"Uno de los mejores narradores cubanos de la hora presente"
(Juan Bonilla)

Del Blog de Díaz-Pimienta

jul
20
Añadido por Alexis Díaz Pimienta el 20 julio 2018 a las 4:41 pm
Hoy la firma invitada al Blog de Oralitura es la profesora e investigadora italo-mexicana Caterina Camastra, quien estuvo recientemente de visita en Cuba y no pudo sustraerse a escribir en décimas (incluyendo una “octava cimarrona”) este canto de amor a su capital, La Habana. Las décimas se explican solas. ¡Bienvenida, Caterina! (Como siempre esperamos comentarios.)



Te quiero, La Habana (seis espinelas y una octava cimarrona)




Caterina Camastra en La Habana (selfie, cortesía de la autora)



Cómo te explico, La Habana,
La Habana, cómo te cuento,
no me alcanza el pensamiento
ni la palabra, tirana,
puede abarcar la mañana
entre las calles y el mar.
La Habana, cómo explicar
lo que a mí me significa
la estrofa se me complica
para este inmenso lugar. 


La Habana, poema urbano,
concierto de disonancias,
desaliñada elegancia,
pañuelo de encaje en mano,
porte altanero y ufano
de princesa tropical,
La Habana del vendaval
que barre el aire y las horas,
La Habana, antigua señora
que se mece en su portal.

La Habana del malecón,
La Habana calles adentro,
La Habana de fuga y centro
entre avenida y rincón,
La Habana en cada balcón
de aristocracia perdida
donde la ropa tendida
se inventa como pendón. 

La Habana con tu escondida
magia, con tus dioses
La Habana, tú, cuando coses
hechizos, eres lucida.

Yemayá fue mi amiga 
hubo algún otro que no,
hice enojar a Shangó
por despreciar su aguacero,
entonces estalló un trueno
cercano, y me estremeció.

Me dice “niña preciosa”
La Habana, con sus engaños,
a mis cuarenta y un años
qué risa me da la cosa.
La Habana, ciudad tramposa,
tú y yo sabemos por qué,
mas si “niña” escucharé
de cada guapo que veo,
miénteme, que yo te creo
y ya no me quejaré. 

Mil y un kilómetro andados,
la mejor dieta: La Habana,
que si eres vegetariana
te lo pone complicado.
Aquí sí que he adelgazado
y ahora debo partir
justo cuando iba a lucir
delgada como un estambre,
aunque me muera de hambre
no me quiero despedir.

La Habana, llevo conmigo
innumerables cafés,
un beso que no acepté,
libros (mis mudos testigos)
los versos de mis amigos,
la luna por la ventana,
el sol de cada mañana,
las caminatas costeras.
Yo no sé si tú me quieras,
mas yo te quiero, La Habana.

jul
20
Añadido por Alexis Díaz Pimienta el 20 julio 2018 a las 9:18 am
por Alexis Díaz-Pimienta



La experimentación formal con la estructura de la décima escrita, ha sido, a lo largo de mi vida literaria, una preocupación constante, a la vez un reto y un camino alternativo. Yo, procedente del repentismo tradicional, acostumbrado a ver la décima como esa “cajita” perfecta con medidas 10×8, tan redonda en su cuadratura textual y en la forma de su canto, cuando comencé mis andanzas como escritor, no como improvisador, supe desde el principio que tenía que soltar esas amarras.

Tenía entonces yo 16 o 17 años, y bebía tanto de la fuente de improvisación como de la lectura de poesía contemporánea (sobre todo, de los poetas que eran premiados en el concurso Casa de las Américas). Fue en estos libros (Toño Cisneros, Armando Tejada Gómez, Fernando Lamberg, Omar Lara, Jorge Bocannera, Wichy Nogueras o Reina María Rodríguez) en los que descubrí, y quedé deslumbrado, las aventuras tipográficas y formales de la poesía escrita contemponánea, vanguardista y post-vanguardista, actualísima entonces. En ellos describí nuevas posibilidades expresivas del poema en verso libre (prescindir de signos de puntuación, prescindir de mayúsculas, usar los espacios como signos de puntuación al igual de las cesuras versales, y de paso los rejuegos intertextuales y los registros polisémicos del verso: tan ajenos a la décima oral y su cuasi obligatoria decodificación inmediata). Todo esto, que estaba naturalizado y legitimado en la poesía contemporánea en español, no era, por supuesto, nada común en la décima escrita en Cuba, mucho menos en la oral.

