"Uno de los mejores narradores cubanos de la hora presente"
(Juan Bonilla)

Del Blog de Díaz-Pimienta

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SALOMÓN MITRANI SE CASÓ SENTADO: EL ACONTECIMIENTO

Publicado por Alexis Díaz Pimienta el 18 noviembre 2012 a las 12:51 pm



"SALOMÓN MITRANI SE CASÓ SENTADO"



Pasé gran parte de mi infancia y mi primera juventud en San Miguel del Padrón, un municipio habanero tan pintoresco como desconocido. Allí estudié, escribí, improvisé durante años. Allí tuve mucho amigos. Muchos amigos (de cuando los amigos lo son de verdad: en la adolescencia). Pero ninguno como David Mitrani, mi compañero de juegos y poemas y reflexiones filosóficas (todo lo filosóficas que pueden ser a esas edades), mi cómplice literario en "la escuela" (el Preuniversitario Mártires de la Coubre, en Batabanó) y la extensión de mi familia en el barrio. Lo cierto es que nuestra amistad fue una extensión de muchas cosas: de las horas de clase, de las horas de lectura, del barrio (cuánto acortamos la distancia entre su Martín Pérez y mi Caballo Blanco, entre su barrio Obrero y mi La Cumbre; curiosamente, ya entonces se daban en nosotros curiosas simetrías y dualidades, como esta: teníamos un barrio con dos nombres cada uno, Martín Pérez y Barrio Obrero, él; Caballo Blanco y Reparto Cumbre, yo; y éramos zurdos, y usábamos la misma talla de zapato y ropa, y (el colmo, lo descubrió mi madre) a mí me faltaba en una oreja un "trocito" que a Mitrani le sobraba en la misma oreja suya, la izquierda). En fin, chismes aparte, nuestra amistad fue, sin duda, de mis mejores experiencias en aquellos años. Paseábamos La Habana de una forma especial: sin rumbo. O mejor, dicho: salíamos para llegar a un sitio y al cabo de una hora llegábamos a otro, perdidos entre versos de Vallejo, reflexiones de Hegel y canciones de Silvio. Y aunque vivíamos a poca distancia uno del otro, una noche nos dio por la correspondencia. Creo que al ver lo trascendente que era el intercambio de cartas entre Lezama y Rodríguez Feo, por ejemplo, aspirábamos a que las cartas nuestras alguna vez interesaran a alguien (¿ingenua petulancia?, ¿vanidad en viernes?). Y lo más gracioso es que muchas veces ni siquiera las echábamos al correo. Nos entregábamos las cartas en mano, con la responsabilidad de no abrirlas delante del otro. Y luego jugábamos a hacernos unos "test de intelectualización" o algo por el estilo: una planillas anuales (o semestrales, no recuerdo) en las que teníamos que poner nuestras preferencias en distintas materias (novela, poeta, actor, actriz, político, científico, deportista, país que te gustaría visitar, etc.) Y por aquellos ingenuos tests desfilaron Boris Polevoy y su "Un hombre de Verdad", José Ingenieros y su "El hombre mediocre", y Vallejo y Paul Neuman y Dustin Hoffman (que repetía cada año), y Luis Alberto García (actor nacional), y Einsten, y Michelle Pfeiffer (que repetía siempre), en fin, desfilábamos nosotros, los Alexis y David que fuimos, los poetas mutantes.

