"Uno de los mejores narradores cubanos de la hora presente"
(Juan Bonilla)

Del Blog de Díaz-Pimienta

ene
11
Añadido por Alexis Díaz Pimienta el 11 enero 2017 a las 12:31 pm
The shadows wane.
The dawn comes to New York.

(Las sombras se esfuman.
El alba llega a Nueva York.
Claude McKay
La aurora de Nueva York
tiene -penúltimo estreno-
cuatro columnas de cieno
que atemperan su color.
La aurora de Nueva York
tiene un huracán de negras
palomas, nueras y suegras
de otras palomas perdidas
entre las aguas podridas
del paisaje al que te integras.
La aurora de Nueva York
gime, rompe en las aceras
las inmensas escaleras
del edificio mayor.
La aurora de Nueva York
cuenta y recuenta turistas
buscando entre las aristas
nardos, o la foto ampliada
de su angustia dibujada:
un test para neo-autistas.
La aurora de Nueva York
llega y nadie la recibe
en su boca. Nadie escribe,
nadie le pide un favor.
La aurora de Nueva York
parece triste, profana,
porque allí no hay mañana
ni [hay] esperanza. A veces
las monedas y los peces
desfilan en caravana,
forman enjambres furiosos
[y] taladran y devoran
a extraños niños que lloran
y revenden los sollozos.
Abandonados. Nerviosos.
Filmados por Woody Allen.
[Mas] los primeros que salen
[mal]comprenden con sus huesos
que después de los excesos
y pese a que nos igualen.
no habrá [ningún] paraíso
ni [habrá] amores deshojados;
solo deshumanizados
espectros de pelo rizo,
sombras de cuerpo plomizo,
duendes de estómago lleno
[que] saben que van al cieno
de números y de leyes,
caballos, sotas y reyes
entrando a un casino ajeno.
Mil turistas por minuto.
Todos desde alguna parte
[van] a los juegos sin arte,
[y] a [los] sudores sin fruto.
¿Peso neto o peso bruto?
Nadie quiere saber nada
[y] la luz es sepultada
por cadenas y [por] ruidos.
Los dedos y los oídos,
las lenguas y la mirada
en [un] impúdico reto
de [la] ciencia sin raíces.
Pasaportes sin países
(o sin un país concreto).
¿Peso bruto o peso neto?
Por los barrios de New York
hay gentes de otro color
que vacilan, que caminan
insomnes, que no terminan
de jugar y hacerlo bien.
Personas como recién
salidas de lo que arruinan.
Son fantasmas, Federico.
Pecios. Víctimas. Retazos
de un naufragio. Newyokazos
de la sangre. Tics de rico.
Otro “newyork-gate”. ¿Me explico?
A esta hora todo es peor.
Sombras. Neblina. Sudor.
Todo convertido en nada.
¡Qué negramente blanqueada

la aurora de Nueva York!

………………………

Retrato de Nueva York es un poemario escrito en décimas (“decimario”, decimos en Cuba), que recorre la ciudad de los rascacielos con los ojos del poeta y a la vez del turista, del asombro y a la vez de la desconfianza, de la soledad y a la vez del bullicio, devolviendo al lector otra mirada poliédrica y pasmosa a esta ciudad ya cantada por tantos poetas (Whitman, los poetas Beats, Lorca, Juan Ramón, etc.)

ene
11
Añadido por Alexis Díaz Pimienta el 11 enero 2017 a las 11:59 am


(De mi libro Retrato de Nueva York)



Mi encuentro con Federico
ocurrió de madrugada.
Era una sombra sentada
debajo de un abanico.
Olía a poeta rico.
Me acerqué. No puso un pero.
Y a dos versos del sombrero
susurró: ¿lo ves, se nota?
Hay una gota, una gota,
de sangre de marinero.

Por debajo de las sumas,
hay algo que nos gobierna:
un río de sangre tierna,
un mar de sucias espumas.
“No consumas, no consumas”,
me aconsejó, me rogó.
Y al instante me explicó
cosas que yo no sabía,
o que saber no quería,
o que no se qué, o que no…

Debajo de las multiplicaciones,
en el alba mentida de New York
me llamo Federico García Lorc,
a pesar de las malas traducciones.
Ahora todos visitan mis rincones,
ahora todos me leen, vaya celo.
Nueva York sigue siendo niebla y vuelo
y los trenes de rosas maniatadas
y la curva feliz de las miradas
pero yo no he venido a ver el cielo.

Nueva York, la ciudad indiferente,
que levanta sus montes de cemento
me parece pequeña por momentos,
me parece ridícula, inocente.
Debe ser angustioso tanta gente
hollándote, babeándote las rutas.
Tantos taxis, banqueros, hackers, putas,
estudiantes, turistas, golondrinas
y al final, cuando cruzas dos esquinas,
no es la muerte, es la tienda de [las] frutas.

Todos los días se matan
en Nueva York -fríos datos-
cuatro millones de patos
que las lenguas abaratan.
Todos los días maltratan
cinco millones de cerdos,
diez millones de recuerdos,
dos mil millones de fotos,
un billón de humo de motos,
un trillón de no-me-acuerdos.

