"Uno de los mejores narradores cubanos de la hora presente"
(Juan Bonilla)

Del Blog de Díaz-Pimienta

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UNO DE LOS CAPÍTULOS MÁS ERÓTICOS DE "SALVADOR GOLOMÓN"

Publicado por Alexis Díaz Pimienta el 22 septiembre 2012 a las 11:31 am
Salvador Golomón es una novela que funciona como un mosaico de géneros: novela erótica, de viajes, policiaca y metaliteraria en la que se cuentan las peripecias amorosas del escritor, actor teatral y policía cubano Romualdo Félix de la Fuente Írsula o Rofe o Salvador Golomón, como quieran llamarlo, quien "escapa" de Cuba a Italia del brazo de Daniella Ferrati, y "escapa" de Daniela Ferrati del brazo de Simona Coral, y "escapa" de Simona Coral...
Una novela para mayores de 25 años...






Compramos agua, recorrimos otras partes de la ciudad, y merendamos frutas frescas después de ver iglesias, claustros, museos, pórticos importantes. Después de visitar la casa de Dante, la Abadía Fiesolana, el Palacio de los Congresos y el Medici-Riccardi; después de habernos dada un baño de cultura secular y de sentirnos listos, libres para hacer esas pequeñas fechorías que demostraban lo que éramos, no dos meticulosos y aplicados estudiantes con espíritu de coleccionistas, no dos pedantes candidatos a la petulancia literario-pictórica, tampoco dos turistas sin otra cosa que hacer que copiar, repetir, imitar a otros turistas; estábamos listos para demostrar que éramos dos aventureros en un viaje de amor, en una fuga incontrolable, yo huyendo de Daniela Ferratti, de Grosseto, del Romualdo Írsula que había sido durante treinta y un años; y ella huyendo de qué, de quiénes, ¿de Daniela?, ¿de Grosseto? ¿de sí misma?
    —Necesitamos una noche salvaje para desintoxicarnos de tanto arte —dijo Simona, cuando entramos en la habitación, quitándose la ropa y lanzándomela al rostro.
    Yo sabía que una noche salvaje con Simona Coral comenzaba en la curva de su vientre, en su pequeño ombligo que Tiziano no vio, en sus ojos de Venus recién nacida, pero estaba cansado. Pensé que Simona no tenía hartura, que era loca o ninfómana, y que yo no podía soportar aquel ritmo. Entró al baño y fui tras ella.
    —Me gustaría pintarte, Simona. Tengo amigos que pagarían una fortuna para que posaras para ellos, al menos una noche —le mentí, sabía que Sixto y Juan Miguel sólo podrían pagarle con tres o cuatro panes.
    —¿Cómo te gustaría?, ¿con un perrito sobre la cama, con telas transparentes sobre el cuerpo?
    —No, así, como estás ahora mismo, orinando —le dije recostado en la puerta del baño, oyendo cómo caían sus residuos de agua florentina y de vino español sobre el agua de la taza—. Los poetas y los pintores no han descubierto todavía la belleza del acto de orinar, la plasticidad de la micción femenina.
Tomó papel higiénico, se secó dos veces.
    —Me encanta tu sentido escatológico del mundo —dijo.
    —¿Sabes?, hablas muy bien el español. Mejor que yo incluso.
   —Viví en Adra, no lo olvides. Pero, además, ¿qué tiene que ver eso con la «poética del chorro discontinuo»?
    —¿Te gustaría ir a Cuba, Simona Coral?
   —Me gustaría verte orinar a ti. Nunca he visto orinar de cerca a un hombre, sacudirse.
    —No es poético, el acto de sacudir un pene fláccido es bastante prosaico.
    —Pues que esté erecto entonces. Quiero mirar por dónde sale el chorro.
Sonreí.
    —Me has recordado una canción vulgar que cantaban las niñas de mi escuela primaria —y comencé a cantar, con ritmo de romance: del mar me gustan las algas / del río la jicotea / y de mi novio me gusta / el pitón por donde mea.
     —¿Jicotea?
    —Sí, una especie de tortuga de agua dulce. Te falta el español de América, Simona.
    —¿Vas a orinar o no?
    —¿Vas a provocarme la erección o no?
    Comenzó a safarme el pantalón, en silencio, y se sentó en el filo del bidé a contemplar cómo un hilo de orina, curvilíneo, salía de mi cuerpo y caía en el agua. Miraba con asombro, y cuando terminé se echó a reír como una niña que hubiera descubierto algo.
