"Uno de los mejores narradores cubanos de la hora presente"
(Juan Bonilla)

Del Blog de Díaz-Pimienta

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UNA CASA SIN PATIO

Publicado por Alexis Díaz Pimienta el 10 enero 2011 a las 6:58 pm
En el año 2000, a raíz de haber obtenido el premio "Emilio Prados" que convoca el Centro Generación del 27, de Málaga, publiqué en la editorial Pretextos uno de mis libros más "enigmáticos", "Yo también pude ser Jacques Daguerre", mi personal homenaje a dos de mis pasiones artísticas, la poesía y la fotografía. Poema y foto, texto e imagen, se besan, abrazan, enlazan, imbrica en este poemario, que dos años después se editó en Cuba (Ed. Letras Cubanas, 2002), y que, no obstante, es menos conocido que otros de mis poemarios.

¿Qué tal entonces si adornamos algunas paredes de este cuarto con sus fotos? Empecemos por un poema muy sentido, una instantánea de la Gran Ciudad, de la tristeza de las grandes ciudades.



UNA CASA SIN PATIO


Una casa sin un árbol de fondo,
sin una piedra donde limpiar las botas,
duele como los ojos
de las viudas del pueblo.

Cada viuda del pueblo
lleva el pasado bajo las negras telas,
junto a las fotos,
entre peines y espejos.
Cada casa sin patio
alguna vez teme dormir cerrada,
alguna vez teme quedarse sola,
mira a las otras casas con fastidio.
Una casa sin patio sufre,
se arrincona,
evita hablar con otras casas
de sus intimidades.
(No importa que posea
un balcón hacia el mar
o hacia el parque;
poco importan los niños del vecino
descubriendo sus rincones vírgenes.)
Una casa sin patio se siente en climaterio,
ajada e indecente,
como la ropa del borracho del pueblo.

El borracho del pueblo
anda lleno de silbidos y moscas,
duerme mal y se moja en la lluvia,
Nunca sabrá la hora.
Nunca entrará en la iglesia
sin que lo orine un perro.
Una casa sin patio no se podrá vender
ni alquilar, ni prestar,
sin comentar primero:
«Pobre casa, nació así, no es culpable».
Y el futuro inquilino se ajustará las lentes,
misericorde y comprensivo,
sin replicarle nada.

Por eso las ciudades huelen a alcohol,
a tendederas húmedas,
a sexo, a eructos,
a periódicos viejos.
Por eso las ciudades
no tienen tantas flores
como los cementerios.
Y las casas sin patio
se miran unas a otras,
se niegan a comer y a ver la tele,
se masturban pensando en la palabra «polvo»,
se pudren, lentamente,
como los versos del poeta del pueblo.





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