Dos mil palomas al día
para los agonizantes
y tullidos caminantes
de la mega-travesía.
¿Esta vaca es tuya o mía?
¿Mugido en bistec o en callos?
¿Se comen los guacamayos?
¿Se comerán los zancudos?
Vendo un millón de hombres crudos
y dos millones de gallos.

Y tantas cocciones dejan
los cielos hechos añicos.
Tan solo los Federicos
escriben y no se quejan.
Más vale cuando se alejan
sollozar solo, en voz baja,
afilando la navaja
o asesinar a los perros
en cacerías y encierros
a la hora en que no trabajas.

Mas te vale resistir
en la [fría] madrugada
tú, que no comprendes nada,
de lo que cuesta vivir.
Sí, más te vale escribir,
poeta, así te entretienes.
Hay interminables trenes
de leche (muy saludables)
Hay trenes interminables
de sangre. ¿Te vas o vienes?

Los ricos, los pordioseros,
(en diferentes idiomas),
los patos y las palomas
los cerdos y los corderos,
los nativos, los viajeros,
los listos y los idiotas,
hoy todos ponen sus gotas
de sangre entre los renglones
de las multiplicaciones,
de las carótidas rotas.

Los terribles alaridos
de las vacas estrujadas
ensucian las madrugadas
y taponan los oídos.
Claro que hay sordos dormidos,
inclusive, en plena calle.
Y que por más que se ensaye
la obra siempre acaba mal:
los gritos del animal
llenan de dolor el valle.

Donde el Hudson, pobrecito,
se emborracha con aceite
se habla del raro deleite
que causa llorar bajito.
Casi nadie escucha el grito,
la frecuencia es imposible.
Pero yo, bardo intangible,
sin importarme la hora
denuncio a todo el que ignora
la mitad irredimible.

Y laten corazones, negros cuadros,
de los animalitos que se olvidan.
Ya todos caerán sin que lo pidan
en la fiesta final de los taladros.
Pongamos los poemas en recuadros.
Pongamos el amor en cuarentena.
Federico estornuda y me da pena.
Federico habla, bala, gruñe, muge.
Federico me pide que lo empuje.
Es más, no me lo pide, me lo ordena.

“Os escupo en la cara”, grita triste
un flaco Federico, despeinado.
La otra mitad escucha demasiado
feliz para la sangre con que viste.
Un flaco Federico escupe, insiste,
los observa con rostro y voz de mando.
Algunos devorando, otros cantando,
algunos mal volando en su pureza.
Federico se rasca la cabeza.
Yo paso. Me dan náusea. Estoy llorando.

No es el infierno, es la calle.
Hay niños abandonados,
mundo de ríos quebrados
y sufrientes al detalle.
Dondequiera que me halle
hay gemidos inaudibles
y distancias inasibles.
Dondequiera, ya lo sabes.
Mas podrían ser más graves,
mucho más indigeribles.

Todo lo quieto está móvil.
Todo es eterno hace rato
en la pata de ese gato
[que ha quebrado] el automóvil.
Todo humano queda inmóvil
y hay un dolor de raíz.
El canto de la lombriz
se oye desde el corazón
de muchas niñas que son
la misma niña infeliz.

Óxido, fermento, tierra
estremecida. Dolor.
Fermento. Óxido. Sudor.
Taladro. Escalera. Sierra.
¿Con quién estamos en guerra?
se pregunta el que camina.
¿La culpa nos incrimina?
¿O eres tú, como te llames,
que nadas por los infames
números de la oficina?

Y ahora yo, ¿qué voy a hacer,
ordenar [más] los paisajes?
¿Mezclar todos los lenguajes,
la muerte con el placer?
¿Y ahora cómo renacer?
¿Qué hacemos ahora, señores?
¿Ordenar [más] los amores
que, por si no lo sabías,
luego son fotografías,
simples tomas exteriores?

Son pedazos de madera
y de sangre a bocanadas.
Son cabezas degolladas
y lágrimas en la acera.
El próximo pez que muera
tendrá ron en las espinas.
Hay moho en las cartulinas
y ojeras en cada anuncio.
No, no; yo [mejor] denuncio,
estas frías oficinas.

Yo denuncio la conjura,
los programas de la selva,
hasta que alguien nos devuelva
un pedazo de cordura.
Yo denuncio la locura
de las gafas coloreadas.
Yo denuncio las miradas
furtivas del bienvenido
Yo me ofrezco a ser comido
por las vacas estrujadas.

Y por lo cerdos rollizos.
Y por lo viejos carteros.
Y por los gordos obreros
que llevan ojos postizos.
Me ofrezco para chorizos,
lonjas de humano deleite.
Para que nadie se empleite,
yo denuncio y resucito
donde el Hudson, pobrecito,
se emborracha con aceite.

Y Federico se fue,
cabizbajo, pensativo.
Y yo quedé muerto “en vivo”,
con el corazón a pie.
Insepulto me quedé.
Me quedé anclado en la nada.
Y una anciana jorobada
al final me dijo: “Hombre,
no le has dicho ni tu nombre
al poeta de Granada”.

