"Uno de los mejores narradores cubanos de la hora presente"
(Juan Bonilla)

Del Blog de Díaz-Pimienta

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PRISIONERO DEL AGUA: Capíulo 4.

Publicado por Alexis Díaz Pimienta el 24 octubre 2012 a las 5:07 pm

Prisionero del agua es, sobre todo, una historia de amores imposibles, la historia de Enildo Niebla, el único balsero que huye de Cuba por el un motivo que nunca saldría en la prensa a ninguno de los dos lados del estrecho: por amor a la hermosa y escurridiza Yindra Skármeta. Pero también es un pretexto para retratar La Habana menos conocida, la vida de la ciudad en sus barrio más humildes, periféricos, y en situaciones tan cotidianas como el paso de un ciclón o un huracán tropicales. 

Aprovechando que hoy, 24 de octubre de 2012, anuncian que un nuevo Huracán, Sandy, amenaza las costas de Cuba, comparto con los visitantes de mi Cuarto... el Capítulo 4 de mi novela Prisionero del agua, cuando un Enildo Niebla de pocos años, vive de cerca las "lindezas" de un ciclón en su pintoresco barrio del Mirador del Diezmero.



PRISIONERO DEL AGUA. Una historia de amores imposibles.

Prisionero del Agua. Capitulo 4.




Aquel domingo había amanecido con un sol demasiado débil, con un aspecto raramente otoñal en pleno julio. Al llegar el mediodía en los portales de todas las casas de calle Primera la ropa lavada se oreaba bajo el golpe de un viento desacostumbrado. El cielo gris, nuboso, y el viento fuerte, presagiaban la llegada de un aguacero que no comenzaría sino en la madrugada del lunes y que no cesaría hasta el jueves por la tarde, cuatro días después, una tormenta que nadie sospechó, ni siquiera el meteorólogo del noticiero que sólo había hablado, como casi siempre, de marejadas peligrosas en la costa norte, temperaturas altas y aislados chubascos. Sólo la fina nariz de Enildito descubrió, desde el primer momento, la tremenda tormenta que se avecinaba; su nariz, sus pulmones de asmático, comenzaron desde por la mañana a advertir grandes lluvias y tormentas eléctricas. 

A las 4 y 30 de la tarde de aquel domingo, cuando aún no había caído ni una gota de lluvia, todos los muchachos del Mirador del Diezmero corrían calle arriba y calle abajo, felices con aquel clima otoñal tan agradable, con aquel aire perfecto para empinar los papaguapos, las picúas, los coroneles y la tan socorrida chiringa, tan fácil de hacer, tan asequible a todos, nada de varillas de cedro o de güín, nada de tanto rabo, de tanto frenillo, de tanto hilo; basta con la hoja central de una libreta de Enildito o de Pasi, basta con un pedazo de hilo de coser pedido o cogido del cuarto de La Abuela o de la madre de Pasi; basta una leve carrera de impulso en sentido contrario al que sopla el viento, para que la chiringa se eleve gozosa por el aire, más alta que los techos, esquivando los cables del alumbrado público y los gajos de los pinos. La chiringa de Enildo es la mejor de todas (para Enildo). La chiringa de Pasi es la mejor de todas (para Pasi). La de Enildo se eleva más. La de Pasi «cambea» más. Pero la chiringa de Pepe, el niño orientalito que se mudó para el fondo del callejón de Freire, la del chiquito nuevo en el barrio, ni «cambea» mucho, ni es linda, ni se eleva por encima de postes y techos, pero tiene cuchilla, después del noveno papelillo del rabo tiene atada una cuchilla negra, y muy pronto caerá la chiringa de Pasi, allá lejos, sobre un tanque de la basura, y habrá molote de muchachos gritando ¡al boli, al boli, una chiringa al boli!, corriendo a tropezones para ver quién la coge; y muy pronto caerá también la chiringa de Enildo, cortada por dos partes, en medio de los muchachos cazadores de papalotes y chiringas que se van a bolina; y muy pronto el niño nuevo, Pepe, el oriental que se mudó para el fondo del callejón de Freire, se reirá escandalosamente, feliz de ser maldito, feliz con su chiringa que es el terror de todos, y moverá con fuerza su chiringa pirata mientras Pasi corre lloroso a recoger los restos de la suya como un cadáver íntimo, a arrebatarle a los otros los pedazos de papel, los trozos de hilo; muy pronto el niño nuevo gritará para que todos lo oigan, ¡yo soy el mejor, soy el mejor!, y Enildo saltará furioso sobre su cuello, sorpresivamente, y se enredarán a golpes durante varios minutos, se empolvarán, se rasgarán las ropas sobre la dura calle de gravillas, entre un corro bullicioso de niños que gritan y estimulan a uno y a otro, ¡arriba, Enildo!, ¡dale duro, negrito!, hasta que los dos sienten que alguien los levanta en vilo, a cada uno por un brazo, y ese alguien resulta ser la madre de «el orientalito», que grita y los zarandea fuertemente a los dos, con más fuerza que ambos. 

