"Uno de los mejores narradores cubanos de la hora presente"
(Juan Bonilla)

Cuarto de Mala Música

feb
29
Añadido por Alexis Díaz Pimienta el 29 febrero 2020 a las 10:45 am

 

Boca de Lobo, de Roly Ávalos.
Premio Francisco Riberón Hernández, 2018

El poeta estadounidense Allen Ginsberg llegó a La Habana en 1965 y salió de La Habana –ya otros han dicho cómo y por qué, no viene al caso– muy poco tiempo después para no volver nunca.

El poeta argentino Jorge Bocannera ha estado en Cuba muchas veces, como ganador del Premio Casa de las Américas, como jurado del mismo premio, como poeta, como turista, como amigo.

El poeta cubano Ramón Fernández-Larrea nació en Cuba, donde se volvió desde muy joven un periodista y un poeta muy respetado en los circuitos intelectuales de la isla, poeta y periodista querido y admirado que se fue de Cuba hace varias décadas y no ha vuelto físicamente, pero que no ha dejado de estar con sus poemas y sus radiopoemas en su país de origen, siempre.

Pues bien, ninguno de los tres conoce a Roly Ávalos. Ninguno de los tres lo ha leído siquiera. Roly Ávalos (1988) es demasiado joven para Ginsberg (1926-1997); incluso para Boccanera (1952) y Fernández-Larrea (1958). Sin embargo, los tres se han encontrado en este libro, Boca de lobo, sin quererlo, sin saberlo siquiera. El poeta beat de una manera fantasmal, tangencial, subletránea; el poeta argentino y el poeta cubano compartiendo página de citas, como quien comparte asiento en una guagua o en un almendrón, cada uno sentado sobre un verso propio, aunque eso sí, de estirpe ginsbergiana.

Me explico.

Decía Pierre Genette, semiólogo francés que tampoco supo ni sabrá nunca de los versos de Roly Ávalos, que en cualquier obra literaria el paratexto es muchas veces tan importante como el texto, o sea, que las citas o exergos, las entrevistas al autor y hasta su biografía, son elementos que aportan marcas, tanto a la escritura como a la lectura que haremos del poeta en su total, y de cada texto en particular, para bien o para mal del autor y la obra. Por lo tanto, no son gratuitas ni fortuitas –nada de florituras o esnobismo literario– las citas en los libros: al contrario, son microseñales para que el lector, ese desconocido que entrará en casa ajena, no tropiece con los muebles poéticos. Por eso hay que leerlas con detenimiento, con el mismo cuidado con el que cada poeta las escoge. Y en el libro que nos atañe todo esto ocurre a niveles sutilísimos, porque el poeta ha hilado tan fino que hay que “padecer” cierta licantropía crítica –como es mi caso– para advertir el juego, los juegos, el “teje-maneje” de significados.

Para empezar, la frase “boca de lobo” es una metáfora lexicalizada que representa la oscuridad, pero a la vez el miedo, dado que lo oscuro, más que la figura del lobo mismo, significa y magnifica pavores diversos. Boca de lobo  = oscuridad = miedo. El poeta, entonces, se sumerge con sus versos en lo oscuro, en las oscuridades de su voz, de su ser, de su familia, de su ciudad, del mundo, convencido de que sus versos, y solo ellos, lo alumbrarán, lo guiarán y lo pondrán a salvo. El poeta teme –como todo poeta, dicho sea de paso– e intenta que la poesía lo mantenga a salvo, lo proteja.

Entonces, “como un aullido el corazón”, dice Jorge Boccanera en el pórtico del libro,  citado por Ávalos. Y desde allí mismo le responde Fernández-Larrea, citado también por el poeta de Luyanó: “¿pero qué es un aullido?” Y por supuesto, Allen Ginsberg, el mismísimo Ginsberg –a quien no se menciona en todo el libro, por cierto, algo muy significativo en un poemario estructurado no por secciones, sino por “aullidos”– se frota las manos en silencio con gesto beat, muy beat, como si aullara pero sin sonido, con su bocaza obscenamente abierta: lo ginsbergiano filtrado y refiltrado hasta infiltrarse en el lector sin el lector notarlo. En este libro no hay vergas ni vaginas ni drogas ni eyaculaciones ni escándalos ni juicios…, solo sombras, miedos, soledad, muerte, vientos, penumbras, oscuridades, lobos, lunas, aullidos, sillones que se mueven solos, licantropías de distinto tipo. No está Allen, pero sí está Ginsberg, aunque sospecho que ni el propio Ávalos se ha dado cuenta. Hace poco, interrogado sobre su libro, Ávalos habló de Titto Maccio Plauto y del lobo en tanto cánido, y de la boca del lobo como metáfora sobre las oscuridades, y de la poesía como herramienta para explorar “las zonas oscuras del lector”, tal vez olvidando que en tanto autor él mismo es el primer lector “oscuro” del poemario oscuro que ha alumbrado; y de que todo ese juego de luces y sombras, en él, joven poeta cubano de principios del siglo XXI, tiene iridiscencias insospechadas, provenientes de los poetas beats de finales del siglo pasado, sobre todo de Allen Ginsberg y aquel tremendo Aullido que atravesó California, Nueva York, el resto de Estados Unido, y que llegó a Cuba, por supuesto, como al resto del mundo. Un aullido que resuena aún, a pesar de Allen mismo.

