"Uno de los mejores narradores cubanos de la hora presente"
(Juan Bonilla)

Del Blog de Díaz-Pimienta

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03

LA HOJA DE LA YAGRUMA (NOVELA): dos fragmentos

Publicado por Alexis Díaz Pimienta el 3 mayo 2012 a las 2:13 pm

La hoja de la Yagruma es, posiblemente, mi novela más compleja en todos los sentidos: temática y estructuralmente. Novela psicológica, de gran carga social, ha sido, también, mi novela de factura más larga. La comencé a escribir en 1988, y al año siguiente el cuento que le dio origen obtuvo el premio Hemingway. Por lo tanto, es una obra que tiene hasta la fecha 24 años de "cocción", en los que solo se han publicado algunos fragmentos. Espero que los visitantes de mi Cuarto disfruten este nuevo adelanto.



Roberto y la tía Evelín



A la primera mujer que vi desnuda fue a mi tía Evelín. Ella tenía diecinueve años. Yo tenía ocho. Ella estaba bañándose, como siempre, con la puerta entreabierta. Y mi cama en un ángulo perfecto. Evelín nunca fue tan hermosa, tan blanca, tan ajena. Con un jarro metálico sacaba agua de un cubo, con una mano se palpaba toda, o no, se enjabonaba. Yo era un disimulo de pestañas, de párpados caídos y respiración queda. A veces inventaba algún ronquido. El agua que cae, el cuerpo que brilla. Espuma de jabón para envidiar. Espuma en las axilas, en el pecho; vientre espumoso, muslos con oleaje. Y de pronto, Evelín genuflexiona, como para orinar, pero no tanto. Se va a deshollinar. El negro monte se cubre de nieve. Luego el jarro en su mano entra en el cubo, llueve hacia arriba, saca agua de un pozo hacia otro pozo, agua que sube transparente y baja turbia, llevándose la nieve de su bosque íntimo, mojándome la sábana y la mente. Evelín fue otra vez un blancor sin espuma, una espalda brillante, una odiosa toalla. Ella tenía diecinueve años. Yo tenía ocho. La primera mujer que vi desnuda fue mi tía Evelín. La primera y la última.