……………………………………………

Retrato de Nueva York es un poemario escrito en décimas (“decimario”, decimos en Cuba), que recorre la ciudad de los rascacielos con los ojos del poeta y a la vez del turista, del asombro y a la vez de la desconfianza, de la soledad y a la vez del bullicio, devolviendo al lector otra mirada poliédrica y pasmosa de esta ciudad ya cantada por tantos poetas (Whitman, los poetas Beats, Lorca, Juan Ramón, José Hierro, etc.)

may
17
Añadido por Alexis Díaz Pimienta el 17 mayo 2016 a las 6:09 pm
Poema visual del poeta Juan López-Carrillo

Nadie me había contado
esta posibilidad,
esta circularidad,
este duelo circundado.
Tú acostada. Yo acostado.
Norte y sur. Abajo. Arriba.
Mezclas de savia y saliva.
Lenguas en doble fruición.
Un 6, un 9: Erección.
Un 9, un 6: Lavativa.

69 escalones
hacia tus profundidades.
69 humedades.
69 erecciones.
69 varones
dentro de un solo varón.
69 hembras con
una sola lengua impar.
Sicalipsis circular.
Dulce circunvalación.

Yo, 69 veces
Tú, 69 igual.
Yo: 6 de aspecto lingual.
Tú: 9 con estrecheces.
Yo 9, y tú te estremeces.
Tú 6, y yo blanco alud.
6 de fiebre y juventud.
9 de “pero se mueve”.
Latitud: 69.
69: Altitud.

Todo gira. El tiempo, el mundo.
Todo gira y nos remueve.
Vamos a 69
revolcones por segundo.
Abres las piernas: me hundo.
Se “englandece” mi yo, y subes.
Las lenguas arrancan uves
(los vellos se vuelven ellos).
Nudo de muslos y cuellos.
Y ellos (nos) entre las nubes.

69 escalones
hacia la fiebre final.
Matemática carnal.
Adiciones (¿adicciones?),
sustracciones, divisiones,
multiplicada energía.
¿Dos cuerpos forman orgía?
¡Pues esta orgía es de dos!
Que alguien nos diga, por Dios,
cuál lengua es tuya y cuál mía.

Lames, lamo, nos lamemos.
Lengüetazos, lametazos.
Otro mar de los sargazos:
naufragamos, ¡naufraguemos!
Tú 6: yo suelto los remos.
Yo 9, tú que jadeas.
Yo 6, tú 9… No veas
las vueltas que da la cama.
Matemático erosgrama
dictado por las mareas.

Poema visual del poeta Juan López-Carrillo
__________________________________________
Diario erótico de Robinson Crusoe (Scripta Manent Ediciones, 2016). Disponible en la tienda Online de Scripta Manent: http://www.scriptamanentediciones.com/tienda-online/
feb
29
Añadido por Alexis Díaz Pimienta el 29 febrero 2016 a las 1:07 pm


SOL DE INVIERNO EN SEVILLA


Por exigencias del guión
el sol rompe la nubes
y se cuela en la fiesta del invierno.

Un sol sin gluten
sin adulcorantes
bajo en calorías.

Un sol hecho
de soledad e hidrógeno
de sexo mal habido y luz.

Por exigencias del guión
el sol y yo
nos miramos de frente.
Pero él se siente débil.
Se pone las gafas
y se va.




FILOSÓFICA

Lo peor del amor
cuando se acaba
es que no se parece
ni a su sombra.

El odio al menos
es idéntico siempre.

Tal vez por eso
decepciona menos.


ÚLTIMO CONSEJO DEL SEXÓLOGO

Los orgasmos
simultáneos
son fértiles
aunque ocurran
en camas distintas.



PROFUNDO DILEMA

Estoy buscando una mujer donde caerme muerto
un cuerpo para descansar el resto de la vida.

He aquí el dilema. Mi profundo dilema.

Solo aparecen hembras donde subirme vivo
cuerpos donde cansarme hasta la muerte.



FOTO DE GRUPO

En una multitud
fotografiada
siempre
hay alguien
que sabe el orden
en el que los demás
irán muriendo.


IMPOTENCIA

En realidad
no me gustan las fotos.
Las detesto.

Pero el fotógrafo
tenía siete hijos
y necesitaba víctimas
para alimentarlos.


INTROSPECCIÓN

Con las manos vacías
los ojos vacíos
el pecho hueco
miro hacia atrás
y sólo veo polvo
miro hacia adelante
y sólo veo polvo.

No queda más remedio
que mirar hacia dentro.

Al polvo mismo.

(Tomados de diferentes libros)




feb
20
Añadido por Alexis Díaz Pimienta el 20 febrero 2016 a las 6:01 pm
Mi novela Maldita danza (Ed. Alba, Barcelona, 2002; Ed. Oriente, Santiago de Cuba, 2004) es una novela protagonizada por la música, el sexo, el lenguaje, los tópicos, la nostalgia, y que se desarrolla entre el madriñeño barrio de Lavapiés y el habanero barrio de La Timba. Una novela que “no se lee, se baila” (según Romualdo Írsula).

