Alexis Díaz Pimienta, Escritor
Alexis Díaz Pimienta, Repentista
Alexis Díaz Pimienta, docente

Literatura

En Alexis Díaz Pimienta nos encontramos con uno de los escritores cubanos más laureados de su generación. Sus casi 40 libros publicados le avalan.


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Repentismo

Alexis Díaz-Pimienta es el más internacional de los repentistas cubanos. Tras más 25 años en la TV cubana ha llevado la improvisación a más de 30 países y ha compartido escenario con artistas como Silvio Rodríguez, Jorge Drexler, Danny Rivera, Albita Rodríguez, Kiko Veneno, Hernán López-Nussa, Martin Buscaglia, Celina González, Isaac Delgado, Amaury Perez y [...]


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Docencia

Director de la Cátedra Experimental de Poesía Improvisada, de La Habana, Alexis Díaz Pimienta cuenta con un extenso curriculum en el campo de la investigación y la docencia, y es autor de dos textos fundamentales: Teoria de la improvisación poética y el Método Pimienta para aprender (y enseñar) a improvisar en versos, una metodología única [...]


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Del Blog de Díaz-Pimienta

 

Por Consuelo Posada (Universidad de Antioquia).

 


Sangre, la nueva novela del escritor cubano Alexis Díaz Pimienta (La Habana, 1996) presenta un párrafo inicial que funciona como epígrafe y parece inscribirse en un capítulo de la historia reciente de España, con las cifras de las mujeres víctimas de violencia familiar.  Y este epígrafe es un llamado a integrar la ficción de la novela en la realidad española; es decir, a mirar los episodios de ficción que trae la obra como una parte de la vida de la España de  los últimos años. Las cifras exactas de 1.028  mujeres asesinadas desde el año 2003 hasta el 2019, se convierten en una estadística que reafirma el sentido de una denuncia, esta vez hecha desde la literatura.  

Esta ilusión de verdad se perfecciona con la referencia a una geografía específica. Se cita a Sevilla, como el espacio donde suceden las historias de la novela y los detalles de la obra refuerzan la cercanía entre la Sevilla literaria y la ciudad real.  El texto se detiene  en la Semana Santa sevillana, en los vestuarios de esos días santos, las comidas, las procesiones, colorido de los desfiles. Y además, aparecen imágenes del Festival de cine europeo en Sevilla,  del río Guadalquivir, de Triana, la judería y el barrio de Santa Cruz. En Sangre los lugares que visitan los personajes tienen nombre propio y algunos de los letreros con el alarmante e misterioso “Ayúdame” aparecen en cafeterías y sitios tan identificables como la plaza de la Encarnación.  Hay muchas referencias  a la ciudad:   los personajes van en bicicleta por una Sevilla casi peatonal, pequeña e ideal para moverse así. Es decir,  el autor crea una relación afectiva entre los personajes (y los lectores) y la capital andaluza.

El esqueleto de la obra se hace visible como una estructura pensada y armada de manera coherente: las historias individuales de varias mujeres asesinadas por sus parejas afectiva. Pero todas se llaman María y la obra muestra sus muertes en orden cronológico, desde la María número uno, hasta la  María X, que parece reunir a todas Marías posibles.  

Y el narrador (¿la narradora?) nos presenta  a cada mujer asesinada para contarnos datos clave: su edad, algunos detalles de su vida en pareja, si había o no denunciado los maltratos, cuántos niños quedarán huérfanos con su muerte y, ante todo, cómo fue su muerte, cuál fue el arma usada por el asesino (un cuchillo de cocina, unas tijeras de cocina, un cúter, una escopeta), además de dar algunos datos menores del asesino: nombre, edad, circunstancias menores: detalles que engrandecen el peligro, al sensación de miedo o rabia.  

Pero vamos por partes. Antes de escuchar las historias de las Marías asesinadas, una María en singular se asoma al lector, en el puro comienzo de la novela, sentada en el baño de un bar, y allí, colgando en el extremo del papel higiénico, encuentra el primer letrero con el mensaje “Ayúdame”, pintado con letras rojas. 

También se llama María este  personaje principal que funciona como hilo conductor de las historias. Ella es quien  encuentra los recortes de papel higiénico en los baños que visita, con el repetido e inquietante letrero que pide ayuda  y los va reúne y se hace preguntas y trata de buscar apoyo en la policía. Porque ella, María de la Concepción Cava Robledo, es profesora del Conservatorio Superior de música Manuel Castillo, de Sevilla, no es policía, y poco a poco se va convirtiendo en el personaje femenino central, con más carne literaria de toda la novela.

Además, a esta María le molestan los militares, todos. Guardias civiles, policías locales, policías nacionales, oficiales del ejército, soldados rasos, hasta los jóvenes que iban a la mili: no puede evitarlo, odia los uniformes. Ella es la conciencia femenina de la obra y de ella sabemos, además, que tiene una relación de pareja libre, sin matrimonio y sin convivencia con un tal Rodolfo, a quien llama Rodólgrafo, y que con él vive una relación sin reglas, pero plena de colorido, risas, sexo en colores y acordes perfectos.

La  primera María víctima es una joven y bella, mujer de 25 años, maltratada por su marido de 50, que fue encontrada muerta con diez puñaladas, “una por años de matrimonio“, según una vecina. Otra María tres apareció, sonriente, en una página de Facebook. Su marido le hizo la foto y después la mató, con un cuchillo de cocina, de treinta heridas mientras sus amigos de Facebook le daban treinta likes a su foto de perfil, sincronizados, sin saberlo, con las puñaladas que ella iba recibiendo. Y así, en cada historia encontramos ornamentos que buscan una sonrisa del lector: sus amigos de Facebook cuando supieron la noticia por la tele no podían creerlo. Alguien escribió en su muro: “vamos, María di que no, dime que no es verdad”, pero María “seguía sonriendo en la foto, feliz, como si ella tampoco se creyeran su muerte”. Otra María era madre de dos pequeños, “dos niños que pasaron de hijos a huérfanos así, sin más, sin darse cuenta del cambio de status”. En la descripción de su cadáver, el rostro  aparece con varios golpes en la cabeza y en el cuello, provocados, según la autopsia, “con un objeto romo”. Y entonces, como parte del mismo juego que propone el narrador, se nos explica que la madre de María no sabía que existían los objetos romos, que su hija conocía Roma, la capital de Italia, desde que era niña, pero un objeto romo, no.  Otra María, la número ocho, es una mujer latina de 39 años “muerta por arma blanca por su marido de 55”, una colombiana que había huido de la violencia de su país y había llegado a la tranquila y vieja Europa, feliz en Estepueblo, donde alababa el buen vino, el buen jamón y las tortillas. Y la María número once fue asesinada de dos tiros de escopeta. La escopeta  era legal, él era cazador y tenía licencia para portar armas. Y la María dieciséis había cumplido 84 años cuatro días antes de ser degollada por su marido, un abuelo de 88. Ella tenía Alzheimer y otras dolencias. Él tenía depresión y diez o doce enfermedades más;  él, además, mucha ira acumulada (con Dios y con la vida y con el mundo) y un cuchillo jamonero. Entonces, degolló a su María y después se lanzó por el balcón y murió en el acto. Todo esto “en una secuencia perfecta”, agrega el narrador. Hago este apretado recorrido (cuidándome del spoiler), porque quiero mostrar cómo en cada momento de la historia, hay una dosis “de Pimienta” que hace soportable la narración. 

Y después de una de las tantas muertes, con la noticia aún fresquísima, un bar  se llena de preguntas, comentarios, frases sueltas sobre la nueva María muerta y el narrador recoge todas las expresiones, trae todas las voces y el texto se vuelve puro presente. Porque el relato se queda quieto y oímos, como en una obra de teatro la pluralidad de voces: ¿viste lo de María? ¿Quien es María?, ¿qué María?, ¡no me digas¡, ¡no me jodas!, ¿María?, pero si yo la vi hace dos días en el Carrefour, pobrecita mi niña” ¿y se sabe quién fue?, ¿el marido? ¿el ex?, pobre chica, yo la recuerdo bien, la gordita, la morena… Y el conjunto progresivo de preguntas y respuestas y ocurrencias genera desde amargas sonrisas o pequeñas o grandes  carcajadas.
Mientras tanto nuestra María encuentra un nuevo papel en el que alguien pide auxilio, escrito en un pedazo de papel higiénico y se pregunta si el nuevo aviso es una broma de mal gusto, o hay verdaderamente una mujer en peligro

En una anterior reseña sobre la obra de Alexis Díaz-Pimienta (El huracán Anónimo, Scripta Manent Ediciones, 2019), alabé la fascinación que en sus textos producen los juegos de palabras. Y conectaba esta destreza con las dotes que el autor ha mostrado en el manejo de la oralidad versificada. Quienes conocen su improvisación se asombran de tanta habilidad para inventar, a la velocidad de los aplausos, versos rimados que responden oportunamente al tema sobre el que está improvisando. Pues cuando en esta nueva novela leía los arabescos que le van saliendo a cada frase y la manera en la que Díaz-Pimienta juega con las palabras y arma una retahíla maravillosa, o desbarata un párrafo y lo vuelve a rearmar jugando con el orden y el desorden de las frases, recordaba que hay un  juego similar que hacen los improvisadores cubanos más especializados, cuando se arriesgan a desordenar una décima, creando variantes nuevas con los mismos versos. Este goce con las palabras nos hace sonreír aún en los momentos más densos de la historia y aparece como un despropósito que se pueda hablar de lenguaje juguetón que busca la sonrisa del lector, cuando estamos frente a imágenes tan duras de la muerte.

