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Del Blog de Díaz-Pimienta

may
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DON QUIJOTE ES ARMADO CABALLERO: otro capítulo de mi Quijote en verso

Publicado por Alexis Díaz Pimienta el 8 mayo 2012 a las 12:58 pm


Como sabemos que muchos visitantes de mi Cuarto se han quedado "con los dientes largos" desde que publicamos un primer fragmento de nuestro libro En un lugar de la Mancha (nuestras versión de Don Quijote en verso), hoy compartiremos otro fragmento, concretamente el capítulo en el que el de la Triste Figura es armado Caballero. Espero que lo lean, que lo disfruten, que lo comenten.

Don Quijote es armado caballero




Y fatigado de este pensamiento,
abrevió su frugal y triste cena,
llamó al ventero sin ninguna pena
y encerrose con él por un momento

en la caballeriza y de rodillas
se hincó ante él, diciendo: «—No me voy
jamás a levantar de donde estoy,
valiente paladín, si no me pillas

y me otorgas con toda cortesía
el don que hoy a pedir mi voz alcanza,
el cual redundará en vuestra alabanza
y del género humano a cada día».

El ventero lo vio a sus pies rendirse,
escuchó semejantes sinrazones
y confuso pensaba: «¿Dar qué dones?»
No sabía qué hacer ni qué decirse.

El ventero porfiaba y le pedía
se levantase; mas no quiso oír,
hasta que hubo el ventero de decir
que le otorgaba el don que le pedía.

«—No esperaba yo menos, señor mío,
de la gran magnificencia vuestra
respondió don Quijote–. Me demuestra
que es magnánimo y tiene poderío,

y así os digo que el don que os he pedido
y de vuestro esplendor me ha sido dado,
es que mañana me dejase armado
caballero cual otros que he leído.

Esta noche, señor, en la capilla
de este castillo velaré las armas;
y mañana, con todas las alarmas,
cumplirá lo que pido de rodillas.

Me armará caballero en un segundo
para poder, como se debe, ir
a buscar aventura y combatir
por los cuatro costados de este mundo.

Iré en pro de los menesterosos,
como es deber de la caballería
y de los caballeros. Estaría
dispuesto a pleitos harto peligrosos».

El ventero, que como ya está dicho,
era algo socarrón, y que tenía
barruntos del delirio que sufría
el huésped de la adarga y el capricho,

acabó de creerlo al escuchar
semejante razón, y por reír
aquella noche, decidió seguir
el humor, refrenando el carcajear;

y le dijo que andaba muy acertado
en lo que deseaba y le pedía,
y que tal prosupuesto de hidalguía
era propio de un hombre preparado

tal como él parecía y se mostraba,
y que, asimismo, cuando él era mozo
se había dado al ejercicio honroso
de andante caballero, y siempre andaba

en diversos lugares muy lejanos
buscando sus venturas y aventuras,
sin que hubiesen faltado las llanuras,
ni percheles de Málaga en sus manos.

Y díjole también que en su castillo
no había una capilla en que poder
velar las armas, pues la iba a hacer
nueva, distinta, con más luz y brillo;

pero que en caso de necesidad
él podía velarlas dondequiera,
y esa noche podría, si quisiera,
velarlas de su patio en la mitad,

y a la mañana, siendo Dios servido,
se haría la debida ceremonia
de forma que con grave parsimonia
quedase en caballero convertido.

Preguntó si traía los dineros.
Respondió don Quijote que ni blanca,
pues no había leído (frase franca)
en las historias de los caballeros

andantes que ninguno los trajese.
Y a esto dijo el ventero: «—Engaño ha sido,
si en los libros no está es que ha parecido
a los autores o a quien lo escribiese

que no era menester poner escrita
una cosa tan clara y necesaria
como el dinero o la camisa diaria
que todo caballero necesita,

mas no por eso había de creerse
que nunca los trajeron; dé por cierto
que todo caballero es un experto
en autoalimentarse y mantenerse.

Por esto le aconsejo en sus salidas
(como a un verdadero y noble ahijado)
que no ande sin dineros, tan menguado,
y sin las prevenciones referidas».