En la décima oral era imposible hacerlo (la mayoría eran aportaciones gráficas, tipográficas, visuales), pero en la décima escrita, en la que existe desde hace casi un siglo la tradición (poco estudiada, por cierto, a penas tomada en cuenta por la crítica) de la edición de “decimarios”, es decir, poemarios escritos íntegramente en décimas,  tampoco era común este tipo de aventuras formales. Ni en la obra de los grandes maestros de la estrofa (el Cucalambé, Agustín Acosta, el Indio Naborí, Francisco Riverón), ni en la obra de los decimistas en activo en los años 80.

Las mayores aventuras formales que yo recuerde, como un acercamiento real al concepto de poesía visual (con referentes que van desde Baudelaire hasta Joan Brossa), fue un libro de décimas de Bernardo Cárdenas Ríos (un repentista) en el que el poeta dibujaba con las letras la figura a la que dedicaba cada poemas: una casa, un árbol, un perro, etc. 

Sin duda, el primer libro que se atrevió a romper el molde gráfico de la décima escrita, más allá de este ejercicio pictórico-mecanográfico, y que constituyó un auténtico parteaguas en el movimiento decimista insular (el escrito, no el oral-improvisado) fue Alrededor del punto, del poeta Adolfo Martí Fuentes. Para mí este fue el decimario más inteligente de su época y, sin miedo a decirlo, de la historia de la décima escrita en Cuba, el equivalente al Azul de Darío para la poesía española, o al Ulises de Joyce para la narrativa del siglo XX. Un libro que cambió definitiva y drásticamente la forma de acercarse a la décima escrita (o mejor, a la escritura de décimas).

Fue este libro, junto con las lecturas de aquellos poetas contemporáneos que llegaban a mis manos juveniles (manos que ya habían paseado por los libros de César Vallejo: la vanguardia mayor), los que espolearon mi curiosidad y pusieron en mis manos un abanico amplísimo de posibilidad formales para la estrofa que cultivaba desde niño. en ellos descubrí, deslumbrado, que la décima podía escapar de su “prisión estrecha” (Raúl Ferrer dixit). Y me puse manos a la obra, todo entusiasmo. Separé perfectamente la décima oral (cantada, improvisada, o escrita para ser cantada) de la décima escrita. Supe y acepté que eran, o más bien podían ser, estrofas de distintos registros, intereses y destinatarios.
Y desde entonces, no he dejado de experimentar. En mis decimarios (cuatro publicados, casi diez inéditos) encontrarán de todo: décimas bilingües, décimas con pie de página, décima con versos endecasílabos y alejandrinos, hexasílabos, tetrasílabos, etc; décimas sumamente encabalgadas, décimas en prosa, décimas encadenadas, décimas con estructura musical o teatral, décimas llenas de citas intertextuales, décimas de corte periodístico, leguleyo, dramático, y mucho más. Es decir, todo esto que ahora (2018) es tan normal en el decimismo escrito en Cuba, sobre todo en los poetas de mi generación (finales de los 90) y en los más jóvenes, yo comencé a incorporarlo a mis décimas escritas a mediados y finales de los años 80. Como resultado y prueba de ello, ahí está el tempranero decimario Robinson Crusoe vuelve a salvarse (Premio Cucalambé en 1993), co-escrito con David Mitrani y considerado por alguno críticos como el libro pionero en este movimiento de neo-decimismo.

Ya en aquel primero libro publiqué poemas en décimas que, por primera vez, carecían de mayúsculas y signos de puntuación, por ejemplo. Décimas que jugaban con el intertexto, el hipertexto y hasta el paratexto. En fin, este libro fue el inicio de un camino experimental en el que no me detenido aún: la búsqueda de nuevas posibilidades expresivas para una estrofa que llevaba siglos encerrada en su perfecta cajita de 10 x 8. (De ahí que uno de mis decimarios se titule Galería 10 x 8).

Pues bien, este largo introito ha sido necesario, porque hoy quiero compartir con ustedes una de mis primeras aventuras formales con la décima, y quizá la más atrevida. La décima-hilo titulada Teseo, que se publicó primero en Robinson Crusoe vuelve a salvarse (Sanlope, Las Tunas, 1993) y luego en La sexta cara del dado (Colección San Borondón, Canarias, 1997). Es un experimento formal que se explica solo y que bebe de las fuentes primigenias de la poesía visual.