Es muy significativo, por ejemplo, que este poemario comience con un poema que se intitula “6:00 P.M.”, título tan del gusto de los beats, tan necesitados ellos de dar realce poético a lo cotidiano, incluso el paso del tiempo con sus marcas numéricas –oh, aquellos poemazos de Frank O’Hara o de Hettie Jones, dejándonos saber a qué hora exacta y minuto y segundo lo estaban escribiendo–. Y de paso me pregunto, ¿quién será el Carl Salomon de Roly Avalos, quién es el poeta psiquiátrico al que este joven puede glosar y glosa en sus poemas, aún sin saberlo? ¿O en estos poemas hay un Carl Solomón colectivo, invisible también? ¿Todos somos su doppelgänger particular, los fantasmas caminando a su lado para que Avalos aúlle en blanco y negro sin sentirse tan solo y temeroso? ¿Somos sus locos evitando la cárcel? ¿Somos sus presidiarios internados voluntariamente en manicomios cotidianos, domésticos? Me consta que el tema de la locura es recurrente en la obra de Ávalos, tanto como en su vida diaria. Me consta, incluso, que, como en el verso-pórtico del gran poema de Ginsberg, Ávalos ha visto a las mejores mentes de su generación “perdidas por la locura, hambrientas histéricas desnudas”. Pero, ¿y lo carcelario y lo delincuentil? ¿Acaso su barrio, Luyanó, con sus mitos urbanos y su mala fama, es la coartada necesaria y única?

Boca de lobo –su oscuridad– evoca, aun por contraposición, a City Lights –la ciudad de las luces, la librería-editorial beat que tomó el nombre a su vez del poema cinematográfico de Chaplin– y esta evocación es otro guiño beat del libro, desde el mismo título.

“Cuando él era más joven y yo era más joven, conocí a Allen Ginsberg” escribió Williams Carlos Williams en el prólogo a Aullido, en 1956; y yo podría decir aquí lo mismo: “Cuando él era más joven y yo era más joven, conocí a Roly Ávalos”, tan joven él que aún era un niño, un negrito largo y flaco como ahora, y tan risueño y nervioso como ahora, y tan poeta, es decir, tan temeroso “del mundo exterior”, aunque lo disimulara. Y eso fue bueno. Ha sido bueno. Temer, ya lo sabemos, es una de las fuentes eternas de la poesía. Temor a todo: al amor, a la muerte, a la calle, a la vejez, a la política, a la noche, a las oscuridades de todo tipo. Temer para escribir con valentía. Temer para escribir como si no temiéramos. Así crece este libro lleno de exorcismos verbales contra el paso del tiempo y el advenimiento de la muerte de los seres queridos, contra las zonas oscuras de la sociedad cubana, y los malos amores y los amores buenos, que a veces son los que más duelen.

En uno de sus poemas el poeta dice “a esta hora las paredes aúllan de desespero” para más adelante confesar que “se me hace la boca humo”, un verso que es mucho más que un juego de palabras, porque el humo es nada, y la nada silencio, y la boca es o debe ser mucho más que boca, voz, y cuando la voz es nada en esa boca doblemente oscura, emerge el Silencio con mayúsculas, en todo su esplendor, que es, dicho sea de paso, el colmo de las oscuridades de un poeta. Y luego está el “aullido mendicante” del que habla el poeta en su Aullido primero, un aullido con el que el propio poeta advierte: “Debo ser yo, que le amputo / voces a la oscuridad”, en una declaración de principio, más que de principios. Y se dice a sí mismo, luego: “Hay, en todas las ciudades / una mujer que te olvida”, dejando al descubierto otro de sus grandes miedos: esa mujer ubicua y olvidadiza que convierte el miedo en pánico. Roly Ávalos teme y avanza a tientas, a tropezones por su propio libro y se reconoce “una sombra más”, y se dice a sí mismo “es sábado y tengo barba”, y luego a los demás, “es el silencio / pisándome los talones”, y en cada verso parece oírsele, desesperado, temeroso, intentando justificarse por ser poeta, casi pedir perdón por tener luz propia: “Soy solo el antagonismo / de mi plena oscuridad, / bordeándome, soledad, / apátrida de mí mismo”. Roly Ávalos, el poeta, canta, versa, escribe como pidiendo perdón por hacerlo, en un rejuego delirante de miedos y arrojos, de sí pero no, de luces y sombras, siempre sombras.

Sin embargo, el poema que da título al libro es un poema-homenaje a la luna, fuente de luz, la mayor fuente de luz natural en la mayor fuente de oscuridad por antonomasia: la noche. Aunque el poeta a la luna le habla en una descarada segunda persona: “Desde mis labios oscuros / yo te padezco”, dice, quejándose, en un juego antonímico fino y deleitoso. El poeta le dice a la luna, yo, poeta negro, te padezco, luz-luna; yo, poeta hecho de silencio y miedos (que vive en la boca del lobo), te padezco, luna, luz, palabra, voz, “señora”. Y entonces, desde ahí, escribe, canta, se desboca, y llega su antológico poema al viento habanero (Huellas del viento en La Habana), con algunos versos que, sueltos, bastarían para ser poemas aforísticos; y llegan redondillas que cortan el aliento cuando el miedo, o una de las caras del miedo, retrata con amargura su percepción de Cuba, esa isla tan suya, tan mía, tan nuestra:

Yo tengo un país grasiento.

Un país crucificado.

