"Uno de los mejores narradores cubanos de la hora presente"
(Juan Bonilla)

Del Blog de Díaz-Pimienta

nov
19
Como todos sabemos, la décima es una estrofa clásica formada por diez versos octosílabos con una estructura que responde al esquema abbaaccddc. Como todos sabemos, la poesía beat (y el movimiento o generación beat), es el nombre con que ha trascendido cierta literatura estadounidense de mediados y segunda mitad del siglo XX, que dotó al universo poético de este país (y del mundo) de obras trascendentales, conformadas por novelas y poemas con una estética bien definida, signada por el crudo canto a lo cotidiano y al ambiente citadino, decadente y fugaz de la convulsa sociedad de San Francisco y Nueva York en esa época. Pues bien, para este libro hemos creado una nueva estrofa, la décima beat, que conserva la estructura isométrica y consonántica de la clásica estrofa española, pero que a su vez hace suyos el tono áspero, el aire de libertad y de rebeldía estéticas (con versos de largo aliento y estilo narrativo), de las obras de Jack Kerouac, Allen Ginsberg, William Burroughs, Peter Orlovsky y otros poetas beats. Pero ojo: también encontrarán aquí el aire transgresor de un Vladímir Mayakovski o de un Yevgueni Yevtushenko (nada casual, por cierto), y la poética subversiva y liberadora de un Virgilio Piñera. No digo más. Que lo disfruten.
MIRADAS

En las calles de la ciudad donde nací (La Habana) las muchachas jóvenes tienen algo que no tienen la mayoría de las jóvenes que he conocido en otras ciudades:

cuando un hombre las mira directo a los ojos le sostienen la mirada con tal honestidad que quien las mira termina creyéndose que fueron ellas quienes lo han mirado.

Es algo, creo yo, relacionado con la cantidad de lluvia que cae en los veranos, o con la verticalidad de las palmas que pululan en las calles de El Vedado,

algo endémico, autóctono, un sello identitario más, un argumento que yo no sé por qué nuestros políticos no usan para hablar de los atractivos de la isla y sus bondades.

Lo curioso es que esa misma “honestidad óptica”, por llamarla de alguna manera, esa limpieza en el mirar, las mujeres la pierden cuando dejan de tener esas edades.

Es raro pero ocurre, lo tengo comprobado y me molesta de cierta forma, porque es como si fueran otras al dejar de esconderse tras el velo feliz de las hormonas.

La solución que han encontrado las más listas es llevar gafas de sol, esos cristales oscuros tras los que se esconden, hasta que uno no sabe si son afiches o personas.

Yo me quedo durante horas mirándolas pasar indiferentes e intentando romper con la vista esos modernos cinturones de castidad que todas llevan en la cara.

Mas ya estoy mayor, demasiado mayor, lo más que logro es que me digan la hora cuando les pregunto o que me pidan fuego (yo no fumo) o que me midan ellas con la misma vara,

aunque por suerte siempre pasa una joven, púber, adolescente, que se queda mirándome como si fuese la solución a su próximo examen, y yo caigo en la lona.

LECCIÓN DE ECONOMÍA

Hace años que el costo de la vida en La Habana es insufrible para la mayoría de sus habitantes,
años que nadie lee el Granma ni ve noticias en la tele porque la realidad es diferente.

Entre el poder adquisitivo y el salario promedio hay un abismo, bien lo sabe aquella adolescente

que se ríe a mandíbula ventana en cuanto sus padres le hablan sobre lo buena que era la vida de antes.

Eso que llaman “producto interno bruto” del país ha servido de inspiración a algunos comediantes,

pero los chistes fáciles (y estos son fáciles) siempre me han parecido una ofensa a nuestra inteligencia,

así que, serio, me siento a contar guaguas como el que cuenta olas en una terapia contra la impaciencia

y cuando voy por quince pasan unas jóvenes de unos quince años bebiendo noche a pico de botella

y yo, perrito de Pávlov, observo a una y no contengo las ganas de irme a beber noche junto a ella,

pero saco la cartera y es muy alto el precio de la noche para alguien que ya no está en la adolescencia.

DÉCIMAS BEATS PARA LIGAR MUCHACHAS JÓVENES “SIN LA AYUDA DESINTERESADA DE LA UNIÓN SOVIÉTICA”

para Claudia Acevedo

Siendo adolescente, a mediados de los años ochenta, las muchachas más bellas con las que compartía clases y bailes siempre estaban enamoradas de sus profesores.

En esa época empezó, secretamente, la “tembofilia” de las adolescentes y el “lolitismo” de los adultos, una actitud nabokoviana hasta entonces mal vista.

El caso es que todas aquellas niñas comestibles, púberes, a las que el sexo les olía a naranja y se pintaban los labios con el color de la bandera comunista

actuaban como absolutas criminales con sus congéneres del sexo contrario, que teníamos que conformarnos con las anécdotas soeces de sus educadores.

En realidad, no eran soeces los comentarios, sino burlescos, con ese tono de burla compasiva que solo son capaces de lograr ciertas personas mayores.

Yo estaba loco por llegar a esta edad en la que la mayoría de los hombres exhibimos “barriguitas de casado”, según ciertas ninfas preocupadas por la estética.

Una edad en que la mezcla de vigor y experiencia constituyen un cóctel explosivo en el imaginario transgresor de jóvenes que separan el placer de la ética.

Y aquí estoy ahora, yo, como un auténtico “pureta”, un “temba”, un “cuarentón interesante”, un vulgar “papirriqui” en el argot actual de las Odalys y de las Yunis-locas,

esas jóvenes extrovertidas, poseídas por el don de la locuacidad, que caminan como si tuvieran dos ombligos y ríen como si tuvieran varias bocas,

un tipo de mujeres nacidas en La Habana (la Moscú del Caribe), a las que uno les gustaría conquistar, pero “sin la ayuda desinteresada de la Unión Soviética”.

II

Decidido a ligar a una de estas Lolitas “sin la ayuda desinteresada de la Unión Soviética” comencé a darle protagonismo a mi Yo más canalla y cartesiano.

Recordé cómo actuaban los profesores del preuniversitario y la Cujae cuando yo era un joven flaco y con patillas, y mis amigas unos panes con faldita corta.

Pero ya saben lo que dice la sabiduría popular (aunque en otros contextos), algo fácilmente aplicable a esta exacta situación: que “el tamaño sí importa”;

de poco me ha servido posar ante estas “odalyscas” del siglo veintiuno con herramientas del veinte, pues ellas parecen mayores que yo, lo saben todo de antemano.

Las jóvenes de hoy son hippies sin tener que escaparse de casa o ser militantes de la contracultura, son unas simone-frida-woolf eternamente en ropa de verano.

Y cuando esgrimo mi necesidad de equilibrar sexo y amor (lo más heavy que se me ocurre en estas circunstancias), ellas me hablan del “sexo platónico” y del amor carnal.

Lo de “sexo platónico” me parece un hallazgo, pero a ellas les parece gracioso lo de hallazgo y me miran como si no supieran si soy animal o vegetal.

Entonces yo pongo cara de alumno de Grotowski, vestido de negro, para que no interpreten mal mi desnudez ni mis protuberancias tan indisimulablemente adultas.

Y ellas me sacan la lengua con un gesto infantil, se muerden los labios con un gesto muy adulto, y se me acercan y se me alejan con un gesto de claras intenciones ocultas,

mientras yo busco algún soldado ruso, mejor dicho soviético, que me enseñe a romper el cerco a Stalingrado si el enemigo usa el arma secreta del deseo sexual.

III

Porque un “temba” que ejerce bien de “temba” no debe caer en esos tópicos de las discotecas, el alcohol, el cine porno y otros trucos tan mal vistos a ciertas edades.

Nabokov no es Humbert Humbert como Adrian Lyne no es Jeremy Irons ni Irons es Humbert Humbert, del mismo modo que todas las Lolitas que sueñan ser Lolita no son como Lolita.

