperando que por cada verso impactante yo reaccione. Y así lo hago.

***

Entre la majestuosa Catedral y el hotel Casa Granda está la Biblioteca Elvira Cape. Hasta allí nos llevó Carralero, con paso apurado. A Carralero lo conoce mucha gente, lo saludan, lo llaman “poeta”. Anteriormente nos había comentado sobre una peña de repentismo que tenía en la céntrica biblioteca Elvira Cape y nosotros estábamos contentísimos, no solo habíamos descubierto a un poeta, sino también una peña de repentismo en Santiago de Cuba.

Frente a la biblioteca estaba la casa natal del más grande poeta santiaguero de todos los tiempos: José María Heredia.Allí esperábamos a Carralero cuando muy apenado salió y nos dijo que no sabía por qué no había nadie esperando que comenzara la actividad.Entonces salió en busca de los músicos y los poetas de la peña.

En la biblioteca, la verdad, ambiente “de peña” no había. La sala estaba vacía completamente. La recepcionista nos miraba con rareza, pero cuando apareció Carralero con el laudista el salón pareció llenarse; él le impregnaba una calidez increíble al momento. Nos contó que no había encontrado a su contrincante, pero me invitó a que improvisáramos unas décimas. ¡Y claro que cantamos!

El laudista, Eligio Rodríguez, es un músico empírico que aprendió a tocar su instrumento de oído.“Yo me iba con mi hermano para los lugares donde ellos iban a tocar, me situaba al lado del que tocaba el laúd o la guitarra, me ponía a mirar y toda la música esa se me grababa en la mente.Cuando llegaba a la casa y mi hermano se iba para el trabajo, yo le cogía la guitarra y me ponía a buscarle afinaciones. Y así fue como comencé”. 

A Eligio había que mirarlo fijamente para poder entender lo que decía, porque hablaba rápido, enredado. Él siempre acompaña a Carralero a todas sus actividades con su laúd al hombro; era una suerte de escudero. 

“Yo siempre toco solo, no hemos tenido la dicha de encontrar un guitarrista que nos acompañe”, aclaró,casi murmurando, como si la nostalgia de no haber tenido una guitarra lo invadiera de repente.Carralero le dice que saque el instrumento, que ya es hora de hacer sonar las cuerdas. Eligio, sin pensarlo dos veces, empieza a tocar la tonada Carvajal, en do menor. Nos dimos cuenta de que al poeta le gustaba mucho improvisar por esa tonada. Carralero, serio, sereno,comenzó a cantar: 

Viste sus mejores galas

la décima campesina.

Hizo una pausa, miró al laudista, que no dejó de tocar, repitió los dos primeros versos y continuó:

Fácil, sutil golondrina

que alegre bate sus alas.

Hay otra pausa intencional, para que la melodía tomara el protagonismo del momento, y prosiguió:

Anda todas las escalas

del programa musical.

Nueva pausa pequeña y remate del poeta:

Como el fresco manantial

que me cubre cada poro

para brindar con decoro

la actividad cultural.

Yo intento seguir cantando por la tonada Carvajal y complacerlo con unas décimas. Lo miro fijamente,e improviso respetando todas las pausas que obliga la melodiosa tonada:

Si estuvieras en La Habana

yo dentro de ti me integro

y te pongo el pelo negro

aunque afuera sean canas.

Convierto en años semanas

y te hago una canturía.

Y cuando pase ese día

verás cómo siendo un mago

entre La Habana y Santiago

achico la lejanía.

Cuando llevábamos diez minutos cantando, Carralero, mi equipo de trabajo, el periodista Jorge Albear, el laudista y la recepcionista, miraron llegar a un hombre vestido de guayabera y con sombrero, que rápidamente se posicionó en el supuesto escenario del salón.Supuse que era el otro poeta,hasta queél interrumpió y dijo con una tonada libre en do mayor:

                            En un grano de maíz

                            se forjó su vida entera

La voz del poeta retumbó en el eco de la sala, una voz fuerte, segura y afinada. Después del interludio musical repitió los dos primeros versos y continuó:

para dejar la cantera

de jóvenes al país.

Hizo una pequeña pausa donde recorrió con los ojos a los presentes y concluyó:

Del Caguairán su raíz

va creciendo a cada instante

y este país tan gigante

que le entregó el corazón

aclama con gran razón:

gloria eterna, Comandante. 

Una vez que el poeta iba por el verso ocho (“que le entregó el corazón”) repentinamente un sonido se apoderó de la sala, de la zona, de nosotros. El Himno Nacional cubano se escuchaba y no sabíamos de dónde venía. Carralero y el poeta se pararon en firme, automáticamente, y mandaron con un gesto fuerte al laudista a parar el instrumento. Nosotros nos paralizamos también, hasta que dejaron de sonar las notas del himno. Después de unos segundos de silencio volvió otro sonido a rebotar por las paredes de la biblioteca. Parecía que nos habíamos trasladado de pronto a un concierto de la Sinfónica Nacional de Cuba. Todos nos miramos sorprendidos y los poetas intentaron hacer una décima entre los dos, de despedida, pero a duras penas alcanzamos a oír lo que cantaban. Al terminar su décima, Carralero me presentó a Raúl Rondón, su compañero de escena. No dije nada, pero pensé: “vaya, se llama igual que el famoso tonadista, Raúl Rondón, El bardo camagüeyano”, pareja radiofónica del Jilguero de Cienfuegos en los años 70 y 80, según cuenta mi padre.

Nos abrazamos entre notas musicales. El sonido sinfónico era tan fuerte que era mejor salir a ver qué es lo que estaba  pasando. En la entrada de la biblioteca había en la calle unos 30 músicos de la Banda Municipal de Conciertos de Santiago de Cuba, tocando. Sorprendidos, comenzamos a hacer fotos. Definitivamente, hay cosas que solo se ven en Santiago.

***

Encontrar grupos de son, boleristas o cantautores es muy fácil en esta tierra tan musical, pero grupos de música campesina hay pocos. Eso me contó José Mendoza, metodólogo de música del Centro Provincial de Casas de Cultura y director de uno de los grupos santiagueros de música campesina. Mendoza cuenta con orgullo haber dirigido el grupo Trinchera Agraria, y compartido escenario con el reconocido músico cubano Eliades Ochoa, además de tocar por ocho años en el grupo Curujey, y ahora liderar el grupo Son del Batey.Asegura que hay muy pocos repentistas en Santiago, pero que existen, sobre todo en los municipios de los alrededores, como Segundo Frente o San Luis.En su grupo improvisó por varios años Osvaldo Carralero; ahora cuenta con dos intérpretes que dominan varias tonadas y son quienes mantienen viva la décima dentro del grupo.“Carralero estuvo trabajando con nosotros mientras existía la agrupación Curujey. En el 2006 dejamos de funcionar y ahí surge Son del Batey y retomamos otra vez a Carralero. Ya el poeta estaba un poco mayor y decidimos hacer las tonadas con nuestra cantante”. El metodólogo y director de orquesta asegura que la música campesina en Santiago está viva; sin embargo, el panorama que encontramos fue otro.

