"Uno de los mejores narradores cubanos de la hora presente"
(Juan Bonilla)

Del Blog de Díaz-Pimienta

jul
28

FASTEN SEAT BELT (poesía)

Publicado por Alexis Díaz Pimienta el 28 julio 2012 a las 4:40 pm


La Asociación del Diento de Oro, en Granada, es casi un movimiento literario. Creada para difundir y homenajear la obra del poeta granadino Javier Egea, ha mantenido durante varios años una actividad literaria intensa, independiente, paralela a todo cuanto acontece en el mundillo literario granadino (que es mucho), pero, sobre todo, manteniendo como una máxima inviolable la calidad literaria (y humana) de cuanto hacen. Y dentro de todo lo que hacen (que incluye duelos futbolísticos entre narradores y poetas, por ejemplo), destacan sus publicaciones, libros artesanales, manufacturados, o en ediciones de pequeño formato y esmeradísima factura. Si ya destacaban en el panorama literario español con su minimalista y hermosa colección de Vitolas (Las vitolas del Anaïs nacieron como colofón de las tertulias en el bar Anais, durante los lunes de largos años consecutivos); si ya destacaban, repito, por esto, ahora su aporte crece y se diversifica con la no menos vistosa colección Los Cartones del Diente de Oro, en la que publican ediciones rústicas (pero rústicas de verdad, no ese eufemismo editorial que se ha impuesto para hablar de la encuadernación en tapa blanda; casi podríamos decir que ellos hacen "ediciones rústicas de tapa dura"), ediciones en papel y cartón reciclados (cajas de huevo para las portadas, hojas de revistas para las portadillas, papel gaceta en su interior), numeradas, de escasa tirada y pocas páginas (entre 15 y 18). Cuando la presidenta del Diente de Oro, Marta Badia, y su partenaire fotográfico y vital, Manuel M. Mateo, me pidieron poemas para "mi cartón", he de confesar que la emoción de publicar algunos de mis textos en una colección de tanto pedigree como esa, me hizo dudar, tardar, sopesar mucho qué poemas serían los agraciados para tal empeño. Ya yo había publicado con ellos (una edición reducida de En Almería casi nunca llueve fue la vitola número 65 de su Colección). Era una emoción sincera, rústica, sin poses. Era la misma emoción que sentíamos en Cuba, hace ya más de 20 años (y que sienten aún hoy), los invitados a publicar en las colecciones de la matancera Editorial Vigía, pionera en la edición manufacturada en la isla. (Y la referencia a esta editorial no es casual, como tampoco lo es que uno de los valedores y miembro activo de la Diente de Oro sea Miguel Ángel Arcas, editor y poeta granadino con un sello llamado "Cuaderno del Vigía".) En fin, emocionado, no tuve más remedio que enviar a la editora dos manojos de poemas, cada uno con nombre propio y vida propia, para que ella fuera quien escogiera cuál era digno de convertirse en las pretendidas (que no pretensiosas) plaquettes encartonadas (que no acartonadas). Ambos manojos de poemas tenían algo en común: hablaban sobre mi condición de viajero impenitente, un tema recurrido ya en otros de mis libros, concretamente, en Pasajero de tránsito). El primer manojo de poemas que mandé (y no se publicó) ya lo hemos publicado en este blog (Sonetos de Estación) y hablaba sobre mi pasión por lo trenes, por los viajes en tren; el segundo, el que vio la luz en abril de 2012 como Cartón No. 15, con poético diseño del poeta Jorge Fernández Bustos, realzado por el azar de las cajas de huevo y de las revistas (ora un rótulo en rojo, en mayúsculas, diciendo literalmente HUEVOS, con tal preponderancia que alguien pudo pensar que ese era el título; ora un troquelado hecho para que "las posturas" respiraran, estuvieran frescas; ora una cromática publicidad sobre un crucero a Costa Fortuna, o sobre viajes desde Granada hasta Estambul, Punta Cana, Edimburgo); el segundo "poemario", repito, es el que comparto ahora con los visitantes de mi cuarto (no íntegro, unos cuentos poemas). Se titula Fasten seat belst (abróchense los cinturones, ese universal rótulo que nos persigue en todos los aviones) y desde el propio título y la portada, en la que tres "oscuras" pasajeras arrastran sus trolleys hacia los luminosos ojos de un niño, ya se avisa al lector sobre qué hallará en sus páginas: mi relación con los aviones y los aeropuertos, mis fobias, manías, costumbres, preocupaciones y otros gajes del oficio de viajero.

