Alexis Díaz Pimienta, Escritor
Alexis Díaz Pimienta, Repentista
Alexis Díaz Pimienta, docente

Literatura

En Alexis Díaz Pimienta nos encontramos con uno de los escritores cubanos más laureados de su generación. Sus casi 40 libros publicados le avalan.


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Repentismo

Alexis Díaz-Pimienta es el más internacional de los repentistas cubanos. Tras más 25 años en la TV cubana ha llevado la improvisación a más de 30 países y ha compartido escenario con artistas como Silvio Rodríguez, Jorge Drexler, Danny Rivera, Albita Rodríguez, Kiko Veneno, Hernán López-Nussa, Martin Buscaglia, Celina González, Isaac Delgado, Amaury Perez y [...]


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Docencia

Director de la Cátedra Experimental de Poesía Improvisada, de La Habana, Alexis Díaz Pimienta cuenta con un extenso curriculum en el campo de la investigación y la docencia, y es autor de dos textos fundamentales: Teoria de la improvisación poética y el Método Pimienta para aprender (y enseñar) a improvisar en versos, una metodología única [...]


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Del Blog de Díaz-Pimienta

jun
18
Publicado por Alexis Díaz Pimienta el 18 junio 2021 a las 6:58 pm

 por Lydia Moreno García



Si algo me ha parecido siempre difícil en el mundo de la literatura es escribir para niños. Pero si hay algo que me parezca más difícil todavía es crear un personaje infantil que se desarrolle a través de poemas, no de cuentos. ¿Algo más complejo todavía? Que se haga viral. Y ese es Chamaquili. Diez libros en la calle y otros tantos inéditos. Niño poeta, niño inquieto, niño curioso, niño parlanchín, niño lector, niño feliz, niño ocurrente, niño simpático. Niño al fin. Seguramente ese sea el secreto del éxito de Chamaquili, que es un niño como otro cualquiera; todos, tanto los pequeños como los grandes que un día fueron pequeños se sienten reflejados en lo que Chamaquili dice y es ahí cuando comienzan los “¡Yo también digo eso!”, los “¡Mira, como yo!”, los “¡Igual que a mí!”, los “¡Eso también me pasó a mí!”, los “¡Yo también hago eso!”. 

¿Que cuál ha sido la clave del éxito de Chamaquili? Sin lugar a dudas, que el germen de cada poema, la frase detonante, el chiste ocurrente, la idea genial e inocente, todas, han venido de un niño; al principio todas eran las “cosas” de Alejandro, el hijo menor de Alexis Díaz-Pimienta. Luego, cuando creció, fueron todos los niños que llegaron con sus ocurrencias a los oídos del poeta cubano a través de padres o amigos. Y Chamaquili siguió funcionando. Y ahí fue cuando el niño poeta, que siempre fue universal, se hizo más universal todavía. 

Hablamos de un personaje muy cubano, pero también muy español, muy andaluz. No podemos perder de vista que las ciudades de La Habana y Almería son los dos escenarios más importantes en la vida literaria de Chamaquili, cuatro de sus libros (tres en la calle y uno inédito) lo avalan. Esto también hace de Chamaquili alguien que es de un lugar y de cualquiera. El caso más reciente de todo esto que hablamos es lo que está ocurriendo en Cuba en estos tiempos pandémicos. La Compañía Nacional de Teatro Infantil La Colmenita, de Cuba, ha puesto en marcha una serie de cápsulas audiovisuales para la televisión cubana con los poemas de Alexis Díaz-Pimienta que conforman su último libro de la saga poética: Chamaquili y la pandemia, contribuyendo así a la concienciación sobre la protección y el buen hacer contra el COVID-19. ¿Qué quién inspiró este libro aún inédito, pero ya en formato audiovisual? Un niño pequeño, un Chamaquili, que lanzó esa chispa ocurrente de la que hablábamos. Lucas, uno de los niños integrantes de La Colmenita, quien ha terminado poniéndole voz y cara de niño real al personaje literario de Pimienta. 



Chamaquili, el niño poeta, partió de Almería para viajar a La Habana, donde es el personaje infantil más querido de todo el país. Todos los niños cubanos se sienten Chamaquili, y quieren tener los libros de Chamaquili; todos los niños cubanos lo imitan, se aprenden sus poemas y los recitan. Y esto mismo que está ocurriendo al otro lado del mar, se está acercando a España como si de un efecto boomerang se tratara. Aunque son diez los libros publicados, no son tantos los niños españoles que conocen a Chamaquili. Y aquellos que lo descubren lo hacen suyo con la misma pasión que los niños cubanos: he ahí los párvulos del colegio Arlequín, de Granada; o los niños del colegio Miguel Santa en Castillo de Bañuela, Castilla La Mancha, quienes han cerrado su curso escolar con un Festival Chamaquili, recitando y cantando sus poemas. Poco a poco los libros de Chamaquili se está acercando a los niños españoles gracias a que la editorial almeriense Scripta Manent Ediciones se ha puesto como objetivo publicar los diez libros ya editados en Cuba y los otros inéditos, pendientes de que Jorge Oliver, ilustrador de Chamaquili, se ponga manos a la obra. Por lo pronto, gracias a esta editorial almeriense se pueden disfrutar de las dos obras inspiradas en el territorio andaluz: Chamaquili en Almería y Chamaquili en el Oeste, este último inspirado en el poblado del oeste que hay en el desierto de Tabernas, donde se grabaron los western espaguetis más célebres de los años 70 y 80 de Hollywood. 

Sin lugar a duda, la mejor noticia es que Chamaquili seguirá expandiendo su inocencia poética a través de sus co-padres Alexis Díaz-Pimienta y Jorge Oliver, escritor e ilustrador del niño-poeta, respectivamente. La otra gran noticia es que hasta el doctor Durán (el Fernando Simón de Cuba) se ha declarado fan número uno de Chamaquili, por todo lo que este ha contribuido a despertar conciencias en la situación actual que se vive en la isla. Pero la mejor noticia de todas es que Chamaquili, en muy poco tiempo, estará en las casas de todos los niños españoles, cubanos y del resto del mundo a través de sus libros, ya que muchos de sus títulos están siendo reeditados y traducidos. Por lo pronto, sigamos disfrutando del Chamaquili al que da vida el pequeño Lucas Baños Alvariño en la televisión y sigamos aumentando la familia chamaquilera en el Chama-Club que tenemos en Facebook: ya somos más de 24 mil miembros. ¡Apúntate!”


Libros de la Colección Chamaquili

publicados por Scripta Manent


Chamaquili en Almería

Autores: Alexis Díaz-Pimienta y Jorge Oliver (ilustrador)

Chamaquili en el Oeste

Autores: Alexis Díaz-Pimienta y Jorge Oliver (ilustrador)

Chama-Club (Facebook): ¡Intégrate!

 

Alexis Díaz-Pimienta (La Habana, 1966) es un prolífico escritor cubano afincado en España desde más de dos décadas, que en la primavera del año 2021 se ha atrevido a publicar dos novelas a la vez, bajo el sello andaluz Scripta Manent Ediciones. Sin lugar a duda, una de ellas, Sangre, es muy especial, partiendo incluso desde el propio título: corto, contundente, algo intrigante. ¿Sangre?

La capacidad de producción literaria (de calidad) de Díaz-Pimienta es como el propio mundo de la improvisación que le rodea: absolutamente dúctil y, como digo, de altas dosis cualitativas. Literatura de mucha calidad, digámoslo sin miedo. Pero lo que Alexis Díaz-Pimienta ha hecho a lo largo de las 200 páginas que dura Sangre ya es harina de otro costal. Volviendo al paralelismo anterior con el repentismo, esta obra es tan actual que casi se puede escuchar el aplauso del público, la “operatividad del momento” y el buen uso de “códigos compartidos”. Sangre es una obra tan nueva, tan a tiempo real en su temática como en su escritura, que cuesta creer que lo sea. Convergen aquí los tantos años que Alexis tiene a sus espaldas como autor, en los que ha pasado por tantas experimentaciones (y experiencias) como días tiene el año.

El barroquismo que siempre ha caracterizado su escritura y la tendencia a hacer obras de dimensiones considerables han dado paso a una evolución a todas luces natural: he aquí una novela más breve, intensa, dinámica, con diálogos directos e imágenes del mismo corte. Mientras la lee, una siempre tiene la sensación de estar ante una película que solo está en cabeza propia (transición, transición, transición). Además, la brevedad de sus capítulos proporciona una dinámica amable, casi necesaria en estos tiempos en que la humanidad se dedica a vivir corriendo.

Cualquier momento es el ideal para leer esta novela precisamente por eso, por su forma y por su contenido, porque es muy fácil (y rápido) leer un capítulo sin tener que correr el riesgo de dejarlo a medias. Y eso, una como lectora que va con el libro pegado al cuerpo como la extensión de una misma, para aprovechar cualquier tiempo vacío y seguir con la trama, es de agradecer, y mucho. 
El modo en que se escribió esta novela también es reflejo del propio Alexis, pues aquí el estilo directo e indirecto va bailando de allá para acá. Aunque esto a priori a una persona como yo, cuadriculada, tendenciosa al orden en todos los aspectos de su vida, podría causarle cierto rechazo, lo cierto es que ocurre todo lo contrario. Se agradece. Como mismo se agradece (y sorprende más) el actualísimo vocabulario que emplea su autor sobre las redes sociales y sus derivadas expresiones. Impresiona leer recortes de estos espacios de comunicación, anónimos para nosotros, reconocidos para el escritor, participando activamente, contribuyendo a esa actualización textual de la que les hablaba más arriba. Todos los modos narrativos existentes (y subconscientes) en la cabeza de Alexis se dan aquí; no falta a la cita ni tan si quiera su punto fantástico-real, en el que propone situaciones simpáticas que no podrían ser verdad, pero que juguetean con esa posibilidad en el imaginario del escritor y, por ende, en el nuestro. Y en un tema tan crudo y desgarrador como es la violencia de género, Alexis tiene la acertada delicadeza de desgranar puntos de humor aquí y allá que alivian el camino del lector.

La cotidianeidad de las situaciones que vive la María principal comienza desde los propios albores de la novela. Una, que es mujer, sabe de lo que habla, y no puede evitar sonreír al leer esa situación “tan normal” para nosotras en los baños públicos a la hora de orinar. Es aquí cuando aparece el primer asombro: ¿Cómo carajo se le ha ocurrido esto, a él, que es un tío? Y claro, pasas del asombro a la naturalidad si quien escribe es Alexis Díaz-Pimienta, porque una de las cosas que más destaco de su escritura su capacidad para encontrar lo genial en lo más sencillo y cercano, en aquello que vive en nuestro día a día, pero que, por tan rutinario, le perdemos “el punto”, algo tan común como hacer pis en un baño público sin sentarte en la taza (y todo lo que eso conlleva para las mujeres); aunque Alexis no lo haga, le basta con saber que eso ocurre para guardarlo en su cabeza.