***

No podía despedirme de Santiago sin ver nuevamente a Rondón y a Carralero, y ellos estaban más contentos y ansiosos que yo, incluso, habían prometido avisarle a los otros repentistas que estaban en la zona. Mencionaron al Sinsonte Cobrero(Antonio Rpdríguez, Ñiquito, un poeta que vivía por El Cobre). Habíamos quedado para vernos en el centro de la ciudad, para conversar un poco y cantaralgunas décimas.

El encuentro fue hermoso, hacía mucho tiempo estos poetas repentistas no coincidían con sus homólogos. Después de un rato de espera, el Cobrero nunca llegó, y decidimos caminar en busca de un lugar tranquilo para poder cantar. Mientras desandábamos la calle Enramada, recordaba la popular avenida de Obispo en La Habana, con la diferencia de que en Santiago la gran mayoría de los transeúntes son cubanos.

Carralero y Rondón me llevaron a la Casa del Ron y allí Eligio Rodríguez desenvainó su instrumento y, sin esperar mucho tiempo, los versos empezaron a caer.Yo escuchaba y grababa, escuchaba y reía, escuchaba y me sentía feliz de haber encontrado a estos dos personajes.

Dijo Carralero con desenfado:

Levantemos la cultura

en la tierra santiaguera

llevando como bandera

que se mantenga su altura.

Con una base tan pura

de los improvisadores.

Dignos y merecedores

del verso culto y bien hecho,

llevando en su propio pecho

que no se pierdan valores.

Rondón deja que sueñe el laúd, esboza una sonrisa y tras la pausa instrumental dice:

Alex, junto a tus dos flores

has venido hasta Santiago…

Dejó que el instrumento insinuara unas notas, pero arrebató el sonido rápidamente, repitió los dos versos primeros y terminó la redondilla:

…y hoy te brindo un halago,

pues mantienes tus honores.

Volvió a esperar que el instrumento sonara, pensó por unos segundos y por fin cantó:

Cambiarás esos colores

en la décima cubana.

Hizo una pequeña pausa en el puente y continuó:

Y el futuro del mañana

en Santiago se verá

porque hasta aquí nos traerá

la vida más cotidiana.

Se sentía el aplauso tímido del cantinero, nuestro único público. Los poetas estuvieron cantando un buen rato y después recitaron décimas y pie forzados que querían que nos lleváramos grabados.Para terminar propusieron hacer unos piropos a las periodistas del equipo de trabajo de Oralitura Habana:Leidys Hernández y Vanessa Castro. Aplausos, abrazos y risas matizaron nuestro encuentro.    

***

Entonces… ¿qué pasa en Santiago de Cuba con el repentismo? La décima floreció en el occidente cubano.“Desde la segunda mitad del XVI comienza desde Canarias la emigración masiva, mediante grupos familiares. Esto permite habilitar las tierras de labor para el cultivo intenso y diverso(…) En esta diversificación agrícola tiene gran importancia el cultivo del tabaco, pero los latifundistas ganaderos hacen mucha presión para que dicho cultivo no se haga en tierras cercanas a la ciudad”. (Linares, María Teresa. El punto cubano, 1999).

En los alrededores de La Habana se asentaron los canarios, que trajeron a esta tierra la décima oral improvisada. Por esa razón prosperó con más fuerza en esta región y en menor medida en Santiago y el oriente en general. Una mención aparte merece Las Tunas,que tuvo en el siglo XIX la figura de El Cucalambé (poeta y decimista, no repentista), y en la que se realiza cada año uno de los eventos más importantes del repentismo en Cuba: la Jornada Cucalambeana, que ya tiene 52 ediciones.

De Santiago de Cuba fue el importante repentista Rafael García, conocido como el León de Madruga, tierra del occidente cubano en dónde se desarrolló como improvisador.También santiaguero es el mediático repentista Emiliano Sardiñas, actualmente residente en la capital cubana y del municipio Banes, Holguín es la Ciega Maravillosa, Tomasita Quiala.

En Santiago se realizan varios de los festivales más importantes del país, como el Festival del Caribe, la Fiesta del Fuego y el Festival de la Trova.En estos eventos hay muy poca presencia de repentistas. Tengo conocimiento de que también se realizan las fiestas campesinas del Platanal de Bartolo, en el municipio San Luis, adonde ha sido invitado en disímiles ocasionesEmiliano, el Poeta de la Mochila.

Hay que incidir más en estos eventos, nutrir más las fiestas campesinas con repentistas profesionales pero, sobre todo, aumentar la participación en espectáculos que no tengan nada que ver con la décima, lo que demuestra lo dúctil que puede ser y de esta forma  llegarle a un público nuevo y desconocedor del fenómeno del repentismo.

El abrazo de despedida con Osvaldo Carralero sabía a compromiso, a promesa, a esperanza. Irnos de Santiago significaba regresar y hacer posible el sueño de los pocos poetas de esa zona. Crear talleres de repentismo y acompañamiento musical, conferencias en torno al Punto Cubano, Patrimonio Inmaterial de la Humanidad, y espectáculos tradicionales y contemporáneos donde la décima oral improvisada esté presente. Ese es el reto.



VÍDEO:
REPENTISMO EN SANTIAGO DE CUBA.
DEL MITO A LA REALIDAD.
feb
29
Añadido por Alexis Díaz Pimienta el 29 febrero 2020 a las 10:45 am

 

Boca de Lobo, de Roly Ávalos.
Premio Francisco Riberón Hernández, 2018

El poeta estadounidense Allen Ginsberg llegó a La Habana en 1965 y salió de La Habana –ya otros han dicho cómo y por qué, no viene al caso– muy poco tiempo después para no volver nunca.

El poeta argentino Jorge Bocannera ha estado en Cuba muchas veces, como ganador del Premio Casa de las Américas, como jurado del mismo premio, como poeta, como turista, como amigo.

El poeta cubano Ramón Fernández-Larrea nació en Cuba, donde se volvió desde muy joven un periodista y un poeta muy respetado en los circuitos intelectuales de la isla, poeta y periodista querido y admirado que se fue de Cuba hace varias décadas y no ha vuelto físicamente, pero que no ha dejado de estar con sus poemas y sus radiopoemas en su país de origen, siempre.

Pues bien, ninguno de los tres conoce a Roly Ávalos. Ninguno de los tres lo ha leído siquiera. Roly Ávalos (1988) es demasiado joven para Ginsberg (1926-1997); incluso para Boccanera (1952) y Fernández-Larrea (1958). Sin embargo, los tres se han encontrado en este libro, Boca de lobo, sin quererlo, sin saberlo siquiera. El poeta beat de una manera fantasmal, tangencial, subletránea; el poeta argentino y el poeta cubano compartiendo página de citas, como quien comparte asiento en una guagua o en un almendrón, cada uno sentado sobre un verso propio, aunque eso sí, de estirpe ginsbergiana.

