"Uno de los mejores narradores cubanos de la hora presente"
(Juan Bonilla)

Del Blog de Díaz-Pimienta

 

Mi madre, Albertina Pimienta Campoalegre,
durante su primera comunión


I


Hoy he visto una foto de mi madre

haciendo la primera comunión

y qué vuelco me ha dado el corazón.

¡Esa es mi madre antes de ser mi madre! 


Hoy he visto una foto de mi madre

(una niña vestida de algodón)

y tenía mi cara —con perdón—:

soy una mala copia de mi madre.


Hoy he visto una foto de mi madre

cuando mi padre ni la conocía

ni sospechaba que iba a ser mi padre.


Qué emoción tan extraña y tan tardía. 

Hoy he visto una foto de mi madre.

¡Qué madre estoy en esa foto mía! 


II


Y pensar que esa niña creció un día,

se juntó con un niño y tuvo niños. 

Y esos niños después tuvieron niños

y esos otros tuvieron otra cría.


Y pensar que esa niña creció un día,

le cambiaron los chuches por corpiños

y el ciclo de las madres y los niños

repitiose con rara simetría.


Ahí está. Detenida en suave gesto. 

Qué mezcla de inocencia y nerviosismo.

Qué perfil maternal con nueve años. 


Esa es mi madre sin el tiempo puesto, 

antes de fabricar en su organismo 

ocho niños de todos los tamaños. 


III


Esa es mi madre. Y dan ganas de darle 

un tirón de la manga y salir juntos 

a jugar, a charlar de los asuntos 

que hablan los niños. Ganas de quitarle 


Ese disfraz de santa y regalarle 

Un balón, unas cartas, dos muñecas,

Y escapar de la iglesia haciendo muecas 

Ella y yo y mis hermanos. Enseñarle 


que tras la comunión hay pan con queso 

y mangos y bailable y mariposas. 

y jóvenes que matan por un beso. 


Dan ganas de enseñarle tantas cosas.

Dan ganas de sacarle de allí en peso. 

Las madres a esa edad se ven borrosas.



Alexis Díaz-Pimienta: improvisar soñando, despertar escribiendo.


Es de día. Estoy en El Diezmero, uno de los barrios de mi infancia, pero no sé cómo he llegado aquí. La famosa Garita del Diezmero ha desaparecido, pero hay una avenida muy ancha. Llega una guagua y es una Leyland gris plateada, con una especia de cenefa metálica dorada a todo lo largo. Me emociono y lo comento con mis hermanos mayores, Adriana y Raimundo. ¡Qué bueno que hayan recuperado las guaguas Leyland!, digo. Son las guaguas de mi infancia, pienso o digo en voz alta, no recuerdo bien. Me fijo en el número: 213. Qué curioso, pienso, esta ruta es la ruta que antes iba del Diezmero al Reparto La Cumbre, la guagua que tomaba cada mes para llevar a mi abuela a cobrar su chequera en Dolores. Pero hay algo falso en esta reflexión, o falso no, inexacto. La ruta 213 iba de 10 de octubre, pasando por Dolores, hasta La Cumbre, ida y vuelta, pero no llegaba ni pasaba por El Diezmero. No importa. Subo. Reconozco el ruido del motor, el temblor de las Leyland. Me emociono otra vez. La 213 está vacía como siempre. Yo llevo una maletica de viajes (tipo trolley) y no sé dónde ponerla. Finalmente, me siento. Pero a los pocos minutos Adriana me hace señas desde la calle para que baje. No sé cómo lo ha hecho, pero Adriana ya está en la calle, a muchos metros delante de la guagua. Es una calle que no tiene asfalto y hay mucho polvo. Yo me bajo a regañadientes, porque no reconozco el lugar, y me bajo sin maleta. Adriana me dice que no me preocupe, que tío Juan Antonio nos está esperando. Mi hermano Raimundo ya no está con nosotros y Adriana me haces señas desde lejos para que la siga. Curiosamente, ya la guagua Leyland no es una guagua Leyland, sino una carriola plateada y dorada. Yo le pregunto a Adriana: ¿y qué hago con la guagua? Y Adriana me responde: No te preocupes, tío Juan Antonio se la lleva. Tío Juan Antonio lleva más de veinte años muerto, pero en mi sueño está sin camisa (como siempre), con un vientre negro y durísimo y grandísimo, negro, pero más claro que el resto de su cuerpo: tío Juan Antonio era negro de cuerpo y mulato de vientre. Entonces, Adriana y yo hablamos en una esquina, miro a mi alrededor y me doy cuenta de que hemos llegado no al Diezmero ni a La Cumbre, sino a mi antigua casa de la antigua Isla de Pinos. Estoy en Nueva Gerona, frente a una casa pequeña de madera del Reparto Micons. Esta es la primera casa de mi infancia, la primera casa de la que tengo memoria. Me emociono otra vez. Sentados en el portal, como si estuvieran esperándome, hay dos músicos con sus instrumentos. Un tres y una guitarra. Son negros, los instrumentos no, los músicos. Uno de ellos, el del sombrero, se parece mucho a Pedro Sánchez, un viejo tresero negro que me acompañaba cuando yo era joven en La Habana. Lo destaco, porque no abundan los treseros negros. Ni los laudistas. Solo los recuerdo a Reynoso y él, en los años 80 y 90. Detrás de ellos, tímidas, , mis primas del Reparto La Cumbre me sonríen. Y junto a ellas, mi madre, que sonríe también.  “A ver si es verdad que tú improvisas… canta”, me dice el negro tresero parecido a Pedro Sánchez, sonriente. Oigo entonces el punto guajiro afinado “al aire”, un toque antiguo que me emociona aún más. Lloro, y no me sale la voz. Quiero cantar, pero no me sale la voz. Los músicos me dan dos, tres entradas… y al fin canto. 