Espero disfruten y comenten.


TESEO



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Añadido por Alexis Díaz Pimienta el 20 julio 2018 a las 9:18 am
por Alexis Díaz-Pimienta



La experimentación formal con la estructura de la décima escrita, ha sido, a lo largo de mi vida literaria, una preocupación constante, a la vez un reto y un camino alternativo. Yo, procedente del repentismo tradicional, acostumbrado a ver la décima como esa “cajita” perfecta con medidas 10×8, tan redonda en su cuadratura textual y en la forma de su canto, cuando comencé mis andanzas como escritor, no como improvisador, supe desde el principio que tenía que soltar esas amarras.

Tenía entonces yo 16 o 17 años, y bebía tanto de la fuente de improvisación como de la lectura de poesía contemporánea (sobre todo, de los poetas que eran premiados en el concurso Casa de las Américas). Fue en estos libros (Toño Cisneros, Armando Tejada Gómez, Fernando Lamberg, Omar Lara, Jorge Bocannera, Wichy Nogueras o Reina María Rodríguez) en los que descubrí, y quedé deslumbrado, las aventuras tipográficas y formales de la poesía escrita contemponánea, vanguardista y post-vanguardista, actualísima entonces. En ellos describí nuevas posibilidades expresivas del poema en verso libre (prescindir de signos de puntuación, prescindir de mayúsculas, usar los espacios como signos de puntuación al igual de las cesuras versales, y de paso los rejuegos intertextuales y los registros polisémicos del verso: tan ajenos a la décima oral y su cuasi obligatoria decodificación inmediata). Todo esto, que estaba naturalizado y legitimado en la poesía contemporánea en español, no era, por supuesto, nada común en la décima escrita en Cuba, mucho menos en la oral.

En la décima oral era imposible hacerlo (la mayoría eran aportaciones gráficas, tipográficas, visuales), pero en la décima escrita, en la que existe desde hace casi un siglo la tradición (poco estudiada, por cierto, a penas tomada en cuenta por la crítica) de la edición de “decimarios”, es decir, poemarios escritos íntegramente en décimas,  tampoco era común este tipo de aventuras formales. Ni en la obra de los grandes maestros de la estrofa (el Cucalambé, Agustín Acosta, el Indio Naborí, Francisco Riverón), ni en la obra de los decimistas en activo en los años 80.

Las mayores aventuras formales que yo recuerde, como un acercamiento real al concepto de poesía visual (con referentes que van desde Baudelaire hasta Joan Brossa), fue un libro de décimas de Bernardo Cárdenas Ríos (un repentista) en el que el poeta dibujaba con las letras la figura a la que dedicaba cada poemas: una casa, un árbol, un perro, etc. 

Sin duda, el primer libro que se atrevió a romper el molde gráfico de la décima escrita, más allá de este ejercicio pictórico-mecanográfico, y que constituyó un auténtico parteaguas en el movimiento decimista insular (el escrito, no el oral-improvisado) fue Alrededor del punto, del poeta Adolfo Martí Fuentes. Para mí este fue el decimario más inteligente de su época y, sin miedo a decirlo, de la historia de la décima escrita en Cuba, el equivalente al Azul de Darío para la poesía española, o al Ulises de Joyce para la narrativa del siglo XX. Un libro que cambió definitiva y drásticamente la forma de acercarse a la décima escrita (o mejor, a la escritura de décimas).