Me explico.

Decía Pierre Genette, semiólogo francés que tampoco supo ni sabrá nunca de los versos de Roly Ávalos, que en cualquier obra literaria el paratexto es muchas veces tan importante como el texto, o sea, que las citas o exergos, las entrevistas al autor y hasta su biografía, son elementos que aportan marcas, tanto a la escritura como a la lectura que haremos del poeta en su total, y de cada texto en particular, para bien o para mal del autor y la obra. Por lo tanto, no son gratuitas ni fortuitas –nada de florituras o esnobismo literario– las citas en los libros: al contrario, son microseñales para que el lector, ese desconocido que entrará en casa ajena, no tropiece con los muebles poéticos. Por eso hay que leerlas con detenimiento, con el mismo cuidado con el que cada poeta las escoge. Y en el libro que nos atañe todo esto ocurre a niveles sutilísimos, porque el poeta ha hilado tan fino que hay que “padecer” cierta licantropía crítica –como es mi caso– para advertir el juego, los juegos, el “teje-maneje” de significados.

Para empezar, la frase “boca de lobo” es una metáfora lexicalizada que representa la oscuridad, pero a la vez el miedo, dado que lo oscuro, más que la figura del lobo mismo, significa y magnifica pavores diversos. Boca de lobo  = oscuridad = miedo. El poeta, entonces, se sumerge con sus versos en lo oscuro, en las oscuridades de su voz, de su ser, de su familia, de su ciudad, del mundo, convencido de que sus versos, y solo ellos, lo alumbrarán, lo guiarán y lo pondrán a salvo. El poeta teme –como todo poeta, dicho sea de paso– e intenta que la poesía lo mantenga a salvo, lo proteja.

Entonces, “como un aullido el corazón”, dice Jorge Boccanera en el pórtico del libro,  citado por Ávalos. Y desde allí mismo le responde Fernández-Larrea, citado también por el poeta de Luyanó: “¿pero qué es un aullido?” Y por supuesto, Allen Ginsberg, el mismísimo Ginsberg –a quien no se menciona en todo el libro, por cierto, algo muy significativo en un poemario estructurado no por secciones, sino por “aullidos”– se frota las manos en silencio con gesto beat, muy beat, como si aullara pero sin sonido, con su bocaza obscenamente abierta: lo ginsbergiano filtrado y refiltrado hasta infiltrarse en el lector sin el lector notarlo. En este libro no hay vergas ni vaginas ni drogas ni eyaculaciones ni escándalos ni juicios…, solo sombras, miedos, soledad, muerte, vientos, penumbras, oscuridades, lobos, lunas, aullidos, sillones que se mueven solos, licantropías de distinto tipo. No está Allen, pero sí está Ginsberg, aunque sospecho que ni el propio Ávalos se ha dado cuenta. Hace poco, interrogado sobre su libro, Ávalos habló de Titto Maccio Plauto y del lobo en tanto cánido, y de la boca del lobo como metáfora sobre las oscuridades, y de la poesía como herramienta para explorar “las zonas oscuras del lector”, tal vez olvidando que en tanto autor él mismo es el primer lector “oscuro” del poemario oscuro que ha alumbrado; y de que todo ese juego de luces y sombras, en él, joven poeta cubano de principios del siglo XXI, tiene iridiscencias insospechadas, provenientes de los poetas beats de finales del siglo pasado, sobre todo de Allen Ginsberg y aquel tremendo Aullido que atravesó California, Nueva York, el resto de Estados Unido, y que llegó a Cuba, por supuesto, como al resto del mundo. Un aullido que resuena aún, a pesar de Allen mismo.

Es muy significativo, por ejemplo, que este poemario comience con un poema que se intitula “6:00 P.M.”, título tan del gusto de los beats, tan necesitados ellos de dar realce poético a lo cotidiano, incluso el paso del tiempo con sus marcas numéricas –oh, aquellos poemazos de Frank O’Hara o de Hettie Jones, dejándonos saber a qué hora exacta y minuto y segundo lo estaban escribiendo–. Y de paso me pregunto, ¿quién será el Carl Salomon de Roly Avalos, quién es el poeta psiquiátrico al que este joven puede glosar y glosa en sus poemas, aún sin saberlo? ¿O en estos poemas hay un Carl Solomón colectivo, invisible también? ¿Todos somos su doppelgänger particular, los fantasmas caminando a su lado para que Avalos aúlle en blanco y negro sin sentirse tan solo y temeroso? ¿Somos sus locos evitando la cárcel? ¿Somos sus presidiarios internados voluntariamente en manicomios cotidianos, domésticos? Me consta que el tema de la locura es recurrente en la obra de Ávalos, tanto como en su vida diaria. Me consta, incluso, que, como en el verso-pórtico del gran poema de Ginsberg, Ávalos ha visto a las mejores mentes de su generación “perdidas por la locura, hambrientas histéricas desnudas”. Pero, ¿y lo carcelario y lo delincuentil? ¿Acaso su barrio, Luyanó, con sus mitos urbanos y su mala fama, es la coartada necesaria y única?

Boca de lobo –su oscuridad– evoca, aun por contraposición, a City Lights –la ciudad de las luces, la librería-editorial beat que tomó el nombre a su vez del poema cinematográfico de Chaplin– y esta evocación es otro guiño beat del libro, desde el mismo título.

“Cuando él era más joven y yo era más joven, conocí a Allen Ginsberg” escribió Williams Carlos Williams en el prólogo a Aullido, en 1956; y yo podría decir aquí lo mismo: “Cuando él era más joven y yo era más joven, conocí a Roly Ávalos”, tan joven él que aún era un niño, un negrito largo y flaco como ahora, y tan risueño y nervioso como ahora, y tan poeta, es decir, tan temeroso “del mundo exterior”, aunque lo disimulara. Y eso fue bueno. Ha sido bueno. Temer, ya lo sabemos, es una de las fuentes eternas de la poesía. Temor a todo: al amor, a la muerte, a la calle, a la vejez, a la política, a la noche, a las oscuridades de todo tipo. Temer para escribir con valentía. Temer para escribir como si no temiéramos. Así crece este libro lleno de exorcismos verbales contra el paso del tiempo y el advenimiento de la muerte de los seres queridos, contra las zonas oscuras de la sociedad cubana, y los malos amores y los amores buenos, que a veces son los que más duelen.

