"Uno de los mejores narradores cubanos de la hora presente"
(Juan Bonilla)

Del Blog de Díaz-Pimienta

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Añadido por Alexis Díaz Pimienta el 20 agosto 2021 a las 4:03 pm



A todos nos educan para vivir en una casa. Nos acostumbramos a decir “mi casa” y la casa termina poseyéndonos, representándonos, actuando y hablando por nosotros. Es difícil librarse. Difícil no, imposible. La única forma de sobrevivir a la tiranía de una casa en tener varias. Yo he podido.

De la casa en que nací no tengo memoria. Era el cuartucho de un solar en la calle Príncipe, de Centro Habana, un barrio ilustre, el Cayo Hueso de Moraima Secada, Elena Burque, los Rubalcaba y otros. Yo solo recuerdo una escalera larga, verde de moho y tambaleante, progenitora de mis primeros miedos infantiles. Ya ni el solar existe. Por lo tanto, crecí libre de ella.

De mi segunda casa tampoco hay recuerdos. Solo que estaba más allá del mar, en una calle céntrica de Nueva Gerona, y que tenía una escalera (otra) por la que una tarde bajó mi hermana Caridad y  se perdió, para angustia de todos. De esa casa aprendí que, aún siendo niño, lo normal es podía perderse. Mi otra casa en Gerona se convirtió (esa sí) en  mi primera casa-casa, con su portal, su patio, sus perros, sus gallinas, con el río Las Casas cantándome al oído y las montañas de caolín dictándome de cerca mis primeros dibujos. Era una casa con el techo a dos agua, mitad madera, mitad mampostería, con más de cien palomas cagando y distrayendo las horas muertas de mi padre. De esa casa aprendí que la palabra “marañón” era tan comestible como efímera, y que mirar al sol tendido en la hierba me llenaba los ojos de burbujas felices. Era una casa humilde del reparto Micons.

Mi casa del Diezmero fue mi segunda casa-casa, calle Otero, 12203, con su portal lleno de insectos por las noches, su patio lateral para los juegos, sus hierbajos y un perro. De esa casa aprendí que los padrastros, a veces, son mejores que las madrastras de los cuentos.

Mi casa del reparto La Cumbre fue mi tercera casa-casa, con la amenaza diaria de que la placa cayera nos cayera encima (lluvia de placa sobre nuestras camas, en las sopas, en nuestros spend-drums adolescentes), una casa-casa con largos meses sin luz eléctrica y cables clandestinos robando la corriente del alumbrado público; una casa-casa con hambre, mucha hambre, con hambre a gritos y hambre muda (sin hache), con primos, con muchos primos, con una prima suicidándose para espanto del patio, con abuela, con mucha abuela, con una abuela que era abuela y abuelo y tía y tío y madre y padre, todo a la vez, y pedaleaba en una eterna Singer que hacía música a compás con mi primera Remintong (a la que le faltaba la letra “a”, por cierto.

Luego vino la casita de Ibarra, en Limonar, Matanzas, mi casita de campo, con paredes de abode, con fogón de carbón, pozo de agua, techo de zinc y una triste bombilla como única iluminación y una más triste radio VEF que hablaba en español y se oía en ruso. Ah pero yo era feliz, más feliz que en las otras, con una Mabel joven que me llenó de besos, con perros y gallinas y malangas y plátanos que me llamaban por mi nombre, con chirimoyas y guanábanas que echaban sombra sobre mis manuscritos, con cocuyos que me alumbraban el camino silbándome.

Luego vino mi primer cuarto-cuarto, en Luyanó, que acabaría siendo mi barrio-barrio para siempre, el barrio de mi madre y mis hermanos, el barrio de vecinos que crecieron conmigo aunque me vieran grande, sí, mi barrio, porque sería nefasto crecer sin tener barrio propio, huérfano y paria en la ciudad de uno. Así que lo hice mío . Y en Luyanó tuve dos casas, La Guarida, tan pobre, tan oscura, tan húmeda;  y mi casita del Callejón Herrera, de la que no podíamos salir cuando llovía porque el agua llegaba a las rodillas, y había que subir los muebles en los muebles, los libros en los libros y al niño sobre el niño para que no se ahogase o se electrocutase. 