En este trozo de suelo 
y esta casa de madera… 

Hago la pausa típica de la tonada libre o vueltabajera, miro a mi hermana Adriana que está tan emocionada como yo, escuchándome. “Pero no llores, tonto”, me dice. Cierra la música y repito los dos primeros versos:

En este trozo de suelo 
y esta casa de madera 

y luego añado, para completar y cerrar la primera redondilla:

jugaba yo cuando era
solamente un pequeñuelo.

Las Lágrimas no me impiden ver la emoción de los músicos. Y a mis primas y mi madre que aplauden. Cierra la música otra vez, e improviso un  puente del tipo llamado “en dos pasos” (bueno, llamado así por mí: cuando en lugar de un verso hexadecasílabico –16 sílabas continuas– el poeta crea dos versos octósilabos simples, y los suma): 

Ya se me ha caído el pelo.
Ya tengo los sueños rotos.

Vuelva la música, vuelve el cierre musical, y remato con una perfecta redondilla de cierre, encabezada por un inequívoco codo sintáctico (“pero”), que cumple la función del tren de aterrizaje: avisa a todos de que ya viene el remate. Digo entonces, contemplando a varios vecinos que se han ido acercando y a mi hermana y a mi madre y a mis primas y a los músicos, a todos:


Pero hay tantos alborotos
y vecinos  dando vueltas
que tengo lágrimas sueltas 
emborronando mis fotos.

Sin duda, una excelente décima improvisada. Otra excelente décima improvisada en sueños. Y lo digo no porque haya sido yo, porque en el fondo no he sido yo, yo estaba dormido, ha sido mi cerebro. Mi cerebro ha logrado improvisar, despierto él mientras yo estaba dormido, una décima con mucha técnica, con movimientos binarios perfectos (es estructura hexadecasilábica, excepto el puente), con el grado de interiorización como recurso literario, décima vivencial, autobiográfica. Qué listo mi cerebro. Ha hecho una décima que arranca lágrimas al personaje poemático que soy yo en mi propio sueño, pero también lágrimas y aplausos a toda la familia, a todos mis vecinos. Mi tío Juan Antonio se acerca y me abraza. Los músicos sonríen. Y entonces yo, despierto. 

Es lunes 5 de abril de 2021. Y al despertarme, solo, en Sevilla, como es ya acostumbre en mí, tomo el teléfono móvil para ponerme a escribir los primeros versos que vienen a mi mente. Es un buen ejercicio, entre la escritura automática y la improvisación escrita. A veces salen décimas, a veces sonetos, a veces verso libre, a veces una oración o un párrafo para novela o cuentos, a veces versos sueltos, ideas, nada serio. Comienzo a escribir y en ese momento no me acuerdo del sueño, no recuerdo, aún, que he soñado que improvisaba, ni la décima. Comienzo a escribir poemas breves (micropoemas), pensando en mi libro Zona Wi-Fi, que tiene una primera parte intitulada “Poemas muy breves de títulos muy largos”. Y nacen estos (aún sin títulos):

Primer poema:

Abro un ojo.
Lo cierro.
Abro el otro.
Lo cierro.
Y con los ojos cerrados 
miro el reloj.
¿Despierto?


Segundo poema:

Hay millones de móviles.
Hay millones de personas 
con teléfonos móviles.
Hay millones de seres inmóviles 
que llevan una fábrica de soledad
en el bolsillo.

Tercer poema:

Me encantan las camas 
con muchas almohadas.
Tan blancas y tan blandas.
Tan grandes.
Me dan la misma sensación 
de una bañera llena de espuma.
Me duermo sumergido en falsa agua.
Vuelvo a ser pez.
Feliz. 


