"Uno de los mejores narradores cubanos de la hora presente"
(Juan Bonilla)

Del Blog de Díaz-Pimienta

jul
26
Añadido por Alexis Díaz Pimienta el 26 julio 2018 a las 12:01 pm

Para los visitantes de mi cuarto: un aperitivo de uno de los próximos libros de Chamaquili. Chamaquili ya ha estado en Almería, en La Habana (dos veces), en el Oeste, y ahora visita la ciudad en Nueva York, acompañado por su inseparable Mapá. ¿Se imaginan las ilustraciones del gran Jorge Oliver para este libro?




Chamaquili y los rascacielos

 

 

–Mapá, ¿qué es un rascacielos?

–Esos edificios altos.

–¿Y por qué rascan el cielo?

¿Las nubes le están picando?

Y cuando empieza a llover,

¿es porque los edificios

de tanto rascar el cielo

le van abriendo orificios?

Y cuando empieza a nevar,

¿es porque los rascacielos

rascan las nubes heladas

y arrancan trozos de hielo?

¿Y quién los hizo, Mapá?

¿Un albañil alto-alto,

mil veces más que nosotros?

¿O una pila de albañiles

subidos unos en otros?

Mapá, ¿qué es un rascacielos?

¿Y al cielo por qué le pica?

¿Tiene alergia a los aviones?

¿La altura lo perjudica?

Mapá, ¿qué es un rascacielos?

–Chamaquili, ya lo sabes.

Esos edificios altos

que tocan las nubes suaves.

–Yo quiero, Mapá,

ser un rascacielos,

rascar las nubes,

controlar los vuelos,

mirar desde arriba

al que está en el suelo,

fabricar la nieve

(es decir, el hielo),

buscar a mi abuela,

hallar a mi abuelo,

hablar con los pájaros,

ponerte a ti pelo.

–Bueno, Chamaquili,

¿qué tiene que ver

con los rascacielos

mi cabeza, a ver?

Pues desde que soy

Chama-rascacielos

si miro pa’ abajo

solo veo suelo,

tejados y gorras,

paraguas y pelos,

menos tú, Mapá,

porque se ve al vuelo,

que estás, pobrecito,

calvuelo, calvuelo.

–”Calvuelo” no existe,

te lo has inventado.

–¡Como que no existe!

Esto es demasiado.

Si es un rascacielo

el que rasca el cielo,

un calvo que al vuelo

se ve desde arriba

eso es un “calvuelo”,

sin alternativa.

Y otro Chamaquili

qué pasó a su lado

preguntó a su madre

bastante asombrado:

–Mamá, ¿qué es un calvuelo?

Y la madre respondió:

–Un calvo que mira al cielo.

Y se partieron de risa

el Chama y los rascacielos.


Chamaquili en Time Square

Cuántas luces de colores.

Cuántas luminosidad.

Cuántos focos y bombillas.

Cuánta luz, qué claridad.

Pobrecitos, Mapá, seguramente,

el mes próximo les cortan la electricidad.


Chamaquili en el centro de La Gran Manzana

No acabo de comprender

por qué esto es la Gran Manzana.

Ni la forma ni el sabor

ni el olor… Alguien me engaña.

Si quieren nombre de fruta

para el centro de Manhattan

le deberían poner

entonces… ¡la Gran Guanábana!

Miren bien. Los rascacielos

son espinas negras, blancas,

y los parques y las calles

son el resto de la cáscara.

Háganme caso, Mapá,

no digas la Gran Manzana.

Esto se debe llamar

¡Manhattan, la Gran Guanábana!

jul
26
Añadido por Alexis Díaz Pimienta el 26 julio 2018 a las 12:01 pm

Para los visitantes de mi cuarto: un aperitivo de uno de los próximos libros de Chamaquili. Chamaquili ya ha estado en Almería, en La Habana (dos veces), en el Oeste, y ahora visita la ciudad en Nueva York, acompañado por su inseparable Mapá. ¿Se imaginan las ilustraciones del gran Jorge Oliver para este libro?




Chamaquili y los rascacielos

 

 

–Mapá, ¿qué es un rascacielos?

–Esos edificios altos.

–¿Y por qué rascan el cielo?

¿Las nubes le están picando?

Y cuando empieza a llover,

¿es porque los edificios

de tanto rascar el cielo

le van abriendo orificios?

Y cuando empieza a nevar,

¿es porque los rascacielos

rascan las nubes heladas

y arrancan trozos de hielo?

¿Y quién los hizo, Mapá?

¿Un albañil alto-alto,

mil veces más que nosotros?

¿O una pila de albañiles

subidos unos en otros?

Mapá, ¿qué es un rascacielos?

¿Y al cielo por qué le pica?

¿Tiene alergia a los aviones?

¿La altura lo perjudica?

Mapá, ¿qué es un rascacielos?

–Chamaquili, ya lo sabes.

Esos edificios altos

que tocan las nubes suaves.

–Yo quiero, Mapá,

ser un rascacielos,

rascar las nubes,

controlar los vuelos,

mirar desde arriba

al que está en el suelo,

fabricar la nieve

(es decir, el hielo),

buscar a mi abuela,

hallar a mi abuelo,

hablar con los pájaros,

ponerte a ti pelo.

–Bueno, Chamaquili,

¿qué tiene que ver

con los rascacielos

mi cabeza, a ver?

Pues desde que soy

Chama-rascacielos

si miro pa’ abajo

solo veo suelo,

tejados y gorras,

paraguas y pelos,

menos tú, Mapá,

porque se ve al vuelo,

que estás, pobrecito,

calvuelo, calvuelo.

–”Calvuelo” no existe,

te lo has inventado.

–¡Como que no existe!

Esto es demasiado.

Si es un rascacielo

el que rasca el cielo,

un calvo que al vuelo

se ve desde arriba

eso es un “calvuelo”,

sin alternativa.

Y otro Chamaquili

qué pasó a su lado

preguntó a su madre

bastante asombrado:

–Mamá, ¿qué es un calvuelo?

Y la madre respondió:

–Un calvo que mira al cielo.

Y se partieron de risa

el Chama y los rascacielos.


Chamaquili en Time Square

Cuántas luces de colores.

Cuántas luminosidad.

Cuántos focos y bombillas.

Cuánta luz, qué claridad.

Pobrecitos, Mapá, seguramente,

el mes próximo les cortan la electricidad.


Chamaquili en el centro de La Gran Manzana

No acabo de comprender

por qué esto es la Gran Manzana.

Ni la forma ni el sabor

ni el olor… Alguien me engaña.

Si quieren nombre de fruta

para el centro de Manhattan

le deberían poner

entonces… ¡la Gran Guanábana!

Miren bien. Los rascacielos

son espinas negras, blancas,

y los parques y las calles

son el resto de la cáscara.

Háganme caso, Mapá,

no digas la Gran Manzana.

Esto se debe llamar

¡Manhattan, la Gran Guanábana!

jul
03
Añadido por Alexis Díaz Pimienta el 3 julio 2018 a las 3:04 pm
Hoy toca narrativa. Relato corto. Comparto con los visitantes de mi Cuarto… uno de los relatos cortos que conforman el libro CUENTOS DE AUTOR, donde gloso, literalmente, algunos canciones de mis cantautores favoritos. Sabina, Serrat, Silvio Rodríguez, Pablo Milanés, Jorge Drexler, Javier Rubial y otros. Hoy comparto el cuento “Y nos dieron las diez… del maestro Sabina. Espero que lo disfruten, lo bailen, lo comenten. 



Y NOS DIERON LAS DIEZ…

por Joaquín Sabina

para mi hijo Axel y mi sobrino Roly Ávalos

Joaquín Sabina visto por la pluma de Roberto Bizama


Fue en un pueblo con mar, una noche después de un concierto; todos estábamos sudados, emocionados todavía por el influjo de la música. A nuestro alrededor sólo se escuchaban risas, gritos, chiflidos, el coro inacorde de cientos de jóvenes que intentábamos imitar a Sabina, y no sentíamos un rancio olor a sobaquina y a cerveza y a humo, todo mezclado, haciendo irrespirable el aire. Pero no nos importaba. Estábamos sedientos, emocionados y sedientos, sudados y sedientos, tontamente felices. Esquivando los charcos de agua, las botellas vacías, las colillas y las cajetillas de cigarro estrujadas, las latas vacías de cerveza y refresco, salimos a caminar en busca de un sitio donde matar la sed y atenuar el cansancio. Las farolas de la calle alumbraban con desgano, y, en lo alto, la luna parecía borracha también, desdibujada por las nubes. En grupo, lentamente, avanzábamos por una acera estrecha. Y de pronto te vi. Por encima de las cabezas de mis acompañantes te divisé, entre luces y copas, por el filo de la puerta entreabierta. Nos detuvimos todos, y te vi. Tú reinabas detrás de la barra del único bar que vimos abierto. Sin que hubiera necesidad de consultar a nadie, decidimos entrar, y yo fui el último, paralizado todavía con aquella tu imagen de mujer delgada con una boina negra poniendo copas a una velocidad de vértigo, con un cigarro entre los labios. Finalmente, entré, esperé a que los otros pidieran sus bebidas y me hice un pequeño hueco en la barra. Acodado sobre el mostrador, saqué un cigarro y me lo llevé a la boca: truco ingenuo, absurda dilatación del momento en que debía hablarte, contemplarte de cerca. Pero entonces oí tu voz: “Cántame una canción al oído y te pongo un cubata”. No podía creerlo. Sí, era conmigo. Y había sido no solo tu voz, sino tus labios casi rozándome la cara. Al parecer, nadie del grupo se dio cuenta de tu susurro y de mi turbación casi adolescente. Todos estaban absortos entre cervezas, cubatas, porros, cigarros, toqueteos, y tarareando canciones, o riendo, o hablando con desorden y estridencia. Me llené de valor, me quité el cigarrillo apagado de los labios y te dije, también en un susurro:

Con una condición —tú sonreías, y me mirabas con bastante cinismo—: que me dejes abierto el balcón de tus ojos de gata.