A esto unos le llaman concupiscencia, otros lujuria, otros lascivia, o calentura o apetito venéreo o “titimanía”, mas yo lo llamo el síndrome del “quita-quita”;

o lo llamo por su nombre científico: “Poetijuvenilia” adquirida de carácter benigno, clasificada así en el Expediente Equis de las enfermedades

y reconozco (debo reconocer), admito (debo admitir), sin que vean jactancia en esta afirmación, que yo he sido asediado durante muchos meses en varias ciudades

por jóvenes amantes de la poesía que actúan como amantes de la prosa en un claro adulterio emocional que no existía antes en este lado del Telón de Acero.

Y claro, uno está mayor, y están clarísimos sus puntos débiles y lo del equilibro entre fondo y contenido y “el carácter irreversible de la historia, ¡compañero!”

Así que al enemigo “ni un tantico así”; por eso cuando me emocionan las púberes condescendientes con los “tembas” dedicados a los músculos de la literatura

me protejo y me refugio en la distancia que dan los libros gruesos (no los buenos, los gruesos), y disfruto a plena conciencia de la parte adolescente de una mujer madura

que no entiende qué tiene que ver la Unión Soviética con mi manera de abrazarla, quitarle la ropa, evocar nuestras adolescencias respectivas y decir “te quiero”.


ARTE POÉTICA Y FINAL

                                               para Roly Ávalos, otra vez

Según mi sobrino, el poeta Roly Ávalos, estos poemas tienen un “amargo y nostálgico tono crítico al sistema y las influencias y flatulencias del pasado”.

Lo de las “influencias y flatulencias del pasado” me ha gustado muchísimo, concretamente, me interesa ese concepto tan personal de “flatulencias influyentes”.

Lo del pasado puede ser discutible. Por eso siempre digo que los poemarios crípticos solo deben ser leídos por poetas sensibles o muy inteligentes.

Lo de “amargo” y “nostálgico”, dichas estas palabras a la vez por un poeta de su edad, demuestra que aún quedan ciertas esperanzas, que, pese a todo, no todo está ganado.

Dígole: estos poemas no son poemas, son raros textos que he bautizado como décimas beats, una mezcla de géneros, un auténtico ornitorrinco literario.

Décima, prosa poética, microrrelato a veces, poesía ensayística, ensayo en verso y algo de crónica: los limpios reportajes del dirty realism necesario.

Porque, ¿a quién hacen falta tantas definiciones y para qué?, me pregunto yo y debe preguntarse el joven poeta Roly Ávalos, ¿quién necesita de tantas etiquetas?

¿La Habana es una isla dentro de una isla?, como dicen algunos, ¿La Habana es la ciudad sin puertas ni ventanas que vive defendida por los catéteres y por las libretas?

¿Y por qué “amargos”?, ¿“nostálgicos” de qué?, ¿y qué tipo de mala digestión o alimento ideológico nos llega desde el pasado hasta convertir el pre-siempre en flatulento?

¿Un “tono crítico al sistema”? ¿A qué sistema? ¿De verdad hacen falta eufemismos sistémicos? Dígole: ¡ojo! Toda arte poética es un ejercicio de amaneramiento.
Dicho esto, lo peor que le pueda pasar a la poesía es que las chicas jóvenes, ahora que ya no existe la Unión Soviética, no les sirvan de excusa a los poetas.
ene
12
Añadido por Alexis Díaz Pimienta el 12 enero 2017 a las 10:53 am
Mi novela Maldita danza (Ed. Alba, Barcelona, 2002; Ed. Oriente, Santiago de Cuba, 2004) es una novela protagonizada por la música, el sexo, el lenguaje, los tópicos, la nostalgia, y que se desarrolla entre el madriñeño barrio de Lavapiés y el habanero barrio de La Timba. Una novela que “no se lee, se baila” (según Romualdo Írsula).

Maldita danza [...] está hábilmente construida a partir de las dicotomías, de conflictos paradojales y sorprendentes [...] se cruzan sin cesar: el sexo vs. la virginidad; el ritmo casino vs la música de concierto; la cultura de barrio vs la refinada educación académica; la Timba habanera vs Lavapiés madrileño. (Orestes Martín, en “Bailar casino con Díaz-Pimienta”, Juventud Rebelde, 2005).

Me encontré con el cartero cuando llegué a la casa, al doblar en la esquina, y casi nos besamos en el choque. Se ruborizó mucho, gagueó, y me dijo que me había dejado correspondencia en el buzón. El cartero era gordito, con ojos muy redondos y una calvicie leve. Me recordaba a Kenzo, el juglar de las paradas. Y el solo hecho de que me recordara a mi amigo poeta, me puso de buen humor, así que permití que conversáramos un poco.
¿Carta? Qué bueno. ¿De La Habana?
Creo que sí, de La Habana.
Ah, qué bien.
Eres cubana, ¿verdad?
Sí.
Lo sabía.
Bueno, disculpe, pero estoy apurada.
No, no, discúlpeme usted, si por poco la mato.
No es para tanto, hombre.
Hasta luego, señorita.
Hasta luego… —e iba a decirle “Kenzo”, sin querer, pero me detuve a tiempo. De todos mis amigos en La Timba, al único que he recordado con verdadera devoción en todo este tiempo es a Kenzo, un gordito parecido a éste que escribe poemas sobre los temas más escandalosos, los más difíciles y subversivos, y que es el único del barrio que se cartea conmigo en Lavapiés (además de mis padres y de La, por supuesto). Kenzo es un raro. No pretende reinventar (ni reventar) la literatura de la isla, como muchos otros, como mi ex pretendiente Írsula, un inconforme y malhablado escritorzuelo, lleno de complejos; Kenzo escribe sólo para desahogarse; escribe sonetos a los latones de basura, décimas que elogian la labor social de las putas, quintillas y silvas a las cafeterías sucias y a las guaguas llenas; escribe sin miedo y sin pretensiones, y recita en las paradas de las guaguas porque sabe que allí tiene un público cautivo, en las paradas de 23 y 12, de Coppelia, del Parque de la Fraternidad, del Parque del Quijote, entre las cuatro y las siete de la tarde, en la hora pico. Es genial. Su filosofía antielitista es que si la gente no va a la poesía, la poesía tiene que ir a la gente, “y dejarnos de tanto mojón intelectual, de tanta pose y engominamiento; hay que volver a los tiempos en que el poeta estaba al alcance de todos”.
Todas las tardes Kenzo saca sus manuscritos, se acomoda sobre una piedra o un banco, y comienza a leer en alta voz, despacio, como si el auditorio lo estuviera esperando desde siempre. Y el gentío al principio se repliega, se ríe, piensa que es otro loco más escapado de Mazorra, pero enseguida los gana el tono afable, argentinado, de la lectura, las pausas que hace al pasar cada hoja, la marcialidad con que toma buchitos de agua entre poema y poema, los comentarios introductorios a cada uno. De esta manera, Kenzo, a los pocos minutos, ya tiene a su alrededor toda la cola, en silencio, escuchando un soneto de amor para una tal Mercedes, o unas décimas eróticas para su amiga y vecina la Musicóloga. Y la gente termina sentándose en el suelo, en torno a él, como en una tertulia, y aplauden los poemas que más les gustan, sorprendidos, pero a la vez agradecidos de lo amena que se hace la espera de la guagua oyendo a Kenzo.
Hay que tomar ejemplo —dice uno.
Ven mañana de nuevo —dice otro.
Vuelve todos los días, mijo —grita una señora que jamás en su vida ha entrado en una librería.
Pero no, imposible. Al otro día Kenzo cambia de parada y lee sus textos a otro grupo de rehenes de las guaguas, con la misma ceremonia, una liturgia que recibe desde la burla hasta la admiración, pasando antes por la desconfianza y la incredulidad, incluidos cinco minutos de descanso entre las sesiones de lectura, charlas con los oyentes, gestos de modestia y algún que otro autógrafo (no sabemos si burlón o serio). Incluso, estoy segura, mucha gente ha llegado a perder su guagua para seguir oyendo a Kenzo, para no dejar un poema a medias. A mí al menos me pasó muchas veces. Y en las cartas que le he escrito desde Madrid se lo he dicho:

Querido Kenzo: [...] no sabes cuántas veces en 23 y 12 he dejado que la guagua se vaya para escuchar el final de uno de tus poemas. Y aunque seguramente tú creías que lo hacía para acompañarte, porque soy tu amiga, te confieso que lo hacía enganchada por el ritmo de los versos. Te he dicho muchas veces que tus poemas podrían ser canciones, que deberías dárselos a alguien para que les ponga música [...] Te quiero, Kenzo, una de las cosas que más extraño ahora es no encontrarme jamás a un poeta leyendo sus versos en el Metro [...]