Luego vino mi casa más alta de todas las casas, pero no casa-casa, sino un apartamento-apartamento, apartamento-préstamo en el noveno piso de un humilde rascacielos habanero,  en Infanta y Manglar, concretamente, y  mi primer ascensor, mi primer interfono, mis charlas nocharniegas con un semáforo tartamudo y burlón. Ah, y vecinos ilustres y mármol verde y nueve pisos de escalera con un niño a cuestas cuando el  ascensor tomaba vacaciones.

Y por fin, otra casa, mi Casa con mayúsculas, mi Casa-Casa en el Reparto Flores, junto al mar, rodeada de silencio, con dos cocoteros y el viento en las ventadas de cristal ladrando, con miles de horas diarias para mí, con mi madre viniendo los domingos a colarme café y a quejarse de aquella “paz por gusto”.

Porque no voy a contar como mis casas las tantas no-casas que habité con mi padre, las de efímeras madrastras y hermanastros, las de “recoge y vámonos, poeta” cada pocos meses. Solo una. La pequeñísima no-casa de Escobar y San Lázaro, la de mi nueva madre llamada Carmen, tan madre y tan Carmen a la vez, tan “no se vayan”, despidiéndonos.

Y  luego España, y aquel apartamento en Almería, el de la calle Dallas, el de Natalia descubriéndome otro mundo para ser feliz. Mi casa-apartamento durante veinte años, tan blanco, tan sobrio, tan elegante, tan tranquilo.

De aquella casa-apartamento me quedó un raro eres de aquí, de allí, de todas partes, y un extraño sabor a cartas gratis y llamadas telefónicas carísimas, y un duro aprendizaje: que el amor es tan frágil que parece irrompible.

Y de pronto, una casa-chalet, la de dos plantas en la Plaza Lima, la del divorcio, la de la soledad, la de la escritura como terapia y salvavidas, una casa hermosísima, con aquella su mesa de mármol en un patio interior para las comilonas vecinales, con su garaje inmenso y yo ni bicicleta, con el niño viniendo los fines de semana.

Y después otra casa en el mismo Aguadulce, en la aburrida calle Mare Nostrum, la de la cuesta en que dolía el corazón, la del pasillo largo entre la puerta y la cocina, la casa transitoria, la no-casa, mi primera no-casa de las muchas de España.

Otra casa no-casa  tuve en la calle Peñuelas, de Sevilla, una no-casa con olor a flamenco y a cera de Semana Santa, la del campanario gritándome ateo con puntualidad cada domingo, la de Charo sentada al piano o haciendo yoga ante el espejo, la de “el amor era azul y se lo llevó un perro en la boca”.

Y ahora heme aquí, de nuevo solo, en una casa-apartamento impersonal y hermosa, la de la calle San Vicente, cerca de calle Baños, en un barrio tan tranquilo, tan limpio, tan barrio para quedarse ya y hacer amigos. Pero es la soledad, es el insomnio, es el silencio espeso, son ellos quienes bajan y suben la escalera conmigo, y tantas cajas de libros para qué, y tantas horas de teclado para qué, y tanto yo conmigo que me preño.

Y a todas estas casas ¿qué las une? ¿qué denominador común las comunica? Mi madre. La ausencia de mi madre más bien, su no presencia. La sombra de mi madre librándome del sol y del olvido, colándome café a las cinco en punto.

A todos nos educan para vivir en una casa. Nos acostumbramos a decir “mi casa” y la casa termina poseyéndonos, representándonos,  actuando y hablando por nosotros. Las mías no. Yo hablo por ellas. Veré qué tengo que decir sobre las próximas. 

Postdata-1:

Ya estoy en otra casa, ahora en Madrid. Pero aún nos conocemos tan poquito que tengo las palabras metidas en cajas.