    Llenamos la bañera, nos hundimos en un agua jabonosa y perfumada, y nos lavamos mutuamente, a la vieja usanza, la princesa recibiendo un masaje suave, cuidadoso, en la espalda, en los pies, en el vientre; el príncipe recibiendo en reciprocidad sus manos tiernas sobre los músculos del pecho, en la espalda también, en el cuello. Y en el juego del agua nuestros cuerpos se pusieron blandos, ella más líquida que antes, yo un poquito más espeso, como esa miel brillosa que gotea a veces en los panales rotos. Y, como los cuerpos, se reblandecieron los deseos de hacer el amor. Me alegré un poco (¡que yo no soy un semental, cojones!, voy a llegar a Cuba muerto, no hay quien coño siga a esta loca ;aunque tampoco hay quien se niegue, la verdad).
Salimos del baño envueltos en toallas, nos sentamos en la cama y encendimos el televisor. Daban noticias sobre el conflicto palestino-israelí. Ella empezó a peinarse, lentamente; yo recosté una almohada en la pared, y me apoyé frente a la pantalla, intentando entender algo de lo que pasaba en Gaza y Cisjordania. Pero ahí empezó todo: nuestra verdadera noche salvaje. Empezó por el dedo pulgar del pie izquierdo de Simona. Ella se había dejado caer hacia un lado, y comenzó a palparme la cara con el pie. Caminaba por mi cara, Simona Coral. Su dedo más gordo, el más derecho dedo de su lindo pie izquierdo, entró en mi boca, despertó a mi lengua, comenzó con lentitud a recorrer mis labios. Recordé aquel poema de Rafael Alcides en el que un hombre se enamora del dedo gordo del pie de su esposa y va con él a todas partes, le habla, y hasta pide la palabra con él en las reuniones de trabajo. Lo lamí, lo mordisqueé, pedí con él la palabra en esa íntima reunión de cuerpos olorosos, y claro, me la dieron, sus senos me dijeron: diga usted, compañero Romualdo. Pero yo le cedí la palabra a mi mano derecha, y mi mano derecha le cedió la palabra al señor Pene Erecto, y el señor Pene Erecto dijo que él no estaba de acuerdo con que la compañera Vagina Cerrada continuara en su situación actual, y la compañera Vagina Cerrada asintió, y el señor Seno Duro Derecho se alzó sin pedir la palabra y dijo que él ya estaba cansado de que su compañero de la izquierda siempre recibiera los mejores estímulos, y la señora Lengua Gruesa de Escritor Excitado se sintió aludida y comenzó a lamer, a succionar al señor Seno Duro Derecho, y mientras todo esto sucedía, el Señor Pene Erecto había tenido una conferencia en voz baja con la compañera Vagina Cerrada, y al parecer habían llegado a un acuerdo, porque el señor Pene Erecto, quitándose la máscara con que andaba a veces, propuso que la compañera Vagina Cerrada fuera ascendida al cargo de Vagina Abierta, y los dos Senos Duros aprobaron la idea, y Lengua Gruesa de Escritor Excitado felicitó con un lamido a los dos Senos Duros, y la compañera Vagina Cerrada, reconvertida ya en Vagina Abierta, se mantuvo callada, un poco ruborizada por este repentino ascenso, porque sí, ella lo merecía, pero hay algunos compañeros, como Culo Pequeño, que estaban esperando hacía rato, y él también se había sacrificado durante mucho tiempo, y el Señor Pene Erecto, con ese buen corazón que lo caracteriza, dijo que claro, claro, que en cuanto ella estuviera acostumbrada, adaptada a su nueva vida de Vagina Abierta, él ya se encargaría de atender los pedidos de Culo Pequeño, que no era la primera vez que el compañero solicitaba ayuda, y la verdad, siempre se le dejaba para último, pero que no se preocupara, que él pasaría la información a sus dos secretarios, los compañeros Dedos Largos del Medio, y mientras tanto la señora Lengua Gruesa de Escritor Excitado seguía chismeando con los dos Senos Duros, y mientras tanto el señor Pene Erecto dijo que si no había más asuntos por ahora, él tenía que autorizar la salida inmediata del compañero Semen Cálido, y la señora Vagina Abierta volvió a decir que sí, pero ahora con los labios, y el compañero Semen Cálido salió como una flecha, sin despedirse, pero eso sí, con el permiso del compañero Pene Erecto, y el Señor Culo Pequeño se contrajo de ganas, y el secretario más experimentado, Dedo Largo del Medio de la Mano Izquierda, comenzó a recoger los mensajes que había dejado en el camino el señor Semen Cálido, y cuchichearon durante segundos el señor Dedo Largo del Medio de la Mano Izquierda y la señora Vagina Abierta y Húmeda, y el señor Culo Pequeño se contrajo tres veces, de ganas, hasta que entró Dedo Largo del Medio de la Mano Izquierda con los papeles húmedos y aún calientes del señor Semen Cálido, y a todas éstas, el señor Pene Erecto intentaba sentarse entre los dos señores Senos Duros, y ambos señores