Aquí, entonces, es obligatorio recordar la levedad propuesta como una virtud necesaria en la literatura, para contrarrestar la pesadez de una historia o de un tema. Hablo de la propuesta de Italo Calvino en Seis propuestas para el próximo milenio, la obra que recoge las seis conferencias que el autor debía dictar en la universidad de Harvard  en 1986. La levedad le sirve a todo escritor para contrarrestar la pesadez, la inercia y la opacidad del mundo. Calvino muestra, con ejemplos de La metamorfosis de Ovidio, pasajes de la relación entre Perseo y la medusa. Después de uno de los combates triunfantes contra la medusa Perseo  necesita posar por un momento la cabeza del monstruo.  Y entonces, Ovidio explica en versos de extraordinaria belleza “cuánta delicadeza se necesita para ser un Perseo, vencedor de monstruos. La manera como Perseo cubre el suelo con una capa de hojas y extiende encima unas ramitas nacidas bajo el agua, y en ellas posa, boca abajo, la cabeza de la medusa”. Para Italo Calvino se trata de un gesto de refrescante gentileza hacia ese ser monstruoso y aterrador, que de alguna manera es también deteriorable y frágil. Este cuadro se cierra con un pequeño milagro: cuando las ramitas marinas hacen contacto con la medusa, se transforman en corales y entonces aparecen las ninfas que acercan otras ramitas y algas a la terrible cabeza. La conclusión es entonces que en este encuentro de imágenes de levedad,  “la sutil gracia del coral roza la ferocidad de las gorgonas”.

En la narrativa de Alexis Díaz-Pimienta reaparecen ejemplos de levedad que surgen del uso de formas inesperadas del lenguaje, de los juegos de palabras o de las imágenes de abierta comicidad. Y en esta novela es claro el efecto refrescante del humor para suavizar la pesadez del tema.  Aquí, desde el comienzo de la historia, la de una mujer “con el culo al aire” porque en un baño público no se atreve a apoyar completamente las nalgas resulta una imagen risible porque, además, debe mover las manos como si estuviera mandando adioses, o accionar con los dos brazos al aire, para  hacerse visible delante del radar que apagará las luces si no hay señales de movimiento. Y esta imagen sucede unos segundos antes de que la mujer encuentre el pedazo de papel higiénico con el mensaje, “Ayúdame”.
También aquí los detalles divierten, hay pasajes graciosos que resultan bien acomodados, pese al fondo y al trasfondo (asesinatos en serie de mujeres jóvenes o mayores, todas con un contexto de vida traído por el autor para que sirva de marco de horror a la tragedia).  Entonces, aunque el tema es duro, el discurso logra suavizar la dureza, con la gracia del narrador que elabora tal jugueteo con las  palabras y ayuda al lector  a alivianar  la lectura de momentos sórdidos. 

Más allá del acierto en el esquema narrativo y en la organización de las historias, la gran hazaña de esta novela está en el discurso, como se llama en literatura a la organización de la forma, de  la manera de contar. Quiero decir que el atractivo no es la truculencia del tema, ni el pretexto del letrero con pintalabios rojos que aparece en el último pedazo de cada rollo de papel higiénico. No. Es la perorata del escritor, su juego con el estiramiento de las frases, con el recuento alargado, alargadísimo del momento.

Vuelvo al episodio inicial, el que abre la historia, cuando la primera María descubre el primer aviso con el primer letrero en el que otra María que pide auxilio. Este descubrimiento está antecedido por un minucioso recuento de los detalles de la mujer casi sentada, dispuesta a orinar. Y aquí aparece la primera situación de relativa comicidad, una mujer meando que, como no puede sentarse por precaución higiénica, se sostiene con las piernas abiertas y el culo al aire, mientras agita los brazos “por si la tonta de la bombilla no la ha visto”. Pero el lector aún no sabe qué es aquello asombroso que ha visto la mujer en el papel y el autor logra mantener la intriga, porque cuando María quiere verificarlo, en se justo instante “la cabrona de la luz se apaga”. Y el lector deberá esperar mucho más para enterarse:  el desespero del personaje, sus muecas, sus adioses falsos a para hacerse notar por los sensores de la luz. Y solo al final de este recuento detallado nos enteramos del contenido del mensaje que el personaje había visto: la palabra “ayúdame”.

En resumen, Sangre, de Alexis Díaz-Pimienta, es una novela corta que se hace más corta gracias a su depuradísima técnica narrativa y al dinamismo con que se cuenta la historia. Una de esas novelas que se leen, literalmente, de una sentada. Incluso, orinando.


Ficha técnica
Título: Sangre
Autor: Alexis Díaz-Pimienta
Editorial: Scripta Manent Ediciones
Año: 2021
Páginas: 200

 

Mi madre, Albertina Pimienta Campoalegre,
durante su primera comunión


I


Hoy he visto una foto de mi madre

haciendo la primera comunión

y qué vuelco me ha dado el corazón.

¡Esa es mi madre antes de ser mi madre! 


Hoy he visto una foto de mi madre

(una niña vestida de algodón)

y tenía mi cara —con perdón—:

soy una mala copia de mi madre.


Hoy he visto una foto de mi madre

cuando mi padre ni la conocía

ni sospechaba que iba a ser mi padre.


Qué emoción tan extraña y tan tardía. 

Hoy he visto una foto de mi madre.

¡Qué madre estoy en esa foto mía! 


II


Y pensar que esa niña creció un día,

se juntó con un niño y tuvo niños. 

Y esos niños después tuvieron niños

y esos otros tuvieron otra cría.


Y pensar que esa niña creció un día,

le cambiaron los chuches por corpiños

y el ciclo de las madres y los niños

repitiose con rara simetría.


Ahí está. Detenida en suave gesto. 

Qué mezcla de inocencia y nerviosismo.

Qué perfil maternal con nueve años. 


Esa es mi madre sin el tiempo puesto, 

antes de fabricar en su organismo 

ocho niños de todos los tamaños. 


III


Esa es mi madre. Y dan ganas de darle 

un tirón de la manga y salir juntos 

a jugar, a charlar de los asuntos 

que hablan los niños. Ganas de quitarle 


Ese disfraz de santa y regalarle 

Un balón, unas cartas, dos muñecas,

Y escapar de la iglesia haciendo muecas 

Ella y yo y mis hermanos. Enseñarle 


que tras la comunión hay pan con queso 

y mangos y bailable y mariposas. 

y jóvenes que matan por un beso. 


Dan ganas de enseñarle tantas cosas.

Dan ganas de sacarle de allí en peso. 

Las madres a esa edad se ven borrosas.



Alexis Díaz-Pimienta: improvisar soñando, despertar escribiendo.