Estas son, en realidad, ideas recuperadas de la noche anterior, cuando el sueño me venció y me impidió escribirlas, desarrollarlas. Pero ideas que estaban ya en mi “disco duro”. Me encanta este juego de contención que es la micropoesía. Y me encanta el trasiego creativo que me traigo entre vigilia y sueño, entre “despiertavela” y duermevela. Pues bien, solo tras escribir el tercer micropoema recordé el sueño recién soñado y me dije a mí mismo: “tengo que contarlo”, o sea, que tenía que intentar recuperar la décima. 

Para poder recuperarla, entonces, cierro los ojos y evoco la emoción. Las lágrimas. Y lo primero que hago es poner en práctica uno de los ejercicios de mi método para la enseñanza de la improvisación: “tirar de la rima-baliza”. Tomo como baliza de los versos las rimas  consonantes y tirando de la rimas podré ir armando la décima, apoyado en la estructura fija (abbaaccddc) y el poder atractor de las palabras.

Conocedor de la estructura, yo sé que cada rima me irá llevando a sus parejas. Pero ni siquiera me hizo falta esto. Me llegaron de golpe los dos primeros versos: En este trozo de suelo / y esta casa de madera. Y ahora sí, la rima “suelo” me llevó a la rima “pequeñuelo” y la palabra “pequeñuelo” (tetrasílaba) me ayudó a completar en mi memoria el posible cuarto verso “cuando yo era pequeñuelo”. Pero no. Enseguida me di cuenta de que este no era, no exactamente, porque la palabra “era” la necesitaba como rima para el tercer verso, para rimas con “madera”. ¿Entonces? Entonces descubrí el encabalgamiento: si el verbo “era” lo usaba como rima 3b, quiere decir que había encabalgado los versos 3b/4a, hasta terminar en “pequeñuelo”. Y gracias a esto descubrí –o me llegó a la memoria–  el complemento del siguiente verso: “solamente un”, de manera que ya tenía al menos la rima 3c y el verso 4a íntegro:

…………………….. era
solamente un pequeñuelo.

La sintaxis hizo el resto. Ya tenía los versos 1a, 2b  y 4a, íntegros, más la rima 3b (“era”), que empalmaba con  el verso 2b terminado en “madera”. Entonces, no me fue difícil hallar las otras piezas léxicas para completar un verso “sintácticamente pertinente”: “jugaba yo cuando era”. Y así recuperé la primera redondilla completa.

En este trozo de suelo 
y esta casa de madera 
jugaba yo cuando era
solamente un pequeñuelo.

Luego, la rima “pequeñuelo” me llevo directamente a la rima “pelo” y la rima “pelo” tiró de mi memoria para reconstruir un octosílabo perfecto y musical: Ya se me ha caído el pelo.

Y aquí dudé de cómo seguía la décima. Solo recordaba que el importante verso 10c (el pie forzado) terminaba con la rima “otos”. O sea, que mi verso final, el décimo, rimaba en “otos”. Pensé: ¿Fotos, rotos, remotos, alborotos? Recordé, entonces (todo esto en segundos), que “alborotos” era la rima del séptimo verso, no del final, ni del puente. Y por oficio y técnica, sabía que de todas las rimas posibles la rima más feliz, la mejor para el remate estaba entre “rotos” y “fotos”, casi mejor esta segunda (un sustantivo siempre tiene más peso léxico-semántico que un adjetivo). Pero, si había usado “rotos” como rima, ¿rotos qué?, me dije. Y apareció como por arte de magia el sintagma adjetival “sueños rotos”, un sintagma manido, sí, bastante manoseado, pero que renacía y se usaba bien en cada poema. Y algo me dijo en mi interior —oficio, técnica, experiencia— que “sueños rotos” lo había usado en el puente, no en el final, como rima 6c. Y así me llegó (recordé) el sexto verso completo, apoyado en el recurso anafórico, que me lo puso fácil: Ya tengo los sueños rotos.

Y más fácil aún me fue encontrar (recordar, recuperar) el verso 7c, porque ya sabía que tenía en él la palabra-rima “alborotos” (tetrasílaba), y que, verso 7 al fin y al cabo —más técnica, más oficio—era muy probable que lo hubiera empezado por un codo sintáctico (pero). Así que ya tenía más del 70 % del verso completo:

Pero……….. alborotos…

Y no me fue nada difícil completarlo:

Pero hay tantos alborotos…


Por supuesto, las rimas “rotos” y “alborotos” ya me habían delatado que la rima final, la más pertinente para verso de cierre, era la rima “fotos”. Por eso el resto fue fácil. Inmediatamente, supongo que por el contexto lingüístico y situacional, recordé  mi llanto y el sintagma “lágrima sueltas”. Y “lágrimas sueltas” me hizo recordar el uso del sintagma “dando vueltas” como rima. Así que ya tenía memorizado casi todo el final, casi toda la segunda redondilla, a saber:

Pero hay tantos alborotos 
………………….dando vueltas
…………………lágrimas sueltas 
………………………….. mis fotos.

