"Uno de los mejores narradores cubanos de la hora presente"
(Juan Bonilla)

Del Blog de Díaz-Pimienta

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PRIMER ENCUENTRO CON FEDERICO EN NUEVA YORK

Publicado por Alexis Díaz Pimienta el 11 enero 2017 a las 11:59 am


(De mi libro Retrato de Nueva York)




Mi encuentro con Federico
ocurrió de madrugada.
Era una sombra sentada
debajo de un abanico.
Olía a poeta rico.
Me acerqué. No puso un pero.
Y a dos versos del sombrero
susurró: ¿lo ves, se nota?
Hay una gota, una gota,
de sangre de marinero.

Por debajo de las sumas,
hay algo que nos gobierna:
un río de sangre tierna,
un mar de sucias espumas.
“No consumas, no consumas”,
me aconsejó, me rogó.
Y al instante me explicó
cosas que yo no sabía,
o que saber no quería,
o que no se qué, o que no...

Debajo de las multiplicaciones,
en el alba mentida de New York
me llamo Federico García Lorc,
a pesar de las malas traducciones.
Ahora todos visitan mis rincones,
ahora todos me leen, vaya celo.
Nueva York sigue siendo niebla y vuelo
y los trenes de rosas maniatadas
y la curva feliz de las miradas
pero yo no he venido a ver el cielo.

Nueva York, la ciudad indiferente,
que levanta sus montes de cemento
me parece pequeña por momentos,
me parece ridícula, inocente.
Debe ser angustioso tanta gente
hollándote, babeándote las rutas.
Tantos taxis, banqueros, hackers, putas,
estudiantes, turistas, golondrinas
y al final, cuando cruzas dos esquinas,
no es la muerte, es la tienda de [las] frutas.

Todos los días se matan
en Nueva York -fríos datos-
cuatro millones de patos
que las lenguas abaratan.
Todos los días maltratan
cinco millones de cerdos,
diez millones de recuerdos,
dos mil millones de fotos,
un billón de humo de motos,
un trillón de no-me-acuerdos.

Dos mil palomas al día
para los agonizantes
y tullidos caminantes
de la mega-travesía.
¿Esta vaca es tuya o mía?
¿Mugido en bistec o en callos?
¿Se comen los guacamayos?
¿Se comerán los zancudos?
Vendo un millón de hombres crudos
y dos millones de gallos.

Y tantas cocciones dejan
los cielos hechos añicos.
Tan solo los Federicos
escriben y no se quejan.
Más vale cuando se alejan
sollozar solo, en voz baja,
afilando la navaja
o asesinar a los perros
en cacerías y encierros
a la hora en que no trabajas.

Mas te vale resistir
en la [fría] madrugada
tú, que no comprendes nada,
de lo que cuesta vivir.
Sí, más te vale escribir,
poeta, así te entretienes.
Hay interminables trenes
de leche (muy saludables)
Hay trenes interminables
de sangre. ¿Te vas o vienes?

Los ricos, los pordioseros,
(en diferentes idiomas),
los patos y las palomas
los cerdos y los corderos,
los nativos, los viajeros,
los listos y los idiotas,
hoy todos ponen sus gotas
de sangre entre los renglones
de las multiplicaciones,
de las carótidas rotas.

Los terribles alaridos
de las vacas estrujadas
ensucian las madrugadas
y taponan los oídos.
Claro que hay sordos dormidos,
inclusive, en plena calle.
Y que por más que se ensaye
la obra siempre acaba mal:
los gritos del animal
llenan de dolor el valle.

Donde el Hudson, pobrecito,
se emborracha con aceite
se habla del raro deleite
que causa llorar bajito.
Casi nadie escucha el grito,
la frecuencia es imposible.
Pero yo, bardo intangible,
sin importarme la hora
denuncio a todo el que ignora
la mitad irredimible.
Y laten corazones, negros cuadros,
de los animalitos que se olvidan.
Ya todos caerán sin que lo pidan
en la fiesta final de los taladros.
Pongamos los poemas en recuadros.
Pongamos el amor en cuarentena.
Federico estornuda y me da pena.
Federico habla, bala, gruñe, muge.
Federico me pide que lo empuje.
Es más, no me lo pide, me lo ordena.

“Os escupo en la cara”, grita triste
un flaco Federico, despeinado.
La otra mitad escucha demasiado
feliz para la sangre con que viste.
Un flaco Federico escupe, insiste,
los observa con rostro y voz de mando.
Algunos devorando, otros cantando,
algunos mal volando en su pureza.
Federico se rasca la cabeza.
Yo paso. Me dan náusea. Estoy llorando.
No es el infierno, es la calle.
Hay niños abandonados,
mundo de ríos quebrados
y sufrientes al detalle.
Dondequiera que me halle
hay gemidos inaudibles
y distancias inasibles.
Dondequiera, ya lo sabes.
Mas podrían ser más graves,
mucho más indigeribles.

Todo lo quieto está móvil.
Todo es eterno hace rato
en la pata de ese gato
[que ha quebrado] el automóvil.
Todo humano queda inmóvil
y hay un dolor de raíz.
El canto de la lombriz
se oye desde el corazón
de muchas niñas que son
la misma niña infeliz.

Óxido, fermento, tierra
estremecida. Dolor.
Fermento. Óxido. Sudor.
Taladro. Escalera. Sierra.
¿Con quién estamos en guerra?
se pregunta el que camina.
¿La culpa nos incrimina?
¿O eres tú, como te llames,
que nadas por los infames
números de la oficina?

Y ahora yo, ¿qué voy a hacer,
ordenar [más] los paisajes?
¿Mezclar todos los lenguajes,
la muerte con el placer?
¿Y ahora cómo renacer?
¿Qué hacemos ahora, señores?
¿Ordenar [más] los amores
que, por si no lo sabías,
luego son fotografías,
simples tomas exteriores?

Son pedazos de madera
y de sangre a bocanadas.
Son cabezas degolladas
y lágrimas en la acera.
El próximo pez que muera
tendrá ron en las espinas.
Hay moho en las cartulinas
y ojeras en cada anuncio.
No, no; yo [mejor] denuncio,
estas frías oficinas.

Yo denuncio la conjura,
los programas de la selva,
hasta que alguien nos devuelva
un pedazo de cordura.
Yo denuncio la locura
de las gafas coloreadas.
Yo denuncio las miradas
furtivas del bienvenido
Yo me ofrezco a ser comido
por las vacas estrujadas.

Y por lo cerdos rollizos.
Y por lo viejos carteros.
Y por los gordos obreros
que llevan ojos postizos.
Me ofrezco para chorizos,
lonjas de humano deleite.
Para que nadie se empleite,
yo denuncio y resucito
donde el Hudson, pobrecito,
se emborracha con aceite.

Y Federico se fue,
cabizbajo, pensativo.
Y yo quedé muerto “en vivo”,
con el corazón a pie.
Insepulto me quedé.
Me quedé anclado en la nada.
Y una anciana jorobada
al final me dijo: “Hombre,
no le has dicho ni tu nombre
al poeta de Granada”.

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Retrato de Nueva York es un poemario escrito en décimas ("decimario", decimos en Cuba), que recorre la ciudad de los rascacielos con los ojos del poeta y a la vez del turista, del asombro y a la vez de la desconfianza, de la soledad y a la vez del bullicio, devolviendo al lector otra mirada poliédrica y pasmosa de esta ciudad ya cantada por tantos poetas (Whitman, los poetas Beats, Lorca, Juan Ramón, José Hierro, etc.)


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