Sonreías como lo que eras: la dueña de la noche y de la barra y de ti y de todos nosotros. De pronto, te separaste del mostrador y sin preguntarme tan siquiera qué bebida tomaba, mediaste un vaso con whisky, coca-cola y hielo, sin dejar de mirarme ni un segundo, y me lo hiciste llegar como en las películas: un empujón al vaso, que vino resbalando sobre la madera pulida y húmeda hasta chocar contra mi mano, sin perder ni una gota de bebida en el trayecto. Yo me había puesto otra vez el cigarro en los labios, pero no atinaba a encenderlo: te miraba. Todo era muy cursi, bastante cursi, para qué negarlo. La música y el volumen de la música, el aspecto neblinoso del bar por tanto humo, la algarabía de todos a nuestro alrededor, tus ojos verdes, el whisky en mi mano, tu boina negra, tu pelo rubio, el cigarro en mis labios, tú mirada cínica. Todo era tan cursi que me sentía felizmente ridículo. Te hice una seña para que te acercaras y saber cómo te llamabas. Pero no tenías nombre. Primero dijiste que lo habías perdido. Después que te lo habían robado esa noche en la Estación de Ómnibus. Después que se lo habías regalado a una mendiga anónima. Después que cada noche, antes de trabajar, te fumabas el nombre y eso te daba un colocón de miedo. Y después que estaba bueno ya, que para qué quería yo saber tu nombre si estaba viendo que tenías los ojos verdes y los labios blandos y la piel de apenas diecinueve años y el desparpajo de los viernes por la noche. Te di la razón. Bebí otro trago, y encendí el cigarrillo que tenía todavía apagado en la mano. Cada medio minuto, un nuevo cliente te pedía algo: JB, Ballantine, Bacardi, Habana 7, Habana 5, Yin Tonic, Bailey, cerveza, y una sonrisa, y un guiño, y un besito, y un cómo te llamas tú, cariño. Pero no, tú no tenías nombre. Ni tenías ganas de tener sonrisa, guiños y besitos para tanta gente. Solo tenías labios blandos y chicle, ojos verdes y chicle, boina negra, pelo rubio, ojos de gata, y mirada de joven cínica que masca cínicamente un chicle. Pero claro, esto era para ellos. Para mí no. Para mí tenías, definitivamente, abierto el balcón de tus ojos de gata. No sé por qué, pero era cierto. Lo notaba en tu respiración cuando venías a traerme otra copa. Ya no la hacías resbalar sobre la madera húmeda, ahora la traías y me la dabas en la mano, permitiendo incluso un leve roce de los dedos, la humedad compartida, comentarios en voz baja y aparentemente inocuos. La música seguía alta, muy alta, y ya mis compañeros me había dado por perdido, decían que parecía un moco pegado a la barra. Te dije, en un susurro, que yo también cantaba. Me respondiste que sí, que lo sabías, y que por eso te debía una canción hacía rato. Entonces, loco por conocer los secretos de tu dormitorio, desesperado y ebrio, sin calcular las dimensiones del ridículo ni la estridencia de mi voz por encima y por debajo y en medio de tantas otras voces, y por encima y por debajo y en medio de la música grabada que sonaba en el bar, comencé a cantar para ti, sólo para ti, mujer sin nombre. Y poseído por no sé qué delirio de conquista ridícula, esa noche canté al piano del anochecer todo mi repertorio, todo cuando sabía, extraño poupurrit, mezcla de géneros, un verdadero suicidio musical para que me pusieras otro cubata, por favor, este sí que es el último. Los clientes del bar, uno a uno, se fueron marchando, incluso mis amigos eventuales, abandonándome a mi suerte de moco de barra. Pero lo agradecí. Solos, renunciando a mi canto y quedándonos con la música enlatada de toda la noche, te veías más hermosa que antes, dueña absoluta del lugar y del tiempo. Luego, tú saliste a cerrar, y comenzaste a bajar las rejas de la puerta exterior, mientras el resto del servicio guardaba vasos, copas, botellas, secaba todo, para marcharse también a sus casas, despidiéndose de ambos con un seco “chao”. Y en un momento en que miré hacia afuera, vi que se te veía sólo el cuerpo del pecho para abajo. Sí, ahora eras una mujer sin nombre ni rostro, pero no me importaba. Al contrario, me dolías muchísimo. Yo me dije: “Cuidado, chaval, te estás enamorando”. Y me lo repetí mientras iba por tercera vez al baño: “Te estás enamorando”. Mientras orinaba: “Te estas enamorando”. Mientras regresaba a la barra para encontrarme nuevamente contigo: “te estás enamorando”. Luego todo pasó: de repente, tu dedo en mi espalda dibujó un corazón, un corazón pequeño, como al descuido, lentamente, con insinuación y alevosía; un corazón que me erizó completo. Y ya no pude más, y me quedé sin habla, y respondieron en nombre de mi espalda todas las otras partes de mi cuerpo; tu dedo, hábil, había dibujado un corazón en el dorso del mío, y mi mano le correspondió debajo de tu falda, escandalizando a las botellas, a las mesas, a las volutas de humo que todavía flotaban sobre nuestras cabezas. Tú no tenías nombre, pero lengua sí, no tenías nombre, pero senos duros sí, muslos duros, nalgas altas y tersas. Nuestros jadeos ensartaban como venablos las volutas de humo que aún flotaban en el aire del bar, insinuando engarces posteriores. Tu boina negra sufrió un desmayo de placer, y cayó al suelo; el balcón de tus ojos comenzó a cerrarse. Pero toda mujer que pierde o vende o cede o se fuma su nombre antes de entrar a un bar, es, debe ser, muy precavida. Y tú lo eras. Detuviste con suavidad mis manos, sacaste con suavidad tu lengua de mi boca, quitaste con suavidad tu mano izquierda de mis entrepiernas, y en un susurro me recomendaste abandonar el bar, tu puesto de trabajo, para buscar un sitio más propicio. Y eso que no sabías que yo tenía hostal, habitación, cama de matrimonio, llave para llegar a cualquier hora de la noche. Caminito al hostal nos besamos en cada farola, en cada poste del alumbrado público, en cada soportal y portal y puerta y porche y ventana que diera a la calle. La luna, borracha todavía, sacaba de vez en cuando su carota por detrás de un celaje, y parecía perseguirnos, espiarnos, voyerista la luna, pervertida. Pero no nos amilanamos. Ambos teníamos experiencia en anteriores sesiones de perversión astral. Tomados de la mano al principio, y abrazados después, avanzábamos como si hubiéramos sido una pareja de toda la vida. Era un pueblo con mar, y a esa hora la brisa olía a marismas, soplaba del sur y se escuchaba, aunque lejano, el ruido del oleaje. Mi cuerpo no disimulaba su efusión, ni el tuyo tampoco, transparentes ambos en la sudoración y en los colores de la piel, sincerándonos los dos con expresiones táctiles y delaciones olfativas, animales en celo a quienes importaba poco el ojo de la luna y el escándalo del mar cercano. Sí, yo quería dormir contigo y tú no querías dormir sola, esa era la verdad; no esa noche, no teniendo allí a un hombre ardiente y capaz de cantarte al oído todo su repertorio cada vez que lo pidieras. El hostal era viejo, de estilo colonial, pero confortable. Subimos la escalera muy pegados, quemándonos la ropa con la piel, casi a tientas, sin mirar los escalones para no interrumpir el intercambio de caricias linguales, de mordiscos leves, de sorbimientos mutuos. Ya en el hostal todos dormían, y el silencio era enorme; solo se sentían los empujones que le daba la luna a la puerta, porque quería entrar, seguir mirándonos, tan pervertida como siempre. Pero ni caso. Nuestros cuerpos cayeron sobre las sábanas de golpe, a dúo y en la misma nota, como esas voces que al cantar empastan ya de oficio. Y nos dieron las diez y las once, anudados los cuerpos con frenético ímpetu, como si nunca antes hubiéramos saboreado aquellas humedades y durezas; nos dieron las doce y la una hundidos en un charco de palabras desarticuladas, con estridencias guturales y fluidos espesos, y las dos y las tres, sudorosos como deportistas, yo con una enorme tirantez en las ingles y tú con escozores, con espasmos, pero ambos renuentes a rendirnos, incapaces de detener aquel asalto a nuestros propios cuerpos. Y desnudos al amanecer nos encontró la luna. Sí, en cuanto abrimos la ventana la luna estaba allí, desesperada, imaginándose la anudación y la reanudación de nuestros cuerpos en el lecho, y masturbándose sobre los techo de las casas: gotas de blanca luz por donde quiera, tenues salpicaduras. No le hicimos caso. Ni siquiera comentamos que otra vez había amanecido con la luna afuera, ni siquiera miramos la hora, ni siquiera tendimos la cama antes de abandonar la habitación para siempre. Pagamos el hostal —pagué yo, por supuesto—, mientras ella me esperaba en la puerta fumándose su primer cigarrillo del día. Luego, caminamos varios metros juntos, sin tocarnos, recordando cada uno a su manera lo que había pasado. A penas hablamos. Nos mirábamos de vez en cuando, y sonreíamos, sólo eso. Casi a la misma vez, nos dijimos adiós, ojalá que volvamos a vernos, con la voz baja, sobria, descontaminada de prolijidades. Y a las dos o tres cuadras, en una esquina donde seguramente la noche anterior, hacía pocas horas, nos besáramos, volvimos a besarnos, pero esta vez con castidad de párvulos, en las mejillas, y cada uno continuó por su lado. El verano acabó, y todos volvimos a la rutina del resto del año: que si el trabajo, que si la escuela, que si la Universidad, que si los padres, que si el estudio, que si qué ganas tengo de no tener responsabilidades, que si qué ganas tengo de que llegue otra vez el otro verano… Y sin que prácticamente nos diéramos cuenta, las hojas de los árboles comenzaron a ganar tonalidades, y reventaron las mimosas, las buganvillas, los almendros, y todo se llenó de amarillos, rojos tenues, rojos intensos, ocres, lilas, y el viento parecía soplar, específicamente para barrer recuerdos y ansiedades. Y luego más: el otoño duró lo que tarda en llegar el invierno. Después de aquel marasmo de colores, las hojas de los árboles comenzaron a secarse, a caerse, los almendros parecían más esqueléticos que nunca, y todo el mundo desempolvó abrigos, bufandas, guantes, pantuflas, colchas, edredones. Y tras el invierno, las alergias avisaron antes que los meteorólogos del cambio de estación, y los pájaros y las mariposas y los aromas y los colores vivos de jardines y parques reconquistaron miradas y olfatos. Y entonces todos, absolutamente todos, volvimos a ser jóvenes, llenos de ánimo y de desmemoria, llenos de ganas de vivir y de revivir nuestras pequeñas irresponsabilidades. Y a tu pueblo el azar, otra vez, el verano siguiente me llevó. Sí, aunque no me lo creas fue al azar, ahora te explico. Yo no sabía que mi amigo sabía que yo no disfrutaba nada en este mundo, como un concierto de Sabina en vivo; y mi amigo no sabía, dice él que no sabía, que Sabina iba a cantar en aquel pueblo a orillas del Mediterráneo, tan cerca del sitio en el que estábamos esta vez, y que él lo había escogido como lugar de veraneo por sus playas, por las horas de sol, porque ya en años anteriores había ido con sus padres y era un lugar donde además se comía muy bien y barato. Y dice que compró la prensa sólo por ver los resultados del derby Madrid-Barça, sólo por eso; pero mira por dónde: el periódico se abrió, caprichoso, por la página en que anunciaban un concierto de Sabina al día siguiente. “¡Sabina en directo!”, pensó mi amigo, “y en un pueblo que está solo a una hora y media”. No lo pensó dos veces. Mi amigo era mi amigo desde hacía sólo algunos meses, y claro, no sabía nada sobre conciertos de Sabina en un pueblo con mar, bares abiertos hasta la madrugada, chicas sin nombre con ojos de gata detrás de la barra. Por eso su gran idea había sido sorprenderme, regalarme aquel concierto para sorprenderme. Y quiso el azar, incluso, que quedaran entradas pese a que era Sabina, y era ya el día antes. Y quiso el azar que yo aceptara el juego del “regalo incógnito”, de no preguntes que es una sorpresa, déjate llevar que es un regalo. Pero claro, en cuanto el coche entró en el pueblo y la luna me vio, la misma luna pervertida del año anterior, y en cuanto mis pupilas y mi olfato y mis tímpanos comenzaron a reencontrarse con aquel entorno, algo empezó a crecerme dentro, y el corazón latía a tope, y mi amigo estaba feliz por lo feliz que me veía, el infeliz, sin saber nada. Y Sabina comenzó a cantar, tan ronco como siempre. Y gritamos, jaleamos, aplaudimos, silbamos, lloramos, todos menos yo, que no grité, ni jaleé, ni aplaudí, ni silbé: lloré todo el tiempo. Lloré por sus canciones y por mis ingles con memoria y complejo. Lloré porque la luna me miraba como se mira a los culpables cuando se ponen de pie en el estrado, antes de escuchar el veredicto. Lloré todo el tiempo sin que mi amigo lo notara, sin que nadie me viera. Y al final del concierto me puse a buscar tu cara entre la gente. Tu cara y tu pelo y tu boina y tu risa y tus ojos y tu cuerpo, pero todo fue inútil. Había cientos de cabelleras rubias, decenas de boinas negras, cientos de risas, cientos de ojos verdes, cientos de cuerpos de mujer escurridizos, ágiles, burlándose de mí que ya había logrado perderme de la vista de mi amigo, abandonarlo, y estaba dando vueltas como un loco en medio de la plaza, en medio de las botellas vacías, las colillas y las cajetillas de cigarro, los vasos de plástico, las latas de cerveza y de refresco; daba vueltas y detenía a todo el que pasaba por mi lado para preguntarle si habían visto a una muchacha así, de este manera, con tal estilo, con los ojos de gata. Y no hallé quien de ti me dijera ni media palabra, nadie te conocía, nadie te había visto, nadie creía en tu existencia, todos pensaban que aquella cara de desesperación que yo tenía era por el efecto del alcohol mezclado con hachís, y del hachís mezclado con pasión adolescente. Parecía como si me quisiera gastar el destino una broma macabra. Pero no podía ser, no podía ser, aquello no podía sucederme. Fui corriendo hacia la barra que estaba en un lateral del recinto, pero no a pedir otro ron, ni otro whisky, sino a mirar si conocía a alguno de los camareros, o si alguno de los camareros me reconocía y, por complicidad, por solidaridad con los asiduos a los conciertos de Sabina en este pueblo, me hacía caso y me daba noticias sobre ti. Pero tampoco. No había nadie detrás de la barra del otro verano. Y si los había, disimulaban mucho, o estaban complotados con la luna, porque todos me miraban con cara de “yo no”, “yo no te conozco”, “a mí ni me preguntes”. Solo, desorientado, comencé a caminar primero rumbo a ninguna parte, pero después hice memoria y me encaminé hacia la misma calle estrecha por donde había andado el verano anterior con aquel grupo de jóvenes borrachos, por la misma acera estrecha y custodiada cada ciertos metros por farolas y postes del alumbrado público. Sí, aquel era el rumbo. Caminé no sé cuánto, mirándolo todo, y al fin divisé el sitio: sí señor, era ese. Pero algo había cambiado. Justo en el sitio donde antes recordaba que había un quiosko de prensa con carteles de Sabina pegados en todas sus vidrieras, ahora había una cafetería, y en lugar de tu bar me encontré una sucursal del Banco Hispano Americano, un edificio nuevo, enorme, con cristales de espejo en la fachada. Todo había cambiado, pero sí, era allí, sí señor, era allí, yo estaba convencido de que tu bar era allí mismo. La luna en lo alto parecía reír, maldita luna, pervertida, voyerista que lleva siglos embaucando a los enamorados. Tu memoria vengué a pedradas contra los cristales, desquiciado, impotente, sin pensar en nada más que en aquella jugarreta entre la luna y tú, entre tú y Sabina, entre Sabina y los tragos de ron que había tomado oyéndolo. Luego me senté allí mismo, sobre los vidrios rotos, con las manos en la cabeza y escupiendo sangre del labio inferior, que me había mordido para ganar fuerza. No habían pasado ni cinco minutos cuando llegó la policía. Y qué encontró: un mar de vidrios rotos y un náufrago flotando sobre ellos, sin agarrarse a otra tabla que a su propia tristeza. “Sé que no lo soñé”, protestaba mientras me esposaban los municipales. “Sé que no lo soñé”, repetía mientras me metían en el carro patrulla y me alejaban del lugar de los hechos. No podía creerlo. Cómo podían Sabina y la luna y una mujer con los ojos de gata hacerme todo aquello; cómo podían abandonarme así, enloquecerme así, dejarme a la deriva sobre mis recuerdos. Mientras el coche patrullero avanzaba, despacio, por medio de la calle, todos los transeúntes se apartaban, y se asomaban a la ventanilla, para mirar a quién llevaban preso. Y allí estaban todos, como actores después que termina la función, antes de cambiarse de ropa e irse a casa, todos fumando, conversando, bebiendo, riéndose, señalando al carro patrullero, y riéndose. Allí estaban los jóvenes borrachos que el año anterior me habían acompañado en la aventura; allí estaba mi amigo, el pobre, todavía buscándome; allí estaban todas las rubias con boinas negras y ojos verdes que había en ese pueblo o que habían venido desde fuera; hasta el propio Sabina estaba al fondo, con un grupo pequeño, bebiéndose un cubata. Pero no me vieron. Hundido en el asiento trasero de la patrulla, yo los vi a todos y ellos no me vieron. Los policías iban todo el tiempo en silencio. Los policías sabían, o sospechaban, que yo tenía dentro una alta dosis de mujer con boina, de hembra con aspaviento postcoital, de joven ladronzuela capaz de birlarle todo su repertorio a un veraneante ebrio. Y cuando llegamos a la Comisaría, en mi declaración alegué que llevaba tres copas, y ellos añadieron que tres copas con algo más, insinuando la presencia de estupefacientes, listos los policías, enteradillos, ese algo más, les dije, era una joven rubia, y no quisieron creerme que no tenía nombre, que se le había perdido, o se lo habían robado en el metro, o se lo había entregado a una mendiga, no me creyeron nada. Me leyeron mi declaración, me la hicieron firmar, y me dejaron todavía dos o tres horas más, sentado allí, en un banco, hasta que según ellos se me pasara el efecto de aquella mezcla explosiva de alcohol, hembra y canciones. Cuando salí, la luna continuaba allí, en lo alto, y me seguía con petulancia de hija de puta inalcanzable. Ya no quedaba nadie en la calle, sólo el viento con olor a marismas y el rumor de las olas a lo lejos. Yo lo tenía claro, no podía equivocarme de nuevo: aquella era la acera, aquella era la calle, y aquel era el hostal donde hacía ahora un año tú y yo nos habíamos destrozado de placer, tirándole la puerta en la cara a la luna. Toqué el timbre, dos veces, y me abrieron y me reconocieron y no se extrañaron y entré y entregué mi documentación y me dieron las llaves y di las buenas noches y empecé “este relato” en el cuarto donde aquella vez te quitaba la ropa. El resto ya lo sabe todo el mundo, y los que no, que se enteren: al verano siguiente yo no fui al pueblo, me negué rotundamente, y te liaste con el mismísimo Sabina, y le contaste nuestra historia, ¡mi historia!, esa que ahora la radio no deja de poner y que mi ex ídolo, el muy canalla, sigue cantando como si fuera suya.