Imagen: el Don Qujiote de Juan Moreira


Prometiole don Quijote
hacer lo que aconsejaba,
y sin dilatar aquello
ordenó velar las armas
en medio de un corral grande
que junto a la venta estaba.
Y recogiéndolas todas,
sobre una pila cercana
a un pozo las dejó puestas
embrazándose la adarga,
asiendo como un guerrero
de mil batallas su lanza,
y con gentil continente
se paseó enfrente del agua.
En cuanto empezó el paseo,
la noche ya se cerraba.

Contó a todos el ventero
la vela de aquellas armas,
la locura de su huésped
que, además de adarga y lanza,
armarse de caballero
por la mañana esperaba.
Admirados del extraño
género de su vesania
fueron a verlo de lejos
y vieron que paseaba
con sosegado ademán,
o arrimándose a su lanza,
los ojos abiertos, grandes
y fijos sobre las armas.
Cerró la noche por fin
y era la luna tan clara
que podía competir
con el que luz le regala,
de forma que cuanto hacía
aquel caballero en armas
era observado por todos
los que en la venta se hallaban.

Antojósele a un arriero,
de pronto, salir afuera,
partir de la venta un rato
para dar agua a su recua,
y se le ocurrió quitar
del sitio en que las pusiera
las armas de don Quijote,
quien viéndole, con mil fuerzas
al arriero le gritó:
«—¡Eh, tú, quienquiera que seas,
atrevido caballero,
que a tocar las armas llegas
del más valeroso andante
que jamás pisó la tierra,
que jamás ciñó la espada,
que jamás temió pelea,
mira qué haces, no las toques,
si no quieres dejar tiesa
tu vida en forma de pago
por tu maldita insolencia».


Otro Don Quijote de Moreira

No se curó el arriero de razones
(aunque fuera mejor que se curara,
que era hacerlo en salud, al menos para
un pleito de tan locas dimensiones);

antes, trabándolas de las correas,
las arrojó gran trecho de sí, lejos.
Don Quijote lo vio. Con mil reflejos
alzó la vista al cielo, y con ideas

puestas en su señora Dulcinea
dijo: «—¡Acorredme, dama del Toboso,
en esta afrenta, oprobio doloroso
que a vuestro avasallado se le crea!

No desfallezca en este primer trance
vuestro favor y amparo, dueña mía»
y diciendo ésta y otra fantasía
soltó la adarga, y para darle alcance

alzó la lanza a dos manos y diole
tal golpe al pobre arriero en la cabeza
que en el suelo maltrecho derribole,
probándole su fuerza y su destreza.

Hecho esto sus armas recogió
y a pasearse volvió con el reposo
que primero tenía, ni nervioso
ni preocupado por lo que pasó.

Al rato, sin saber lo allí pasado
(aún estaba aturdido el pobre arriero)
llegó otro a lo mismo que el primero,
a dar agua a sus mulos. Preparado

para quitar las armas de la pila
y sin mover ni labio ni bigote
soltó otra vez la adarga don Quijote,
alzó la lanza, y con furia tranquila

hizo pedazos, más de tres contados,
la cocorota del segundo arriero:
golpes de lanza, voz de caballero
abriendo cráneo ajeno en cuatro lados.

Ante el ruido acudió toda la gente
de la venta, entre ellos el ventero.
Viendo esto de pronto el caballero
embrazose su adarga nuevamente

y dijo echando mano de su espada:
«—¡Señora Dulcinea del Toboso!,
¡vigor de un corazón tan tormentoso!,
¡es tiempo de que vuelvas tu mirada

a este cautivo y noble caballero
que tamaña aventura está atendiendo!»
Y su ánimo con esto fue tremendo,
tanto que si atacase el mundo entero

con todos los arrieros mano a mano
no volviera el pie atrás. Los compañeros
de los heridos, los demás arrieros,
comenzaron de lejos, y temprano,

a llover piedras sobre don Quijote
quien tras su adarga se salvaguardaba
y de la pila no se separaba
protegiendo las armas del azote.

El ventero pidió se le dejase,
que ya había advertido que era loco,
y que por loco penaría poco,
aunque a golpes a todos los matase.