Desgraciadamente, en ese contexto de normalidad, lo anormal también se ha vuelto costumbre. Esa es la denuncia mayor de esta novela plagada de Marías asesinadas por sus parejas: la visión normalizada del drama. Se vuelven los nombres y los lugares todos uno cuando las muertes solo tienen nombre de María y los pueblos solo se llaman Estepueblo. Y esto es otra genialidad que una no ve hasta que ya está en ese río de sangre. Genéricos nombres nos hacen reflexionar en que lo importante no está en ubicar geográficamente o ponerle rostro a una determinada persona, lo importante está en que este problema se puede dar en el lugar menos pensado y le puede ocurrir a la persona menos pensada (yo misma, que ahora escribo esto, quizás mañana podría ser otra María si la muerte me hace cruzar con un loco que ande por la calle; y qué importaría que mi muerte hubiera sido en Almería, no tiene mayor importancia que la de haber ocurrido en Estepueblo). 

Ahí está la María protagonista, soportando cientos de papeles higiénicos con una misma palabra alarmante, que a su vez es la metáfora perfecta de que la María protagonista está soportando una muerte por papel encontrado (¿fuera esto un aviso de la próxima defunción?, quién sabe). Yo, mujer, siento esa ansiedad de encontrar a quien necesita ayuda, tal y como le ocurre a ella. Porque el famoso “si tocan a una, nos tocan a todas” no es una marca de querer pelear, es un sentimiento intrínseco que tiene hasta la mujer más insensible que planeta Tierra haya pisado. Vives con la tranquilidad de quien piensa “a mí no me va a pasar”, pero detrás siempre aparece el maldito nexo adversativo, su conjunción, y su condicional para ponerte nerviosa: “pero y si…”. Y entonces te das cuenta de que esa María protagonista es la misma María que el resto, que aquellas que no corrieron la suerte de seguir vivas para contarlo. Las que seguimos vivas nos quedamos como la María que recoge papeles: con la nebulosa permanente de que quizás mañana podríamos ser nosotras la siguiente María de Estepueblo.

¿Que si recomiendo esta novela? Mi respuesta es que esta novela es necesariamente necesaria, valiéndome de la redundancia. Si eres mujer, te mirarás en un espejo; si eres hombre, te avergonzarás de algunos de tus iguales; si eres español, te acordarás de alguna María que conociste al menos de oídas; si eres de otro lugar, te dolerá igual porque lo que ocurre en Estepueblo también pasa en Aquelpueblo y en Tupueblo y en Todoslospueblos. Esta es de esas novelas que todas las personas necesitan leer para tomar conciencia sobre los crímenes que nos rodean y, entre todos, intentar cambiar el mundo que nos tocó vivir, empezando por salvar a la María que tengamos más próxima. 


Ficha técnica
Título: Sangre
Autor: Alexis Díaz-Pimienta
Editorial: Scripta Manent Ediciones
Año: 2021
Páginas: 200

 


Es muy difícil escribir una reseña sobre el libro cuando el autor del libro es tan reseñable, o más, que la obra misma. Este es el caso. He tardado muchísimo tiempo en escribir una reseña sobre el libro Religiosidad popular en verso. Últimas manifestaciones o manifestaciones perdidas en España e Hispanoamérica, del catedrático y oralista Maximiano Trapero por dos razones de peso. Una: porque hace años llevo una cruzada personal contra el concepto “novedad literaria”, una enfermedad del mercado del libro que se ha extendido y contagiado a autores, editoriales y libreros, de manera que un libro solo es reseñable en cuanto sale, creando una injusta e insana sensación de oportunismo (o de esnobismo, incluso), y dando por hecho que solo lo novedoso importa o que un buen libro, unos meses o unos años después ya no es el tan buen libro. Qué pena. Detrás de esta fórmula se esconden intereses extraliterarios que  aúpan a primeros planos obras que valen poco (y que valen menos) a la vez que se entierran otras de gran valor, simplemente porque no fueron reseñadas. Olvidan todos que el mejor reseñista literario de todos los tiempos es el propio tiempo. Y la razón número dos: por lo dicho al principio: tengo tanto que decir sobre Trapero, como autor, como ensayista, como persona, que temía que la reseña fuera demasiado extensa, teniendo en cuenta cuánto debo de decir también sobre este libro, tan buen libro, tan necesario, tan erutito y asequible a la vez. Un milagro.

Comenzaré por el autor, entonces.

Yo, nacido en 1966 en La Habana, Cuba, siempre me quejo de lo mismo: me quedé con las ganas de conocer a mucha gente que estaba “al alcance de mi mano”, por época y afinidades. En literatura, a Borges, a Evgueni Evtuchenko, a Carpentier y Lezama, a Gil de Biedma y Ángel González, a Italo Calvino y García Márquez, por citar solo algunos. En investigaciones literarias (otras de mis pasiones),  a Ramón Menéndez Pidal (se adelantó en todo: también en nacer y morir), a Emilio García Gómez (ídem), a Carlos Bousoño, a Manuel Alvar, a Paul Zumthor, a Samuel Feijoo o Mirta  Aguirre, todos “al alcance de los libros”,  pero no de la mano. Con todos me faltaron charlas, vinos, risas, intercambio de ideas. Eso sí, me quejo con la boca pequeña: he tenido la dicha de compartir y charlar con investigadores y ensayistas de la talla de Sam Armistead, Agustín García Calvo, Isabel Escudero, John Foley, Ana María Vigara y Salvador Bueno, por citar solo algunos de los grandes maestros que ya no están entre nosotros. O incluso, con la mismísima y centenaria Margit Frenk, con quien tanto he querido. Todo esto me hace recordar que hace varios años estuve compartiendo versos y vinos con el gran poeta español Ramón García Mateos y, entre las anécdotas que me contó recuerdo cuan emocionado evocaba sus charlas con el poeta Claudio Rodríguez, cuando el joven Ramón no sabía que Claudio ya era Claudio, y cómo aquellas charlas “anodinas” pasarían a ser un párrafo importante en su currículum emocional como poeta. ¡Esto nos pasa a todos cuando somos jóvenes. Y pensar que todo esto me pudo suceder a mí con el autor del libro que hoy reseño! Pero no: la vida me ha premiado. He conocido, he sido amigo y alumno y compañero de viajes, charlas e investigaciones; he sido incluso co-autor de textos literarios con uno de mis ídolos en el campo de la filología: Maximiano Trapero. Y esto se dice fácil, pero es tan inusual que debo confesar públicamente que soy y me siento un tipo afortunado. Maximiano Trapero es mi Pidal-Zumthor-Brenan-Irvin-Feijoo particular e intransferible. Algo más, dicho sea de paso, que le debo agradecer a la décima. 

Conocí a Maximiano Trapero en el ya lejano año 1995, durante un congreso de tradición oral en Almería. Yo tenía apenas 25 años y ya Maximiano era Maximiano, doctor en filología hispánica y profesor en la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, pero, sobre todo, uno de los más reputados romanceristas e investigadores de la tradición oral hispánica. Ya para entonces Maximiano tenía incluso el pelo casi blanco y a mí, no se por qué, la canicie siempre me impone  respeto. Así que nos conocimos, charlamos, intercambiamos pareceres sobre una pasión común: la décima. Y al doctor Trapero no le importó que yo fuera inmigrante y cubano y joven y autodidacta e inexperto investigador en temas en los que él ya era docto. Se tomó tan en serio mi trabajo como investigador que se convirtió de golpe en mi amigo y en mi padrino ensayístico, hasta terminar siendo el prologuista –y el mayor avalista– de mi libro más importante: Teoría de la improvisación poética. Ya ambos hemos contado muchos veces cuánto ese libro nos unió. Lo que no hemos contado es cuánto de complicidad literaria e investigativa generó esa unión: cuántos intercambios de bibliografías y, sobre todo, de manuscritos para la revisión y corrección, cuántas colaboraciones. Creo que en una época de feroz individualismo literario Trapero y yo fuimos gestando, sin proponérnoslo, un ejercicio de creación colaborativa, poco común y muy halagüeño. Confieso que muchos de mis poemarios y novelas pasan por el filtro lector de Maximiano antes de ver la luz, y que él ejerce de lector y corrector y editor y amigo, como en las tertulias decimonónicas que ambos tanto admiramos. Porque no nos engañemos: Maximiano Trapero es un personaje de estirpe clásica, antigua, a la vieja usanza, un intelectual de los que ya no abundan, y eso, a mí, me emociona y convence. De él he aprendido la disciplina de la escritura diaria, por ejemplo, y el rigor investigativo. De él he aprendido muchas otras cosas que me cuesta convertir en palabras. Por eso cuando me pidió que reseñara su libro Religiosidad popular en verso (y este es quizá la tercera razón de la dilación, inconsciente  y no dicha), la excesiva confianza del maestro me paralizó. ¿Qué decir, qué escribir que estuvier a la altura del autor y de la obra? Yo, un ateo, ¿escribir sobre religiosidad? Yo, pupilo confeso, ¿escribir sobre el maestro? Un argumento más sólido para poder hacerlo era mi pasión y entrega al estudio de la poesía popular y él ser yo mismo un “poeta popular” en mi faceta repentista. Otro argumento sólido era (es) la admiración y el respeto por el autor, ya que la admiración genera siempre emociones verdaderas. Y eso basta. Y por eso aquí estamos.

Comenzaré diciendo que Religiosidad popular en verso es, en mi criterio humilde –no en mi humilde criterio– el más profundo y abarcador acercamiento que se ha hecho a este maridaje secular tan poco estudiado. La poesía popular escrita, cantaba o improvisada en décimas, romances, cuarteta, quintillas y otras estrofas clásicas desde sus orígenes ha estado vinculada a las expresiones de religiosidad de los pueblos en los que se crea. Los poetas populares de todos los países han intentado contar con música verbal sus creencias, reinterpretándolas, dándoles utilidad didáctica y apariencia festiva, y lo han logrado con soltura y gracia. Maximino Trapero, observador y rastreador sin límites en la cultura popular en este libro nos deja conocer algunos de los casos más sublimes dentro de la tradición Iberoamericana. Se sumerge entre cánticos y músicas de raíz folclórica, se remanga su camisa pidaliana y sus pantalones whashintonirvianos, se reacomoda sus gafas humboltianas y, sin complejos ni prisas, escucha, graba, transcribe, llora, ríe, bebe, hace de todo, porque yo lo he visto, y luego todo eso nos lo devuelve en forma de tratado científico de alto vuelo literario, algo que se agradece mucho no, muchísimo. He aquí un libro filológicamente impecable que puede ser leído y degustado a partes iguales por el colega de cátedra, el alumno de primer o último año de Filología, o el portador o el informante que recibe un ejemplar a modo de agradecimiento. Y todos lo disfrutan por igual. Y lo mejor: todos ellos lo entienden. He aquí otro ejemplo de inteligencia sin afeites, de volantazos esquivando la pedantería, de erudición sin gomina pesca-aplausos.

