"Uno de los mejores narradores cubanos de la hora presente"
(Juan Bonilla)

Del Blog de Díaz-Pimienta

mar
23
Añadido por Alexis Díaz Pimienta el 23 marzo 2014 a las 5:42 am




Venía yo en una ruta 23 repleta hasta los bordes. Cinco de la tarde, o cinco y media. Venía soñoliento y cansado, cimbrándome aún en el oído la voz del director. Al principio me molestó que se me estrujara la guayabera blanca, que me pisaran los mocasines rojos, acabados de estrenar, pero qué remedio. Me dejaba sostener entre un matrimonio de viejos rollizos e inquietos, una muchacha negra y pelirroja, y un tipo alto, de espejuelos, que a ratos me incrustaba el codo en la frente, obligándome a mirar hacia otra parte, o bajar la cabeza. Baches, frenazos, empujones, permisos, levanta un pie, entra una cadera, baja el brazo, no le mires la teta a la que está justo delante, inclinada y mostrando un pezón oscuro y arrugado. Hay un sopor indescriptible. De pronto, ese proyecto de la…, un baño tibio ahora qué…, no empujen, coño…, el director no sabe si…, qué buena teta…, estos dos viejos gordos…, ese proyecto es una… uff… Estoy cansado. Parece que nunca llegará mi parada. Sudo. La viejita se ve incómoda, pero dónde carajo meto la rodilla. Cierro los ojos para no oír nada, para escaparme. Oiga, oiga, contrólese la mano, mire a ver dónde mete la mano. Es la voz del viejo. Sólo le veo el perfil, sudado y agrio, pero lo sorprendo mirándome de reojo, ladeando la boca para hablarme. Sí, tú mismo, tú mismo, deja tranquilas las manitas esas. ¿Decía usted?, dije yo, como si la voz fuera de otro, sorprendido. La vieja lo tomó del brazo, indagando, qué fue, qué fue. Y dale el viejo con que yo le había metido la mano en el bolsillo. Perdóneme, mi padre, pero usted se equivoca… en la guagua, imagínese… Sí, sí, yo seré viejo pero no comemierda… échese pa’llá, pa’llá, y como única opción de movimiento me lanzó tres culazos. Traté de explicarme: mire, mayor, ¿cómo usted cree que yo…?, discúlpeme, discúlpeme, pero si lo rocé fue sin querer… qué va, qué va… Y sonreí nervioso, mirando a todas partes. Los demás pasajeros, no sé hacia dónde ni cómo, se habían replegado, se habían encogido para rozarme lo menos posible y me miraban haciendo cálculos para dar su voto a favor o en contra. Antes de que yo pudiera imaginarlo, ya el viejo había hecho un escándalo de aquello, con improperios de la vieja y miradas de odio. Y la gente comenzaba a hablar de «especialistas», de hombres con los dedos de seda, hay que tener cuidado. Yo sonreía como mejor podía, como si la sonrisa incrédula fuera una buena excusa, sin saber dónde meter la cara en aquel lío tremendo. El tipo grande de los espejuelos se hizo a un lado (el mismo tipo que después haría el cuento en su casa y diría, qué va, ese muchacho no tenía cara de eso, na’, na’, ese viejo está chocho), se apartó levantando las cejas en un gesto de resignación cómplice y logré alejarme de la espalda rolliza del viejo, que seguía contando cómo están los ladrones, los delincuentes en la calle. Una señora (que después le diría a su esposo, refiriéndose al caso, que al ladrón se conoce en la cara, que fue un abuso de los viejos con aquel muchacho) me preguntó si me quedaba en aquella parada. Mecánicamente le respondí que sí, sin ser mi parada ni una carajo, le fije que sí y ella se apartó mirándome con lástima o recelo. El viejo seguía rumiando su acusación, y yo ardía de fiebre, creo, sudaba frío, sentía un leve temblor en la rodilla. Ya desde la puerta gagueé: Pe-pe-pero, señor… Se me hacía un nudo en la garganta, me dolían los ojos. Sólo me ayudaban algunas miradas de comprensión, de apoyo, alguna voz que oía explicándole al viejo que la guagua estaba llena, llenísima, que ese compañero (es decir, yo)… Pero a mí ya comenzaba a no importarme aquello, a darme más bien risa, tal vez por los nervios, o por la pena, o por lo absurdo que era llegar después (es decir, ahora) y entregarle a mi mujer los ochenta y siete pesos que llevaba el viejo en el bolsillo, y un collar, un reloj y diez pesos que tenía la vieja, pobrecita, en la cartera. ¿Cómo te ha ido?, dijo ella. Como a todos la primera vez, supongo, fue lo único que dije.


