"Uno de los mejores narradores cubanos de la hora presente"
(Juan Bonilla)

Del Blog de Díaz-Pimienta


Compréndanme. Acabo de bautizarme hace pocos días como lector de novelas de Alexis Díaz Pimienta (La Habana, 1966) con la maravillosa “Jano” (Scripta Manent 2021), así que no podía dejar de devorar la otra obra maestra que tenía en mis manos; la escalofriante y actualísima “Sangre” (también Scripta Manent, también de 2021).
Antes de decir nada sobre “Sangre” he de mencionar que, por mi trabajo, el tema de la violencia de género me es muy cercano, tan cercano que me temo que no soy capaz de enfocarlo con nitidez; también les diré que casi todos los abogados que conozco y por supuesto, yo mismo, sufrimos una triple frustración en relación a los asuntos de maltrato contra las mujeres.


En primer lugar, la frustración de comprobar a diario la ineficacia absoluta de esta ley (y me temo que de cualquier ley que pudiera promulgarse) en los casos más sangrantes; los medios que deberían destinarse a proteger realmente a las víctimas se pierden en una selva funcionarial de comités, estudios estadísticos, protocolos absurdos, oficinas varias (Díaz-Pimienta lo refleja muy bien en la novela) y estómagos agradecidos que en nada contribuyen a cambiar la situación. A eso hay que sumar la saturación de los Juzgados de Violencia de Género y el hecho de que, por supuesto, la maldad, la locura y la brutalidad son, a menudo, imprevisibles y, casi siempre, absurdas. En segundo lugar, está la frustración de no poder conseguir, la mayoría de las veces, ayudar a las víctimas por su propia reticencia a denunciar o ratificar la denuncia ya presentada. En mi experiencia personal les diré que cuanto más grave es el maltrato, más difícil es convencer a la mujer maltratada de que siga adelante con el procedimiento judicial y en esos casos es determinante el miedo, sí, pero también otras cosas que jamás en la vida podré acertar a comprender. Y hay un tercer motivo de frustración: la instrumentalización de la ley para obtener ventajas económicas y judiciales en particular en los procedimientos de divorcio en relación a los hijos comunes. En resumidas cuentas, demasiada mierda, demasiadas miserias, demasiados hijos de puta, demasiados (y demasiadas) caraduras.

Dicho esto (gracias por el desahogo) y partiendo de que entré “manchado” a leer la novela, les puedo decir que sin embargo he salido transfigurado de su lectura. Quizá necesitaba (y en esto no entra lo literario) un enfoque ajeno a la pura objetividad de los datos y la experiencia, un soplo de aire fresco, una visión no desenfocada como la mía. Y en esa visión, la de Alexis, he recorrido con María todos los váteres de Sevilla (Estepueblo) buscando nuevos mensajes (“AYÚDAME”), he visto el Guadalquivir correr rojo de sangre (me viene a la cabeza el mejor Saramago de “La balsa de piedra” o “Ensayo sobre la lucidez”) y he sentido la impotencia de la protagonista ante la locura hecha cotidianeidad.
Ahora, una vez acabada la lectura, creo que Alexis Díaz-Pimienta, con su lucidez, con su talento narrativo, me ha ayudado más a comprender lo terrible de la lacra que relata que veintidós años de ejercicio del derecho (llámenme frívolo, llámenme exagerado) y pienso que, seguramente, la novela debería de ser lectura obligada en las escuelas, porque ahí, en la educación, y sólo ahí, es donde se puede conseguir algún cambio real en lo que se refiere a la violencia contra las mujeres.
Y, en cuanto al placer que ha supuesto la lectura, he de decirles que “Sangre” no es “Jano” ni “Jano” es “Sangre”, pero ay, el lenguaje del novelista, el idioma que uno (este lector) ya reconoce como suyo con tan sólo dos novelas leídas, el gusto de sentirse en casa con nada más abrir el libro y empezar a leer,… eso, les digo, no tiene precio para mí.
En resumidas cuentas, que ahora tengo mono de novela de Alexis Díaz-Pimienta, que en apenas 600 páginas de “Jano” y “Sangre” me he convertido en un yonqui de su prosa, que quiero más y más y más.
Recomendarles, por tanto, a estas alturas, que lean la novela me parece una redundancia, pero me apetece ser redundante: Lean “Sangre”, disfruten y sufran con ella, ahóguense en un río rojo como la sangre de todas las Marías de Estepueblo asesinadas. Me lo agradecerán.
Luisma Pérez Martín
10 de julio de 2021


Compréndanme. Acabo de bautizarme hace pocos días como lector de novelas de Alexis Díaz Pimienta (La Habana, 1966) con la maravillosa “Jano” (Scripta Manent 2021), así que no podía dejar de devorar la otra obra maestra que tenía en mis manos; la escalofriante y actualísima “Sangre” (también Scripta Manent, también de 2021).
Antes de decir nada sobre “Sangre” he de mencionar que, por mi trabajo, el tema de la violencia de género me es muy cercano, tan cercano que me temo que no soy capaz de enfocarlo con nitidez; también les diré que casi todos los abogados que conozco y por supuesto, yo mismo, sufrimos una triple frustración en relación a los asuntos de maltrato contra las mujeres.


En primer lugar, la frustración de comprobar a diario la ineficacia absoluta de esta ley (y me temo que de cualquier ley que pudiera promulgarse) en los casos más sangrantes; los medios que deberían destinarse a proteger realmente a las víctimas se pierden en una selva funcionarial de comités, estudios estadísticos, protocolos absurdos, oficinas varias (Díaz-Pimienta lo refleja muy bien en la novela) y estómagos agradecidos que en nada contribuyen a cambiar la situación. A eso hay que sumar la saturación de los Juzgados de Violencia de Género y el hecho de que, por supuesto, la maldad, la locura y la brutalidad son, a menudo, imprevisibles y, casi siempre, absurdas. En segundo lugar, está la frustración de no poder conseguir, la mayoría de las veces, ayudar a las víctimas por su propia reticencia a denunciar o ratificar la denuncia ya presentada. En mi experiencia personal les diré que cuanto más grave es el maltrato, más difícil es convencer a la mujer maltratada de que siga adelante con el procedimiento judicial y en esos casos es determinante el miedo, sí, pero también otras cosas que jamás en la vida podré acertar a comprender. Y hay un tercer motivo de frustración: la instrumentalización de la ley para obtener ventajas económicas y judiciales en particular en los procedimientos de divorcio en relación a los hijos comunes. En resumidas cuentas, demasiada mierda, demasiadas miserias, demasiados hijos de puta, demasiados (y demasiadas) caraduras.