En uno de sus poemas el poeta dice “a esta hora las paredes aúllan de desespero” para más adelante confesar que “se me hace la boca humo”, un verso que es mucho más que un juego de palabras, porque el humo es nada, y la nada silencio, y la boca es o debe ser mucho más que boca, voz, y cuando la voz es nada en esa boca doblemente oscura, emerge el Silencio con mayúsculas, en todo su esplendor, que es, dicho sea de paso, el colmo de las oscuridades de un poeta. Y luego está el “aullido mendicante” del que habla el poeta en su Aullido primero, un aullido con el que el propio poeta advierte: “Debo ser yo, que le amputo / voces a la oscuridad”, en una declaración de principio, más que de principios. Y se dice a sí mismo, luego: “Hay, en todas las ciudades / una mujer que te olvida”, dejando al descubierto otro de sus grandes miedos: esa mujer ubicua y olvidadiza que convierte el miedo en pánico. Roly Ávalos teme y avanza a tientas, a tropezones por su propio libro y se reconoce “una sombra más”, y se dice a sí mismo “es sábado y tengo barba”, y luego a los demás, “es el silencio / pisándome los talones”, y en cada verso parece oírsele, desesperado, temeroso, intentando justificarse por ser poeta, casi pedir perdón por tener luz propia: “Soy solo el antagonismo / de mi plena oscuridad, / bordeándome, soledad, / apátrida de mí mismo”. Roly Ávalos, el poeta, canta, versa, escribe como pidiendo perdón por hacerlo, en un rejuego delirante de miedos y arrojos, de sí pero no, de luces y sombras, siempre sombras.

Sin embargo, el poema que da título al libro es un poema-homenaje a la luna, fuente de luz, la mayor fuente de luz natural en la mayor fuente de oscuridad por antonomasia: la noche. Aunque el poeta a la luna le habla en una descarada segunda persona: “Desde mis labios oscuros / yo te padezco”, dice, quejándose, en un juego antonímico fino y deleitoso. El poeta le dice a la luna, yo, poeta negro, te padezco, luz-luna; yo, poeta hecho de silencio y miedos (que vive en la boca del lobo), te padezco, luna, luz, palabra, voz, “señora”. Y entonces, desde ahí, escribe, canta, se desboca, y llega su antológico poema al viento habanero (Huellas del viento en La Habana), con algunos versos que, sueltos, bastarían para ser poemas aforísticos; y llegan redondillas que cortan el aliento cuando el miedo, o una de las caras del miedo, retrata con amargura su percepción de Cuba, esa isla tan suya, tan mía, tan nuestra:

Yo tengo un país grasiento.

Un país crucificado.

Yo tengo un país-pasado,

un país experimento…

afirmaciones que cortan la respiración, de tan amargas, de tan oscuras, pero que se quedan pequeñas cuando el poeta continúa afirmando:

Yo tengo un país-alarde

(yo tuve un país-machete),

Yo tengo un país membrete,

yo tengo un país cobarde…

para inmediatamente preguntarse a sí mismo, y al lector y al país todo, en una juego de espejos tan especular –y espectacular–como doloroso:

¿Yo tengo un país cobarde?

¿Yo tengo un país-membrete?

(¿Yo tuve un país-machete?)

¿Yo tengo un país-alarde?

devolviéndonos a la circularidad, a los juegos concéntricos en una estructura simétrica que a su vez está enmarcada dentro de un poema birrimal, recurrente, envolvente, que no deja escapar  al lector y del que el poeta solo sale, diz que ileso, gracias a un verso-grúa, salvador y clarificador: “tal vez he nacido tarde”, en otra de las paradojas que atraviesa el libro: este poeta joven es un “futuro anciano” que “tal vez ha nacido tarde”.

Y en el último poema del libro regresa el toque beat en un título numérico de formato cronológico –o más bien, cronémico– 12:00 AM, en el que se nos delata otra vez la estructura circular del poemario –empieza a las 6:00 PM y acaba a las 12:00 AM; ¿reloj?, ¿boca de lobo?, ¿circularidad?–, lo que demuestra, de paso, la preocupación formal del autor, lo sopesado que está todo aquí dentro, porque este es un poemario lleno de juegos formales más o menos experimentales, hechos para avisados y avezados lectores, juegos que los ingenuos y los desprevenidos pasarán por alto.

En su poema final el poeta es tajante: “Dudo / de las enciclopedias del futuro”, porque teme no saber, ya lo ha dicho, a qué tiempo pertenece. Roly Avalos Díaz, yo tampoco lo he dicho, es habanero, tiene 31 años, es instructor de teatro, es repentista, es negro, es soltero, es derecho, no juega beisbol ni baila casino: todos datos paratextuales que marcan y determinan que este libro sea este libro y no otro, como advirtió Genette. Y Boca de lobo es su segundo libro publicado. Antes publicó en España, Mundo pañuelo (Ed. Guantanamera, Sevilla, 2017), un poemario, por cierto, que poco se parece a este.

Hay poetas que tardan mucho tiempo en encontrar una voz propia, en formársela. Y hay poetas que desde el primer libro, desde las primeras publicaciones, ya tienen una voz inconfundible. Este es el caso. Este es un libro para recorrerlo con un mechero en una mano, un fósforo, una linterna, algo que nos evite tropezones y descalabros, o en todo caso, con los ojos muy abiertos. Un libro lleno de miedos para que no temamos, que es la mejor manera.

Boca de lobo es, entonces, el segundo libro impreso y publicado de Roly Ávalos, un poemario que, por cierto, y por si alguien tiene curiosidad o le interesa, además de estar muy bien escrito y bien estructurado, lleno de aciertos y sorpresas varias (formales, léxicas, versales, filosóficas) está escrito en décimas.

Alexis Díaz-Pimienta,

Sevilla, 27 de octubre de 2019

Datos del libro:
Título: Boca de lobo
Premio: Francisco Riberón Hernández, 2018.
Género: Poesía
Editorial: Montecallado
Año: 2019

feb
29
Añadido por Alexis Díaz Pimienta el 29 febrero 2020 a las 10:45 am

 

Boca de Lobo, de Roly Ávalos.
Premio Francisco Riberón Hernández, 2018

El poeta estadounidense Allen Ginsberg llegó a La Habana en 1965 y salió de La Habana –ya otros han dicho cómo y por qué, no viene al caso– muy poco tiempo después para no volver nunca.

El poeta argentino Jorge Bocannera ha estado en Cuba muchas veces, como ganador del Premio Casa de las Américas, como jurado del mismo premio, como poeta, como turista, como amigo.

El poeta cubano Ramón Fernández-Larrea nació en Cuba, donde se volvió desde muy joven un periodista y un poeta muy respetado en los circuitos intelectuales de la isla, poeta y periodista querido y admirado que se fue de Cuba hace varias décadas y no ha vuelto físicamente, pero que no ha dejado de estar con sus poemas y sus radiopoemas en su país de origen, siempre.