Maldita danza [...] está hábilmente construida a partir de las dicotomías, de conflictos paradojales y sorprendentes [...] se cruzan sin cesar: el sexo vs. la virginidad; el ritmo casino vs la música de concierto; la cultura de barrio vs la refinada educación académica; la Timba habanera vs Lavapiés madrileño. (Orestes Martín, en “Bailar casino con Díaz-Pimienta”, Juventud Rebelde, 2005).

He aquí el primer capítulo.



Ser mulata, ser joven, ser cubana, y vivir en España, es un fastidio. Todo está bien mientras posas de ingenua, mientras dedicas todo el tiempo a enredar con tus trenzas cuanta sonrisa fácil y galanteo inútil se te atraviesan en la calle; todo está bien mientras, indefinida, te dejas arrastrar por la marea del eurocentrismo, del españolismo aséptico, del vedettismo insular y de los tópicos. Oh, los tópicos. Cuba es un trópico de tópicos. Y ahí estamos nosotras, las cimbreantes mujeres del Caribe, elevadas a la categoría inamovible de diosas del sexo y del baile: no importa que te hayas mantenido virgen hasta cumplir los veinticinco años, todo un récord en Cuba, mucho más en La Habana, y muchísimo más si tenemos en cuenta que estuve becada desde los doce años, con todo lo que significan las palabras Beca, litera, pasillo aéreo, cátedra de Educación Física, surquería de tomate, todo un campo lingüístico que iba estrechándose hasta dejarnos acorraladas entre los sustantivos condón e himen; tampoco importa que no hayas aprendido jamás a bailar nada, que para ti, desde la más temprana adolescencia, constituyeran un verdadero jeroglífico las vueltas del casino, y mucho más las ruedas, tanta coreografía improvisada, tanto eufemismo en la nomenclatura; no, no importa: eres mulata, eres joven, eres cubana, y vives en España, para más desgracia. O no, en España no, en Madrid, que es mucho más que España, en Lavapiés, que es una mezcla de todos los madrides. Entonces tus amigos y tus vecinos y la cuota de desconocidos que te corresponden se encargarán de recordártelo a toda hora: eres un tópico con largas trenzas y piel crepuscular y ojos enormes. Ah, ¿eres cubana?, ponga un poco de salsa, por favor; ah, ¡eres cubana!, pónganos dos mojitos, por favor; ah, ¿eres cubana?, ¿qué pasará cuando se muera Castro?; ah, ¡eres cubana!… Y el cantinero pone a todo volumen un disco de la Estefan, y el anfitrión revuelve los mojitos con palmeras minúsculas, y el futurólogo desconocido insiste, ah, ¿eres cubana?, pero no sabe ya qué preguntar, atragantado con cubalibres y palmas y preguntas barbudas, y Gloria Estefan suda, gira, grita, ríe burlona, contemplando cómo estos nativos de la Hispania son incapaces de coordinar las caderas y las notas musicales, sólo saben girar alrededor de mi cabeza, cada uno pendiendo de una trenza como en un gran carrusel o en un tiovivo aéreo, cada uno repitiendo en un tono distinto, ah, eres cubana, en distintas escalas, ah, eres cubana, con los ojos muy abiertos, ah, eres cubana, hasta que dejan caer sobre mi mesa fotos de sus abuelos, tíos, primos, sobrinos, hermanos, todos con trajes y sombreros antiguos, todos amarillentos, misteriosos, intentando moverse también al ritmo de la música, pero tan incapaces como sus descendientes, unos posando junto a un Chevrolet, otros bebiendo junto al malecón, la mayoría con rostros neocolombinos y sonrisas estoicas, estirando las manos desde la cartulina y gritándome a coro, ah, ¿eres cubana?, abriéndose los trajes, bailemos esta pieza, por favor, aflojándose los nudos de las corbatas, enséñanos, enséñanos, tirando al aire los sombreros, un poquito de salsa, por favor, no importa que te recuerdes a ti misma, envidiosa y roída, con los brazos cruzados, con los ojos cruzados, con las nalgas cruzadas, sentada todo el tiempo en un banco del pasillo central de la Beca, viendo cómo los sucesivos novios se te iban detrás de las negronas y las jabaítas, esas niñas que bullían de ritmo, hechas de puro fuego, émbolos y balines en los fémures, grasa fresca en las rótulas, elásticas las vértebras, oh, qué ajiaco de sudores y dentaduras blancas, qué escándalo de protuberancias glúteas incapaces de frenar el movimiento, y ahí sigues tú, mulata arrítmica, zurda a la música, los oídos cuadrados y los pies triangulares, seria, fingiendo que no hay celo, que no hay envidia y rabia, un novio, dos, tres, cuatro, y todos giran y menean sus pelvis, todos levantan, bajan, doblan y desdoblan sus piernas y sus brazos, sus espinas dorsales, y enloquecen en esa danza demoníaca, ¡dame una!, son medusas vivientes que cambian de pareja al ritmo de la música, ¡llévala al tronco y dame otra!, son pulpos renegridos con camisas azules, pantalones azules, sayas azules, corbatas azules, corazones azules, ¡setenta complicado, dame otra!, son arácnidos locos, llenos de trenzas largas, bigotes indisciplinarios, músculos definidos, ganas de divertirse, ¡la prima, dame dos!, son jóvenes amebas llenas de seudópodos, con libretas de Física y de Astronomía abandonadas en los bancos del pasillo, con libros de Inglés y de Literatura muertos de aburrimiento en sus taquillas, ¡la prima con la hermana, dos con dos!, son cuadros de Picasso en los que sólo hay uñas bien pintadas, tendones tensos, gemelos robustos, pestañas largas y axilas con redondeles de sudor indisimulables, ¡yogur de vaso, dame otra!, son telarañas rítmicas enredando a todos los que estamos despiertos, alumnos, profesores, trabajadores del servicio, ¡yogur de litro, dame otra!, son otra vuelta de un caleidoscopio, cromatismo y catarsis de los deseos más recónditos, alboroto nocturno que nada tiene que ver con nuestra sagrada misión de estudiantes, ¡enchufa y dame la de arriba!, y en cada litro de yogur un nuevo novio se quedaba anclado en una nueva concavidad cimbreante, y tú, tranquila, seria, finges no ver que el sexto novio está llevando al tronco a una rubia ojiverde, ¡dame una!, y ahora le da yogur de litro a una jabá pecosa, ¡dame otra!, y ahora el séptimo Luis te lanza un