Y el oficio hizo el resto, completándome los versos con los sintagmas más pertinentes para que hubiera una segunda redondilla equilibrada, contundente, emotiva. a Saber: “y vecinos” (8d), “que tengo” (9d) y “emborronando” (10c), de forma que quedó la redondilla de este modo:

Pero hay tantos alborotos 
y vecinos  dando vueltas
que tengo lágrimas sueltas 
emborronando mis fotos.

Y ya no recuerdo cómo siguió el sueño. No recuerdo si los vecinos aplaudieron más o lloraron rieron, si mis primas me abrazaron, si mi madre fue feliz, si mi hermana sonrió, como siempre, si apareció otra vez mi hermano Raimundo, que había desaparecido en el sueño, si regresó tío Juan Antonio después de haber aparcado mi carriola Leyland, o si volvió con ella, para que sus sobrinos regresáramos a La Habana, a la realidad, al presente del sueño. Solo sé que otra vez mi cerebro lo hizo: improvisar en sueños. Y otra vez yo lo he hecho: analizar en la vigilia la décima soñada.

Ya pasado el subidón emocional del ejercicio, creo que contribuyó a que este sueño fuera posible el hecho de que ayer, domingo 4 de abril de 2021, impartí las dos primeras clases online de mi “Decimódromo permanente”, en Academia Oralitura, y que durante casi cuatro horas estuve enseñando a improvisar a un grupo pequeño de quince alumnos. Y en esas primeras clases, en las que les hice un test de improvisación y otro de décima escrita, una de las verdades que más repetí fue que ellos tenían que lograr una separación entre el improvisador y el cerebro. Intenté convencerlos (y demostrarles) de que ellos no improvisan, pero su cerebro sí. Que la única manera de improvisar bien era dotar al cerebro de todas las herramientas, reglas, estrategias y técnicas de la improvisación, y luego confiar en él, dejarlo improvisada solo. Que solo cuando el cerebro es el que lleva “las llaves del coche”, les dije, y conduce él por las autovías del idioma, el improvisador llega a un estado de éxtasis creativo que lo libera y congratula. Y es entonces cuando logra eso que algunos llaman “entrar en trance”. Entonces, creo que el haberme acostado con tal nivel de excitación académica, lo que provoca en mí la enseñanza de la improvisación, contribuyó a que una vez conseguido el sueño profundo pasase lo que pasó: que llegara yo a mi infancia, a mis tres barrios (El Diezmero, La Cumbre, Micons), a mi familia, y al niño repentista que fui hace tantos años, y que volviese a improvisar frente al porche de madera de mi casa pinera (pinera y pionera y primera, todo con rimas, algo muy sintomático y simpático: rimado también). Al menos eso creo.

Por último: hace pocos días murió en Cuba, con 101 años, el viejo Melecio, una leyenda del punto guajiro en la antigua Isla de Pinos, la actual Isla de la Juventud. Y un periodista cubano me pidió por Facebook que le escribiera unas décimas de despedida, sabiendo, porque lo he contado varias veces en prensa, mi relación de niño con Melecio y con su Peña. La Peña de Melesio, famosa desde hace más de 50 años en la Isla de la Juventud, era un espacio cultural doméstico en el que yo improvisaba siendo niño y en el que Melecio era su mecenas, su Domingo del Monte, mi anfitrión. Escribí entonces estas décimas elegíacas y emotivas para despedirlo.

Adiós, Melecio


Melecio, ¡el viejo Melecio!,
el de la peña, el del canto,
el enemigo del llanto,
de la envidia y del desprecio.
Hombre delicado y recio.
Gran ejemplo para mí.
Guajiro del que aprendí 
lo bueno de ser juglar.
Qué sola se va a quedar 
mi Isla de Pinos sin ti. 

Nunca más te volví a ver.
Pero no importa, Melecio.
Envejecer tiene un precio.
Alejarse y no volver 
nos congela en un ayer
que se llama eternidad.
Tú eres eterno a la edad 
incalculable del hombre
que le ha dado luz y nombre
y versos a su ciudad.

Gracias por todo, guajiro.
Por la infancia compartida.
Por el trocito de vida 
que guardo como un suspiro.
Te respeto, quiero, admiro.
Tu ejemplo alumbra y enseña.
Desde otra ciudad pequeña
algo te prometeré:
algún día cantaré 
aunque no estés, en tu Peña.

Y volveré a ser el niño
de principios del 70.
Más Alexis que Pimienta,
menos fama que cariño.
Y volveré a ver tu guiño 
cómplice desde un sillón.
Y en cada improvisación
volveré a verte a mi lado
entre el cítrico rimado
y el rabito del lechón.

