"Uno de los mejores narradores cubanos de la hora presente"
(Juan Bonilla)

Del Blog de Díaz-Pimienta

nov
19
Como todos sabemos, la décima es una estrofa clásica formada por diez versos octosílabos con una estructura que responde al esquema abbaaccddc. Como todos sabemos, la poesía beat (y el movimiento o generación beat), es el nombre con que ha trascendido cierta literatura estadounidense de mediados y segunda mitad del siglo XX, que dotó al universo poético de este país (y del mundo) de obras trascendentales, conformadas por novelas y poemas con una estética bien definida, signada por el crudo canto a lo cotidiano y al ambiente citadino, decadente y fugaz de la convulsa sociedad de San Francisco y Nueva York en esa época. Pues bien, para este libro hemos creado una nueva estrofa, la décima beat, que conserva la estructura isométrica y consonántica de la clásica estrofa española, pero que a su vez hace suyos el tono áspero, el aire de libertad y de rebeldía estéticas (con versos de largo aliento y estilo narrativo), de las obras de Jack Kerouac, Allen Ginsberg, William Burroughs, Peter Orlovsky y otros poetas beats. Pero ojo: también encontrarán aquí el aire transgresor de un Vladímir Mayakovski o de un Yevgueni Yevtushenko (nada casual, por cierto), y la poética subversiva y liberadora de un Virgilio Piñera. No digo más. Que lo disfruten.
MIRADAS

En las calles de la ciudad donde nací (La Habana) las muchachas jóvenes tienen algo que no tienen la mayoría de las jóvenes que he conocido en otras ciudades:

cuando un hombre las mira directo a los ojos le sostienen la mirada con tal honestidad que quien las mira termina creyéndose que fueron ellas quienes lo han mirado.

Es algo, creo yo, relacionado con la cantidad de lluvia que cae en los veranos, o con la verticalidad de las palmas que pululan en las calles de El Vedado,

algo endémico, autóctono, un sello identitario más, un argumento que yo no sé por qué nuestros políticos no usan para hablar de los atractivos de la isla y sus bondades.

Lo curioso es que esa misma “honestidad óptica”, por llamarla de alguna manera, esa limpieza en el mirar, las mujeres la pierden cuando dejan de tener esas edades.

Es raro pero ocurre, lo tengo comprobado y me molesta de cierta forma, porque es como si fueran otras al dejar de esconderse tras el velo feliz de las hormonas.

La solución que han encontrado las más listas es llevar gafas de sol, esos cristales oscuros tras los que se esconden, hasta que uno no sabe si son afiches o personas.

Yo me quedo durante horas mirándolas pasar indiferentes e intentando romper con la vista esos modernos cinturones de castidad que todas llevan en la cara.

Mas ya estoy mayor, demasiado mayor, lo más que logro es que me digan la hora cuando les pregunto o que me pidan fuego (yo no fumo) o que me midan ellas con la misma vara,

aunque por suerte siempre pasa una joven, púber, adolescente, que se queda mirándome como si fuese la solución a su próximo examen, y yo caigo en la lona.

LECCIÓN DE ECONOMÍA

Hace años que el costo de la vida en La Habana es insufrible para la mayoría de sus habitantes,
años que nadie lee el Granma ni ve noticias en la tele porque la realidad es diferente.

Entre el poder adquisitivo y el salario promedio hay un abismo, bien lo sabe aquella adolescente

que se ríe a mandíbula ventana en cuanto sus padres le hablan sobre lo buena que era la vida de antes.

Eso que llaman “producto interno bruto” del país ha servido de inspiración a algunos comediantes,

pero los chistes fáciles (y estos son fáciles) siempre me han parecido una ofensa a nuestra inteligencia,

así que, serio, me siento a contar guaguas como el que cuenta olas en una terapia contra la impaciencia

y cuando voy por quince pasan unas jóvenes de unos quince años bebiendo noche a pico de botella

y yo, perrito de Pávlov, observo a una y no contengo las ganas de irme a beber noche junto a ella,

pero saco la cartera y es muy alto el precio de la noche para alguien que ya no está en la adolescencia.

DÉCIMAS BEATS PARA LIGAR MUCHACHAS JÓVENES “SIN LA AYUDA DESINTERESADA DE LA UNIÓN SOVIÉTICA”

para Claudia Acevedo

Siendo adolescente, a mediados de los años ochenta, las muchachas más bellas con las que compartía clases y bailes siempre estaban enamoradas de sus profesores.