Yo tengo un país-pasado,

un país experimento…

afirmaciones que cortan la respiración, de tan amargas, de tan oscuras, pero que se quedan pequeñas cuando el poeta continúa afirmando:

Yo tengo un país-alarde

(yo tuve un país-machete),

Yo tengo un país membrete,

yo tengo un país cobarde…

para inmediatamente preguntarse a sí mismo, y al lector y al país todo, en una juego de espejos tan especular –y espectacular–como doloroso:

¿Yo tengo un país cobarde?

¿Yo tengo un país-membrete?

(¿Yo tuve un país-machete?)

¿Yo tengo un país-alarde?

devolviéndonos a la circularidad, a los juegos concéntricos en una estructura simétrica que a su vez está enmarcada dentro de un poema birrimal, recurrente, envolvente, que no deja escapar  al lector y del que el poeta solo sale, diz que ileso, gracias a un verso-grúa, salvador y clarificador: “tal vez he nacido tarde”, en otra de las paradojas que atraviesa el libro: este poeta joven es un “futuro anciano” que “tal vez ha nacido tarde”.

Y en el último poema del libro regresa el toque beat en un título numérico de formato cronológico –o más bien, cronémico– 12:00 AM, en el que se nos delata otra vez la estructura circular del poemario –empieza a las 6:00 PM y acaba a las 12:00 AM; ¿reloj?, ¿boca de lobo?, ¿circularidad?–, lo que demuestra, de paso, la preocupación formal del autor, lo sopesado que está todo aquí dentro, porque este es un poemario lleno de juegos formales más o menos experimentales, hechos para avisados y avezados lectores, juegos que los ingenuos y los desprevenidos pasarán por alto.

En su poema final el poeta es tajante: “Dudo / de las enciclopedias del futuro”, porque teme no saber, ya lo ha dicho, a qué tiempo pertenece. Roly Avalos Díaz, yo tampoco lo he dicho, es habanero, tiene 31 años, es instructor de teatro, es repentista, es negro, es soltero, es derecho, no juega beisbol ni baila casino: todos datos paratextuales que marcan y determinan que este libro sea este libro y no otro, como advirtió Genette. Y Boca de lobo es su segundo libro publicado. Antes publicó en España, Mundo pañuelo (Ed. Guantanamera, Sevilla, 2017), un poemario, por cierto, que poco se parece a este.

Hay poetas que tardan mucho tiempo en encontrar una voz propia, en formársela. Y hay poetas que desde el primer libro, desde las primeras publicaciones, ya tienen una voz inconfundible. Este es el caso. Este es un libro para recorrerlo con un mechero en una mano, un fósforo, una linterna, algo que nos evite tropezones y descalabros, o en todo caso, con los ojos muy abiertos. Un libro lleno de miedos para que no temamos, que es la mejor manera.

Boca de lobo es, entonces, el segundo libro impreso y publicado de Roly Ávalos, un poemario que, por cierto, y por si alguien tiene curiosidad o le interesa, además de estar muy bien escrito y bien estructurado, lleno de aciertos y sorpresas varias (formales, léxicas, versales, filosóficas) está escrito en décimas.

Alexis Díaz-Pimienta,

Sevilla, 27 de octubre de 2019

Datos del libro:
Título: Boca de lobo
Premio: Francisco Riberón Hernández, 2018.
Género: Poesía
Editorial: Montecallado
Año: 2019