Entre Sucu-sucu y verso
pasé mi infancia pinera
y tu peña de madera 
fui me pequeño universo.
Fuiste el anverso y reverso
del promotor campesino.
Mi tutor y mi padrino 
sin haber firmado nada.
Fuiste luz improvisada 
al principio del camino.


Gracias por todo, poeta.
como pinero adoptivo
desde muy lejos te escribo.
Gracias, padrino y profeta.
Fuiste un ejemplo, una meta.
Fuiste referente y guía.
No está lejos mi Almería
de tu Isla y tu Juventud. 
En cuanto suene un laúd
te espero en la canturía.

Y lo traigo a colación, porque no dudo que estas décimas recientes y frescas aún en mi cabeza, hayan contribuido también a este onírico sueño (y no es redundancia). Lo digo porque, ahora que lo pienso bien, la casa de madera a la que llegué en mi carriola Leyland, la casa protagonista de mi décima y mi sueño, se parece más a la Peña de Melecio que a mi antigua casa.  


Alexis Díaz-Pimienta
Sevilla, 5 de abril de 2021

Twitter: @DiazPimienta



Alexis Díaz-Pimienta: improvisar soñando, despertar escribiendo.


Es de día. Estoy en El Diezmero, uno de los barrios de mi infancia, pero no sé cómo he llegado aquí. La famosa Garita del Diezmero ha desaparecido, pero hay una avenida muy ancha. Llega una guagua y es una Leyland gris plateada, con una especia de cenefa metálica dorada a todo lo largo. Me emociono y lo comento con mis hermanos mayores, Adriana y Raimundo. ¡Qué bueno que hayan recuperado las guaguas Leyland!, digo. Son las guaguas de mi infancia, pienso o digo en voz alta, no recuerdo bien. Me fijo en el número: 213. Qué curioso, pienso, esta ruta es la ruta que antes iba del Diezmero al Reparto La Cumbre, la guagua que tomaba cada mes para llevar a mi abuela a cobrar su chequera en Dolores. Pero hay algo falso en esta reflexión, o falso no, inexacto. La ruta 213 iba de 10 de octubre, pasando por Dolores, hasta La Cumbre, ida y vuelta, pero no llegaba ni pasaba por El Diezmero. No importa. Subo. Reconozco el ruido del motor, el temblor de las Leyland. Me emociono otra vez. La 213 está vacía como siempre. Yo llevo una maletica de viajes (tipo trolley) y no sé dónde ponerla. Finalmente, me siento. Pero a los pocos minutos Adriana me hace señas desde la calle para que baje. No sé cómo lo ha hecho, pero Adriana ya está en la calle, a muchos metros delante de la guagua. Es una calle que no tiene asfalto y hay mucho polvo. Yo me bajo a regañadientes, porque no reconozco el lugar, y me bajo sin maleta. Adriana me dice que no me preocupe, que tío Juan Antonio nos está esperando. Mi hermano Raimundo ya no está con nosotros y Adriana me haces señas desde lejos para que la siga. Curiosamente, ya la guagua Leyland no es una guagua Leyland, sino una carriola plateada y dorada. Yo le pregunto a Adriana: ¿y qué hago con la guagua? Y Adriana me responde: No te preocupes, tío Juan Antonio se la lleva. Tío Juan Antonio lleva más de veinte años muerto, pero en mi sueño está sin camisa (como siempre), con un vientre negro y durísimo y grandísimo, negro, pero más claro que el resto de su cuerpo: tío Juan Antonio era negro de cuerpo y mulato de vientre. Entonces, Adriana y yo hablamos en una esquina, miro a mi alrededor y me doy cuenta de que hemos llegado no al Diezmero ni a La Cumbre, sino a mi antigua casa de la antigua Isla de Pinos. Estoy en Nueva Gerona, frente a una casa pequeña de madera del Reparto Micons. Esta es la primera casa de mi infancia, la primera casa de la que tengo memoria. Me emociono otra vez. Sentados en el portal, como si estuvieran esperándome, hay dos músicos con sus instrumentos. Un tres y una guitarra. Son negros, los instrumentos no, los músicos. Uno de ellos, el del sombrero, se parece mucho a Pedro Sánchez, un viejo tresero negro que me acompañaba cuando yo era joven en La Habana. Lo destaco, porque no abundan los treseros negros. Ni los laudistas. Solo los recuerdo a Reynoso y él, en los años 80 y 90. Detrás de ellos, tímidas, , mis primas del Reparto La Cumbre me sonríen. Y junto a ellas, mi madre, que sonríe también.  “A ver si es verdad que tú improvisas… canta”, me dice el negro tresero parecido a Pedro Sánchez, sonriente. Oigo entonces el punto guajiro afinado “al aire”, un toque antiguo que me emociona aún más. Lloro, y no me sale la voz. Quiero cantar, pero no me sale la voz. Los músicos me dan dos, tres entradas… y al fin canto. 