En esa época empezó, secretamente, la “tembofilia” de las adolescentes y el “lolitismo” de los adultos, una actitud nabokoviana hasta entonces mal vista.

El caso es que todas aquellas niñas comestibles, púberes, a las que el sexo les olía a naranja y se pintaban los labios con el color de la bandera comunista

actuaban como absolutas criminales con sus congéneres del sexo contrario, que teníamos que conformarnos con las anécdotas soeces de sus educadores.

En realidad, no eran soeces los comentarios, sino burlescos, con ese tono de burla compasiva que solo son capaces de lograr ciertas personas mayores.

Yo estaba loco por llegar a esta edad en la que la mayoría de los hombres exhibimos “barriguitas de casado”, según ciertas ninfas preocupadas por la estética.

Una edad en que la mezcla de vigor y experiencia constituyen un cóctel explosivo en el imaginario transgresor de jóvenes que separan el placer de la ética.

Y aquí estoy ahora, yo, como un auténtico “pureta”, un “temba”, un “cuarentón interesante”, un vulgar “papirriqui” en el argot actual de las Odalys y de las Yunis-locas,

esas jóvenes extrovertidas, poseídas por el don de la locuacidad, que caminan como si tuvieran dos ombligos y ríen como si tuvieran varias bocas,

un tipo de mujeres nacidas en La Habana (la Moscú del Caribe), a las que uno les gustaría conquistar, pero “sin la ayuda desinteresada de la Unión Soviética”.

II

Decidido a ligar a una de estas Lolitas “sin la ayuda desinteresada de la Unión Soviética” comencé a darle protagonismo a mi Yo más canalla y cartesiano.

Recordé cómo actuaban los profesores del preuniversitario y la Cujae cuando yo era un joven flaco y con patillas, y mis amigas unos panes con faldita corta.

Pero ya saben lo que dice la sabiduría popular (aunque en otros contextos), algo fácilmente aplicable a esta exacta situación: que “el tamaño sí importa”;

de poco me ha servido posar ante estas “odalyscas” del siglo veintiuno con herramientas del veinte, pues ellas parecen mayores que yo, lo saben todo de antemano.

Las jóvenes de hoy son hippies sin tener que escaparse de casa o ser militantes de la contracultura, son unas simone-frida-woolf eternamente en ropa de verano.

Y cuando esgrimo mi necesidad de equilibrar sexo y amor (lo más heavy que se me ocurre en estas circunstancias), ellas me hablan del “sexo platónico” y del amor carnal.

Lo de “sexo platónico” me parece un hallazgo, pero a ellas les parece gracioso lo de hallazgo y me miran como si no supieran si soy animal o vegetal.

Entonces yo pongo cara de alumno de Grotowski, vestido de negro, para que no interpreten mal mi desnudez ni mis protuberancias tan indisimulablemente adultas.

Y ellas me sacan la lengua con un gesto infantil, se muerden los labios con un gesto muy adulto, y se me acercan y se me alejan con un gesto de claras intenciones ocultas,

mientras yo busco algún soldado ruso, mejor dicho soviético, que me enseñe a romper el cerco a Stalingrado si el enemigo usa el arma secreta del deseo sexual.

III

Porque un “temba” que ejerce bien de “temba” no debe caer en esos tópicos de las discotecas, el alcohol, el cine porno y otros trucos tan mal vistos a ciertas edades.

Nabokov no es Humbert Humbert como Adrian Lyne no es Jeremy Irons ni Irons es Humbert Humbert, del mismo modo que todas las Lolitas que sueñan ser Lolita no son como Lolita.

A esto unos le llaman concupiscencia, otros lujuria, otros lascivia, o calentura o apetito venéreo o “titimanía”, mas yo lo llamo el síndrome del “quita-quita”;

o lo llamo por su nombre científico: “Poetijuvenilia” adquirida de carácter benigno, clasificada así en el Expediente Equis de las enfermedades

y reconozco (debo reconocer), admito (debo admitir), sin que vean jactancia en esta afirmación, que yo he sido asediado durante muchos meses en varias ciudades

por jóvenes amantes de la poesía que actúan como amantes de la prosa en un claro adulterio emocional que no existía antes en este lado del Telón de Acero.

Y claro, uno está mayor, y están clarísimos sus puntos débiles y lo del equilibro entre fondo y contenido y “el carácter irreversible de la historia, ¡compañero!”