Creo sinceramente que pocos autores actuales podrían hacer una obra como esta, porque pocos autores existen que de una manera tan equilibrada sean apasionados de las dos manifestaciones que aquí se juntan: la poesía popular, por un lado y la religiosidad popular, en todas sus expresiones, por el otro. Para hacer una obra de tamaña magnitud no basta con ser filólogo ni doctor ni catedrático. No basta tampoco con ser creyente, católico practicante o haber sido monaguillo. No basta con ser un serio investigador literario. No basta con ser un estudioso de la religiones. Hace falta algo más. Hay que ser pasional y apasionado para acercarse precisamente sin pasión al tema, o con una pasión tan equilibrada que desaparezca en la misma medida en que “aparece” el estudio. Hay que ser un sabio equilibrista para acercarse a temas ya tan estudiados –por separado– y aportar en cada uno nuevas luces. La religiosidad en todas sus expresiones lleva siglos siendo estudiada por algunos de los cerebros más preclaros que ha dado la historia de la literatura y de las ciencias religiosas. La poesía popular igual. El mérito de Maximiano Trapero entonces está en convertir, con su libro,  en apasionados de la religiosidad incluso a agnósticos y ateos, y en apasionados de la poesía oral y popular incluso a filólogos de la escritura, a creadores de estirpe libresca nada duchos ni interesados en cantes rústicos y músicas de mero valor antropológico. Maximiano lo consigue. Y eso sí tiene mérito.

El Trapero de este libro es diferente al Trapero de otros, por alguna razón que se me escapa. Este Trapero tiene algo de Bernal Díaz del Castillo y algo de Gerard Brenan; tiene  de Indiana Jones, pero también de Milman Parry; es el típico investigador que no solo conversa, graba, escribe y transcribe, sino que se inmiscuye en todo y se implica en la vida y en los saberes de sus informantes. Algo nada común, que se nota en este libro. Es más, se nota que los portadores e informantes de su investigación han dejado de serlo para convertirse en amigos y cómplices del investigador, se han dejado la puerta abierta o entornada para que entre sin pedir permiso y siga husmeando. Conociendo a Trapero como lo conozco me emociona imaginarlo por los campos de Chile, de México, de Cuba, de Colombia, de su amada Canarias y de toda España, conversando detrás de un café o de una copa de vino con campesinos y ancianos de ambos sexos, pero con la misma pasión y mismo respeto con que solía conversar con sus admirados Armistead, Coserius o Deyermont. Me lo imagino sonriente, con esa risa de niño bueno que conserva intacta aún a sus más de setenta años. 

A mí la vida me he premiado de muchas formas con Trapero. Una de ellas es muy significativa: he terminado siendo amigo personal de muchos de sus alumnos, que han sido también alumnos míos cuando él me ha invitado a dar clases en su facultad. Y todos ellos –solo por citar cuatro: Carolina Bueno, Thenesoya Vidina, Yeray Rodríguez y Lydia Moreno– me han corroborado lo que yo ya sabía: el respeto y el amor incondicional que despiertan los grandes profesores, la militancia estudiantil devenida epigonía. Por eso aquí estamos.

Religiosidad popular en verso, Últimas manifestaciones o manifestaciones perdidas en España e Hispanoamérica ha sido hermosamente editado por la editorial del Frente de Afirmación Hispanista (México, 2011) y la belleza y el cuidado de esta edición es otro de los motivos para estar felices y agradecidos todos: lectores, informantes, portadores, colegas, curiosos. Alguna vez hemos comentado el propio Trapero y yo que nunca podremos agradecer lo suficiente, quienes somos amantes de la poesía popular, y en especial de la décima, a Fredo Arias de la Canal su labor como difusor, promotor, editor y mecenas, responsable directo de una amplia bibliografía en torno a estos temas de un incalculable valor literario, científico y bibliográfico. He aquí otro ejemplo. Un buen ejemplo. Da gusto tener este libro entre las manos –el tan llevado y traído “valor objetual” de un libro–, porque al placer lector hay que sumar el placer visual y táctil por la belleza de la obra.

La obra. Por si sus valores literarios intrínsecos fueran pocas, a la magnificencia de este libro hay que sumar el excelente prólogo del cubano Virgilio López Lemus, quien desde la admiración y el conocimiento aplaude y recomienda esta obra maestra.

Y para constatar porque esta es una obra maestra basta con revisar la perfecta arquitectura del libro. Maximiano Trapero es un gran arquitecto de libros y, como en las obras de todos los grandes arquitectos, se disfruta tanto la calidad del edificio como su perfecta estructura. Religiosidad popular en verso está dividido en trece capítulos, incluyendo un glosario y una bibliografía finales, para dar como resultado un enjundioso volumen de 801 páginas.

En el capítulo I (“Estudio introductorio”) el profesor Trapero no deja pregunta sin responder: va desde la disección del título (¿por qué “religiosidad”, por qué “popular”, por qué “en verso”?)  hasta un acápite sonoro final para que “escuchemos” el libro, pasando por la décima, los neologismos, la evangelización de América, la poesía memorial y la improvisada, etc. No hay duda o pregunta que pueda surgir a priori no quede resuelta en este capítulo, que ya podría ser él solo un libro. Pero hay más, hay tanto más que asombra.

En el capítulo II (“Los romances religiosos, un devocionario en verso”) el autor regresa a una de sus pasiones y de los platos fuertes de su carrera: el romance, pero esta vez enfocando el estudio hacia la religiosidad, en América, en Canarias y en el resto de España, ayudándonos a hacer un viaje desde los romances religiosos dentro del romancero general español hasta la décima, o sea, del romance al “romance rezado” y del “romance rezado” a la décima, toda una aventura.

En el capítulo III (“El canto a lo divino de Chile”) nos sumergimos de la mano de Trapero en uno de sus grandes amores como investigador: la tradición del “canto a lo divino” chilena, y aquí otra vez nos lo responde todo, y otra vez nos emociona, porque (yo he sido testigo directo) pocas personas hay que vivan con tanta emoción el canto de décimas religiosas o filorreligiosas, bíblicas o filobíblicas, como Maximiano Trapero, una emoción que no está riñida con el rigor y la exhaustividad del texto.

En el capítulo IV (“Otros géneros del canto a lo divino”) seguimos adentrándonos en ese mundo doblemente mágico, pero ya fuera de Chile: Perú, Canarias, Cuba, Puerto Rico, México, Uruguay, Venezuela. Otro festín informativo que establecer similitudes y diferencias entre estas tradiciones.

Y es el capítulo V (“Cantando a la muerte: cantos endechásticos y de despedimiento”) uno de los más hermosos, curiosos y sorprendentes del libro, un capítulo lleno de novedades y de asombros (se nota la emoción de quien cuenta tanto como la de quienes cantan). Otra vez Thanatos, pero ahora en verso; otra vez lágrimas y poesía, poesía con lágrimas, evocación luctuosa y respeto bidireccional: hacia el poeta y hacia doliente, hacia el poeta y hacia el fallecido. Yo, en lo particular, recuerdo como si fuera hoy las veces que me comentó Trapero “lo que estaba descubriendo” en esta etapa de su investigación”, y evoco su tono y el brillo de sus ojos al contarlo, y me emociono otra vez. Este es otro capítulo que podría constituir, él solo, un libro, quizá unido al siguiente, no solo por su carácter monográfico, sino por su extensión y exhaustividad.

El siguiente capítulo, el VI (“Los velorios de angelitos”) es el complemento y la continuidad natural del anterior, y uno de los más tiernos y hermosos del libro, toda vez que toca un tema realmente delicado: la muerte de los niños y cómo la poesía popular “suaviza”, “alivia” y “cura” con versos y música un trance tan difícil. He aquí otra magnífica prueba de los valores ontológicos, psicológicos y sociológicos de la poesía popular y una de sus funciones más hermosas en la vida comunitaria, empezando por Chile y extendiéndose por otras regiones del ámbito lingüístico del español.

En el capítulo VII (“Los ranchos de ánimas y de Pascua de Canarias”) volvemos al archipiélago canario, nos sumergimos en la traducción poético-religiosa de “las afortunadas”, y con qué mejor guía que Trapero, el hombre de los guanchismos y los topónimos canarios, pero también el de los romances y las décimas, el canario adoptivo que con más profundidad ha sondeado las islas, hasta convertirse él mismo en una isla más dentro de ellas. ¡Bienvenidos a “Trapero Island!” Que disfruten del viaje.

Llegamos entonces al capítulo VIII (“Los velorios de cruz y otros velorios”) y en él nos enteramos de todo lo relacionado con estos rituales luctuosos y a la vez poetizados, desde los “velorios y velatorios” canarios y peninsulares hasta los “altares de cruz” en Cuba y sus equivalentes en otros países americanos.

En el capítulo IX (“Cantando a la Navidad”) las celebraciones y las muestras de religiosidad en verso se llenan de colorido y de motivos navideños, recorriendo varios países y varias formas de cantar y poetizar la fe, desde  los villancicos hispánicos hasta las décimas hexasílabas y octosílabas de Puerto Rico, rematando con un acercamiento del “gallo de la Navidad”.

En el capitulo X (“El ciclo de la pasión y los alabados”) llega la Semana Santa, vuelven los  romances en España y América, vuelve el Trapero más Trapero, un Maximiano en estado puro, y yendo de su manos nos sumergimos en los versos y los ritmos más significativos de los rituales semanasanteros, y es cuando la pasión saca lo más pasional del investigador y se le nota el entusiasmo y nos contagia y nos emociona, en otro capítulo digno de subrayar párrafo a párrafo.