jul
03
Añadido por Alexis Díaz Pimienta el 3 julio 2018 a las 3:04 pm
Hoy toca narrativa. Relato corto. Comparto con los visitantes de mi Cuarto… uno de los relatos cortos que conforman el libro CUENTOS DE AUTOR, donde gloso, literalmente, algunos canciones de mis cantautores favoritos. Sabina, Serrat, Silvio Rodríguez, Pablo Milanés, Jorge Drexler, Javier Rubial y otros. Hoy comparto el cuento “Y nos dieron las diez… del maestro Sabina. Espero que lo disfruten, lo bailen, lo comenten. 



Y NOS DIERON LAS DIEZ…

por Joaquín Sabina

para mi hijo Axel y mi sobrino Roly Ávalos

Joaquín Sabina visto por la pluma de Roberto Bizama


Fue en un pueblo con mar, una noche después de un concierto; todos estábamos sudados, emocionados todavía por el influjo de la música. A nuestro alrededor sólo se escuchaban risas, gritos, chiflidos, el coro inacorde de cientos de jóvenes que intentábamos imitar a Sabina, y no sentíamos un rancio olor a sobaquina y a cerveza y a humo, todo mezclado, haciendo irrespirable el aire. Pero no nos importaba. Estábamos sedientos, emocionados y sedientos, sudados y sedientos, tontamente felices. Esquivando los charcos de agua, las botellas vacías, las colillas y las cajetillas de cigarro estrujadas, las latas vacías de cerveza y refresco, salimos a caminar en busca de un sitio donde matar la sed y atenuar el cansancio. Las farolas de la calle alumbraban con desgano, y, en lo alto, la luna parecía borracha también, desdibujada por las nubes. En grupo, lentamente, avanzábamos por una acera estrecha. Y de pronto te vi. Por encima de las cabezas de mis acompañantes te divisé, entre luces y copas, por el filo de la puerta entreabierta. Nos detuvimos todos, y te vi. Tú reinabas detrás de la barra del único bar que vimos abierto. Sin que hubiera necesidad de consultar a nadie, decidimos entrar, y yo fui el último, paralizado todavía con aquella tu imagen de mujer delgada con una boina negra poniendo copas a una velocidad de vértigo, con un cigarro entre los labios. Finalmente, entré, esperé a que los otros pidieran sus bebidas y me hice un pequeño hueco en la barra. Acodado sobre el mostrador, saqué un cigarro y me lo llevé a la boca: truco ingenuo, absurda dilatación del momento en que debía hablarte, contemplarte de cerca. Pero entonces oí tu voz: “Cántame una canción al oído y te pongo un cubata”. No podía creerlo. Sí, era conmigo. Y había sido no solo tu voz, sino tus labios casi rozándome la cara. Al parecer, nadie del grupo se dio cuenta de tu susurro y de mi turbación casi adolescente. Todos estaban absortos entre cervezas, cubatas, porros, cigarros, toqueteos, y tarareando canciones, o riendo, o hablando con desorden y estridencia. Me llené de valor, me quité el cigarrillo apagado de los labios y te dije, también en un susurro:

Con una condición —tú sonreías, y me mirabas con bastante cinismo—: que me dejes abierto el balcón de tus ojos de gata.