Así que al enemigo “ni un tantico así”; por eso cuando me emocionan las púberes condescendientes con los “tembas” dedicados a los músculos de la literatura

me protejo y me refugio en la distancia que dan los libros gruesos (no los buenos, los gruesos), y disfruto a plena conciencia de la parte adolescente de una mujer madura

que no entiende qué tiene que ver la Unión Soviética con mi manera de abrazarla, quitarle la ropa, evocar nuestras adolescencias respectivas y decir “te quiero”.


ARTE POÉTICA Y FINAL

                                               para Roly Ávalos, otra vez

Según mi sobrino, el poeta Roly Ávalos, estos poemas tienen un “amargo y nostálgico tono crítico al sistema y las influencias y flatulencias del pasado”.

Lo de las “influencias y flatulencias del pasado” me ha gustado muchísimo, concretamente, me interesa ese concepto tan personal de “flatulencias influyentes”.

Lo del pasado puede ser discutible. Por eso siempre digo que los poemarios crípticos solo deben ser leídos por poetas sensibles o muy inteligentes.

Lo de “amargo” y “nostálgico”, dichas estas palabras a la vez por un poeta de su edad, demuestra que aún quedan ciertas esperanzas, que, pese a todo, no todo está ganado.

Dígole: estos poemas no son poemas, son raros textos que he bautizado como décimas beats, una mezcla de géneros, un auténtico ornitorrinco literario.

Décima, prosa poética, microrrelato a veces, poesía ensayística, ensayo en verso y algo de crónica: los limpios reportajes del dirty realism necesario.

Porque, ¿a quién hacen falta tantas definiciones y para qué?, me pregunto yo y debe preguntarse el joven poeta Roly Ávalos, ¿quién necesita de tantas etiquetas?

¿La Habana es una isla dentro de una isla?, como dicen algunos, ¿La Habana es la ciudad sin puertas ni ventanas que vive defendida por los catéteres y por las libretas?

¿Y por qué “amargos”?, ¿“nostálgicos” de qué?, ¿y qué tipo de mala digestión o alimento ideológico nos llega desde el pasado hasta convertir el pre-siempre en flatulento?

¿Un “tono crítico al sistema”? ¿A qué sistema? ¿De verdad hacen falta eufemismos sistémicos? Dígole: ¡ojo! Toda arte poética es un ejercicio de amaneramiento.
Dicho esto, lo peor que le pueda pasar a la poesía es que las chicas jóvenes, ahora que ya no existe la Unión Soviética, no les sirvan de excusa a los poetas.
nov
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Como todos sabemos, la décima es una estrofa clásica formada por diez versos octosílabos con una estructura que responde al esquema abbaaccddc. Como todos sabemos, la poesía beat (y el movimiento o generación beat), es el nombre con que ha trascendido cierta literatura estadounidense de mediados y segunda mitad del siglo XX, que dotó al universo poético de este país (y del mundo) de obras trascendentales, conformadas por novelas y poemas con una estética bien definida, signada por el crudo canto a lo cotidiano y al ambiente citadino, decadente y fugaz de la convulsa sociedad de San Francisco y Nueva York en esa época. Pues bien, para este libro hemos creado una nueva estrofa, la décima beat, que conserva la estructura isométrica y consonántica de la clásica estrofa española, pero que a su vez hace suyos el tono áspero, el aire de libertad y de rebeldía estéticas (con versos de largo aliento y estilo narrativo), de las obras de Jack Kerouac, Allen Ginsberg, William Burroughs, Peter Orlovsky y otros poetas beats. Pero ojo: también encontrarán aquí el aire transgresor de un Vladímir Mayakovski o de un Yevgueni Yevtushenko (nada casual, por cierto), y la poética subversiva y liberadora de un Virgilio Piñera. No digo más. Que lo disfruten.
MIRADAS

En las calles de la ciudad donde nací (La Habana) las muchachas jóvenes tienen algo que no tienen la mayoría de las jóvenes que he conocido en otras ciudades:

cuando un hombre las mira directo a los ojos le sostienen la mirada con tal honestidad que quien las mira termina creyéndose que fueron ellas quienes lo han mirado.

Es algo, creo yo, relacionado con la cantidad de lluvia que cae en los veranos, o con la verticalidad de las palmas que pululan en las calles de El Vedado,

algo endémico, autóctono, un sello identitario más, un argumento que yo no sé por qué nuestros políticos no usan para hablar de los atractivos de la isla y sus bondades.

Lo curioso es que esa misma “honestidad óptica”, por llamarla de alguna manera, esa limpieza en el mirar, las mujeres la pierden cuando dejan de tener esas edades.

Es raro pero ocurre, lo tengo comprobado y me molesta de cierta forma, porque es como si fueran otras al dejar de esconderse tras el velo feliz de las hormonas.

