"Uno de los mejores narradores cubanos de la hora presente"
(Juan Bonilla)

Del Blog de Díaz-Pimienta

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FIESTA DE DISFRACES (sonetos)

Publicado por Alexis Díaz Pimienta el 23 noviembre 2012 a las 1:45 am
Paradojas de la literatura: este es un libro "triste" que me ha dado muchos alegrías. La mayor de ellas: el favor de los lectores. La segunda: el favor de la crítica. La tercera (que fue la primera en orden cronológico): el haber obtenido el premio Los Odres, en Murcia, España, en el año 2008. La cuarta: haber sido publicado en la seria (y hermosa) Colección Poesía de la seria (y hermosa) editorial Calambur, de Madrid. La quinta: el que muchos de estos poemas, sobre todo los sonetos que ahora comparto con los lectores-visitantes de mi "cuarto", hayan sido musicados (en Cuba decimos, "musicalizados") por grandes artistas y amigos como Rubén Aguiar Muñoz, devolviéndole al poema la complexión vocal y el espacio acústico que le correspondían.
Sobre Fiesta de Disfraces dijo el crítico José Manuel Pons:
"Estamos ante uno de esos libros que hacen volver a creer en la literatura, a disfrutar de su lectura, de lo que tiene de festival su alarde de virtuosismo, y a valorar su tarea de agitador de modorra".
Aunque el libro, mayoritariamente, está integrado por poemas en verso libre, este manojo de sonetos son los que dan título al volumen. Espero lo disfruten.



FIESTA DE DISFRACES


Nadie sabe el tamaño de su cara.
Jorge Luis Borges

I

La vida es una fiesta de disfraces
en un cuarto de espejos invertidos
y nos probamos máscaras y frases
y risas y disgustos y vestidos
y besos y zapatos y antifaces
y libros y condones y latidos
y corbatas y miedos y qué haces
y cómo estás y miércoles y olvidos.
La vida es una fiesta de disfraces
con máscaras y rostros confundidos,
con espejos farsantes y veraces,
con ojos sordos y ciegos oídos.
La vida es una fiesta de disfraces:
eterna danza entre desconocidos.

II


Todos somos —no quieran engañarse—
maniquíes con voz. En mí se prueban
sus máscaras los otros, los que llevan
la mía en el costal para cambiarse.
Todos somos —no intenten revelarse—
esclavos de una imagen que renuevan
en voz baja los otros, los que aprueban
o desaprueban cómo hay que portarse.
Yo tengo un rostro aquí y otro mañana.
Tú tienes otra máscara debajo.
Todos somos de cuarzo o porcelana.
Todo rumbo hacia el rostro es un atajo.
Entre el vidrio y la cara, el vidrio gana.
Barajas con azogue: Yo barajo.

III (Llegada de un intruso)

Se ha colado en el baile un atrevido
con la cara al desnudo, y por supuesto
le hemos negado hasta el saludo: un gesto
bastó para entender lo sucedido.
¿Y sus máscaras qué?, ¿se le han perdido?
¿es temerario?, ¿es un suicida presto
a que lo reconozcan? Indispuesto
cambié de máscara y seguí escondido.
Se detuvo la música. En los vasos
se evaporaron vinos y cervezas.
No se sintieron sístoles ni pasos.
No se movieron manos ni cabezas.
El atrevido, al fin, cayó en pedazos
y el baile continuó sobre sus piezas.

IV (Resignación del reo)


Y compartimos panes engañosos
y rayamos el tiempo en las paredes
y hablamos en voz baja sobre ustedes
y nos creímos tipos peligrosos.
Todos los presidiarios son nerviosos,
peces violentos entre viejas redes.
Todo es de rayas —o rayarlo puedes—:
la ropa, el agua, el pan, los calabozos.
Todo es oscuro: el hambre, el sexo, el miedo,
el silencio, las fotos familiares.
Todo es húmedo y hosco. Con un dedo
decides entre gozos y pesares.
Vete, sol. Fuera, viento. Yo me quedo.
Perdí el rostro de entrar a otros lugares.

V (Carpe diem)

Todas los días a la misma hora
unos se visten, otros se desnudan,
unos dicen adiós, otros saludan,
alguien ríe a mansalva, y alguien llora.
Todos los días a la misma hora
unos afirman ser lo que otros dudan,
unos fijan su sitio, otros se mudan,
alguien dice “después” y alguien “ahora”.
Cada día, en el mismo instante escaso,
alguien lee un poema, alguien lo escribe,
alguien deja de andar, alguien da un paso,
alguien da besos, alguien los recibe,
alguien muere, alguien nace... pero acaso
todos los días el Ayer prescribe.