_______________________________

(Este cuento se publicó originalmente en Los visitantes del sábado, Letras cubanas, 1994; ahora forma parte de mi nuevo libro “La guagua y otros cuentos sobre ruedas”).
mar
23
Añadido por Alexis Díaz Pimienta el 23 marzo 2014 a las 5:42 am




Venía yo en una ruta 23 repleta hasta los bordes. Cinco de la tarde, o cinco y media. Venía soñoliento y cansado, cimbrándome aún en el oído la voz del director. Al principio me molestó que se me estrujara la guayabera blanca, que me pisaran los mocasines rojos, acabados de estrenar, pero qué remedio. Me dejaba sostener entre un matrimonio de viejos rollizos e inquietos, una muchacha negra y pelirroja, y un tipo alto, de espejuelos, que a ratos me incrustaba el codo en la frente, obligándome a mirar hacia otra parte, o bajar la cabeza. Baches, frenazos, empujones, permisos, levanta un pie, entra una cadera, baja el brazo, no le mires la teta a la que está justo delante, inclinada y mostrando un pezón oscuro y arrugado. Hay un sopor indescriptible. De pronto, ese proyecto de la…, un baño tibio ahora qué…, no empujen, coño…, el director no sabe si…, qué buena teta…, estos dos viejos gordos…, ese proyecto es una… uff… Estoy cansado. Parece que nunca llegará mi parada. Sudo. La viejita se ve incómoda, pero dónde carajo meto la rodilla. Cierro los ojos para no oír nada, para escaparme. Oiga, oiga, contrólese la mano, mire a ver dónde mete la mano. Es la voz del viejo. Sólo le veo el perfil, sudado y agrio, pero lo sorprendo mirándome de reojo, ladeando la boca para hablarme. Sí, tú mismo, tú mismo, deja tranquilas las manitas esas. ¿Decía usted?, dije yo, como si la voz fuera de otro, sorprendido. La vieja lo tomó del brazo, indagando, qué fue, qué fue. Y dale el viejo con que yo le había metido la mano en el bolsillo. Perdóneme, mi padre, pero usted se equivoca… en la guagua, imagínese… Sí, sí, yo seré viejo pero no comemierda… échese pa’llá, pa’llá, y como única opción de movimiento me lanzó tres culazos. Traté de explicarme: mire, mayor, ¿cómo usted cree que yo…?, discúlpeme, discúlpeme, pero si lo rocé fue sin querer… qué va, qué va… Y sonreí nervioso, mirando a todas partes. Los demás pasajeros, no sé hacia dónde ni cómo, se habían replegado, se habían encogido para rozarme lo menos posible y me miraban haciendo cálculos para dar su voto a favor o en contra. Antes de que yo pudiera imaginarlo, ya el viejo había hecho un escándalo de aquello, con improperios de la vieja y miradas de odio. Y la gente comenzaba a hablar de «especialistas», de hombres con los dedos de seda, hay que tener cuidado. Yo sonreía como mejor podía, como si la sonrisa incrédula fuera una buena excusa, sin saber dónde meter la cara en aquel lío tremendo. El tipo grande de los espejuelos se hizo a un lado (el mismo tipo que después haría el cuento en su casa y diría, qué va, ese muchacho no tenía cara de eso, na’, na’, ese viejo está chocho), se apartó levantando las cejas en un gesto de resignación cómplice y logré alejarme de la espalda rolliza del viejo, que seguía contando cómo están los ladrones, los delincuentes en la calle. Una señora (que después le diría a su esposo, refiriéndose al caso, que al ladrón se conoce en la cara, que fue un abuso de los viejos con aquel muchacho) me preguntó si me quedaba en aquella parada. Mecánicamente le respondí que sí, sin ser mi parada ni una carajo, le fije que sí y ella se apartó mirándome con lástima o recelo. El viejo seguía rumiando su acusación, y yo ardía de fiebre, creo, sudaba frío, sentía un leve temblor en la rodilla. Ya desde la puerta gagueé: Pe-pe-pero, señor… Se me hacía un nudo en la garganta, me dolían los ojos. Sólo me ayudaban algunas miradas de comprensión, de apoyo, alguna voz que oía explicándole al viejo que la guagua estaba llena, llenísima, que ese compañero (es decir, yo)… Pero a mí ya comenzaba a no importarme aquello, a darme más bien risa, tal vez por los nervios, o por la pena, o por lo absurdo que era llegar después (es decir, ahora) y entregarle a mi mujer los ochenta y siete pesos que llevaba el viejo en el bolsillo, y un collar, un reloj y diez pesos que tenía la vieja, pobrecita, en la cartera. ¿Cómo te ha ido?, dijo ella. Como a todos la primera vez, supongo, fue lo único que dije.