Amigos en el Estadio




El trío de los paticos en la pizarra del Latino: dos bolas, dos strikes, dos outs, bases llenas, Germán Mesa al bate, el juego cinco a tres a favor de Santiago, los jardineros juegan cortos, el pitchersaca el pie, la parte izquierda del Latino grita, aplaude, anima a Germán Mesa, el pitcherse prepara, hace el wind up, Germán lleva de 3-0 y un ponche, algunos piensan que era mejor poner un emergente, ¡bola!, la algarabía crece en el estadio, Emilio agita su gorra militar y grita por encima de la trompeta santiaguera, los jardineros dan un paso atrás, Germán Mesa toma tierra, se frota las manos, el pitcherse escupe los dedos, frota la pelota, Roberto grita por encima de la voz de Armandito el Tintorero, Germán vuelve al cajón, el catcherhace señas, el coacherde tercera también hace señas, el pitcherse prepara, Alcibíades grita y aplaude por encima de los gritos de Roberto y Emilio, todos están de pie, tres bolas, dos strikes, dos outs, la cuenta máxima, con el próximo lanzamiento saldrán los corredores, momento de tensión, el ala izquierda del Latino anima a Germán y el ala derecha anima al pitcher, que hace un nuevo wind up, que lanza... ¡strikecantado… el tercero!, y no se oyó la voz del locutor en el estadio, pero todos la imaginaron, la intuyeron, voz ronca y emotiva, ¡strikecantado!, y el ala izquierda del Latino chirría, se queja, baja el tono, mientras el ala derecha grita enfebrecida, aplaude, y algunos niños se lanzan al terreno, y Emilio aprieta su gorra militar con un ¡coño! (bajito) y Roberto se deja caer sobre el banco en silencio, y Alcibíades observa cómo Germán se aleja y tira el bate contra el muro del dogout, los tres hacen lo mismo, observan a Germán mientras los santiagueros se llevan en andas a Ormary Romero.
Vaya, otra derrota de Industriales a la hora buena.
Coño…
Vaya, otro play offpara la mierda.
Y todos los del ala izquierda del Latino se van alejando, cabizbajos, mientras los tres ex estudiantes de La Coubre se quedan mudos, solos, sin moverse, a varios metros uno de otro, formándose sobre sus cabezas, entre las de otros aficionados, un enorme triángulo isósceles, triángulo en el que Emilio inicia la triste hipotenusa que termina en Roberto, y Roberto inicia un funesto cateto que llega hasta Alcibíades, y Alcibíades inicia otro infeliz cateto que termina en Emilio, los tres llenos de bases y vértices y ángulos rellenos de frustración, de impotencia, hasta que se levantan, a la vez, y se descubren, a la vez, pero no mutuamente, cada uno ve a uno pero no ve al otro, Alcibíades ve a Emilio y se queda mirándolo, Emilio ve a Roberto y le da un vuelco el ánimo, Roberto ve a Alcibíades y camina hacia él, sin saber lo que hace, sin recordar que es su enemigo, ya nada puede ser peor que el ponche de Germán, piensa, mientas sortea los tres bancos que lo separan de su ex compañero de aula, y Emilio va a gritarle, ¡Róber, Róber, espérame!, pero no tiene fuerzas, ánimo, se limita a seguirlo, él no ha visto a Alcibíades todavía, y Alcibíades no lo ha visto a él, piensa que Emilio se le va a escapar, que lo pierde, y se anima a gritarle:
¡Espera, Emilio!
Roberto cree que Alcibíades ha olvidado su nombre, que lo ha confundido con su viejo amigo, hasta que los seis ojos se vuelven un solo flujo visual equilátero, pequeño triángulo óptico, y la sorpresa de encontrarse después de tanto tiempo, y en el Latino, aunque sea con aquel espíritu derrotista y afligido, se traduce en un saludo escuálido:
Qué bola.
En un poco efusivo estrechón de manos.
En un plano comentario beisbolero:
Vaya mierda, ¿no?
En un alejarse rumbo a la puerta los tres juntos, en silencio, tríada de industrialistas derrotados, triunvirato de incrédulos, terna triste.
Salieron por la puerta principal y atravesaron el parque editando, juntando, acumulando en sus oídos los comentarios en voz alta de otros decepcionados.
Vaya mierda.
Tenían que haber puesto un emergente.
Siempre es igual.
Ahora sí, ¡este es el último año que soy industrialista!
Santiago es mucho equipo.
Vaya mierda.
Sólo entonces se detuvieron, se miraron, se dieron cuenta de que eran ellos, Alcibíades, Emilio, Roberto, que estaban juntos en un mismo espacio, unidos por un mismo dolor, por ese último strikeque había atravesado sus pechos a la vez, que los había cosido con el hilo grueso de la desilusión, tan bien cosidos que ahora no podían zafarse, ni siquiera moverse con independencia, y al menos Roberto y Emilio seguían siendo amigos, vecinos, compañeros de charlas cada quince días, pero Roberto y Alcibíades nunca más, nunca, y Alcibíades y Emilio nunca más, nunca, por eso Alcibíades se sentía peor que ellos, oveja negra, rara avis, el apestado, precisamente ahora que llevaba aquel rectazo de Ormary atravesado en las costillas, no sabía qué hacer, si ya no hablaban de Germán, si ya no se quejaban de Industriales, no sabía qué decir, cómo, con qué motivo, así que se detuvo frente al bar Dragón de Oro, miró a Roberto (fíjense bien, a Emilio no, a Roberto), y le dijo, sin pensarlo dos veces:
Asere, te invito a un trago, esa última pelota hay que bajarla a golpe de Bocoy o Legendario.
Roberto se tomó los tres primeros tragos casi sin respirar, en silencio, y Emilio y Alcibíades se tomaron los tres primeros tragos haciendo análisis profundos sobre el destino de Industriales, su bancarrota espiritual, exculpando a Germán y elevándolo a la categoría de víctima del Síndrome del Industrialismo Derrotado A priori, enfermedad que todavía no tenía cura, pese al esfuerzo de miles de científicos, vacunas preventivas, tratamientos de choque, a pesar de internar a los más afectados en el Sanatorio de Mulgoba, el Industrorio, pese a cambiar constantemente de mentor, y a que cada nuevo managerprometiera lo mismo, que esta vez sí iba en serio, enfermedad escurridiza porque el virus mutaba constantemente, unas veces tenía forma de soborno, de juego vendido al enemigo, otras veces forma de balsa hacia Florida, o de peloterazos que se quedaban para siempre en cualquier país donde jugaban, o de lesiones definitivas, slumpsinacabables, ausencia de un verdadero cuarto bate, virus cabrón que traía enloquecido a toda la comunidad industrialista, especialistas y aficionados, peloteros y familiares de peloteros, el ponche de Germán es sólo eso: la última cara de la grave enfermedad del equipo, y brindaron sin saber por qué, vasos que chocan, bocas que beben, comentario de Alcibíades mirando a Roberto:
Yo no sabía que te gustaba la pelota.
Respuesta de Roberto mirando a Alcibíades:
Tú no sabes nada sobre mí, no me conoces.
Intervención de Emilio, mirándolos a ambos:
Cuánto tiempo ha pasado, ¿no?
Olían como machos malheridos, malbebidos, ya estaban a punto de cantar boleros, pero ningún bolero le pegaba al tema, ni Benny, ni Contreras, ni Feliciano, ni María Elena Pena, nadie le había dedicado un bolero al equipo que más corazones destrozaba cada año, así que si querían ser borrachos perfectos, quejumbrosos y todo, nostálgicos incluso, tenían que cambiar de asunto, además, ya era hora, y el primer movimiento lo hizo Emilio:
Bueno, ¿y qué ha sido de tu vida, asere, qué haces?
Alcibíades aceptó esa recta bajita y en la esquina de afuera, se colocó más separado del cajón de bateo, hizo tres swingsal aire, y contó que su vida era un poco rutinaria, que seguía en la Preparatoria Militar para poder irse a Moscú, que tenía una novia hermosa, periodista, de nombre Lourdes, que no se había encontrado en el último año con casi nadie de la Beca, y pensó que aquella andanada de trivialidades, dichas con desgano, era un gran hitpor encima de la cabeza de Emilio, o mejor, un tubey por encima de la cabeza de Roberto y Emilio, pero entonces fue Roberto quien se paró en el box, hizo un wind upimperceptible y le lanzó una sliderpor el centro:
Pues nosotros también, estamos en lo mismo, en la rutina.
Pero Alcibíades sacó los brazos rápido, rapidísimo:
¿Qué, tienen novias?
Emilio se acordó de Germán Mesa, recordó que Germán se podía ponchar, pero que era una bestia con el guante en la mano, y saltó como un bólido a fildear esa línea:
Eh, ¿qué tú piensas, que eres el único que liga?
Y los tres se rieron y bebieron un trago, ¡tremendo fildeo!, felicitaciones y choque de manos. Pasó un ángel sobre el terreno, revoloteó unos tres segundos, y Emilio volvió al bate:
¿Y Zuliesky?
Strikecantado en la esquina de adentro
No la he visto más.
Roberto se removió en su silla sin dejar de mirar a Alcibíades, mientras Emilio se acomodaba en el montículo para el segundo lanzamiento:
¿Pero ya no son novios?
Strikesegundo, recta dura a la altura de las letras.
No, nos peleamos.
Alcibíades y Roberto beben a la vez, mientras Emilio levanta la pierna izquierda, lleva las manos a la altura del pecho, se impulsa y lanza por tercera vez:
Y yo que pensé que ustedes iban a casarse.
Striketirándole, el tercero, vaya cambio de bola, lo engañó por completo, lo sorprendió, a quién se le iba ocurrir que tiraría un cambio por el centro estando en dos y cero.
Emilio bebió un largo sorbo de Bocoy celebrando ese ponche, el importante outveinticinco de ése, su juego tripartito, mientras Roberto cogía la pelota en sus manos y trepaba en el box, con su estampa antiatlética, con su estirpe de sabio apto para todo menos para pitcherrelevista. Frotó la bola dos, tres veces, hizo un wind upde aficionado y lanzó hacia el plato.
Era linda Zuliesky, ¿verdad?
Desconcertado el bateador se lo dejó cantar: strikeprimero.
Luego miró con ojos de boxeador al nuevo pitcher y se preparó para el segundo lanzamiento.
Oye, hacían tremenda parejita; te lo digo en serio
Y se dejó cantar de nuevo el lanzamiento, una rectica boba, por el centro, pero estaba demasiado encajado esperando la dura: strikesegundo.