Así recuerda Enildo Niebla su primer encuentro con Pepe Gibara. Pero aún recuerda más. Recuerda que la madre de «el orientalito», o sea, «la orientala», fue a darle las quejas a La Abuela, Pepe en un brazo y Enildo en el otro, y le mostró en qué estado se encontraba su hijo, sucio, magullado, lloroso, con sangre y tierra en los codos y el vientre, e inmediatamente después señaló al culpable, al niño malo que atacó a su hijo, fue su nieto, señora, mírelo ahí, tranquilo, tranquilito, apenas despeinado y con la ropa un poco sucia, pero sin un arañacito, señora, y recalcó que su Pepito era más chico, era mucho más chico, todo esto dicho con un énfasis y un tono tan doloroso y convincente que La Abuela terminó rogándole que se sentara, que se calmara, trajo agua, café y le ordenó a Enildito encerrarse en su cuarto, castigado, «hasta que yo me acuerde». 

Las dos mujeres entablaron una conversación tan amistosa que parecían conocerse de toda la vida, mientras Enildo miraba, por la rendija de su puerta entreabierta, lleno de rabia, como «el orientalito» jugaba con sus carritos plásticos. 

Años después, Enildo y Pepe Gibara se reían recordando todo aquello; Gibara se reía de haberle roto las chiringas y haber salido absuelto, de haber jugado con sus carritos plásticos en sus propias narices, de imaginarse todavía a su madre y a La Abuela, sentadas después de todo a conversar de cosas que nada tenían que ver con ellos y la bronca. Pero Enildo se reía de algo más: le daba risa la paliza que le había dado aquel día a ese grandulón que hoy es Pepe Gibara, le daba risa constatar como Pepe, siendo más joven que él, siendo «mucho más chico», ya le sacaba una cabeza de estatura, varias libras de peso y varios centímetros de ancho, todos estos centímetros repartidos entre bíceps, tríceps, pectorales... 