Pues bien, ninguno de los tres conoce a Roly Ávalos. Ninguno de los tres lo ha leído siquiera. Roly Ávalos (1988) es demasiado joven para Ginsberg (1926-1997); incluso para Boccanera (1952) y Fernández-Larrea (1958). Sin embargo, los tres se han encontrado en este libro, Boca de lobo, sin quererlo, sin saberlo siquiera. El poeta beat de una manera fantasmal, tangencial, subletránea; el poeta argentino y el poeta cubano compartiendo página de citas, como quien comparte asiento en una guagua o en un almendrón, cada uno sentado sobre un verso propio, aunque eso sí, de estirpe ginsbergiana.

Me explico.

Decía Pierre Genette, semiólogo francés que tampoco supo ni sabrá nunca de los versos de Roly Ávalos, que en cualquier obra literaria el paratexto es muchas veces tan importante como el texto, o sea, que las citas o exergos, las entrevistas al autor y hasta su biografía, son elementos que aportan marcas, tanto a la escritura como a la lectura que haremos del poeta en su total, y de cada texto en particular, para bien o para mal del autor y la obra. Por lo tanto, no son gratuitas ni fortuitas –nada de florituras o esnobismo literario– las citas en los libros: al contrario, son microseñales para que el lector, ese desconocido que entrará en casa ajena, no tropiece con los muebles poéticos. Por eso hay que leerlas con detenimiento, con el mismo cuidado con el que cada poeta las escoge. Y en el libro que nos atañe todo esto ocurre a niveles sutilísimos, porque el poeta ha hilado tan fino que hay que “padecer” cierta licantropía crítica –como es mi caso– para advertir el juego, los juegos, el “teje-maneje” de significados.

Para empezar, la frase “boca de lobo” es una metáfora lexicalizada que representa la oscuridad, pero a la vez el miedo, dado que lo oscuro, más que la figura del lobo mismo, significa y magnifica pavores diversos. Boca de lobo  = oscuridad = miedo. El poeta, entonces, se sumerge con sus versos en lo oscuro, en las oscuridades de su voz, de su ser, de su familia, de su ciudad, del mundo, convencido de que sus versos, y solo ellos, lo alumbrarán, lo guiarán y lo pondrán a salvo. El poeta teme –como todo poeta, dicho sea de paso– e intenta que la poesía lo mantenga a salvo, lo proteja.

Entonces, “como un aullido el corazón”, dice Jorge Boccanera en el pórtico del libro,  citado por Ávalos. Y desde allí mismo le responde Fernández-Larrea, citado también por el poeta de Luyanó: “¿pero qué es un aullido?” Y por supuesto, Allen Ginsberg, el mismísimo Ginsberg –a quien no se menciona en todo el libro, por cierto, algo muy significativo en un poemario estructurado no por secciones, sino por “aullidos”– se frota las manos en silencio con gesto beat, muy beat, como si aullara pero sin sonido, con su bocaza obscenamente abierta: lo ginsbergiano filtrado y refiltrado hasta infiltrarse en el lector sin el lector notarlo. En este libro no hay vergas ni vaginas ni drogas ni eyaculaciones ni escándalos ni juicios…, solo sombras, miedos, soledad, muerte, vientos, penumbras, oscuridades, lobos, lunas, aullidos, sillones que se mueven solos, licantropías de distinto tipo. No está Allen, pero sí está Ginsberg, aunque sospecho que ni el propio Ávalos se ha dado cuenta. Hace poco, interrogado sobre su libro, Ávalos habló de Titto Maccio Plauto y del lobo en tanto cánido, y de la boca del lobo como metáfora sobre las oscuridades, y de la poesía como herramienta para explorar “las zonas oscuras del lector”, tal vez olvidando que en tanto autor él mismo es el primer lector “oscuro” del poemario oscuro que ha alumbrado; y de que todo ese juego de luces y sombras, en él, joven poeta cubano de principios del siglo XXI, tiene iridiscencias insospechadas, provenientes de los poetas beats de finales del siglo pasado, sobre todo de Allen Ginsberg y aquel tremendo Aullido que atravesó California, Nueva York, el resto de Estados Unido, y que llegó a Cuba, por supuesto, como al resto del mundo. Un aullido que resuena aún, a pesar de Allen mismo.

Es muy significativo, por ejemplo, que este poemario comience con un poema que se intitula “6:00 P.M.”, título tan del gusto de los beats, tan necesitados ellos de dar realce poético a lo cotidiano, incluso el paso del tiempo con sus marcas numéricas –oh, aquellos poemazos de Frank O’Hara o de Hettie Jones, dejándonos saber a qué hora exacta y minuto y segundo lo estaban escribiendo–. Y de paso me pregunto, ¿quién será el Carl Salomon de Roly Avalos, quién es el poeta psiquiátrico al que este joven puede glosar y glosa en sus poemas, aún sin saberlo? ¿O en estos poemas hay un Carl Solomón colectivo, invisible también? ¿Todos somos su doppelgänger particular, los fantasmas caminando a su lado para que Avalos aúlle en blanco y negro sin sentirse tan solo y temeroso? ¿Somos sus locos evitando la cárcel? ¿Somos sus presidiarios internados voluntariamente en manicomios cotidianos, domésticos? Me consta que el tema de la locura es recurrente en la obra de Ávalos, tanto como en su vida diaria. Me consta, incluso, que, como en el verso-pórtico del gran poema de Ginsberg, Ávalos ha visto a las mejores mentes de su generación “perdidas por la locura, hambrientas histéricas desnudas”. Pero, ¿y lo carcelario y lo delincuentil? ¿Acaso su barrio, Luyanó, con sus mitos urbanos y su mala fama, es la coartada necesaria y única?

Boca de lobo –su oscuridad– evoca, aun por contraposición, a City Lights –la ciudad de las luces, la librería-editorial beat que tomó el nombre a su vez del poema cinematográfico de Chaplin– y esta evocación es otro guiño beat del libro, desde el mismo título.

“Cuando él era más joven y yo era más joven, conocí a Allen Ginsberg” escribió Williams Carlos Williams en el prólogo a Aullido, en 1956; y yo podría decir aquí lo mismo: “Cuando él era más joven y yo era más joven, conocí a Roly Ávalos”, tan joven él que aún era un niño, un negrito largo y flaco como ahora, y tan risueño y nervioso como ahora, y tan poeta, es decir, tan temeroso “del mundo exterior”, aunque lo disimulara. Y eso fue bueno. Ha sido bueno. Temer, ya lo sabemos, es una de las fuentes eternas de la poesía. Temor a todo: al amor, a la muerte, a la calle, a la vejez, a la política, a la noche, a las oscuridades de todo tipo. Temer para escribir con valentía. Temer para escribir como si no temiéramos. Así crece este libro lleno de exorcismos verbales contra el paso del tiempo y el advenimiento de la muerte de los seres queridos, contra las zonas oscuras de la sociedad cubana, y los malos amores y los amores buenos, que a veces son los que más duelen.