feb
26
Añadido por Alexis Díaz Pimienta el 26 febrero 2020 a las 2:55 pm
CRÓNICAS DEL DESAYUNO. CÓRDOBA Y CORONAVIRUS
Jueves. Diez y veintidós
del 22 de febrero.
Estoy en Córdoba, pero
sigo dividido en dos.
Un Alexis vive en pos
del Carpe Diem natural
y otro  Alexis está mal,
con resaca matutina.
La noche fue libertina,
etílica y musical.
Hubo flamenco. Audición
de jóvenes cantaores.
Y después hubo licores,
debate, celebración.
Carcajadas “por Chacón”.
Reflexiones “por Marchena”.
Y esta soleá qué buena.
Y qué talentoso elenco.
La resaca del flamenco
pone el tiempo en cuarentena.
¿Cuarentena? Se me llena
de mascarillas la voz.
¿Cuarentena? ¡Qué veloz
el coronavirus! Pena
de palabra “cuarentena”
Titulares en los diarios.
Sobresaltos sanitarios.
Epidemia. Protocolo.
El miedo está hablando solo
en todos los telediarios.
El conoranvirus sigue
preocupando a medio mundo.
Un alarmismo fecundo
(no hay droga que lo mitigue).
La televisión consigue
alarmar más que informar.
Destinos que hay que evitar:
China, Milán, Singapur,
Japón, Corea del Sur…
Ufffff… Voy a desayunar.
El cuerpo me está pidiendo
zumo de naranja . Bien.
Y una tostada también
(ese jamón, qué estupendo).
Y un café bombón. Comprendo
que mezclaré cafeína
y azúcar y vitamina
y carbohidrato… No importa.
La naranja me transporta
de nuevo otra vez a China.
Cuando era niño en La Habana
en mi infancia citadina,
las “naranjas de la China”
eran la fruta más sana.
¿Naranja china? ¿Es cubana
esta forma de llamar
a este cítrico manjar
que yo en jugos multiplico?
No. También en Puerto Rico
(lo acabo de recordar).
Desayuno con fruición.
Mastico. Bebo. Mastico.
En Cuba y en Puerto Rico
las naranjas “chinas” son.
Miro la televisión.
No se entiende bien qué pasa.
Gente confinada en casa.
 Mil turistas recluidos.
Paramédicos vestidos
como agentes de la NASA.
Ya no es Wuhan ni Milán.
Ya la epidemia nos daña.
Siete casos en España.
Y al parecer, seguirán.
Tertulia en la tele. Están
los periodistas hablando
informando, especulando,
preguntando al reportero
que está allí, en la “zona cero”,
¿La apago? No tengo el mando.
Mil personas confinadas
en un hotel tinerfeño.
Ahora el territorio isleño
es centro de las miradas.
Dos personas infectadas
(un matrimonio italiano).
Y dos más. El ser humano
con guantes y mascarillas
blancas, verdes, amarillas.
Y el miedo, tan campechano.
Comienzan a comparar.
Unos hablan de epidemia
y otros hablan de pandemia.
¿Recuerdan la gripe aviar?
Pretenden tranquilizar.
“Peor es la gripe diaria”.
¿Tanta alarma es necesaria?
Pero sigue el aislamiento.
Fumigación. Saneamiento.
Reclusión domiciliaria.
Medidas de precaución:
Hay que lavarse las manos
tanto enfermos como sanos
(gel de mano, agua y jabón.)
Y otro caso en Castellón.
Y otro caso en Barcelona.
Este virus no perdona.
Cuánto miedo. Qué locura.
¿Pero es letal o se cura?
¿Hay que acordonar la zona?
Si tienes fiebre, si hay tos,
si respiras mal… ¡a Urgencia!
El número de emergencia
es el 122.
El contagio, qué veloz,
dice un joven reportero.
Zona roja. Zona cero.
Rueda de prensa. Soldados.
¡Hay ya más “enmascarados”
que en Star War, caballero!
Todo el mundo está allá afuera
con un miedo absurdo y franco
Mientras… atracan un banco
en Jerez de la Frontera.
Mientras… Sanders abandera
el motín anti-trumpista.
Mientras… cantora y bromista
Cádiz sigue en Carnaval.
¿El Coronaqué…? ¿Mortal?
¡Virus mortal el machista!
Yo sigo con los oídos
llenos de versos cantados.
Melismáticos recados
de flamencos abducidos
por la música. Sonidos
 profundamente andaluces.
Seguirillas. Tangos. Cruces
poético-musicales,
cantes que se hacen “virales”
(buen virus, a todas luces).
Reflexión del desayuno:
¿Les parece natural
esta acepción de “viral”
en el siglo XXI?
“Viral”, ¿vocablo oportuno?
“Viralidad”, ¿voz ajena?
¿Y por qué en esta cadena
de alarmas tan enfermiza
cuando un twit se “viraliza”
Twitter no  entra en cuarentena?
Vuelvo a la televisión
con inusual indulgencia,
como quien ve una secuencia
en una obra de ficción.
Detecto sobreactuación.
Detecto cierto alarmismo.
Detecto parasitismo
mediático y cierto dosis
hollywoodense. ¿Psicosis?
Si hay buen ratingda lo mismo.
Periodista: ¡Cuánto miedo!
Tertuliano: ¡Cuánta alarma!
Periodista: ¿Será el karma?
Tertuliano: ¡Vaya enredo!
Periodista: Yo no puedo
dejar de informar, lo sabes
Tertuliano: Son más graves
La gripe y el tabaquismo
Periodista: ¿Y el machismo?
Tertuliano: ¡No la grabes!
La joven dueña del bar
se enfrenta con Ana Rosa:
“¿No sabe hablar de otra cosa?”
grita, y se pone a limpiar.
Acabo de comprobar
que todos estamos viendo
a la Ana Rosa. Tremendo.
Cuántos desayunadores
Entremezclando rumores
y noticias. ¡Yo me enciendo!
Me niego. Vuelvo a pensar
en el flamenco nocturno.
De recuerdos me embadurno.
¡Ole! ¡Arza! ¡Vamo’ a escuchar!
¡Y qué monada de bar!
Tan chico. Tan escondido.
Calle del Niño Perdido
(o Calleja o Callejón).
Qué más da. ¿El niño en cuestión
a oír flamenco habrá ido?
Jueves. Once y treintaidós
del 22 de febrero.
Estoy en Córdoba, pero
sigo dividido en dos.
Un Yo le teme a la tos.
Otro Yo no teme a nada.
Un Yo acaba su tostada.
Otro Yo ve tertulianos.
¡Qué raros son los humanos!
¡Cuánta farsa acumulada!
Periodista: Estamos mal.
Tertuliano: Por si acaso.
Periodista: ¿Un nuevo caso?
Tertuliano: ¡Estás fatal!
Periodista: Es de manual.
Tertuliano: Vaya horror.
Y yo pienso en mi interior:
“El COSID es epidemia
pero el miedo ya es pandemia
gracias al televisor”.
¡Es todo tan telegénico!
Y tan cinematográfico.
Es todo tan fotográfico
Y tan fototelegénico,
Es todo tan suprahigiénico
que si un Día la Academia
que entrega los Óscar premia
virus… dirán con apremio:
“¡COSID-19! ¡Premio
a la mejor Epidemia!”
Córdoba,

26 de febrero de 2020

feb
23
Añadido por Alexis Díaz Pimienta el 23 febrero 2020 a las 8:17 pm


1.