Sonreías como lo que eras: la dueña de la noche y de la barra y de ti y de todos nosotros. De pronto, te separaste del mostrador y sin preguntarme tan siquiera qué bebida tomaba, mediaste un vaso con whisky, coca-cola y hielo, sin dejar de mirarme ni un segundo, y me lo hiciste llegar como en las películas: un empujón al vaso, que vino resbalando sobre la madera pulida y húmeda hasta chocar contra mi mano, sin perder ni una gota de bebida en el trayecto. Yo me había puesto otra vez el cigarro en los labios, pero no atinaba a encenderlo: te miraba. Todo era muy cursi, bastante cursi, para qué negarlo. La música y el volumen de la música, el aspecto neblinoso del bar por tanto humo, la algarabía de todos a nuestro alrededor, tus ojos verdes, el whisky en mi mano, tu boina negra, tu pelo rubio, el cigarro en mis labios, tú mirada cínica. Todo era tan cursi que me sentía felizmente ridículo. Te hice una seña para que te acercaras y saber cómo te llamabas. Pero no tenías nombre. Primero dijiste que lo habías perdido. Después que te lo habían robado esa noche en la Estación de Ómnibus. Después que se lo habías regalado a una mendiga anónima. Después que cada noche, antes de trabajar, te fumabas el nombre y eso te daba un colocón de miedo. Y después que estaba bueno ya, que para qué quería yo saber tu nombre si estaba viendo que tenías los ojos verdes y los labios blandos y la piel de apenas diecinueve años y el desparpajo de los viernes por la noche. Te di la razón. Bebí otro trago, y encendí el cigarrillo que tenía todavía apagado en la mano. Cada medio minuto, un nuevo cliente te pedía algo: JB, Ballantine, Bacardi, Habana 7, Habana 5, Yin Tonic, Bailey, cerveza, y una sonrisa, y un guiño, y un besito, y un cómo te llamas tú, cariño. Pero no, tú no tenías nombre. Ni tenías ganas de tener sonrisa, guiños y besitos para tanta gente. Solo tenías labios blandos y chicle, ojos verdes y chicle, boina negra, pelo rubio, ojos de gata, y mirada de joven cínica que masca cínicamente un chicle. Pero claro, esto era para ellos. Para mí no. Para mí tenías, definitivamente, abierto el balcón de tus ojos de gata. No sé por qué, pero era cierto. Lo notaba en tu respiración cuando venías a traerme otra copa. Ya no la hacías resbalar sobre la madera húmeda, ahora la traías y me la dabas en la mano, permitiendo incluso un leve roce de los dedos, la humedad compartida, comentarios en voz baja y aparentemente inocuos. La música seguía alta, muy alta, y ya mis compañeros me había dado por perdido, decían que parecía un moco pegado a la barra. Te dije, en un susurro, que yo también cantaba. Me respondiste que sí, que lo sabías, y que por eso te debía una canción hacía rato. Entonces, loco por conocer los secretos de tu dormitorio, desesperado y ebrio, sin calcular las dimensiones del ridículo ni la estridencia de mi voz por encima y por debajo y en medio de tantas otras voces, y por encima y por debajo y en medio de la música grabada que sonaba en el bar, comencé a cantar para ti, sólo para ti, mujer sin nombre. Y poseído por no sé qué delirio de conquista ridícula, esa noche canté al piano del anochecer todo mi repertorio, todo cuando sabía, extraño poupurrit, mezcla de géneros, un verdadero suicidio musical para que me pusieras otro cubata, por favor, este sí que es el último. Los clientes del bar, uno a uno, se fueron marchando, incluso mis amigos eventuales, abandonándome a mi suerte de moco de barra. Pero lo agradecí. Solos, renunciando a mi canto y quedándonos con la música enlatada de toda la noche, te veías más hermosa que antes, dueña absoluta del lugar y del tiempo. Luego, tú saliste a cerrar, y comenzaste a bajar las rejas de la puerta exterior, mientras el resto del servicio guardaba vasos, copas, botellas, secaba todo, para marcharse también a sus casas, despidiéndose de ambos con un seco “chao”. Y en un momento en que miré hacia afuera, vi que se te veía sólo el cuerpo del pecho para abajo. Sí, ahora eras una mujer sin nombre ni rostro, pero no me importaba. Al contrario, me dolías muchísimo. Yo me dije: “Cuidado, chaval, te estás enamorando”. Y me lo repetí mientras iba por tercera vez al baño: “Te estás enamorando”. Mientras orinaba: “Te estas enamorando”. Mientras regresaba a la barra para encontrarme nuevamente contigo: “te estás enamorando”. Luego todo pasó: de repente, tu dedo en mi espalda dibujó un corazón, un corazón pequeño, como al descuido, lentamente, con insinuación y alevosía; un corazón que me erizó completo. Y ya no pude más, y me quedé sin habla, y respondieron en nombre de mi espalda todas las otras partes de mi cuerpo; tu dedo, hábil, había dibujado un corazón en el dorso del mío, y mi mano le correspondió debajo de tu falda, escandalizando a las botellas, a las mesas, a las volutas de humo que todavía flotaban sobre nuestras cabezas. Tú no tenías nombre, pero lengua sí, no tenías nombre, pero senos duros sí, muslos duros, nalgas altas y tersas. Nuestros jadeos ensartaban como venablos las volutas de humo que aún flotaban en el aire del bar, insinuando engarces posteriores. Tu boina negra sufrió un desmayo de placer, y cayó al suelo; el balcón de tus ojos comenzó a cerrarse. Pero toda mujer que pierde o vende o cede o se fuma su nombre antes de entrar a un bar, es, debe ser, muy precavida. Y tú lo eras. Detuviste con suavidad mis manos, sacaste con suavidad tu lengua de mi boca, quitaste con suavidad tu mano izquierda de mis entrepiernas, y en un susurro me recomendaste abandonar el bar, tu puesto de trabajo, para buscar un sitio más propicio. Y eso que no sabías que yo tenía hostal, habitación, cama de matrimonio, llave para llegar a cualquier hora de la noche. Caminito al hostal nos besamos en cada farola, en cada poste del alumbrado público, en cada soportal y portal y puerta y porche y ventana que diera a la calle. La luna, borracha todavía, sacaba de vez en cuando su carota por detrás de un celaje, y parecía perseguirnos, espiarnos, voyerista la luna, pervertida. Pero no nos amilanamos. Ambos teníamos experiencia en anteriores sesiones de perversión astral. Tomados de la mano al principio, y abrazados después, avanzábamos como si hubiéramos sido una pareja de toda la vida. Era un pueblo con mar, y a esa hora la brisa olía a marismas, soplaba del sur y se escuchaba, aunque lejano, el ruido del oleaje. Mi cuerpo no disimulaba su efusión, ni el tuyo tampoco, transparentes ambos en la sudoración y en los colores de la piel, sincerándonos los dos con expresiones táctiles y delaciones olfativas, animales en celo a quienes importaba poco el ojo de la luna y el escándalo del mar cercano. Sí, yo quería dormir contigo y tú no querías dormir sola, esa era la verdad; no esa noche, no teniendo allí a un hombre ardiente y capaz de cantarte al oído todo su repertorio cada vez que lo pidieras. El hostal era viejo, de estilo colonial, pero confortable. Subimos la escalera muy pegados, quemándonos la ropa con la piel, casi a tientas, sin mirar los escalones para no interrumpir el intercambio de caricias linguales, de mordiscos leves, de sorbimientos mutuos. Ya en el hostal todos dormían, y el silencio era enorme; solo se sentían los empujones que le daba la luna a la puerta, porque quería entrar, seguir mirándonos, tan pervertida como siempre. Pero ni caso. Nuestros cuerpos cayeron sobre las sábanas de golpe, a dúo y en la misma nota, como esas voces que al cantar empastan ya de oficio. Y nos dieron las diez y las once, anudados los cuerpos con frenético ímpetu, como si nunca antes hubiéramos saboreado aquellas humedades y durezas; nos dieron las doce y la una hundidos en un charco de palabras desarticuladas, con estridencias guturales y fluidos espesos, y las dos y las tres, sudorosos como deportistas, yo con una enorme tirantez en las ingles y tú con escozores, con espasmos, pero ambos renuentes a rendirnos, incapaces de detener aquel asalto a nuestros propios cuerpos. Y desnudos al amanecer nos encontró la luna. Sí, en cuanto abrimos la ventana la luna estaba allí, desesperada, imaginándose la anudación y la reanudación de nuestros cuerpos en el lecho, y masturbándose sobre los techo de las casas: gotas de blanca luz por donde quiera, tenues salpicaduras. No le hicimos caso. Ni siquiera comentamos que otra vez había amanecido con la luna afuera, ni siquiera miramos la hora, ni siquiera tendimos la cama antes de abandonar la habitación para siempre. Pagamos el hostal —pagué yo, por supuesto—, mientras ella me esperaba en la puerta fumándose su primer cigarrillo del día. Luego, caminamos varios metros juntos, sin tocarnos, recordando cada uno a su manera lo que había pasado. A penas hablamos. Nos mirábamos de vez en cuando, y sonreíamos, sólo eso. Casi a la misma vez, nos dijimos adiós, ojalá que volvamos a vernos, con la voz baja, sobria, descontaminada de prolijidades. Y a las dos o tres cuadras, en una esquina donde seguramente la noche anterior, hacía pocas horas, nos besáramos, volvimos a besarnos, pero esta vez con castidad de párvulos, en las mejillas, y cada uno continuó por su lado. El verano acabó, y todos volvimos a la rutina del resto del año: que si el trabajo, que si la escuela, que si la Universidad, que si los padres, que si el estudio, que si qué ganas tengo de no tener responsabilidades, que si qué ganas tengo de que llegue otra vez el otro verano… Y sin que prácticamente nos diéramos cuenta, las hojas de los árboles comenzaron a ganar tonalidades, y reventaron las mimosas, las