En el capítulo XI (“El teatro religioso de tipo popular: una visión panorámica”) entramos en la recta final del libro y aquí también surge el Trapero más Trapero, uno de los Traperos más pasionales, el Trapero estudioso e investigador del teatro popular hispánica (¿¡pero cuántos Traperos hay dentro de Trapero!?, otro misterio) y nos damos el gusto de tomar la religiosidad, llenarla de versos, y verla subida a las tablas, rodeada de atrezo, tramoya, luces, vestuarios, en una de las ritualidades iberoamericanas más pintorescas  y más estudiadas por el autor: pastorales, pastores, autos de fe, en fin, teatro religioso popular con el que recorremos las profundidades de las historias patrias desde otro ángulo, desde uno novedoso o poco visitado: la el de la poesía.

Y el capítulo XII es un glosario para no perdernos entre neologismos y términos especializados. Y en el capítulo XIII están todas las referencias bibliográficas para que podamos rastrear sus investigaciones o seguir ahondando en este mundo tan desconocido como amplio. Ambos, más que capítulos finales, son acápites o anexos útiles y necesarios para no extraviarnos en este largo viaje por la religiosidad popular en verso, por la poesía popular religiosa, por la religión poetizada del pueblo, de los pueblos, algo tan sorprendente y de necesario conocimiento, aunque no seamos ni poetas ni religiosos, porque sí somos pueblos, todos somos pueblo, y estamos rodeados de versos y de creencias que condicionan aunque no lo sepamos nuestro modo de serlo.

Yo, nacido en La Habana en 1966, descubridor de Trapero en Almería en 1995, lector suyo desde entonces y amigo y alumno suyo para siempre, agradezco hasta la devoción incrédula –permítanme el fácil oxímoron–, este tour por la poesía y por la religión de la mano del mejor guía que podría tener. Un guía que es la vez poema  y salmo, poesía y culto, canturía y liturgia, investigador y fan de la materia que investiga; un sabio apasionado que encima escribe claro y bien, algo que muchas veces no es un don para los sabios. Ah, y por último: ¡qué pena, lectores, que en la lectura de este libro no escuchen la voz de Maximiano! Solo algo supera la belleza de leer este libro: ¡oírlo! Pero oírlo en la voz sacerdotal del autor, una voz y una forma de leer que “convierten” a los desprevenidos ya no sé si en poetas o en religiosos, pero en algo distinto a los que eran 801 páginas antes. ¡Bienvenidos a Trapero Island! Yo ya estaba dentro.



Alexis Díaz-Pimienta
Sevilla, 22 de mayo de 2021

 

Por Consuelo Posada (Universidad de Antioquia).

 


Sangre, la nueva novela del escritor cubano Alexis Díaz Pimienta (La Habana, 1996) presenta un párrafo inicial que funciona como epígrafe y parece inscribirse en un capítulo de la historia reciente de España, con las cifras de las mujeres víctimas de violencia familiar.  Y este epígrafe es un llamado a integrar la ficción de la novela en la realidad española; es decir, a mirar los episodios de ficción que trae la obra como una parte de la vida de la España de  los últimos años. Las cifras exactas de 1.028  mujeres asesinadas desde el año 2003 hasta el 2019, se convierten en una estadística que reafirma el sentido de una denuncia, esta vez hecha desde la literatura.  

Esta ilusión de verdad se perfecciona con la referencia a una geografía específica. Se cita a Sevilla, como el espacio donde suceden las historias de la novela y los detalles de la obra refuerzan la cercanía entre la Sevilla literaria y la ciudad real.  El texto se detiene  en la Semana Santa sevillana, en los vestuarios de esos días santos, las comidas, las procesiones, colorido de los desfiles. Y además, aparecen imágenes del Festival de cine europeo en Sevilla,  del río Guadalquivir, de Triana, la judería y el barrio de Santa Cruz. En Sangre los lugares que visitan los personajes tienen nombre propio y algunos de los letreros con el alarmante e misterioso “Ayúdame” aparecen en cafeterías y sitios tan identificables como la plaza de la Encarnación.  Hay muchas referencias  a la ciudad:   los personajes van en bicicleta por una Sevilla casi peatonal, pequeña e ideal para moverse así. Es decir,  el autor crea una relación afectiva entre los personajes (y los lectores) y la capital andaluza.

El esqueleto de la obra se hace visible como una estructura pensada y armada de manera coherente: las historias individuales de varias mujeres asesinadas por sus parejas afectiva. Pero todas se llaman María y la obra muestra sus muertes en orden cronológico, desde la María número uno, hasta la  María X, que parece reunir a todas Marías posibles.  

Y el narrador (¿la narradora?) nos presenta  a cada mujer asesinada para contarnos datos clave: su edad, algunos detalles de su vida en pareja, si había o no denunciado los maltratos, cuántos niños quedarán huérfanos con su muerte y, ante todo, cómo fue su muerte, cuál fue el arma usada por el asesino (un cuchillo de cocina, unas tijeras de cocina, un cúter, una escopeta), además de dar algunos datos menores del asesino: nombre, edad, circunstancias menores: detalles que engrandecen el peligro, al sensación de miedo o rabia.  

Pero vamos por partes. Antes de escuchar las historias de las Marías asesinadas, una María en singular se asoma al lector, en el puro comienzo de la novela, sentada en el baño de un bar, y allí, colgando en el extremo del papel higiénico, encuentra el primer letrero con el mensaje “Ayúdame”, pintado con letras rojas. 

También se llama María este  personaje principal que funciona como hilo conductor de las historias. Ella es quien  encuentra los recortes de papel higiénico en los baños que visita, con el repetido e inquietante letrero que pide ayuda  y los va reúne y se hace preguntas y trata de buscar apoyo en la policía. Porque ella, María de la Concepción Cava Robledo, es profesora del Conservatorio Superior de música Manuel Castillo, de Sevilla, no es policía, y poco a poco se va convirtiendo en el personaje femenino central, con más carne literaria de toda la novela.

Además, a esta María le molestan los militares, todos. Guardias civiles, policías locales, policías nacionales, oficiales del ejército, soldados rasos, hasta los jóvenes que iban a la mili: no puede evitarlo, odia los uniformes. Ella es la conciencia femenina de la obra y de ella sabemos, además, que tiene una relación de pareja libre, sin matrimonio y sin convivencia con un tal Rodolfo, a quien llama Rodólgrafo, y que con él vive una relación sin reglas, pero plena de colorido, risas, sexo en colores y acordes perfectos.

La  primera María víctima es una joven y bella, mujer de 25 años, maltratada por su marido de 50, que fue encontrada muerta con diez puñaladas, “una por años de matrimonio“, según una vecina. Otra María tres apareció, sonriente, en una página de Facebook. Su marido le hizo la foto y después la mató, con un cuchillo de cocina, de treinta heridas mientras sus amigos de Facebook le daban treinta likes a su foto de perfil, sincronizados, sin saberlo, con las puñaladas que ella iba recibiendo. Y así, en cada historia encontramos ornamentos que buscan una sonrisa del lector: sus amigos de Facebook cuando supieron la noticia por la tele no podían creerlo. Alguien escribió en su muro: “vamos, María di que no, dime que no es verdad”, pero María “seguía sonriendo en la foto, feliz, como si ella tampoco se creyeran su muerte”. Otra María era madre de dos pequeños, “dos niños que pasaron de hijos a huérfanos así, sin más, sin darse cuenta del cambio de status”. En la descripción de su cadáver, el rostro  aparece con varios golpes en la cabeza y en el cuello, provocados, según la autopsia, “con un objeto romo”. Y entonces, como parte del mismo juego que propone el narrador, se nos explica que la madre de María no sabía que existían los objetos romos, que su hija conocía Roma, la capital de Italia, desde que era niña, pero un objeto romo, no.  Otra María, la número ocho, es una mujer latina de 39 años “muerta por arma blanca por su marido de 55”, una colombiana que había huido de la violencia de su país y había llegado a la tranquila y vieja Europa, feliz en Estepueblo, donde alababa el buen vino, el buen jamón y las tortillas. Y la María número once fue asesinada de dos tiros de escopeta. La escopeta  era legal, él era cazador y tenía licencia para portar armas. Y la María dieciséis había cumplido 84 años cuatro días antes de ser degollada por su marido, un abuelo de 88. Ella tenía Alzheimer y otras dolencias. Él tenía depresión y diez o doce enfermedades más;  él, además, mucha ira acumulada (con Dios y con la vida y con el mundo) y un cuchillo jamonero. Entonces, degolló a su María y después se lanzó por el balcón y murió en el acto. Todo esto “en una secuencia perfecta”, agrega el narrador. Hago este apretado recorrido (cuidándome del spoiler), porque quiero mostrar cómo en cada momento de la historia, hay una dosis “de Pimienta” que hace soportable la narración. 

Y después de una de las tantas muertes, con la noticia aún fresquísima, un bar  se llena de preguntas, comentarios, frases sueltas sobre la nueva María muerta y el narrador recoge todas las expresiones, trae todas las voces y el texto se vuelve puro presente. Porque el relato se queda quieto y oímos, como en una obra de teatro la pluralidad de voces: ¿viste lo de María? ¿Quien es María?, ¿qué María?, ¡no me digas¡, ¡no me jodas!, ¿María?, pero si yo la vi hace dos días en el Carrefour, pobrecita mi niña” ¿y se sabe quién fue?, ¿el marido? ¿el ex?, pobre chica, yo la recuerdo bien, la gordita, la morena… Y el conjunto progresivo de preguntas y respuestas y ocurrencias genera desde amargas sonrisas o pequeñas o grandes  carcajadas.
Mientras tanto nuestra María encuentra un nuevo papel en el que alguien pide auxilio, escrito en un pedazo de papel higiénico y se pregunta si el nuevo aviso es una broma de mal gusto, o hay verdaderamente una mujer en peligro

En una anterior reseña sobre la obra de Alexis Díaz-Pimienta (El huracán Anónimo, Scripta Manent Ediciones, 2019), alabé la fascinación que en sus textos producen los juegos de palabras. Y conectaba esta destreza con las dotes que el autor ha mostrado en el manejo de la oralidad versificada. Quienes conocen su improvisación se asombran de tanta habilidad para inventar, a la velocidad de los aplausos, versos rimados que responden oportunamente al tema sobre el que está improvisando. Pues cuando en esta nueva novela leía los arabescos que le van saliendo a cada frase y la manera en la que Díaz-Pimienta juega con las palabras y arma una retahíla maravillosa, o desbarata un párrafo y lo vuelve a rearmar jugando con el orden y el desorden de las frases, recordaba que hay un  juego similar que hacen los improvisadores cubanos más especializados, cuando se arriesgan a desordenar una décima, creando variantes nuevas con los mismos versos. Este goce con las palabras nos hace sonreír aún en los momentos más densos de la historia y aparece como un despropósito que se pueda hablar de lenguaje juguetón que busca la sonrisa del lector, cuando estamos frente a imágenes tan duras de la muerte.