En uno de sus poemas el poeta dice “a esta hora las paredes aúllan de desespero” para más adelante confesar que “se me hace la boca humo”, un verso que es mucho más que un juego de palabras, porque el humo es nada, y la nada silencio, y la boca es o debe ser mucho más que boca, voz, y cuando la voz es nada en esa boca doblemente oscura, emerge el Silencio con mayúsculas, en todo su esplendor, que es, dicho sea de paso, el colmo de las oscuridades de un poeta. Y luego está el “aullido mendicante” del que habla el poeta en su Aullido primero, un aullido con el que el propio poeta advierte: “Debo ser yo, que le amputo / voces a la oscuridad”, en una declaración de principio, más que de principios. Y se dice a sí mismo, luego: “Hay, en todas las ciudades / una mujer que te olvida”, dejando al descubierto otro de sus grandes miedos: esa mujer ubicua y olvidadiza que convierte el miedo en pánico. Roly Ávalos teme y avanza a tientas, a tropezones por su propio libro y se reconoce “una sombra más”, y se dice a sí mismo “es sábado y tengo barba”, y luego a los demás, “es el silencio / pisándome los talones”, y en cada verso parece oírsele, desesperado, temeroso, intentando justificarse por ser poeta, casi pedir perdón por tener luz propia: “Soy solo el antagonismo / de mi plena oscuridad, / bordeándome, soledad, / apátrida de mí mismo”. Roly Ávalos, el poeta, canta, versa, escribe como pidiendo perdón por hacerlo, en un rejuego delirante de miedos y arrojos, de sí pero no, de luces y sombras, siempre sombras.

Sin embargo, el poema que da título al libro es un poema-homenaje a la luna, fuente de luz, la mayor fuente de luz natural en la mayor fuente de oscuridad por antonomasia: la noche. Aunque el poeta a la luna le habla en una descarada segunda persona: “Desde mis labios oscuros / yo te padezco”, dice, quejándose, en un juego antonímico fino y deleitoso. El poeta le dice a la luna, yo, poeta negro, te padezco, luz-luna; yo, poeta hecho de silencio y miedos (que vive en la boca del lobo), te padezco, luna, luz, palabra, voz, “señora”. Y entonces, desde ahí, escribe, canta, se desboca, y llega su antológico poema al viento habanero (Huellas del viento en La Habana), con algunos versos que, sueltos, bastarían para ser poemas aforísticos; y llegan redondillas que cortan el aliento cuando el miedo, o una de las caras del miedo, retrata con amargura su percepción de Cuba, esa isla tan suya, tan mía, tan nuestra:

Yo tengo un país grasiento.

Un país crucificado.

Yo tengo un país-pasado,

un país experimento…

afirmaciones que cortan la respiración, de tan amargas, de tan oscuras, pero que se quedan pequeñas cuando el poeta continúa afirmando:

Yo tengo un país-alarde

(yo tuve un país-machete),

Yo tengo un país membrete,

yo tengo un país cobarde…

para inmediatamente preguntarse a sí mismo, y al lector y al país todo, en una juego de espejos tan especular –y espectacular–como doloroso:

¿Yo tengo un país cobarde?

¿Yo tengo un país-membrete?

(¿Yo tuve un país-machete?)

¿Yo tengo un país-alarde?

devolviéndonos a la circularidad, a los juegos concéntricos en una estructura simétrica que a su vez está enmarcada dentro de un poema birrimal, recurrente, envolvente, que no deja escapar  al lector y del que el poeta solo sale, diz que ileso, gracias a un verso-grúa, salvador y clarificador: “tal vez he nacido tarde”, en otra de las paradojas que atraviesa el libro: este poeta joven es un “futuro anciano” que “tal vez ha nacido tarde”.

Y en el último poema del libro regresa el toque beat en un título numérico de formato cronológico –o más bien, cronémico– 12:00 AM, en el que se nos delata otra vez la estructura circular del poemario –empieza a las 6:00 PM y acaba a las 12:00 AM; ¿reloj?, ¿boca de lobo?, ¿circularidad?–, lo que demuestra, de paso, la preocupación formal del autor, lo sopesado que está todo aquí dentro, porque este es un poemario lleno de juegos formales más o menos experimentales, hechos para avisados y avezados lectores, juegos que los ingenuos y los desprevenidos pasarán por alto.

En su poema final el poeta es tajante: “Dudo / de las enciclopedias del futuro”, porque teme no saber, ya lo ha dicho, a qué tiempo pertenece. Roly Avalos Díaz, yo tampoco lo he dicho, es habanero, tiene 31 años, es instructor de teatro, es repentista, es negro, es soltero, es derecho, no juega beisbol ni baila casino: todos datos paratextuales que marcan y determinan que este libro sea este libro y no otro, como advirtió Genette. Y Boca de lobo es su segundo libro publicado. Antes publicó en España, Mundo pañuelo (Ed. Guantanamera, Sevilla, 2017), un poemario, por cierto, que poco se parece a este.

Hay poetas que tardan mucho tiempo en encontrar una voz propia, en formársela. Y hay poetas que desde el primer libro, desde las primeras publicaciones, ya tienen una voz inconfundible. Este es el caso. Este es un libro para recorrerlo con un mechero en una mano, un fósforo, una linterna, algo que nos evite tropezones y descalabros, o en todo caso, con los ojos muy abiertos. Un libro lleno de miedos para que no temamos, que es la mejor manera.

Boca de lobo es, entonces, el segundo libro impreso y publicado de Roly Ávalos, un poemario que, por cierto, y por si alguien tiene curiosidad o le interesa, además de estar muy bien escrito y bien estructurado, lleno de aciertos y sorpresas varias (formales, léxicas, versales, filosóficas) está escrito en décimas.

Alexis Díaz-Pimienta,

Sevilla, 27 de octubre de 2019

Datos del libro:
Título: Boca de lobo
Premio: Francisco Riberón Hernández, 2018.
Género: Poesía
Editorial: Montecallado
Año: 2019