Fue este libro, junto con las lecturas de aquellos poetas contemporáneos que llegaban a mis manos juveniles (manos que ya habían paseado por los libros de César Vallejo: la vanguardia mayor), los que espolearon mi curiosidad y pusieron en mis manos un abanico amplísimo de posibilidad formales para la estrofa que cultivaba desde niño. en ellos descubrí, deslumbrado, que la décima podía escapar de su “prisión estrecha” (Raúl Ferrer dixit). Y me puse manos a la obra, todo entusiasmo. Separé perfectamente la décima oral (cantada, improvisada, o escrita para ser cantada) de la décima escrita. Supe y acepté que eran, o más bien podían ser, estrofas de distintos registros, intereses y destinatarios.
Y desde entonces, no he dejado de experimentar. En mis decimarios (cuatro publicados, casi diez inéditos) encontrarán de todo: décimas bilingües, décimas con pie de página, décima con versos endecasílabos y alejandrinos, hexasílabos, tetrasílabos, etc; décimas sumamente encabalgadas, décimas en prosa, décimas encadenadas, décimas con estructura musical o teatral, décimas llenas de citas intertextuales, décimas de corte periodístico, leguleyo, dramático, y mucho más. Es decir, todo esto que ahora (2018) es tan normal en el decimismo escrito en Cuba, sobre todo en los poetas de mi generación (finales de los 90) y en los más jóvenes, yo comencé a incorporarlo a mis décimas escritas a mediados y finales de los años 80. Como resultado y prueba de ello, ahí está el tempranero decimario Robinson Crusoe vuelve a salvarse (Premio Cucalambé en 1993), co-escrito con David Mitrani y considerado por alguno críticos como el libro pionero en este movimiento de neo-decimismo.

Ya en aquel primero libro publiqué poemas en décimas que, por primera vez, carecían de mayúsculas y signos de puntuación, por ejemplo. Décimas que jugaban con el intertexto, el hipertexto y hasta el paratexto. En fin, este libro fue el inicio de un camino experimental en el que no me detenido aún: la búsqueda de nuevas posibilidades expresivas para una estrofa que llevaba siglos encerrada en su perfecta cajita de 10 x 8. (De ahí que uno de mis decimarios se titule Galería 10 x 8).

Pues bien, este largo introito ha sido necesario, porque hoy quiero compartir con ustedes una de mis primeras aventuras formales con la décima, y quizá la más atrevida. La décima-hilo titulada Teseo, que se publicó primero en Robinson Crusoe vuelve a salvarse (Sanlope, Las Tunas, 1993) y luego en La sexta cara del dado (Colección San Borondón, Canarias, 1997). Es un experimento formal que se explica solo y que bebe de las fuentes primigenias de la poesía visual.

Espero disfruten y comenten.


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                          la trampa estaba mal hecha

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19
Añadido por Alexis Díaz Pimienta el 19 julio 2018 a las 5:31 pm
por Alex Díaz Hernández



Llegaron las vacaciones de verano en mi país. La gente se haya feliz. Por tantas recreaciones hay muchas expectaciones. La familia poderosa que va de forma lujosa a Varadero. ¡Ay amigos! Pero como siempre digo: no todo es color de rosa.

Ya no resisto el verano, estoy en la capital y me estoy sintiendo mal, hablo por cualquier cubano. Todos dicen, algo sano, cultura y divertimento. Para no hacer largo el cuento voy en crítica a expresar, lo alto que he de pagar el costo de estar contento en un país que el calor es realmente sofocante, no hay ventilador que aguante ni aire que seque el sudor, es asfixiante el vapor que hay en la calle, soy presa, y cuando la boca empieza a resecarse merezco tomarme un frío refresco, una malta, una cerveza.

Me voy a una TRD y pido un refresco frío, me dicen que no hay, me río y le pregunto ¿por qué? La respuesta ya la sé pero quiero preguntar, ya cuando va a contestar, negando con la cabeza, le digo: bueno… cerveza. “No, no la he puesto a enfriar”. Molesto salgo de ahí, busco un Centro Comercial, pues me sentía muy mal de tanto sudor y vi un oasis frente a mí, “Centro Comercial La Fuente”, vi Bavaria, Presidente, TuCola, incluso Tigón, todo en plena exhibición, pero claro, ¡está caliente!

Por otra parte viajar; quiero salir de La Habana a pasar una semana en otro cualquier lugar, ¿Granma, Camagüey, Pinar? Voy haciendo el equipaje. Tengo el dinero del viaje; ya me toca al mostrador y dice el trabajador: ya no queda más pasaje.

Bueno, me voy de paseo, quizás a La Habana Vieja o al Malecón que me deja siendo de sus olas reo, caminando tarareo boleros (aunque no ensaye). Observo cada detalle de las calles del Vedado o del Paseo del Prado, ¿pero qué encuentro en la calle? La gente con sus bocinas con un ruido que estremece y que a cualquiera ensordece en una guagua, una esquina. El que la lleva imagina que su música es muy sana; pero aunque el ruido me gana, yo seguiré con mi queja, hasta que una ley proteja la paz sonora cubana.