Aquí, entonces, es obligatorio recordar la levedad propuesta como una virtud necesaria en la literatura, para contrarrestar la pesadez de una historia o de un tema. Hablo de la propuesta de Italo Calvino en Seis propuestas para el próximo milenio, la obra que recoge las seis conferencias que el autor debía dictar en la universidad de Harvard  en 1986. La levedad le sirve a todo escritor para contrarrestar la pesadez, la inercia y la opacidad del mundo. Calvino muestra, con ejemplos de La metamorfosis de Ovidio, pasajes de la relación entre Perseo y la medusa. Después de uno de los combates triunfantes contra la medusa Perseo  necesita posar por un momento la cabeza del monstruo.  Y entonces, Ovidio explica en versos de extraordinaria belleza “cuánta delicadeza se necesita para ser un Perseo, vencedor de monstruos. La manera como Perseo cubre el suelo con una capa de hojas y extiende encima unas ramitas nacidas bajo el agua, y en ellas posa, boca abajo, la cabeza de la medusa”. Para Italo Calvino se trata de un gesto de refrescante gentileza hacia ese ser monstruoso y aterrador, que de alguna manera es también deteriorable y frágil. Este cuadro se cierra con un pequeño milagro: cuando las ramitas marinas hacen contacto con la medusa, se transforman en corales y entonces aparecen las ninfas que acercan otras ramitas y algas a la terrible cabeza. La conclusión es entonces que en este encuentro de imágenes de levedad,  “la sutil gracia del coral roza la ferocidad de las gorgonas”.

En la narrativa de Alexis Díaz-Pimienta reaparecen ejemplos de levedad que surgen del uso de formas inesperadas del lenguaje, de los juegos de palabras o de las imágenes de abierta comicidad. Y en esta novela es claro el efecto refrescante del humor para suavizar la pesadez del tema.  Aquí, desde el comienzo de la historia, la de una mujer “con el culo al aire” porque en un baño público no se atreve a apoyar completamente las nalgas resulta una imagen risible porque, además, debe mover las manos como si estuviera mandando adioses, o accionar con los dos brazos al aire, para  hacerse visible delante del radar que apagará las luces si no hay señales de movimiento. Y esta imagen sucede unos segundos antes de que la mujer encuentre el pedazo de papel higiénico con el mensaje, “Ayúdame”.
También aquí los detalles divierten, hay pasajes graciosos que resultan bien acomodados, pese al fondo y al trasfondo (asesinatos en serie de mujeres jóvenes o mayores, todas con un contexto de vida traído por el autor para que sirva de marco de horror a la tragedia).  Entonces, aunque el tema es duro, el discurso logra suavizar la dureza, con la gracia del narrador que elabora tal jugueteo con las  palabras y ayuda al lector  a alivianar  la lectura de momentos sórdidos. 

Más allá del acierto en el esquema narrativo y en la organización de las historias, la gran hazaña de esta novela está en el discurso, como se llama en literatura a la organización de la forma, de  la manera de contar. Quiero decir que el atractivo no es la truculencia del tema, ni el pretexto del letrero con pintalabios rojos que aparece en el último pedazo de cada rollo de papel higiénico. No. Es la perorata del escritor, su juego con el estiramiento de las frases, con el recuento alargado, alargadísimo del momento.

Vuelvo al episodio inicial, el que abre la historia, cuando la primera María descubre el primer aviso con el primer letrero en el que otra María que pide auxilio. Este descubrimiento está antecedido por un minucioso recuento de los detalles de la mujer casi sentada, dispuesta a orinar. Y aquí aparece la primera situación de relativa comicidad, una mujer meando que, como no puede sentarse por precaución higiénica, se sostiene con las piernas abiertas y el culo al aire, mientras agita los brazos “por si la tonta de la bombilla no la ha visto”. Pero el lector aún no sabe qué es aquello asombroso que ha visto la mujer en el papel y el autor logra mantener la intriga, porque cuando María quiere verificarlo, en se justo instante “la cabrona de la luz se apaga”. Y el lector deberá esperar mucho más para enterarse:  el desespero del personaje, sus muecas, sus adioses falsos a para hacerse notar por los sensores de la luz. Y solo al final de este recuento detallado nos enteramos del contenido del mensaje que el personaje había visto: la palabra “ayúdame”.

En resumen, Sangre, de Alexis Díaz-Pimienta, es una novela corta que se hace más corta gracias a su depuradísima técnica narrativa y al dinamismo con que se cuenta la historia. Una de esas novelas que se leen, literalmente, de una sentada. Incluso, orinando.


Ficha técnica
Título: Sangre
Autor: Alexis Díaz-Pimienta
Editorial: Scripta Manent Ediciones
Año: 2021
Páginas: 200

 

Mi madre, Albertina Pimienta Campoalegre,
durante su primera comunión


I


Hoy he visto una foto de mi madre

haciendo la primera comunión

y qué vuelco me ha dado el corazón.

¡Esa es mi madre antes de ser mi madre! 


Hoy he visto una foto de mi madre

(una niña vestida de algodón)

y tenía mi cara —con perdón—:

soy una mala copia de mi madre.


Hoy he visto una foto de mi madre

cuando mi padre ni la conocía

ni sospechaba que iba a ser mi padre.


Qué emoción tan extraña y tan tardía. 

Hoy he visto una foto de mi madre.

¡Qué madre estoy en esa foto mía! 


II


Y pensar que esa niña creció un día,

se juntó con un niño y tuvo niños. 

Y esos niños después tuvieron niños

y esos otros tuvieron otra cría.


Y pensar que esa niña creció un día,

le cambiaron los chuches por corpiños

y el ciclo de las madres y los niños

repitiose con rara simetría.


Ahí está. Detenida en suave gesto. 

Qué mezcla de inocencia y nerviosismo.

Qué perfil maternal con nueve años. 


Esa es mi madre sin el tiempo puesto, 

antes de fabricar en su organismo 

ocho niños de todos los tamaños. 


III


Esa es mi madre. Y dan ganas de darle 

un tirón de la manga y salir juntos 

a jugar, a charlar de los asuntos 

que hablan los niños. Ganas de quitarle 


Ese disfraz de santa y regalarle 

Un balón, unas cartas, dos muñecas,

Y escapar de la iglesia haciendo muecas 

Ella y yo y mis hermanos. Enseñarle 


que tras la comunión hay pan con queso 

y mangos y bailable y mariposas. 

y jóvenes que matan por un beso. 


Dan ganas de enseñarle tantas cosas.

Dan ganas de sacarle de allí en peso. 

Las madres a esa edad se ven borrosas.



Alexis Díaz-Pimienta: improvisar soñando, despertar escribiendo.


Es de día. Estoy en El Diezmero, uno de los barrios de mi infancia, pero no sé cómo he llegado aquí. La famosa Garita del Diezmero ha desaparecido, pero hay una avenida muy ancha. Llega una guagua y es una Leyland gris plateada, con una especia de cenefa metálica dorada a todo lo largo. Me emociono y lo comento con mis hermanos mayores, Adriana y Raimundo. ¡Qué bueno que hayan recuperado las guaguas Leyland!, digo. Son las guaguas de mi infancia, pienso o digo en voz alta, no recuerdo bien. Me fijo en el número: 213. Qué curioso, pienso, esta ruta es la ruta que antes iba del Diezmero al Reparto La Cumbre, la guagua que tomaba cada mes para llevar a mi abuela a cobrar su chequera en Dolores. Pero hay algo falso en esta reflexión, o falso no, inexacto. La ruta 213 iba de 10 de octubre, pasando por Dolores, hasta La Cumbre, ida y vuelta, pero no llegaba ni pasaba por El Diezmero. No importa. Subo. Reconozco el ruido del motor, el temblor de las Leyland. Me emociono otra vez. La 213 está vacía como siempre. Yo llevo una maletica de viajes (tipo trolley) y no sé dónde ponerla. Finalmente, me siento. Pero a los pocos minutos Adriana me hace señas desde la calle para que baje. No sé cómo lo ha hecho, pero Adriana ya está en la calle, a muchos metros delante de la guagua. Es una calle que no tiene asfalto y hay mucho polvo. Yo me bajo a regañadientes, porque no reconozco el lugar, y me bajo sin maleta. Adriana me dice que no me preocupe, que tío Juan Antonio nos está esperando. Mi hermano Raimundo ya no está con nosotros y Adriana me haces señas desde lejos para que la siga. Curiosamente, ya la guagua Leyland no es una guagua Leyland, sino una carriola plateada y dorada. Yo le pregunto a Adriana: ¿y qué hago con la guagua? Y Adriana me responde: No te preocupes, tío Juan Antonio se la lleva. Tío Juan Antonio lleva más de veinte años muerto, pero en mi sueño está sin camisa (como siempre), con un vientre negro y durísimo y grandísimo, negro, pero más claro que el resto de su cuerpo: tío Juan Antonio era negro de cuerpo y mulato de vientre. Entonces, Adriana y yo hablamos en una esquina, miro a mi alrededor y me doy cuenta de que hemos llegado no al Diezmero ni a La Cumbre, sino a mi antigua casa de la antigua Isla de Pinos. Estoy en Nueva Gerona, frente a una casa pequeña de madera del Reparto Micons. Esta es la primera casa de mi infancia, la primera casa de la que tengo memoria. Me emociono otra vez. Sentados en el portal, como si estuvieran esperándome, hay dos músicos con sus instrumentos. Un tres y una guitarra. Son negros, los instrumentos no, los músicos. Uno de ellos, el del sombrero, se parece mucho a Pedro Sánchez, un viejo tresero negro que me acompañaba cuando yo era joven en La Habana. Lo destaco, porque no abundan los treseros negros. Ni los laudistas. Solo los recuerdo a Reynoso y él, en los años 80 y 90. Detrás de ellos, tímidas, , mis primas del Reparto La Cumbre me sonríen. Y junto a ellas, mi madre, que sonríe también.  “A ver si es verdad que tú improvisas… canta”, me dice el negro tresero parecido a Pedro Sánchez, sonriente. Oigo entonces el punto guajiro afinado “al aire”, un toque antiguo que me emociona aún más. Lloro, y no me sale la voz. Quiero cantar, pero no me sale la voz. Los músicos me dan dos, tres entradas… y al fin canto. 

En este trozo de suelo 
y esta casa de madera… 

Hago la pausa típica de la tonada libre o vueltabajera, miro a mi hermana Adriana que está tan emocionada como yo, escuchándome. “Pero no llores, tonto”, me dice. Cierra la música y repito los dos primeros versos:

En este trozo de suelo 
y esta casa de madera 

y luego añado, para completar y cerrar la primera redondilla:

jugaba yo cuando era
solamente un pequeñuelo.