beso para disimular el roce de su codo con dos tetas aindiadas e incisivas, ¡enchufa y dame la de arriba!, y ahora el octavo Carlos hace un setenta simple con la chiquita nueva, la dentuita y zamba, ¡dos con dos, setenta y dame una!, y tú sigues al margen, en tu banco, imperturbable, viendo cómo al noveno Juan ya no le alcanza un solo tronco para tantas muchachas condenadas. Giran. Todos giran, incontrolablemente. Oh, moderno areíto, tiovivo de los sexos danzantes, aquelarre de sudores agrios pero alegres, exhibición de dientes enormementeblancos, de glúteos glotones, de pezones pesados y pelvis perversas, y tú, jodida, moviendo el pie de un lado para otro, fingiendo un ritmo inexistente, tú, el prototipo de la mulata tropical y cálida, sola en tu banco, sin novio y sin yogur, sin troncos para flagelarte, sin un setenta simple ni una prima, sintiendo sólo los gritos del Coreógrafo, ¡dame una!, ¡dame dos!, ¡dos con dos!, y otro novio al garete.
Y sin baile no hay sexo. Así de claro. Creo que exageraste (dijo el primer psicólogo). Estás equivocada (repitió el segundo). No tienes por qué relacionar una cosa con otra (confirmó el tercero). A mí también me sucedió, pero a la inversa (confesó el Salvaje), y guardó su falo avergonzado y sucio aquella noche del Renacimiento, aquella noche en que estrenaste el sexo, llorosa como un sauce, sangrante y tartamuda, así no, así no, no, no puedo, aún no he bailado ruedas de casino.
El Salvaje se alzó ante mí, desnudo, me acarició el pelo, me hizo la raya al medio con la punta del falo, me colocó el glande sobre una oreja, como un auricular, para que hablara con sus gónadas, luego lo convirtió en termómetro bajo mis axilas, en inhalador para mi nariz nerviosa, en catalejo nervudo para mis ojos, en barra labial para mi boca tímida, todo con parsimonia de salvaje instruido, con paciencia tribal, hasta que el Falo y yo nos hicimos amigos, de pellizquitos y mordiditas cariñosas, serios los tres, pero ya sosegados, cortado el hipo de mi llanto y desecha la ropa de ambos sobre el suelo sin el menor remordimiento, juntos los tres como socios de toda la vida, el Salvaje instruyendo, el Falo serio, y yo secando lágrimas y segregando jugos novedosos.
¿Es la primera vez? —preguntó el Falo.
No te pongas tan rígida, que nada pasará si tú no quieres —sentenció el Salvaje.
Es que yo jamás he hecho el amor con nadie —balbuceé, mirándolos de frente.
No te preocupes —susurró el Falo, y comenzó a darme golpecitos en el vientre, cariñitos de prepucio circunciso.
Y el triunvirato que formamos continuó conversando, suavemente, sin apuro, el Salvaje analizando las premisas de aquel Renacimiento tardío y melancólico, el Falo, con tono suave, con voz de dominico enronquecido, persuadiendo a otras partes de mi cuerpo, y yo pensando en el destino, en mis veinticinco años de virginidad dancística y sexual, en tanta fiebre y humedad contenidas, sola con mis cavilaciones, mirando al Falo y escuchando al Salvaje.
Yo cerraba los ojos y respiraba con dificultad, rezando para que Máshenka o la brujita de la raíz mágica vinieran en mi auxilio. Tenía veinticinco años, y veinticinco motivos para hacerlo, pero temía que una vez que el oso adivinara que había sólo veinticinco panes, y uno quemado, o a punto de quemarse, no preguntara quién lo quemó, como en el juego; temía que aquel oso devorara hasta la última migaja sin preguntar, y Máshenka callada, temblorosa, sin repetir su letanía redentora, cuidadito oso / no seas goloso / desde aquí arriba / Máshenka te mira, y la brujita de la raíz mágica que no me ha perdonado todavía, y Alfonso, el bello Alfonso, cojeando en silencio, y el chivito extraviado, chivo chivo / chivo bueno / ¿dónde estás / que no te vemos?, nada, nadie viene en mi auxilio, fui yo quien quiso desafiar al Salvaje esta noche y ahora me siento sola y tengo miedo.
Que sí, que sí, que tengo miedo, pero lo quiero hacer, Salvaje.
Ábrete más entonces —aconsejaba el Falo, más rosado que nunca, más catecúmeno que antes. Y yo temblaba a mares.
El Falo era enorme y parecía la cabeza de una jicotea. Abrí las piernas. El Falo era recio y parecía una ducha con forma de teléfono. Cerré los ojos. El Falo era grueso y empezó a gaguear, mientras el Salvaje repasaba mis senos con su lengua. Abrí todos los labios.
Pero no sé bailar —se me escapó de pronto, y el Falo, tembloroso y rollizo, hundió el auricular en mi primer gemido—. Pero no sé bailar —y el Falo hundió el creyón labial en mi primer espasmo—. Pero no sé bailar — y el Falo hundió su catalejo en mi sangre caliente—. Pero no sé bailar —y el Falo reventó el mercurio del termómetro. —Pero no sé bailar, y el Falo usó el teléfono y la ducha, amplificó mis ayes y regó mis entrañas, incontenible el Falo y jadeante el Salvaje, el instructor voyeur, simple testigo de aquel acto tardío pero intenso. El Falo hipaba y observaba la sangre espesa y tibia, blanqueada por su lluvia también tibia y espesa.
¿Estás bien? —logró decirme.
Pero no sé bailar —fue lo único que dije.
Fue entonces cuando el Salvaje me confesó que a él le había sucedido lo mismo, pero a la inversa, que no había podido bailar nunca, con nadie, sin tener erecciones, que por haber sido tan precoz sexualmente se había tenido que mantener virgen con respecto al baile, que cuando veía a una mujer moverse al ritmo de la música, de cualquier música, no podía evitar la asociación libidinosa: ellas bailaban sobre el suelo, pero sus caderas giraban sobre un lecho, y sus senos saltaban sobre él, y sus pelvis lo halaban, lo envolvían, lo sacrificaban, abultándole el pantalón escandalosamente.
Ah, pero ya ves, los tópicos son tópicos, todos me creen un casinero experto y ni siquiera soy un buen amante —hablaba bajito, con pausas breves entre palabra y palabra—. Éste fue tu bautismo, sólo eso; tu iniciación tendrá que ser con otro.
El Salvaje no dejaba de acariciarme el pelo y de mover los párpados nerviosamente.