¿Hay algo que provoque en esta vida
más pena que romper un huevo frito?
A mí cuando me pasa pego un grito
Como si fuese yo la yema herida.

De pronto la saliva se me oxida,
Toma una amarillez color pollito
Y me entra un mal humor que ando contrito
El resto de ese día. No hay salida.

Tan fácil que parece. Aceite hirviendo.
Cáscara frágil. Cierta habilidad.
Hambre y deseo. De verdad, no entiendo.

¿Problemas de psicomotricidad?
¿O estase el huevo frito defendiendo,
Bullendo en gritos de inconformidad?

2.

Mirar la yema rota es deprimente.
Pálido yo y hepática la clara.
El huevo tiene ya tan mala cara
Que yo tengo la piel de aceite hirviente.

160 grados (¿suficiente?)
Con seis dedos de aceite, por y para
que el huevo sumergiésese y nadara
Como mandan los cheffes, normalmente.

Entonces, que pasó, por qué lo has hecho.
Entonces, qué pasó, por qué te has roto.
Si incluso estabas fresco, ¡hijo de puta!

Y he aquí que el huevo entonces, saca pecho.
-Por favor, tomen nota y hagan foto.
Que no nos casque más, quien no disfruta.

3.

Encima de salir de un hueco oscuro,
Encima de vivir adocenado,
Encima de tenerme conservado
Pasando un frío enorme, se los juro,

Encima de que siendo delicado
Me coge en su manaza con apuro
Y me golpea fuerte y descuidado
En la sartén caliente, metal duro.

Con todo este ajetreo, esta movida,
Encima, ¿si me rompo se incomoda?
¿Y luego me echa sal sobre la herida?

¡Me rompo y bien!, ¡me desparramo “toda”!
No me importa lo estético en comida.
Si no le gusto roto, que se joda.

4.

Y visto el huevo roto, amarillento.
Y oído su discurso ovincendiario,
No queda otro remedio, se los cuento,
Que renunciar al huevo frito diario.

Tendreme que buscar otro alimento.
Tendré que reinventar mi recetario.
Me encanta el huevo frito, mas lo siento.
Me paso al “lesbianismo culinario”.

No frío un huevo más en el futuro.
Qué pena. Qué vergüenza. Qué bochorno.
Tortilla o huevo duro, estoy seguro.

O mejor, escaldado. O huevo al horno.
Porque esto de “tortilla” y “huevo duro”
Parece cartelera de web porno.



feb
23
Añadido por Alexis Díaz Pimienta el 23 febrero 2020 a las 8:12 pm
ZONA WIFI es un poemario que verá la luz en 2020 en España. He aquí, a modo de aperitivo, alguno poemas de la primera parte.





LA MAYOR APORTACIÓN DE LA CULTURA RUSA A LA POESÍA CONTEMPORÁNEA SIGUE SIENDO LA PALABRA “MATRIUSKA” (MUCHO MÁS QUE LAS OBRAS COMPLETAS DE PUSHKIN, MAIAKOSKY Y EVTUSHENKO JUNTAS)

Cuando descubresal poeta

dentro del poeta

he ahí el poeta.


 

 

DEMOSTRACIÓN CIENTÍFICA DE QUE EL REFRÁN POPULAR “NO SE PUEDE TENER SUERTE EN EL AMOR Y EN EL JUEGO” ES APLICABLE A LA CALIDAD DE CADA UNO COMO AMANTE O COMO SER HUMANO

Cada vez que juego
a ser mala persona
pierdo.


DÉCIMA BLANCA SOBRE LA CONOCIDA COMO  “NOMOFOBIA”, NUESTRO MIEDO IRRACIONAL A SALIR DE CASA SIN EL MÓVIL O A NO LLEVARLO CON NOSOTROS, UNA NUEVA ENFERMEDAD QUE TODOS PADECEMOS Y CUYO MAYOR SÍNTOMA ES PENSAR QUE LA PADECEN OTROS

Todos vivimos pendientes
del móvil, todos atados
al móvil, todos, qué triste,
inmóviles por el móvil.
Ironías del lenguaje.
Filosofía barata
y oxímoron tecnológico.
Enamorados del móvil.
Drogomóvilespendientes.
Intromóvilesvertidos.


DESCUBRIMIENTO IMPORTANTE EN EL VUELO DE MILÁN A MADRID, SOBRE LOS PRINCIPIOS BÁSICOS DE LA AERONÁUTICA CIVIL Y EL LLAMADO INSTINTO DE CONSERVACIÓN O ESPÍRITU DE SUPERVIVENCIA

La azafata
da instrucciones
sin mirar a nadie.
La azafata quiere
que sobrevivamos
sin mirarnos.
Pero solo una vez
nuestros ojos se cruzan
y salvamos el vuelo.
DE CÓMO LA BÚSQUEDA DE LA FELICIDAD SIGUE SIENDO UNA ASIGNATURA PENDIENTE EN LAS LLAMADAS “ESCUELA DE LA VIDA” Y “UNIVERSIDAD DE LA CALLE”
                                                          
Urdiendo
un plan perfecto
para no ser feliz
topé de frente
con la felicidad
sin darme cuenta.


SOBRE EL AMOR, LA LUZ, EL TACTO Y LA SINESTESIA COMO RECURSO LITERARIO POCO USADO, PERO EFICAZ A LA HORA DE EXPRESAR LO INEXPRESABLE (TOMEN NOTA LOS QUE RENIEGAN DEL MAL  LLAMADO AMOR ROMÁNTICO) 

El ciego y la ciega
tocándose las manos.
Amor a primera vista.