La solución que han encontrado las más listas es llevar gafas de sol, esos cristales oscuros tras los que se esconden, hasta que uno no sabe si son afiches o personas.

Yo me quedo durante horas mirándolas pasar indiferentes e intentando romper con la vista esos modernos cinturones de castidad que todas llevan en la cara.

Mas ya estoy mayor, demasiado mayor, lo más que logro es que me digan la hora cuando les pregunto o que me pidan fuego (yo no fumo) o que me midan ellas con la misma vara,

aunque por suerte siempre pasa una joven, púber, adolescente, que se queda mirándome como si fuese la solución a su próximo examen, y yo caigo en la lona.

LECCIÓN DE ECONOMÍA

Hace años que el costo de la vida en La Habana es insufrible para la mayoría de sus habitantes,
años que nadie lee el Granma ni ve noticias en la tele porque la realidad es diferente.

Entre el poder adquisitivo y el salario promedio hay un abismo, bien lo sabe aquella adolescente

que se ríe a mandíbula ventana en cuanto sus padres le hablan sobre lo buena que era la vida de antes.

Eso que llaman “producto interno bruto” del país ha servido de inspiración a algunos comediantes,

pero los chistes fáciles (y estos son fáciles) siempre me han parecido una ofensa a nuestra inteligencia,

así que, serio, me siento a contar guaguas como el que cuenta olas en una terapia contra la impaciencia

y cuando voy por quince pasan unas jóvenes de unos quince años bebiendo noche a pico de botella

y yo, perrito de Pávlov, observo a una y no contengo las ganas de irme a beber noche junto a ella,

pero saco la cartera y es muy alto el precio de la noche para alguien que ya no está en la adolescencia.

DÉCIMAS BEATS PARA LIGAR MUCHACHAS JÓVENES “SIN LA AYUDA DESINTERESADA DE LA UNIÓN SOVIÉTICA”

para Claudia Acevedo

Siendo adolescente, a mediados de los años ochenta, las muchachas más bellas con las que compartía clases y bailes siempre estaban enamoradas de sus profesores.

En esa época empezó, secretamente, la “tembofilia” de las adolescentes y el “lolitismo” de los adultos, una actitud nabokoviana hasta entonces mal vista.

El caso es que todas aquellas niñas comestibles, púberes, a las que el sexo les olía a naranja y se pintaban los labios con el color de la bandera comunista

actuaban como absolutas criminales con sus congéneres del sexo contrario, que teníamos que conformarnos con las anécdotas soeces de sus educadores.

En realidad, no eran soeces los comentarios, sino burlescos, con ese tono de burla compasiva que solo son capaces de lograr ciertas personas mayores.

Yo estaba loco por llegar a esta edad en la que la mayoría de los hombres exhibimos “barriguitas de casado”, según ciertas ninfas preocupadas por la estética.

Una edad en que la mezcla de vigor y experiencia constituyen un cóctel explosivo en el imaginario transgresor de jóvenes que separan el placer de la ética.

Y aquí estoy ahora, yo, como un auténtico “pureta”, un “temba”, un “cuarentón interesante”, un vulgar “papirriqui” en el argot actual de las Odalys y de las Yunis-locas,

esas jóvenes extrovertidas, poseídas por el don de la locuacidad, que caminan como si tuvieran dos ombligos y ríen como si tuvieran varias bocas,

un tipo de mujeres nacidas en La Habana (la Moscú del Caribe), a las que uno les gustaría conquistar, pero “sin la ayuda desinteresada de la Unión Soviética”.

II

Decidido a ligar a una de estas Lolitas “sin la ayuda desinteresada de la Unión Soviética” comencé a darle protagonismo a mi Yo más canalla y cartesiano.

Recordé cómo actuaban los profesores del preuniversitario y la Cujae cuando yo era un joven flaco y con patillas, y mis amigas unos panes con faldita corta.

Pero ya saben lo que dice la sabiduría popular (aunque en otros contextos), algo fácilmente aplicable a esta exacta situación: que “el tamaño sí importa”;

de poco me ha servido posar ante estas “odalyscas” del siglo veintiuno con herramientas del veinte, pues ellas parecen mayores que yo, lo saben todo de antemano.

Las jóvenes de hoy son hippies sin tener que escaparse de casa o ser militantes de la contracultura, son unas simone-frida-woolf eternamente en ropa de verano.