En este trozo de suelo 
y esta casa de madera… 

Hago la pausa típica de la tonada libre o vueltabajera, miro a mi hermana Adriana que está tan emocionada como yo, escuchándome. “Pero no llores, tonto”, me dice. Cierra la música y repito los dos primeros versos:

En este trozo de suelo 
y esta casa de madera 

y luego añado, para completar y cerrar la primera redondilla:

jugaba yo cuando era
solamente un pequeñuelo.

Las Lágrimas no me impiden ver la emoción de los músicos. Y a mis primas y mi madre que aplauden. Cierra la música otra vez, e improviso un  puente del tipo llamado “en dos pasos” (bueno, llamado así por mí: cuando en lugar de un verso hexadecasílabico –16 sílabas continuas– el poeta crea dos versos octósilabos simples, y los suma): 

Ya se me ha caído el pelo.
Ya tengo los sueños rotos.

Vuelva la música, vuelve el cierre musical, y remato con una perfecta redondilla de cierre, encabezada por un inequívoco codo sintáctico (“pero”), que cumple la función del tren de aterrizaje: avisa a todos de que ya viene el remate. Digo entonces, contemplando a varios vecinos que se han ido acercando y a mi hermana y a mi madre y a mis primas y a los músicos, a todos:


Pero hay tantos alborotos
y vecinos  dando vueltas
que tengo lágrimas sueltas 
emborronando mis fotos.

Sin duda, una excelente décima improvisada. Otra excelente décima improvisada en sueños. Y lo digo no porque haya sido yo, porque en el fondo no he sido yo, yo estaba dormido, ha sido mi cerebro. Mi cerebro ha logrado improvisar, despierto él mientras yo estaba dormido, una décima con mucha técnica, con movimientos binarios perfectos (es estructura hexadecasilábica, excepto el puente), con el grado de interiorización como recurso literario, décima vivencial, autobiográfica. Qué listo mi cerebro. Ha hecho una décima que arranca lágrimas al personaje poemático que soy yo en mi propio sueño, pero también lágrimas y aplausos a toda la familia, a todos mis vecinos. Mi tío Juan Antonio se acerca y me abraza. Los músicos sonríen. Y entonces yo, despierto. 

Es lunes 5 de abril de 2021. Y al despertarme, solo, en Sevilla, como es ya acostumbre en mí, tomo el teléfono móvil para ponerme a escribir los primeros versos que vienen a mi mente. Es un buen ejercicio, entre la escritura automática y la improvisación escrita. A veces salen décimas, a veces sonetos, a veces verso libre, a veces una oración o un párrafo para novela o cuentos, a veces versos sueltos, ideas, nada serio. Comienzo a escribir y en ese momento no me acuerdo del sueño, no recuerdo, aún, que he soñado que improvisaba, ni la décima. Comienzo a escribir poemas breves (micropoemas), pensando en mi libro Zona Wi-Fi, que tiene una primera parte intitulada “Poemas muy breves de títulos muy largos”. Y nacen estos (aún sin títulos):

Primer poema:

Abro un ojo.
Lo cierro.
Abro el otro.
Lo cierro.
Y con los ojos cerrados 
miro el reloj.
¿Despierto?


Segundo poema:

Hay millones de móviles.
Hay millones de personas 
con teléfonos móviles.
Hay millones de seres inmóviles 
que llevan una fábrica de soledad
en el bolsillo.

Tercer poema:

Me encantan las camas 
con muchas almohadas.
Tan blancas y tan blandas.
Tan grandes.
Me dan la misma sensación 
de una bañera llena de espuma.
Me duermo sumergido en falsa agua.
Vuelvo a ser pez.
Feliz. 


Estas son, en realidad, ideas recuperadas de la noche anterior, cuando el sueño me venció y me impidió escribirlas, desarrollarlas. Pero ideas que estaban ya en mi “disco duro”. Me encanta este juego de contención que es la micropoesía. Y me encanta el trasiego creativo que me traigo entre vigilia y sueño, entre “despiertavela” y duermevela. Pues bien, solo tras escribir el tercer micropoema recordé el sueño recién soñado y me dije a mí mismo: “tengo que contarlo”, o sea, que tenía que intentar recuperar la décima. 

Para poder recuperarla, entonces, cierro los ojos y evoco la emoción. Las lágrimas. Y lo primero que hago es poner en práctica uno de los ejercicios de mi método para la enseñanza de la improvisación: “tirar de la rima-baliza”. Tomo como baliza de los versos las rimas  consonantes y tirando de la rimas podré ir armando la décima, apoyado en la estructura fija (abbaaccddc) y el poder atractor de las palabras.