Dicho esto (gracias por el desahogo) y partiendo de que entré “manchado” a leer la novela, les puedo decir que sin embargo he salido transfigurado de su lectura. Quizá necesitaba (y en esto no entra lo literario) un enfoque ajeno a la pura objetividad de los datos y la experiencia, un soplo de aire fresco, una visión no desenfocada como la mía. Y en esa visión, la de Alexis, he recorrido con María todos los váteres de Sevilla (Estepueblo) buscando nuevos mensajes (“AYÚDAME”), he visto el Guadalquivir correr rojo de sangre (me viene a la cabeza el mejor Saramago de “La balsa de piedra” o “Ensayo sobre la lucidez”) y he sentido la impotencia de la protagonista ante la locura hecha cotidianeidad.
Ahora, una vez acabada la lectura, creo que Alexis Díaz-Pimienta, con su lucidez, con su talento narrativo, me ha ayudado más a comprender lo terrible de la lacra que relata que veintidós años de ejercicio del derecho (llámenme frívolo, llámenme exagerado) y pienso que, seguramente, la novela debería de ser lectura obligada en las escuelas, porque ahí, en la educación, y sólo ahí, es donde se puede conseguir algún cambio real en lo que se refiere a la violencia contra las mujeres.
Y, en cuanto al placer que ha supuesto la lectura, he de decirles que “Sangre” no es “Jano” ni “Jano” es “Sangre”, pero ay, el lenguaje del novelista, el idioma que uno (este lector) ya reconoce como suyo con tan sólo dos novelas leídas, el gusto de sentirse en casa con nada más abrir el libro y empezar a leer,… eso, les digo, no tiene precio para mí.
En resumidas cuentas, que ahora tengo mono de novela de Alexis Díaz-Pimienta, que en apenas 600 páginas de “Jano” y “Sangre” me he convertido en un yonqui de su prosa, que quiero más y más y más.
Recomendarles, por tanto, a estas alturas, que lean la novela me parece una redundancia, pero me apetece ser redundante: Lean “Sangre”, disfruten y sufran con ella, ahóguense en un río rojo como la sangre de todas las Marías de Estepueblo asesinadas. Me lo agradecerán.
Luisma Pérez Martín
10 de julio de 2021



por María Esteban


Portada de la novela Sangre y foto del autor: Alexis Díaz-Pimienta



Qué difícil escribir una reseña sin incurrir en tópicos. Una reseña positiva, laudatoria incluso, de la que considero a todas luces una buena novela. Combatir en mi cabeza y en la de los demás la idea de que lo hago porque el autor me lo ha pedido, sabiendo además que es un gran tipo, y cuando ya hace tiempo atravesé ese limbo que a veces establecemos con los ídolos, allá donde empieza a gustarnos sistemáticamente todo lo que hace. Si se me permite una glosa a mi propio INCIPIT, yo creo que aún puede alcanzarse un estadio superior, aquel en el que admiramos tanto a un autor y lo queremos tanto y confiamos tanto en su capacidad creativa que todo lo que escribe nos parece mal. Afortunadamente, yo aún no he llegado a ese extremo con el maestro Pimienta. Ese día yo me implicaré demasiado en mi lectura, con consecuencias desastrosas, y él dejará de encargarme reseñas. Ahora, sencillamente, me entusiasma cada libro que publica, cada relato o poema inédito que tiene la generosidad de compartir conmigo. Y no son pocos los poemas, los relatos, los libros ya editados. Porque este hombre, en términos de producción, podría disputarle el liderazgo a Stephen King y sus novelas milpaginistas escritas consecutivamente. Stephen King, otro de mis autores predilectos, a quien defiendo a capa y espada en cualquier contexto aunque secretamente ya me haya instalado en la idea de que siempre “podría hacerlo mejor”.

Qué difícil entonces, decía, escarbar en esa masa de complacencia autoimpuesta para seguir minando palabras y argumentos que sostengan que esta es una buena novela, incluso una novela excelente. Y qué difícil hacer que mi reseña suene honesta al oído humano. Pero tengo que intentarlo, por respeto al autor y por compromiso con el lenguaje, no necesariamente en ese orden. Más difícil aún es escribir una novela sobre un tema candente (ahí va el primer tópico) rechazando las herramientas que tenemos más a mano, los materiales que nos proporcionan los demás. El vocabulario, las estructuras, la perspectiva utilizadas por quienes abordaron el tema de la violencia machista antes que nosotros, ya fueran periodistas, artistas o simples conversadores. Qué difícil esquivar la demagogia, cuando, además, pocas veces nos encontramos ante un caso tan claro de buenos y malos (víctimas frente a asesinos), qué difícil mostrar sin hacer pedagogía. Y Alexis Díaz-Pimienta consigue todo eso. Si quien me lea encontrase en esta novela un solo tópico descarriado, por favor, que me escriba y me lo comunique. Porque los tópicos están, pero estratégicamente situados ante un espejo de esos que deforman y caricaturizan y magnifican, es decir, que nos muestran como realmente somos. Fuera de ese juego, de ese propósito, no hay tópicos en este libro.

Creo poder afirmar que otro de los preceptos de partida era precisamente meter el dedo en la llaga. Evitar las cifras deshumanizantes (para recurrir a ellas en el momento preciso, y con qué maestría), bucear a cambio en los detalles, que, como me dijo una vez mi padre, son lo menos importante y lo que más jode, para retratar las verdaderas implicaciones de estos asesinatos. Sangre es, en fin, una novela incómoda (he aquí un tópico consagrado), porque en ella se alternan descripciones crueles y descarnadas con episodios amables, sin transiciones; porque aun con ese trasfondo no renuncia al sentido del humor ni a cierta frivolidad; pero sobre todo porque se atreve a cuestionar nuestra empatía individual y colectiva, la posibilidad real de un sistema de relaciones basado en la sororidad. Y es que otro tema que subyace en Sangre, de forma más discreta, es el de las contradicciones en que todos (todas) caemos dentro de nuestro discurso feminista, más o menos honesto, más o menos labrado y asumido. Cómo en nuestra concienciación siempre se abren grietas, fruto de la desidia, y también de complejos y pequeñas mezquindades, o de que simplemente el mundo sigue andando aunque el Guadalquivir amanezca teñido de rojo. Porque somos humanos y humanamente sobrevivimos. Vamos tirando humanamente.