buganvillas, los almendros, y todo se llenó de amarillos, rojos tenues, rojos intensos, ocres, lilas, y el viento parecía soplar, específicamente para barrer recuerdos y ansiedades. Y luego más: el otoño duró lo que tarda en llegar el invierno. Después de aquel marasmo de colores, las hojas de los árboles comenzaron a secarse, a caerse, los almendros parecían más esqueléticos que nunca, y todo el mundo desempolvó abrigos, bufandas, guantes, pantuflas, colchas, edredones. Y tras el invierno, las alergias avisaron antes que los meteorólogos del cambio de estación, y los pájaros y las mariposas y los aromas y los colores vivos de jardines y parques reconquistaron miradas y olfatos. Y entonces todos, absolutamente todos, volvimos a ser jóvenes, llenos de ánimo y de desmemoria, llenos de ganas de vivir y de revivir nuestras pequeñas irresponsabilidades. Y a tu pueblo el azar, otra vez, el verano siguiente me llevó. Sí, aunque no me lo creas fue al azar, ahora te explico. Yo no sabía que mi amigo sabía que yo no disfrutaba nada en este mundo, como un concierto de Sabina en vivo; y mi amigo no sabía, dice él que no sabía, que Sabina iba a cantar en aquel pueblo a orillas del Mediterráneo, tan cerca del sitio en el que estábamos esta vez, y que él lo había escogido como lugar de veraneo por sus playas, por las horas de sol, porque ya en años anteriores había ido con sus padres y era un lugar donde además se comía muy bien y barato. Y dice que compró la prensa sólo por ver los resultados del derby Madrid-Barça, sólo por eso; pero mira por dónde: el periódico se abrió, caprichoso, por la página en que anunciaban un concierto de Sabina al día siguiente. “¡Sabina en directo!”, pensó mi amigo, “y en un pueblo que está solo a una hora y media”. No lo pensó dos veces. Mi amigo era mi amigo desde hacía sólo algunos meses, y claro, no sabía nada sobre conciertos de Sabina en un pueblo con mar, bares abiertos hasta la madrugada, chicas sin nombre con ojos de gata detrás de la barra. Por eso su gran idea había sido sorprenderme, regalarme aquel concierto para sorprenderme. Y quiso el azar, incluso, que quedaran entradas pese a que era Sabina, y era ya el día antes. Y quiso el azar que yo aceptara el juego del “regalo incógnito”, de no preguntes que es una sorpresa, déjate llevar que es un regalo. Pero claro, en cuanto el coche entró en el pueblo y la luna me vio, la misma luna pervertida del año anterior, y en cuanto mis pupilas y mi olfato y mis tímpanos comenzaron a reencontrarse con aquel entorno, algo empezó a crecerme dentro, y el corazón latía a tope, y mi amigo estaba feliz por lo feliz que me veía, el infeliz, sin saber nada. Y Sabina comenzó a cantar, tan ronco como siempre. Y gritamos, jaleamos, aplaudimos, silbamos, lloramos, todos menos yo, que no grité, ni jaleé, ni aplaudí, ni silbé: lloré todo el tiempo. Lloré por sus canciones y por mis ingles con memoria y complejo. Lloré porque la luna me miraba como se mira a los culpables cuando se ponen de pie en el estrado, antes de escuchar el veredicto. Lloré todo el tiempo sin que mi amigo lo notara, sin que nadie me viera. Y al final del concierto me puse a buscar tu cara entre la gente. Tu cara y tu pelo y tu boina y tu risa y tus ojos y tu cuerpo, pero todo fue inútil. Había cientos de cabelleras rubias, decenas de boinas negras, cientos de risas, cientos de ojos verdes, cientos de cuerpos de mujer escurridizos, ágiles, burlándose de mí que ya había logrado perderme de la vista de mi amigo, abandonarlo, y estaba dando vueltas como un loco en medio de la plaza, en medio de las botellas vacías, las colillas y las cajetillas de cigarro, los vasos de plástico, las latas de cerveza y de refresco; daba vueltas y detenía a todo el que pasaba por mi lado para preguntarle si habían visto a una muchacha así, de este manera, con tal estilo, con los ojos de gata. Y no hallé quien de ti me dijera ni media palabra, nadie te conocía, nadie te había visto, nadie creía en tu existencia, todos pensaban que aquella cara de desesperación que yo tenía era por el efecto del alcohol mezclado con hachís, y del hachís mezclado con pasión adolescente. Parecía como si me quisiera gastar el destino una broma macabra. Pero no podía ser, no podía ser, aquello no podía sucederme. Fui corriendo hacia la barra que estaba en un lateral del recinto, pero no a pedir otro ron, ni otro whisky, sino a mirar si conocía a alguno de los camareros, o si alguno de los camareros me reconocía y, por complicidad, por solidaridad con los asiduos a los conciertos de Sabina en este pueblo, me hacía caso y me daba noticias sobre ti. Pero tampoco. No había nadie detrás de la barra del otro verano. Y si los había, disimulaban mucho, o estaban complotados con la luna, porque todos me miraban con cara de “yo no”, “yo no te conozco”, “a mí ni me preguntes”. Solo, desorientado, comencé a caminar primero rumbo a ninguna parte, pero después hice memoria y me encaminé hacia la misma calle estrecha por donde había andado el verano anterior con aquel grupo de jóvenes borrachos, por la misma acera estrecha y custodiada cada ciertos metros por farolas y postes del alumbrado público. Sí, aquel era el rumbo. Caminé no sé cuánto, mirándolo todo, y al fin divisé el sitio: sí señor, era ese. Pero algo había cambiado. Justo en el sitio donde antes recordaba que había un quiosko de prensa con carteles de Sabina pegados en todas sus vidrieras, ahora había una cafetería, y en lugar de tu bar me encontré una sucursal del Banco Hispano Americano, un edificio nuevo, enorme, con cristales de espejo en la fachada. Todo había cambiado, pero sí, era allí, sí señor, era allí, yo estaba convencido de que tu bar era allí mismo. La luna en lo alto parecía reír, maldita luna, pervertida, voyerista que lleva siglos embaucando a los enamorados. Tu memoria vengué a pedradas contra los cristales, desquiciado, impotente, sin pensar en nada más que en aquella jugarreta entre la luna y tú, entre tú y Sabina, entre Sabina y los tragos de ron que había tomado oyéndolo. Luego me senté allí mismo, sobre los vidrios rotos, con las manos en la cabeza y escupiendo sangre del labio inferior, que me había mordido para ganar fuerza. No habían pasado ni cinco minutos cuando llegó la policía. Y qué encontró: un mar de vidrios rotos y un náufrago flotando sobre ellos, sin agarrarse a otra tabla que a su propia tristeza. “Sé que no lo soñé”, protestaba mientras me esposaban los municipales. “Sé que no lo soñé”, repetía mientras me metían en el carro patrulla y me alejaban del lugar de los hechos. No podía creerlo. Cómo podían Sabina y la luna y una mujer con los ojos de gata hacerme todo aquello; cómo podían abandonarme así, enloquecerme así, dejarme a la deriva sobre mis recuerdos. Mientras el coche patrullero avanzaba, despacio, por medio de la calle, todos los transeúntes se apartaban, y se asomaban a la ventanilla, para mirar a quién llevaban preso. Y allí estaban todos, como actores después que termina la función, antes de cambiarse de ropa e irse a casa, todos fumando, conversando, bebiendo, riéndose, señalando al carro patrullero, y riéndose. Allí estaban los jóvenes borrachos que el año anterior me habían acompañado en la aventura; allí estaba mi amigo, el pobre, todavía buscándome; allí estaban todas las rubias con boinas negras y ojos verdes que había en ese pueblo o que habían venido desde fuera; hasta el propio Sabina estaba al fondo, con un grupo pequeño, bebiéndose un cubata. Pero no me vieron. Hundido en el asiento trasero de la patrulla, yo los vi a todos y ellos no me vieron. Los policías iban todo el tiempo en silencio. Los policías sabían, o sospechaban, que yo tenía dentro una alta dosis de mujer con boina, de hembra con aspaviento postcoital, de joven ladronzuela capaz de birlarle todo su repertorio a un veraneante ebrio. Y cuando llegamos a la Comisaría, en mi declaración alegué que llevaba tres copas, y ellos añadieron que tres copas con algo más, insinuando la presencia de estupefacientes, listos los policías, enteradillos, ese algo más, les dije, era una joven rubia, y no quisieron creerme que no tenía nombre, que se le había perdido, o se lo habían robado en el metro, o se lo había entregado a una mendiga, no me creyeron nada. Me leyeron mi declaración, me la hicieron firmar, y me dejaron todavía dos o tres horas más, sentado allí, en un banco, hasta que según ellos se me pasara el efecto de aquella mezcla explosiva de alcohol, hembra y canciones. Cuando salí, la luna continuaba allí, en lo alto, y me seguía con petulancia de hija de puta inalcanzable. Ya no quedaba nadie en la calle, sólo el viento con olor a marismas y el rumor de las olas a lo lejos. Yo lo tenía claro, no podía equivocarme de nuevo: aquella era la acera, aquella era la calle, y aquel era el hostal donde hacía ahora un año tú y yo nos habíamos destrozado de placer, tirándole la puerta en la cara a la luna. Toqué el timbre, dos veces, y me abrieron y me reconocieron y no se extrañaron y entré y entregué mi documentación y me dieron las llaves y di las buenas noches y empecé “este relato” en el cuarto donde aquella vez te quitaba la ropa. El resto ya lo sabe todo el mundo, y los que no, que se enteren: al verano siguiente yo no fui al pueblo, me negué rotundamente, y te liaste con el mismísimo Sabina, y le contaste nuestra historia, ¡mi historia!, esa que ahora la radio no deja de poner y que mi ex ídolo, el muy canalla, sigue cantando como si fuera suya.