Conocedor de la estructura, yo sé que cada rima me irá llevando a sus parejas. Pero ni siquiera me hizo falta esto. Me llegaron de golpe los dos primeros versos: En este trozo de suelo / y esta casa de madera. Y ahora sí, la rima “suelo” me llevó a la rima “pequeñuelo” y la palabra “pequeñuelo” (tetrasílaba) me ayudó a completar en mi memoria el posible cuarto verso “cuando yo era pequeñuelo”. Pero no. Enseguida me di cuenta de que este no era, no exactamente, porque la palabra “era” la necesitaba como rima para el tercer verso, para rimas con “madera”. ¿Entonces? Entonces descubrí el encabalgamiento: si el verbo “era” lo usaba como rima 3b, quiere decir que había encabalgado los versos 3b/4a, hasta terminar en “pequeñuelo”. Y gracias a esto descubrí –o me llegó a la memoria–  el complemento del siguiente verso: “solamente un”, de manera que ya tenía al menos la rima 3c y el verso 4a íntegro:

…………………….. era
solamente un pequeñuelo.

La sintaxis hizo el resto. Ya tenía los versos 1a, 2b  y 4a, íntegros, más la rima 3b (“era”), que empalmaba con  el verso 2b terminado en “madera”. Entonces, no me fue difícil hallar las otras piezas léxicas para completar un verso “sintácticamente pertinente”: “jugaba yo cuando era”. Y así recuperé la primera redondilla completa.

En este trozo de suelo 
y esta casa de madera 
jugaba yo cuando era
solamente un pequeñuelo.

Luego, la rima “pequeñuelo” me llevo directamente a la rima “pelo” y la rima “pelo” tiró de mi memoria para reconstruir un octosílabo perfecto y musical: Ya se me ha caído el pelo.

Y aquí dudé de cómo seguía la décima. Solo recordaba que el importante verso 10c (el pie forzado) terminaba con la rima “otos”. O sea, que mi verso final, el décimo, rimaba en “otos”. Pensé: ¿Fotos, rotos, remotos, alborotos? Recordé, entonces (todo esto en segundos), que “alborotos” era la rima del séptimo verso, no del final, ni del puente. Y por oficio y técnica, sabía que de todas las rimas posibles la rima más feliz, la mejor para el remate estaba entre “rotos” y “fotos”, casi mejor esta segunda (un sustantivo siempre tiene más peso léxico-semántico que un adjetivo). Pero, si había usado “rotos” como rima, ¿rotos qué?, me dije. Y apareció como por arte de magia el sintagma adjetival “sueños rotos”, un sintagma manido, sí, bastante manoseado, pero que renacía y se usaba bien en cada poema. Y algo me dijo en mi interior —oficio, técnica, experiencia— que “sueños rotos” lo había usado en el puente, no en el final, como rima 6c. Y así me llegó (recordé) el sexto verso completo, apoyado en el recurso anafórico, que me lo puso fácil: Ya tengo los sueños rotos.

Y más fácil aún me fue encontrar (recordar, recuperar) el verso 7c, porque ya sabía que tenía en él la palabra-rima “alborotos” (tetrasílaba), y que, verso 7 al fin y al cabo —más técnica, más oficio—era muy probable que lo hubiera empezado por un codo sintáctico (pero). Así que ya tenía más del 70 % del verso completo:

Pero……….. alborotos…

Y no me fue nada difícil completarlo:

Pero hay tantos alborotos…


Por supuesto, las rimas “rotos” y “alborotos” ya me habían delatado que la rima final, la más pertinente para verso de cierre, era la rima “fotos”. Por eso el resto fue fácil. Inmediatamente, supongo que por el contexto lingüístico y situacional, recordé  mi llanto y el sintagma “lágrima sueltas”. Y “lágrimas sueltas” me hizo recordar el uso del sintagma “dando vueltas” como rima. Así que ya tenía memorizado casi todo el final, casi toda la segunda redondilla, a saber:

Pero hay tantos alborotos 
………………….dando vueltas
…………………lágrimas sueltas 
………………………….. mis fotos.

Y el oficio hizo el resto, completándome los versos con los sintagmas más pertinentes para que hubiera una segunda redondilla equilibrada, contundente, emotiva. a Saber: “y vecinos” (8d), “que tengo” (9d) y “emborronando” (10c), de forma que quedó la redondilla de este modo:

Pero hay tantos alborotos 
y vecinos  dando vueltas
que tengo lágrimas sueltas 
emborronando mis fotos.

Y ya no recuerdo cómo siguió el sueño. No recuerdo si los vecinos aplaudieron más o lloraron rieron, si mis primas me abrazaron, si mi madre fue feliz, si mi hermana sonrió, como siempre, si apareció otra vez mi hermano Raimundo, que había desaparecido en el sueño, si regresó tío Juan Antonio después de haber aparcado mi carriola Leyland, o si volvió con ella, para que sus sobrinos regresáramos a La Habana, a la realidad, al presente del sueño. Solo sé que otra vez mi cerebro lo hizo: improvisar en sueños. Y otra vez yo lo he hecho: analizar en la vigilia la décima soñada.