Voy camino hacia mi casa conmigo mismo enfadado, sediento, loco, sudado; me siento un hombre a la brasa. Cuando por mi mente pasa al fin una “solución,” después de tanta tensión, me siento a ver cuál cubano, los programas de verano que hay en mi televisión.





____________________________________
Alex Díaz Hernández (La Habana, 1995). Repentista y narrador oral cubano. Miembro de los poyectos artísticos Los Pimienta y Rollex. Es uno de los abanderados del llamado “neorrepentismo”, una forma contemporánea de hacer poesía improvisada fusionándola con otras artes. Ha colaborado con varios medios de prensa cubanos y participado en numerosos festivales en Cuba y España.
jul
19
Añadido por Alexis Díaz Pimienta el 19 julio 2018 a las 5:31 pm
por Alex Díaz Hernández



Llegaron las vacaciones de verano en mi país. La gente se halla feliz. Por tantas recreaciones hay muchas expectaciones. La familia poderosa que va de forma lujosa a Varadero. ¡Ay amigos! Pero como siempre digo: no todo es color de rosa.

Ya no resisto el verano, estoy en la capital y me estoy sintiendo mal, hablo por cualquier cubano. Todos dicen, algo sano, cultura y divertimento. Para no hacer largo el cuento voy en crítica a expresar, lo alto que he de pagar el costo de estar contento en un país que el calor es realmente sofocante, no hay ventilador que aguante ni aire que seque el sudor, es asfixiante el vapor que hay en la calle, soy presa, y cuando la boca empieza a resecarse merezco tomarme un frío refresco, una malta, una cerveza.

Me voy a una TRD y pido un refresco frío, me dicen que no hay, me río y le pregunto ¿por qué? La respuesta ya la sé pero quiero preguntar, ya cuando va a contestar, negando con la cabeza, le digo: bueno… cerveza. “No, no la he puesto a enfriar”. Molesto salgo de ahí, busco un Centro Comercial, pues me sentía muy mal de tanto sudor y vi un oasis frente a mí, “Centro Comercial La Fuente”, vi Bavaria, Presidente, TuCola, incluso Tigón, todo en plena exhibición, pero claro, ¡está caliente!

Por otra parte viajar; quiero salir de La Habana a pasar una semana en otro cualquier lugar, ¿Granma, Camagüey, Pinar? Voy haciendo el equipaje. Tengo el dinero del viaje; ya me toca al mostrador y dice el trabajador: ya no queda más pasaje.

Bueno, me voy de paseo, quizás a La Habana Vieja o al Malecón que me deja siendo de sus olas reo, caminando tarareo boleros (aunque no ensaye). Observo cada detalle de las calles del Vedado o del Paseo del Prado, ¿pero qué encuentro en la calle? La gente con sus bocinas con un ruido que estremece y que a cualquiera ensordece en una guagua, una esquina. El que la lleva imagina que su música es muy sana; pero aunque el ruido me gana, yo seguiré con mi queja, hasta que una ley proteja la paz sonora cubana.

Voy camino hacia mi casa conmigo mismo enfadado, sediento, loco, sudado; me siento un hombre a la brasa. Cuando por mi mente pasa al fin una “solución,” después de tanta tensión, me siento a ver cuál cubano, los programas de verano que hay en mi televisión.





____________________________________
Alex Díaz Hernández (La Habana, 1995). Repentista y narrador oral cubano. Miembro de los poyectos artísticos Los Pimienta y Rollex. Es uno de los abanderados del llamado “neorrepentismo”, una forma contemporánea de hacer poesía improvisada fusionándola con otras artes. Ha colaborado con varios medios de prensa cubanos y participado en numerosos festivales en Cuba y España.
ene
11
Añadido por Alexis Díaz Pimienta el 11 enero 2017 a las 11:54 am



Mi encuentro con Federico
ocurrió de madrugada.
Era una sombra sentada
debajo de un abanico.
Olía a poeta rico.
Me acerqué. No puso un pero.
Y a dos versos del sombrero
susurró: “¿lo ves, se nota?Hay una gota, una gota,
de sangre de marinero.