Hoy he tenido una mañana muy especial. Nada más abrir los ojos recibí dos reseñas de dos lectores distintos (a ninguno conozco personalmente) sobre dos novelas distintas y muy diferentes. Ambas encajan dentro de la categoría de “novela negra”, aunque “El huracán Anónimo” es de mayor perfil policíaco y “Sangre” es más negra-negra. Y que les voy a decir, me han alegrado la mañana. La reseña sobre El huracán Anónimo es de Ovidio Moré, cubano que vive en Barcelona, y ya la he compartido en este blog, y la reseña sobre “Sangre” (a modo de “chat-comentarios de lectora”) es de Mireia Sánchez Hernández, española que vive en Salamanca, y la voy a compartir íntegra (con su autorización), porque me ha emocionado muchísimo, dado lo delicado del tema de esta novela tan difícil y lo importante de su testimonio en tanto mujer y lectora.



Dice Mireia Sánchez Hernández:

El libro me lo ha regalado un amigo, no sé donde lo ha comprado, pero me lo he leído en dos días y me ha encantado. Tenía el de Jano ya y en cuanto terminé Sangre quería más. Me ha encantado el libro, repito. Me parece muy original en su planteamiento, directo, ágil, duro y sensible. Tratando un tema tan delicado como la violencia de género creo que lo haces con absoluto respeto, sensibilidad y con la dureza que conlleva. Hay frases que directamente me han dejado sin aliento, en el clavo… De verdad que me sorprendía y maravillada a cada página.

Soy superviviente de abuso sexual infantil y violencia de género, además, trabajo dando talleres sobre prevención de distintas violencias. Y de verdad que SANGRE lo refleja muy bien, con verdad y cuidado. Fui alumna tuya en la décima y la canción (plena pandemia) y aluciné… pero en prosa tampoco te quedas atrás. Agradezco mucho que hayas cuidado tanto el tema, se nota. No hay amarillismo, no hay clichés típicos, no has caído en el tópico fácil. Has hablado de la realidad, muy muy bien. 

Ojalá puedan leerla muchas mujeres. Yo la recomendaré a mis alumnos y alumnas. Hay muchas Marías, y también hay muchas mini Marías y Pepitos que podrían hablar sobre abusos sexuales… te lanzo la idea… por si te atreves a tocar un tema aún más delicado.

 

Hay un término acuñado por Samuel Taylor Goleridge que me gusta usar en demasía, pero, aun temiendo hacerme repetitivo, lo he de traer a colación ya que la ocasión (perdonen la cacofonía) lo amerita, hablo de esa voluntaria suspensión de la incredulidad cuando nos enfrentamos a un texto, a una obra teatral o a una película (entre otras cosas). El artífice de que esto suceda, de que el lector o el espectador, caigan en esta tela de araña, es el autor, el dramaturgo, el cineasta. Acabo de leer El Huracán Anónimo, novela del multifacético y poliédrico artista cubano  Alexis Díaz Pimienta (La Habana 1966); novela negra o de corte policiaco en la que, desde la primera página en la que se empieza a desarrollar la  extraña trama, la capacidad del autor, o sea, de Alexis, para enredarte en ella y que te creas de pe a pa todo lo que va aconteciendo, a la vez que empatizas y te pones en la piel de ese tan bien armado y escrito personaje que es Rolo Contreras, es admirable, es, sencillamente, magistral. Ningún cubano de pura cepa se tragaría, si se lo contaran, que algo así pueda o pudiera suceder en la Cuba del siglo XXI, diría: ¡Pero, asere, qué clase de paquete tú  me estás metiendo!, sin embargo,  Alexis lo logra, te sumerge de tal manera en la “peliculera”(según los propios personajes) historia, y logra convencerte haciendo lo imposible  posible; lo irreal real; haciéndolo auténtico y, si esto fuera poco: vívido. Nos enfrentamos a una narración acertada, sencilla, con su cuota de coloquialidad, de “cubaneo” que le da el punto de cocción exacto a este bien sazonado ajiaco, y, de postre, el autor nos ofrece una descripción hipnótica de la vida habanera. Porque El Huracán Anónimo  es, además, un retrato exhaustivo de la sociedad cubana. Pero si la capacidad del autor para suspender la incredulidad es de primera, el trabajo que hay detrás de todo esto para lograrlo lo es aún más, porque la labor de investigación que ha tenido que hacer Díaz Pimienta para escribir este libro es abrumadora y mastodóntica. Para decirlo de manera coloquial yo también: hay mucho, pero mucho curro en la escritura de esta obra.