_______________________________

(Este cuento se publicó originalmente en Los visitantes del sábado, Letras cubanas, 1994; ahora forma parte de mi nuevo libro “La guagua y otros cuentos sobre ruedas”).

Otra gran alegría me ha dado México: mi poemario para niños “El libro de l@s niñ@s que usan gafas” ha obtenido una Mención Honorífica en el Premio Internacional de Literatura Sor Juan Inés de la Cruz 2013. ¡Vaya principio de año 2014! El 28 de febrero recibí el Premio de novela UNAM-COLSIN-SIGLO XXI, y ahora esta Mención en el Sor Juana. Por supuesto, esto me ha llenado, de entusiasmo, de energías, de ganas de seguir escribiendo. Pero esta Mención tiene otros alicientes. Primero, que es en un premio con el nombre de mi admirada Sor Juana de la Cruz, poeta con mayúsculas. Segundo, que el libro será publicado y distribuido en todo México (bibliotecas, escuelas, otras instituciones). Y tercero, que este libro está íntimamente ligado a México, ya que “nació” aquí, hace más de un año y “por culpa” de una misteriosa mujer mexicana a la que, desde entonces, ando buscando, sin suerte. Me explico, y que esta explicación sirva como un pedido de ayuda para encontrar a la “misteriosa mujer” que inspiró el libro.