DE LAS COSAS POCO SERIAS QUE PASAN POR MI CABEZA CUANDO ME PONGO SERIO, IMAGINÁNDOME EN LA POSTURA DEL PENSASOR DE RODIN, PERO CON EL GESTO Y LAS INTENCIONES DEL DISCÓBOLO, ALGO MUY PELIGROSO, YA QUE SI FINALMENTE LOGRO LANZAR MI CABEZA PUEDE ENCONTRARLA ALGUIEN QUE LE DÉ PEOR USO 

Ya planté más de  un árbol.
Ya escribí más de un libro.
Ya tengo más de un hijo.
¿Habré dejado a alguien
sin qué hacer en la vida?


RAZONES ESTADÍSTICAS QUE EXPLICAN POR SÍ SOLAS LA MAYOR PROBLEMÁTICA DE LA POESÍA EN EL SIGLO XXI, LA ÉPOCA DEL TECLADO Y LA PANTALLA TÁCTIL

Desde hace miles de años

hay solo nueve musas, ¡nueve!
Y solo en lo que va de 2020

han surgido ya tantos nuevos poetas, tantos, ¡TANTOS!

que no alcanzamos ni a 0,0000000001 musa per cápita.
  




may
04
Añadido por Alexis Díaz Pimienta el 4 mayo 2019 a las 12:08 pm

 por Caterina Camastra




Galeotto fu il libro e chi lo scrisse:

quel giorno più non vi leggemmo avante.

Dante Alighieri, Inferno, canto IV

¿Qué otra cosa puedo ser?

¡Claro que soy mujer pública!

Más que pública ¡república!

¡Voten por esta mujer!

Alexis Díaz Pimienta, Diario erótico de Robinson Crusoe



Leí el Robinson Crusoe de Daniel Defoe por primera vez de adolescente. Recuerdo perfectamente, no obstante la fascinación que siempre me causaban, y me causan, los relatos de viajes y aventuras, la sensación de creciente irritación conforme la trama se desarrollaba. Me empezó a molestar más y más el cándido colonialismo del personaje, ese discurso peor que apologético, normalizador. Me causó creciente fastidio el tedioso y pedante perfeccionismo del náufrago, su casa perfecta y maniáticamente organizada en cada estante, el hecho de que tuviera hasta una casa de campo (¡en una isla desierta!), su celebración encarnada del espíritu del capitalismo, las metódicas lecturas de la Biblia que le garantizaban superioridad moral sobre el entorno, su rutina auto-impuesta cuando hubiera podido concederse la más despreocupada anarquía de horarios, o bueno, casi. Cuando finalmente Robinson termina logrando salir de la isla con Viernes y acaba por ¡vender! al mismo Viernes, el desprecio que me venía mereciendo se volvió abismal. (Por suerte, dicho sea de paso, luego llegó Moll Flanders a reconciliarme con Defoe – pero esa es otra historia.)

Más allá de todo esto, quizás lo que más me molesta hasta la fecha del Robinson de Defoe sea su total asexualidad. Ni el menor atisbo de deseo, ni hétero, ni homo, ni onanista vaya, ni la más remota mención a las dificultades o aprietos que sería tan solo sensato imaginar que treinta años de ermitañazgo provoquen en ese sentido. Me es detestable esa autosuficiencia total del resto del género humano, como si fuéramos prescindibles todos, y todas sobre todo: variación del delirio del individuo omnipotente que está en la base de todos los fascismos. Asexualidad que finalmente es también falta de afecto, inhumanidad por ende, como demuestra el episodio de la venta de Viernes.

Sin embargo, en la mayor molestia encontré también la rehabilitación del personaje, gracias al ángulo irreverente desde el que Alexis Díaz Pimienta, polígrafo genial e increíblemente versátil, se acerca al personaje en su delicioso Diario erótico de Robinson Crusoe. Por lo mismo, esta reseña está escrita con el peculiar gusto de encontrar la redención de una figura que en el fondo me incomodaba detestar, por un lado, en parte, por ser un clásico; por el otro y principalmente, porque las historias de navegaciones, naufragios, aventuras e ingeniosa sobrevivencia me encantan (eso fue, en su momento, lo que me hizo llegar al final de la novela en lugar de hacerle la grosería de abandonarla inacabada). A ese gusto se suma la satisfacción, en el momento histórico que vivimos (un momento de repunte y reacción del machismo más chabacano, según el cual las feministas seríamos unas puritanas sexofóbicas), de poder reivindicar que más bien que nosotras no tenemos vergüenza, esa vergüenza con la que durante siglos y milenios de judeocristianismo se ha pretendido encorsertarnos y sofocarnos en el arquetipo de la virgen o la madre abnegada, tan asexual como el mismo Robinson. Suscribo las palabras de un tal Chili, quien, en la novela The Black Album de Hanif Kureishi, se sale con la siguiente memorable puntada, de esas que solo a un personaje de ficción se le ocurren: “Es mentira lo que se anda diciendo de las feministas. Si deciden que les parece bien coger contigo, son de lo más sucias, porque no tienen vergüenza”. Exacto. En este sentido, el Diario erótico de Robinson Crusoe es una gozada.