Ya aprenderás que nuestra lluvia debe llegar más tarde, no así, en tres segundos, como ahora.
No te preocupes —tratando yo de hacer, de decir algo.
Perdóname, pero no puedo remediarlo… —bajó la cabeza, miró al Falo con lástima—: y mi socio tampoco.
Ahora hablaba más bajo, imitando la voz del Falo cuando intentaba persuadirme. El Falo, avergonzado no sabía de qué, había ido también bajando la cabeza y ahora tenía el verdadero aspecto de una jicotea triste, exactamente de una jicotea de dibujos animados después de perder la mítica carrera con el señor Conejo. Le dio risa la asociación de Disney con Freud, el enlace de pueriles eufemismos. El Salvaje la besó en la frente, como un acto final, definitivo. El Falo había terminado de encogerse y ahora parecía un monje viejo y encorvado, con la capucha puesta.
Pero no sé bailar —se oyó a lo lejos.
Desde entonces, has hecho el amor salvajemente, con furia y desespero, y has mantenido como una fantasía sexual, secreta y única, una gran rueda de casino nudista, sicalíptica y loca: cierras los ojos y ves a todos los varones de la Beca con sus falos enhiestos y rotundos, protagonistas de una rueda de casino enorme en la que el Salvaje es el Coreógrafo y todas las bailadoras son tu copia y están desnudas y van al tronco y reciben yogures de todos los tamaños, un areíto postmoderno, un nuevo tiovivo de sexos danzantes, y tú te mueves, te vuelves, te agachas, te levantas, y todas tus parejas eyaculan en las últimas notas, al mismo tiempo que tu amante real, él desecho de placer, tú a horcajadas y hendida; él feliz, tú anegada en líquidos diversos; él mareado y exhausto, ignorando las vueltas que ha dado, los complicadísimos setenta, las primas, los yogures, las idas al tronco; tú encharcada.
Y así siempre. Desde aquella noche del Renacimiento en que cumpliste veinticinco años.
Esta noche vas a renacer —había dicho el Salvaje, y tú te deslizaste, decidida, hacia el recuerdo de Boccaccio, y después, temblorosa, hacia la imagen de tu padre, alto y desnudo, con una jicotea entre las piernas, con doble ducha telefónica. Tenías siete años y estabas lejos de intentar explicarte las ruedas de casino; tenías inocencia y no pudor, risita interjectiva y no malicia, padre desnudo y no mulata-blanconaza-estás-buenísima; tenías siete años y no conocías la palabra pene, mucho menos el palabro falo, y muchísimo menos la palabrota, ¡sál-dél-báño-muchácha!, tenías siete años y siete pulsos en un brazo y siete yaquis en la mano derecha y siete lágrimas en uno de los ojos y siete padres con jicotea y ducha, y siete hipos, pero no siete vidas como el gato. Por eso en el momento cumbre del Renacimiento le dijiste al Salvaje que temías que el Falo te mordiera por dentro. Y le dijiste al Falo que temías que el Salvaje te gritara, ¡sál-dél-báño-muchácha!, y el Salvaje te dijo que ibas a renacer, que no temieras, y tú supiste que aquel Renacimiento tendría para siempre siete rostros sudados, siete pelvis rotantes, siete pares de pies, siete pares de manos, siete pares de ojos afiebrados, lo supiste en cuanto el Falo se colocó en tu oído y te dijo que con siete bailadores no se podía hacer la rueda de casino, sí, la octava de la rueda tenías que ser tú, la octava en ir al tronco tenías que ser tú, tenías que ser tú, tenías que ser tú, y lo fuiste. Unos meses más tarde el Salvaje se fue, se empató con una danesa y huyó del país, sin decir nada, sin llamarte a ti ni al resto de los miembros de la rueda, trató de echarle toda la culpa al Falo y se marchó para que el frío nórdico lo alejara de aquellas danzas peligrosas y frustrantes; el Salvaje se perdió para siempre de tu vida, no así de tu memoria. Tú siempre recordaste lo que había dicho al final de la noche, cuando apenas había entrado en ti y ya su lluvia espesa y tibia te encharcaba: tu iniciación tendrá que ser con otro, mujer renacentista.
Al día siguiente te miraste al espejo, mulata-estás-buenísima, y tu imagen sonrió como si fuera otra. Tu imagen y tú se guiñaron un ojo, ella el izquierdo y tú el derecho, se palparon las caderas y se alzaron los senos, mulata-estás-que-partes, te recostaste sobre la cama y tu imagen te imitó, pero del otro lado, mulata-estás-de-madre, y zafaste toda tu ropa como si los dedos del Salvaje colaboraran desde lejos, mulata-estás-hirviendo, y Ella zafó toda su ropa como si el Falo la hubiera persuadido con su voz catecúmena, mulata-estás-riquísima, y comenzaron a solazarse una con otra, sin jicoteas y sin duchas, fueron al tronco juntas, cogieron yogures juntas, se complicaron más de setenta veces, mulata-estás-mojándote, y ya los dedos del Salvaje no hacía falta que colaboraran, y ya la voz del Falo no hacía falta que persuadiera a nadie, y tú temblaste y giraste sobre tus propios goznes, te revolviste, grupa al aire, falanges al abismo, ay de ayes, sudor, miel, casino, y cuando abriste los ojos Ella no estaba, la luna del espejo estaba a oscuras, Ella no estaba y sólo oías una resonancia casi nórdica: tu iniciación tendrá que ser con otro.
Te quedaste mareada, envuelta entre las oes de la última palabra, sola entre la cama y el espejo oscuro, mulata-estás-solísima… Pero ¿y Ella? Ella quedó a merced de aquel descubrimiento: estaba bautizada, pero no iniciada. Entonces se propuso recuperar, a partir de ese instante, todo aquel tiempo de abstinencia y culpabilidades: y aunque nunca logró aquellos movimientos pélvicos de las negronas y las jabaítas que tanto enloquecían a sus novios en la Beca, aunque nunca logró imbricar sus caderas con las notas musicales, al menos deglutió cuanto falo se puso a su alcance y fuera digno de darle continuidad a la obra del Salvaje. La mayoría de los pretendientes pasaron a ser novios, y luego marinovios, todos se convirtieron, para Ella, en voraces instructores, embaucados capataces de aquella mulata febril e inexperta. Es mi Renacimiento (gemía Ella); es tu Renacimiento (confirmaban ellos), todos imbuidos de aquel acto iniciático, fundacional, la génesis del Ay y del No Quiero.