Es de día. Estoy en El Diezmero, uno de los barrios de mi infancia, pero no sé cómo he llegado aquí. La famosa Garita del Diezmero ha desaparecido, pero hay una avenida muy ancha. Llega una guagua y es una Leyland gris plateada, con una especia de cenefa metálica dorada a todo lo largo. Me emociono y lo comento con mis hermanos mayores, Adriana y Raimundo. ¡Qué bueno que hayan recuperado las guaguas Leyland!, digo. Son las guaguas de mi infancia, pienso o digo en voz alta, no recuerdo bien. Me fijo en el número: 213. Qué curioso, pienso, esta ruta es la ruta que antes iba del Diezmero al Reparto La Cumbre, la guagua que tomaba cada mes para llevar a mi abuela a cobrar su chequera en Dolores. Pero hay algo falso en esta reflexión, o falso no, inexacto. La ruta 213 iba de 10 de octubre, pasando por Dolores, hasta La Cumbre, ida y vuelta, pero no llegaba ni pasaba por El Diezmero. No importa. Subo. Reconozco el ruido del motor, el temblor de las Leyland. Me emociono otra vez. La 213 está vacía como siempre. Yo llevo una maletica de viajes (tipo trolley) y no sé dónde ponerla. Finalmente, me siento. Pero a los pocos minutos Adriana me hace señas desde la calle para que baje. No sé cómo lo ha hecho, pero Adriana ya está en la calle, a muchos metros delante de la guagua. Es una calle que no tiene asfalto y hay mucho polvo. Yo me bajo a regañadientes, porque no reconozco el lugar, y me bajo sin maleta. Adriana me dice que no me preocupe, que tío Juan Antonio nos está esperando. Mi hermano Raimundo ya no está con nosotros y Adriana me haces señas desde lejos para que la siga. Curiosamente, ya la guagua Leyland no es una guagua Leyland, sino una carriola plateada y dorada. Yo le pregunto a Adriana: ¿y qué hago con la guagua? Y Adriana me responde: No te preocupes, tío Juan Antonio se la lleva. Tío Juan Antonio lleva más de veinte años muerto, pero en mi sueño está sin camisa (como siempre), con un vientre negro y durísimo y grandísimo, negro, pero más claro que el resto de su cuerpo: tío Juan Antonio era negro de cuerpo y mulato de vientre. Entonces, Adriana y yo hablamos en una esquina, miro a mi alrededor y me doy cuenta de que hemos llegado no al Diezmero ni a La Cumbre, sino a mi antigua casa de la antigua Isla de Pinos. Estoy en Nueva Gerona, frente a una casa pequeña de madera del Reparto Micons. Esta es la primera casa de mi infancia, la primera casa de la que tengo memoria. Me emociono otra vez. Sentados en el portal, como si estuvieran esperándome, hay dos músicos con sus instrumentos. Un tres y una guitarra. Son negros, los instrumentos no, los músicos. Uno de ellos, el del sombrero, se parece mucho a Pedro Sánchez, un viejo tresero negro que me acompañaba cuando yo era joven en La Habana. Lo destaco, porque no abundan los treseros negros. Ni los laudistas. Solo los recuerdo a Reynoso y él, en los años 80 y 90. Detrás de ellos, tímidas, , mis primas del Reparto La Cumbre me sonríen. Y junto a ellas, mi madre, que sonríe también.  “A ver si es verdad que tú improvisas… canta”, me dice el negro tresero parecido a Pedro Sánchez, sonriente. Oigo entonces el punto guajiro afinado “al aire”, un toque antiguo que me emociona aún más. Lloro, y no me sale la voz. Quiero cantar, pero no me sale la voz. Los músicos me dan dos, tres entradas… y al fin canto. 

En este trozo de suelo 
y esta casa de madera… 

Hago la pausa típica de la tonada libre o vueltabajera, miro a mi hermana Adriana que está tan emocionada como yo, escuchándome. “Pero no llores, tonto”, me dice. Cierra la música y repito los dos primeros versos:

En este trozo de suelo 
y esta casa de madera 

y luego añado, para completar y cerrar la primera redondilla:

jugaba yo cuando era
solamente un pequeñuelo.

Las Lágrimas no me impiden ver la emoción de los músicos. Y a mis primas y mi madre que aplauden. Cierra la música otra vez, e improviso un  puente del tipo llamado “en dos pasos” (bueno, llamado así por mí: cuando en lugar de un verso hexadecasílabico –16 sílabas continuas– el poeta crea dos versos octósilabos simples, y los suma): 

Ya se me ha caído el pelo.
Ya tengo los sueños rotos.

Vuelva la música, vuelve el cierre musical, y remato con una perfecta redondilla de cierre, encabezada por un inequívoco codo sintáctico (“pero”), que cumple la función del tren de aterrizaje: avisa a todos de que ya viene el remate. Digo entonces, contemplando a varios vecinos que se han ido acercando y a mi hermana y a mi madre y a mis primas y a los músicos, a todos:


Pero hay tantos alborotos
y vecinos  dando vueltas
que tengo lágrimas sueltas 
emborronando mis fotos.

Sin duda, una excelente décima improvisada. Otra excelente décima improvisada en sueños. Y lo digo no porque haya sido yo, porque en el fondo no he sido yo, yo estaba dormido, ha sido mi cerebro. Mi cerebro ha logrado improvisar, despierto él mientras yo estaba dormido, una décima con mucha técnica, con movimientos binarios perfectos (es estructura hexadecasilábica, excepto el puente), con el grado de interiorización como recurso literario, décima vivencial, autobiográfica. Qué listo mi cerebro. Ha hecho una décima que arranca lágrimas al personaje poemático que soy yo en mi propio sueño, pero también lágrimas y aplausos a toda la familia, a todos mis vecinos. Mi tío Juan Antonio se acerca y me abraza. Los músicos sonríen. Y entonces yo, despierto. 

Es lunes 5 de abril de 2021. Y al despertarme, solo, en Sevilla, como es ya acostumbre en mí, tomo el teléfono móvil para ponerme a escribir los primeros versos que vienen a mi mente. Es un buen ejercicio, entre la escritura automática y la improvisación escrita. A veces salen décimas, a veces sonetos, a veces verso libre, a veces una oración o un párrafo para novela o cuentos, a veces versos sueltos, ideas, nada serio. Comienzo a escribir y en ese momento no me acuerdo del sueño, no recuerdo, aún, que he soñado que improvisaba, ni la décima. Comienzo a escribir poemas breves (micropoemas), pensando en mi libro Zona Wi-Fi, que tiene una primera parte intitulada “Poemas muy breves de títulos muy largos”. Y nacen estos (aún sin títulos):

Primer poema:

Abro un ojo.
Lo cierro.
Abro el otro.
Lo cierro.
Y con los ojos cerrados 
miro el reloj.
¿Despierto?


Segundo poema:

Hay millones de móviles.
Hay millones de personas 
con teléfonos móviles.
Hay millones de seres inmóviles 
que llevan una fábrica de soledad
en el bolsillo.

Tercer poema:

Me encantan las camas 
con muchas almohadas.
Tan blancas y tan blandas.
Tan grandes.
Me dan la misma sensación 
de una bañera llena de espuma.
Me duermo sumergido en falsa agua.
Vuelvo a ser pez.
Feliz. 


Estas son, en realidad, ideas recuperadas de la noche anterior, cuando el sueño me venció y me impidió escribirlas, desarrollarlas. Pero ideas que estaban ya en mi “disco duro”. Me encanta este juego de contención que es la micropoesía. Y me encanta el trasiego creativo que me traigo entre vigilia y sueño, entre “despiertavela” y duermevela. Pues bien, solo tras escribir el tercer micropoema recordé el sueño recién soñado y me dije a mí mismo: “tengo que contarlo”, o sea, que tenía que intentar recuperar la décima. 

Para poder recuperarla, entonces, cierro los ojos y evoco la emoción. Las lágrimas. Y lo primero que hago es poner en práctica uno de los ejercicios de mi método para la enseñanza de la improvisación: “tirar de la rima-baliza”. Tomo como baliza de los versos las rimas  consonantes y tirando de la rimas podré ir armando la décima, apoyado en la estructura fija (abbaaccddc) y el poder atractor de las palabras.

Conocedor de la estructura, yo sé que cada rima me irá llevando a sus parejas. Pero ni siquiera me hizo falta esto. Me llegaron de golpe los dos primeros versos: En este trozo de suelo / y esta casa de madera. Y ahora sí, la rima “suelo” me llevó a la rima “pequeñuelo” y la palabra “pequeñuelo” (tetrasílaba) me ayudó a completar en mi memoria el posible cuarto verso “cuando yo era pequeñuelo”. Pero no. Enseguida me di cuenta de que este no era, no exactamente, porque la palabra “era” la necesitaba como rima para el tercer verso, para rimas con “madera”. ¿Entonces? Entonces descubrí el encabalgamiento: si el verbo “era” lo usaba como rima 3b, quiere decir que había encabalgado los versos 3b/4a, hasta terminar en “pequeñuelo”. Y gracias a esto descubrí –o me llegó a la memoria–  el complemento del siguiente verso: “solamente un”, de manera que ya tenía al menos la rima 3c y el verso 4a íntegro:

…………………….. era
solamente un pequeñuelo.

La sintaxis hizo el resto. Ya tenía los versos 1a, 2b  y 4a, íntegros, más la rima 3b (“era”), que empalmaba con  el verso 2b terminado en “madera”. Entonces, no me fue difícil hallar las otras piezas léxicas para completar un verso “sintácticamente pertinente”: “jugaba yo cuando era”. Y así recuperé la primera redondilla completa.

En este trozo de suelo 
y esta casa de madera 
jugaba yo cuando era
solamente un pequeñuelo.

Luego, la rima “pequeñuelo” me llevo directamente a la rima “pelo” y la rima “pelo” tiró de mi memoria para reconstruir un octosílabo perfecto y musical: Ya se me ha caído el pelo.