Las Lágrimas no me impiden ver la emoción de los músicos. Y a mis primas y mi madre que aplauden. Cierra la música otra vez, e improviso un  puente del tipo llamado “en dos pasos” (bueno, llamado así por mí: cuando en lugar de un verso hexadecasílabico –16 sílabas continuas– el poeta crea dos versos octósilabos simples, y los suma): 

Ya se me ha caído el pelo.
Ya tengo los sueños rotos.

Vuelva la música, vuelve el cierre musical, y remato con una perfecta redondilla de cierre, encabezada por un inequívoco codo sintáctico (“pero”), que cumple la función del tren de aterrizaje: avisa a todos de que ya viene el remate. Digo entonces, contemplando a varios vecinos que se han ido acercando y a mi hermana y a mi madre y a mis primas y a los músicos, a todos:


Pero hay tantos alborotos
y vecinos  dando vueltas
que tengo lágrimas sueltas 
emborronando mis fotos.

Sin duda, una excelente décima improvisada. Otra excelente décima improvisada en sueños. Y lo digo no porque haya sido yo, porque en el fondo no he sido yo, yo estaba dormido, ha sido mi cerebro. Mi cerebro ha logrado improvisar, despierto él mientras yo estaba dormido, una décima con mucha técnica, con movimientos binarios perfectos (es estructura hexadecasilábica, excepto el puente), con el grado de interiorización como recurso literario, décima vivencial, autobiográfica. Qué listo mi cerebro. Ha hecho una décima que arranca lágrimas al personaje poemático que soy yo en mi propio sueño, pero también lágrimas y aplausos a toda la familia, a todos mis vecinos. Mi tío Juan Antonio se acerca y me abraza. Los músicos sonríen. Y entonces yo, despierto. 

Es lunes 5 de abril de 2021. Y al despertarme, solo, en Sevilla, como es ya acostumbre en mí, tomo el teléfono móvil para ponerme a escribir los primeros versos que vienen a mi mente. Es un buen ejercicio, entre la escritura automática y la improvisación escrita. A veces salen décimas, a veces sonetos, a veces verso libre, a veces una oración o un párrafo para novela o cuentos, a veces versos sueltos, ideas, nada serio. Comienzo a escribir y en ese momento no me acuerdo del sueño, no recuerdo, aún, que he soñado que improvisaba, ni la décima. Comienzo a escribir poemas breves (micropoemas), pensando en mi libro Zona Wi-Fi, que tiene una primera parte intitulada “Poemas muy breves de títulos muy largos”. Y nacen estos (aún sin títulos):

Primer poema:

Abro un ojo.
Lo cierro.
Abro el otro.
Lo cierro.
Y con los ojos cerrados 
miro el reloj.
¿Despierto?


Segundo poema:

Hay millones de móviles.
Hay millones de personas 
con teléfonos móviles.
Hay millones de seres inmóviles 
que llevan una fábrica de soledad
en el bolsillo.

Tercer poema:

Me encantan las camas 
con muchas almohadas.
Tan blancas y tan blandas.
Tan grandes.
Me dan la misma sensación 
de una bañera llena de espuma.
Me duermo sumergido en falsa agua.
Vuelvo a ser pez.
Feliz. 


Estas son, en realidad, ideas recuperadas de la noche anterior, cuando el sueño me venció y me impidió escribirlas, desarrollarlas. Pero ideas que estaban ya en mi “disco duro”. Me encanta este juego de contención que es la micropoesía. Y me encanta el trasiego creativo que me traigo entre vigilia y sueño, entre “despiertavela” y duermevela. Pues bien, solo tras escribir el tercer micropoema recordé el sueño recién soñado y me dije a mí mismo: “tengo que contarlo”, o sea, que tenía que intentar recuperar la décima. 

Para poder recuperarla, entonces, cierro los ojos y evoco la emoción. Las lágrimas. Y lo primero que hago es poner en práctica uno de los ejercicios de mi método para la enseñanza de la improvisación: “tirar de la rima-baliza”. Tomo como baliza de los versos las rimas  consonantes y tirando de la rimas podré ir armando la décima, apoyado en la estructura fija (abbaaccddc) y el poder atractor de las palabras.

Conocedor de la estructura, yo sé que cada rima me irá llevando a sus parejas. Pero ni siquiera me hizo falta esto. Me llegaron de golpe los dos primeros versos: En este trozo de suelo / y esta casa de madera. Y ahora sí, la rima “suelo” me llevó a la rima “pequeñuelo” y la palabra “pequeñuelo” (tetrasílaba) me ayudó a completar en mi memoria el posible cuarto verso “cuando yo era pequeñuelo”. Pero no. Enseguida me di cuenta de que este no era, no exactamente, porque la palabra “era” la necesitaba como rima para el tercer verso, para rimas con “madera”. ¿Entonces? Entonces descubrí el encabalgamiento: si el verbo “era” lo usaba como rima 3b, quiere decir que había encabalgado los versos 3b/4a, hasta terminar en “pequeñuelo”. Y gracias a esto descubrí –o me llegó a la memoria–  el complemento del siguiente verso: “solamente un”, de manera que ya tenía al menos la rima 3c y el verso 4a íntegro:

…………………….. era
solamente un pequeñuelo.

La sintaxis hizo el resto. Ya tenía los versos 1a, 2b  y 4a, íntegros, más la rima 3b (“era”), que empalmaba con  el verso 2b terminado en “madera”. Entonces, no me fue difícil hallar las otras piezas léxicas para completar un verso “sintácticamente pertinente”: “jugaba yo cuando era”. Y así recuperé la primera redondilla completa.

En este trozo de suelo 
y esta casa de madera 
jugaba yo cuando era
solamente un pequeñuelo.

Luego, la rima “pequeñuelo” me llevo directamente a la rima “pelo” y la rima “pelo” tiró de mi memoria para reconstruir un octosílabo perfecto y musical: Ya se me ha caído el pelo.

Y aquí dudé de cómo seguía la décima. Solo recordaba que el importante verso 10c (el pie forzado) terminaba con la rima “otos”. O sea, que mi verso final, el décimo, rimaba en “otos”. Pensé: ¿Fotos, rotos, remotos, alborotos? Recordé, entonces (todo esto en segundos), que “alborotos” era la rima del séptimo verso, no del final, ni del puente. Y por oficio y técnica, sabía que de todas las rimas posibles la rima más feliz, la mejor para el remate estaba entre “rotos” y “fotos”, casi mejor esta segunda (un sustantivo siempre tiene más peso léxico-semántico que un adjetivo). Pero, si había usado “rotos” como rima, ¿rotos qué?, me dije. Y apareció como por arte de magia el sintagma adjetival “sueños rotos”, un sintagma manido, sí, bastante manoseado, pero que renacía y se usaba bien en cada poema. Y algo me dijo en mi interior —oficio, técnica, experiencia— que “sueños rotos” lo había usado en el puente, no en el final, como rima 6c. Y así me llegó (recordé) el sexto verso completo, apoyado en el recurso anafórico, que me lo puso fácil: Ya tengo los sueños rotos.

Y más fácil aún me fue encontrar (recordar, recuperar) el verso 7c, porque ya sabía que tenía en él la palabra-rima “alborotos” (tetrasílaba), y que, verso 7 al fin y al cabo —más técnica, más oficio—era muy probable que lo hubiera empezado por un codo sintáctico (pero). Así que ya tenía más del 70 % del verso completo:

Pero……….. alborotos…

Y no me fue nada difícil completarlo:

Pero hay tantos alborotos…


Por supuesto, las rimas “rotos” y “alborotos” ya me habían delatado que la rima final, la más pertinente para verso de cierre, era la rima “fotos”. Por eso el resto fue fácil. Inmediatamente, supongo que por el contexto lingüístico y situacional, recordé  mi llanto y el sintagma “lágrima sueltas”. Y “lágrimas sueltas” me hizo recordar el uso del sintagma “dando vueltas” como rima. Así que ya tenía memorizado casi todo el final, casi toda la segunda redondilla, a saber:

Pero hay tantos alborotos 
………………….dando vueltas
…………………lágrimas sueltas 
………………………….. mis fotos.

Y el oficio hizo el resto, completándome los versos con los sintagmas más pertinentes para que hubiera una segunda redondilla equilibrada, contundente, emotiva. a Saber: “y vecinos” (8d), “que tengo” (9d) y “emborronando” (10c), de forma que quedó la redondilla de este modo:

Pero hay tantos alborotos 
y vecinos  dando vueltas
que tengo lágrimas sueltas 
emborronando mis fotos.

Y ya no recuerdo cómo siguió el sueño. No recuerdo si los vecinos aplaudieron más o lloraron rieron, si mis primas me abrazaron, si mi madre fue feliz, si mi hermana sonrió, como siempre, si apareció otra vez mi hermano Raimundo, que había desaparecido en el sueño, si regresó tío Juan Antonio después de haber aparcado mi carriola Leyland, o si volvió con ella, para que sus sobrinos regresáramos a La Habana, a la realidad, al presente del sueño. Solo sé que otra vez mi cerebro lo hizo: improvisar en sueños. Y otra vez yo lo he hecho: analizar en la vigilia la décima soñada.

Ya pasado el subidón emocional del ejercicio, creo que contribuyó a que este sueño fuera posible el hecho de que ayer, domingo 4 de abril de 2021, impartí las dos primeras clases online de mi “Decimódromo permanente”, en Academia Oralitura, y que durante casi cuatro horas estuve enseñando a improvisar a un grupo pequeño de quince alumnos. Y en esas primeras clases, en las que les hice un test de improvisación y otro de décima escrita, una de las verdades que más repetí fue que ellos tenían que lograr una separación entre el improvisador y el cerebro. Intenté convencerlos (y demostrarles) de que ellos no improvisan, pero su cerebro sí. Que la única manera de improvisar bien era dotar al cerebro de todas las herramientas, reglas, estrategias y técnicas de la improvisación, y luego confiar en él, dejarlo improvisada solo. Que solo cuando el cerebro es el que lleva “las llaves del coche”, les dije, y conduce él por las autovías del idioma, el improvisador llega a un estado de éxtasis creativo que lo libera y congratula. Y es entonces cuando logra eso que algunos llaman “entrar en trance”. Entonces, creo que el haberme acostado con tal nivel de excitación académica, lo que provoca en mí la enseñanza de la improvisación, contribuyó a que una vez conseguido el sueño profundo pasase lo que pasó: que llegara yo a mi infancia, a mis tres barrios (El Diezmero, La Cumbre, Micons), a mi familia, y al niño repentista que fui hace tantos años, y que volviese a improvisar frente al porche de madera de mi casa pinera (pinera y pionera y primera, todo con rimas, algo muy sintomático y simpático: rimado también). Al menos eso creo.

