"Uno de los mejores narradores cubanos de la hora presente"
(Juan Bonilla)

Del Blog de Díaz-Pimienta

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CARTA A JULIO CORTÁZAR

Publicado por Alexis Díaz Pimienta el 21 noviembre 2012 a las 11:56 am

Durante varios años (entre 1995 y 1999) me dediqué a escribir, como mero divertimento literario, cartas en décimas, un divertimento que terminó integrándose en un libro, Epístolas espinelas (accésit en el Premio Iberoamericano Cucalambé del año 2003) y que al que tengo un especial cariño. Estas cartas luego fueron publicándose por entregas en la revista online La Jiribilla, y esperamos que pronto vean la luz en formato papel, tanto en Cuba como en España. Cartas en décimas "prosadas", narrativas, décimas eminentemente epistolares.  Hubo cartas a mis hijos, a mi madre, a mis amigos,  y a mis fantasmas literarios, esos que me habitan y guían, entre ellos Borges, Vallejo, Mozart, Cartázar... Y bueno, me encanta la idea de compartir con los visitantes a mi cuarto alguna de estas cartas, tan íntimas. Un gesto, claro, de absoluta confianza, de familiaridad lectora.



CARTA A JULIO CORTÁZAR

            De mi casa entran y salen
más fantasmas cada vez:
Borges, Cortázar, Rantés
Mozart, Vallejo, Woody Allen...

(De La sexta cara del dado)




Querido Cortázar: Hoy estuve viendo un video (decir “vídeo” no deseo, porque yo español no soy, ni jamás a serlo voy) que grabó por los setenta... principios de los ochenta... Televisión Española. Blanco y negro. Ni una sola publicidad. Charla lenta entre un tremendo escritor y un lúcido periodista. Y yo, simple repentista con vicios de narrador me pegué al televisor durante dos largas horas y junté fuerzas lectoras para buscar en tu cara algo que me delatara tus técnicas narradoras. Fumabas. Estabas serio y con un traje anticuado. Estabas algo barbado y flaco y en cautiverio, pero con el magisterio que te caracterizaba. El presentador fumaba tus restos de  humo argentino. El decorado era “fino”, pero no escandalizaba. Mi esposa y yo nos sentamos en el sofá a contemplarte, a escucharte y a estudiarte, y cuando nos levantamos, Cortázar, nos contemplamos... no te sabría decir si con ganas de reír o de llorar... Sorprendidos. Teníamos los oídos que podían escribir. Teníamos las pupilas que si les dan un teclado te hubieran homenajeado. Y las manos intranquilas, con extrañas retahílas verbales en la memoria. Nos reinventamos tu historia. Te volvimos personaje, cronopio, niño salvaje que se ha subido a la noria de la Gran Literatura y no se quiere bajar. Nos pusimos a jugar a adivinar tu estatura. Ella tomó tu cintura. Yo me coloqué a tu lado y me noté duplicado en tamaño. Tú reías, fumabas y repetías tu español afrancesado lleno de giros porteños e influencia morelliana.
—¿Cuándo vuelves a La Habana, cuándo ves a tus pequeños?
—No sé —respondí entre sueños—, posiblemente en agosto.
—Has pagado un alto costo...
—¡Por amor! —te interrumpí.
—Lo mismo de siempre...
tu rostro largo y angosto se puso serio otra vez, como si te molestara que viéramos en tu cara las marcas de la vejez. Natalia con rapidez te brindó un trago de fino.
—No gracias, prefiero vino tinto, si no, una cerveza.
Me di cuenta: qué torpeza no tener mate argentino.
—Podemos hacer un té intenté arreglarlo.
—Deja, si ya me voy...  ¿Sos pareja?
—Claro, ¿es que no se nos ve?
—Oh, sí, perdoname, che. Es que la Televisión
me engarrota la visión.
—Julio... ¿y La Maga?
—¿La Maga?
—Sí, Córtazar, no se haga aproveché la ocasión para hacerle un guiño.
—Bueno, La Maga era... diferente... como el agua bajo el puente... La Maga era un cuento ajeno.
—¿Existió?
—Era un ser tan lleno de vida…
—¿Existió?
—¿Y qué importa?
—Es que mi esposo se corta, Julio, pero él escribió un texto en el que incluyó a La Maga, y no soporta (esto se lo juro yo) verla triste, envejecida, sola en París, tan dolida con lo que usted publicó.
—Qué es, ¿una novela?
—No. Un capítulo, un fragmento.
—También sirve como cuento me atreví a decir.
—Qué bien.
Me puso un dedo en la sien y me leyó el pensamiento:
—¿Es que no puede inventarse personaje tan real?
Piensas bien, pero haces mal, pues no debe preguntarse.
—Perdone, puede olvidarse del asunto. Fue mi esposa…
—Bien, pero dime una cosa: ¿qué sucede con Lucía en tu cuento?
—Usted podría hablarme sobre otra cosa.
Y no sé si te enfadaste, Julio, con esta advertencia, pero me asombró la urgencia con que después te marchaste. De pronto, te levantaste, entraste al televisor, pediste al presentador que despidiera el programa y me quedé como un Fama hundido en mi propio. Por eso te escribo ahora, para que te justifiques o por lo menos me expliques (la que insiste es mi señora) tu enfado de última hora. Hemos intentado ver “el vídeo” de mi mujer, (“mi video”) nuevamente y es imposible, es silente, te niegas a responder. El pobre presentador no deja de preguntar y no haces más que fumar. Ya el programa es en color. El decorado es peor. La publicidad abunda. El periodista redunda en lo que va preguntando, se le ve incluso sudando, pero una mudez profunda envuelve tu afrancesada voz de güije parisino. Largo gabacho argentino, ¿por qué no nos dices nada? Porteño con la mirada redonda y tan largas manos, perdona a estos ciudadanos de a pie en la Literatura. Habla, escribe, sé… procura calmarnos. Somos humanos. Somos pequeños lectores. ¡Si al menos nos contestaras esta carta y demostraras tu indulto a nuestros errores! Yo nunca pido favores, pero te pido un favor: si no eres buen escritor de cartas, si esto te altera, por lo menos recupera voz en el televisor. Ya tenemos vino tinto. Ya hemos conseguido mate. Yo sé que fue un disparate, que eres, no sé, distinto, que nos traicionó el instinto lector… Sí, nos damos cuenta... ¡Pero, por favor, inventa...! Mi Maga es, seguramente, hija de la tuya y siente lo mismo por mí, Pimienta.

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A FONDO. ENTREVISTA A JULIO CORTÁZAR


 
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