Y aquí dudé de cómo seguía la décima. Solo recordaba que el importante verso 10c (el pie forzado) terminaba con la rima “otos”. O sea, que mi verso final, el décimo, rimaba en “otos”. Pensé: ¿Fotos, rotos, remotos, alborotos? Recordé, entonces (todo esto en segundos), que “alborotos” era la rima del séptimo verso, no del final, ni del puente. Y por oficio y técnica, sabía que de todas las rimas posibles la rima más feliz, la mejor para el remate estaba entre “rotos” y “fotos”, casi mejor esta segunda (un sustantivo siempre tiene más peso léxico-semántico que un adjetivo). Pero, si había usado “rotos” como rima, ¿rotos qué?, me dije. Y apareció como por arte de magia el sintagma adjetival “sueños rotos”, un sintagma manido, sí, bastante manoseado, pero que renacía y se usaba bien en cada poema. Y algo me dijo en mi interior —oficio, técnica, experiencia— que “sueños rotos” lo había usado en el puente, no en el final, como rima 6c. Y así me llegó (recordé) el sexto verso completo, apoyado en el recurso anafórico, que me lo puso fácil: Ya tengo los sueños rotos.

Y más fácil aún me fue encontrar (recordar, recuperar) el verso 7c, porque ya sabía que tenía en él la palabra-rima “alborotos” (tetrasílaba), y que, verso 7 al fin y al cabo —más técnica, más oficio—era muy probable que lo hubiera empezado por un codo sintáctico (pero). Así que ya tenía más del 70 % del verso completo:

Pero……….. alborotos…

Y no me fue nada difícil completarlo:

Pero hay tantos alborotos…


Por supuesto, las rimas “rotos” y “alborotos” ya me habían delatado que la rima final, la más pertinente para verso de cierre, era la rima “fotos”. Por eso el resto fue fácil. Inmediatamente, supongo que por el contexto lingüístico y situacional, recordé  mi llanto y el sintagma “lágrima sueltas”. Y “lágrimas sueltas” me hizo recordar el uso del sintagma “dando vueltas” como rima. Así que ya tenía memorizado casi todo el final, casi toda la segunda redondilla, a saber:

Pero hay tantos alborotos 
………………….dando vueltas
…………………lágrimas sueltas 
………………………….. mis fotos.

Y el oficio hizo el resto, completándome los versos con los sintagmas más pertinentes para que hubiera una segunda redondilla equilibrada, contundente, emotiva. a Saber: “y vecinos” (8d), “que tengo” (9d) y “emborronando” (10c), de forma que quedó la redondilla de este modo:

Pero hay tantos alborotos 
y vecinos  dando vueltas
que tengo lágrimas sueltas 
emborronando mis fotos.

Y ya no recuerdo cómo siguió el sueño. No recuerdo si los vecinos aplaudieron más o lloraron rieron, si mis primas me abrazaron, si mi madre fue feliz, si mi hermana sonrió, como siempre, si apareció otra vez mi hermano Raimundo, que había desaparecido en el sueño, si regresó tío Juan Antonio después de haber aparcado mi carriola Leyland, o si volvió con ella, para que sus sobrinos regresáramos a La Habana, a la realidad, al presente del sueño. Solo sé que otra vez mi cerebro lo hizo: improvisar en sueños. Y otra vez yo lo he hecho: analizar en la vigilia la décima soñada.

Ya pasado el subidón emocional del ejercicio, creo que contribuyó a que este sueño fuera posible el hecho de que ayer, domingo 4 de abril de 2021, impartí las dos primeras clases online de mi “Decimódromo permanente”, en Academia Oralitura, y que durante casi cuatro horas estuve enseñando a improvisar a un grupo pequeño de quince alumnos. Y en esas primeras clases, en las que les hice un test de improvisación y otro de décima escrita, una de las verdades que más repetí fue que ellos tenían que lograr una separación entre el improvisador y el cerebro. Intenté convencerlos (y demostrarles) de que ellos no improvisan, pero su cerebro sí. Que la única manera de improvisar bien era dotar al cerebro de todas las herramientas, reglas, estrategias y técnicas de la improvisación, y luego confiar en él, dejarlo improvisada solo. Que solo cuando el cerebro es el que lleva “las llaves del coche”, les dije, y conduce él por las autovías del idioma, el improvisador llega a un estado de éxtasis creativo que lo libera y congratula. Y es entonces cuando logra eso que algunos llaman “entrar en trance”. Entonces, creo que el haberme acostado con tal nivel de excitación académica, lo que provoca en mí la enseñanza de la improvisación, contribuyó a que una vez conseguido el sueño profundo pasase lo que pasó: que llegara yo a mi infancia, a mis tres barrios (El Diezmero, La Cumbre, Micons), a mi familia, y al niño repentista que fui hace tantos años, y que volviese a improvisar frente al porche de madera de mi casa pinera (pinera y pionera y primera, todo con rimas, algo muy sintomático y simpático: rimado también). Al menos eso creo.

Por último: hace pocos días murió en Cuba, con 101 años, el viejo Melecio, una leyenda del punto guajiro en la antigua Isla de Pinos, la actual Isla de la Juventud. Y un periodista cubano me pidió por Facebook que le escribiera unas décimas de despedida, sabiendo, porque lo he contado varias veces en prensa, mi relación de niño con Melecio y con su Peña. La Peña de Melesio, famosa desde hace más de 50 años en la Isla de la Juventud, era un espacio cultural doméstico en el que yo improvisaba siendo niño y en el que Melecio era su mecenas, su Domingo del Monte, mi anfitrión. Escribí entonces estas décimas elegíacas y emotivas para despedirlo.

Adiós, Melecio


Melecio, ¡el viejo Melecio!,
el de la peña, el del canto,
el enemigo del llanto,
de la envidia y del desprecio.
Hombre delicado y recio.
Gran ejemplo para mí.
Guajiro del que aprendí 
lo bueno de ser juglar.
Qué sola se va a quedar 
mi Isla de Pinos sin ti. 

Nunca más te volví a ver.
Pero no importa, Melecio.
Envejecer tiene un precio.
Alejarse y no volver 
nos congela en un ayer
que se llama eternidad.
Tú eres eterno a la edad 
incalculable del hombre
que le ha dado luz y nombre
y versos a su ciudad.

Gracias por todo, guajiro.
Por la infancia compartida.
Por el trocito de vida 
que guardo como un suspiro.
Te respeto, quiero, admiro.
Tu ejemplo alumbra y enseña.
Desde otra ciudad pequeña
algo te prometeré:
algún día cantaré 
aunque no estés, en tu Peña.

Y volveré a ser el niño
de principios del 70.
Más Alexis que Pimienta,
menos fama que cariño.
Y volveré a ver tu guiño 
cómplice desde un sillón.
Y en cada improvisación
volveré a verte a mi lado
entre el cítrico rimado
y el rabito del lechón.

Entre Sucu-sucu y verso
pasé mi infancia pinera
y tu peña de madera 
fui me pequeño universo.
Fuiste el anverso y reverso
del promotor campesino.
Mi tutor y mi padrino 
sin haber firmado nada.
Fuiste luz improvisada 
al principio del camino.


Gracias por todo, poeta.
como pinero adoptivo
desde muy lejos te escribo.
Gracias, padrino y profeta.
Fuiste un ejemplo, una meta.
Fuiste referente y guía.
No está lejos mi Almería
de tu Isla y tu Juventud. 
En cuanto suene un laúd
te espero en la canturía.

Y lo traigo a colación, porque no dudo que estas décimas recientes y frescas aún en mi cabeza, hayan contribuido también a este onírico sueño (y no es redundancia). Lo digo porque, ahora que lo pienso bien, la casa de madera a la que llegué en mi carriola Leyland, la casa protagonista de mi décima y mi sueño, se parece más a la Peña de Melecio que a mi antigua casa.  


Alexis Díaz-Pimienta
Sevilla, 5 de abril de 2021

Twitter: @DiazPimienta



Alexis Díaz-Pimienta: improvisar soñando, despertar escribiendo.