Este fue mi pequeño aporte a los Cartones, mi último intento por se seguir formando para de este movimiento literario granadino, capitaneado, desde tan lejos, por Javier Egea. Espero que ahora ustedes, visitantes de mi Cuarto..., cumplan las normas de Aeronáutica Civil a bordo de esta entrada.


(Hoy viajan, incluso, con ventaja: en este vuelo se permite fumar). 


FASTEN SEAT BELTS





De los ojos de un niño...



De los ojos de un niño despegan los aviones.
Si cerrase los ojos caerían.

Sólo su asombro los mantiene en vilo,
Su manita los alza,
su corazón los mueve y los aleja.
Sin un niño pegado a los cristales,
a las altas barandas de una terraza adulta
morirían de horror los aeropuertos.
Un niño nunca podría decir la palabra “aeronáutica”
pero de él dependerá la imitación del pájaro.
Un niño no sabrá calcular las distancias
pero es la garantía del retorno.
Cada aeropuerto debe tener un niño pegado a los cristales,
junto a los altavoces, donde quiera que el miedo
se agazape.
Gracias a él tardará menos lágrimas el regreso de todos
dolerá menos besos el adiós de las madre,
las azafatas podrán prescindir de advertencias insulsas.

Un avión en el aire
Son muchos niños mirando al horizonte.




Sobre aviones y pájaros


Los pájaros y los aviones
juegan a despistarnos.

Ayer tarde cayó, justo en mi patio,
un gorrión lleno de pasajeros.
Y antes de ayer sorprendí a un Boeing
piando y picoteando migajas del mantel.
Los pájaros y los aviones son metáforas nuestras,
carencias afectivas, que diría el psicólogo.
Las cigüeñas, por ejemplo,
llevan siglos transportando viajeros.
Y las gaviotas, las palomas, los zopilotes,
llevándose o trayéndonos lo que necesitamos.

No entiendo, entonces,
por qué si muere un ave
no sale en los periódicos.



Discurso del próximo sobreviviente de un accidente aéreo

                                   Les dejo el tiempo, todo el tiempo...
                                                           Eliseo Diego


Da lo mismo el origen.
Da lo mismo el destino.
Los precios.
La incomodidad de los controles.
Los refrigerios escasísimos.
Las turbulencias.
Las instrucciones de las azafatas.

Lo triste de los accidentes aéreos
no está ni siquiera en los cadáveres.

También nosotros, los sobrevivientes,
seguimos las noticias
sin habernos quitado el cinturón.

Cientos de pasajeros reducidos a números.
¿Pasillo o ventanilla? ¿Pasta o pollo?
¿Qué prefiere beber?
Tristérrima la imagen de los familiares
llegando al aeropuerto.
Aunque los familiares
también somos nosotros,
todos somos parientes
de estos muertos de pronto,
muertos de impacto,
muertos de miedo,
muertos de y con y desde y por
y para y sin nombres ni rostros.
Muertos ya sin posibilidades de reembolso.
Muertos que no sabían que iban a morir.
Muertos con las maletas
cargadas de mapas y planes.
Muertos con las agendas llenas
de números telefónicos.
Muertos pendientes de revisiones médicas.
Muertos con citas pasionales
la semana próxima.
Muertos con medicamentos en el bolso.
Muertos seguros de que les quedaban
muchas cosas por hacer.
Muertos que se persignaron
a la hora del despegue.
Muertos que no creían en Dios.
Muertos que llevaban siempre
los cinturones abrochados.
Muertos que comenzaban a vivir.
Muertos que no estudiaron lo suficiente
para morir tan pronto.
Muertos que no besaron lo suficiente
como para morirse.
Muertos que de saber que tocaba morirse
hubieran muerto antes.
Muertos que de saber que tocaba morirse
hubieran llevado otro tipo de ropa.
Muertos que de repente alterarán
el crecimiento demográfico del cielo.
Muertos que duelen más allá del dolor,
más allá de las letras de los titulares,
más allá de que aparezcan o no
los restos de cadáveres.

Duelen, porque el asiento 23-G
fue nuestro el mes pasado.
Porque el asiento 5-C (en Primera Clase)
iba a ser mío pronto.
Porque los ocupantes de los asientos 36-A, 36-B, 36-C
murieron abrazados y no se conocían.