El Huracán Anónimo no es sólo una novela de género, es una novela NOVELA con todas las de la ley: inteligentemente estructurada y sumamente entretenida. Y, aunque podamos clasificarla dentro del género negro, como ya he dicho, es una novela diferente, fresca, dinámica, con grandes dosis de humor, que pone sobre el tapete ingentes temas y hasta se parodia a sí misma. Yo diría que, si tenemos en cuenta algunos acontecimientos recientes en la isla, es, hasta cierto punto, profética.

Alexis se ha convertido en un narrador cubano contemporáneo imprescindible;  camina mano a mano y codo con codo con otros grandes de la talla de Leonardo Padura, Pedro Juan Gutiérrez, Aristides Vega o Wendy Guerra, por sólo citar unos pocos ejemplos. Nada tiene que envidiar Alexis, tampoco, a los grandes de la novela negra cubana: digamos a un Luis Rogelio Nogueras o a un Daniel Chavarría (este último nacido uruguayo pero cubano por adopción).

Os recomiendo, amigos míos, sin duda alguna, la lectura de esta maravillosa novela cubana. Y si usted es amante de lo policiaco no se va arrepentir; y si usted es amante de la crónica social no se va a arrepentir; y si usted es amante de la meteorología no se va a arrepentir; y si  usted, sencillamente, es amante de la buena lectura y de la buena literatura, créame, no se va a arrepentir. 

Y ahora acabaré con otra frase de la que abuso muchísimo también y que nos viene como anillo al dedo. Decía Aristóteles en su Poética: ““Una imposibilidad probable es preferible a una posibilidad improbable”. Alexis Diaz Pimienta nos sirve un suculento ajiaco cubano con todas su viandas haciendo probable una imposibilidad. Queda dicho.


 Ovidio Moré, 16 de Agosto 2021


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OVIDIO MORÉ (Matanzas, Cuba, 1966). Artista plástico y escritor. Su obra se enmarca dentro de las disciplinas del dibujo y la ilustración. Durante los años 2015 y 2016 ilustró la portada de la revista literaria online Ultraversal y, desde el año 2009, mantiene un blog sobre temas artísticos donde publica sus relatos, sus poemas y su dibujos, además de hacer reseñas sobre artes plásticas y sobre literatura. La revista Arique, en su boletín de poesía hispanoamericana VERSO A VERSO, le dedicó el número 8 en el año 2007, dando a conocer parte de su poemario  Nocturno con alevosía. Recientemente la revista Artepoli ha publicado su artículo  La fabulación pintada: un acercamiento a la obra de Ana Novella. Ha participado en la exposición colectiva multidisiplinar El sentimiento de la Urgencia, en Calaf, Barcelona. Su obra se sirve del surrealismo para vertebrar una metáfora visual en la  que aborda temas como el del individuo ente sus circunstancias, las relaciones de la pareja, el desarraigo, la memoria, la emocionalidad, etc. Al igual que en un poema utiliza la repetición de elementos como si de una anáfora se tratara, para, dee esta manera, reforzar esa imagen poética y simbólica que intentade transmitir. Su impronta bebe del barroco en muchos casos, ya que llena el cuadro de arabescos, pero no por vacua ornamentación sino para remarcar contrastes y crear texturas afines al mensaje.

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Añadido por Alexis Díaz Pimienta el 10 agosto 2021 a las 4:31 pm

 

Retomamos hoy la sección Pluma Invitada con cuatro poemas del poeta y traductor griego Stelios Karayanis, esperando que los visitantes de mi Cuarto disfruten su lectura y la comenten. Cada mes tendremos un nuevo invitado.

El hispanista, traductor y poeta Stelios Karayanis (derecha)
junto al poeta granadino Juan de Loxa en Granada.