Para terminar con otro tópico diré que Sangre es, además, un interesante juego de perspectivas. Los constantes cambios de foco podrían ser confusos y no lo son. La abundancia de personajes podría sobrepasarnos y no lo hace. Solo los buenos narradores salen airosos en esta clase de madejas. Y, como he señalado alguna vez, Sangre tiene uno de los inicios de novela más desternillantes y poéticos que he leído, y es también un magnífico ejercicio de estilo indirecto libre, de metalenguaje, un deleite de adjetivos siempre precisos e inopinados, de un leve realismo mágico que se acentúa en los últimos capítulos.

No voy a decir que esta fuera una novela necesaria porque una cosa es jugar con los tópicos y otra perder el foco, y podríamos discutir si existen textos necesarios. Tampoco voy a plantearme las implicaciones de que el autor de este libro sea un hombre (por si a alguien le importa, a mí me parece fenomenal), ni excavar en polémicas.  Me limito a recomendar esta novela. Como lectora y como María. Leed esta novela, lectores. Leed Sangre.


María Esteban / Amanda Sorokin

5 de julio de 2021




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Datos:

Título: SANGRE
Autor: Alexis Díaz-Pimienta
Editorial: Scripta Manent Ediciones
Año: 2021
Páginas: 200

 

por Luis María Pérez Martín



Admiro profundamente a Alexis Díaz-Pimienta (La Habana, 1966) desde hace varios años, cuando tuve conocimiento de su existencia (como tantos) gracias a un vídeo en el que improvisaba junto a Jorge Drexler en uno de sus conciertos. Comencé a investigar por internet quién era aquel tipo capaz de eclipsar sobre un escenario, a fuerza de décimas improvisadas, nada menos que a un animal escénico como es Drexler y así descubrí el repentismo y las controversias, y comprendí, después de agotarme los ojos y los oídos estudiando todos los vídeos que caían en mis manos, que Diaz-Pimienta venía a ser Dios en lo que a improvisación poética se refiere.

Absolutamente fascinado, me interesé por conocer su poesía escrita y me agencié, tanto digitalmente como en papel, todo el material que pude encontrar. Esta vez comprendí que Díaz Pimienta tenía un lugar preferencial entre los más grandes poetas en lengua castellana de todos los tiempos  y, por supuesto, lo tendría también, y para siempre ya, en mi imaginario particular, junto a Lorca, Blas de Otero, Miguel Hernández, Roberto Juarroz, Benedetti y tantos otros monstruos de la poesía.

Pero lo que yo no sabía es que Alexis Díaz-Pimienta también es novelista.

Jano (Scripta Manent, 2021) cayó en mis manos hace unos pocos días, y la comencé con el entusiasmo recién estrenado de haber podido conocer esa misma noche en persona (por fin) a Alexis Díaz-Pimienta, pero con la inconfesable (perdona mi falta de fe, Alexis) convicción de que nada que escribiera en prosa podría igualar su inimaginable calidad poética.

No podía estar más equivocado. Apenas comenzado el libro, me saltó a la cara una de esas frases que se quedan en la memoria literaria y emocional de uno, sin saber muy bien por qué, para toda la vida: “Amar los ojos de Zuliesky es una religión para Alcibíades”. Así de sencillo: “Amar los ojos de Zuliesky es una religión para Alcibíades”. Y ya no pude ni podré parar.

Nada diré del argumento de la novela, mejor es que lo descubran por ustedes mismos, pero sí les contaré que Jano es un puzle delicioso, una historia de amor a tres (o más, o menos, quién sabe) bandas, un recorrido por las profundidades del alma humana durante cuyo trayecto Díaz-Pimienta desnuda a los protagonistas, se desnuda a sí mismo como narrador omnisciente y nos desnuda a nosotros, los lectores, frente a nuestros prejuicios y nuestras miserias.

Y así, en cueros, acompañamos a Roberto, a Emilio, a Pilar, a Carmeta, a Alcibíades, a Zuliesky, a través de los años y de las ciudades (La Habana, Cádiz, San Feliú de Llobregat), a través de sí mismos y a través de los ojos con que los demás los ven.

Les confesaré que leer por primera vez una novela de Alexis Díaz-Pimienta ha supuesto para mí exactamente la misma sensación (que ya creía perdida) de leer por primera vez, hace tantos años, a Saramago, a Terenci Moix, a Cortázar o a Millás. Y al igual que aquellas primeras veces con ellos, esta primera vez con Alexis ha supuesto un enamoramiento absoluto, irremediable e inmediato de su manera de escribir (prosa). 

Sé que releeré fragmentos de Jano infinidad de veces hasta saberlos de memoria. De hecho, ya lo he hecho con algunos de ellos (por ejemplo el maravilloso momento en que Róber-Roberto-Robertico-Jano hunde las manos en el charco de líquido amniótico de la madre de Emilio), regodeándome únicamente en la lectura, olvidando la trama, disfrutando sólo (cuánto tiempo hacía) de la escritura por la escritura.

Tanto es así que aún no sé si me ha gustado más el fondo o la forma, la falta de pudor y la sutileza extrema con que Díaz-Pimienta aborda temas delicadísimos o simplemente el fluir de la prosa, la naturalidad de los diálogos, la poesía implícita en cada párrafo. 

Sé que dentro de muchos años seguiré reflexionando sobre los personajes y sus actos. Y lo mejor de todo es que podré hablar sobre ello con el propio Alexis, porque puedo decir con infinito orgullo que, además de ser un genio inabarcable de la literatura, Alexis Díaz-Pimienta es mi amigo.

Continuaría escribiendo sobre “Jano” páginas y más páginas, pero mejor, mucho mejor, como les decía antes, es que ustedes mismos la lean y se enamoren. Porque recuerden: “Amar los ojos de Zuliesky es una religión para Alcibíades”.

 Luis María Pérez Martín, 2 de julio 2021


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Título: Jano

Autor: Alexis Díaz Pimienta

Editorial: Scripta Manent Ediciones (España)

Formato: Impreso con solapas / Ebook

Año: 2021

Pags.: 407

jun
18
Añadido por Alexis Díaz Pimienta el 18 junio 2021 a las 6:58 pm

 por Lydia Moreno García



Si algo me ha parecido siempre difícil en el mundo de la literatura es escribir para niños. Pero si hay algo que me parezca más difícil todavía es crear un personaje infantil que se desarrolle a través de poemas, no de cuentos. ¿Algo más complejo todavía? Que se haga viral. Y ese es Chamaquili. Diez libros en la calle y otros tantos inéditos. Niño poeta, niño inquieto, niño curioso, niño parlanchín, niño lector, niño feliz, niño ocurrente, niño simpático. Niño al fin. Seguramente ese sea el secreto del éxito de Chamaquili, que es un niño como otro cualquiera; todos, tanto los pequeños como los grandes que un día fueron pequeños se sienten reflejados en lo que Chamaquili dice y es ahí cuando comienzan los “¡Yo también digo eso!”, los “¡Mira, como yo!”, los “¡Igual que a mí!”, los “¡Eso también me pasó a mí!”, los “¡Yo también hago eso!”. 