Lo más triste de los accidentes aéreos
está, precisamente, en estos azarosos
crucigramas biográficos.
Gente que en vida no se iba a conocer
muere tomándose las manos,
gritando a viva voz sin previo ensayo,
pensando en algo que nosotros no  sabremos nunca.
Never. Jamais. Nie. Mai. Nooit. Niciodata...
Y esto nos desconcierta. Nos desconsuela.
Cientos de pasajeros reducidos a números.
¿Pasillo o ventanilla? ¿Pasta o pollo?
¿Qué prefiere beber?

Al menos yo,
sobreviviente de cientos de accidentes aéreos,
doliente y familiar de miles de cadáveres,
tengo un mensaje para las aerolíneas.
Son ofensivas las indemnizaciones.
Son obscenas incluso.
Un alivio sería que a partir de estos muertos,
en la reservas de nuestros billetes
se incluya el nombre del viajero más próximo,
su perfil profesional o humano,
un mínimo detalle para que en el trayecto
podamos conversar,
conocernos un poco,
saber al menos con quien
nos toca compartir el tiempo.




Dormir en los aviones


Dormir en los aviones es extraño.
Tienes la dulce sensación de la cuna mecida
pero también cierta intranquilidad de hamaca ajena.
Todos alguna vez hemos soñado esa caída eterna
(pasto de los psicólogos)
esa caída que acaba en el interruptor de la luz
o en la caricia de consuelo.
Todos alguna vez hemos mordido
la manzana de Newtom
y hemos pecado  de racionalidad.
“También la luna”, dijo Hegel,
“puede caer porque está arriba”.
De pronto, estoy leyendo a Hegel,
miro la luna por la ventanilla
y acepto una manzana como postre.
Cierro las piernas cuando debí cerrar los ojos.
Cierro los ojos cuando debí cerrar la boca.
Abro la boca cuando debí cerrar los brazos.
Abro entonces el bolso y saco un pañuelito de papel.
Si todos hemos apagado ya la luz,
¿como podrán las azafatas retirar el servicio?
El comandante Newton anuncia turbulencias.
En esta hamaca no se descansa bien.
Fasten seat belt, fasten seat belts,
gritan las luces.
Un pasajero ronca y otro habla entre sueños.
Un niño llora como si nunca antes
hubiera visto llorar a nadie.
Y en lo más alto, la manzana de Newton a punto de caer.
El comandante Hegel habla en varios idiomas.
Ahora todos tenemos el rímel corrido
y pedazos de luna entre los dientes.
Pero las azafatas ya no regresarán,
han escapado por la puerta trasera con el niño lloroso.
Miro el reloj, y es la hora del despegue.
Miro el rejoj, y es la hora del aterrizaje.
Miro el reloj, y un cuco nos repite varias veces:
“fasten seat belt”, “fasten seat belt”, “fasten seat belt”.
Un cuco de pared que sale con las máscaras de oxígeno.
Nuestra hamaca hoy se mueve más que nunca.
Siempre soñé mecerme en una hamaca altísima.
Hegel y Newton riendo a carcajadas por los altavoces.
Desde la torre de control, Freud amenaza
con una huelga indefinida, con racionar el miedo.
Cuando encienden las luces ya no hay nadie.



Otra tarde en Barajas


I

Definitivamente, un aeropuerto
no pertenece a una ciudad concreta.
Es un país ecléctico, un desierto,
una ciudad portátil e indiscreta.
Un aeropuerto es frío e indulgente,
no hace amistad, no ríe, no saluda.
Su transparencia es blancamente muda,
su belleza es brutal, incoherente.
Un aeropuerto se maquilla tanto
—escalera mecánica, altavoces,
puerta automática…— que no tiene encanto,
que no es palpable, teme que lo roces.
Y tú te vuelves sombra y desencanto:
andas contigo y no te reconoces.

II

Definitivamente, una aeropuerto
es polvo de otras suelas, tierra ajena
a la tierra en que se halla, tiempo muerto,
aire enlatado, bilingüismo y pena.
Los pasajeros beben, compran, fuman,
leen revistas que no dicen nada.
las cafeteras hacen ruido, ahuman.
La moza de limpieza está cansada.
Los niños corren. Los padres suspiran.
Los viejos tosen yendo a los lavabos.
La azafata… los mapas… los cristales…
Suena una voz. Hay un reloj: lo miran.
Doblan la prensa y huyen como esclavos
desde un frío aeropuerto a otros iguales.


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Tomado de Fasten Seat Belts, Alexis Díaz-Pimienta. Los Cartones del Diente de Oro, 15, Granada, 2012.
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