"Uno de los mejores narradores cubanos de la hora presente"
(Juan Bonilla)

Del Blog de Díaz-Pimienta

abr
23

CUMPLEAÑOS EN EL MAR (UN MICRORRELATO)

Publicado por Alexis Díaz Pimienta el 23 abril 2012 a las 9:36 am

                                    por supuesto, para mi hijo Alejandro,
                            el mayor intelectual de la familia





Era mi noveno cumpleaños, y mis padres no se conformaron con organizarme la fiesta de siempre, con algunos amigos del colegio y tres o cuatro primos. No. Mamá cada año decía lo mismo: que ella también cumplía años de haberme parido. Y era cierto. Nueve años atrás, de noche, dice mi madre que yo asomé la cabecita y dije: "Hola, ya estoy aquí”, tan guapo como ahora. Yo me río. Pero mi madre insiste:
–En serio, eras guapísimo, y educadísimo desde el primer minuto –y ríe ella.
Luego mi padre remata lo que ambos creen un buen chiste (en todos mis cumples el mismo):
–Y al verme a mí, dijiste: “¡¿Y tú eres mi padre? ¡Pero qué feo eres! ¡Espero que por lo menos seas poeta!”
Porque mi padre, el poeta, se llenó de valor y entró al parto (primero en su familia), y este chiste le daba pie para lucirse ante el resto. Pero ahí no acaba; el chiste acaba con otra frasesita de mi padre, que provoca tontas risas adultas, y se repite, también, año tras año:
–Y así fue como un tipo tan prosaico como yo, terminó haciendo versos –y se parte de risa.
Todos los años el mismo chiste, las mismas risas, las misma cara de satisfacción en mi padre y de sorpresa y alegría en los invitados, sobre todo en los nuevos, pero también en aquellos que, como yo, ya han escuchado el cuento 9 veces.
Menos mal que nací en julio y vivo en un pueblo con mar, a pocos metros de la playa, donde mi padre es gerente de un hotel muy cerca de la orilla. Digo menos mal, porque la parte más hermosa de mis cumpleaños es siempre el cumpleaños de madre, es decir, su parte de la fiesta. Me explico. Mientras a mí me organizan meriendas que nadie se come, y me regalan decenas de juguetes que luego se aburren mirándome de lejos, a mamá le organizan (o se organiza ella) una barbacoa nocturna detrás del hotel: la arena y el agua y la brisa marina mezclados con las brasas, las sardinas, las carnes, los chorizos, la música...
Y menos mal, también, que soy un niño. Me explico. Los mayores se reúnen, beben, comen, hablan, ríen, pero siempre entre ellos, siempre los mismos. Los niños no. Los niños hacemos todo eso, pero además jugamos con la arena, con el mar, con las conchas, y entre tanto jaleo no hay año que no conozcamos a nuevos amigos. Otros niños, claro. Este año fue especialmente bueno, mágico. Digo mágico, porque mientras mi gente adulta estaba entre sus chistes y charlas de siempre, mi prima, el hijo de un amigo de mi padre y yo, nos dedicamos a coleccionar amigos nuevos en la playa. Estábamos juntando caracoles en medio de la oscuridad, cuando de pronto ya no éramos tres, sino cinco. Y luego siete. Y luego diez. Y nos reíamos y conversábamos como si fuéramos amigos de toda la vida. Juntábamos las manos, las conchas, las risas, los nombres, y cavávamos con las manos y cubos de plástico un túnel enorme. Y el que tiraba las piedras más pequeñas se llamaba Mawali y era saharaui. Y la que abría canales que salían del túnel principal se llamaba Luana y era uruguaya. Y la de risa hueca (sin dientes) se llamaba Yoisé y era de Ecuador. Y el niño que decía que su caracol estaba vivo, era de Venezuela y se llamaba Carlos. Y yo, Alejandro, mitad cubano, mitad andaluz, y mi prima Candela, y la niña que hablaba con voz de pito se llamaba Fátima y era de Marraquesh. Y uno que dijo “vengo ahora” y desapareció como por arte de magia, sin moverse, se llamaba Padú y era de Senegal. Y otro se llamaba Chuan, no Juan, si no Chuan, y era de China, por eso se llamaba Chuan, decía Candela, en China todos los nombres comienzan por “Che”, decía Candela, y nos reíamos. De pronto, Padú apareció otra vez, como mismo había desaparecido, vimos sus dientes blanquísimos y lo oímos decir “ya llegué”.
–¿De donde vienes? –pregunté yo.
–De Senegal –respondió él, y se rió, de espaldas al mar, con los dientes tan blancos que parecía que había tragado espuma.
–Hoy es mi cumpleaños –dije yo, y todos comenzaron a regalarme empujoncitos, achuchones llenos de arena, conchas, risas.
Luana me dejó hacer el canal más grande de la noche. Carlos y Chuan intercambiaban piedras en la oscuridad y me regalaron una piedra mágica.
–¿Por qué es mágica? –pregunté.
–Chuan dice que en China todas las piedras son mágicas –dijo Carlos.
–¿Cuántos cumples? –preguntó Yoisé.
–Nueve –dije, sin mirarla.
–Yo tengo ocho –dijo Mawali.
–Y mi padre es poeta –dije yo, no sé por qué, como si fuera algo importante.
De pronto, escuché que los mayores nos llamaban, a mí, a Candela y a Juanjo, el hijo del amigo de mi padre.
Cabizbajo, llegué a donde estaban mis padres.
–Vámonos ya –dijo mi madre, acariciándome; pero no me lo dijo a mí, sino al poeta.
–Sí, vámomos al hotel –respondió mi padre–, porque el niño se aburre de tanto jugar solo.
Y nos despedimos de los demás adultos, tan felices, tan olorosos a humo y a bebidas de personas mayores.
–Adiós –dije yo, en voz alta, y todos pensaron que me despedía de ellos, pero se equivocaban. Desde la orilla, Yoisé, Mawali, Carlos, Chuan, Luana, Fátima y Padú, hasta Juanjo, el hijo del amigo de mi padre, hasta mi prima Candela, tan risueña siempre, me decían adiós y me coreaban el Happy birth day, cada uno en su idioma, mientras lanzaban al aire caracolas y conchas de todos los colores, como si fueran globos.

  1.  

    |