Es de día. Estoy en El Diezmero, uno de los barrios de mi infancia, pero no sé cómo he llegado aquí. La famosa Garita del Diezmero ha desaparecido, pero hay una avenida muy ancha. Llega una guagua y es una Leyland gris plateada, con una especia de cenefa metálica dorada a todo lo largo. Me emociono y lo comento con mis hermanos mayores, Adriana y Raimundo. ¡Qué bueno que hayan recuperado las guaguas Leyland!, digo. Son las guaguas de mi infancia, pienso o digo en voz alta, no recuerdo bien. Me fijo en el número: 213. Qué curioso, pienso, esta ruta es la ruta que antes iba del Diezmero al Reparto La Cumbre, la guagua que tomaba cada mes para llevar a mi abuela a cobrar su chequera en Dolores. Pero hay algo falso en esta reflexión, o falso no, inexacto. La ruta 213 iba de 10 de octubre, pasando por Dolores, hasta La Cumbre, ida y vuelta, pero no llegaba ni pasaba por El Diezmero. No importa. Subo. Reconozco el ruido del motor, el temblor de las Leyland. Me emociono otra vez. La 213 está vacía como siempre. Yo llevo una maletica de viajes (tipo trolley) y no sé dónde ponerla. Finalmente, me siento. Pero a los pocos minutos Adriana me hace señas desde la calle para que baje. No sé cómo lo ha hecho, pero Adriana ya está en la calle, a muchos metros delante de la guagua. Es una calle que no tiene asfalto y hay mucho polvo. Yo me bajo a regañadientes, porque no reconozco el lugar, y me bajo sin maleta. Adriana me dice que no me preocupe, que tío Juan Antonio nos está esperando. Mi hermano Raimundo ya no está con nosotros y Adriana me haces señas desde lejos para que la siga. Curiosamente, ya la guagua Leyland no es una guagua Leyland, sino una carriola plateada y dorada. Yo le pregunto a Adriana: ¿y qué hago con la guagua? Y Adriana me responde: No te preocupes, tío Juan Antonio se la lleva. Tío Juan Antonio lleva más de veinte años muerto, pero en mi sueño está sin camisa (como siempre), con un vientre negro y durísimo y grandísimo, negro, pero más claro que el resto de su cuerpo: tío Juan Antonio era negro de cuerpo y mulato de vientre. Entonces, Adriana y yo hablamos en una esquina, miro a mi alrededor y me doy cuenta de que hemos llegado no al Diezmero ni a La Cumbre, sino a mi antigua casa de la antigua Isla de Pinos. Estoy en Nueva Gerona, frente a una casa pequeña de madera del Reparto Micons. Esta es la primera casa de mi infancia, la primera casa de la que tengo memoria. Me emociono otra vez. Sentados en el portal, como si estuvieran esperándome, hay dos músicos con sus instrumentos. Un tres y una guitarra. Son negros, los instrumentos no, los músicos. Uno de ellos, el del sombrero, se parece mucho a Pedro Sánchez, un viejo tresero negro que me acompañaba cuando yo era joven en La Habana. Lo destaco, porque no abundan los treseros negros. Ni los laudistas. Solo los recuerdo a Reynoso y él, en los años 80 y 90. Detrás de ellos, tímidas, , mis primas del Reparto La Cumbre me sonríen. Y junto a ellas, mi madre, que sonríe también.  “A ver si es verdad que tú improvisas… canta”, me dice el negro tresero parecido a Pedro Sánchez, sonriente. Oigo entonces el punto guajiro afinado “al aire”, un toque antiguo que me emociona aún más. Lloro, y no me sale la voz. Quiero cantar, pero no me sale la voz. Los músicos me dan dos, tres entradas… y al fin canto. 

En este trozo de suelo 
y esta casa de madera… 

Hago la pausa típica de la tonada libre o vueltabajera, miro a mi hermana Adriana que está tan emocionada como yo, escuchándome. “Pero no llores, tonto”, me dice. Cierra la música y repito los dos primeros versos:

En este trozo de suelo 
y esta casa de madera 

y luego añado, para completar y cerrar la primera redondilla:

jugaba yo cuando era
solamente un pequeñuelo.

Las Lágrimas no me impiden ver la emoción de los músicos. Y a mis primas y mi madre que aplauden. Cierra la música otra vez, e improviso un  puente del tipo llamado “en dos pasos” (bueno, llamado así por mí: cuando en lugar de un verso hexadecasílabico –16 sílabas continuas– el poeta crea dos versos octósilabos simples, y los suma): 

Ya se me ha caído el pelo.
Ya tengo los sueños rotos.

Vuelva la música, vuelve el cierre musical, y remato con una perfecta redondilla de cierre, encabezada por un inequívoco codo sintáctico (“pero”), que cumple la función del tren de aterrizaje: avisa a todos de que ya viene el remate. Digo entonces, contemplando a varios vecinos que se han ido acercando y a mi hermana y a mi madre y a mis primas y a los músicos, a todos:


Pero hay tantos alborotos
y vecinos  dando vueltas
que tengo lágrimas sueltas 
emborronando mis fotos.

Sin duda, una excelente décima improvisada. Otra excelente décima improvisada en sueños. Y lo digo no porque haya sido yo, porque en el fondo no he sido yo, yo estaba dormido, ha sido mi cerebro. Mi cerebro ha logrado improvisar, despierto él mientras yo estaba dormido, una décima con mucha técnica, con movimientos binarios perfectos (es estructura hexadecasilábica, excepto el puente), con el grado de interiorización como recurso literario, décima vivencial, autobiográfica. Qué listo mi cerebro. Ha hecho una décima que arranca lágrimas al personaje poemático que soy yo en mi propio sueño, pero también lágrimas y aplausos a toda la familia, a todos mis vecinos. Mi tío Juan Antonio se acerca y me abraza. Los músicos sonríen. Y entonces yo, despierto. 

Es lunes 5 de abril de 2021. Y al despertarme, solo, en Sevilla, como es ya acostumbre en mí, tomo el teléfono móvil para ponerme a escribir los primeros versos que vienen a mi mente. Es un buen ejercicio, entre la escritura automática y la improvisación escrita. A veces salen décimas, a veces sonetos, a veces verso libre, a veces una oración o un párrafo para novela o cuentos, a veces versos sueltos, ideas, nada serio. Comienzo a escribir y en ese momento no me acuerdo del sueño, no recuerdo, aún, que he soñado que improvisaba, ni la décima. Comienzo a escribir poemas breves (micropoemas), pensando en mi libro Zona Wi-Fi, que tiene una primera parte intitulada “Poemas muy breves de títulos muy largos”. Y nacen estos (aún sin títulos):

Primer poema:

Abro un ojo.
Lo cierro.
Abro el otro.
Lo cierro.
Y con los ojos cerrados 
miro el reloj.
¿Despierto?


Segundo poema:

Hay millones de móviles.
Hay millones de personas 
con teléfonos móviles.
Hay millones de seres inmóviles 
que llevan una fábrica de soledad
en el bolsillo.

Tercer poema:

Me encantan las camas 
con muchas almohadas.
Tan blancas y tan blandas.
Tan grandes.
Me dan la misma sensación 
de una bañera llena de espuma.
Me duermo sumergido en falsa agua.
Vuelvo a ser pez.
Feliz. 


Estas son, en realidad, ideas recuperadas de la noche anterior, cuando el sueño me venció y me impidió escribirlas, desarrollarlas. Pero ideas que estaban ya en mi “disco duro”. Me encanta este juego de contención que es la micropoesía. Y me encanta el trasiego creativo que me traigo entre vigilia y sueño, entre “despiertavela” y duermevela. Pues bien, solo tras escribir el tercer micropoema recordé el sueño recién soñado y me dije a mí mismo: “tengo que contarlo”, o sea, que tenía que intentar recuperar la décima. 

Para poder recuperarla, entonces, cierro los ojos y evoco la emoción. Las lágrimas. Y lo primero que hago es poner en práctica uno de los ejercicios de mi método para la enseñanza de la improvisación: “tirar de la rima-baliza”. Tomo como baliza de los versos las rimas  consonantes y tirando de la rimas podré ir armando la décima, apoyado en la estructura fija (abbaaccddc) y el poder atractor de las palabras.

Conocedor de la estructura, yo sé que cada rima me irá llevando a sus parejas. Pero ni siquiera me hizo falta esto. Me llegaron de golpe los dos primeros versos: En este trozo de suelo / y esta casa de madera. Y ahora sí, la rima “suelo” me llevó a la rima “pequeñuelo” y la palabra “pequeñuelo” (tetrasílaba) me ayudó a completar en mi memoria el posible cuarto verso “cuando yo era pequeñuelo”. Pero no. Enseguida me di cuenta de que este no era, no exactamente, porque la palabra “era” la necesitaba como rima para el tercer verso, para rimas con “madera”. ¿Entonces? Entonces descubrí el encabalgamiento: si el verbo “era” lo usaba como rima 3b, quiere decir que había encabalgado los versos 3b/4a, hasta terminar en “pequeñuelo”. Y gracias a esto descubrí –o me llegó a la memoria–  el complemento del siguiente verso: “solamente un”, de manera que ya tenía al menos la rima 3c y el verso 4a íntegro:

…………………….. era
solamente un pequeñuelo.