Todos las familias felices se parecen;

cada familia infeliz es infeliz a su forma.

 Tolstói

 

FOTO: Peggy Goldman. Tomado de The face of Cuba (Pintarest:
https://www.huffingtonpost.com/peggy-goldman/faces-of-cuba_b_3823598.html) 

Era una anciana negra, muy delgada, que parecía todavía más negra por el contraste de su piel con el pelo canoso, peinado como un hombre, casi ralo, y parecía mucho más delgada por lo ancho de la ropa que llevaba puesta. Caminaba lentamente, tumbada un poco hacia el lado derecho, y voceaba:

—¡Ajos… velas… cascarilla… manteca de cacao!

            Llevaba un par de tenis viejos, rotos en las puntas a la altura de los dedos pulgares, estropeados con tal simetría que los huecos parecían hechos a propósito. El sucio y ancho pantalón, de un rojo desteñido, completaba esa imagen deprimente que obligó a Diógenes a mirarla un momento, y a sentir lástima.

—¡Ajos… velas… cascarilla… manteca de cacao!

            Diógenes la vio alejarse y volver sobre sus pasos, lentamente, sin mirar a nadie, pendiente sólo de su propio pregón, y esta vez descubrió en el rostro de la anciana hambre, cansancio, vejez, tedio, certeza de que nadie compraría sus ajos, sus velas, su cascarilla, su manteca de cacao, deseos de soltar aquel jabuco que le pesaba ya sobre la espalda.