¿Que cuál ha sido la clave del éxito de Chamaquili? Sin lugar a dudas, que el germen de cada poema, la frase detonante, el chiste ocurrente, la idea genial e inocente, todas, han venido de un niño; al principio todas eran las “cosas” de Alejandro, el hijo menor de Alexis Díaz-Pimienta. Luego, cuando creció, fueron todos los niños que llegaron con sus ocurrencias a los oídos del poeta cubano a través de padres o amigos. Y Chamaquili siguió funcionando. Y ahí fue cuando el niño poeta, que siempre fue universal, se hizo más universal todavía. 

Hablamos de un personaje muy cubano, pero también muy español, muy andaluz. No podemos perder de vista que las ciudades de La Habana y Almería son los dos escenarios más importantes en la vida literaria de Chamaquili, cuatro de sus libros (tres en la calle y uno inédito) lo avalan. Esto también hace de Chamaquili alguien que es de un lugar y de cualquiera. El caso más reciente de todo esto que hablamos es lo que está ocurriendo en Cuba en estos tiempos pandémicos. La Compañía Nacional de Teatro Infantil La Colmenita, de Cuba, ha puesto en marcha una serie de cápsulas audiovisuales para la televisión cubana con los poemas de Alexis Díaz-Pimienta que conforman su último libro de la saga poética: Chamaquili y la pandemia, contribuyendo así a la concienciación sobre la protección y el buen hacer contra el COVID-19. ¿Qué quién inspiró este libro aún inédito, pero ya en formato audiovisual? Un niño pequeño, un Chamaquili, que lanzó esa chispa ocurrente de la que hablábamos. Lucas, uno de los niños integrantes de La Colmenita, quien ha terminado poniéndole voz y cara de niño real al personaje literario de Pimienta. 



Chamaquili, el niño poeta, partió de Almería para viajar a La Habana, donde es el personaje infantil más querido de todo el país. Todos los niños cubanos se sienten Chamaquili, y quieren tener los libros de Chamaquili; todos los niños cubanos lo imitan, se aprenden sus poemas y los recitan. Y esto mismo que está ocurriendo al otro lado del mar, se está acercando a España como si de un efecto boomerang se tratara. Aunque son diez los libros publicados, no son tantos los niños españoles que conocen a Chamaquili. Y aquellos que lo descubren lo hacen suyo con la misma pasión que los niños cubanos: he ahí los párvulos del colegio Arlequín, de Granada; o los niños del colegio Miguel Santa en Castillo de Bañuela, Castilla La Mancha, quienes han cerrado su curso escolar con un Festival Chamaquili, recitando y cantando sus poemas. Poco a poco los libros de Chamaquili se está acercando a los niños españoles gracias a que la editorial almeriense Scripta Manent Ediciones se ha puesto como objetivo publicar los diez libros ya editados en Cuba y los otros inéditos, pendientes de que Jorge Oliver, ilustrador de Chamaquili, se ponga manos a la obra. Por lo pronto, gracias a esta editorial almeriense se pueden disfrutar de las dos obras inspiradas en el territorio andaluz: Chamaquili en Almería y Chamaquili en el Oeste, este último inspirado en el poblado del oeste que hay en el desierto de Tabernas, donde se grabaron los western espaguetis más célebres de los años 70 y 80 de Hollywood. 

Sin lugar a duda, la mejor noticia es que Chamaquili seguirá expandiendo su inocencia poética a través de sus co-padres Alexis Díaz-Pimienta y Jorge Oliver, escritor e ilustrador del niño-poeta, respectivamente. La otra gran noticia es que hasta el doctor Durán (el Fernando Simón de Cuba) se ha declarado fan número uno de Chamaquili, por todo lo que este ha contribuido a despertar conciencias en la situación actual que se vive en la isla. Pero la mejor noticia de todas es que Chamaquili, en muy poco tiempo, estará en las casas de todos los niños españoles, cubanos y del resto del mundo a través de sus libros, ya que muchos de sus títulos están siendo reeditados y traducidos. Por lo pronto, sigamos disfrutando del Chamaquili al que da vida el pequeño Lucas Baños Alvariño en la televisión y sigamos aumentando la familia chamaquilera en el Chama-Club que tenemos en Facebook: ya somos más de 24 mil miembros. ¡Apúntate!”


Libros de la Colección Chamaquili

publicados por Scripta Manent


Chamaquili en Almería

Autores: Alexis Díaz-Pimienta y Jorge Oliver (ilustrador)

Chamaquili en el Oeste

Autores: Alexis Díaz-Pimienta y Jorge Oliver (ilustrador)

Chama-Club (Facebook): ¡Intégrate!

 

Alexis Díaz-Pimienta (La Habana, 1966) es un prolífico escritor cubano afincado en España desde más de dos décadas, que en la primavera del año 2021 se ha atrevido a publicar dos novelas a la vez, bajo el sello andaluz Scripta Manent Ediciones. Sin lugar a duda, una de ellas, Sangre, es muy especial, partiendo incluso desde el propio título: corto, contundente, algo intrigante. ¿Sangre?

La capacidad de producción literaria (de calidad) de Díaz-Pimienta es como el propio mundo de la improvisación que le rodea: absolutamente dúctil y, como digo, de altas dosis cualitativas. Literatura de mucha calidad, digámoslo sin miedo. Pero lo que Alexis Díaz-Pimienta ha hecho a lo largo de las 200 páginas que dura Sangre ya es harina de otro costal. Volviendo al paralelismo anterior con el repentismo, esta obra es tan actual que casi se puede escuchar el aplauso del público, la “operatividad del momento” y el buen uso de “códigos compartidos”. Sangre es una obra tan nueva, tan a tiempo real en su temática como en su escritura, que cuesta creer que lo sea. Convergen aquí los tantos años que Alexis tiene a sus espaldas como autor, en los que ha pasado por tantas experimentaciones (y experiencias) como días tiene el año.