Stelios Karayanis (Samos, 1956), es un poeta y ensayista representativo de la generación

del 80, hispanista y traductor. Obtuvo el premio de poesía Nikiforos Vrettakos del Ayuntamiento

de Atenas el año 1993. Es Doctor de Filosofía Moderna por la Universidad de Ioanina de Grecia

y Doctor de Teoría de Literatura y de Literatura Comparada por la Universidad de Granada.Es

miembro de la Academia de Buenas Letras de Granada, uno de los fundadores de la Asociación

de los Hispanistas Griegos, miembro de la Asociación Nacional de los Escritores Griegos y

miembro de Pen Club. Imparte clases de Literatura Española en la Universidad Abierta de

Grecia desde el año 2005. Fue director de la Revista Internacional de Poesía Erato Ars Poetica

y ahora es director de Hécate poesía, Ars Poetica, Revista Internacional de Poesía, Cuento y

Teoría Poética. Dirige la serie de libros de Poesía y Ensayo Hécate Ars Poetica. Actualmente

vive en Atenas.

Los mitógrafos


Sólo el alma escapando a manera

de sueño revuela por doquier.

Mas vuelve a la luz sin demora…

Odisea, XI, 222-3



Me quedaba entonces en el apartamento más oscuro

del poema – y para que no se me interprete mal –

me refiero al extraño poema

que nunca escribí;

por las noches venían inesperadamente

mis amigos viajeros,

entre ellos

también Ulises.

Vestía siempre

un ropaje deshilachado – jamás pensé

en el porqué – se echaba, además,

desencantado

en un sillón y comenzaba a fumar

su cigarrillo con locura.

Para que me atormentes

por las noches – me decía – con esas fantásticas

historias tuyas,

déjame por fin que yo viva también

mi propia vida verdadera.

Sobre mí, con seguridad, nada le

escuché en absoluto; como hechizado le hablaba

sobre Tennyson, Joyce, Kavafis.

No me líes más con los novelistas – me decía –

Ellos me arruinaron la vida.



El otro Ulises


Me encontré con Ulises una noche. Estaba débil y pálido. Su cuerpo no se parecía al de cuando salimos, no tenía algo de su artística armadura. Una vieja plancha de asar, llena de incisiones y porrazos, te recordaba los tormentos y los dolores de los marineros. Ya no había en su rostro coraje y convencimiento y, cuando en sus ojos se reflejaba el olvido, yo distinguí la nostalgia. Su piel, aunque se había llenado de las arrugas del tiempo, exhalaba un aroma de salitre marino.

Nos sentamos a fumar en silencio,

 como se hacía usualmente por la noche.

- En verdad, fue un hermoso viaje, murmuró.

Y cuando al poco

fue a marcharse, no se sabe a qué paraje solitario, me di cuenta, sin quererlo, de que la vieja herida por encima de su rodilla goteaba sangre. Me resultaba inexplicable.



Los límites del mito

Regresar a la misma y pobre Ítaca, tras tantos viajes, afortunado y cansado, habiendo entrado la primavera en los jardines, escuchándose risas, floreciendo al mismo tiempo las muchachas y las flores. Pensando, mientras subes, y convocando en el recuerdo y en la fantasía el rostro entristecido de Penélope y, después, verla delante de la puerta, queriendo hablarle y darle un beso en los labios. Planear, a continuación, la muerte y la desgracia de tus enemigos, viendo qué injustamente esparcieron tu vida y que la ira te inundaba como un río.

“No, no debes apresurarte a traicionar el mito; no debes romper el círculo y cambiar “el destino” que te fijaron Homero y los demás dioses.