En diciembre del año 2012 andaba yo de gira por México,  y mi primera actuación fue la presentación del libro de poesía infantil “Chamaquili en Almería”, en el Museo de Artes Populares, del D.F., el 4 de diciembre. Hicimos una presentación-espectáculo, como a mí me gusta, con grandes amigos músicos y escritores en escena. Luego, llegó el momento de la firma de libros. En una mesa junto al escenario, me acomodé a firmar ejemplares de los libros, y se hizo una larga cola de niños, niñas, padres, madres, abuelos… Los adultos, todos, pedían que les dedicara el libro de Chamaquili para una niña, o un niño, y me daban sus nombres. Yo correspondía, por supuesto, con las típicas dedicatorias que intentan ser ingeniosas y cariñosas, a la vez, algo muy difícil (casi siempre me salen variaciones de la misma dedicatoria de todos los libros: dedicar libros es un arte difícilisimo, complejo, y me confieso, inepto, es un tipo de improvisación que no se da bien). En fin, estaba yo tranquilo, firmando libros, autoplagiando dedicatorias anteriores, y de pronto llegó una mujer, joven, hermosa, de pelo negro y ensortijado, con gafas. Como a todos, le pregunto: ¿Para quién es el libro? Y ella responde, seria: “Este libro, por favor, dedícalo a todos los niños que usan lentes”. Yo me quedé sorprendido, y claro, pregunté por qué. Y ella, como si esto fuera la más natural del mundo, me contó el motivo: “Mira, yo soy médico, soy oftalmóloga, trabajo en una clínica de oftalmología. Entonces, atiendo a muchos niños con problemas de la vista. Y no te imaginas, nadie se imagina, cómo sufren estos niños, los complejos que tienen, los pequeños traumas y miedos y penas que sufren; por eso yo, para aliviarles el problema, colecciono libros infantiles dedicados expresamente a ellos, y los pongo en mi clínica de manera que se entretengan y se sientan  un poco felices mientras pasan por ese mal momento”. Por supuesto, me conmovió su historia, y dediqué mi “Chamaquili en Almería” para “todos los niños que usan lentes”, supongo que con un poco más de inspiración que otras veces (no recuerdo el texto). Pero inmediatamente le prometí a la muchacha (de quien no tengo ni el nombre) que yo haría algo más, que escribiría un libro “específicamente”, “directamente” para ellos, es decir, para “todos los niños que usan lentes, que usan gafas”. Y al mes siguiente, cuando terminé mi gira y llegué a Cuba, comencé a escribir el libro prometido, este que acaba de obtener Mención Honorífica en el Premio Internacional de Literatura Sor Juan Inés de la Cruz, 2013, y que saldrá publicado en los próximos meses. 
Desde que terminé el libro, por supuesto, he intentado localizar a la “misteriosa mujer” que colecciona libros para niños que coleccionan sufrimiento. Pero ha sido infructuoso. Para ello me he auxiliado de otra mujer, maravillosa y entrañable amiga que desde hace años hace lo mismo que la “misteriosa mujer” que ando buscando. Mi amiga se llama Adriana Cao Romero, y, además de ser una música extraordinaria (arpista jarocha: y toda mujer que toca un arpa me parece un milagro, una metáfora viviente), es médico también, concretamente dentista, y desde hace años ella, también, colecciona libros dedicados por sus autores para los niños que asisten a su clínica odontológica, de modo que su sala de estar, o de espera, está lleno de ejemplares coloridos y simpáticos que los escritores han dedicado a sus pacientes. Es decir, Adriana Cao hace, lo mismo que la “misteriosa mujer” de los niños con gafas. Entonces, Adriana se ha convertido en mi ayudante todo este tiempo para encontrarla, pero ha sido infructuoso. A cambio, prometí a Adriana escribir otro libro para ella (“El libro de los niños que le temen al dentista”, que, por cierto, ya está escrito).
En fin, por eso ahora estoy pidiendo ayuda pública a través de Facebook, porque “El libro de los niños que usan gafas” saldrá publicado, al fin, en México, cumplirá su función (llegar a las manos y los ojos y la cabeza y el corazón de todos esos pequeños que son pacientes de oftalmología), intentar ayudarlos, pero yo no quiero, no quisiera, que se edite sin la merecida dedicatoria a la mujer que lo inspiró, que me puso “el pie forzado”.

Así que espero que esta nota, este último esfuerzo, sea el definitivo. Que la encontremos entre todos y me escriba.
Por lo pronto, a quienes han tenido la paciencia de leer esta anécdota, les regalo como anticipo algunos poemas del libro, como un aperitivo que espero que disfruten:



EL LIBRO DE L@S NIÑ@S QUE USAN GAFAS


Presentación
EnCuba le llamamos “espejuelos”
alo que en España llaman “gafas”
yque los mexicanos llaman “lentes”:
ventanasauxiliares de la cara.
Hayespejuelos para ver de cerca.
Hayespejuelos para ver de lejos.
Hayespejuelos de cristales finos.
Hayespejuelos de cristales gruesos.
Hayespejuelos de armaduras blancas.
Hayespejuelos de armaduras negras.
Hayespejuelos para la lectura.
Hayespejuelos para sol y arena.
Losniños que llevamos espejuelos
dicenque parecemos elegantes.
Lasniñas que llevamos espejuelos
parecemos,incluso, intelectuales.
Gafas,lentes, espejuejos,
anteojos,antiparras:
ojossobre nuestros ojos,
vistasobre la mirada.
Estrabismo,astigmatismo,
miopía,no veo nada.
Cierraun ojo y abre el otro:
¿quéletra ves?, ¿qué palabra?
Espejuejos,anteojos,
antiparras,lentes, gafas.
Quéimporta qué forma tienes,
quéimporta cómo te llamas.
Yosolo sé que ya eres
miamiga, señora Gafas,
SeñorLente o Espejuelos,
antiguadoña Antiparras.
Hablandocon Anteojos
aprendínuevas palabras.
¡Mamá,pon dos platos más,
queahora somos más en casa!
Raúl,Ángel y Oscar se miden la vista
Cuandolos llevaron
amedir su vista
losniños estaban
nervioso-felices.
¿Quévocal es esta?
¿Yesta consonante?
¿Quépalabra es esta?
¿Yahora aquí, qué dice?
Ytodos rieron
masno por las letras,
sinopor los “gafas”
queusan en las pruebas.
¿Mamá,por qué son tan toscas?
¿Mamá,por qué son tan feas?
Gafastan extrañas
queel niño protesta.
Gafastan extrañas
queprovocan quejas.
Mamá,el oculista
tienemuy mal gusto.
Quítameesta cosa:
¡quérisa, qué susto!
Lasgafas que usan
enel oculista
envez de lograr
queel paciente asista
conganas, con gracia,
felizy optimista,
espantanal niño
ya la niña lista
quetiene buen gusto
aunquemala vista.
Mamá,dile al médico,
siya terminó,
sisabe qué letras
veoy cuáles no,
queusaré las gafas
queme recetó,
queusaré las gafas
quediagnosticó,
peroque en las pruebas
deopto-qué-se-yo
laspróximas gafas
¡lasdiseño yo!
Lentesredondos
Todoslos niños que usamos
lentesredondos
vemostodas las cosas
conbuenos ojos.
Paralos que llevamos
gafasredondas
sontambién circulares
todaslas cosas.
Lascasas, las calles,
lasmariposas,
loslibros, los taxis,
elpan, las gorras,
losperros, los carros,
lascantimploras,
lospostes, las pastas,
laszanahorias,
laluz, el agua,
elaire, las horas:
todaslas cosas tienen
formaredonda.
Québuenas gafas,
québuenos ojos:
todoperfecto,
todoredondo.
Québuenas lentes,
perfectotodo.
¡Pornada cambio
misnuevos ojos!
Gafas cuadradas
Mecompraron unas gafas
conlos cristales cuadrados
yla pasta negra
ylos vidrios blancos
yla transparencia
delos hombres sabios
yel tamaño justo
yel puente elevado,
unasgafas, vaya,
deniño al cuadrado.
Desdeque las llevo
parezcomás sabio.
Desdeque las llevo
parezcomás alto.
Desdeque las llevo
parezcomás sano.
Desdeque las llevo
parezcosimpático.
Hastame parece
máspequeño el patio.
Hastame sonríe
lahermana de Pablo.
Hastapapá viene
felizdel trabajo.
Hastamamá besa
conmás de dos labios.
Sonmis nuevas gafas
ventanalesaltos
porlas que me asomo
ala vida a diario.
Lasgafas sin patas
Lasgafas del abuelo
notienen patas.
Lespone un cordel
yse las ata.
Lespone una liga
ylas amarra.
Aveces incluso
noles pone nada
ylleva el Abuelo
alaire al gafas.
Cuandole pregunto
cómolas agarra
porqué no se caen,
porqué así trabaja,
elabuelo ríe
casia carcajadas
ydice que sus gafas se sostienen
conla fuerza que él tiene en la mirada.
———————————————————————–
NOTA: El libro será editado por el Consejo Editorial de la Administración Pública del Estado de México.