Sus primeros orgasmos eran lentos, de chachachá y bolero, pero sus últimos orgasmos eran huracanados, de merengue y changüí, ¡viva la timba!, y otra vez era el Ay recién creado, y otra vez era el No Quiero tímido, y sonaban “champolas” y solos de trompeta que la transportaban al pasillo central de la Beca, a sus orgasmos múltiples, a sus ruedas de casino lascivas y secretas. Algunos terminaban agotados y no entendían por qué ella se encaprichaba en repetir que no sabía bailar; otros se empecinaban en enseñarla in situ(poniendo en serio peligro la ceremonia de iniciación), pero la mayoría no le hacía caso, obviaba esa letanía tan incoherente con su humedad y sus ardores corporales. Ella bajaba la mirada, tímida, y se despedía silbando alguna pieza clásica. Después llegaba a su cuarto, silenciosa, encendía de nuevo la luz del espejo y te guiñaba un ojo, siempre el ojo contrario al de tu guiño.
feb
20
Añadido por Alexis Díaz Pimienta el 20 febrero 2016 a las 1:07 pm
para Consuelo Posada, en nombre de los perros
más tristes de La Habana
al pequeño Freud y a la pequeña Bia, in memoriam

Foto tomada de la web del Club del Perro de Salamanca
http://ruth-sanz-sierra.webnode.es/products/instrucciones-para-abandonar-a-un-perro/