Y cuando esgrimo mi necesidad de equilibrar sexo y amor (lo más heavy que se me ocurre en estas circunstancias), ellas me hablan del “sexo platónico” y del amor carnal.

Lo de “sexo platónico” me parece un hallazgo, pero a ellas les parece gracioso lo de hallazgo y me miran como si no supieran si soy animal o vegetal.

Entonces yo pongo cara de alumno de Grotowski, vestido de negro, para que no interpreten mal mi desnudez ni mis protuberancias tan indisimulablemente adultas.

Y ellas me sacan la lengua con un gesto infantil, se muerden los labios con un gesto muy adulto, y se me acercan y se me alejan con un gesto de claras intenciones ocultas,

mientras yo busco algún soldado ruso, mejor dicho soviético, que me enseñe a romper el cerco a Stalingrado si el enemigo usa el arma secreta del deseo sexual.

III

Porque un “temba” que ejerce bien de “temba” no debe caer en esos tópicos de las discotecas, el alcohol, el cine porno y otros trucos tan mal vistos a ciertas edades.

Nabokov no es Humbert Humbert como Adrian Lyne no es Jeremy Irons ni Irons es Humbert Humbert, del mismo modo que todas las Lolitas que sueñan ser Lolita no son como Lolita.

A esto unos le llaman concupiscencia, otros lujuria, otros lascivia, o calentura o apetito venéreo o “titimanía”, mas yo lo llamo el síndrome del “quita-quita”;

o lo llamo por su nombre científico: “Poetijuvenilia” adquirida de carácter benigno, clasificada así en el Expediente Equis de las enfermedades

y reconozco (debo reconocer), admito (debo admitir), sin que vean jactancia en esta afirmación, que yo he sido asediado durante muchos meses en varias ciudades

por jóvenes amantes de la poesía que actúan como amantes de la prosa en un claro adulterio emocional que no existía antes en este lado del Telón de Acero.

Y claro, uno está mayor, y están clarísimos sus puntos débiles y lo del equilibro entre fondo y contenido y “el carácter irreversible de la historia, ¡compañero!”

Así que al enemigo “ni un tantico así”; por eso cuando me emocionan las púberes condescendientes con los “tembas” dedicados a los músculos de la literatura

me protejo y me refugio en la distancia que dan los libros gruesos (no los buenos, los gruesos), y disfruto a plena conciencia de la parte adolescente de una mujer madura

que no entiende qué tiene que ver la Unión Soviética con mi manera de abrazarla, quitarle la ropa, evocar nuestras adolescencias respectivas y decir “te quiero”.


ARTE POÉTICA Y FINAL

                                               para Roly Ávalos, otra vez

Según mi sobrino, el poeta Roly Ávalos, estos poemas tienen un “amargo y nostálgico tono crítico al sistema y las influencias y flatulencias del pasado”.

Lo de las “influencias y flatulencias del pasado” me ha gustado muchísimo, concretamente, me interesa ese concepto tan personal de “flatulencias influyentes”.

Lo del pasado puede ser discutible. Por eso siempre digo que los poemarios crípticos solo deben ser leídos por poetas sensibles o muy inteligentes.

Lo de “amargo” y “nostálgico”, dichas estas palabras a la vez por un poeta de su edad, demuestra que aún quedan ciertas esperanzas, que, pese a todo, no todo está ganado.

Dígole: estos poemas no son poemas, son raros textos que he bautizado como décimas beats, una mezcla de géneros, un auténtico ornitorrinco literario.

Décima, prosa poética, microrrelato a veces, poesía ensayística, ensayo en verso y algo de crónica: los limpios reportajes del dirty realism necesario.

Porque, ¿a quién hacen falta tantas definiciones y para qué?, me pregunto yo y debe preguntarse el joven poeta Roly Ávalos, ¿quién necesita de tantas etiquetas?

¿La Habana es una isla dentro de una isla?, como dicen algunos, ¿La Habana es la ciudad sin puertas ni ventanas que vive defendida por los catéteres y por las libretas?

¿Y por qué “amargos”?, ¿“nostálgicos” de qué?, ¿y qué tipo de mala digestión o alimento ideológico nos llega desde el pasado hasta convertir el pre-siempre en flatulento?

¿Un “tono crítico al sistema”? ¿A qué sistema? ¿De verdad hacen falta eufemismos sistémicos? Dígole: ¡ojo! Toda arte poética es un ejercicio de amaneramiento.
Dicho esto, lo peor que le pueda pasar a la poesía es que las chicas jóvenes, ahora que ya no existe la Unión Soviética, no les sirvan de excusa a los poetas.