Aquel domingo de julio con cielo otoñal el Diezmero siguió siendo un lugarejo agitado y monótono. La chiquillada se sentía feliz, retozona: unos jugaban a las bolas, otros empinaban sus chiringas y sus papalotes corriendo calle abajo o desde la punta de la loma del Mirador, y entre juego y juego sorbían durofríos, chupaban pirulíes, mordían crocantes chiviricos, crujientes chicharritas, se enmelcochaban las manos y las bocas con cremitas de leche, merenguitos, coquitos, cuanta chuchería expendiese la clandestina gastronomía arrabalera, viejas y amas de casa que se ganaban sus quilitos endulzando la infancia de los chicos del barrio; los mayorcitos jugaban pelota, a la mano, en la esquina, o soñaban ser José Figuerola o Jesse Owens dándole vueltas a la rotonda de la cafetería, estorbándole con sus carreras a los hombres que pasaban arrastrando grandes carretillas con tanques de agua, monotonía diaria de ruido metálico, rostros fatigados, agua cayendo por el borde de los tanques hacia el pavimento y provocando que los pequeños atletas resbalasen y perdiesen el paso, a punto ya de llegar a la meta. A los muchachos les alegraba ver que ellos corrían en aquella ilusión de campo y pista, mientras los hombres sudaban arrastrando grandes y rústicas carretillas con tanques de agua. Ese desfile escandaloso de hombres halando o empujando aquellos carros rústicos, le infundía a Enildo un terrible temor a ser grande, no quería crecer entre otras cosas para no formar parte de aquella caravana de abastecedores del agua doméstica. Por suerte, La Abuela había logrado que el tío Bárbaro, una vez por semana, les trajera en su Chevrolet dos botellones de agua potable para beber y cocinar, y además, la familia de Pasi, sabiendo que ellos eran un niño y una vieja solos, no se negaba a ofrecerles agua de su cisterna para el aseo y la limpieza de la casa. 

Aquel domingo nublado desde el amanecer, las madres no llegaron a quejarse por la ausencia de sol desde temprano, ya que las ropas se secaban rápidamente gracias al fuerte viento, y además, lo agradable de la temperatura les hacía más fáciles los trajines hogareños. Pero ya a las diez de la noche comenzó a relampaguear constantemente, fucilazos cada tres minutos, y el aire se tornó húmedo y frío. Era una noche perfecta para que los niños se acostaran temprano y durmieran bien arropaditos, encogidos bajo las tibias mantas. Era una noche magnífica para que las abuelas, tan cargadas de años, arrugas y ropas, sudaran menos y se quejaran menos del calor del verano. Era una noche inmejorable para los novios y para los esposos, que tendrían, así, una justificación más para juntarse y darse calorcito. Era una linda noche de julio, agradable y tranquila, hasta que el viento enloqueció de pronto y comenzó a cerrar puertas y ventanas con golpes bruscos, a volar papeles y tumbar adornos de encima de los muebles y de las paredes; era una linda noche hasta que la lluvia calló, de golpe, sobre todas las casas. 

Ya la gente pensaba que no iba a llover. Desde media mañana amenazaba y nada. Sólo la nariz de Enildito, sus pulmones, no se equivocaron. Enildito había presentido el aguacero al despertarse. Y lo había corroborado cuando lo sorprendió la coriza mientras estaba castigado en su cuarto, viendo como «el orientalito» jugaba con su carros plásticos. Primero pensó que aquel líquido por la nariz era una especie de antesala al llanto que estaba tratando de aguantar todo el tiempo, llanto de rabia y de impotencia por lo de la chiringa y por aquella complicidad de La Abuela con los orientales, pero luego comprendió que no, que simplemente su nariz le advertía que iba a llover, y mucho. Y lo volvió a corroborar con los tres estornudos que le sobrevinieron mientras veía los muñes, a las seis de la tarde, cuando La Abuela «se acordó» del castigo; y lo volvió a corroborar con los dos estornudos de hacía unos momentos, ya metido en la cama y arropado. 