feb
26
Añadido por Alexis Díaz Pimienta el 26 febrero 2020 a las 2:55 pm
CRÓNICAS DEL DESAYUNO. CÓRDOBA Y CORONAVIRUS
Jueves. Diez y veintidós
del 22 de febrero.
Estoy en Córdoba, pero
sigo dividido en dos.
Un Alexis vive en pos
del Carpe Diem natural
y otro  Alexis está mal,
con resaca matutina.
La noche fue libertina,
etílica y musical.
Hubo flamenco. Audición
de jóvenes cantaores.
Y después hubo licores,
debate, celebración.
Carcajadas “por Chacón”.
Reflexiones “por Marchena”.
Y esta soleá qué buena.
Y qué talentoso elenco.
La resaca del flamenco
pone el tiempo en cuarentena.
¿Cuarentena? Se me llena
de mascarillas la voz.
¿Cuarentena? ¡Qué veloz
el coronavirus! Pena
de palabra “cuarentena”
Titulares en los diarios.
Sobresaltos sanitarios.
Epidemia. Protocolo.
El miedo está hablando solo
en todos los telediarios.
El conoranvirus sigue
preocupando a medio mundo.
Un alarmismo fecundo
(no hay droga que lo mitigue).
La televisión consigue
alarmar más que informar.
Destinos que hay que evitar:
China, Milán, Singapur,
Japón, Corea del Sur…
Ufffff… Voy a desayunar.
El cuerpo me está pidiendo
zumo de naranja . Bien.
Y una tostada también
(ese jamón, qué estupendo).
Y un café bombón. Comprendo
que mezclaré cafeína
y azúcar y vitamina
y carbohidrato… No importa.
La naranja me transporta
de nuevo otra vez a China.
Cuando era niño en La Habana
en mi infancia citadina,
las “naranjas de la China”
eran la fruta más sana.
¿Naranja china? ¿Es cubana
esta forma de llamar
a este cítrico manjar
que yo en jugos multiplico?
No. También en Puerto Rico
(lo acabo de recordar).
Desayuno con fruición.
Mastico. Bebo. Mastico.
En Cuba y en Puerto Rico
las naranjas “chinas” son.
Miro la televisión.
No se entiende bien qué pasa.
Gente confinada en casa.
 Mil turistas recluidos.
Paramédicos vestidos
como agentes de la NASA.
Ya no es Wuhan ni Milán.
Ya la epidemia nos daña.
Siete casos en España.
Y al parecer, seguirán.
Tertulia en la tele. Están
los periodistas hablando
informando, especulando,
preguntando al reportero
que está allí, en la “zona cero”,
¿La apago? No tengo el mando.
Mil personas confinadas
en un hotel tinerfeño.
Ahora el territorio isleño
es centro de las miradas.
Dos personas infectadas
(un matrimonio italiano).
Y dos más. El ser humano
con guantes y mascarillas
blancas, verdes, amarillas.
Y el miedo, tan campechano.
Comienzan a comparar.
Unos hablan de epidemia
y otros hablan de pandemia.
¿Recuerdan la gripe aviar?
Pretenden tranquilizar.
“Peor es la gripe diaria”.
¿Tanta alarma es necesaria?
Pero sigue el aislamiento.
Fumigación. Saneamiento.
Reclusión domiciliaria.
Medidas de precaución:
Hay que lavarse las manos
tanto enfermos como sanos
(gel de mano, agua y jabón.)
Y otro caso en Castellón.
Y otro caso en Barcelona.
Este virus no perdona.
Cuánto miedo. Qué locura.
¿Pero es letal o se cura?
¿Hay que acordonar la zona?
Si tienes fiebre, si hay tos,
si respiras mal… ¡a Urgencia!
El número de emergencia
es el 122.
El contagio, qué veloz,
dice un joven reportero.
Zona roja. Zona cero.
Rueda de prensa. Soldados.
¡Hay ya más “enmascarados”
que en Star War, caballero!
Todo el mundo está allá afuera
con un miedo absurdo y franco
Mientras… atracan un banco
en Jerez de la Frontera.
Mientras… Sanders abandera
el motín anti-trumpista.
Mientras… cantora y bromista
Cádiz sigue en Carnaval.
¿El Coronaqué…? ¿Mortal?
¡Virus mortal el machista!
Yo sigo con los oídos
llenos de versos cantados.
Melismáticos recados
de flamencos abducidos
por la música. Sonidos
 profundamente andaluces.
Seguirillas. Tangos. Cruces
poético-musicales,
cantes que se hacen “virales”
(buen virus, a todas luces).
Reflexión del desayuno:
¿Les parece natural
esta acepción de “viral”
en el siglo XXI?
“Viral”, ¿vocablo oportuno?
“Viralidad”, ¿voz ajena?
¿Y por qué en esta cadena
de alarmas tan enfermiza
cuando un twit se “viraliza”
Twitter no  entra en cuarentena?
Vuelvo a la televisión
con inusual indulgencia,
como quien ve una secuencia
en una obra de ficción.
Detecto sobreactuación.
Detecto cierto alarmismo.
Detecto parasitismo
mediático y cierto dosis
hollywoodense. ¿Psicosis?
Si hay buen ratingda lo mismo.
Periodista: ¡Cuánto miedo!
Tertuliano: ¡Cuánta alarma!
Periodista: ¿Será el karma?
Tertuliano: ¡Vaya enredo!
Periodista: Yo no puedo
dejar de informar, lo sabes
Tertuliano: Son más graves
La gripe y el tabaquismo
Periodista: ¿Y el machismo?
Tertuliano: ¡No la grabes!
La joven dueña del bar
se enfrenta con Ana Rosa:
“¿No sabe hablar de otra cosa?”
grita, y se pone a limpiar.
Acabo de comprobar
que todos estamos viendo
a la Ana Rosa. Tremendo.
Cuántos desayunadores
Entremezclando rumores
y noticias. ¡Yo me enciendo!
Me niego. Vuelvo a pensar
en el flamenco nocturno.
De recuerdos me embadurno.
¡Ole! ¡Arza! ¡Vamo’ a escuchar!
¡Y qué monada de bar!
Tan chico. Tan escondido.
Calle del Niño Perdido
(o Calleja o Callejón).
Qué más da. ¿El niño en cuestión
a oír flamenco habrá ido?
Jueves. Once y treintaidós
del 22 de febrero.
Estoy en Córdoba, pero
sigo dividido en dos.
Un Yo le teme a la tos.
Otro Yo no teme a nada.
Un Yo acaba su tostada.
Otro Yo ve tertulianos.
¡Qué raros son los humanos!
¡Cuánta farsa acumulada!
Periodista: Estamos mal.
Tertuliano: Por si acaso.
Periodista: ¿Un nuevo caso?
Tertuliano: ¡Estás fatal!
Periodista: Es de manual.
Tertuliano: Vaya horror.
Y yo pienso en mi interior:
“El COSID es epidemia
pero el miedo ya es pandemia
gracias al televisor”.
¡Es todo tan telegénico!
Y tan cinematográfico.
Es todo tan fotográfico
Y tan fototelegénico,
Es todo tan suprahigiénico
que si un Día la Academia
que entrega los Óscar premia
virus… dirán con apremio:
“¡COSID-19! ¡Premio
a la mejor Epidemia!”
Córdoba,