Por debajo de las sumas,
hay algo que nos gobierna:
un río de sangre tierna,
un mar de sucias espumas.
No consumas, no consumas”,
me aconsejó, me rogó.
Y al instante me explicó
cosas que yo no sabía,
o que saber no quería,
o que no se qué, o que no…

Debajo de las multiplicaciones,
en el alba mentida de New York
me llamo Federico García Lorc,
a pesar de las malas traducciones.
Ahora todos visitan mis rincones,
ahora todos me leen, vaya celo.
Nueva York sigue siendo niebla y vuelo
y los trenes de rosas maniatadas
y la curva feliz de las miradas
pero yo no he venido a ver el cielo.

Nueva York, la ciudad indiferente,
que levanta sus montes de cemento
me parece pequeña por momentos,
me parece ridícula, inocente.
Debe ser angustioso tanta gente
hollándote, babeándote las rutas.
Tantos taxis, banqueros, hackers, putas,
estudiantes, turistas, golondrinas
y al final, cuando cruzas dos esquinas,
no es la muerte, es la tienda de [las] frutas.

Todos los días se matan
en Nueva York -fríos datos-
cuatro millones de patos
que las lenguas abaratan.
Todos los díasmaltratan
cinco millones de cerdos,
diez millones de recuerdos,
dos mil millones de fotos,
un billón de humo de motos,
un trillón de no-me-acuerdos.

Dos mil palomas al día
para los agonizantes
y tullidos caminantes
de la mega-travesía.
¿Esta vaca es tuya o mía?
¿Mugido en bistec o en callos?
¿Se comen los guacamayos?
¿Se comerán los zancudos?
Vendo un millón de hombres crudos
y dos millones de gallos.

Y tantas cocciones dejan
los cielos hechos añicos.
Tan solo los Federicos
escriben y no se quejan.
Más vale cuando se alejan
sollozarsolo, en voz baja,
afilando la navaja
o asesinar a los perros
en cacerías y encierros
a la hora en que no trabajas.

Mas te vale resistiren la [fría]madrugada
tú, que no comprendes nada,
de lo que cuesta vivir.
Sí, más te vale escribir,
poeta, así te entretienes.
Hay interminables trenes
de leche(muy saludables)
Hay
trenes interminables
de sangre.¿Te vas o vienes?

Los ricos
, los pordioseros,
(en diferentes idiomas),
los patos y las palomas
los cerdos y los corderos,
los nativos, los viajeros,
los listos y los idiotas,
hoy todos ponen sus gotas
de sangreentre los renglones
de las multiplicaciones,
de las carótidas rotas.

L
os terribles alaridos
de las vacas estrujadas
ensucian las madrugadas
y taponan los oídos.
Claro que hay sordos dormidos,
inclusive, en plena calle.
Y que por más que se ensaye
la obra siempre acaba mal:
los gritos del animal
llenan de dolor el valle.

Donde el Hudson, pobrecito,
se emborracha con aceite
se habla del raro deleite
que causa llorar bajito.
Casi nadie escucha el grito,
la frecuencia es imposible.
Pero yo, bardo intangible,
sin importarme la hora
denuncio a todo el que ignora
la mitad irredimible.
Ylaten corazones, negros cuadros,
de los animalitos que se olvidan.
Ya todos caeránsin que lo pidan
en la fiesta final de los taladros.
Pongamos los poemas en recuadros.
Pongamos el amor en cuarentena.
Federico estornuda y me da pena.
Federico habla, bala, gruñe, muge.
Federico me pide que lo empuje.
Es más, no me lo pide, me lo ordena.

“Os escupo en la cara”, grita triste
un flaco Federico, despeinado.
La otra mitad escuchademasiado
feliz para la sangre con que viste.
Un flaco Federico escupe, insiste,
los observa con rostro y voz de mando.
Algunos devorando, otros cantando,
algunos mal volando en su pureza.
Federico se rasca la cabeza.
Yo paso. Me dan náusea. Estoy llorando.

No es el infierno, es la calle.
Hay niños abandonados,
mundo de ríos quebrados
y sufrientes al detalle.
Dondequiera que me halle
hay gemidos inaudibles
y distancias inasibles.
Dondequiera, ya lo sabes.
Mas podrían ser más graves,
mucho más indigeribles.

Todo lo quieto está móvil.
Todo es eterno hace rato
en la pata de ese gato
[que ha quebrado] el automóvil.
Todo humano queda inmóvil
y hay un dolor de raíz.
El canto de la lombriz
se oye desde el corazón
de muchas niñasque son
la misma niña infeliz.

