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Del Blog de Díaz-Pimienta

abr
23

IL PASSEGGERO: poeta suelto en Italia

Publicado por Alexis Díaz Pimienta el 23 abril 2012 a las 1:37 am

Durante muchos años mi relación con Italia ha sido doble, dual: oral y escrita: por una parte, he ido casi siempre como repentista, a compartir escenarios con los cantatories y stornellatories toscanos, o con los cantadores del motetus sardo (en la mítica y pintoresca Cerdeña) y por otra parte, Italia, sus ciudades, su gente, sus monumentos, han sido fuente de inspiración y escenario de gran parte de mi literatura escrita, hasta el punto de dedicarle una novela íntegra (Salvador Golomón, Algaida, Sevilla, 2005) y muchos poemas sueltos. Todos esos poemas han pasado a formar parte de la nueva versión de mi libro Pasajero de tránsito, y hoy, no sé por qué, me parece una buena opción para compartir con los visitantes de mi cuarto. Espero lo disfruten.




La soledad del viajero del fondo

Nada, esta espuma...
                      Mallarmé


He conocido a una joven inglesa
en el tren rumbo a Roma.
No hemos hablado.
Ella leía la prensa en alemán
y me miraba con cierto italianismo en el ojo derecho.
Yo la he mirado, simplemente.

Era rubia como los trigos holandeses,
o como el pubis de las mariposas.
El viaje ha sido largo, y lento,
pero ella no ha tenidotiempo
de averiguar qué escribo,
apoyado disimuladamente
sobre las pecas de su muslo,
bebiendo sorbos de niebla londinense.
Debe pensar que la dibujo,
o que salpico su cara con agua del Támesis
mientras alguien sacude bajo mi camisa
campanarios lejanos.
Debe llamarse Helen,
por esa forma de peinarse al medio.
Y yo me debo llamar Nadie,
por esta forma de desmerecerla.
Cierra la prensa y se levanta como si fuera al baño.
Lo presentía. Su espalda es la de siempre,
la de escapar de los desconocidos.

(Tren Florencia-Roma, julio y 1997)



Indiferencia


Cuando llueve en Roma
los monumentos aprovechan
para reírse de los transeúntes.
Nadie puede leer la guía turística,
saber hacia qué dirección
queda el asombro,
o cuánto tiempo va a durar el fuego
sobre la ropa de Giordano Bruno.
Cuando llueve,
los pies pequeños de los japoneses
llenan de pecas el mármol,
las palomas se esconden en las hornacinas
y los carteristas de la tarde
cuentan los panes de la noche.
Nadie fotografía los flechazos
del agua en la fontana,
la espalda de las gotas sobre el puente,
el instante infinito en que una gota más
corroe una columna.
Se nos quedan los ojos sobre los tenis sucios,
sobre el pezón etrusco de una turista inglesa,
entre el reloj y el mapa.
Impávidos, asistimos a una ocasión eterna:
esa gota, la última. Pero nada sucede.
Una paloma arrulla y un japonés bosteza.
La Fontana de Trevi estrena otro arco iris.

(Roma, julio y 1997)



Premonición fotográfica


Mi rostro debe estar, junto al de mucha gente,
en el álbum de fotos de aquella japonesa
que ante la Catedral de Pisa, de repente,
practicó su deporte predilecto: hacer presa
del vientre de una kodac y de su óptima lente,
de todo lo que debe mostrar cuando regresa
incluido mi rostro de turista inocente,
ni gótico, ni dórico, ni etrusco...—Qué sorpresa
se va a llevar el día que pregunten sus nietos
quién es él de la agenda y el boli en la camisa.
Tendrá que darme nombre, confidencias, secretos,
(la vieja Catedral se partirá de risa)
y yo seguiré haciendo preguntas y sonetos,
feliz de haberme vuelto un souvenir de Pisa.

(Pisa, agosto y 1997)




Reencuentro con mis hijos en la Plaza del Campo


En fin, todos los niños tienen las mismas voces,
la misma redondez y asombro en la mirada,
la manita otoñal, la sonrisa callada,
la impresión al mirarlos de que yo los conoces.
Todos los niños ríen como si fuesen dioses,
y preguntan de todo, y responden de nada,
la manita otoñal, la sonrisa callada,
el mismo gesto débil al final de las toses.
Todos los niños son, un mismo niño etéreo
del que se aleja el padre con un discurso aéreo,
tras justificaciones obscenamente adultas.
Pero por suerte el padre, en cualquier plaza, luego,
encuentra al mismo niño, repitiendo su juego
de enseñar una cara con las otras ocultas.