Como ya he dicho, Kenzo no aspira a nada, y esa falta de aspiración es lo que lo hace vulnerable ante colegas y enemigos. Kenzo no tiene libros publicados, ni quiere publicarlos. Regala los poemas a quien se los pide, quema los que no le gustan, o aquellos con los que no consigue emocionar al público. Kenzo es un raro, dicen todos. Kenzo es un monstruo, digo yo, pero un monstruo muy débil, muy bueno, demasiado. Tal vez por eso me daba tanta rabia cuando alguien, desde una guagua, le gritaba loco, poetastro, o alguna otra etiqueta que Kenzo trataba de no oír, concentrado en los textos. Los más condescendientes eran los niños. Y los menos dúctiles los hombres (mientras más jóvenes peor: es como una epidemia). Pero Kenzo tiene el cuero duro, tiene sangre de mártir, aguanta el ronroneo de los motores, los cláxones, los gritos, los silbidos, los insultos, todo con estoicismo, con la misma naturalidad con que recibe los aplausos. Por eso fue tan extraño lo que ocurrió aquella vez, hace ya casi un año, en la parada del rutero 6, calle L, junto al Hotel Colina. Eran casi las tres de la tarde. Yo venía de ver a una amiga en la Universidad y al enfilar por L me encontré a Kenzo rodeado de gente, con su visera deportiva y su cara bonachona, leyendo poemas, recostado a una columna. EL corro era enorme, desordenado; sin embargo, el silencio era profundo. Y por lo que pude ver, y oír, era ya la tercera vez que le pedían a Kenzo que leyera el mismo texto; se lo pedían como le piden a los cantantes de moda la misma canción en cada espectáculo, con aplausos y gritos. Kenzo se ajustaba la visera, y entonces me vio, sonrió, y dijo a todo el mundo que me dedicaba sus Décimas underground, señalándome, porque yo era de su barrio, de La Timba, y porque era una mulata underground, sin saberlo.
Me guiñó un ojo. Todos aplaudieron y yo no podía dar crédito a mis ojos, a mis oídos: Kenzo se estaba convirtiendo en un ídolo, en el gurú poético de las paradas de las guaguas en La Habana. Carraspeó un poco y comenzó a leernos la primera décima, con tono pausado y gesto grave:
Cine Yara. Medianoche.
Huele a cannabis La Habana.
Es larga la caravana
De lycras, largo el derroche
De tuatuajes… (No hay anoche
Ni mañana, sino ahora)
La vista de una Señora
Se estrella contra la espalda
De un ángel púber: su falda
Tan escandalizadora…
Era increíble la actitud de la gente, todos en silencio, moviéndose a su alrededor para acomodarse más cerca sin perder palabra; era más increíble si tenemos en cuenta que ya era la tercera vez que leía el mismo poema. Continuó Kenzo, inmutable, con el tono más pausado todavía:
Esto es 23 y L.
Luces de neón. Mulatas
De cinturas tan baratas
Que no alcanzarlas nos duele.
Un metro cuadrado huele
A fresa y otro a maría.
La Rampa está todavía
Leporina y charlatana,
Machista pero lesbiana,
Dandy pero policía.
Todos estábamos apretujados, inclinados hacia adelante, serios. Y seguía llegando gente de otras paradas, de la piquera de los taxis, de los hoteles, de Coppelia, de la Universidad, gente de todo tipo que se acercaba en silencio y se acomodaba, como podía, alrededor de Kenzo:
El M-6 alborota
Las losas que ilustró Amelia.
David sale de Coppelia
Desnudo y nadie lo nota.
Un extranjero rebota
Sobre una grupa nocturna
Y le gusta, se embadurna
De esa negritud cutánea:
Mixtura mediterránea,
Plesbicito ante esta urna
Cuidada por Afrodita
Y Safo y Anäis Nin,
Ochún, Changó, el Yan y el Yin…
Ahora el extranjero invita
A un trago en El Floridita
Sobándose los bolsillos.
(Siguen pasando pitillos).
Grunge, heavy, reggae, rap, pop.
Semáforo en rojo. Stop.
Bicitaxis y «amarillos».
Los amarillos estaban allí, tablilla en mano, serios, olvidados por primera vez de que los coleros estuvieran ordenados o desordenados, de que los niños bajaran o no bajaran de la acera, del tiempo que tardaban los ruteros.
Marilyn Manson y el Che
En dos pulóveres blancos.
Tres gays riendo en los bancos
Que hay en 23 y G.
Más bicitaxis (Revé
Saltando de sus bocinas).
Travestis en las esquinas,
Y gigolós y emigrantes
Y yumas… (y vigilantes
Esperando sus propinas).
Por más que miraba aquello, no podía creerlo; parecía un acto de hipnosis colectiva. A Kenzo incluso le aumentó el volumen de la voz, no gritaba, sino que su tono y color de voz eran otro, más nítido y brillante.
Todos los taxis van llenos.
«¿Y aA la Casa del Coctel?»
«¿Al Club Scheherezada?» «¿Y el
bar Periquitón?». ¡Qué ajenos
Están estos chicos buenos
a la cruda realidad!
Está toda la ciudad
Tomada por rastafaris
y Gildas y Mata Haris
y Drak Queens. Hay cantidad
de Bob Marley con sus trenzas
de dreadlocks—contemplativos—,
hay frikisinteractivos,
y punksde crestas inmensas
y huele mal (las despensas
y sótanos de La Habana
son campos de marihuana),
huele a semen disecado,
huele a crack adulterado,
huele a sexo en caravana.
Tras esta décima levantó la vista, como los buenos actores cuando intentan transmitir algo muy fuerte, levantó la vista y repasó los rostros, y ya no volvió a mirar los papeles, sino que recitaba de memoria:
No hay muro del Malecón
Ni Parque Central, ni taxis…
Sólo lúbrica sintaxis,
Tibia yuxtaposición
De pieles. Las calles son
Pósteres horizontales.
Las mujeres animales
A punto de desovar.
Los hombres plantas del mar
Con piedras vesiculares.
Se levantó, comenzó a caminar delante de los espectadores que nos replegábamos, abríamos paso para que Kenzo terminara su ejercicio de hipnotismo lírico. Yo pensaba que era yo, que era ilusión mía, que como quería tanto a Kenzo exageraba el efecto que estaba logrando; pero no, los ancianos, los jóvenes, las mujeres, los niños, los extranjeros, todos estábamos atentos y en silencio, embobados por la voz del juglar de las paradas:
&&&Todo es alucinación,
Magia finisecular.
Dejen, niños, de fumar,
Basta ya de beber ron.
¿Tatuajes? ¿perforación
De orejas, labios, ombligos?
Hoy estrenan Sin testigos.
Hoy viene el pollo de dieta.
Hoy dan Visas por libreta.
Hoy bañan a los mendigos.
No hay Coppelia. No hay Habana.
No hay policías azules.
No hay camellos. No hay baúles
Repletos de marihuana.
No está Rodrigo de Triana
Gritando «¡Negra a la vista!»
No hay éxtasis en la pista
Ni Marilyn Manson canta.
La Habana es la Tierra Santa:
Dios es pobre y comunista.
Y comenzaron los aplausos. Nadie se percató de que el rutero 6 ya estaba allí, vacío, hacía rato, de que los últimos pasajeros, el chofer y el cobrador estaban entre nosotros desde hacía tres décimas; todos aplaudíamos, vitoreábamos al juglar de las paradas, al pobre Kenzo que estaba asustadísimo, doblando sus papeles, buscándome, y cuando me encontró nos abrazamos, él me abrazó como si hiciera años que no me viera, yo lo abracé como sólo había abrazado a mis padres y a la viejita La, los domingos antes de salir para la Beca: un abrazo fuerte y largo, intenso, mientras el público aplaudía hasta el delirio.
Por eso fue tan raro lo que sucedió. Todos nos habíamos percatado de que había policías entre el público, pero creíamos que estaban también hipnotizados. Y sí, lo estaban, cómo no, al menos al principio. Pero claro, esta era la tercera vez que oían el poema y el efecto narcótico de la poesía dura poco. Así, mientras Kenzo leía sus décimas por tercera vez, el primer policía hipnotizado se alejó un poco y cuchicheó tres cosas con otro policía que no lo había oído, y este se acercó a oírlo, pero falló, cayó también en la trampa de la sedación recitativa. Entonces el primer policía hipnotizado buscó a otros dos que venían por la acera de enfrente, y les dijo tres cosas, sólo tres, y les prohibió que se acercaran a escucharlo. Estos dos policías, entonces, llegaron cuando Kenzo me abrazaba como un gordito temeroso, lo tocaron por el hombro y le pidieron el poema.
Kenzo se escondió detrás de mí, y les dijo:
¿Qué poema?
Fíjense en eso: él, que siempre los daba, que los regalaba a todo el mundo, que los «quemaba vivos»… Kenzo puso las manos tras la espalda y no escuchó, no aceptó, no entendió lo que el policía le decía:
Ese poema, el que has leído tantas veces.
Y yo intervine:
Pero ¿por qué?.
Y el primer policía respondió:
No es contigo, muchacha, no te metas.
Lo dijo sin mirarme, con la voz todavía medio dormida por el efecto de las décimas, pero Kenzo repitió:
¿Qué poema, guardia?
Y al parecer lo de “guardia” no le cayó muy bien al hombre:
Ese que tienes tras la espalda, no te hagas el gracioso.
Y durante todo este tiempo el público ni se movía ni decía nada, hipnotizado todavía, y entonces Kenzo salió de detrás de mí, con las manos en alto:
Pero, ¿qué poema? —y movía las manos volteando las palmas y enseñándoselas a los policías y a todos los coleros—. No sé de qué poema están hablando.
Yo no podía creerlo. La masa hipnotizada se iba pasando el texto de mano en mano por detrás de Kenzo, sin proferir palabras, como masones de una logia improvisada, las dos hojas dobladas y torcidas cambiaban de dirección constantemente, mientras los policías cacheaban al juglar de las paradas y le decían bajito:
Te estás buscando lo que no está pa’ ti, gordito.
Kenzo se dejaba manosear, con las manos en alto, con la cara inmutable, hasta que uno de los amarillos levantó la tablilla, sonó el silbato y dijo:
¡Los del rutero 6, arriba, que nos vamos! —y el grupo compacto empezó a desplazarse, todos en silencio, fue lo que más me llamó la atención, el silencio, con lo bullangueros que somos los cubanos, con lo que nos gusta la algarabía y el desorden, y en muy pocos minutos los policías quedaron como estatuas solitarias delante de Kenzo y de mí, que nos sentamos en la hierba sin hacerles caso.