Ya pasado el subidón emocional del ejercicio, creo que contribuyó a que este sueño fuera posible el hecho de que ayer, domingo 4 de abril de 2021, impartí las dos primeras clases online de mi “Decimódromo permanente”, en Academia Oralitura, y que durante casi cuatro horas estuve enseñando a improvisar a un grupo pequeño de quince alumnos. Y en esas primeras clases, en las que les hice un test de improvisación y otro de décima escrita, una de las verdades que más repetí fue que ellos tenían que lograr una separación entre el improvisador y el cerebro. Intenté convencerlos (y demostrarles) de que ellos no improvisan, pero su cerebro sí. Que la única manera de improvisar bien era dotar al cerebro de todas las herramientas, reglas, estrategias y técnicas de la improvisación, y luego confiar en él, dejarlo improvisada solo. Que solo cuando el cerebro es el que lleva “las llaves del coche”, les dije, y conduce él por las autovías del idioma, el improvisador llega a un estado de éxtasis creativo que lo libera y congratula. Y es entonces cuando logra eso que algunos llaman “entrar en trance”. Entonces, creo que el haberme acostado con tal nivel de excitación académica, lo que provoca en mí la enseñanza de la improvisación, contribuyó a que una vez conseguido el sueño profundo pasase lo que pasó: que llegara yo a mi infancia, a mis tres barrios (El Diezmero, La Cumbre, Micons), a mi familia, y al niño repentista que fui hace tantos años, y que volviese a improvisar frente al porche de madera de mi casa pinera (pinera y pionera y primera, todo con rimas, algo muy sintomático y simpático: rimado también). Al menos eso creo.

Por último: hace pocos días murió en Cuba, con 101 años, el viejo Melecio, una leyenda del punto guajiro en la antigua Isla de Pinos, la actual Isla de la Juventud. Y un periodista cubano me pidió por Facebook que le escribiera unas décimas de despedida, sabiendo, porque lo he contado varias veces en prensa, mi relación de niño con Melecio y con su Peña. La Peña de Melesio, famosa desde hace más de 50 años en la Isla de la Juventud, era un espacio cultural doméstico en el que yo improvisaba siendo niño y en el que Melecio era su mecenas, su Domingo del Monte, mi anfitrión. Escribí entonces estas décimas elegíacas y emotivas para despedirlo.

Adiós, Melecio


Melecio, ¡el viejo Melecio!,
el de la peña, el del canto,
el enemigo del llanto,
de la envidia y del desprecio.
Hombre delicado y recio.
Gran ejemplo para mí.
Guajiro del que aprendí 
lo bueno de ser juglar.
Qué sola se va a quedar 
mi Isla de Pinos sin ti. 

Nunca más te volví a ver.
Pero no importa, Melecio.
Envejecer tiene un precio.
Alejarse y no volver 
nos congela en un ayer
que se llama eternidad.
Tú eres eterno a la edad 
incalculable del hombre
que le ha dado luz y nombre
y versos a su ciudad.

Gracias por todo, guajiro.
Por la infancia compartida.
Por el trocito de vida 
que guardo como un suspiro.
Te respeto, quiero, admiro.
Tu ejemplo alumbra y enseña.
Desde otra ciudad pequeña
algo te prometeré:
algún día cantaré 
aunque no estés, en tu Peña.

Y volveré a ser el niño
de principios del 70.
Más Alexis que Pimienta,
menos fama que cariño.
Y volveré a ver tu guiño 
cómplice desde un sillón.
Y en cada improvisación
volveré a verte a mi lado
entre el cítrico rimado
y el rabito del lechón.

Entre Sucu-sucu y verso
pasé mi infancia pinera
y tu peña de madera 
fui me pequeño universo.
Fuiste el anverso y reverso
del promotor campesino.
Mi tutor y mi padrino 
sin haber firmado nada.
Fuiste luz improvisada 
al principio del camino.


Gracias por todo, poeta.
como pinero adoptivo
desde muy lejos te escribo.
Gracias, padrino y profeta.
Fuiste un ejemplo, una meta.
Fuiste referente y guía.
No está lejos mi Almería
de tu Isla y tu Juventud. 
En cuanto suene un laúd
te espero en la canturía.

Y lo traigo a colación, porque no dudo que estas décimas recientes y frescas aún en mi cabeza, hayan contribuido también a este onírico sueño (y no es redundancia). Lo digo porque, ahora que lo pienso bien, la casa de madera a la que llegué en mi carriola Leyland, la casa protagonista de mi décima y mi sueño, se parece más a la Peña de Melecio que a mi antigua casa.  


Alexis Díaz-Pimienta
Sevilla, 5 de abril de 2021

Twitter: @DiazPimienta