El barroquismo que siempre ha caracterizado su escritura y la tendencia a hacer obras de dimensiones considerables han dado paso a una evolución a todas luces natural: he aquí una novela más breve, intensa, dinámica, con diálogos directos e imágenes del mismo corte. Mientras la lee, una siempre tiene la sensación de estar ante una película que solo está en cabeza propia (transición, transición, transición). Además, la brevedad de sus capítulos proporciona una dinámica amable, casi necesaria en estos tiempos en que la humanidad se dedica a vivir corriendo.

Cualquier momento es el ideal para leer esta novela precisamente por eso, por su forma y por su contenido, porque es muy fácil (y rápido) leer un capítulo sin tener que correr el riesgo de dejarlo a medias. Y eso, una como lectora que va con el libro pegado al cuerpo como la extensión de una misma, para aprovechar cualquier tiempo vacío y seguir con la trama, es de agradecer, y mucho. 
El modo en que se escribió esta novela también es reflejo del propio Alexis, pues aquí el estilo directo e indirecto va bailando de allá para acá. Aunque esto a priori a una persona como yo, cuadriculada, tendenciosa al orden en todos los aspectos de su vida, podría causarle cierto rechazo, lo cierto es que ocurre todo lo contrario. Se agradece. Como mismo se agradece (y sorprende más) el actualísimo vocabulario que emplea su autor sobre las redes sociales y sus derivadas expresiones. Impresiona leer recortes de estos espacios de comunicación, anónimos para nosotros, reconocidos para el escritor, participando activamente, contribuyendo a esa actualización textual de la que les hablaba más arriba. Todos los modos narrativos existentes (y subconscientes) en la cabeza de Alexis se dan aquí; no falta a la cita ni tan si quiera su punto fantástico-real, en el que propone situaciones simpáticas que no podrían ser verdad, pero que juguetean con esa posibilidad en el imaginario del escritor y, por ende, en el nuestro. Y en un tema tan crudo y desgarrador como es la violencia de género, Alexis tiene la acertada delicadeza de desgranar puntos de humor aquí y allá que alivian el camino del lector.

La cotidianeidad de las situaciones que vive la María principal comienza desde los propios albores de la novela. Una, que es mujer, sabe de lo que habla, y no puede evitar sonreír al leer esa situación “tan normal” para nosotras en los baños públicos a la hora de orinar. Es aquí cuando aparece el primer asombro: ¿Cómo carajo se le ha ocurrido esto, a él, que es un tío? Y claro, pasas del asombro a la naturalidad si quien escribe es Alexis Díaz-Pimienta, porque una de las cosas que más destaco de su escritura su capacidad para encontrar lo genial en lo más sencillo y cercano, en aquello que vive en nuestro día a día, pero que, por tan rutinario, le perdemos “el punto”, algo tan común como hacer pis en un baño público sin sentarte en la taza (y todo lo que eso conlleva para las mujeres); aunque Alexis no lo haga, le basta con saber que eso ocurre para guardarlo en su cabeza.

Desgraciadamente, en ese contexto de normalidad, lo anormal también se ha vuelto costumbre. Esa es la denuncia mayor de esta novela plagada de Marías asesinadas por sus parejas: la visión normalizada del drama. Se vuelven los nombres y los lugares todos uno cuando las muertes solo tienen nombre de María y los pueblos solo se llaman Estepueblo. Y esto es otra genialidad que una no ve hasta que ya está en ese río de sangre. Genéricos nombres nos hacen reflexionar en que lo importante no está en ubicar geográficamente o ponerle rostro a una determinada persona, lo importante está en que este problema se puede dar en el lugar menos pensado y le puede ocurrir a la persona menos pensada (yo misma, que ahora escribo esto, quizás mañana podría ser otra María si la muerte me hace cruzar con un loco que ande por la calle; y qué importaría que mi muerte hubiera sido en Almería, no tiene mayor importancia que la de haber ocurrido en Estepueblo). 

Ahí está la María protagonista, soportando cientos de papeles higiénicos con una misma palabra alarmante, que a su vez es la metáfora perfecta de que la María protagonista está soportando una muerte por papel encontrado (¿fuera esto un aviso de la próxima defunción?, quién sabe). Yo, mujer, siento esa ansiedad de encontrar a quien necesita ayuda, tal y como le ocurre a ella. Porque el famoso “si tocan a una, nos tocan a todas” no es una marca de querer pelear, es un sentimiento intrínseco que tiene hasta la mujer más insensible que planeta Tierra haya pisado. Vives con la tranquilidad de quien piensa “a mí no me va a pasar”, pero detrás siempre aparece el maldito nexo adversativo, su conjunción, y su condicional para ponerte nerviosa: “pero y si…”. Y entonces te das cuenta de que esa María protagonista es la misma María que el resto, que aquellas que no corrieron la suerte de seguir vivas para contarlo. Las que seguimos vivas nos quedamos como la María que recoge papeles: con la nebulosa permanente de que quizás mañana podríamos ser nosotras la siguiente María de Estepueblo.

¿Que si recomiendo esta novela? Mi respuesta es que esta novela es necesariamente necesaria, valiéndome de la redundancia. Si eres mujer, te mirarás en un espejo; si eres hombre, te avergonzarás de algunos de tus iguales; si eres español, te acordarás de alguna María que conociste al menos de oídas; si eres de otro lugar, te dolerá igual porque lo que ocurre en Estepueblo también pasa en Aquelpueblo y en Tupueblo y en Todoslospueblos. Esta es de esas novelas que todas las personas necesitan leer para tomar conciencia sobre los crímenes que nos rodean y, entre todos, intentar cambiar el mundo que nos tocó vivir, empezando por salvar a la María que tengamos más próxima. 


Ficha técnica
Título: Sangre
Autor: Alexis Díaz-Pimienta
Editorial: Scripta Manent Ediciones
Año: 2021
Páginas: 200

 


Es muy difícil escribir una reseña sobre el libro cuando el autor del libro es tan reseñable, o más, que la obra misma. Este es el caso. He tardado muchísimo tiempo en escribir una reseña sobre el libro Religiosidad popular en verso. Últimas manifestaciones o manifestaciones perdidas en España e Hispanoamérica, del catedrático y oralista Maximiano Trapero por dos razones de peso. Una: porque hace años llevo una cruzada personal contra el concepto “novedad literaria”, una enfermedad del mercado del libro que se ha extendido y contagiado a autores, editoriales y libreros, de manera que un libro solo es reseñable en cuanto sale, creando una injusta e insana sensación de oportunismo (o de esnobismo, incluso), y dando por hecho que solo lo novedoso importa o que un buen libro, unos meses o unos años después ya no es el tan buen libro. Qué pena. Detrás de esta fórmula se esconden intereses extraliterarios que  aúpan a primeros planos obras que valen poco (y que valen menos) a la vez que se entierran otras de gran valor, simplemente porque no fueron reseñadas. Olvidan todos que el mejor reseñista literario de todos los tiempos es el propio tiempo. Y la razón número dos: por lo dicho al principio: tengo tanto que decir sobre Trapero, como autor, como ensayista, como persona, que temía que la reseña fuera demasiado extensa, teniendo en cuenta cuánto debo de decir también sobre este libro, tan buen libro, tan necesario, tan erutito y asequible a la vez. Un milagro.