Fue impresionante. Se perdió el poema. Pero más impresionante es que a la semana siguiente, cuando Kenzo apareció por la parada del rutero 6, alguien, sin decir nada, puso en sus manos dos papeles estrujados y escritos con tinta azul, y le pidió que, por favor, se los leyera. Kenzo los leyó otra vez, y así continuó su juglaría hipnótica, una historia que me emociona hasta las lágrimas cuando la recuerdo, y que viene a culminar precisamente ahora, cuando abro mi buzón de la calle del Olmo número 33, es decir, el buzón de mi amigo el Catedrático, y encuentro un sobre suyo con el poema dentro, Décimasunderground, dedicado a la Musicóloga.
ene
11
Añadido por Alexis Díaz Pimienta el 11 enero 2017 a las 12:31 pm
The shadows wane.
The dawn comes to New York.

(Las sombras se esfuman.
El alba llega a Nueva York.
Claude McKay
La aurora de Nueva York
tiene -penúltimo estreno-
cuatro columnas de cieno
que atemperan su color.
La aurora de Nueva York
tiene un huracán de negras
palomas, nueras y suegras
de otras palomas perdidas
entre las aguas podridas
del paisaje al que te integras.
La aurora de Nueva York
gime, rompe en las aceras
las inmensas escaleras
del edificio mayor.
La aurora de Nueva York
cuenta y recuenta turistas
buscando entre las aristas
nardos, o la foto ampliada
de su angustia dibujada:
un test para neo-autistas.
La aurora de Nueva York
llega y nadie la recibe
en su boca. Nadie escribe,
nadie le pide un favor.
La aurora de Nueva York
parece triste, profana,
porque allí no hay mañana
ni [hay] esperanza. A veces
las monedas y los peces
desfilan en caravana,
forman enjambres furiosos
[y] taladran y devoran
a extraños niños que lloran
y revenden los sollozos.
Abandonados. Nerviosos.
Filmados por Woody Allen.
[Mas] los primeros que salen
[mal]comprenden con sus huesos
que después de los excesos
y pese a que nos igualen.
no habrá [ningún] paraíso
ni [habrá] amores deshojados;
solo deshumanizados
espectros de pelo rizo,
sombras de cuerpo plomizo,
duendes de estómago lleno
[que] saben que van al cieno
de números y de leyes,
caballos, sotas y reyes
entrando a un casino ajeno.
Mil turistas por minuto.
Todos desde alguna parte
[van] a los juegos sin arte,
[y] a [los] sudores sin fruto.
¿Peso neto o peso bruto?
Nadie quiere saber nada
[y] la luz es sepultada
por cadenas y [por] ruidos.
Los dedos y los oídos,
las lenguas y la mirada
en [un] impúdico reto
de [la] ciencia sin raíces.
Pasaportes sin países
(o sin un país concreto).
¿Peso bruto o peso neto?
Por los barrios de New York
hay gentes de otro color
que vacilan, que caminan
insomnes, que no terminan
de jugar y hacerlo bien.
Personas como recién
salidas de lo que arruinan.
Son fantasmas, Federico.
Pecios. Víctimas. Retazos
de un naufragio. Newyokazos
de la sangre. Tics de rico.
Otro “newyork-gate”. ¿Me explico?
A esta hora todo es peor.
Sombras. Neblina. Sudor.
Todo convertido en nada.
¡Qué negramente blanqueada

la aurora de Nueva York!

………………………

Retrato de Nueva York es un poemario escrito en décimas (“decimario”, decimos en Cuba), que recorre la ciudad de los rascacielos con los ojos del poeta y a la vez del turista, del asombro y a la vez de la desconfianza, de la soledad y a la vez del bullicio, devolviendo al lector otra mirada poliédrica y pasmosa a esta ciudad ya cantada por tantos poetas (Whitman, los poetas Beats, Lorca, Juan Ramón, etc.)

ene
11
Añadido por Alexis Díaz Pimienta el 11 enero 2017 a las 11:59 am


(De mi libro Retrato de Nueva York)



Mi encuentro con Federico
ocurrió de madrugada.
Era una sombra sentada
debajo de un abanico.
Olía a poeta rico.
Me acerqué. No puso un pero.
Y a dos versos del sombrero
susurró: ¿lo ves, se nota?
Hay una gota, una gota,
de sangre de marinero.