26 de febrero de 2020

feb
26
Añadido por Alexis Díaz Pimienta el 26 febrero 2020 a las 2:55 pm
CRÓNICAS DEL DESAYUNO. CÓRDOBA Y CORONAVIRUS
Jueves. Diez y veintidós
del 22 de febrero.
Estoy en Córdoba, pero
sigo dividido en dos.
Un Alexis vive en pos
del Carpe Diem natural
y otro  Alexis está mal,
con resaca matutina.
La noche fue libertina,
etílica y musical.
Hubo flamenco. Audición
de jóvenes cantaores.
Y después hubo licores,
debate, celebración.
Carcajadas “por Chacón”.
Reflexiones “por Marchena”.
Y esta soleá qué buena.
Y qué talentoso elenco.
La resaca del flamenco
pone el tiempo en cuarentena.
¿Cuarentena? Se me llena
de mascarillas la voz.
¿Cuarentena? ¡Qué veloz
el coronavirus! Pena
de palabra “cuarentena”
Titulares en los diarios.
Sobresaltos sanitarios.
Epidemia. Protocolo.
El miedo está hablando solo
en todos los telediarios.
El conoranvirus sigue
preocupando a medio mundo.
Un alarmismo fecundo
(no hay droga que lo mitigue).
La televisión consigue
alarmar más que informar.
Destinos que hay que evitar:
China, Milán, Singapur,
Japón, Corea del Sur…
Ufffff… Voy a desayunar.
El cuerpo me está pidiendo
zumo de naranja . Bien.
Y una tostada también
(ese jamón, qué estupendo).
Y un café bombón. Comprendo
que mezclaré cafeína
y azúcar y vitamina
y carbohidrato… No importa.
La naranja me transporta
de nuevo otra vez a China.
Cuando era niño en La Habana
en mi infancia citadina,
las “naranjas de la China”
eran la fruta más sana.
¿Naranja china? ¿Es cubana
esta forma de llamar
a este cítrico manjar
que yo en jugos multiplico?
No. También en Puerto Rico
(lo acabo de recordar).
Desayuno con fruición.
Mastico. Bebo. Mastico.
En Cuba y en Puerto Rico
las naranjas “chinas” son.
Miro la televisión.
No se entiende bien qué pasa.
Gente confinada en casa.
 Mil turistas recluidos.
Paramédicos vestidos
como agentes de la NASA.
Ya no es Wuhan ni Milán.
Ya la epidemia nos daña.
Siete casos en España.
Y al parecer, seguirán.
Tertulia en la tele. Están
los periodistas hablando
informando, especulando,
preguntando al reportero
que está allí, en la “zona cero”,
¿La apago? No tengo el mando.
Mil personas confinadas
en un hotel tinerfeño.
Ahora el territorio isleño
es centro de las miradas.
Dos personas infectadas
(un matrimonio italiano).
Y dos más. El ser humano
con guantes y mascarillas
blancas, verdes, amarillas.
Y el miedo, tan campechano.
Comienzan a comparar.
Unos hablan de epidemia
y otros hablan de pandemia.
¿Recuerdan la gripe aviar?
Pretenden tranquilizar.
“Peor es la gripe diaria”.
¿Tanta alarma es necesaria?
Pero sigue el aislamiento.
Fumigación. Saneamiento.
Reclusión domiciliaria.
Medidas de precaución:
Hay que lavarse las manos
tanto enfermos como sanos
(gel de mano, agua y jabón.)
Y otro caso en Castellón.
Y otro caso en Barcelona.
Este virus no perdona.
Cuánto miedo. Qué locura.
¿Pero es letal o se cura?
¿Hay que acordonar la zona?
Si tienes fiebre, si hay tos,
si respiras mal… ¡a Urgencia!
El número de emergencia
es el 122.
El contagio, qué veloz,
dice un joven reportero.
Zona roja. Zona cero.
Rueda de prensa. Soldados.
¡Hay ya más “enmascarados”
que en Star War, caballero!
Todo el mundo está allá afuera
con un miedo absurdo y franco
Mientras… atracan un banco
en Jerez de la Frontera.
Mientras… Sanders abandera
el motín anti-trumpista.
Mientras… cantora y bromista
Cádiz sigue en Carnaval.
¿El Coronaqué…? ¿Mortal?
¡Virus mortal el machista!
Yo sigo con los oídos
llenos de versos cantados.
Melismáticos recados
de flamencos abducidos
por la música. Sonidos
 profundamente andaluces.
Seguirillas. Tangos. Cruces
poético-musicales,
cantes que se hacen “virales”
(buen virus, a todas luces).
Reflexión del desayuno:
¿Les parece natural
esta acepción de “viral”
en el siglo XXI?
“Viral”, ¿vocablo oportuno?
“Viralidad”, ¿voz ajena?
¿Y por qué en esta cadena
de alarmas tan enfermiza
cuando un twit se “viraliza”
Twitter no  entra en cuarentena?
Vuelvo a la televisión
con inusual indulgencia,
como quien ve una secuencia
en una obra de ficción.
Detecto sobreactuación.
Detecto cierto alarmismo.
Detecto parasitismo
mediático y cierto dosis
hollywoodense. ¿Psicosis?
Si hay buen ratingda lo mismo.
Periodista: ¡Cuánto miedo!
Tertuliano: ¡Cuánta alarma!
Periodista: ¿Será el karma?
Tertuliano: ¡Vaya enredo!
Periodista: Yo no puedo
dejar de informar, lo sabes
Tertuliano: Son más graves
La gripe y el tabaquismo
Periodista: ¿Y el machismo?
Tertuliano: ¡No la grabes!
La joven dueña del bar
se enfrenta con Ana Rosa:
“¿No sabe hablar de otra cosa?”
grita, y se pone a limpiar.
Acabo de comprobar
que todos estamos viendo
a la Ana Rosa. Tremendo.
Cuántos desayunadores
Entremezclando rumores
y noticias. ¡Yo me enciendo!
Me niego. Vuelvo a pensar
en el flamenco nocturno.
De recuerdos me embadurno.
¡Ole! ¡Arza! ¡Vamo’ a escuchar!
¡Y qué monada de bar!
Tan chico. Tan escondido.
Calle del Niño Perdido
(o Calleja o Callejón).
Qué más da. ¿El niño en cuestión
a oír flamenco habrá ido?
Jueves. Once y treintaidós
del 22 de febrero.
Estoy en Córdoba, pero
sigo dividido en dos.
Un Yo le teme a la tos.
Otro Yo no teme a nada.
Un Yo acaba su tostada.
Otro Yo ve tertulianos.
¡Qué raros son los humanos!
¡Cuánta farsa acumulada!
Periodista: Estamos mal.
Tertuliano: Por si acaso.
Periodista: ¿Un nuevo caso?
Tertuliano: ¡Estás fatal!
Periodista: Es de manual.
Tertuliano: Vaya horror.
Y yo pienso en mi interior:
“El COSID es epidemia
pero el miedo ya es pandemia
gracias al televisor”.
¡Es todo tan telegénico!
Y tan cinematográfico.
Es todo tan fotográfico
Y tan fototelegénico,
Es todo tan suprahigiénico
que si un Día la Academia
que entrega los Óscar premia
virus… dirán con apremio:
“¡COSID-19! ¡Premio
a la mejor Epidemia!”
Córdoba,

26 de febrero de 2020