Comenzaré por el autor, entonces.

Yo, nacido en 1966 en La Habana, Cuba, siempre me quejo de lo mismo: me quedé con las ganas de conocer a mucha gente que estaba “al alcance de mi mano”, por época y afinidades. En literatura, a Borges, a Evgueni Evtuchenko, a Carpentier y Lezama, a Gil de Biedma y Ángel González, a Italo Calvino y García Márquez, por citar solo algunos. En investigaciones literarias (otras de mis pasiones),  a Ramón Menéndez Pidal (se adelantó en todo: también en nacer y morir), a Emilio García Gómez (ídem), a Carlos Bousoño, a Manuel Alvar, a Paul Zumthor, a Samuel Feijoo o Mirta  Aguirre, todos “al alcance de los libros”,  pero no de la mano. Con todos me faltaron charlas, vinos, risas, intercambio de ideas. Eso sí, me quejo con la boca pequeña: he tenido la dicha de compartir y charlar con investigadores y ensayistas de la talla de Sam Armistead, Agustín García Calvo, Isabel Escudero, John Foley, Ana María Vigara y Salvador Bueno, por citar solo algunos de los grandes maestros que ya no están entre nosotros. O incluso, con la mismísima y centenaria Margit Frenk, con quien tanto he querido. Todo esto me hace recordar que hace varios años estuve compartiendo versos y vinos con el gran poeta español Ramón García Mateos y, entre las anécdotas que me contó recuerdo cuan emocionado evocaba sus charlas con el poeta Claudio Rodríguez, cuando el joven Ramón no sabía que Claudio ya era Claudio, y cómo aquellas charlas “anodinas” pasarían a ser un párrafo importante en su currículum emocional como poeta. ¡Esto nos pasa a todos cuando somos jóvenes. Y pensar que todo esto me pudo suceder a mí con el autor del libro que hoy reseño! Pero no: la vida me ha premiado. He conocido, he sido amigo y alumno y compañero de viajes, charlas e investigaciones; he sido incluso co-autor de textos literarios con uno de mis ídolos en el campo de la filología: Maximiano Trapero. Y esto se dice fácil, pero es tan inusual que debo confesar públicamente que soy y me siento un tipo afortunado. Maximiano Trapero es mi Pidal-Zumthor-Brenan-Irvin-Feijoo particular e intransferible. Algo más, dicho sea de paso, que le debo agradecer a la décima. 

Conocí a Maximiano Trapero en el ya lejano año 1995, durante un congreso de tradición oral en Almería. Yo tenía apenas 25 años y ya Maximiano era Maximiano, doctor en filología hispánica y profesor en la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, pero, sobre todo, uno de los más reputados romanceristas e investigadores de la tradición oral hispánica. Ya para entonces Maximiano tenía incluso el pelo casi blanco y a mí, no se por qué, la canicie siempre me impone  respeto. Así que nos conocimos, charlamos, intercambiamos pareceres sobre una pasión común: la décima. Y al doctor Trapero no le importó que yo fuera inmigrante y cubano y joven y autodidacta e inexperto investigador en temas en los que él ya era docto. Se tomó tan en serio mi trabajo como investigador que se convirtió de golpe en mi amigo y en mi padrino ensayístico, hasta terminar siendo el prologuista –y el mayor avalista– de mi libro más importante: Teoría de la improvisación poética. Ya ambos hemos contado muchos veces cuánto ese libro nos unió. Lo que no hemos contado es cuánto de complicidad literaria e investigativa generó esa unión: cuántos intercambios de bibliografías y, sobre todo, de manuscritos para la revisión y corrección, cuántas colaboraciones. Creo que en una época de feroz individualismo literario Trapero y yo fuimos gestando, sin proponérnoslo, un ejercicio de creación colaborativa, poco común y muy halagüeño. Confieso que muchos de mis poemarios y novelas pasan por el filtro lector de Maximiano antes de ver la luz, y que él ejerce de lector y corrector y editor y amigo, como en las tertulias decimonónicas que ambos tanto admiramos. Porque no nos engañemos: Maximiano Trapero es un personaje de estirpe clásica, antigua, a la vieja usanza, un intelectual de los que ya no abundan, y eso, a mí, me emociona y convence. De él he aprendido la disciplina de la escritura diaria, por ejemplo, y el rigor investigativo. De él he aprendido muchas otras cosas que me cuesta convertir en palabras. Por eso cuando me pidió que reseñara su libro Religiosidad popular en verso (y este es quizá la tercera razón de la dilación, inconsciente  y no dicha), la excesiva confianza del maestro me paralizó. ¿Qué decir, qué escribir que estuvier a la altura del autor y de la obra? Yo, un ateo, ¿escribir sobre religiosidad? Yo, pupilo confeso, ¿escribir sobre el maestro? Un argumento más sólido para poder hacerlo era mi pasión y entrega al estudio de la poesía popular y él ser yo mismo un “poeta popular” en mi faceta repentista. Otro argumento sólido era (es) la admiración y el respeto por el autor, ya que la admiración genera siempre emociones verdaderas. Y eso basta. Y por eso aquí estamos.