La historia de un pobre aedo


Cada vez que comienza por la palabra “Ítaca”, intentando imaginar o escribir algo hermoso sobre la vida, comprende inmediatamente que no dirá nada, nada más interesante que lo que hasta ahora se ha dicho. Sabe qué fácil es que lo traicionen las palabras, y de pronto percibe pensativo y ve después, profundamente apenado, que se le descubren, sin esencia ni interés, las más conocidas imágenes con novias que hacen festejos e insultan en el patio. Hasta que, al final, cuando la historia ya ha terminado, no hay nada más – y lo sabe – que un pobre y extraño aedo que, sosteniendo una lira rota, va de drama en drama, de comedia en comedia, de fiesta en fiesta, buscando, intentando quizás encontrar su propia Ítaca en la vida.  

 por Caterina Camastra


El periódico en la mano
y en la otra, tu destino,
caminabas codo a codo
con tu asesino.

Fabrizio de André



Umberto Eco, entre las muchas metáforas sugerentes de esa obrita magistral que es Lector in fabula, nos habla de los paseos inferenciales. Damos un paseo inferencial cuando, al leer una obra de ficción, “salimos” de la obra misma y damos una vuelta por nuestro mundo interior, nuestra enciclopedia de saberes y sentires y experiencias, para hacernos de un marco interpretativo que nos permita proyectar una hipótesis de sentido. Don Umberto nos dice que, en el caso de las narraciones consoladoras, como por ejemplo suelen serlo los best-sellers de moda, regresamos de los paseos inferenciales justo con lo que el texto nos prometió y dará: encontramos en él la confirmación de nuestras hipótesis y, con ella, cierto efímero sosiego del alma.

Ahora bien, lo que pasa en las novelas de mi genio neobarroco caribeño favorito, Alexis Díaz-Pimienta, suele ser exactamente lo contrario (fenómeno que, dicho sea de paso, don Umberto se inclina a identificar con la verdadera grandeza literaria). Nos enfrentamos a novelas que nos retan, desasosiegan, descolocan, confunden, que se escabullen de las soluciones consoladoras, que antes optan por la irrupción de la fantasmagoría y, cuando juegan con los mecanismos tradicionales de la novela policiaca, se niegan a la solución que anhelamos, a que el rompecabezas encaje perfectamente a través de elementos que un lector suficientemente suspicaz hubiera podido antes ordenar por su propia cuenta. No dejan, por decirlo con un refrán italiano, que los nudos lleguen al peine. Sucede con El huracán anónimo (Scripta Manent, 2019) y sucede, acaso con más fuerza, con Sangre (Scripta Manent, 2021).

Mi relación con las novelas de Díaz-Pimienta siempre, tiro por viaje, deviene en cuestión personal. No puedo (ni quiero, la verdad) evitar que me despierten fuertes pasiones. Se me borra la frontera mental entre sus personajes y la vida real. Alguna vez eso es alegre, como en el caso de Maldita danza (Alba, 2003) cuya protagonista quiero abrazar y caminar tomadas de la cintura, contándonos chismes y riéndonos a carcajadas por Lavapiés y El Vedado. Otras veces se trata de un irrefrenable fastidio, como en el caso del batido de tuerca que es Rolo Contreras del Huracán. Hasta celos he tenido, yo que estoy beligerantemente en contra de los celos, porque cierto amigo común mío y del autor tiene su alter ego novelesco pimenteril y yo no lo tengo (bueno, como veremos, no lo tenía). Hasta aquí, sin embargo, gana el encabronamiento feroz, como en el caso de Salvador Golomón (Algaida, 2005), a quien, ¡já!, cómo me gustaría meterle un par de cachetadas, y en otro caso, justamente, el de Sangre. Esta es, de hecho, la reseña más enojada que haya yo escrito nunca.

Y es que Sangre habla nada menos que de los feminicidios en España, y yo soy mujer, y soy feminista. Y voy leyendo esta novela magistral, tremenda, sobria, descarnada, sin una palabra que sobre, sin complacencia hacia el amarillismo aun en los detalles más escatológicos, que sucede en un Estepueblo que es Sevilla y es Comala y es Ciudad Juárez y es Roma y es cualquier pueblo de España y del mundo, con esta lacra social de estos asesinos que no son monstruos, quienes hasta el día anterior, hasta cinco minutos antes, eran el muchacho tan bueno, el padre tan bueno, el abuelo tan bueno. Hijos sanos del patriarcado, como decimos las feministas. Y se desangran en Sangre las niñas de veinte años, y las tembas cuarentonas como yo, y las abuelas entrañables como a las abuelas corresponde, y se llaman todas María porque nadie está a salvo de ser arquetipo de dolor. Víctima. Víctimas todas, hasta la madre de uno de los asesinos, que en la novela le ayuda a limpiar la escena del crimen. Quién más María que una madre. Y me encabrono porque es cierto, y me dan ganas de espetarle al autor implícito (quien, me enseña don Umberto, no es mi amigo Díaz-Pimienta, el de carne y hueso) algo que en una ocasión me dijeron a mí: “Tu eres un malvado porque tienes razón”.