La sintaxis hizo el resto. Ya tenía los versos 1a, 2b  y 4a, íntegros, más la rima 3b (“era”), que empalmaba con  el verso 2b terminado en “madera”. Entonces, no me fue difícil hallar las otras piezas léxicas para completar un verso “sintácticamente pertinente”: “jugaba yo cuando era”. Y así recuperé la primera redondilla completa.

En este trozo de suelo 
y esta casa de madera 
jugaba yo cuando era
solamente un pequeñuelo.

Luego, la rima “pequeñuelo” me llevo directamente a la rima “pelo” y la rima “pelo” tiró de mi memoria para reconstruir un octosílabo perfecto y musical: Ya se me ha caído el pelo.

Y aquí dudé de cómo seguía la décima. Solo recordaba que el importante verso 10c (el pie forzado) terminaba con la rima “otos”. O sea, que mi verso final, el décimo, rimaba en “otos”. Pensé: ¿Fotos, rotos, remotos, alborotos? Recordé, entonces (todo esto en segundos), que “alborotos” era la rima del séptimo verso, no del final, ni del puente. Y por oficio y técnica, sabía que de todas las rimas posibles la rima más feliz, la mejor para el remate estaba entre “rotos” y “fotos”, casi mejor esta segunda (un sustantivo siempre tiene más peso léxico-semántico que un adjetivo). Pero, si había usado “rotos” como rima, ¿rotos qué?, me dije. Y apareció como por arte de magia el sintagma adjetival “sueños rotos”, un sintagma manido, sí, bastante manoseado, pero que renacía y se usaba bien en cada poema. Y algo me dijo en mi interior —oficio, técnica, experiencia— que “sueños rotos” lo había usado en el puente, no en el final, como rima 6c. Y así me llegó (recordé) el sexto verso completo, apoyado en el recurso anafórico, que me lo puso fácil: Ya tengo los sueños rotos.

Y más fácil aún me fue encontrar (recordar, recuperar) el verso 7c, porque ya sabía que tenía en él la palabra-rima “alborotos” (tetrasílaba), y que, verso 7 al fin y al cabo —más técnica, más oficio—era muy probable que lo hubiera empezado por un codo sintáctico (pero). Así que ya tenía más del 70 % del verso completo:

Pero……….. alborotos…

Y no me fue nada difícil completarlo:

Pero hay tantos alborotos…


Por supuesto, las rimas “rotos” y “alborotos” ya me habían delatado que la rima final, la más pertinente para verso de cierre, era la rima “fotos”. Por eso el resto fue fácil. Inmediatamente, supongo que por el contexto lingüístico y situacional, recordé  mi llanto y el sintagma “lágrima sueltas”. Y “lágrimas sueltas” me hizo recordar el uso del sintagma “dando vueltas” como rima. Así que ya tenía memorizado casi todo el final, casi toda la segunda redondilla, a saber:

Pero hay tantos alborotos 
………………….dando vueltas
…………………lágrimas sueltas 
………………………….. mis fotos.

Y el oficio hizo el resto, completándome los versos con los sintagmas más pertinentes para que hubiera una segunda redondilla equilibrada, contundente, emotiva. a Saber: “y vecinos” (8d), “que tengo” (9d) y “emborronando” (10c), de forma que quedó la redondilla de este modo:

Pero hay tantos alborotos 
y vecinos  dando vueltas
que tengo lágrimas sueltas 
emborronando mis fotos.

Y ya no recuerdo cómo siguió el sueño. No recuerdo si los vecinos aplaudieron más o lloraron rieron, si mis primas me abrazaron, si mi madre fue feliz, si mi hermana sonrió, como siempre, si apareció otra vez mi hermano Raimundo, que había desaparecido en el sueño, si regresó tío Juan Antonio después de haber aparcado mi carriola Leyland, o si volvió con ella, para que sus sobrinos regresáramos a La Habana, a la realidad, al presente del sueño. Solo sé que otra vez mi cerebro lo hizo: improvisar en sueños. Y otra vez yo lo he hecho: analizar en la vigilia la décima soñada.

Ya pasado el subidón emocional del ejercicio, creo que contribuyó a que este sueño fuera posible el hecho de que ayer, domingo 4 de abril de 2021, impartí las dos primeras clases online de mi “Decimódromo permanente”, en Academia Oralitura, y que durante casi cuatro horas estuve enseñando a improvisar a un grupo pequeño de quince alumnos. Y en esas primeras clases, en las que les hice un test de improvisación y otro de décima escrita, una de las verdades que más repetí fue que ellos tenían que lograr una separación entre el improvisador y el cerebro. Intenté convencerlos (y demostrarles) de que ellos no improvisan, pero su cerebro sí. Que la única manera de improvisar bien era dotar al cerebro de todas las herramientas, reglas, estrategias y técnicas de la improvisación, y luego confiar en él, dejarlo improvisada solo. Que solo cuando el cerebro es el que lleva “las llaves del coche”, les dije, y conduce él por las autovías del idioma, el improvisador llega a un estado de éxtasis creativo que lo libera y congratula. Y es entonces cuando logra eso que algunos llaman “entrar en trance”. Entonces, creo que el haberme acostado con tal nivel de excitación académica, lo que provoca en mí la enseñanza de la improvisación, contribuyó a que una vez conseguido el sueño profundo pasase lo que pasó: que llegara yo a mi infancia, a mis tres barrios (El Diezmero, La Cumbre, Micons), a mi familia, y al niño repentista que fui hace tantos años, y que volviese a improvisar frente al porche de madera de mi casa pinera (pinera y pionera y primera, todo con rimas, algo muy sintomático y simpático: rimado también). Al menos eso creo.

Por último: hace pocos días murió en Cuba, con 101 años, el viejo Melecio, una leyenda del punto guajiro en la antigua Isla de Pinos, la actual Isla de la Juventud. Y un periodista cubano me pidió por Facebook que le escribiera unas décimas de despedida, sabiendo, porque lo he contado varias veces en prensa, mi relación de niño con Melecio y con su Peña. La Peña de Melesio, famosa desde hace más de 50 años en la Isla de la Juventud, era un espacio cultural doméstico en el que yo improvisaba siendo niño y en el que Melecio era su mecenas, su Domingo del Monte, mi anfitrión. Escribí entonces estas décimas elegíacas y emotivas para despedirlo.

Adiós, Melecio


Melecio, ¡el viejo Melecio!,
el de la peña, el del canto,
el enemigo del llanto,
de la envidia y del desprecio.
Hombre delicado y recio.
Gran ejemplo para mí.
Guajiro del que aprendí 
lo bueno de ser juglar.
Qué sola se va a quedar 
mi Isla de Pinos sin ti. 

Nunca más te volví a ver.
Pero no importa, Melecio.
Envejecer tiene un precio.
Alejarse y no volver 
nos congela en un ayer
que se llama eternidad.
Tú eres eterno a la edad 
incalculable del hombre
que le ha dado luz y nombre
y versos a su ciudad.

Gracias por todo, guajiro.
Por la infancia compartida.
Por el trocito de vida 
que guardo como un suspiro.
Te respeto, quiero, admiro.
Tu ejemplo alumbra y enseña.
Desde otra ciudad pequeña
algo te prometeré:
algún día cantaré 
aunque no estés, en tu Peña.

Y volveré a ser el niño
de principios del 70.
Más Alexis que Pimienta,
menos fama que cariño.
Y volveré a ver tu guiño 
cómplice desde un sillón.
Y en cada improvisación
volveré a verte a mi lado
entre el cítrico rimado
y el rabito del lechón.

Entre Sucu-sucu y verso
pasé mi infancia pinera
y tu peña de madera 
fui me pequeño universo.
Fuiste el anverso y reverso
del promotor campesino.
Mi tutor y mi padrino 
sin haber firmado nada.
Fuiste luz improvisada 
al principio del camino.


Gracias por todo, poeta.
como pinero adoptivo
desde muy lejos te escribo.
Gracias, padrino y profeta.
Fuiste un ejemplo, una meta.
Fuiste referente y guía.
No está lejos mi Almería
de tu Isla y tu Juventud. 
En cuanto suene un laúd
te espero en la canturía.

Y lo traigo a colación, porque no dudo que estas décimas recientes y frescas aún en mi cabeza, hayan contribuido también a este onírico sueño (y no es redundancia). Lo digo porque, ahora que lo pienso bien, la casa de madera a la que llegué en mi carriola Leyland, la casa protagonista de mi décima y mi sueño, se parece más a la Peña de Melecio que a mi antigua casa.  


Alexis Díaz-Pimienta
Sevilla, 5 de abril de 2021

Twitter: @DiazPimienta



mar
25
Publicado por Alexis Díaz Pimienta el 25 marzo 2021 a las 11:15 am


Por Leidys Hernández Lima




La temática del humor ha estado presente en todas las manifestaciones artísticas. La poesía, específicamente la décima, es un ejemplo de las diferentes variantes en las que se puede encontrar el humorismo, no siempre para reír, otras veces ha sido para reflexionar. 