La literatura erótica, la poesía erótica en este caso, es un género sumamente difícil.  Es difícil lograr que se mantenga en la cuerda floja de lo provocativo, sin decaer en algún punto entre soez y aburrida. En el caso de este Diario erótico, el peligro es conjurado por una sutil mezcla de elementos que, al contrario, hacen del libro nada menos que una joya. La maestría en el uso del lenguaje que siempre distingue al autor es el primero, mas no el único.

El móvil del Diario se deriva de la más obvia de las premisas: Robinson Crusoe, en su soledad, sí se masturbaba, por mucho que en la novela de Defoe no se encuentre el más mínimo rastro de ello (como, por otro lado, es también difícil encontrar, siempre, mención de cualquier función corporal en la narrativa más convencional). Un guiño al principio del libro juega entre el retroceso de Robinson a la condición salvaje, pre-civilización, de homo erectus, y su solitaria erección:

Yo soy Robinson Crusoe,

naufragué hace tantos años

que no se lleven a engaños:

ya no sé si existo o no.

El salitre me comió

la ropa, el tiempo, el lenguaje.

Soy esto: un cuerpo salvaje,

inadaptado y erecto.

Soy el náufrago perfecto.

Soy mi propio personaje.

De inmediato se hace evidente el tinte onírico, más, alucinatorio que permeará el poemario. Además de los delirios propios de la soledad forzada, el sol, la deshidratación y esa clase de menudencias, ese tinte nace de la peculiar encarnación, si así se le puede llamar, de las fantasías onanistas del náufrago: la mujer que se inventa es nadie menos que el mar. Esta figura femenina líquida, a veces desdibujada, a veces tremendamente concreta, siempre poderosa, palpita entre los versos con fuerza de marea, como en esta décima:

Desde que llegué, la arena

me pareció acogedora.

Y tú, líquida señora,

buena, demasiado buena.

El mito de la sirena

y tu voluptuosidad

te daban cierta entidad.

Pero lo que más me agrada

es tu calidez mojada,

tu permanente humedad.

O esta otra:

Te prefiero a ti, mujer

disfrazada de marea.

Prefiero al mar, que procrea

nuevas olas de placer.

Da gusto nadar-leer.

Gusto escribir-fornicar.

Da gusto en el paladar,

en los ojos, en las manos.

Somos dos “malditos” sanos.

¿Volvemos a hacerlo, mar?

En esta última décima sobresale otro de los elementos que contribuyen a hacer del Diarioun libro delicioso: la presencia entrañable de la literatura. Es un libro que les guiña el ojo a los lectores apasionados, de mil maneras: en la reedición del amado artificio de Cide Hamete Benengeli en el prólogo, donde sonrientes fingimos creernos la historia de un manuscrito fragmentario hallado en una botella, llegado a manos del editor-autor a través de un estudiante griego que luce el ginecológico apellido de Papanicolau; en la conciencia metaliteraria de Robinson como “su propio personaje”; en las referencias intertextuales que a la menor provocación se asoman, evocando desde Orfeo hasta Abelardo, desde Eloísa a Ícaro. Lo fragmentario del manuscrito abona a lo alucinatorio del tono, haciéndonos creer sin parpadear tanto que Robinson escribía espinelas en castellano, como que la mujer-mar pudiera de repente tomar visos de yogui que, como Jassiba en Los jardines secretos de Mogador de Alberto Ruy Sánchez, hace el amor con el sol. Al poeta no le queda sino la admiración jadeante, aderezada por la ligereza y el humor que también son elementos fundamentales en la alquimia del Diario:

Yo no era muy yogui, pero

qué hacer si ella, así, desnuda,

sale el sol y lo saluda

con todo el cuerpo. Yo quiero

controlarme, mas me muero

mirando cómo se agranda.

¡Sol, atraviésala, anda!

Yo también espiro, inspiro

y me estiro mientras miro

cada gesto, cada tanda.

Sin embargo, y sobre todo, los lectores apasionados nos identificamos con las menciones constantes de la lectura como actividad de sobrecama (también sobrehamaca o sobreplaya, sobresofá, etcétera). Ustedes que me hacen el honor de leerme, damas y caballeros, seguro conocen ese peculiar placer del descanso después del amor, con las piernas entrelazadas o la cabeza en el regazo de quien nos acompaña, un perezoso domingo en la mañana, entre almohadas estrujadas y sábanas revueltas, leyendo cada quien su libro, o bien, uno leyendo, el otro oyendo leer. Y díganme si las décimas que siguen no son de esas que les hacen mover una rodilla, rozar un cuello o lo que haga falta para llamar la atención de su acompañante, “oye mi amor qué bonito es esto, somos nosotros”:

Nos sentamos a leer,

desnudos, tú recostada

en mi pecho, descuidada,

fundidos texto y mujer.

Yo feliz. Doble placer:

como autor y como amante.

El mar detrás y delante.

Yo, disfrutando el pretexto.

Tú, concentrada en el texto.

Yo, en tu reflejo flotante.

Siéntate a leer encima

de mí, desnudos los dos.

Vamos a decir adiós

al silencio, rima a rima.

Ven de la sima a la cima,

lectora hambrienta, censora,

febril, luz agotadora.

Lee en voz baja, en voz alta.

Léeme, que me hace falta

tu voracidad lectora.

Tomen este libro, empiecen ¿se puede saber qué esperan? Y después no habrá manera que al librero lo regresen. Veré que pronto confiesen que en el buró lo tenemos, lugar de los libros buenos.

Cómprenlo, sé lo que digo. Y sí, el poeta es mi amigo, pero eso es lo de menos.