(Siena, julio y 1997)



Una vieja puerta de madera


Una vieja puerta de madera, con estrías y musgo,
custodia una casona medieval en Pontassieve.
Nadie la mira, nadie repara en su cansancio,
acostumbrados como estamos
a que las puertas sobrevivan a sus carpinteros.
En Pontasievve, en Lyon,
en Alcalá de Henares,
en todas las ciudades europeas
hay puertas como ésta, sobrevivientes taciturnas,
viudas de muchos hombres.
De vez en cuando algún vecino se recuesta en ellas,
o las contempla desde el balcón de enfrente
y se pregunta cuánto más durarán.
De vez en cuando algún turista traspasa su dintel
y ellas vuelven a sentir una extraña excitación,
a ser libidinosa como antes.
Pero la mayoría de las veces
la puerta sigue ahí, con estrías y musgo,
agonizando sin que nadie la mire,
sin que ningún turista le haga el amor, atravesándola.
Las puertas son el sexo de las casas.
Y las ventanas senos huecos y húmedos.
Por eso las viviendas abandonadas
se derrumban antes, sus puertas se resecan,
sus ventanas se descuelgan,
sus ingles gimotean al menor movimiento.
Una persona que entra y sale por la misma puerta
provoca que la madera segregue líquidos
que reparte entre piedras, herrajes, losas,
tejas, cañerías y que la fortalecen.
De ahí que las iglesias duren tanto.
Y los hoteles, las casas de huéspedes,
los hogares de familia numerosa.
De ahí que esta vieja puerta en Pontassieve
me lance un guiño de cortesana inmemorial,
un débil gesto de supervivencia.

(Pontassieve, abril y 2000)





La plaza de Jano y Cronos
para Davide Riondino y Favio Battistely



I

Tiene la Piazza Sopra de Cittá di Castello
dos antiguos relojes (es la única en el mundo).
Uno mide las horas, el otro los minutos,
y entre ambos, vieja brújula (un reloj de viento).
Los viejos castellenses en verano o invierno,
fuman, beben, pasean... mientras yo les pregunto:
¿por qué falta un reloj que mida los segundos?,
pero además, ¿qué es eso de dividir el Tiempo?
En un reloj se fijan los hombres de negocio,
grandes ejecutivos, crakers de la existencia.
Y en el otro los hombres con tiempo para todo:
actores ambulantes, psiquiatras y poetas.
Estos relojes son las dos caras de Cronos,
quien hace que tengamos la mirada ambidextra.

II

Tiene la Piazza Sopra de Cittá di Castello
dos ritmos, dos maneras de disfrutar la vida.
(Se salvan de esta trampa los gorriones, los perros,
la Catedral y el ciego que vende Lotería.)
Aquí Borges hubiera enceguecido menos
y Calvino no hubiese partido en dos la vida
de su infeliz vizconde; aquí el vocablo “Tiempo”
todo el mundo lo usa dividiéndolo en sílabas.
Sobre los adoquines, junto a un quiosco de prensa,
los transeúntes hablan, sin mirar los relojes.
Qué curioso: ninguno lleva reloj pulsera.
Qué curioso: no saben si es de día o de noche.
Un reloj a la izquierda y el otro a la derecha.
Qué curioso: entre ambos, atemporal, el Hombre.

III

Tiene la Piazza Sopra de Cittá di Castello
una brújula antigua, con la aguja nerviosa.
Entre sus dos relojes parece un chiste eterno:
como si el viento fuese medida cronológica.
Pregunto a los vecinos: ¿los que hicieron tal obra
habrán pensado acaso que el tiempo es como el viento,
cambiante, inapresable, metáfora angustiosa
que malinterpretamos los hombres, en silencio?
Pregunto a los vecinos: ¿se habrán puesto de acuerdo,
un día de tormenta, tal vez a última hora
eólogos, albañiles, relojero, arquitecto,
para legarnos esta verdad jánica y crónica?
¿Por eso en Las Noticias sale el “Hombre del Tiempo”
y habla de viento y lluvia, en vez de dar la hora?

(Cittá di Castello, abril y 2000)
  1.  

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