Comenzaré diciendo que Religiosidad popular en verso es, en mi criterio humilde –no en mi humilde criterio– el más profundo y abarcador acercamiento que se ha hecho a este maridaje secular tan poco estudiado. La poesía popular escrita, cantaba o improvisada en décimas, romances, cuarteta, quintillas y otras estrofas clásicas desde sus orígenes ha estado vinculada a las expresiones de religiosidad de los pueblos en los que se crea. Los poetas populares de todos los países han intentado contar con música verbal sus creencias, reinterpretándolas, dándoles utilidad didáctica y apariencia festiva, y lo han logrado con soltura y gracia. Maximino Trapero, observador y rastreador sin límites en la cultura popular en este libro nos deja conocer algunos de los casos más sublimes dentro de la tradición Iberoamericana. Se sumerge entre cánticos y músicas de raíz folclórica, se remanga su camisa pidaliana y sus pantalones whashintonirvianos, se reacomoda sus gafas humboltianas y, sin complejos ni prisas, escucha, graba, transcribe, llora, ríe, bebe, hace de todo, porque yo lo he visto, y luego todo eso nos lo devuelve en forma de tratado científico de alto vuelo literario, algo que se agradece mucho no, muchísimo. He aquí un libro filológicamente impecable que puede ser leído y degustado a partes iguales por el colega de cátedra, el alumno de primer o último año de Filología, o el portador o el informante que recibe un ejemplar a modo de agradecimiento. Y todos lo disfrutan por igual. Y lo mejor: todos ellos lo entienden. He aquí otro ejemplo de inteligencia sin afeites, de volantazos esquivando la pedantería, de erudición sin gomina pesca-aplausos.

Creo sinceramente que pocos autores actuales podrían hacer una obra como esta, porque pocos autores existen que de una manera tan equilibrada sean apasionados de las dos manifestaciones que aquí se juntan: la poesía popular, por un lado y la religiosidad popular, en todas sus expresiones, por el otro. Para hacer una obra de tamaña magnitud no basta con ser filólogo ni doctor ni catedrático. No basta tampoco con ser creyente, católico practicante o haber sido monaguillo. No basta con ser un serio investigador literario. No basta con ser un estudioso de la religiones. Hace falta algo más. Hay que ser pasional y apasionado para acercarse precisamente sin pasión al tema, o con una pasión tan equilibrada que desaparezca en la misma medida en que “aparece” el estudio. Hay que ser un sabio equilibrista para acercarse a temas ya tan estudiados –por separado– y aportar en cada uno nuevas luces. La religiosidad en todas sus expresiones lleva siglos siendo estudiada por algunos de los cerebros más preclaros que ha dado la historia de la literatura y de las ciencias religiosas. La poesía popular igual. El mérito de Maximiano Trapero entonces está en convertir, con su libro,  en apasionados de la religiosidad incluso a agnósticos y ateos, y en apasionados de la poesía oral y popular incluso a filólogos de la escritura, a creadores de estirpe libresca nada duchos ni interesados en cantes rústicos y músicas de mero valor antropológico. Maximiano lo consigue. Y eso sí tiene mérito.

El Trapero de este libro es diferente al Trapero de otros, por alguna razón que se me escapa. Este Trapero tiene algo de Bernal Díaz del Castillo y algo de Gerard Brenan; tiene  de Indiana Jones, pero también de Milman Parry; es el típico investigador que no solo conversa, graba, escribe y transcribe, sino que se inmiscuye en todo y se implica en la vida y en los saberes de sus informantes. Algo nada común, que se nota en este libro. Es más, se nota que los portadores e informantes de su investigación han dejado de serlo para convertirse en amigos y cómplices del investigador, se han dejado la puerta abierta o entornada para que entre sin pedir permiso y siga husmeando. Conociendo a Trapero como lo conozco me emociona imaginarlo por los campos de Chile, de México, de Cuba, de Colombia, de su amada Canarias y de toda España, conversando detrás de un café o de una copa de vino con campesinos y ancianos de ambos sexos, pero con la misma pasión y mismo respeto con que solía conversar con sus admirados Armistead, Coserius o Deyermont. Me lo imagino sonriente, con esa risa de niño bueno que conserva intacta aún a sus más de setenta años. 

A mí la vida me he premiado de muchas formas con Trapero. Una de ellas es muy significativa: he terminado siendo amigo personal de muchos de sus alumnos, que han sido también alumnos míos cuando él me ha invitado a dar clases en su facultad. Y todos ellos –solo por citar cuatro: Carolina Bueno, Thenesoya Vidina, Yeray Rodríguez y Lydia Moreno– me han corroborado lo que yo ya sabía: el respeto y el amor incondicional que despiertan los grandes profesores, la militancia estudiantil devenida epigonía. Por eso aquí estamos.

Religiosidad popular en verso, Últimas manifestaciones o manifestaciones perdidas en España e Hispanoamérica ha sido hermosamente editado por la editorial del Frente de Afirmación Hispanista (México, 2011) y la belleza y el cuidado de esta edición es otro de los motivos para estar felices y agradecidos todos: lectores, informantes, portadores, colegas, curiosos. Alguna vez hemos comentado el propio Trapero y yo que nunca podremos agradecer lo suficiente, quienes somos amantes de la poesía popular, y en especial de la décima, a Fredo Arias de la Canal su labor como difusor, promotor, editor y mecenas, responsable directo de una amplia bibliografía en torno a estos temas de un incalculable valor literario, científico y bibliográfico. He aquí otro ejemplo. Un buen ejemplo. Da gusto tener este libro entre las manos –el tan llevado y traído “valor objetual” de un libro–, porque al placer lector hay que sumar el placer visual y táctil por la belleza de la obra.

La obra. Por si sus valores literarios intrínsecos fueran pocas, a la magnificencia de este libro hay que sumar el excelente prólogo del cubano Virgilio López Lemus, quien desde la admiración y el conocimiento aplaude y recomienda esta obra maestra.

Y para constatar porque esta es una obra maestra basta con revisar la perfecta arquitectura del libro. Maximiano Trapero es un gran arquitecto de libros y, como en las obras de todos los grandes arquitectos, se disfruta tanto la calidad del edificio como su perfecta estructura. Religiosidad popular en verso está dividido en trece capítulos, incluyendo un glosario y una bibliografía finales, para dar como resultado un enjundioso volumen de 801 páginas.

En el capítulo I (“Estudio introductorio”) el profesor Trapero no deja pregunta sin responder: va desde la disección del título (¿por qué “religiosidad”, por qué “popular”, por qué “en verso”?)  hasta un acápite sonoro final para que “escuchemos” el libro, pasando por la décima, los neologismos, la evangelización de América, la poesía memorial y la improvisada, etc. No hay duda o pregunta que pueda surgir a priori no quede resuelta en este capítulo, que ya podría ser él solo un libro. Pero hay más, hay tanto más que asombra.

En el capítulo II (“Los romances religiosos, un devocionario en verso”) el autor regresa a una de sus pasiones y de los platos fuertes de su carrera: el romance, pero esta vez enfocando el estudio hacia la religiosidad, en América, en Canarias y en el resto de España, ayudándonos a hacer un viaje desde los romances religiosos dentro del romancero general español hasta la décima, o sea, del romance al “romance rezado” y del “romance rezado” a la décima, toda una aventura.