Durante toda la madrugada del lunes y todo el martes no escampó ni un minuto. Arreciaba, amainaba, arreciaba otra vez, amainaba otra vez, pero lo que se dice escampar, nunca. Ningún niño del barrio había ido a la escuela. Las calles estaban llenas de gente con capas, sombrillas, nailons, periódicos abiertos sobre las cabezas, vecinos que desafiaban la tormenta para ir a comprar pan o leche o mantequilla o huevos. Enildo, sentado en el umbral, a través de la tela metálica, observaba a los demás muchachos correr, retozar bajo la lluvia, y les gritaba cosas, sobre todo a Pasi y al orientalito. Veía, con cierta desazón, que incluso había niños más pequeños que él chapoteando en los charcos, capitaneando pedazos de madera y papeles que arrastraba el agua y que constituían sus navíos de guerra. Enildo envidiaba a esos otros niños que podían disfrutar de la humedad del agua, envidiaba aquellos rostros empapados, las camisas pegadas a las espaldas, transparentando sus cuerpos saludables; envidiaba aquellos pelos que goteaban, aquellos shorts empapados, y no podía evitar sentir un odio ingenuo hacia La Abuela, a su vigilancia estricta, a su manía de tocarle la frente cada cinco minutos para sorprender los indicios de fiebre, a su obsesión por contarle las toses diarias, los estornudos, las aspiraciones nasales de la mucosidad. Enildo soñaba con estar algún día en medio de un gran charco, ser, como aquellos niños, prisionero del agua, esclavo de la lluvia, tener todo el tiempo del mundo para esa dulce servidumbre, lejos de la aspirina, del aerosol y de los cocimientos. Ya tenía en todo el barrio fama de enfermizo. Una fama que le debía a La Abuela y que le acarreaba grandes sesiones de burlas entre los otros niños. Lo consolaba una conversación que había oído un día entre uno de los vecinos y La Abuela, uno de esos días en que el asma atacaba con toda su fuerza y La Abuela se desesperaba y no sabía hablar de otra cosa, a todo el que pasaba le comentaba lo mal que estaba el niño, pobrecito, temo que se me ahogue, ay, este nieto mío, siempre tiene algo, siempre está malito, y el vecino le dijo que no se preocupara, que eso hasta era bueno, que las personas que empezaban siendo niños enfermizos después resultaban ser adultos muy sanos, como si agotaran todas las enfermedades en la infancia para vivir una adultez tranquila. Enildo no recordaba exactamente quién había dicho aquello, pero lo consolaba muchísimo en medio de sus crisis, o cuando La Abuela extremaba, mortificadora, sus cuidados. 

El miércoles fue un día de lluvia total, de tos, de ahogo, y de radio encendida las veinticuatro horas, escuchando los partes meteorológicos, los movimientos del ciclón estival que había provocado tantas inundaciones en Pinar del Río, con cuatro muertos. Varias provincias, incluida La Habana, estaban en fase de alerta ciclónica, otras en fase de emergencia; sólo se oía hablar de miles de personas evacuadas, de inundaciones, de desaparecidos, de derrumbes, en Pinar, en La Isla, en Matanzas. O allí mismo, en la Virgen del Camino, en Cuatro Caminos, en Guanabacoa. La radio y la televisión eran la cosa más aburrida en esos días, todo el mundo dando consejos que parecían órdenes: limpien y destupan los tragantes, frieguen las azoteas y las alcantarillas, no intenten cruzar ríos, no caminen por debajo del tendido eléctrico, retiren las antenas, mantengan encendida la radio. Y La Abuela cumplía las indicaciones con una disciplina militar. Pero además de la radio encendía sus velas, rezaba a cuanto santo le venía a la mente y arropaba a Enildito. 

Al mediodía del miércoles el tío Bárbaro, el más pequeño de los hermanos Niebla, vino a traer algunos víveres para su madre y su sobrino, en uno de esos gestos de profundo sentido familiar que tenía a veces. Llegó empapado, trajo pollo, pan, leche, caramelos, y estuvo un rato hablando con La Abuela sobre ciclones y niños asmáticos. Se fue aprovechando un momento en que pareció que iba a escampar definitivamente, pero no hizo más que cerrar la portezuela de su Chevrolet 56, y el agua arremetió con tanta fuerza que parecían piedras las gotas rebotando sobre el techo del carro. 

Al poco rato llegó la madre de Pepe, con Pepe cargado, los dos tapados con un nailon negro y chorreando agua por los cuatro costados: habían decidido hacer una autoevacuación urgente, y como apenas conocían a ningún vecino, ya estaba ella explicándole a La Abuela las pésimas condiciones en que estaba su casa, que los que permutaron con ella la habían engañado, allí se filtra todo, señora, no se puede ni estar, escampa afuera y dentro sigue lloviendo durante cinco horas, en la cocina, en el baño, en la sala, encima de las camas y los otros muebles, es terrible, señora, todo dicho con el mismo tono lastimero y convincente de cuando aseguraba que su Pepe era demasiado chico para que Enildo le hiciera aquel destrozo. Y Pepe sin hablar, sólo mirando hacia el piso de la sala por si veía otra vez los carritos plásticos, y aceptando, con rabia, que ya a Enildo lo habían liberado del castigo. 