Por debajo de las sumas,
hay algo que nos gobierna:
un río de sangre tierna,
un mar de sucias espumas.
“No consumas, no consumas”,
me aconsejó, me rogó.
Y al instante me explicó
cosas que yo no sabía,
o que saber no quería,
o que no se qué, o que no…

Debajo de las multiplicaciones,
en el alba mentida de New York
me llamo Federico García Lorc,
a pesar de las malas traducciones.
Ahora todos visitan mis rincones,
ahora todos me leen, vaya celo.
Nueva York sigue siendo niebla y vuelo
y los trenes de rosas maniatadas
y la curva feliz de las miradas
pero yo no he venido a ver el cielo.

Nueva York, la ciudad indiferente,
que levanta sus montes de cemento
me parece pequeña por momentos,
me parece ridícula, inocente.
Debe ser angustioso tanta gente
hollándote, babeándote las rutas.
Tantos taxis, banqueros, hackers, putas,
estudiantes, turistas, golondrinas
y al final, cuando cruzas dos esquinas,
no es la muerte, es la tienda de [las] frutas.

Todos los días se matan
en Nueva York -fríos datos-
cuatro millones de patos
que las lenguas abaratan.
Todos los días maltratan
cinco millones de cerdos,
diez millones de recuerdos,
dos mil millones de fotos,
un billón de humo de motos,
un trillón de no-me-acuerdos.

Dos mil palomas al día
para los agonizantes
y tullidos caminantes
de la mega-travesía.
¿Esta vaca es tuya o mía?
¿Mugido en bistec o en callos?
¿Se comen los guacamayos?
¿Se comerán los zancudos?
Vendo un millón de hombres crudos
y dos millones de gallos.

Y tantas cocciones dejan
los cielos hechos añicos.
Tan solo los Federicos
escriben y no se quejan.
Más vale cuando se alejan
sollozar solo, en voz baja,
afilando la navaja
o asesinar a los perros
en cacerías y encierros
a la hora en que no trabajas.

Mas te vale resistir
en la [fría] madrugada
tú, que no comprendes nada,
de lo que cuesta vivir.
Sí, más te vale escribir,
poeta, así te entretienes.
Hay interminables trenes
de leche (muy saludables)
Hay trenes interminables
de sangre. ¿Te vas o vienes?

Los ricos, los pordioseros,
(en diferentes idiomas),
los patos y las palomas
los cerdos y los corderos,
los nativos, los viajeros,
los listos y los idiotas,
hoy todos ponen sus gotas
de sangre entre los renglones
de las multiplicaciones,
de las carótidas rotas.

Los terribles alaridos
de las vacas estrujadas
ensucian las madrugadas
y taponan los oídos.
Claro que hay sordos dormidos,
inclusive, en plena calle.
Y que por más que se ensaye
la obra siempre acaba mal:
los gritos del animal
llenan de dolor el valle.

Donde el Hudson, pobrecito,
se emborracha con aceite
se habla del raro deleite
que causa llorar bajito.
Casi nadie escucha el grito,
la frecuencia es imposible.
Pero yo, bardo intangible,
sin importarme la hora
denuncio a todo el que ignora
la mitad irredimible.

Y laten corazones, negros cuadros,
de los animalitos que se olvidan.
Ya todos caerán sin que lo pidan
en la fiesta final de los taladros.
Pongamos los poemas en recuadros.
Pongamos el amor en cuarentena.
Federico estornuda y me da pena.
Federico habla, bala, gruñe, muge.
Federico me pide que lo empuje.
Es más, no me lo pide, me lo ordena.

“Os escupo en la cara”, grita triste
un flaco Federico, despeinado.
La otra mitad escucha demasiado
feliz para la sangre con que viste.
Un flaco Federico escupe, insiste,
los observa con rostro y voz de mando.
Algunos devorando, otros cantando,
algunos mal volando en su pureza.
Federico se rasca la cabeza.
Yo paso. Me dan náusea. Estoy llorando.

No es el infierno, es la calle.
Hay niños abandonados,
mundo de ríos quebrados
y sufrientes al detalle.
Dondequiera que me halle
hay gemidos inaudibles
y distancias inasibles.
Dondequiera, ya lo sabes.
Mas podrían ser más graves,
mucho más indigeribles.

Todo lo quieto está móvil.
Todo es eterno hace rato
en la pata de ese gato
[que ha quebrado] el automóvil.
Todo humano queda inmóvil
y hay un dolor de raíz.
El canto de la lombriz
se oye desde el corazón
de muchas niñas que son
la misma niña infeliz.

Óxido, fermento, tierra
estremecida. Dolor.
Fermento. Óxido. Sudor.
Taladro. Escalera. Sierra.
¿Con quién estamos en guerra?
se pregunta el que camina.
¿La culpa nos incrimina?
¿O eres tú, como te llames,
que nadas por los infames
números de la oficina?

Y ahora yo, ¿qué voy a hacer,
ordenar [más] los paisajes?
¿Mezclar todos los lenguajes,
la muerte con el placer?
¿Y ahora cómo renacer?
¿Qué hacemos ahora, señores?
¿Ordenar [más] los amores
que, por si no lo sabías,
luego son fotografías,
simples tomas exteriores?

Son pedazos de madera
y de sangre a bocanadas.
Son cabezas degolladas
y lágrimas en la acera.
El próximo pez que muera
tendrá ron en las espinas.
Hay moho en las cartulinas
y ojeras en cada anuncio.
No, no; yo [mejor] denuncio,
estas frías oficinas.

Yo denuncio la conjura,
los programas de la selva,
hasta que alguien nos devuelva
un pedazo de cordura.
Yo denuncio la locura
de las gafas coloreadas.
Yo denuncio las miradas
furtivas del bienvenido
Yo me ofrezco a ser comido
por las vacas estrujadas.

Y por lo cerdos rollizos.
Y por lo viejos carteros.
Y por los gordos obreros
que llevan ojos postizos.
Me ofrezco para chorizos,
lonjas de humano deleite.
Para que nadie se empleite,
yo denuncio y resucito
donde el Hudson, pobrecito,
se emborracha con aceite.

Y Federico se fue,
cabizbajo, pensativo.
Y yo quedé muerto “en vivo”,
con el corazón a pie.
Insepulto me quedé.
Me quedé anclado en la nada.
Y una anciana jorobada
al final me dijo: “Hombre,
no le has dicho ni tu nombre
al poeta de Granada”.

……………………………………………

Retrato de Nueva York es un poemario escrito en décimas (“decimario”, decimos en Cuba), que recorre la ciudad de los rascacielos con los ojos del poeta y a la vez del turista, del asombro y a la vez de la desconfianza, de la soledad y a la vez del bullicio, devolviendo al lector otra mirada poliédrica y pasmosa de esta ciudad ya cantada por tantos poetas (Whitman, los poetas Beats, Lorca, Juan Ramón, José Hierro, etc.)

may
17
Añadido por Alexis Díaz Pimienta el 17 mayo 2016 a las 6:09 pm
Poema visual del poeta Juan López-Carrillo

Nadie me había contado
esta posibilidad,
esta circularidad,
este duelo circundado.
Tú acostada. Yo acostado.
Norte y sur. Abajo. Arriba.
Mezclas de savia y saliva.
Lenguas en doble fruición.
Un 6, un 9: Erección.
Un 9, un 6: Lavativa.

69 escalones
hacia tus profundidades.
69 humedades.
69 erecciones.
69 varones
dentro de un solo varón.
69 hembras con
una sola lengua impar.
Sicalipsis circular.
Dulce circunvalación.

Yo, 69 veces
Tú, 69 igual.
Yo: 6 de aspecto lingual.
Tú: 9 con estrecheces.
Yo 9, y tú te estremeces.
Tú 6, y yo blanco alud.
6 de fiebre y juventud.
9 de “pero se mueve”.
Latitud: 69.
69: Altitud.