Pero si algo nos unió, más allá de la literatura y los estudios compartidos, fue la familia. Es decir, su familia, mucho más que la mía, numerosa y dispersa. La familia Mitrani era, representaba todo lo contrario de la familia Pimienta. Nosotros éramos la dispersión. Nosotros vivíamos cada hermano en un sitio, los padres separados, cada uno en un lado de la vida. Ellos vivían juntos, cenaban juntos, se juntaban en torno a una figura principal, el padre, el viejo y sabio Salomón Mitrani, maestro primario en su juventud, amo de casa en su vejez, un señor de historieta, grande no, enorme, con el pelo blanquísimo, con la voz estentórea, con sapiencia y erudición de personaje de historieta. Así veía yo a Salomón Mitrani cada vez que llegaba a mi segunda casa. Por un tiempo, incluso, a mis 16-17 años, llegué a pensar que mi verdadero amigo, mi mejor amigo en aquella relación era "el Mitrani viejo", no mi contemporáneo. Lo recuerdo con sus andares lentos, siempre en chanclas, y siempre vestido en tonos claros. Lo recuerdo rodeado de libros y de recortes de prensa amarillentos, diarios y revistas que podían tener, 50 o más años. Recuerdo que Salomón fue a la primera persona  la que vi forrar los libros ("para que se conserven", decía). Y que fue la primera persona que me pidió un autógrafo (a mis 16 años); como lo oyen: un día sacó una vieja agenda y me obligó a firmar, a escribir algún texto de recuerdo para cuando yo "fuera famoso". Y recuerdo que fue la primera persona, también, que nos hizo, a David y a mí, creer en serio en la literatura. Siempre me decía: ¿pero tú serás un escritor  "en serio"? Y luego preguntaba: ¿como Hemingway? Y continuaba: ¿pero escribirás más de 40 libros? No sé por qué la cifra, pero era llamativo: creo que a Salomón la cifra le daba igual, que el quid de la cuestión era decirnos que no bastaba con querer escribir, ni con hacerlo, que lo importante era tener conciencia de que en la literatura había que trabajar y mucho. Lo recuerdo detrás de un delantal, cocinando para todos, enseñándonos a compartir (un huevo frito a la mitad, un tomate para dos, las cucharadas de arroz equitativas), y claro, haciendo historia, contándonos historias personales que en su voz de tebeo parecían tan inverosímiles como poéticas. Salomón Mitrani. El gran Mitrani con nombre de sabio. Y junto a él, Pilar, la gran Pilar, la Matriarca. Eso era en ellos: La Matriarca y el Patriarca. Y en torno a ellos, los hijos, todos (incluido yo), reverenciando hasta la normalidad las figuras paternas, el amor a los libros, el gusto colectivo por las conversaciones trascendentes. Ya desde entonces yo le dije a David que su padre era un personaje de novela, y que él tendría, alguna vez, que sacarlo del cómic y poner en blanco y negro en una gran obra narrativa. Y me consta, treintaitantos años después, que David lo está haciendo, es decir, que está escribiendo la novela que le debe a su padre. Porque no se puede tener en casa un personaje como Salomón y quedárselo uno, un personaje que cuando joven, en 1948, había salido de Cuba para luchar y reconstruir el flamante Estado judío, el nuevo Israel, la tierra de sus padres (abuelos del Mitrani mío). Por esto es otra historia: porque la familia Mitrani fue la primera familia judía que yo conocí en Cuba, la primera y la única, ahora que lo pienso. Gracias a ellos supe que había en La Habana mucha familia hebrea y un cementerio hebreo y una pequeña Sinagoga, para mí todo un mundo desconocido y curioso. Aunque los Mitrani, por aquel tiempo, nunca hablaban de eso, al verdad. Yo supe sus orígenes judíos, porque era, llegué a ser, parte de la familia. Solo me faltaba dormir (porque no había espacio, más que el viejo sofá donde dormían muchas veces los libros, y no parecía lógico, ni conveniente, que yo, un adolescente, compartiera lecho con madame Bobary o con Scot Fitzgerald). Fueron años de charlas, cenas, meriendas, charlas otra vez, discusiones políticas, o históricas, literarias, filosóficas... Por eso nadie se asombró de que Mitrani y yo (David y yo, los dos hijos pequeños de Salomón Mitrani) en aquellos años publicáramos un libro conjunto, un poemario en décimas co-escrito y sin identificar qué poemas eran de cada uno: era muy divertido ver como los lectores tendían a confundirse; era el mítico juego de los gemelos que se cambian las novias (en este caso, "novias y novios": los lectores). Fue, además, uno de nuestros primeros libros: el primero de David, el segundo mío. Yo ya había publicado un librito de cuentos (Huitzel y Quetzal, Ed. Extramuros, 1991) y mi segundo libro en ver la luz fue ese decimario co-escrito con Mitrani, un decimario erótico: Robinson Crusoe vuelve a salvarse (Sanlope, 1994). ¡Imaginen la alegría de Salomón Mitrani al ver el libro! Habíamos comenzado, ahora sí, a ser escritores. Ya nos faltaban solo 39. Y hubo cena, y vino espumoso, y charla intelectual para celebrar el acontecimiento. Y por supuesto, firmamos los dos en su agenda de autógrafos. Porque un acontecimiento como aquel tenía que quedar registrado para la historia. El gran Salomón, el sabio Mitrani, no sabía que el verdadero acontecimiento era él mismo, un verdadero hecho histórico en cada uno de sus actos. Era un tan acontecimiento escucharlo reír, tan estentóreamente, como verlo tomarse en serio a dos imberbes aprendices del oficio de juntar palabras, o escucharlo decir palabrotas con naturalidad, o contar sus conversaciones con Hemingway en un su viaje a Israel. Verlo, escucharlo, imaginarlo joven era todo un Acontecimiento. Pero lo que no supimos, ni sus hijos ni yo, ni su Pilar, ni él mismo, es que el auténtico Acontecimiento, el mayor, ocurriría muchos años después, ya muy viejo el Patriarca, muy mayor la Matriarca, la familia Mitrani tan dispersa como la Pimienta, y yo, el hijo putativo, "el negativo de David", ausente. El Acontecimiento, con mayúsculas, ocurrió en la Sinagoga de La Habana a principios de los años 2000, y de aquel hecho histórico, todos en la familia, excepto yo, guardan algún recuerdo. Entonces, así, por eso, nació este poema, El Acontecimiento, que es lo que yo hubiera escrito aquella tarde en su agenda de autógrafos: mi regalo, mi recuerdo, mi ración de cariño compartida con el resto de la familia: Jacobo, Pepe, Ida, Esther, Yamila, y el pequeño David, el hermano de siempre.