–Se moja todo, Abuela, todo, y las ventanas y las puertas no cierran bien, Abuela, entonces me da miedo de que este niño se me enferme. 

Fue la frase mágica. Con eso bastó para que La Abuela dijera que no se preocupara, que ella sabía bien lo que era un niño enfermo, séquense con esta toalla y siéntense, que voy a hacer café, no tengas pena. 

Así que finalmente el niño nuevo y Enildito hicieron las paces y olvidaron la reyerta del domingo con esa facilidad que solo tienen los niños para olvidarlo todo, sobre todo los odios, las ofensas, y terminaron jugando juntos con los carros plásticos, y una hora después compitieron puerilmente a ver quién terminaba de tomarse primero la sopa, porque el que gane es el mejor, y el que se tome toda la sopa será el que más crezca y el que más engorde, y el que repita, ése sí que tendrá muchas novias. Al parecer tenían razón las viejas, porque Pepe Gibara acabó con el plato de sopa a una velocidad increíble, sin detenerse pese a que la madre no paraba de decirle que no sorbiera de esa forma, que no hiciera ese ruido, y se volvió, con los años, el gigantón del barrio. Pero no repitió, se tomó un solo plato, y Enildo para contrarrestar su derrota en la velocidad, pidió otro plato más, bien lleno, Abuela, y se lo tomó también, de modo que, con el paso de los años, todas las novias fueron a parar al brazo del segundo lugar de aquella competencia. Mientras el primer lugar se entretenía haciendo pesas, paralelas, planchas y abdominales, y se paseaba sin camisa enseñando su musculatura, y se fajaba y se hacía respetar a puñetazos, las novias más lindas de La Habana fueron a parar a los brazos de Enildo, a su pecho de adolescente enamorado sin llegar nunca a saber que eran el resultado de dos platos de sopa. 

Esa noche Pepe y su madre durmieron en el sofá-cama de la sala, y en poco tiempo La Abuela y Enildito se enteraron de casi todo acerca de sus vidas. Supieron que eran oriundos de Gibara, en Holguín, y que llevaban solamente un año en La Habana, que habían venido con un hombre que no era el padre de Pepito y que el hombre les salió una mierda, y que se habían quedado solos a los tres meses de estar aquí, viviendo en un solar del barrio Atarés, imagínese, Abuela, yo sola, con un niño pequeño, y en Atarés, ese barrio es de anjá, la delincuencia y las malas palabras, no pude, Abuela, busqué una permuta, y como lo mío era un solar, no podía exigir, cogí esa misma casa de madera, vieja y fea, pero lejos de aquello; ahora, eso sí, ellos no me dijeron que se mojaba todo cuando llovía, eso sí fue un descaro, Abuela. La Abuela se las arreglaba para darle la razón en todo, argumentando siempre cosas que reafirmaban lo que aquélla decía. Y Enildito y Pepito terminaron durmiéndose delante del televisor, los dos junticos, la cabeza de uno recostada sobre la del otro. 

Luego de aquello «la orientala» dejó de ser «la orientala», pasó a ser Luisa, la madre de Pepito, y «el orientalito» pasó a ser Pepe o Pepito, como el de los cuentos, y llegó incluso a desplazar a Pasi en las preferencias de Enildito en los juegos. Se pasaban las horas en el pasillo de la casa, jugando a cualquier cosa, dificultando el paso de La Abuela en los trajines de la casa, pero ella se quejaba muy poco, así lograba que Enildito no saliera tanto tiempo de casa. 