Todo gira. El tiempo, el mundo.
Todo gira y nos remueve.
Vamos a 69
revolcones por segundo.
Abres las piernas: me hundo.
Se “englandece” mi yo, y subes.
Las lenguas arrancan uves
(los vellos se vuelven ellos).
Nudo de muslos y cuellos.
Y ellos (nos) entre las nubes.

69 escalones
hacia la fiebre final.
Matemática carnal.
Adiciones (¿adicciones?),
sustracciones, divisiones,
multiplicada energía.
¿Dos cuerpos forman orgía?
¡Pues esta orgía es de dos!
Que alguien nos diga, por Dios,
cuál lengua es tuya y cuál mía.

Lames, lamo, nos lamemos.
Lengüetazos, lametazos.
Otro mar de los sargazos:
naufragamos, ¡naufraguemos!
Tú 6: yo suelto los remos.
Yo 9, tú que jadeas.
Yo 6, tú 9… No veas
las vueltas que da la cama.
Matemático erosgrama
dictado por las mareas.

Poema visual del poeta Juan López-Carrillo
__________________________________________
Diario erótico de Robinson Crusoe (Scripta Manent Ediciones, 2016). Disponible en la tienda Online de Scripta Manent: http://www.scriptamanentediciones.com/tienda-online/
feb
29
Añadido por Alexis Díaz Pimienta el 29 febrero 2016 a las 1:07 pm


SOL DE INVIERNO EN SEVILLA


Por exigencias del guión
el sol rompe la nubes
y se cuela en la fiesta del invierno.

Un sol sin gluten
sin adulcorantes
bajo en calorías.

Un sol hecho
de soledad e hidrógeno
de sexo mal habido y luz.

Por exigencias del guión
el sol y yo
nos miramos de frente.
Pero él se siente débil.
Se pone las gafas
y se va.




FILOSÓFICA

Lo peor del amor
cuando se acaba
es que no se parece
ni a su sombra.

El odio al menos
es idéntico siempre.

Tal vez por eso
decepciona menos.


ÚLTIMO CONSEJO DEL SEXÓLOGO

Los orgasmos
simultáneos
son fértiles
aunque ocurran
en camas distintas.



PROFUNDO DILEMA

Estoy buscando una mujer donde caerme muerto
un cuerpo para descansar el resto de la vida.

He aquí el dilema. Mi profundo dilema.

Solo aparecen hembras donde subirme vivo
cuerpos donde cansarme hasta la muerte.



FOTO DE GRUPO

En una multitud
fotografiada
siempre
hay alguien
que sabe el orden
en el que los demás
irán muriendo.


IMPOTENCIA

En realidad
no me gustan las fotos.
Las detesto.

Pero el fotógrafo
tenía siete hijos
y necesitaba víctimas
para alimentarlos.


INTROSPECCIÓN

Con las manos vacías
los ojos vacíos
el pecho hueco
miro hacia atrás
y sólo veo polvo
miro hacia adelante
y sólo veo polvo.

No queda más remedio
que mirar hacia dentro.

Al polvo mismo.

(Tomados de diferentes libros)




feb
20
Añadido por Alexis Díaz Pimienta el 20 febrero 2016 a las 6:01 pm
Mi novela Maldita danza (Ed. Alba, Barcelona, 2002; Ed. Oriente, Santiago de Cuba, 2004) es una novela protagonizada por la música, el sexo, el lenguaje, los tópicos, la nostalgia, y que se desarrolla entre el madriñeño barrio de Lavapiés y el habanero barrio de La Timba. Una novela que “no se lee, se baila” (según Romualdo Írsula).

Maldita danza [...] está hábilmente construida a partir de las dicotomías, de conflictos paradojales y sorprendentes [...] se cruzan sin cesar: el sexo vs. la virginidad; el ritmo casino vs la música de concierto; la cultura de barrio vs la refinada educación académica; la Timba habanera vs Lavapiés madrileño. (Orestes Martín, en “Bailar casino con Díaz-Pimienta”, Juventud Rebelde, 2005).

He aquí el primer capítulo.