El Acontecimiento

para Jacobo Mitrani y el maestro Salomón, in memoriam; para mi hermano David



Salomón Mitrani se casó sentado.
Horas antes revisó sus recortes de prensa
manchados de café y de palabrotas.
Horas antes quitó el polvo
a una foto donde estaba de pie
recostado a la compuerta
de un camarote blanco.
Salomón Mitrani se caso sentado.
84 años son mucho tiempo
para aguantar el peso de la chuppah.
Mucho tiempo, Pilar, mucho tiempo.
Desde su silla, Salomón Mitrani
hace añicos su copa de vino,
la empuja con el pie,
mientras oye los salmos en hebreo.
El perfil lezamiano. El pelo blanco.
La mirada perdida.
Salomón Mitrani oye los cánticos
con un fusil al hombro,
con el pelo robustamente ondeado,
hablando una lengua que pronto olvidará.
Las bombas caen junto a la sinagoga.
Las bombas caen junto al librero lleno de agendas viejas.
Las bombas caen junto a la cuna de sus hijos.
Y la joven Pilar no hace más que morderse los labios,
invitarlo a pintar, o a esculpir el silencio.
A bordo de ese barco que va hacia Israel,
sólo Hemingway sabe que Salomón Mitrani
se casará en la Habana, en una sinagoga,
a los 84 años, y sentado, como tiene que ser,
como sólo pueden hacerlo los patriarcas.
Pero Hemingway no lo dirá, no escribirá nada,
ni siquiera lo comentará con los hijos
del viejo Salomón cuando entren
en el patio de la Finca Vigía.
En 1948 Hemingway no era más
que el esbozo de una estatua
que tallaría Salomón más tarde.
Y Salomón era el esbozo de una estatua
que tallaría su hijo Jacobo luego.
Y Jacobo un esbozo del monumento de su padre
a los 84 años, sentado, casándose.
Y Salomón Mitrani, sentado y casándose,
es ya la estatua terminada, el monumento eterno
el happy end de un acontecimiento
que él previó siempre, siempre, siempre,
aunque no lo dijera.


(Tomado de mi libro El deseo sexual de las estatuas, inédito)


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