Entre tanto pedrusco y alarido
don Quijote los daba igual, mayores,
llamándolos aleves y traidores
y al señor del castillo mal nacido.

Hablaba con tal brío y tal denuedo
que un terrible temor infundió en todos
los que le acometían. Por sus modos,
y por las persuasiones que vertía

el ventero, dejaron de tirarle,
y él dejó retirar a los heridos,
y tornó a velar armas, ya sin ruidos,
con la calma de antes de atacarle.

Bien no le parecieron al ventero
las burlas de su huésped, el desorden,
y decidió abreviar, darle la Orden,
y armar a don Quijote caballero

antes que otra desgracia sucediese;
y llegándose a él se disculpó
de la insolencia con que lo trató
la gente baja, sin que lo supiese,

pero que, «como ve», bien castigado
quedaban por su burdo atrevimiento.
Y repitió, como al primer momento,
que aquel castillo estaba preparado

aún sin capilla, para investidura
de un caballero tan extraordinario,
para lo que restaba innecesario
era tener campilla; su armadura

de caballero andante consistía
ya en pescozada, ya en espaldarazo,
según la ceremonia, y que en su brazo
escudo de la Orden luciría,

porque en mitad del campo se podía
hacer el rito; ya había cumplido
lo de las armas: según lo entendido,
con dos horas de vela se cumplía.

A todo dio el asenso don Quijote
y dijo estar dispuesto a obedecerle,
que abreviara el ritual para volverle
caballero, y marcharse de allí al trote

pues si fuese otra vez acometido
y se viese él armado caballero,
pensaba no dejar vivo a un arriero
ni a nadie en el castillo. Ya advertido

y medroso de esto el castellano
trajo un libro, el mismito en que asentaba
la paja y la cebada que le daba
a los arrieros desde muy temprano,

y a la luz de una vela que traía
un muchacho, y las dos dichas doncellas,
se vino a don Quijote con las huellas
del temor en la cara todavía.

Lo mandó de rodillas a ponerse
y leyendo el manual cual si leyera
una oración devota verdadera,
en el medio dispuso detenerse.

Alzó la mano, y diole sobre el cuello
un buen golpe, y tras él, tomó la espada
del propio don Quijote, y le dio cada
espaldarazo que perdió el resuello.

Más tarde, mandó a una de las damas
le ciñese la espada, y lo hizo con
mucha desenvoltura y discreción,
pues era menester ir por las ramas

para no reventar, morir de risa,
a cada punto de la ceremonia;
la hazaña (que detrás se testimonia
pone a raya la mínima sonrisa).

Al ceñirle la espada, la señora
dijo disimulando lo nervioso:
«—Dios haga a su merced muy venturoso
caballero en las lides desde ahora».

Preguntó don Quijote por su nombre,
por saber de ese día en lo adelante
a quién agradecía como andante,
con quién partir sus honras como hombre.

Respondió humildemente que Tolosa,
hija de un zapatero de Toledo:
«—Tenerle por señor me agrada y puedo,
y de servirle voy a estar dichosa».

Le pidió don Quijote, por amor,
que le hiciese merced y en lo adelante
le pusiera a Tolosa un «don» delante:
«doña Tolosa», para su señor.

Ella lo prometió; y la otra doncella
lo calzó con la espuela, lo «espoleó»,
y el caballero armable recitó
idéntico coloquio para ella.

Viendo que era locura y era coña
dijo la otra llamarse Molinera,
hija de un molinero de Antequera,
y Quijote también la volvió doña.

Hecha entonces de trote y con premura
la hasta allí nunca vista ceremonia,
no vio hora en salir de esa colonia
don Quijote a buscar nueva aventura.

Ensillado el enjuto Rocinante
lo montó y abrazando al castellano
le habló tan raro que sería en vano
referir su discurso delirante.

El ventero, por ver que sin demora
saliera de la venta, brevemente
respondió, y sin cobrarle lo pendiente
dejó que se marchara a buena hora.


Tomado de mi libro En un lugar de la Mancha, con ilustraciones de Roberto Fabelo (Editorial Gente Nueva, La Habana, 2004. Para leer otro capítulo del Don Quijote en verso pinche el siguiente enlace: Don Quijote y los molinos.
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