—¡Señora! —gritó Diógenes cuando la anciana estaba varios metros más abajo—. ¡Eh, señora! ¿cuánto valen?

—El ajo a dos, las velas a cinco, la cascarilla a cuatro, la manteca de cacao a quince pesos la botella —dijo la anciana como si recitara, deteniéndose pero sin mirarlo.

Diógenes se acercó:

—¿Y cuántos tiene?

—¿Cuántos qué? —preguntó ella a su vez, con desgana, bajándose del hombro la pesada jaba.

—Se lo compro todo, señora —dijo Diógenes.

—¿Los ajos? —indagó ella.

—Sí, y las velas y la cascarilla y la manteca de cacao.

            La anciana lo miró, esbozó una sonrisa, y demoró unos segundos en agacharse a contar la mercancía. Diógenes la miraba, compasivo. Por el escote se le veía el flaco y negro pecho.

—No lo cuente, señora, dígame cuánto es todo.

—Es mucho, mijo —dijo la anciana, sin levantarse.

—¿Qué le parece esto? —dijo Diógenes, y le mostró un billete de diez dólares.

La anciana tomó el billete, lo revisó por ambos lados, miró a Diógenes y se lo devolvió.

—¡Que son diez dólares, abuela! —le explicó Diógenes, risueño y sorprendido.

Después, acercándosele al oído y mirando a todos lados, como si le deletreara un gran secreto, le repitió:

—¡Diez… dó… la… res!

—Ya lo sé —contestó la vieja, poniendo grandes ojos de desconfianza ahora, alzando otra vez el bulto y haciendo por irse.

—Espere, abuela —insistió Diógenes—. Mire, vamos a ver. Diez dólares son, ahora-mismo-ahora-mismo, mil pesos. ¿Entiende? ¡Le estoy dando mil pesos por la jabita esa!

            La anciana lo miró esta vez de arriba abajo, con mayor desconfianza, y se acomodó el asa de la jaba sobre el hombro. Diógenes la miraba entre incrédulo, burlón y lastimero. Guardó el billete en el bolsillo. Pero antes de marcharse volvió a decirle:

—Mire, abuela —hablaba despacio, como si le estuviera explicando un problema matemático muy difícil a un niño—, todo eso que usted lleva ahí no vale ni cien pesos, ni cincuenta; y yo le estoy ofreciendo mil pesos, ¿entiende?, ¡diez dólares!

—Quince, y se lo lleva —respondió la vieja, que parecía no oírlo.

—¿Cómo? —sonrió Diógenes.

—Es mi precio. Lo toma o lo deja. Quince dólares, y todo es suyo —repitió con neutralidad, segura de sí misma.

Ante el silencio incrédulo de Diógenes, la vieja comenzó a alejarse.

—¡Ajos… velas… cascarilla… manteca de cacao!

            Diógenes sintió curiosidad, vio aquello como un juego, como una prueba de fuerza, y siguió tras ella.

—Le ofrezco doce, doce dólares, mil doscientos pesos, ahora-mismo-ahora-mismo, uno encima del otro.

La anciana se detuvo.

—Quince, mijo, quince dólares —ahora su tono era de lástima hacia Diógenes, el mismo tono que él había empleado con ella al principio—. Quince es mi precio. Mira estos ajos —le mostró dos cabezas medianas, casi tiernas—; mira estas velas, no hechas en casa, con parafina mala, sino de las buenas, de las que no se apagan —le mostró tres velas blancas, largas, envueltas en papel de estraza—; mira esta cascarilla —sobre la oscura palma de su mano derecha aparecieron dos pequeños montículos blancos, como bolas de tiza cortadas por la base—; mira esta mantequita, mijo —y le enseñó una botella de refresco llena hasta el cuello con un líquido espeso, amarillento, taponada con una chapa vieja y parafina—. Todo por quince, mijo. Me das quince fulitas, y esto es tuyo.

            Diógenes no pudo evitar sonreír, esta vez con malicia. Se metió las manos en los bolsillos y la miró de arriba abajo.

—Trece. Trece dólares por todo, abuela. Es mi última oferta —dijo, sacó el dinero y comenzó a contarlo delante de ella.

La anciana lo miró a lo ojos, desentendiéndose del fajo.

—Quince, y le dejo también la jabita.

Era su último intento de negociar. Incluso, levantó la jaba a la altura de su pecho, para que Diógenes la viera.

—No hay negocio —dijo Diógenes.

—Pues no hay negocio —confirmó la anciana.

Y se marcharon en sentido opuesto.

Todos las familias felices se parecen;

cada familia infeliz es infeliz a su forma.

 Tolstói

 

FOTO: Peggy Goldman. Tomado de The face of Cuba (Pintarest:
https://www.huffingtonpost.com/peggy-goldman/faces-of-cuba_b_3823598.html) 

Era una anciana negra, muy delgada, que parecía todavía más negra por el contraste de su piel con el pelo canoso, peinado como un hombre, casi ralo, y parecía mucho más delgada por lo ancho de la ropa que llevaba puesta. Caminaba lentamente, tumbada un poco hacia el lado derecho, y voceaba:

—¡Ajos… velas… cascarilla… manteca de cacao!

            Llevaba un par de tenis viejos, rotos en las puntas a la altura de los dedos pulgares, estropeados con tal simetría que los huecos parecían hechos a propósito. El sucio y ancho pantalón, de un rojo desteñido, completaba esa imagen deprimente que obligó a Diógenes a mirarla un momento, y a sentir lástima.

—¡Ajos… velas… cascarilla… manteca de cacao!

            Diógenes la vio alejarse y volver sobre sus pasos, lentamente, sin mirar a nadie, pendiente sólo de su propio pregón, y esta vez descubrió en el rostro de la anciana hambre, cansancio, vejez, tedio, certeza de que nadie compraría sus ajos, sus velas, su cascarilla, su manteca de cacao, deseos de soltar aquel jabuco que le pesaba ya sobre la espalda.

—¡Señora! —gritó Diógenes cuando la anciana estaba varios metros más abajo—. ¡Eh, señora! ¿cuánto valen?

—El ajo a dos, las velas a cinco, la cascarilla a cuatro, la manteca de cacao a quince pesos la botella —dijo la anciana como si recitara, deteniéndose pero sin mirarlo.

Diógenes se acercó:

—¿Y cuántos tiene?

—¿Cuántos qué? —preguntó ella a su vez, con desgana, bajándose del hombro la pesada jaba.

—Se lo compro todo, señora —dijo Diógenes.

—¿Los ajos? —indagó ella.

—Sí, y las velas y la cascarilla y la manteca de cacao.

            La anciana lo miró, esbozó una sonrisa, y demoró unos segundos en agacharse a contar la mercancía. Diógenes la miraba, compasivo. Por el escote se le veía el flaco y negro pecho.

—No lo cuente, señora, dígame cuánto es todo.

—Es mucho, mijo —dijo la anciana, sin levantarse.

—¿Qué le parece esto? —dijo Diógenes, y le mostró un billete de diez dólares.

La anciana tomó el billete, lo revisó por ambos lados, miró a Diógenes y se lo devolvió.

—¡Que son diez dólares, abuela! —le explicó Diógenes, risueño y sorprendido.

Después, acercándosele al oído y mirando a todos lados, como si le deletreara un gran secreto, le repitió:

—¡Diez… dó… la… res!

—Ya lo sé —contestó la vieja, poniendo grandes ojos de desconfianza ahora, alzando otra vez el bulto y haciendo por irse.

—Espere, abuela —insistió Diógenes—. Mire, vamos a ver. Diez dólares son, ahora-mismo-ahora-mismo, mil pesos. ¿Entiende? ¡Le estoy dando mil pesos por la jabita esa!

            La anciana lo miró esta vez de arriba abajo, con mayor desconfianza, y se acomodó el asa de la jaba sobre el hombro. Diógenes la miraba entre incrédulo, burlón y lastimero. Guardó el billete en el bolsillo. Pero antes de marcharse volvió a decirle:

—Mire, abuela —hablaba despacio, como si le estuviera explicando un problema matemático muy difícil a un niño—, todo eso que usted lleva ahí no vale ni cien pesos, ni cincuenta; y yo le estoy ofreciendo mil pesos, ¿entiende?, ¡diez dólares!

—Quince, y se lo lleva —respondió la vieja, que parecía no oírlo.

—¿Cómo? —sonrió Diógenes.

—Es mi precio. Lo toma o lo deja. Quince dólares, y todo es suyo —repitió con neutralidad, segura de sí misma.

Ante el silencio incrédulo de Diógenes, la vieja comenzó a alejarse.

—¡Ajos… velas… cascarilla… manteca de cacao!

            Diógenes sintió curiosidad, vio aquello como un juego, como una prueba de fuerza, y siguió tras ella.

—Le ofrezco doce, doce dólares, mil doscientos pesos, ahora-mismo-ahora-mismo, uno encima del otro.

La anciana se detuvo.

