"Uno de los mejores narradores cubanos de la hora presente"
(Juan Bonilla)

Del Blog de Díaz-Pimienta

oct
18

CUARTO DE MALA MÚSICA: 3 POEMAS

Publicado por Alexis Díaz Pimienta el 18 octubre 2012 a las 8:10 pm

Cuarto de mala música (Editorial Regional de Murcia, 1995) fue mi primer poemario publicado, gracias al Premio Internacional de Poesía"Antonio Oliver Belmás", en Murcia, España. Antes había publicado dos libros de cuentos (Huitzel y Quetzal, Extramuros, 1991; Los visitantes del sábado, Letras cubanas, 1994) y un decimario, Robinson Crusoe vuelve a salvarse, Ed. Sanlope, 1994, co-escrito con David Mitrani). Aunque yo siempre había escrito poesía, décima, cuentos, novela, por aquel entonces solo se me conocía como narrador y repentista. Así que la publicación de este primer poemario, pese a su tono gris, tan triste,  me dio mucha alegría. Y sigue siendo, al menos para mí, un libro emblemático (por eso da título a mi Blog literario). Así que ahora comparto con los visitantes de este Cuarto... algunos poemas de este libro, concretamente de su tercera parte, PUERTA DE SALIDA, "fotos" en sepia sobre la Habana de los años 90.



GRABADO DE ÉPOCA


Esta es La Habana de los viejos muros,
de furnias y balcones, sed y fuentes,
trenzas barrocas, largos aguardientes,
hímenes efusivos e inseguros.

Esta es La Habana de los viejos muros,
toda cosméticos y toda dientes.
Hela llena de ruidos indecentes,
de anclas remotas y de panes duros.

Bares, hoteles, zanjas y tacones,
bostezos de humo, rumba alcoholizada.
Esta es La Habana de los callejones,

La Habana con la risa encartonada,
La Habana con honrados y ladrones,
La Habana todavía amurallada.



ANDAR OBISPO

                                                 a mi amigo Ronel González


Si aspiran bien se darán cuenta que esta calle
es un espacio ajeno a la ciudad, indiferente.
La soledad de sus balcones
es una vieja redundancia de tiempo
y sus vitrinas, piedras, sombras,
desmienten la estrategia de los péndulos.

A las dos de la tarde invadir la frialdad de Obispo
es como entrar a un grabado sin fecha.
(Sobre la acera siempre habrá un viejo desarrapado y triste.)
A las diez de la noche andar Obispo
es percudirse de un polvo brutalmente insidioso
partículas con nombre propio y olor
y situación exacta en la memoria.
Puede aburrirse el pie de tanto truco memorístico
de pisar huellas que ya intuyó
de traicionar la poca luz del rumbo.

(Esas muchachas son pura ilusión
pictografías escapadas del otro lado del asombro;
no se detienen a conversar, caminan, ríen, ignoran al otro
porque el otro es también un espacio imposible.)

Si aspiran bien se darán cuenta.
Si atraviesan Obispo con todo el pecho
si escuchan el silbo de las furnias
y la voz de los pórticos.
Todo puede disimularse en lo grotesco del vestuario
en la trivialidad de los turistas, en los ruidos.
Pero si observan las viejas paredes, las celosías tímidas,
los toldillos que miran con lástima, las buhardillas,
las mínimas zanjas entre piedra y piedra,
todo se hará evidente.

Acepten que ese hombre sentado sobre la acera
es la verdad absoluta.
Sus pies sucios, sus andrajos, su miedo,
confirman que atrás hemos dejado todo.
El lleva siglos ahí, con los ojos abiertos,
esperando que alguien acepte la regresión,
deseando que no lo confundan con el loco eterno.

Más allá posa el puerto para lentes que no lo sobrevivirán.
Posan los bares, los autos, los restaurantes,
los paranoicos habitantes del día, el mes y el año.
Todo en vano. Regresarán. Sin excepciones.
Nadie sabrá cómo salir de Obispo.
No encontrarán la Plaza de Armas, ni el Parque Central,
ni las esquinas que pasaron.

Obispo es un túnel hacia el comienzo de todo,
una invitación a rehacer lo perdido.
Si observan bien se darán cuenta.
Ese hombre sentado sobre la acera es cada uno de nosotros.
O mejor: Obispo es un fragmento de ese hombre
que miramos con impertinencia.
Y nosotros estamos caminando en su pecho.


CANCION DEL TURISTA

                                                para Waldo Leyva


Ustedes, los turistas,
tienen tiempo para que el polvo de la ciudad parezca nuevo
y les agrade el infeliz toldo de un portal sin importancia.
Llevan la nariz demasiado elevada en su rastreo
de impresiones fáciles.

Ustedes, los turistas, le ríen la gracia a la ciudad,
le aceptan el golpe y la arrogancia:
(la cámara portátil sobre el hombro,
la sonrisa portátil).

Todo está lleno de relojes y campanarios
y árboles y nombres y fechas y nativos.
Todo está lleno de la más racional inapetencia
mientas ustedes, los turistas, agradecen lo curioso de todo,
lo solemne de todo, lo felices que somos en la otredad de ahora.

Es cierto, las nubes de acá parecen hembras,
abren groseramente el humo y dejan caer
uñas, dedos, carpos, falanges
y líneas de la vida y de la muerte
y fragmentos de abrazos
y palmadas untadas de nostalgia.

Pero ustedes, los turistas, no tendrán amigos,
todos lo somos y ninguno lo es,
fuimos y no seremos, como ustedes mismos.

Hay vinos, risas, atardeceres largos,
amaneceres lentos y distantes,
y mujeres que no se acaban nunca
y hombres y niños que no se sabe dónde empiezan.
Cada rostro es un flash, un crucigrama en sánscrito,
un regalo de Navidad en pleno agosto.

Ustedes, los turistas, son tan educados,
están tan conformes con la misión de descubrir lo otro,
con la eterna misión de evitar que los descubran.

La ciudad se maquilla para ustedes, acepta sus gritos
y sus ascos de otra parte.
Es comprensiva y dúctil la ciudad.
Y ustedes son, claro, comprensivos y dúctiles.

Todo va bien: paz, tiempo, romería, asombro,
escepticismo, miedo, paz otra vez, tiempo otra vez.
Y la cámara portátil sobre el hombro
y la risa portátil.

Para ustedes, los turistas,
las esquinas oscuras de la ciudad son lugares ingenuos,
peligrosos sólo para algunos turistas.
Y las mujeres enfermas de la ciudad son otras,
no esa muchacha que va a salvarse en ti.

Bueno, alcemos la copa,
canten líquido y vidrio la Canción del Turista,
rían y aplaudan las pupilas de siempre.
Y guarden esta piedra de la ciudad bien hondo,
remotamente lejos. Y regalen la bondad
y escondan el reloj y confisquen el olvido.

Ustedes, los turistas, tienen tiempo para regresar
y para escribir cartas.
Son la mueca del adiós, la sombra.
Son la espátula rayando la ciudad
sin darse cuenta de su doble cáscara.


Agosto de l993
  1.  

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