Además, una de las Marías de la novela es detective malgré elle (pienso en el Monsieur Poirot de Agatha Christie y se me sale el francés). Nunca había ella pensado en ser detective, ella es profesora de piano. Menos había pensado en ser víctima, ella es independiente, dueña de su rumbo, tiene vida propia, tiene intereses y pasiones, tiene parejas y amantes, y se mueve en su ciudad, en Estepueblo, como pez en el agua – o como pez sin bicicleta, por usar otra metáfora feminista clásica. Es arrojada al papel de detective, ella, a quien los policías y cualquier autoridad uniformada le dan, literalmente, diarrea (detalle de exquisito anarquismo que me la hace muy entrañable), por circunstancias ajenas a su voluntad: por los mensajes, o más bien el mensaje, que se encuentra reiteradas veces en el más escatológico de los lugares, un baño público, los baños de tantos de esos bares en los que nada a sus anchas la mujer-pez andaluza, muy independiente, muy suya. Mensaje escrito con pintura roja de labios, mas no en el glamour hollywoodense del espejo, sino en lo más escatológico, lo escatológico fugaz: el papel de baño. “AYÚDAME”.

Ahí el sacudón más profundo y la interpelación más radical, y si ya María la detective a su pesar me caía bien, ahí me volví ella y estuve toda la novela al borde del espasmo, deseando con la más férrea voluntad lectora que ella cumpliera su misión. Porque ese AYÚDAME yo lo conozco. Lo conozco y en su momento lo respondí. Por suerte no se trataba de asesinato, pero no le hace, porque el asesinato es la punta del iceberg de un fenómeno mucho más profundo, más complejo, más insidioso, en los Estepueblo de todo el mundo. Esos asesinos tan buenos muchachos, hombres, hijos, padres, abuelos, tan divertidos, tan inteligentes, con tan buena ortografía, que viven entre nosotr@s, en nuestras familias, casas, camas. El machismo es un cáncer muy profundo y de muchos tentáculos. En mi caso responder ese AYÚDAME fue exhibir, ridiculizar y avergonzar a uno de esos seductores de pacotilla que se crecen su ego mediocrucho coleccionando mujeres como objetos y a todas mintiendo como quien oye llover. El AYÚDAME que interpela a María es más radical, también porque, dijera don Umberto, los mundos posibles de la ficción son más extremos y discretos (en el sentido de la precisión aislada de sus elementos) que el abigarrado, denso, caótico mundo real. Ante tal interpelación, no hace sino retumbarme en la cabeza, aun ahora que ya terminé de leer, con la urgencia que me trae de madrugada a estas líneas, una de las consignas feministas más radicales que conozco, ya no el tierno “Amiga ¡date cuenta!”, sino más bien el amenazador “Ante la duda ¡tú la viuda!”. ¡Já! dijera una de las amigas de María la detective malgré elle, la amiga poliamorosa feminazi (que sospeché ser yo, y lo confirmé con Díaz-Pimienta de carne y hueso, para alivio de mis celos literarios). Simbólicamente, agrego, antes de que me caiga la Seguridad del Estado Mayor Machista Internacional a lloriquear que #NotAllMen. Respondamos siempre esos AYÚDAME, que si María no le teme a quedar como la loca del cuento, nosotras tampoco. A los abusadores, lista negra, tierra quemada y muerte sexual. De ser posible, antes de que nos maten.


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Caterina Camastra es escritora, traductora y profesora, Doctora en Letras por la UNAM (México).