—Quince, mijo, quince dólares —ahora su tono era de lástima hacia Diógenes, el mismo tono que él había empleado con ella al principio—. Quince es mi precio. Mira estos ajos —le mostró dos cabezas medianas, casi tiernas—; mira estas velas, no hechas en casa, con parafina mala, sino de las buenas, de las que no se apagan —le mostró tres velas blancas, largas, envueltas en papel de estraza—; mira esta cascarilla —sobre la oscura palma de su mano derecha aparecieron dos pequeños montículos blancos, como bolas de tiza cortadas por la base—; mira esta mantequita, mijo —y le enseñó una botella de refresco llena hasta el cuello con un líquido espeso, amarillento, taponada con una chapa vieja y parafina—. Todo por quince, mijo. Me das quince fulitas, y esto es tuyo.

            Diógenes no pudo evitar sonreír, esta vez con malicia. Se metió las manos en los bolsillos y la miró de arriba abajo.

—Trece. Trece dólares por todo, abuela. Es mi última oferta —dijo, sacó el dinero y comenzó a contarlo delante de ella.

La anciana lo miró a lo ojos, desentendiéndose del fajo.

—Quince, y le dejo también la jabita.

Era su último intento de negociar. Incluso, levantó la jaba a la altura de su pecho, para que Diógenes la viera.

—No hay negocio —dijo Diógenes.

—Pues no hay negocio —confirmó la anciana.

Y se marcharon en sentido opuesto.

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Añadido por Alexis Díaz Pimienta el 25 abril 2018 a las 11:27 am

LA VECINA

 

 


Foto: Soyaka Yamaguchi.
Tomado de “Las birllantes adolecentes cubanasde Soyaka Yamaguchi”:
https://i-d.vice.com/es_mx/article/kzbb4z /las-brillantes-adolescentes-cubanas-de-sayaka-yamaguchi

Qué le ha pasado a esta muchacha, si ayer, puede decirse, andaba menuda de ropas por el barrio, corriendo y agachándose al descuido, importándonos un bledo su cabello erizado, sus pies descalzos y su risa; qué le ha pasado para que ejerza ese magnetismo allende la ventana, si no ha cambiado su nombre, Isachi, si sus padres son los mismos, esos buenos vecinos de hace años. No sé qué fetichismo óptico me mantiene horas y horas varado en este atalaya rectangular desde donde los días han ido cambiando un ser por otro, una niña por una muchacha, una muchacha por esa mujer que se sienta en un sillón impávido, nombrándose igual y con los mismos ojos, pero envuelta en un nimbo de belleza, en un aroma anestesiante que enloquece las manecillas de mi reloj pulsera para que anden o se detengan según ella entre o salga.
            Los cuarenta y ocho años hacen trampas. Esta tensión de vigilar a Isachi, de calcular el ángulo en que debe cruzar un muslo sobre el otro, de llevarle el control de la ropa que usa (lunes, short, martes, bata de casa) no acaba sino poniéndome ojeroso, malhumorado, insomne. Onilda se da cuenta.. Me dice que no escriba tanto, que descanse, y yo bebo un café con leche que me gotea el pijama, y le tomo la mano ajada y fría, no es nada, amor, levantándome.

Al principio había cierto prurito, daba pena mirarla, comentarlo parecía una transgresión de los principios vecinales; hasta que los muchachos del barrio comenzaron a pedir consejos y sus padres intuían una especie de flagelación íntima al dar instrucciones que habían ideado para sí, al verla pasar, adiós, Isachi, disimulando ante la cuadra. Yo tenía una enorme ventaja sobre ellos: esta ventana de la biblioteca, la prodigiosa y exacta ventana sobre el escritorio, regalándome ese portal que ella puebla de noche, la niña de Felicio, la que usaba espejuelos, sí esa misma. Y me quedo absorto en el silencio de la habitación, interrumpido solamente por el tecleo de mi Olimpia, el frui-frui de su sillón metálico y su risa, ¡su risa! A esta parte de la casa no llegan los trajines hogareños de Onilda ni el juego de mis hijos. Además, desde siempre he prohibido que me molesten cuando estoy escribiendo. Antes ponía seguro en el llavín, pero luego se hizo innecesario. Franqueando yo la puerta reinaba tal halo de obediencia y respeto en la familia que hasta los visitantes necesitaban Visa para verme. No obstante, había asegurado otra vez la cerradura, protección instintiva quizá, sospecha del delito sin saber cuál, cómo, dónde. Para Onilda mi novela avanzaba. Estaba yo en uno de mis mejores momentos, fertilidad que me agotaba y me ponía nervioso, claro, has avanzado amor, ¿verdad?, voy terminando el capítulo treinta, mentía, y le leía fragmentos inconclusos.

            Bata de casa a cuadros en el sillón: inútil, Isachi le revienta las costuras. Blusa azul de tirantes y short muy constreñido: inútil, me choca en la nariz ese perfume, ha roto la ventana y me emborracha, no está bien lo que hago, me digo, esta muchacha puede ser mi hija, me digo, esa es la hijita de Felicio, carajo, me digo, pero me voy de la ventana y la siento reír, la siento sillonearse en el portal de siempre, soy un mierda, desquiciado hijo de puta, enamorado de una niña, y rompo la cuartilla para acostarme pronto, pronto, pronto. Y Onilda tiene las carnes blandas y blanquísimas, arde, suda, gime como ella sabe que me gusta. Pero huele distinto. Estoy perdido. Ella intenta ayudarme con acrobacias y fruiciones húmedas, pero al balancearse me recuerda un sillón, y yo contraigo los glúteos y el abdomen y reempujo, reempujo, para que no descubra mi flaccidez orgánica, hasta que me canso de sentirme inútil. Es el trabajo, amor, resuelve Onilda, y al otro día igual, es el trabajo, y en toda la semana he trabajado mucho.

            No sé que le ha pasado a esta muchacha. Deben haberle enloquecido las hormonas o algo así. Ano ser que mis ojos… que mi mente… Adiós, Isachi, le dije la semana pasada, en una esquina. Ya no le dije, no sé por qué, adiós, niña. Y luego un simple adiós de mano tímida, y luego un movimiento de cabeza, un guiño.

            A no ser antier, nunca han tropezado nuestras vistas. Me refiero al portal y a la ventana, cuando la miro balancearse en su sillón nocturno, dichosos sillón de dichosas correas de goma enrolladas en dichosos tubos de aluminio. A no ser antier no se ha dado ella cuenta. Y me sonrió, creo. Sí, me sonrió, y me miró tres veces más, siempre risueña, cruzando, ay mi madre, un muslo sobre otro. Luego ha vuelto a mirar ayer toda la noche, agitando el pelo y guiñándome un ojo, una, dos veces, y luego el balanceo del sillón, el balanceo, que me pone la cabeza como un péndulo de base vertical, siguiendo sus rodillas que suben y bajan. Ayer su aroma me ha dolido, lo confieso. Dije, no, hoy no escribiré, ni mañana, ni nunca; si es la hija de Felicio, si yo la vi crecer, si la cargué, creo, pero hoy los grillos ya se saben su nombre, y lo gritan, morbosos, tras la puerta, ¡Isachi, Isachi!, las arañas tejen su nombre en letras grandes, con insectos enredados en la I y en la H. La Olimpia autopropulsa sus seis letras, la hoja en blanco se llena de ella, los libros imitan el ruido del sillón y su risa, los libros se ríen alto, alto, no me dejan oír si Onilda está despierta, ¡Onilda, Onilda, saca a esta muchacha de acá adentro, sácala!, pero ella ya está sentada a mi máquina, escribiendo, esdtá en bata de casa, teclea que teclea, deja las manos sobre el teclado y se desnuda con otras manos que deja caer al suelo con la ropa, y me tiende otras manos, acércate, acércate, sonriendo y relamiéndose, putilla endemoniada, con ese olor que rompió la ventana, dice que me acerque a su cuerpo tendido en el piso, deja dos manos halándome y con otras me quita la camisa, y me despeina con otras manos suyas, me arranca el pantalón con las manos, con los dientes, con la succión de su ombligo casi púber. Ay, si me vieras, Onilda, qué muchio trabajo ni ocho cuartos. Esta es la ceremonia fálica del mes, la exhibición tan postergada. Ella recoge las rodillas y me hala, me obliga a acuclillarme como un dócil hipnótico. La miro. La miro. La máquina deja de teclear su nombre; los grillos, los libros, las baldosas, los muebles, la lámpara, todos diciendo, ¡Isachi, Isachi!

            Hoy no voy a escribir, ni mañana, ni nunca. Me acerco a su piel sonrosada u húmeda. Reviento un cartucho seminal dentro de ella y caigo exhausto junto a mi vieja Olimpia, resoplando, sudando, sin saber que le ha pasado a esta muchacha, si ayer, puede decirse, era la hijita de Felicio, la que usaba espejuelos, sí, esa misma, y ahora me obliga a explicarle a Onilda que esta ha sido otra noche de excesivo trabajo, aunque, por suerte, mi novela avanza.