En Cuba, existen desde hace mucho tiempo, expertos como Chanito Isidrón, Justo Vega, Adolfo Alfonso, Adolfo Martí o Rigoberto Rizo, Bernaldo Cárdenas, el Profesor Espinosa, otros más contemporáneos como Raúl Herrera, Emiliano Sardiñas, Julito Martínez, Tomasita Quiala, Miguel Herrera, y José Manuel Silverio, con este último ralitura Habana conversó para esta entrevista.


¿Silverio, cómo llegaste a la improvisación?


En realidad empecé a improvisar, lo que es improvisar de verdad, a los 19 años, pero desde los seis años ya decía décimas con un tío mío. Eso era todos los días, ¡décimas, aprendidas claro!


Luego me gradué de la segunda promoción de los seminarios de profesores de improvisación creados por Alexis Díaz Pimienta. Los talleres son la base de la tradición, de las raíces donde se nutre el presente y futuro de nuestra cultura.


¿Y al humor?


Mi aventura con el humor surgió de forma natural, yo no hacía humor desde el comienzoquizás porque soy una persona muy alegre finalmente terminé haciendo humorismo, aunque no dejo de hacer repentismo serio. 


A veces el propio público es quien define qué tipo de repentismo es el que harás, a mí me llevó por el humor. En los guateques me gusta cantar serio, al igual que en actividades importantes, pero ya en fiestas populares, en escenarios donde el público tenga el ánimo decaído, ahí lo que hago es humor. En Palmas y Caña yo comencé con el humor, y al final es lo que más he hecho”.


¿Se puede hacer humor serio?


Claro que sí, el mejor ejemplo es Bernardo Cárdenas, hacía un humor inteligente.


De lejos, con ojos de espectadoresse pudiera decir que existe cierto prejuicio hacia los repentistas humorísticos, ¿será verdad?


Claro que hay un prejuicio hacia los repentistas humorísticos, es como una enfermedad en los directivos de algunos lugares, creen que los humoristas no pueden cantar serio, y están muy equivocados. Los poetas que hacen repentismo serio en la mayoría de los casos no se comprometen a hacer humor, tal vez sea porque no lo llevan dentro, no les nace, a veces cuando algunos se atreven queda muy forzado. En una controversia entre un repentista serio y uno humorístico,  casi siempre el que hace humor sede al otro, rara vez terminan haciendo algo cómico.


La cantidad de oportunidades que tienen los que hacen repentismo serio o humorístico no son las mismas, a veces el humor se queda rezagado; un ejemplo es EmilianoSardiñas, que prácticamente no va a canturías serias, y eso es por el prejuicio porque piensan que el que ha hecho humor toda la vida en radio y televisión  no puede hacer otra cosa y hacerla bien.


Por lo general a los humoristas nos ponen de abridores en una canturía y el plato fuerte son los repentistas serios, pero a mí siempre me han dicho que nunca está escrito cuál controversia va a ser la mejor, si la primera o la última, eso depende del día de cada uno. La selección de las parejas siempre es en dependencia del criterio del que organiza la fiesta, claro que está vigente el prejuicio, siempre pasa igual.







¿Y te has quedado sin cantar por hacer humor?


Nunca me ha pasado que alguien no quiera cantar conmigo por el tema del humor.


Y los poetas “serios” ¿cómo ven el humor?


“Luis Quintana es un ejemplo a la inversa, es un repentista muy serio pero que hace décimas humorísticas escritas muy buenas. Sin embargo no improvisa temas humorísticos, prefiere permanecer en el estrato más serio, y eso que cuando las dice en su performance lo hace muy bien.


El humor en Cuba, de forma general, ha decaído en la forma de presentarse, en mucha ocasiones temas como el racismo, la homosexualidad, el  machismo, son recurrentes para hacer chistes fáciles, ¿ocurre igual en el repentismo?


Siempre hay que respetar al público, un ejemplo de eso es Chanito Isidrón, nunca arremetía contra el público sino que improvisaba a costilla de él mismo, se decía flaco, narizón…” 


Al que le guste el humor rimado, en décimas, ¿a dónde debe ir para disfrutar de los poetas?


No hay suficientes espacios para la promoción del repentismo humorístico, yo creo que estamos en extinciónpor el irrespeto que hay de forma general a la música campesinapor ejemplo en Villa Clara hay que luchar a capa y espada para que nos respeten un poco, hay veces que los dirigentes se dejan llevar por sus gustos, y si no les interesa pues se les olvida la tradición campesina.


¿Cuáles son los referentes del humor para Silverio?


Mis referentes dentro de la décima humorística son Chanito, Rizo, Bernaldito, el Profesor Espinosa, esos son los clásicos, y de los que hoy aún están activos me gusta Raúl Herrera y Emiliano Sardiñas. Raúl Herrera es al repentista más fuerte en el humor al que me he enfrentado, aunque Emiliano también es peligroso.


Recuerdo con agrado una controversia que hice con Emiliano en Amancio Rodríguez, en Las Tunas, se me ocurrió una redondilla que me garantizó todos los aplausos del público, le dije:


Déjate de jijijí,

de trucos y de maraña

que aquí lo que se da es caña

no plátano ni maní.


Yo aprendí que hay que tener el termómetro del lugar donde estás, hay que saber cuándo hacer un corto circuito y sacar chispa o seguir en algo serio.


¿Cuál es mayor deseo de Silverio como poeta?


Que se acaben los prejuicios, que nos entiendan y que nos dejen entrar más en los guateques importantes. Que viva el repentismo, que viva la décima humorística, que viva la tradición”.


En abril de 2021 saldrá a la luz en Italia mi novela Prisionero del agua, en la editorial Besa, de Milán, con excelente traducción de Barbara Bertoni y prólogo del escritor Carlos Pintado, poeta y narrador también cubano residente en Estados Unidos. Me alegra compartir con los lectores de mi blog su hermoso prólogo a esta edición.



Por Carlos Pintado

 

 

Había miedo, pero también la sensación de haber leído una obra maestra… Y el miedo soplaba, rezumaba, abrazaba como un amigo, hablaba como un personaje entrañable; el miedo en todas las formas posibles: el miedo hecho tierra (¿isla?), agua, aire, el miedo hecho memoria, el miedo hecho amor, el miedo hecho sexo, el miedo hecho miedo.

Si comienzo hablando de miedo es porque, en esta novela -en la que flotan cuatro grandes (y complejísimos) personajes protagónicos (Pepe Gibara, Gustavo Enríquez, Lorenzo al Cubo y Enildo Niebla)-, el miedo se convierte en ese otro quinto personaje que se escurre entre ellos, fantasmal y terrible, jugándoles el destino como si de trágicos héroes modernos se tratase, moviendo borgeanamente al Dios (al autor en este caso) que moverá al jugador (los personajes, claro) para que éstos muevan las piezas (nosotros, los lectores) en un prodigio de narración y velocidad alucinantes.

Porque, a no dudarlo, podemos imaginar Prisionero del agua como una Odisea actual: cada personaje -incluso los secundarios- huyen o persiguen algo, mitifican un lugar, un país –Cuba, USA, para ser exactos– que deberán perder o ganar más tarde o más temprano, o negar como esos paraísos imposibles que solo se consiguen en la literatura, en la buena literatura, como lo es ésta. Cada barrio –El Diezmero, Luyanó, etc.– es el sueño de la ciudad produciendo monstruos, sus monstruos, tocados por la belleza y el sueño, imantados a la palabra, ese redil sagrado que tan fácil se le da a Alexis Diaz Pimienta. Y entre todos ellos está ese prodigio de personaje faro que es Enildo Niebla, asmático, descendiente de mártires, memorioso como Funes, todo un Casanova cubano prisionero de nada y de todo, arrastrado y arrastrándose por amor, ardiendo en esa llama humana e interminable que se llama Yindra, especie de diosa tropical y femme fatal, una suerte de Cecilia Valdés moderna, pero mucho más compleja y sensual, mucho más despierta y viva, que la del buen Cirilo.

Leo página tras página de esta pageturner caribeña aunque quizás leer no sea el verbo preciso; más que leer, braceo con felicidad porque al igual que El Viejo y el Mar, La Vida de Pi o Mobydick, ésta es, también, una gran novela de mar (no deja de parecerme raro que, en una isla tan pródiga en historias y en mar como lo es Cuba, naturalmente, no abunden las grandes novelas de éste tipo) e al igual que ellas, éste es un mar que simboliza un fatum inextricable, epopéyico; el mar también como una circunstancia por todas partes, bendición-maldición a ratos.