Óxido, fermento, tierra
estremecida. Dolor.
Fermento. Óxido. Sudor.
Taladro. Escalera. Sierra.
¿Con quién estamos en guerra?
se pregunta el que camina.
¿La culpa nos incrimina?
¿O eres tú, como te llames,
que nadas por los infames
números de la oficina?

Y ahora yo,
¿qué voy a hacer,
ordenar [más] los paisajes?
¿Mezclar todos los lenguajes,
la muerte con el placer?
¿Y ahora cómo renacer?
¿Qué hacemos ahora, señores?¿Ordenar [más] los amores
que, por si no lo sabías,
luego son fotografías,
simples tomas exteriores?

Son pedazos de madera
y de sangre a bocanadas.
Son cabezas degolladas
y lágrimas en la acera.
El próximo pez que muera
tendrá ron en las espinas.
Hay moho en las cartulinas
y ojeras en cada anuncio.
No, no; yo [mejor] denuncio, 
estas frías oficinas.

Yo denuncio la conjura,
los programas de la selva,
hasta que alguien nos devuelva
un pedazo de cordura.
Yo denuncio la locura
de las gafas coloreadas.
Yo denuncio las miradas
furtivas del bienvenido
Yo me ofrezco a ser comido
por las vacas estrujadas.

Y por lo cerdos rollizos.
Y por lo viejos carteros.
Y por los gordos obreros
que llevan ojos postizos.
Me ofrezco para chorizos,
lonjas de humano deleite.
Para que nadie se empleite,
yo denuncio y resucito
donde el Hudson, pobrecito,
se emborracha con aceite.

Y Federico se fue,
cabizbajo, pensativo.
Y yo quedé muerto “en vivo”,
con el corazón a pie.
Insepulto me quedé.
Me quedé anclado en la nada.
Y una anciana jorobada
al final me dijo: “Hombre,
no le has dicho ni tu nombre
al poeta de Granada”.

ene
11
Añadido por Alexis Díaz Pimienta el 11 enero 2017 a las 11:54 am



Mi encuentro con Federico
ocurrió de madrugada.
Era una sombra sentada
debajo de un abanico.
Olía a poeta rico.
Me acerqué. No puso un pero.
Y a dos versos del sombrero
susurró: “¿lo ves, se nota?Hay una gota, una gota,
de sangre de marinero.

Por debajo de las sumas,
hay algo que nos gobierna:
un río de sangre tierna,
un mar de sucias espumas.
No consumas, no consumas”,
me aconsejó, me rogó.
Y al instante me explicó
cosas que yo no sabía,
o que saber no quería,
o que no se qué, o que no…

Debajo de las multiplicaciones,
en el alba mentida de New York
me llamo Federico García Lorc,
a pesar de las malas traducciones.
Ahora todos visitan mis rincones,
ahora todos me leen, vaya celo.
Nueva York sigue siendo niebla y vuelo
y los trenes de rosas maniatadas
y la curva feliz de las miradas
pero yo no he venido a ver el cielo.

Nueva York, la ciudad indiferente,
que levanta sus montes de cemento
me parece pequeña por momentos,
me parece ridícula, inocente.
Debe ser angustioso tanta gente
hollándote, babeándote las rutas.
Tantos taxis, banqueros, hackers, putas,
estudiantes, turistas, golondrinas
y al final, cuando cruzas dos esquinas,
no es la muerte, es la tienda de [las] frutas.

Todos los días se matan
en Nueva York -fríos datos-
cuatro millones de patos
que las lenguas abaratan.
Todos los díasmaltratan
cinco millones de cerdos,
diez millones de recuerdos,
dos mil millones de fotos,
un billón de humo de motos,
un trillón de no-me-acuerdos.

Dos mil palomas al día
para los agonizantes
y tullidos caminantes
de la mega-travesía.
¿Esta vaca es tuya o mía?
¿Mugido en bistec o en callos?
¿Se comen los guacamayos?
¿Se comerán los zancudos?
Vendo un millón de hombres crudos
y dos millones de gallos.

Y tantas cocciones dejan
los cielos hechos añicos.
Tan solo los Federicos
escriben y no se quejan.
Más vale cuando se alejan
sollozarsolo, en voz baja,
afilando la navaja
o asesinar a los perros
en cacerías y encierros
a la hora en que no trabajas.