intentaban adular, acariciar, masajear a su jefe, y el señor Pene Erecto, como todo dirigente de experiencia, sabía que esos dos compañeros sólo querían ayudarlo a trabajar mejor, a ser mucho más «erecto» en su trabajo, y la señora Boca Hambrienta de Lengua Tibia y Húmeda, que vio aquello, pidió una reunión urgente con el señor Pene Erecto, y el señor Pene Erecto solicitó a su secretario más capaz, Dedo Largo del Medio de la Mano Izquierda, que lo ayudara un poco, que saliera de donde estaba, porque él no podía estar reunido con la señora Boca Hambrienta de Lengua Tibia y Húmeda mientras él, Dedo Largo del Medio de la Mano Izquierda, estuviera conversando con Culo Pequeño; y así fue como pudo encerrarse el señor Pene Erecto con la exigente señora Boca Hambrienta de Lengua Tibia y Húmeda, ellos dos solos, durante un largo rato; los demás conversaban e intercambiaban opiniones sobre los buenos resultados de la primera parte, cuando el señor Pene Erecto notó que, inevitablemente, no podría contener por más tiempo al señor Semen Cálido, y trató de retroceder, de abrir la puerta para que Semen Cálido dejara caer sus opiniones fuera, sobre los dos señores Senos Duros, pero entonces las señoritas Manos Finas de Uñas Abderitanas, que apenas habían intervenido en esta reunión, esta vez intervinieron, apretaron con fuerza a las señoras Nalgas Negras y Duras de Escritor Excitado, como diciendo: ¡de aquí no sale nadie hasta que acabe todo! Y el señor Semen Cálido no tuvo más remedio que caer sobre la señorita Lengua Tibia y Húmeda, y Pene Erecto y Boca Hambrienta se comprometieron a no hablar más del asunto, vieron las opiniones, los papeles del señor Semen Cálido saliendo por la puerta rosada hacia afuera, mientras la señorita Lengua Tibia y Húmeda adulaba, lamía al señor Pene Erecto, y desde lejos la señora Vagina Abierta lloraba emocionada, y el señor Culo Pequeño se contraía por enésima vez, de ganas.
    Nunca antes había comprendido la democracia que impera en los cuerpos desnudos mientras se recorren y descubren mutuamente, la libertad que los une, el respeto a sí mismos. Aquella reunión fue un éxito en todos los sentidos. Eufóricos, pletóricos de fuerzas desconocidas, salimos a terminar nuestra noche salvaje florentina, en los bares, las calles, las discotecas, los rincones oscuros.
    Fue una noche de copas contra el suelo y gritos de placer y orgasmos temblorosos. Sentados junto al Puente Viejo me fumé el primer porro, pitillo, canuto de mi vida, y comenzaron a desnudarse en mi mente todas las vírgenes, a tener erecciones todos los ángeles, los pastores se volvieron de espaldas ante tanta herejía, y los pintores hicieron huelga de hambre. Nadie se atrevía a perpetuar las nalgas de Simona Coral o de Joao-Romualdo, los senos de ella, el pene suyo; nadie esculpiría, pintaría o tallaría aquella escena nuestra junto al puente, ni la otra, más sacrílega, detrás del Hospital de los Inocentes, ni nuestra risa escandalosa por el centro de la Plaza de la República, Simona recostada al jabalí de bronce, besando al jabalí de bronce, buscando los testículos del Porcellino para demostrarme que le provocaría una erección artística.
Tampoco en el hotel quedarán registrados los gritos y los saltos de Simona Coral aquella madrugada, su sorpresivo uso de un vibrador eléctrico: así, así, prego, prego, Joao-Romualdo, el vibrador y yo peleándonos por abrir más aquellos pasadizos,  así, más, Joao-Romualdo, sus orificios ensanchados de placer, los dos cuerpos cilíndricos y duros sintiendo la presencia del otro en el hueco contiguo, sí, sí, sin estorbarse, sí, sí, Joao-Romualdo, su cara descompuesta, su cuerpo retorcido, mis manos separando más y más sus nalgas, mis ojos intentando penetrar en el espejo para ver más de cerca, mi nariz para oler, mi boca para morder aquella redondez dos veces perforada, así, así, Simona, prego, prego.
    Nada de esto quedó sino en mi mente, en mi memoria, en nuestra sangre y en nuestros jugos revueltos para siempre. Apenas dormimos. Nos levantamos bien temprano y tomamos un tren regular a Roma Termini.


Alexis Díaz Pimienta, Salvador Golomón (Ed. Algaida, 2005; Finalista del Premio "Ateneo de Sevilla", 2004; Ganadora del Premio "Luis Berenguel", 2005; Finalista del Premio "Rómulo Gallego" 2007.)
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