Pero Prisionero pronto toma distancia de todo y agrega otra extraña delicia a la narración: si bien algunas novelas donde el mar interviene, tienden a olvidar deliberadamente el pasado de sus protagonistas en tierra firme, priorizando quizás las futuras aventuras, en esta el escritor nos bifurca la historia (en flashbacks o diálogos y narraciones telescópicas e inicia algo casi insólito: nos reconstruye no solo el pasado de Enildo Niebla, su gran e indiscutible protagonista, sino también la historia de su madre, padre, su abuela, sus abuelos, y de sus amigos y de los padres de sus amigos, insertando en la ficción una casi novela histórica en lo que nos maravilla la reconstrucción del detalle (el demiurgo Pimienta es un envidiable constructor de detalles) erigiendo la historia como una catedral. O puede que tal vez no sea una novela histórica pero sí de historia, o una novela de personajes que protagonizan o ficcionan momentos históricos.  Pericia narrativa o narración sinérgica, ficción que trasluce realidad, levísima y genial línea en donde no sabremos -como esa línea en la que agua y cielo se confunden – dónde termina la realidad, dónde comienza la ficción.

                                       II

Novela felizmente inclasificable como son las buenas novelas que se resisten a toda etiqueta, no dejo de cuestionarme si es una novela sobre la amistad o la construcción de la amistad, o sobre la nostalgia o el amor o sobre esos irrepetibles momentos en los que tenemos que decidir en qué cuerpo o ciudad o barrio vamos a salvarnos.

O es acaso una novela sobre la memoria, la real o inventada, o la salvación de una memoria.

“La memoria es un don”. Dice el narrador en una de sus páginas como si estuviera escuchando mi cuestionamiento. Y se me ocurre que algo en la novela, en su técnica, en su desplazamiento temático-temporal tiene esos ensalzados recovecos narrativos que engendra la Memoria y que, de un centelleo, pudieran aniquilar esa otra ficción creada por lo humanos llamada tiempo. Cuándo el autor nos lanza a ese regreso al pasado que fueron los duros años 80, con la crisis del Mariel, o la infancia de ese niño-personaje que pasó seis meses sin nombre o nos vuelve al futuro (acaso presente) en donde otro personaje más, igual de memorable, envidiablemente construido, intenta nadar (aunque más que nadar, traga agua; más que nadar, agoniza; más que hundirse, nos hunde a nosotros con él).

¿No es esto la confirmación de un autor que sabe contar su historia de la mejor manera posible? Pienso que sí.

                                               III

“El agua es una cosa viva, que se asusta si los demás se asustan”. También esta novela es una cosa viva; también se asusta si quienes la leemos nos asustamos. Y el autor lo sabe. Novela de grandes tragedias personales, elucubrados conflictos, novela realista, hiperreal, novela de pérdidas y encuentros, de geniales pasajes poéticos con bellísimos homenajes a otros autores y obras, novela redonda y luminosa, musical, una novela orfeón, escrita con pulso de oro. Y también una novela humanísima en la que cada acción o decisión de un personaje va a cambiarle el mundo o la vida a otro. ¿Hasta qué punto está uno dispuesto a arriesgarlo todo por amor? ¿Hasta dónde una fiesta de santos –con un banquete que quizás supere al festín de Babette de Isak Dinesen– pueda revelarnos, por un instante, el pasado, el presente y el futuro de algún personaje? 

 

                                               IV


Había mucho amor también, y la sensación de leer esta gran novela como si acercásemos nuestro rostro al pecho de alguien que queremos y, en ese latir rumoroso, soplo de algo que llamamos vida, descubriéramos a un novelista que sabe rasgar como pocos esa niebla que flota sobre las aguas hasta mostrarnos el cuerpo del ahogado más hermoso del mundo, casi una islita de carne magra vagando sin destino.

 

                                

ene
16
Publicado por Alexis Díaz Pimienta el 16 enero 2021 a las 4:44 pm

 

16 de enero. El día

huele a nieve y sabe a sal.

Son las 10, pero da igual,

al filo del mediodía

seguirá está imagen fría

de una España congelada.

El sol mira y no hace nada.

Las estufas están tristes.

“Querido Dios, ya que existes

haz algo”, escribe mi amada.

Con este frío ella es

mi calefactor doméstico.

Y yo el suyo. ¿Es anapéstico

nuestro enlace? ¿Nuestros pies

son métricos (¿dos o tres?)

metidos bajo la manta?

No lo sé. Pero se aguanta

mejor el frío metiéndonos

uno en otro, protegiéndonos

piel con piel. El frío espanta.

La tanta nieve en España

hace que no sea errático

pensar que el cambio climático

es verídico y nos daña.

Alguna gente se engaña

con fotos de aire invernal,

pero estamos mal, muy mal.

Por una parte la nieve

y por otra el COVID. Debe

haber un complot bestial

de recónditos poderes

y esotéricas deidades

para que estén las ciudades

como están. ¿De dónde eres?

¿Cuál es tu intención? ¿Qué quieres?

(Preguntas que a nadie importa).

Desde Madrid se reporta

que la Antártida esta bien.

Papá Noel dice: “¿Y quién

-político de luz corta-

alargó de esa manera

mi jornada laboral?”

Pide aumento salarial.

Pide hidrogel. “Allá afuera

hay COVID -toco madera-

y yo estoy mayor y cojo”.

Ha puesto cara de enojo.

Quiere dejar su papel.

“Cualquiera es Papá Noel

si se pone un gorro rojo”.

Así está enero ahora mismo

a las 10 de la mañana.

Si miro por la ventana

me gana el escepticismo.

Vaya enero. Hay nerviosismo

en todo el que desayuna.

Que el frío. Que la vacuna.

Que la Ayuso. Que Simón.

Que un carajillo con ron.

Que me mudo pa’ la luna.

Que si la culpa es de Illa.

Que si la culpa es de Dios.

Que culpables son los dos.

Que si Moreno en Sevilla.

Que si el mejor es Revilla.

Que si el gobierno central.

Que si el paisaje invernal.

Que si otro confinamiento.

Que si la lluvia y el viento.

Que si lo hacen bien o mal.

¿Mi desayuno? Tostada

con tomate. Huevo duro.

Dos lascas de “¿y el futuro?”

Dos pizcas de risa helada.

Silencio y una manchada.

Silencio  con sacarina.

Silencio y “pero qué ruina”.

Silencio y “maldito enero”.

Silencio y “para febrero

la cosa no se termina”.

¿Mi desayuno? En mi casa.

Dónde si no. Es lo mejor.

Aquí solito. Al calor

de mi estufa y de mi taza.

Yo mismo me doy la brasa.

“Quédate en casa, Pimienta”.

Estoy sacando la cuenta

y en mis años españoles

nunca hubo tantos controles

de ansiedad. Es tan violenta

la situación ahora mismo

que dan ganas de tener

The Time Machine y volver

atrás. ¡Viva el ayerismo!

“Cualquiertiempopasadismo”

es treding topic de nuevo.

“No te muevas”. No me muevo.

“No me toques”. No te toco.

“Come poco”. Como poco.

“No bebas”. No bebo nada.

“No rías”. No hay carcajada.

“Hazte el loco”. Me hago el loco.

“Dame el carnet”. Se lo doy.

“Saca la lengua”. La saco.

“No al tabaco”. No al tabaco.

“No estás feliz”. No lo estoy.

“No eres nadie”. Ok. No soy.

“No salgas”. “No hables”. “No cantes”.

“Usa hidrogel”. “Ponte guantes”.

Todo muy bien explicado.

“¿Y el futuro?” Congelado.

“¿Y la vida?” Eso era antes.

En fin, 16 de enero.

Es lo que hay. Desayuno.

Escribo. No me reúno

con nadie. Espero y espero

y espero y me desespero

porque no sé qué esperamos,

quiénes somos, dónde estamos,

ni adónde vamos tampoco.

“Hazte el loco”. Y me hago el loco.

Venga, sol, ¿desayunamos?

¿Desayunamos, sofá?

¿Un cafecito, librero?

¡Que ya es 16 de enero!

¡Un poco de ánimo! ¡Va!

Que la nieve ya se irá.

Que nos están vacunando.

Pon la tele. Coge el mando.

Estás tenso, te lo noto.

Sonríe para la foto.

¿Estamos del mismo bando?

¿Te vacunas? ¿Me vacuno?

Hay que abrigarse. Me abrigo.

¿Te acuerdas de aquel amigo…?

¿Feliz 2021?

Crónica del desayuno.

Crónica en décimas frías.

Crónica con distopías.

Crónica del desespero.

Hoy es 16 de enero.

¿Y estas décimas son mías?

…………

CRÓNICAS DEL DESAYUNO:

16 de ene. de 21