Aquel Pepito pasó a ser Pepe Gibara luego, años más tarde, cuando llegó a la secundaria, después de que su madre volviera a permutar, esta vez para Guanabacoa, y ya Enildo no volvió nunca a verla. Pepe vivía orgulloso de su antigua Gibara, se defendía de los habaneros exagerando las virtudes de su pueblo en Holguín. No sea vaina, compay, se burlaban algunos; Uté, no sabe ni ónde etá la cutara, se burlaban otros; pero en Gibara esto, pero en Gibara aquello, se defendía Pepe; de ahí que todos le comenzaron a decir Pepe Gibara: los amigos nuevos en Guanabacoa, los compañeros de aula, los antiguos amigos del Diezmero, hasta la madre, «la orientala», que prefería que a su hijo le dijeran Gibara que «el orientalito» o el negrito; hasta Enildo que aunque se había acostumbrado a llamarlo Pepe, le hacía gracia aquello de Gibara y fácilmente se adaptó al nuevo mote. 

Para Pepe el hecho de que lo llamaran Pepe Gibara significaba algo así como la mayoría de edad: ya no era Pepe a secas, o peor, Pepito, como el de los cuentos; ya no era el negrito ni «el orientalito»; ahora era Pepe Gibara, y punto. Ya era grande, ya tenía un mote serio, un alias, ya podía coger las guaguas solo para ir de Guanabacoa hasta el Diezmero y regresar de noche (¡ya lo dejaban regresar de noche!). El vivía por Los Escolapios pero su barrio seguía siendo ése. No dejaba de ir al Mirador del Diezmero dos o tres veces cada semana, incluso se escapaba de la escuela para empinar papalotes o jugar pelota o buscar mangos en la finca con Enildo y Pasi. Después de observarlo muchas veces Enildo se dio cuenta de que ya Pepito era Pepe Gibara, que había decidido para siempre ser Pepe Gibara, que hablaba y caminaba como Pepe Gibara, no como Pepito, y mucho menos como «el orientalito». Una mañana Pepito llegó al Diezmero casi mudo, totalmente ronco, gesticulando para poder comunicarse, gruñendo para decir cualquier palabra. La Abuela y los demás vecinos dijeron que era la edad, que estaba cambiando la voz, pero Enildo comprendió que aquello era el principio de su decisión, era que sus amígdalas y sus cuerdas vocales y su lengua habían aceptado, a partir de entonces, no hablar como Pepito sino como Gibara. Y el vozarrón de Pepe Gibara comenzó a ser famoso. 

De todas estas cosas se reían ahora, una de esas tardes en que se sentaban a recordar el pasado detrás de una botella de ron; primero se reían de todo, desaforadamente, pero luego Pepe Gibara comenzaba a hablar con tristeza de su madre muerta y Enildo comenzaba a recordar que no la había visto más después de la permuta, que era una lástima, que él también la quería, y luego comenzaba a quejarse por lo viejita que ya estaba La Abuela, todo esto después del séptimo o del octavo trago; y si Enildo tosía terminaba diciendo lo jodido que lo tenía el asma. Entonces Pepe Gibara pronunciaba las palabras claves: 

–Un trago de ron es lo que te hace falta, socio –y volvían a servirse medio vaso cada uno, y volvían a encontrar la risa, y olvidaban la lluvia, el Diezmero, las chiringas, los carritos plásticos, los sopas mágicas que hacían crecer y tener novias, para ponerse a hablar esas banalidades que provocan las reuniones entre amigos que, de tanto verse, ya no encuentran nada nuevo que decirse.



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PRISIONERO DEL AGUA (novela, Editorial Alba, Barcelona, 1998; Letras Cubanas, 2000). Premio Internacional de Novela "Alba/Prensa Canaria", 1998; Premio "Puertas de Espejo" 2010, al libro más leído en la Red Nacional de Biliotecas de Cuba. 
Encuentre Prisionero del agua y otras obras propias aquí: http://www.chamaquili.com/la-tienda-de-scripta-manent-ediciones/#cc-m-product-5296176509







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