Ser mulata, ser joven, ser cubana, y vivir en España, es un fastidio. Todo está bien mientras posas de ingenua, mientras dedicas todo el tiempo a enredar con tus trenzas cuanta sonrisa fácil y galanteo inútil se te atraviesan en la calle; todo está bien mientras, indefinida, te dejas arrastrar por la marea del eurocentrismo, del españolismo aséptico, del vedettismo insular y de los tópicos. Oh, los tópicos. Cuba es un trópico de tópicos. Y ahí estamos nosotras, las cimbreantes mujeres del Caribe, elevadas a la categoría inamovible de diosas del sexo y del baile: no importa que te hayas mantenido virgen hasta cumplir los veinticinco años, todo un récord en Cuba, mucho más en La Habana, y muchísimo más si tenemos en cuenta que estuve becada desde los doce años, con todo lo que significan las palabras Beca, litera, pasillo aéreo, cátedra de Educación Física, surquería de tomate, todo un campo lingüístico que iba estrechándose hasta dejarnos acorraladas entre los sustantivos condón e himen; tampoco importa que no hayas aprendido jamás a bailar nada, que para ti, desde la más temprana adolescencia, constituyeran un verdadero jeroglífico las vueltas del casino, y mucho más las ruedas, tanta coreografía improvisada, tanto eufemismo en la nomenclatura; no, no importa: eres mulata, eres joven, eres cubana, y vives en España, para más desgracia. O no, en España no, en Madrid, que es mucho más que España, en Lavapiés, que es una mezcla de todos los madrides. Entonces tus amigos y tus vecinos y la cuota de desconocidos que te corresponden se encargarán de recordártelo a toda hora: eres un tópico con largas trenzas y piel crepuscular y ojos enormes. Ah, ¿eres cubana?, ponga un poco de salsa, por favor; ah, ¡eres cubana!, pónganos dos mojitos, por favor; ah, ¿eres cubana?, ¿qué pasará cuando se muera Castro?; ah, ¡eres cubana!… Y el cantinero pone a todo volumen un disco de la Estefan, y el anfitrión revuelve los mojitos con palmeras minúsculas, y el futurólogo desconocido insiste, ah, ¿eres cubana?, pero no sabe ya qué preguntar, atragantado con cubalibres y palmas y preguntas barbudas, y Gloria Estefan suda, gira, grita, ríe burlona, contemplando cómo estos nativos de la Hispania son incapaces de coordinar las caderas y las notas musicales, sólo saben girar alrededor de mi cabeza, cada uno pendiendo de una trenza como en un gran carrusel o en un tiovivo aéreo, cada uno repitiendo en un tono distinto, ah, eres cubana, en distintas escalas, ah, eres cubana, con los ojos muy abiertos, ah, eres cubana, hasta que dejan caer sobre mi mesa fotos de sus abuelos, tíos, primos, sobrinos, hermanos, todos con trajes y sombreros antiguos, todos amarillentos, misteriosos, intentando moverse también al ritmo de la música, pero tan incapaces como sus descendientes, unos posando junto a un Chevrolet, otros bebiendo junto al malecón, la mayoría con rostros neocolombinos y sonrisas estoicas, estirando las manos desde la cartulina y gritándome a coro, ah, ¿eres cubana?, abriéndose los trajes, bailemos esta pieza, por favor, aflojándose los nudos de las corbatas, enséñanos, enséñanos, tirando al aire los sombreros, un poquito de salsa, por favor, no importa que te recuerdes a ti misma, envidiosa y roída, con los brazos cruzados, con los ojos cruzados, con las nalgas cruzadas, sentada todo el tiempo en un banco del pasillo central de la Beca, viendo cómo los sucesivos novios se te iban detrás de las negronas y las jabaítas, esas niñas que bullían de ritmo, hechas de puro fuego, émbolos y balines en los fémures, grasa fresca en las rótulas, elásticas las vértebras, oh, qué ajiaco de sudores y dentaduras blancas, qué escándalo de protuberancias glúteas incapaces de frenar el movimiento, y ahí sigues tú, mulata arrítmica, zurda a la música, los oídos cuadrados y los pies triangulares, seria, fingiendo que no hay celo, que no hay envidia y rabia, un novio, dos, tres, cuatro, y todos giran y menean sus pelvis, todos levantan, bajan, doblan y desdoblan sus piernas y sus brazos, sus espinas dorsales, y enloquecen en esa danza demoníaca, ¡dame una!, son medusas vivientes que cambian de pareja al ritmo de la música, ¡llévala al tronco y dame otra!, son pulpos renegridos con camisas azules, pantalones azules, sayas azules, corbatas azules, corazones azules, ¡setenta complicado, dame otra!, son arácnidos locos, llenos de trenzas largas, bigotes indisciplinarios, músculos definidos, ganas de divertirse, ¡la prima, dame dos!, son jóvenes amebas llenas de seudópodos, con libretas de Física y de Astronomía abandonadas en los bancos del pasillo, con libros de Inglés y de Literatura muertos de aburrimiento en sus taquillas, ¡la prima con la hermana, dos con dos!, son cuadros de Picasso en los que sólo hay uñas bien pintadas, tendones tensos, gemelos robustos, pestañas largas y axilas con redondeles de sudor indisimulables, ¡yogur de vaso, dame otra!, son telarañas rítmicas enredando a todos los que estamos despiertos, alumnos, profesores, trabajadores del servicio, ¡yogur de litro, dame otra!, son otra vuelta de un caleidoscopio, cromatismo y catarsis de los deseos más recónditos, alboroto nocturno que nada tiene que ver con nuestra sagrada misión de estudiantes, ¡enchufa y dame la de arriba!, y en cada litro de yogur un nuevo novio se quedaba anclado en una nueva concavidad cimbreante, y tú, tranquila, seria, finges no ver que el sexto novio está llevando al tronco a una rubia ojiverde, ¡dame una!, y ahora le da yogur de litro a una jabá pecosa, ¡dame otra!, y ahora el séptimo Luis te lanza un beso para disimular el roce de su codo con dos tetas aindiadas e incisivas, ¡enchufa y dame la de arriba!, y ahora el octavo Carlos hace un setenta simple con la chiquita nueva, la dentuita y zamba, ¡dos con dos, setenta y dame una!, y tú sigues al margen, en tu banco, imperturbable, viendo cómo al noveno Juan ya no le alcanza un solo tronco para tantas muchachas condenadas. Giran. Todos giran, incontrolablemente. Oh, moderno areíto, tiovivo de los sexos danzantes, aquelarre de sudores agrios pero alegres, exhibición de dientes enormementeblancos, de glúteos glotones, de pezones pesados y pelvis perversas, y tú, jodida, moviendo el pie de un lado para otro, fingiendo un ritmo inexistente, tú, el prototipo de la mulata tropical y cálida, sola en tu banco, sin novio y sin yogur, sin troncos para flagelarte, sin un setenta simple ni una prima, sintiendo sólo los gritos del Coreógrafo, ¡dame una!, ¡dame dos!, ¡dos con dos!, y otro novio al garete.
Y sin baile no hay sexo. Así de claro. Creo que exageraste (dijo el primer psicólogo). Estás equivocada (repitió el segundo). No tienes por qué relacionar una cosa con otra (confirmó el tercero). A mí también me sucedió, pero a la inversa (confesó el Salvaje), y guardó su falo avergonzado y sucio aquella noche del Renacimiento, aquella noche en que estrenaste el sexo, llorosa como un sauce, sangrante y tartamuda, así no, así no, no, no puedo, aún no he bailado ruedas de casino.
El Salvaje se alzó ante mí, desnudo, me acarició el pelo, me hizo la raya al medio con la punta del falo, me colocó el glande sobre una oreja, como un auricular, para que hablara con sus gónadas, luego lo convirtió en termómetro bajo mis axilas, en inhalador para mi nariz nerviosa, en catalejo nervudo para mis ojos, en barra labial para mi boca tímida, todo con parsimonia de salvaje instruido, con paciencia tribal, hasta que el Falo y yo nos hicimos amigos, de pellizquitos y mordiditas cariñosas, serios los tres, pero ya sosegados, cortado el hipo de mi llanto y desecha la ropa de ambos sobre el suelo sin el menor remordimiento, juntos los tres como socios de toda la vida, el Salvaje instruyendo, el Falo serio, y yo secando lágrimas y segregando jugos novedosos.
¿Es la primera vez? —preguntó el Falo.
No te pongas tan rígida, que nada pasará si tú no quieres —sentenció el Salvaje.
Es que yo jamás he hecho el amor con nadie —balbuceé, mirándolos de frente.
No te preocupes —susurró el Falo, y comenzó a darme golpecitos en el vientre, cariñitos de prepucio circunciso.
Y el triunvirato que formamos continuó conversando, suavemente, sin apuro, el Salvaje analizando las premisas de aquel Renacimiento tardío y melancólico, el Falo, con tono suave, con voz de dominico enronquecido, persuadiendo a otras partes de mi cuerpo, y yo pensando en el destino, en mis veinticinco años de virginidad dancística y sexual, en tanta fiebre y humedad contenidas, sola con mis cavilaciones, mirando al Falo y escuchando al Salvaje.
Yo cerraba los ojos y respiraba con dificultad, rezando para que Máshenka o la brujita de la raíz mágica vinieran en mi auxilio. Tenía veinticinco años, y veinticinco motivos para hacerlo, pero temía que una vez que el oso adivinara que había sólo veinticinco panes, y uno quemado, o a punto de quemarse, no preguntara quién lo quemó, como en el juego; temía que aquel oso devorara hasta la última migaja sin preguntar, y Máshenka callada, temblorosa, sin repetir su letanía redentora, cuidadito oso / no seas goloso / desde aquí arriba / Máshenka te mira, y la brujita de la raíz mágica que no me ha perdonado todavía, y Alfonso, el bello Alfonso, cojeando en silencio, y el chivito extraviado, chivo chivo / chivo bueno / ¿dónde estás / que no te vemos?, nada, nadie viene en mi auxilio, fui yo quien quiso desafiar al Salvaje esta noche y ahora me siento sola y tengo miedo.