Caterina Camastra

(UNAM, México)

may
04
Añadido por Alexis Díaz Pimienta el 4 mayo 2019 a las 11:57 am
por Asel María




Para mí el mar no tenía nada de erótico y eso que nací en una ciudad con puerto. Desde mi casa podía ver el mar y si el aire estaba limpio,  los cayos a lo lejos. El mar  me sabía  a  café y a comida de la abuela; lo miraba  mientras esperaba el arroz con pollo del domingo.


Mar de religiones y rituales, de ofrendas de flores para héroes. Un Malecón que acoge a  los deportistas, los carnavales y los amantes. El trozo de galeón que la bahía de Manzanillo, a pesar de los años, no acaba de engullir.

Para mí la playa era retozo; recuerdo que en el verano íbamos a playa Las Coloradas bien temprano, todos los muchachos cargados de mangos y de  risas.  Me di cuenta de que estaba creciendo cuando puse una sombrilla en mi bolso y pude salir de la playa a la hora del almuerzo, sin el remordimiento de que estaba perdiéndome el mar. Cervezas, bikinis,  música y el agua  al alcance de la mano.

Con el mar tropezaron   mis curiosidades y los tantos paisajes por vivir.   Visto desde los aviones, el mar custodiaba la isla y mis afectos, se volvió   medida de distancia y de añoranzas. Dejó de ser el punto de referencia en mi paisaje cotidiano para serlo de cada una de mis nostalgias. Pero un día no pude componer en mi memoria el aroma del marisma, del diente de perro y los  cangrejos.

El Diario erótico  de Crusoe me devuelve a  una edad feliz  donde  soñaba una isla solamente para mí y para escapar de las tareas escolares. Me regresa a la época donde  viernes dejó de ser un día previo al fin de semana, que presagiaba juegos de barrio. Viernes fue amistad, esperanza y conjuro para  las soledades.

El  Diario me acerca a la sorpresa salada del mar: derroche  de humedades,  profundo como una mujer, cambiante como  el viento y el amor. Te hundes o lo dejas que se hunda en ti. Mar bravo como  el tridente de Neptuno pero que sabe, dócil,  lamer las orillas.  Un mar al que Alexis  pide que se vista de barcas y  se eche encima un montón de espumas para que no lo vuelva loco. Que se cubra la desnudez salada y extendida que da hambre y siempre deja con sed.

Gracias por trocar el mar de mis despedidas en otro, hecho de olas y deseos, vaivén de anémonas y leche marina. Dureza de corales, viagra líquida que revive al más náufrago y al más solo.

  Se dice que la vida surgió del océano, así que nos podemos permitir en el mar, una orgía de cristales disueltos y   una mancha de pequeñas muertes.  


Como, Italia, 13 de abril de 2019

may
04
Añadido por Alexis Díaz Pimienta el 4 mayo 2019 a las 11:57 am
por Asel María




Para mí el mar no tenía nada de erótico y eso que nací en una ciudad con puerto. Desde mi casa podía ver el mar y si el aire estaba limpio,  los cayos a lo lejos. El mar  me sabía  a  café y a comida de la abuela; lo miraba  mientras esperaba el arroz con pollo del domingo.


Mar de religiones y rituales, de ofrendas de flores para héroes. Un Malecón que acoge a  los deportistas, los carnavales y los amantes. El trozo de galeón que la bahía de Manzanillo, a pesar de los años, no acaba de engullir.

Para mí la playa era retozo; recuerdo que en el verano íbamos a playa Las Coloradas bien temprano, todos los muchachos cargados de mangos y de  risas.  Me di cuenta de que estaba creciendo cuando puse una sombrilla en mi bolso y pude salir de la playa a la hora del almuerzo, sin el remordimiento de que estaba perdiéndome el mar. Cervezas, bikinis,  música y el agua  al alcance de la mano.

Con el mar tropezaron   mis curiosidades y los tantos paisajes por vivir.   Visto desde los aviones, el mar custodiaba la isla y mis afectos, se volvió   medida de distancia y de añoranzas. Dejó de ser el punto de referencia en mi paisaje cotidiano para serlo de cada una de mis nostalgias. Pero un día no pude componer en mi memoria el aroma del marisma, del diente de perro y los  cangrejos.

El Diario erótico  de Crusoe me devuelve a  una edad feliz  donde  soñaba una isla solamente para mí y para escapar de las tareas escolares. Me regresa a la época donde  viernes dejó de ser un día previo al fin de semana, que presagiaba juegos de barrio. Viernes fue amistad, esperanza y conjuro para  las soledades.

El  Diario me acerca a la sorpresa salada del mar: derroche  de humedades,  profundo como una mujer, cambiante como  el viento y el amor. Te hundes o lo dejas que se hunda en ti. Mar bravo como  el tridente de Neptuno pero que sabe, dócil,  lamer las orillas.  Un mar al que Alexis  pide que se vista de barcas y  se eche encima un montón de espumas para que no lo vuelva loco. Que se cubra la desnudez salada y extendida que da hambre y siempre deja con sed.

Gracias por trocar el mar de mis despedidas en otro, hecho de olas y deseos, vaivén de anémonas y leche marina. Dureza de corales, viagra líquida que revive al más náufrago y al más solo.

  Se dice que la vida surgió del océano, así que nos podemos permitir en el mar, una orgía de cristales disueltos y   una mancha de pequeñas muertes.  


Como, Italia, 13 de abril de 2019