I


si abandonas al perro
se irá con él la memoria
secreta de la casa
sus oscuros designios

el perro abandonado
arrastra por las calles
voces ajenas y recuerdos lúgubres
babea en las esquinas su memoria

si abandonas al perro
dormirá tu pasado a la intemperie
y tendrás pesadillas con sucesos
que ocurrirán más tarde

el perro abandonado
va contándole a los postes
a las ruedas de los automóviles
a las sobras de los restaurantes
a los zapatos de los desconocidos
al culo de otros perros
a la lluvia
a la luna
a los gatos y a las garrapatas
quién eres
dónde estás
qué haces

si comienzas un viaje circular
y se te acaba la circunferencia
asegúrate de no dejar el perro

II

flacos
manchados de tristeza
rabibajos
tambaleantes
esquivando las ruedas
de los ojos humanos
van los perros con sarna
por medio de las calles
se echan junto a las mesas
donde el olor a pollo frito
y los restos de pan
son como abstractos gatos

sucios
hociquibajos
con los ojos llenos
de lágrimas albañales
se mueven sin mirar
patas de plastilina
y cero escándalo
perros que ladran en voz baja
con decencia enfermiza
perros que orinan
sin levantar el pie
perros que dan lástima a las pulgas
que ya no saben cómo dignificarlos

flacos
sucios
perribajos
pasan los perros escabiosos
por delante de todos
husmeando en el silencio
pero su propia sarna
nos impide verlos

feb
19

Chamaquili y la increíble historia del Gallito Cojo, será, en 2017, el título número 11 de la Colección de libros para niños protagonizada por Chamaquili, el niño poeta, y editados en Cuba por la editorial Abril, con ilustraciones de Jorge Oliver Medina. Como curiosidad, y a pesar de que todos los libros de Chamaquili han sido recibido, tanto por la prensa como por los niños, como “cuentos”, esta es la primera vez que un libro de Chamaquili es realmente un “cuento en verso”. Y este cuento, además, está “basado en hechos reales”, en una graciosa vivencia que compartimos con mi hijo Alejandro (el Chamaquili “original”) y su amigo Silvio Hortelano, en una finca del alpujarreño pueblo de Órgiva, en España. Espero que disfruten de este adelanto.

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para los pequeños Silvio y Alejandro

para Raquelita Puga, María Aragón y Alberto Hortelano



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Kikirikí.
Levántate campesino,
que ya está el sol
de camino.

Kikirikí.
Levántate labrador,
despierta con alegría,
que viene el día.
Gloria Fuertes



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Capítulo 1





Hoy mi Chamaquili
está tan contento
qué en vez de poemas
les va a hacer un cuento.

Un cuento basado
en hechos reales,
aunque les parezca
increíble, ¿vale?

Ocurrió en un pueblo
que existe en Granada
que se llama Órgiva,
en plena Alpujarra.
La Alpujarra es
una gran comarca
montañosa y verde
con casitas blancas.
Primero está Europa,
en Europa, España,
luego Andalucía,
y dentro, Granada.
Y en Granada, cerca
de Sierra Nevada,
con enormes riscos
y ríos sin agua
se encuentra la verde
y hermosa Alpujarra.
Allí, en lo más alto
de aquellas montañas,
existe una finca,
y dentro, una casa,
y en la casa, un pozo,
un horno, una granja.
Y en la granja, perros,
burros, patos, cabras,
lagartijas, gatos,
pájaros y ranas,
gallos y gallinas,
como en toda granja.
Y aquí, en esta finca
(“Barreras” se llama),
donde vive Alberto
que es quien la trabaja,
y mamá Raquel
que igual siembra y labra,
y el pequeño Silvio,
amigo del Chama,
aquí en “Las Barreras”,
y en Semana Santa,
ocurrió la historia
misteriosa y trágica
que ahora Chamaquili
en versos nos narra.

Preparen el cuerpo.
Preparen las lágrimas.
La increíble historia
qué será contada
ocurrió de veras
como cuenta el Chama
por un gallo cojo
protagonizada.

Chamaquili serio.
Mapá que no habla.
Comienza la historia.
Empieza la trama.
Chamaquili cuenta
y el gallito canta.
Canta el gallo cojo
y ustedes… ¡se callan!


Finca LAS BARRERAS, en Órgiva, Alpujarra granadina
El célebre Gallito Cojo