Por último: hace pocos días murió en Cuba, con 101 años, el viejo Melecio, una leyenda del punto guajiro en la antigua Isla de Pinos, la actual Isla de la Juventud. Y un periodista cubano me pidió por Facebook que le escribiera unas décimas de despedida, sabiendo, porque lo he contado varias veces en prensa, mi relación de niño con Melecio y con su Peña. La Peña de Melesio, famosa desde hace más de 50 años en la Isla de la Juventud, era un espacio cultural doméstico en el que yo improvisaba siendo niño y en el que Melecio era su mecenas, su Domingo del Monte, mi anfitrión. Escribí entonces estas décimas elegíacas y emotivas para despedirlo.

Adiós, Melecio


Melecio, ¡el viejo Melecio!,
el de la peña, el del canto,
el enemigo del llanto,
de la envidia y del desprecio.
Hombre delicado y recio.
Gran ejemplo para mí.
Guajiro del que aprendí 
lo bueno de ser juglar.
Qué sola se va a quedar 
mi Isla de Pinos sin ti. 

Nunca más te volví a ver.
Pero no importa, Melecio.
Envejecer tiene un precio.
Alejarse y no volver 
nos congela en un ayer
que se llama eternidad.
Tú eres eterno a la edad 
incalculable del hombre
que le ha dado luz y nombre
y versos a su ciudad.

Gracias por todo, guajiro.
Por la infancia compartida.
Por el trocito de vida 
que guardo como un suspiro.
Te respeto, quiero, admiro.
Tu ejemplo alumbra y enseña.
Desde otra ciudad pequeña
algo te prometeré:
algún día cantaré 
aunque no estés, en tu Peña.

Y volveré a ser el niño
de principios del 70.
Más Alexis que Pimienta,
menos fama que cariño.
Y volveré a ver tu guiño 
cómplice desde un sillón.
Y en cada improvisación
volveré a verte a mi lado
entre el cítrico rimado
y el rabito del lechón.

Entre Sucu-sucu y verso
pasé mi infancia pinera
y tu peña de madera 
fui me pequeño universo.
Fuiste el anverso y reverso
del promotor campesino.
Mi tutor y mi padrino 
sin haber firmado nada.
Fuiste luz improvisada 
al principio del camino.


Gracias por todo, poeta.
como pinero adoptivo
desde muy lejos te escribo.
Gracias, padrino y profeta.
Fuiste un ejemplo, una meta.
Fuiste referente y guía.
No está lejos mi Almería
de tu Isla y tu Juventud. 
En cuanto suene un laúd
te espero en la canturía.

Y lo traigo a colación, porque no dudo que estas décimas recientes y frescas aún en mi cabeza, hayan contribuido también a este onírico sueño (y no es redundancia). Lo digo porque, ahora que lo pienso bien, la casa de madera a la que llegué en mi carriola Leyland, la casa protagonista de mi décima y mi sueño, se parece más a la Peña de Melecio que a mi antigua casa.  


Alexis Díaz-Pimienta
Sevilla, 5 de abril de 2021

Twitter: @DiazPimienta



Alexis Díaz-Pimienta: improvisar soñando, despertar escribiendo.


Es de día. Estoy en El Diezmero, uno de los barrios de mi infancia, pero no sé cómo he llegado aquí. La famosa Garita del Diezmero ha desaparecido, pero hay una avenida muy ancha. Llega una guagua y es una Leyland gris plateada, con una especia de cenefa metálica dorada a todo lo largo. Me emociono y lo comento con mis hermanos mayores, Adriana y Raimundo. ¡Qué bueno que hayan recuperado las guaguas Leyland!, digo. Son las guaguas de mi infancia, pienso o digo en voz alta, no recuerdo bien. Me fijo en el número: 213. Qué curioso, pienso, esta ruta es la ruta que antes iba del Diezmero al Reparto La Cumbre, la guagua que tomaba cada mes para llevar a mi abuela a cobrar su chequera en Dolores. Pero hay algo falso en esta reflexión, o falso no, inexacto. La ruta 213 iba de 10 de octubre, pasando por Dolores, hasta La Cumbre, ida y vuelta, pero no llegaba ni pasaba por El Diezmero. No importa. Subo. Reconozco el ruido del motor, el temblor de las Leyland. Me emociono otra vez. La 213 está vacía como siempre. Yo llevo una maletica de viajes (tipo trolley) y no sé dónde ponerla. Finalmente, me siento. Pero a los pocos minutos Adriana me hace señas desde la calle para que baje. No sé cómo lo ha hecho, pero Adriana ya está en la calle, a muchos metros delante de la guagua. Es una calle que no tiene asfalto y hay mucho polvo. Yo me bajo a regañadientes, porque no reconozco el lugar, y me bajo sin maleta. Adriana me dice que no me preocupe, que tío Juan Antonio nos está esperando. Mi hermano Raimundo ya no está con nosotros y Adriana me haces señas desde lejos para que la siga. Curiosamente, ya la guagua Leyland no es una guagua Leyland, sino una carriola plateada y dorada. Yo le pregunto a Adriana: ¿y qué hago con la guagua? Y Adriana me responde: No te preocupes, tío Juan Antonio se la lleva. Tío Juan Antonio lleva más de veinte años muerto, pero en mi sueño está sin camisa (como siempre), con un vientre negro y durísimo y grandísimo, negro, pero más claro que el resto de su cuerpo: tío Juan Antonio era negro de cuerpo y mulato de vientre. Entonces, Adriana y yo hablamos en una esquina, miro a mi alrededor y me doy cuenta de que hemos llegado no al Diezmero ni a La Cumbre, sino a mi antigua casa de la antigua Isla de Pinos. Estoy en Nueva Gerona, frente a una casa pequeña de madera del Reparto Micons. Esta es la primera casa de mi infancia, la primera casa de la que tengo memoria. Me emociono otra vez. Sentados en el portal, como si estuvieran esperándome, hay dos músicos con sus instrumentos. Un tres y una guitarra. Son negros, los instrumentos no, los músicos. Uno de ellos, el del sombrero, se parece mucho a Pedro Sánchez, un viejo tresero negro que me acompañaba cuando yo era joven en La Habana. Lo destaco, porque no abundan los treseros negros. Ni los laudistas. Solo los recuerdo a Reynoso y él, en los años 80 y 90. Detrás de ellos, tímidas, , mis primas del Reparto La Cumbre me sonríen. Y junto a ellas, mi madre, que sonríe también.  “A ver si es verdad que tú improvisas… canta”, me dice el negro tresero parecido a Pedro Sánchez, sonriente. Oigo entonces el punto guajiro afinado “al aire”, un toque antiguo que me emociona aún más. Lloro, y no me sale la voz. Quiero cantar, pero no me sale la voz. Los músicos me dan dos, tres entradas… y al fin canto. 

En este trozo de suelo 
y esta casa de madera… 

Hago la pausa típica de la tonada libre o vueltabajera, miro a mi hermana Adriana que está tan emocionada como yo, escuchándome. “Pero no llores, tonto”, me dice. Cierra la música y repito los dos primeros versos:

En este trozo de suelo 
y esta casa de madera 

y luego añado, para completar y cerrar la primera redondilla:

jugaba yo cuando era
solamente un pequeñuelo.

Las Lágrimas no me impiden ver la emoción de los músicos. Y a mis primas y mi madre que aplauden. Cierra la música otra vez, e improviso un  puente del tipo llamado “en dos pasos” (bueno, llamado así por mí: cuando en lugar de un verso hexadecasílabico –16 sílabas continuas– el poeta crea dos versos octósilabos simples, y los suma): 

Ya se me ha caído el pelo.
Ya tengo los sueños rotos.

Vuelva la música, vuelve el cierre musical, y remato con una perfecta redondilla de cierre, encabezada por un inequívoco codo sintáctico (“pero”), que cumple la función del tren de aterrizaje: avisa a todos de que ya viene el remate. Digo entonces, contemplando a varios vecinos que se han ido acercando y a mi hermana y a mi madre y a mis primas y a los músicos, a todos:


Pero hay tantos alborotos
y vecinos  dando vueltas
que tengo lágrimas sueltas 
emborronando mis fotos.

Sin duda, una excelente décima improvisada. Otra excelente décima improvisada en sueños. Y lo digo no porque haya sido yo, porque en el fondo no he sido yo, yo estaba dormido, ha sido mi cerebro. Mi cerebro ha logrado improvisar, despierto él mientras yo estaba dormido, una décima con mucha técnica, con movimientos binarios perfectos (es estructura hexadecasilábica, excepto el puente), con el grado de interiorización como recurso literario, décima vivencial, autobiográfica. Qué listo mi cerebro. Ha hecho una décima que arranca lágrimas al personaje poemático que soy yo en mi propio sueño, pero también lágrimas y aplausos a toda la familia, a todos mis vecinos. Mi tío Juan Antonio se acerca y me abraza. Los músicos sonríen. Y entonces yo, despierto. 

Es lunes 5 de abril de 2021. Y al despertarme, solo, en Sevilla, como es ya acostumbre en mí, tomo el teléfono móvil para ponerme a escribir los primeros versos que vienen a mi mente. Es un buen ejercicio, entre la escritura automática y la improvisación escrita. A veces salen décimas, a veces sonetos, a veces verso libre, a veces una oración o un párrafo para novela o cuentos, a veces versos sueltos, ideas, nada serio. Comienzo a escribir y en ese momento no me acuerdo del sueño, no recuerdo, aún, que he soñado que improvisaba, ni la décima. Comienzo a escribir poemas breves (micropoemas), pensando en mi libro Zona Wi-Fi, que tiene una primera parte intitulada “Poemas muy breves de títulos muy largos”. Y nacen estos (aún sin títulos):

Primer poema:

Abro un ojo.
Lo cierro.
Abro el otro.
Lo cierro.
Y con los ojos cerrados 
miro el reloj.
¿Despierto?


Segundo poema:

Hay millones de móviles.
Hay millones de personas 
con teléfonos móviles.
Hay millones de seres inmóviles 
que llevan una fábrica de soledad
en el bolsillo.

Tercer poema:

Me encantan las camas 
con muchas almohadas.
Tan blancas y tan blandas.
Tan grandes.
Me dan la misma sensación 
de una bañera llena de espuma.
Me duermo sumergido en falsa agua.
Vuelvo a ser pez.
Feliz. 