Que sí, que sí, que tengo miedo, pero lo quiero hacer, Salvaje.
Ábrete más entonces —aconsejaba el Falo, más rosado que nunca, más catecúmeno que antes. Y yo temblaba a mares.
El Falo era enorme y parecía la cabeza de una jicotea. Abrí las piernas. El Falo era recio y parecía una ducha con forma de teléfono. Cerré los ojos. El Falo era grueso y empezó a gaguear, mientras el Salvaje repasaba mis senos con su lengua. Abrí todos los labios.
Pero no sé bailar —se me escapó de pronto, y el Falo, tembloroso y rollizo, hundió el auricular en mi primer gemido—. Pero no sé bailar —y el Falo hundió el creyón labial en mi primer espasmo—. Pero no sé bailar — y el Falo hundió su catalejo en mi sangre caliente—. Pero no sé bailar —y el Falo reventó el mercurio del termómetro. —Pero no sé bailar, y el Falo usó el teléfono y la ducha, amplificó mis ayes y regó mis entrañas, incontenible el Falo y jadeante el Salvaje, el instructor voyeur, simple testigo de aquel acto tardío pero intenso. El Falo hipaba y observaba la sangre espesa y tibia, blanqueada por su lluvia también tibia y espesa.
¿Estás bien? —logró decirme.
Pero no sé bailar —fue lo único que dije.
Fue entonces cuando el Salvaje me confesó que a él le había sucedido lo mismo, pero a la inversa, que no había podido bailar nunca, con nadie, sin tener erecciones, que por haber sido tan precoz sexualmente se había tenido que mantener virgen con respecto al baile, que cuando veía a una mujer moverse al ritmo de la música, de cualquier música, no podía evitar la asociación libidinosa: ellas bailaban sobre el suelo, pero sus caderas giraban sobre un lecho, y sus senos saltaban sobre él, y sus pelvis lo halaban, lo envolvían, lo sacrificaban, abultándole el pantalón escandalosamente.
Ah, pero ya ves, los tópicos son tópicos, todos me creen un casinero experto y ni siquiera soy un buen amante —hablaba bajito, con pausas breves entre palabra y palabra—. Éste fue tu bautismo, sólo eso; tu iniciación tendrá que ser con otro.
El Salvaje no dejaba de acariciarme el pelo y de mover los párpados nerviosamente.
Ya aprenderás que nuestra lluvia debe llegar más tarde, no así, en tres segundos, como ahora.
No te preocupes —tratando yo de hacer, de decir algo.
Perdóname, pero no puedo remediarlo… —bajó la cabeza, miró al Falo con lástima—: y mi socio tampoco.
Ahora hablaba más bajo, imitando la voz del Falo cuando intentaba persuadirme. El Falo, avergonzado no sabía de qué, había ido también bajando la cabeza y ahora tenía el verdadero aspecto de una jicotea triste, exactamente de una jicotea de dibujos animados después de perder la mítica carrera con el señor Conejo. Le dio risa la asociación de Disney con Freud, el enlace de pueriles eufemismos. El Salvaje la besó en la frente, como un acto final, definitivo. El Falo había terminado de encogerse y ahora parecía un monje viejo y encorvado, con la capucha puesta.
Pero no sé bailar —se oyó a lo lejos.
Desde entonces, has hecho el amor salvajemente, con furia y desespero, y has mantenido como una fantasía sexual, secreta y única, una gran rueda de casino nudista, sicalíptica y loca: cierras los ojos y ves a todos los varones de la Beca con sus falos enhiestos y rotundos, protagonistas de una rueda de casino enorme en la que el Salvaje es el Coreógrafo y todas las bailadoras son tu copia y están desnudas y van al tronco y reciben yogures de todos los tamaños, un areíto postmoderno, un nuevo tiovivo de sexos danzantes, y tú te mueves, te vuelves, te agachas, te levantas, y todas tus parejas eyaculan en las últimas notas, al mismo tiempo que tu amante real, él desecho de placer, tú a horcajadas y hendida; él feliz, tú anegada en líquidos diversos; él mareado y exhausto, ignorando las vueltas que ha dado, los complicadísimos setenta, las primas, los yogures, las idas al tronco; tú encharcada.
Y así siempre. Desde aquella noche del Renacimiento en que cumpliste veinticinco años.
Esta noche vas a renacer —había dicho el Salvaje, y tú te deslizaste, decidida, hacia el recuerdo de Boccaccio, y después, temblorosa, hacia la imagen de tu padre, alto y desnudo, con una jicotea entre las piernas, con doble ducha telefónica. Tenías siete años y estabas lejos de intentar explicarte las ruedas de casino; tenías inocencia y no pudor, risita interjectiva y no malicia, padre desnudo y no mulata-blanconaza-estás-buenísima; tenías siete años y no conocías la palabra pene, mucho menos el palabro falo, y muchísimo menos la palabrota, ¡sál-dél-báño-muchácha!, tenías siete años y siete pulsos en un brazo y siete yaquis en la mano derecha y siete lágrimas en uno de los ojos y siete padres con jicotea y ducha, y siete hipos, pero no siete vidas como el gato. Por eso en el momento cumbre del Renacimiento le dijiste al Salvaje que temías que el Falo te mordiera por dentro. Y le dijiste al Falo que temías que el Salvaje te gritara, ¡sál-dél-báño-muchácha!, y el Salvaje te dijo que ibas a renacer, que no temieras, y tú supiste que aquel Renacimiento tendría para siempre siete rostros sudados, siete pelvis rotantes, siete pares de pies, siete pares de manos, siete pares de ojos afiebrados, lo supiste en cuanto el Falo se colocó en tu oído y te dijo que con siete bailadores no se podía hacer la rueda de casino, sí, la octava de la rueda tenías que ser tú, la octava en ir al tronco tenías que ser tú, tenías que ser tú, tenías que ser tú, y lo fuiste. Unos meses más tarde el Salvaje se fue, se empató con una danesa y huyó del país, sin decir nada, sin llamarte a ti ni al resto de los miembros de la rueda, trató de echarle toda la culpa al Falo y se marchó para que el frío nórdico lo alejara de aquellas danzas peligrosas y frustrantes; el Salvaje se perdió para siempre de tu vida, no así de tu memoria. Tú siempre recordaste lo que había dicho al final de la noche, cuando apenas había entrado en ti y ya su lluvia espesa y tibia te encharcaba: tu iniciación tendrá que ser con otro, mujer renacentista.
Al día siguiente te miraste al espejo, mulata-estás-buenísima, y tu imagen sonrió como si fuera otra. Tu imagen y tú se guiñaron un ojo, ella el izquierdo y tú el derecho, se palparon las caderas y se alzaron los senos, mulata-estás-que-partes, te recostaste sobre la cama y tu imagen te imitó, pero del otro lado, mulata-estás-de-madre, y zafaste toda tu ropa como si los dedos del Salvaje colaboraran desde lejos, mulata-estás-hirviendo, y Ella zafó toda su ropa como si el Falo la hubiera persuadido con su voz catecúmena, mulata-estás-riquísima, y comenzaron a solazarse una con otra, sin jicoteas y sin duchas, fueron al tronco juntas, cogieron yogures juntas, se complicaron más de setenta veces, mulata-estás-mojándote, y ya los dedos del Salvaje no hacía falta que colaboraran, y ya la voz del Falo no hacía falta que persuadiera a nadie, y tú temblaste y giraste sobre tus propios goznes, te revolviste, grupa al aire, falanges al abismo, ay de ayes, sudor, miel, casino, y cuando abriste los ojos Ella no estaba, la luna del espejo estaba a oscuras, Ella no estaba y sólo oías una resonancia casi nórdica: tu iniciación tendrá que ser con otro.
Te quedaste mareada, envuelta entre las oes de la última palabra, sola entre la cama y el espejo oscuro, mulata-estás-solísima… Pero ¿y Ella? Ella quedó a merced de aquel descubrimiento: estaba bautizada, pero no iniciada. Entonces se propuso recuperar, a partir de ese instante, todo aquel tiempo de abstinencia y culpabilidades: y aunque nunca logró aquellos movimientos pélvicos de las negronas y las jabaítas que tanto enloquecían a sus novios en la Beca, aunque nunca logró imbricar sus caderas con las notas musicales, al menos deglutió cuanto falo se puso a su alcance y fuera digno de darle continuidad a la obra del Salvaje. La mayoría de los pretendientes pasaron a ser novios, y luego marinovios, todos se convirtieron, para Ella, en voraces instructores, embaucados capataces de aquella mulata febril e inexperta. Es mi Renacimiento (gemía Ella); es tu Renacimiento (confirmaban ellos), todos imbuidos de aquel acto iniciático, fundacional, la génesis del Ay y del No Quiero.

Sus primeros orgasmos eran lentos, de chachachá y bolero, pero sus últimos orgasmos eran huracanados, de merengue y changüí, ¡viva la timba!, y otra vez era el Ay recién creado, y otra vez era el No Quiero tímido, y sonaban “champolas” y solos de trompeta que la transportaban al pasillo central de la Beca, a sus orgasmos múltiples, a sus ruedas de casino lascivas y secretas. Algunos terminaban agotados y no entendían por qué ella se encaprichaba en repetir que no sabía bailar; otros se empecinaban en enseñarla in situ(poniendo en serio peligro la ceremonia de iniciación), pero la mayoría no le hacía caso, obviaba esa letanía tan incoherente con su humedad y sus ardores corporales. Ella bajaba la mirada, tímida, y se despedía silbando alguna pieza clásica. Después llegaba a su cuarto, silenciosa, encendía de nuevo la luz del espejo y te guiñaba un ojo, siempre el ojo contrario al de tu guiño.