VI

Quien fabrica las máscaras no sabe
a qué rostro se encuentra destinada
cada una; trabaja sin mirada,
no las quiere mirar, mientras no acabe.
El que vende las máscaras ignora
su precio verdadero; sólo sabe
que mientras más costosas es más grave
el secreto a ocultar, la tez traidora.
El que compra las máscaras no piensa
en el lúdico susto, ni en la forma,
ni siquiera en el precio y la medida.
Compra una máscara y otra y otra: inmensa
colección que la vida le transforma
en una y otra y otra y otra y otra vida.

VII


Quien fabrica las máscaras se presta
a ver al vendedor, que lleva otra,
y éste, a su vez, cuando lo ve se empotra
en un nuevo modelo: otra propuesta.
Quien las compra —si hay fiesta o por si hay fiesta—
encuentra en el camino a otros viandantes
enmascarados, álteres, mutantes,
que ya no saben bien cuál llevan puesta.
En el mercado de las apariencias
está mal visto el regateo, incluso
está mal visto hablar de diferencias.
Todo máscara implica cierto abuso.
Todo espejo disuelve las anuencias.
Todo rostro es El Rostro con el uso.

VIII


Si un rostro sólo es rostro con el uso
y el hombre cada día se enmascara,
¿quién sabe dónde está mi última cara?,
¿quién la encontró olvidada y se la puso?
Yo me parezco a cierto joven ruso
que se parece a un jeque mahometano
que se parece a un negro coreano
que se parece a un indio bielorruso
que se parece a un carpintero griego
que se parece a un niño blanco en canas
que se parece a un maquinista ciego
que se parece a un cantador de nanas
que se parece a un pescador gallego
que se parece a mí por las mañanas.

IX


Por la mañana no nos parecemos
al ser que fuimos antes de acostarnos.
Llegamos al espejo y al mirarnos
a duras penas nos reconocemos.
Nos asustamos o nos sorprendemos
(según nuestra afición a enmascararnos)
y en baja voz solemos preguntarnos:
¿De dónde usted y yo nos conocemos?”
Por la mañana (legañoso todo:
dentífrico, agua, vidrio, enjabonarse),
todos somos el otro, el del apodo,
el que temía, incluso, enmascararse.
Por la mañana nadie encuentra el modo

de saber si es o no quien fue a acostarse.

X


Encaprichóse cierto fabricante
en hacer un modelo diferente:
máscaras de perfil (nada de frente,
basta ya de escondernos por delante).
Máscaras de perfil: rostro menguante.
Máscaras de perfil: la prominente
nariz, la bemba, el pómulo saliente,
la barbilla, la oreja… “Es importante
-argumentaba- enmascarar los lados,
protegernos de atisbos tangenciales”.
Desde entonces, bailamos más confiados,
mazurcas de perfil, vals diagonales,
transversales y oblicuos zapateados,
tan felices, tan otros, tan iguales.

XI

Uno llega a la fiesta y lo primero
que hace es quitarse el rostro, sacudirlo,
voltearlo, colocarlo en un perchero
y hacerle una marquita (sin decirlo).

La marca es por si llega un forastero
sin máscara y sin rostro, y quiere asirlo.
La marca es por si acaso, por si pero,
por si bueno, por si hay que readmitirlo.

La marca es por si el rostro, licencioso,
pretende irse con otro enmascarado.
La marca es porque un rostro es peligroso
si sabe que no está identificado.

Uno llega a la fiesta y lo primero
que hace es quitarse el rostro, sacudirlo,
voltearlo, colocarlo en un perchero
y hacerle una marquita (sin decirlo).

XII

No sé cuál es la cara que me mira
cuando miro la cara del espejo.

J. L. Borges

En esta fiesta todo el mundo aplaude
y asiente y bebe y vitorea incluso.
Ya nadie sabe dónde empieza el fraude,
o si hay fraude o no hay. Alguien dispuso
un baile… y ya… Después nadie sospecha
que hay vida en el espejo del lavabo.
Nadie sabe por qué, lugar, ni fecha.
Tú empiezas, ella sigue, y él/yo acabo.
En esta fiesta todo el mundo bebe,
hay sexo en cantidades industriales,
se fuma cuanta hierba el otro pruebe.
Después todos los rostros son iguales.
Después… ya sabes: todo el mundo debe
limpiar el vidrio de ojos residuales.

XIII

En el espejo del lavabo viven
todos los rostros que se vieron antes,
apisonados, rotos, intrigantes,
parásitos de luz que sobreviven
a merced de la cuota que reciben
de caras nuevas cada dos instantes.
Catálogo de impávidos semblantes,
ojos que ante los otros no se inhiben.
Reclusos en el vidrio, todos vamos
quedando cada vez que nos miramos,
presos de otros espejos, acechantes.
Al menos en mi casa (acostumbrados)
viven en el espejo, apisonados,
todos los rostros que se vieron antes.


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