En el capítulo III (“El canto a lo divino de Chile”) nos sumergimos de la mano de Trapero en uno de sus grandes amores como investigador: la tradición del “canto a lo divino” chilena, y aquí otra vez nos lo responde todo, y otra vez nos emociona, porque (yo he sido testigo directo) pocas personas hay que vivan con tanta emoción el canto de décimas religiosas o filorreligiosas, bíblicas o filobíblicas, como Maximiano Trapero, una emoción que no está riñida con el rigor y la exhaustividad del texto.

En el capítulo IV (“Otros géneros del canto a lo divino”) seguimos adentrándonos en ese mundo doblemente mágico, pero ya fuera de Chile: Perú, Canarias, Cuba, Puerto Rico, México, Uruguay, Venezuela. Otro festín informativo que establecer similitudes y diferencias entre estas tradiciones.

Y es el capítulo V (“Cantando a la muerte: cantos endechásticos y de despedimiento”) uno de los más hermosos, curiosos y sorprendentes del libro, un capítulo lleno de novedades y de asombros (se nota la emoción de quien cuenta tanto como la de quienes cantan). Otra vez Thanatos, pero ahora en verso; otra vez lágrimas y poesía, poesía con lágrimas, evocación luctuosa y respeto bidireccional: hacia el poeta y hacia doliente, hacia el poeta y hacia el fallecido. Yo, en lo particular, recuerdo como si fuera hoy las veces que me comentó Trapero “lo que estaba descubriendo” en esta etapa de su investigación”, y evoco su tono y el brillo de sus ojos al contarlo, y me emociono otra vez. Este es otro capítulo que podría constituir, él solo, un libro, quizá unido al siguiente, no solo por su carácter monográfico, sino por su extensión y exhaustividad.

El siguiente capítulo, el VI (“Los velorios de angelitos”) es el complemento y la continuidad natural del anterior, y uno de los más tiernos y hermosos del libro, toda vez que toca un tema realmente delicado: la muerte de los niños y cómo la poesía popular “suaviza”, “alivia” y “cura” con versos y música un trance tan difícil. He aquí otra magnífica prueba de los valores ontológicos, psicológicos y sociológicos de la poesía popular y una de sus funciones más hermosas en la vida comunitaria, empezando por Chile y extendiéndose por otras regiones del ámbito lingüístico del español.

En el capítulo VII (“Los ranchos de ánimas y de Pascua de Canarias”) volvemos al archipiélago canario, nos sumergimos en la traducción poético-religiosa de “las afortunadas”, y con qué mejor guía que Trapero, el hombre de los guanchismos y los topónimos canarios, pero también el de los romances y las décimas, el canario adoptivo que con más profundidad ha sondeado las islas, hasta convertirse él mismo en una isla más dentro de ellas. ¡Bienvenidos a “Trapero Island!” Que disfruten del viaje.

Llegamos entonces al capítulo VIII (“Los velorios de cruz y otros velorios”) y en él nos enteramos de todo lo relacionado con estos rituales luctuosos y a la vez poetizados, desde los “velorios y velatorios” canarios y peninsulares hasta los “altares de cruz” en Cuba y sus equivalentes en otros países americanos.

En el capítulo IX (“Cantando a la Navidad”) las celebraciones y las muestras de religiosidad en verso se llenan de colorido y de motivos navideños, recorriendo varios países y varias formas de cantar y poetizar la fe, desde  los villancicos hispánicos hasta las décimas hexasílabas y octosílabas de Puerto Rico, rematando con un acercamiento del “gallo de la Navidad”.

En el capitulo X (“El ciclo de la pasión y los alabados”) llega la Semana Santa, vuelven los  romances en España y América, vuelve el Trapero más Trapero, un Maximiano en estado puro, y yendo de su manos nos sumergimos en los versos y los ritmos más significativos de los rituales semanasanteros, y es cuando la pasión saca lo más pasional del investigador y se le nota el entusiasmo y nos contagia y nos emociona, en otro capítulo digno de subrayar párrafo a párrafo.

En el capítulo XI (“El teatro religioso de tipo popular: una visión panorámica”) entramos en la recta final del libro y aquí también surge el Trapero más Trapero, uno de los Traperos más pasionales, el Trapero estudioso e investigador del teatro popular hispánica (¿¡pero cuántos Traperos hay dentro de Trapero!?, otro misterio) y nos damos el gusto de tomar la religiosidad, llenarla de versos, y verla subida a las tablas, rodeada de atrezo, tramoya, luces, vestuarios, en una de las ritualidades iberoamericanas más pintorescas  y más estudiadas por el autor: pastorales, pastores, autos de fe, en fin, teatro religioso popular con el que recorremos las profundidades de las historias patrias desde otro ángulo, desde uno novedoso o poco visitado: la el de la poesía.

Y el capítulo XII es un glosario para no perdernos entre neologismos y términos especializados. Y en el capítulo XIII están todas las referencias bibliográficas para que podamos rastrear sus investigaciones o seguir ahondando en este mundo tan desconocido como amplio. Ambos, más que capítulos finales, son acápites o anexos útiles y necesarios para no extraviarnos en este largo viaje por la religiosidad popular en verso, por la poesía popular religiosa, por la religión poetizada del pueblo, de los pueblos, algo tan sorprendente y de necesario conocimiento, aunque no seamos ni poetas ni religiosos, porque sí somos pueblos, todos somos pueblo, y estamos rodeados de versos y de creencias que condicionan aunque no lo sepamos nuestro modo de serlo.

Yo, nacido en La Habana en 1966, descubridor de Trapero en Almería en 1995, lector suyo desde entonces y amigo y alumno suyo para siempre, agradezco hasta la devoción incrédula –permítanme el fácil oxímoron–, este tour por la poesía y por la religión de la mano del mejor guía que podría tener. Un guía que es la vez poema  y salmo, poesía y culto, canturía y liturgia, investigador y fan de la materia que investiga; un sabio apasionado que encima escribe claro y bien, algo que muchas veces no es un don para los sabios. Ah, y por último: ¡qué pena, lectores, que en la lectura de este libro no escuchen la voz de Maximiano! Solo algo supera la belleza de leer este libro: ¡oírlo! Pero oírlo en la voz sacerdotal del autor, una voz y una forma de leer que “convierten” a los desprevenidos ya no sé si en poetas o en religiosos, pero en algo distinto a los que eran 801 páginas antes. ¡Bienvenidos a Trapero Island! Yo ya estaba dentro.



Alexis Díaz-Pimienta
Sevilla, 22 de mayo de 2021