Estas son, en realidad, ideas recuperadas de la noche anterior, cuando el sueño me venció y me impidió escribirlas, desarrollarlas. Pero ideas que estaban ya en mi “disco duro”. Me encanta este juego de contención que es la micropoesía. Y me encanta el trasiego creativo que me traigo entre vigilia y sueño, entre “despiertavela” y duermevela. Pues bien, solo tras escribir el tercer micropoema recordé el sueño recién soñado y me dije a mí mismo: “tengo que contarlo”, o sea, que tenía que intentar recuperar la décima. 

Para poder recuperarla, entonces, cierro los ojos y evoco la emoción. Las lágrimas. Y lo primero que hago es poner en práctica uno de los ejercicios de mi método para la enseñanza de la improvisación: “tirar de la rima-baliza”. Tomo como baliza de los versos las rimas  consonantes y tirando de la rimas podré ir armando la décima, apoyado en la estructura fija (abbaaccddc) y el poder atractor de las palabras.

Conocedor de la estructura, yo sé que cada rima me irá llevando a sus parejas. Pero ni siquiera me hizo falta esto. Me llegaron de golpe los dos primeros versos: En este trozo de suelo / y esta casa de madera. Y ahora sí, la rima “suelo” me llevó a la rima “pequeñuelo” y la palabra “pequeñuelo” (tetrasílaba) me ayudó a completar en mi memoria el posible cuarto verso “cuando yo era pequeñuelo”. Pero no. Enseguida me di cuenta de que este no era, no exactamente, porque la palabra “era” la necesitaba como rima para el tercer verso, para rimas con “madera”. ¿Entonces? Entonces descubrí el encabalgamiento: si el verbo “era” lo usaba como rima 3b, quiere decir que había encabalgado los versos 3b/4a, hasta terminar en “pequeñuelo”. Y gracias a esto descubrí –o me llegó a la memoria–  el complemento del siguiente verso: “solamente un”, de manera que ya tenía al menos la rima 3c y el verso 4a íntegro:

…………………….. era
solamente un pequeñuelo.

La sintaxis hizo el resto. Ya tenía los versos 1a, 2b  y 4a, íntegros, más la rima 3b (“era”), que empalmaba con  el verso 2b terminado en “madera”. Entonces, no me fue difícil hallar las otras piezas léxicas para completar un verso “sintácticamente pertinente”: “jugaba yo cuando era”. Y así recuperé la primera redondilla completa.

En este trozo de suelo 
y esta casa de madera 
jugaba yo cuando era
solamente un pequeñuelo.

Luego, la rima “pequeñuelo” me llevo directamente a la rima “pelo” y la rima “pelo” tiró de mi memoria para reconstruir un octosílabo perfecto y musical: Ya se me ha caído el pelo.

Y aquí dudé de cómo seguía la décima. Solo recordaba que el importante verso 10c (el pie forzado) terminaba con la rima “otos”. O sea, que mi verso final, el décimo, rimaba en “otos”. Pensé: ¿Fotos, rotos, remotos, alborotos? Recordé, entonces (todo esto en segundos), que “alborotos” era la rima del séptimo verso, no del final, ni del puente. Y por oficio y técnica, sabía que de todas las rimas posibles la rima más feliz, la mejor para el remate estaba entre “rotos” y “fotos”, casi mejor esta segunda (un sustantivo siempre tiene más peso léxico-semántico que un adjetivo). Pero, si había usado “rotos” como rima, ¿rotos qué?, me dije. Y apareció como por arte de magia el sintagma adjetival “sueños rotos”, un sintagma manido, sí, bastante manoseado, pero que renacía y se usaba bien en cada poema. Y algo me dijo en mi interior —oficio, técnica, experiencia— que “sueños rotos” lo había usado en el puente, no en el final, como rima 6c. Y así me llegó (recordé) el sexto verso completo, apoyado en el recurso anafórico, que me lo puso fácil: Ya tengo los sueños rotos.

Y más fácil aún me fue encontrar (recordar, recuperar) el verso 7c, porque ya sabía que tenía en él la palabra-rima “alborotos” (tetrasílaba), y que, verso 7 al fin y al cabo —más técnica, más oficio—era muy probable que lo hubiera empezado por un codo sintáctico (pero). Así que ya tenía más del 70 % del verso completo:

Pero……….. alborotos…

Y no me fue nada difícil completarlo:

Pero hay tantos alborotos…


Por supuesto, las rimas “rotos” y “alborotos” ya me habían delatado que la rima final, la más pertinente para verso de cierre, era la rima “fotos”. Por eso el resto fue fácil. Inmediatamente, supongo que por el contexto lingüístico y situacional, recordé  mi llanto y el sintagma “lágrima sueltas”. Y “lágrimas sueltas” me hizo recordar el uso del sintagma “dando vueltas” como rima. Así que ya tenía memorizado casi todo el final, casi toda la segunda redondilla, a saber:

Pero hay tantos alborotos 
………………….dando vueltas
…………………lágrimas sueltas 
………………………….. mis fotos.

Y el oficio hizo el resto, completándome los versos con los sintagmas más pertinentes para que hubiera una segunda redondilla equilibrada, contundente, emotiva. a Saber: “y vecinos” (8d), “que tengo” (9d) y “emborronando” (10c), de forma que quedó la redondilla de este modo:

Pero hay tantos alborotos 
y vecinos  dando vueltas
que tengo lágrimas sueltas 
emborronando mis fotos.

Y ya no recuerdo cómo siguió el sueño. No recuerdo si los vecinos aplaudieron más o lloraron rieron, si mis primas me abrazaron, si mi madre fue feliz, si mi hermana sonrió, como siempre, si apareció otra vez mi hermano Raimundo, que había desaparecido en el sueño, si regresó tío Juan Antonio después de haber aparcado mi carriola Leyland, o si volvió con ella, para que sus sobrinos regresáramos a La Habana, a la realidad, al presente del sueño. Solo sé que otra vez mi cerebro lo hizo: improvisar en sueños. Y otra vez yo lo he hecho: analizar en la vigilia la décima soñada.

Ya pasado el subidón emocional del ejercicio, creo que contribuyó a que este sueño fuera posible el hecho de que ayer, domingo 4 de abril de 2021, impartí las dos primeras clases online de mi “Decimódromo permanente”, en Academia Oralitura, y que durante casi cuatro horas estuve enseñando a improvisar a un grupo pequeño de quince alumnos. Y en esas primeras clases, en las que les hice un test de improvisación y otro de décima escrita, una de las verdades que más repetí fue que ellos tenían que lograr una separación entre el improvisador y el cerebro. Intenté convencerlos (y demostrarles) de que ellos no improvisan, pero su cerebro sí. Que la única manera de improvisar bien era dotar al cerebro de todas las herramientas, reglas, estrategias y técnicas de la improvisación, y luego confiar en él, dejarlo improvisada solo. Que solo cuando el cerebro es el que lleva “las llaves del coche”, les dije, y conduce él por las autovías del idioma, el improvisador llega a un estado de éxtasis creativo que lo libera y congratula. Y es entonces cuando logra eso que algunos llaman “entrar en trance”. Entonces, creo que el haberme acostado con tal nivel de excitación académica, lo que provoca en mí la enseñanza de la improvisación, contribuyó a que una vez conseguido el sueño profundo pasase lo que pasó: que llegara yo a mi infancia, a mis tres barrios (El Diezmero, La Cumbre, Micons), a mi familia, y al niño repentista que fui hace tantos años, y que volviese a improvisar frente al porche de madera de mi casa pinera (pinera y pionera y primera, todo con rimas, algo muy sintomático y simpático: rimado también). Al menos eso creo.

Por último: hace pocos días murió en Cuba, con 101 años, el viejo Melecio, una leyenda del punto guajiro en la antigua Isla de Pinos, la actual Isla de la Juventud. Y un periodista cubano me pidió por Facebook que le escribiera unas décimas de despedida, sabiendo, porque lo he contado varias veces en prensa, mi relación de niño con Melecio y con su Peña. La Peña de Melesio, famosa desde hace más de 50 años en la Isla de la Juventud, era un espacio cultural doméstico en el que yo improvisaba siendo niño y en el que Melecio era su mecenas, su Domingo del Monte, mi anfitrión. Escribí entonces estas décimas elegíacas y emotivas para despedirlo.

Adiós, Melecio


Melecio, ¡el viejo Melecio!,
el de la peña, el del canto,
el enemigo del llanto,
de la envidia y del desprecio.
Hombre delicado y recio.
Gran ejemplo para mí.
Guajiro del que aprendí 
lo bueno de ser juglar.
Qué sola se va a quedar 
mi Isla de Pinos sin ti. 

Nunca más te volví a ver.
Pero no importa, Melecio.
Envejecer tiene un precio.
Alejarse y no volver 
nos congela en un ayer
que se llama eternidad.
Tú eres eterno a la edad 
incalculable del hombre
que le ha dado luz y nombre
y versos a su ciudad.

Gracias por todo, guajiro.
Por la infancia compartida.
Por el trocito de vida 
que guardo como un suspiro.
Te respeto, quiero, admiro.
Tu ejemplo alumbra y enseña.
Desde otra ciudad pequeña
algo te prometeré:
algún día cantaré 
aunque no estés, en tu Peña.

Y volveré a ser el niño
de principios del 70.
Más Alexis que Pimienta,
menos fama que cariño.
Y volveré a ver tu guiño 
cómplice desde un sillón.
Y en cada improvisación
volveré a verte a mi lado
entre el cítrico rimado
y el rabito del lechón.

Entre Sucu-sucu y verso
pasé mi infancia pinera
y tu peña de madera 
fui me pequeño universo.
Fuiste el anverso y reverso
del promotor campesino.
Mi tutor y mi padrino 
sin haber firmado nada.
Fuiste luz improvisada 
al principio del camino.


Gracias por todo, poeta.
como pinero adoptivo
desde muy lejos te escribo.
Gracias, padrino y profeta.
Fuiste un ejemplo, una meta.
Fuiste referente y guía.
No está lejos mi Almería
de tu Isla y tu Juventud. 
En cuanto suene un laúd
te espero en la canturía.

Y lo traigo a colación, porque no dudo que estas décimas recientes y frescas aún en mi cabeza, hayan contribuido también a este onírico sueño (y no es redundancia). Lo digo porque, ahora que lo pienso bien, la casa de madera a la que llegué en mi carriola Leyland, la casa protagonista de mi décima y mi sueño, se parece más a la Peña de Melecio que a mi antigua casa.  


Alexis Díaz-Pimienta
Sevilla, 5 de abril de 2021

Twitter: @DiazPimienta