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(Juan Bonilla)

Del Blog de Díaz-Pimienta

may
01

POEMAS A MI MADRE: un homenaje a todas

Publicado por Alexis Díaz Pimienta el 1 mayo 2011 a las 6:39 pm

Durnante años, yo, como casi todos los poetas, he volcado en versos, el cariño, las dudas, los miedos, la nostalgia, todo lo que me ha relacionado con mi madre. Pero esos poemas, de distintas etapas de mi vida, viven dispersos en distintos libros. Aquí, por primera vez, junto algunos de esos poemas, y los comparto con ustedes, y con ella, especialmente.


Fuente de foto: Google Imágenes

Sonetos nerudianos viendo a Natalia embarazada y evocando a mima

I

Desde el fondo de ti y arrodillado
el niño escucha a Mozart y a Sabina,
oye a las vendedoras del Mercado,
siente el canto del agua en la cocina.
Desde el fondo de ti y arrodillado
el niño oye tu voz, y se imagina
que es su propio sonido amplificado,
que es él quien canta, tose, habla y camina.
Desde el fondo de ti, acurrucadito,
va intuyendo que el mundo que le espera
tiene música y ruido, arrullo y grito.
Desde el fondo de ti, como si fuera,
un acústico imán, un pedacito
de partitura virgen que naciera.

II

Desde el fondo de ti y arrodillado
el niño oye tu voz y tus latidos,
te va identificando por sonidos,
se queda de esa música impregnado.
Cuando salga de ti, cuando acostado
esté en los blandos y olorosos nidos
que nosotros, con todos los sentidos
puestos en él, hayamos preparado,
tu serás caracola, madre-valva
con su memoria acústica en el vientre.
No te alejes de él, no te separes.
Si no siente tus sístoles, ¿quién salva
la pre-memoria que tejiera entre
la amniótica armonía de tus mares?

III

Desde el fondo de ti y arrodillado,
con un dedo en la boca muchas veces,
el niño oye durante nueve meses
lo dicho, lo pensado y lo soñado.
Desde el fondo de ti y arrodillado
sabe cuándo de gusto te estremeces
y cuándo de disgusto, aunque atravieses
la mágica gordura de tu estado.
Por eso, al darme cuenta, me he sentido
doblemente envidioso y excluido.
De un lado, por lo ajeno que es ser padre.
Y de otro, por tener tan olvidada
gran parte de la música escuchada
arrodillado al fondo de mi madre.



Foto: 1966.


sentados
(de izquierda a derecha):
mi padre jesús
mi suegra lola
y mi hermano mayor
celebran que he nacido

de pie
(de derecha a izquierda):
el niño yo
el joven yo
y el viejo yo
miramos a la cámara

agachada (delante)
mi madre que sonríe
y nos compadece


Confesión


Mi madre ha envejecido por mi culpa.
Cuando me acerco a ella
hay sonajeros roncos
trompos muriendo de fatiga
nuestros ombligos se miran como desconocidos
su cansancio es la suma de todas mis andanzas.

Mi madre ha envejecido por mi culpa.
Yo soy su cura y su verdugo.



Versos al padre (fragmento, XI)


Hay momentos del día, instantes,
en que toda la muerte de mi padre me cae encima
y no puedo más que bajar la cabeza
y empezar a morirme.
Momentos en que respirar parece una traición
y los pájaros arremeten a picotazos contra el aire.
Miro a mi madre, y la veo tan cerca del misterio...
Pregunto a mis hermanos
cuál de todos sobrevivirá a los otros,
quién cargará tantas fotos y cruces,
pero ellos callan, ellos no saben,
ni siquiera han pensado en la idea de sobrevivirnos
(como si todos fuéramos a morir de golpe.)
Madre se queja del corazón y el tiempo.
Madre sí, sólo pide no sobrevivirnos.
Todos somos el futuro de alguien y el pasado de otros.
Madre lo sabe bien, y nos lo dice.
Claro, hermanos, nos veremos morir,
como mismo hemos visto morir a los tíos,
esa lenta extinción de nuestra infancia.
Y seremos, nosotros también,
una lenta extinción de la infancia en nuestros hijos.


Albertina no se pone vieja


Hoy he caminado con mi madre por lo que fue su barrio.
La calle Infanta sigue igual, dice,
solo que están más sucias las paredes,
se han caído demasiadas columnas,
no hay letreros ni anuncios lumínicos
ni venta de refresco y panes con bisté
ni putas que se ofrecen en las puertas de sus casas
ni patrullas que asusten a las adolescentes.
Ya ni siquiera sigue el gordo Luis, dice, herniado,
sentado en el portal, contando guaguas.
A mi madre no la dejaban andar por estas calles
porque era joven y decente, negra y decente,
virgen y decente, así que caminaba
más de lo necesario para ir hasta su escuela.
El edificio de Carteles —dice— sigue pintado igual.
Y ésta era la bodega del gallego Joaquín
dice— que le ponía sombrero a su mujer
para que nadie la mirara. Mi madre no se emociona,
habla como una exploradora con catacumba propia.
La observo: falda corta, de cuadros, plisada,
zapaticos de correas,
moños trenzados y delgadez extrema.
A esta hora mi padre está en Pinar del Río
con un machete en alto, tumbando cañas
que luego venderá en la plaza de Cuatro Caminos,
a unas cuadras de Infanta, sin que mi madre sospeche
que el guarapo conque calma su sed la llenará de hijos.
Mi padre ni siquiera sabe, a estas alturas,
cómo se cruza Infanta. Ignora, incluso, que el barrio Pajarito
es un barrio de putas, y que por eso no se puede encontrar
con mi madre mientras arrastra su carreta.
Son los años cincuenta.
El cabaret Las Vegas se inunda de jazz
y recostados sobre las victrolas
lloran a coro todos los borrachos de la Habana Vieja.
Errol Flyn se bate a muerte con Beny Moré,
y José Antonio Echevarría detiene los relojes del país
en el preciso instante en que mi padre
cruza Infanta por primera vez
y ella le da las gracias por cargarle los libros.
Entonces, él la invita a un primer vaso de guarapo fresco.
Luego, mi madre supo que a José Antonio
lo acribillaron en la escalinata,
que La Lupe puso a temblar Las Vegas,
que el joven del guarapo se llamaba Jesús.
Y todo en este barrio, dice,
un sitio de La Habana que sigue igualitico igualitico,
sólo que ella ya no tiene quince años.



Madre en la cocina (o Magia en bruma)


I


Madre lava el arroz como Dios manda,
con gestos de cerámica y espuma.
Única, inmemorial, como quien anda
tejiendo un sortilegio que resuma
nuetra historia del hambre. Madre agranda
la luz de la cocina. Quien consuma
ese arroz que ella escoge, lava, ablanda,
sabrá el secreto de su magia en bruma.
Manos providenciales, tenues manos,
eterna ceremonia vespertina.
Su voz se va mezclando con los granos.
El humo hace que tiemble una cortina.
Madre lava el arroz, y entre sus manos,
Se almidona la luz de la cocina.

II


Mi madre se preocupa demasiado:
la ventana, el fogón, la madrugada.
Y el sicólogo dice que no es nada:
es la edad, el cansancio, lo pasado.
Mi madre se preocupa demasiado:
tan madre, tan mujer, tan arrugada.
Y el sicólogo dice que no es nada:
el susto, el diazepám, el «ten cuidado».
Las madres envejecen de querernos,
de intuir el peligro en las esquinas,
de zurcir sus ojeras para vernos.
Coleccionan sillones y cocinas,
repiten sus temores a perdernos,
tejen toda su magia entre neblinas.



  1.  

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