Mas te vale resistiren la [fría]madrugada
tú, que no comprendes nada,
de lo que cuesta vivir.
Sí, más te vale escribir,
poeta, así te entretienes.
Hay interminables trenes
de leche(muy saludables)
Hay
trenes interminables
de sangre.¿Te vas o vienes?

Los ricos
, los pordioseros,
(en diferentes idiomas),
los patos y las palomas
los cerdos y los corderos,
los nativos, los viajeros,
los listos y los idiotas,
hoy todos ponen sus gotas
de sangreentre los renglones
de las multiplicaciones,
de las carótidas rotas.

L
os terribles alaridos
de las vacas estrujadas
ensucian las madrugadas
y taponan los oídos.
Claro que hay sordos dormidos,
inclusive, en plena calle.
Y que por más que se ensaye
la obra siempre acaba mal:
los gritos del animal
llenan de dolor el valle.

Donde el Hudson, pobrecito,
se emborracha con aceite
se habla del raro deleite
que causa llorar bajito.
Casi nadie escucha el grito,
la frecuencia es imposible.
Pero yo, bardo intangible,
sin importarme la hora
denuncio a todo el que ignora
la mitad irredimible.
Ylaten corazones, negros cuadros,
de los animalitos que se olvidan.
Ya todos caeránsin que lo pidan
en la fiesta final de los taladros.
Pongamos los poemas en recuadros.
Pongamos el amor en cuarentena.
Federico estornuda y me da pena.
Federico habla, bala, gruñe, muge.
Federico me pide que lo empuje.
Es más, no me lo pide, me lo ordena.

“Os escupo en la cara”, grita triste
un flaco Federico, despeinado.
La otra mitad escuchademasiado
feliz para la sangre con que viste.
Un flaco Federico escupe, insiste,
los observa con rostro y voz de mando.
Algunos devorando, otros cantando,
algunos mal volando en su pureza.
Federico se rasca la cabeza.
Yo paso. Me dan náusea. Estoy llorando.

No es el infierno, es la calle.
Hay niños abandonados,
mundo de ríos quebrados
y sufrientes al detalle.
Dondequiera que me halle
hay gemidos inaudibles
y distancias inasibles.
Dondequiera, ya lo sabes.
Mas podrían ser más graves,
mucho más indigeribles.

Todo lo quieto está móvil.
Todo es eterno hace rato
en la pata de ese gato
[que ha quebrado] el automóvil.
Todo humano queda inmóvil
y hay un dolor de raíz.
El canto de la lombriz
se oye desde el corazón
de muchas niñasque son
la misma niña infeliz.

Óxido, fermento, tierra
estremecida. Dolor.
Fermento. Óxido. Sudor.
Taladro. Escalera. Sierra.
¿Con quién estamos en guerra?
se pregunta el que camina.
¿La culpa nos incrimina?
¿O eres tú, como te llames,
que nadas por los infames
números de la oficina?

Y ahora yo,
¿qué voy a hacer,
ordenar [más] los paisajes?
¿Mezclar todos los lenguajes,
la muerte con el placer?
¿Y ahora cómo renacer?
¿Qué hacemos ahora, señores?¿Ordenar [más] los amores
que, por si no lo sabías,
luego son fotografías,
simples tomas exteriores?

Son pedazos de madera
y de sangre a bocanadas.
Son cabezas degolladas
y lágrimas en la acera.
El próximo pez que muera
tendrá ron en las espinas.
Hay moho en las cartulinas
y ojeras en cada anuncio.
No, no; yo [mejor] denuncio, 
estas frías oficinas.

Yo denuncio la conjura,
los programas de la selva,
hasta que alguien nos devuelva
un pedazo de cordura.
Yo denuncio la locura
de las gafas coloreadas.
Yo denuncio las miradas
furtivas del bienvenido
Yo me ofrezco a ser comido
por las vacas estrujadas.

Y por lo cerdos rollizos.
Y por lo viejos carteros.
Y por los gordos obreros
que llevan ojos postizos.
Me ofrezco para chorizos,
lonjas de humano deleite.
Para que nadie se empleite,
yo denuncio y resucito
donde el Hudson, pobrecito,
se emborracha con aceite.

Y Federico se fue,
cabizbajo, pensativo.
Y yo quedé muerto “en vivo”,
con el corazón a pie.
Insepulto me quedé.
Me quedé anclado en la nada.
Y una anciana jorobada
al final me dijo: “Hombre,
no le has dicho ni tu nombre
al poeta de Granada”.