 

por Luisma Pérez Martín




La Operación Peter Pan fue una maniobra coordinada entre el Gobierno de los Estados Unidos (CIA mediante, cómo no), la Iglesia católica y los cubanos exiliados de su país tras el triunfo castrista. En dicha operación, entre el 26 de diciembre de 1960 y el 23 de octubre de 1962, más de 14.000 niños fueron trasladados de Cuba a Estados Unidos, solos y lejos de sus familias, por el temor de sus padres a la ideología comunista del nuevo gobierno cubano revolucionario. Sirva esta pequeña entrada de aclaración contextual, de marco para entender mejor “El crimen perfecto de Pedrito Mendrugo” (Siglo XXI Editores, 2014), premiada en México con el  importante Premio Internacional de Narrativa UNAM-COLSIN-SIGLO XXI (2013). 


Es en uno de los campamentos habilitados para esos niños cubanos, Camp Matecumbe, donde encontramos a los protagonistas de esta historia: chiquillos pequeños, vástagos de familias acomodadas durante el régimen de Batista que, sin saber cómo ni por qué, han sido separados de todo cuanto aman y conducidos allí, lejos del “Barbudo Comeniños” que tanto asusta a sus padres.


Pero los niños, pese a sus circunstancias, pese a los adultos, pese a sí mismos incluso, no dejan de ser niños. Y de eso precisamente, del durísimo trabajo de estos pequeños para aferrarse a su infancia, nos habla Alexis Díaz-Pimienta (La Habana, 1966) en esta maravillosa novela.


Pedrito Mendrugo (alias Esteban Estrada, alias Estebita, alias Peter Pan), el Artista, Tingo Talango, Cari Wendy, el Completo, Vitiligo, … son los principales protagonistas de esta regresión a la inocencia, a la fantasía, a los terrores infantiles, a la nostalgia, a las ganas de vivir, a la insubordinación frente a las normas incomprensibles de los adultos. Solos, desorientados, confusos, todos ellos tratarán de arroparse mutuamente frente a las innumerables amenazas que los rodean en un entorno manifiestamente hostil: las monjas, los Grandes, los reglamentos, la ausencia de sus padres, la lejanía de su país natal, la soledad, la tristeza infinita…


Alexis Díaz-Pimienta bucea con una sutileza y una ternura al alcance de muy pocos en los múltiples prismas de la infancia. La búsqueda (o la asunción) de la identidad propia frente a los otros es el hilo conductor de una historia con infinidad de lecturas y sublecturas, una historia que huye del maniqueísmo, que ahonda en la fragilidad del ser humano, en el miedo atroz a la soledad y al desarraigo, todo ello además aderezado con un extraordinario sentido del humor que consigue que pasemos en apenas unos renglones de los pasajes más terribles de Oliver Twist a los momentos más desternillantes de Guillermo Brown (y viceversa) congelándonos a cada momento tanto la risa como las lágrimas.


Y por si todo esto fuera poco, Diaz-Pimienta, además, tiene tiempo de retratar, utilizando para ello los ojos (¿completamente inocentes?) de los pequeños, el racismo, el clasismo, la represión, el exilio, la pederastia, los abusos de poder, … todas las lacras, en resumen, que hacen de los adultos los monstruos que podemos llegar a ser en la mayoría de los casos.


“El crimen perfecto de Pedrito Mendrugo” es una delicia desde la primera página hasta el extraordinario epílogo (si alguno de ustedes consigue no conmoverse acuda inmediatamente al psicólogo más cercano), una (otra más) obra maestra de Alexis Díaz-Pimienta que funciona con la precisión de un delicadísimo reloj suizo. 


Si después de saber todo esto aún dudan si deben seguir en su diáspora a Pedrito Mendrugo, a Tingo Talango, al Artista, a Cari Wendy y a todos los demás, si aún no están convencidos de si deben leer la novela o no, tengan en cuenta que, como dice Benedetti, “la infancia a veces es un paraíso perdido, pero otras veces es un infierno de mierda”. Denles la mano a esos pequeños. Acompáñenlos.