Alcibíades se separó del cajón de bateo, escupió, cogió tierra, se acomodó los huevos, y ahora sí se dispuso a darle un buen batazo a ese pitcherde mierda. Pero Roberto era muy técnico, a lo Euclides Rojas, se demoraba, sacaba el pie, se tocaba la gorra, el muslo, el pecho, hasta que Alcibíades movió el bate para pedir tiempo, y el árbitro, Emilio, no se lo concedió, y Roberto, el pitcher, lanzó lo más rápido que podía, recta pegada y alta:
Porque Zuliesky sí que estaba buenísima.
El bateador rompió mal la cadera, hizo tan solo medio swing, pero pasó el bate, y no hubo que consultar al árbitro de tercera, Emilio lo cantó, levantó el brazo: ¡strikecantado, el tercero!
El bateador se separó del cajón de bateo, furioso, quería reclamar, pero sabía que se jugaba una expulsión si protestaba. Aceptó el ponche, fue hasta la barra y buscó ron, para él, para el pitcher, para el árbitro, tres Bocoy dobles porque ya no son niños, son hombres y están solos, en un bar, emborrachándose.
Roberto y Emilio están a un outde la victoria, y Alcibíades lo sabe. Le jode. Le preocupa. Pone los vasos sobre la mesa y va hacia la batera. Escoge un nuevo bate. Emilio pide la pelota, quiere cerrar el juego, pero Roberto está envalentonado, dice que de eso nada, que él no abandona el boxhasta que todo acabe. Alzan los vasos, brindan, y el choque de los vidrios suena a play.
¿Recuerdas que por poco nos fajamos por ella?
Alcibíades sonríe: bola afuera.
Éramos unos chamas, bróder, sólo así se entiende.
Alcibíades ya no se siente un chama, ni los ve a ellos como chamas; ahora son hombres olientes a Bocoy, en el noveno iningde un partido importante, el juego decisivo de ese campeonato particular de remanencia adolescente.
Todos estaban enamorados de ella, hasta los profes.
Alcibíades lo miró a los ojos:
¿Tú también, Roberto?
Bola afuera, la segunda.
Hay tensión en el bar, los borrachos de las otras mesas, los cantineros, los transeúntes, todos se han detenido a mirar este final de juego.
Yo más que nadie, ¿qué pensabas, bróder?
Strikeprimero. No la esperaba, recta al centro, a la altura de las rodillas.
Emilio bebió un trago. Alcibíades lo imitó y acto seguido hizo dos swingsal aire. Se acomodó de nuevo en la caja de bateo. Roberto no bebió, se ensalivó los dedos, frotó la bola, lanzó de nuevo, esta vez una slider:
¿Sabes si tiene novio ahora? Me encantaría verla otra vez.
Strikecantado, el segundo. Rompimiento perfecto, la bola parecía que le iba a dar al bateador, pero rompió hacia el centro.
Emilio pide tiempo, limpia home, se coloca tras el plato de nuevo. El momento del juego es muy tenso: dos outs, dos bolas, dos strikes, el trío de los paticos en la pizarra, noveno ining, a un outde la victoria, y un cuarto bate como Alcibíades en el cajón de bateo, y un pitcherrelevista como Roberto en el box.
Se hace silencio. Beben. Roberto se prepara y lanza con todas sus fuerzas, casi con rabia:
No serás tan celoso todavía, ¿no?
A Roberto le da valor saber que el árbitro es Emilio, su socio Emilio, por eso lanzó al centro esta pregunta, pero le quedó alto el lanzamiento: ¡bola! Y van tres. Cuenta completa. Momento mucho más tenso ahora: tres bolas, dos strikes, dos outs, noveno ining, Roberto en el montículo y Alcibíades bateando.
Uno se quita el guante y el otro suelta el bate, ambos escupen, cogen tierra de nuevo, se frotan las manos, se acomodan los huevos, se miran, se demoran. Ya vuelven a sus posiciones. Esto se está acabando. El público ha dejado de silbar, de aplaudir, de gritar: sólo mira. El árbitro levanta el brazo, play. Y ahí viene el lanzamiento, recta al centro de nuevo. Swingenorme:
Pero si yo pensaba que tú eras maricón, asere.
Roberto levanta la cabeza y ve pasar la bola, que se va elevando, se va elevando, se va, se va, se va... ¡y se fue!
Jonrón de Alcibíades en el noveno ining.
Roberto queda tendido al campo, mudo, con los brazos cruzados, mientras Alcibíades le da la vuelta al cuadro, sonriendo, y mientras corre sigue disfrutando el efecto del batazo:
En serio, bróder, yo pensé que eras cherna, pero me alegro un cojón de haberme equivocado.
Y cuando pisa home, levanta el vaso, se lo acerca a Roberto, brinda con él y se vuelve hacia al árbitro:
¡Por nosotros! Porque sigamos siendo amigos para siempre.
Y beben, y sonríen, y se abrazan como lo que son, borrachos, Alcibíades feliz por haber ganado el juego, Roberto feliz por haber estado a punto de ganarlo, Emilio descontento porque los árbitros, pese a ser árbitros, tienen también su corazoncito, su equipo preferido, y aunque la ética deportiva les impida hacer trampas, los obligue a tener una enorme aureola de imparcialidad sobre la cabeza, él hubiera querido que Germán Mesa diera un hit, sólo un hit, en aquel fatídico noveno ining, y que Alcibíades, el jodido Alcibíades, se hubiera ponchado.


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