"Uno de los mejores narradores cubanos de la hora presente"
(Juan Bonilla)

Cuarto de Mala Música

may
08
Añadido por Alexis Díaz Pimienta el 8 mayo 2020 a las 11:44 am


DE POR QUÉ NADIE DEBE CONFIAR EN SU TELÉFONO, SEA ESTE DE LA MARCA QUE SEA Y ÚSELO UNO CON LA FRECUENCIA QUE LO USE


Mi teléfono móvil
se ha convertido en mi mejor amigo
mi cónyuge
mi amante
mi hijo
mi m-padre
mi cómplice
mi sacerdote particular
mi profesor de yoga
mi nutricionista
mi médico de cabecera.

Mi teléfono móvil
es un un teatro portátil
con todos mis parientes
y mis conocidos
turnándose el protagonismo.

Pero cuando lo dejo solo
solo un minuto
solo un puto minuto
se viene abajo
y amenaza con mudarse a ti.

Sevilla, 28 de abril de 2020



CONVOCATORIA


Lo han dicho en las noticias.
Los perros y los pájaros han convocado una cacerolada
contra el gobierno de ese engreído otro animal
que pretende perpetuarse en el poder.
El  sábado. A las ocho.
Y hasta los virus se han sumado a la convocatoria.

Sevilla, 28 de abril de 2020



DESESCALADA. FASE 1.


Llamé a mi peluquera para pedirle turno
y se puso a llorar como una mosca.
Le dije que también abrirían los bares
y se puso a reír como un plátano frito.
La comenté que ya los niños salían a los parques
y me ladró al teléfono
palabrotas con sílabas más largas que la palabra “sílaba”.
No dije más.
Llevo 46 días,19 horas, 32 minutos y 16 segundos
sin tocarme la cara
y en este mismo instante
mientras termino de escribir este poema
me están entrando unas ganas terribles de rascarme el sol.


Sevilla, 29 de abril de 2020


LAVARSE LAS MANOS


El acto cotidiano de lavarse las manos
es tan poco poético como al acto cotidiano de ensuciárselas.
Y el acto cotidiano de ensuciárselas
Es tan poco poético

como el acto cotidiano de ignorar

que nuestras manos están llenas

de tics prosaicos y microbios.

Los microbios son a la salud
lo que el silencio es a la música
lo que el olor del pan recién horneado a la palabra hambre.

El acto cotidiano de lavarse las manos

Como todo ritual, tiene su exégesis.

Reconozcamos que hay personas

que ni sabían que tenían manos hasta ayer.
De pronto dos palabras tan pocacosa
como “lavabo” y “pasamanos”
toman el liderazgo, posan y pasan
sobre la pasarela de la voz.

De pronto alguien nos enseña por televisión

a lavarnos las manos en diez solemnes pasos.

Díez nuevos mandamientos.

Un prosaico decálogo visual.

Es tan poco poético.
Es tan simpáticamente antimetafórico.

Ya sabemos que la longitud de la mano de una persona adulta
es aproximadamente una décima parte de su altura total.
Ya sabemos que los microorganismos son nuestros amos.

Por eso resulta tan útil que nos enseñen por televisión

la matemática de la jabonadura

cuántos segundos debe durar el sonido del agua en el tragante

cómo limpiarnos bien las uñas.

Y la redondez de la palabra espuma.

Y la fortaleza monosilábica de la palabra “gel”.

O simplemente

nuestra absurda soberbia existencialsiendo tan frágiles. 

Sevilla, 30 de abril de 2020



DÍA DE COMPRAS

Nunca antes las calles de Sevilla estuvieron tan limpias.

Nunca antes las farmacias fueron tan populares.

El sol improvisa figuras geométricas sobre las paredes

con la esperanza de que todos los niños aprueben el examen.

Hay cursos para aprender a contener el estornudo.

Cursos para aprender a recoger caca de perro.

Cursos para afinar el aplauso en los balcones.

Triste Sevilla.

El olor a azahar

con guantes no es el mismo.

Sevilla, 1 de mayo de 2020, 11:51

may
08
Añadido por Alexis Díaz Pimienta el 8 mayo 2020 a las 11:44 am


DE POR QUÉ NADIE DEBE CONFIAR EN SU TELÉFONO, SEA ESTE DE LA MARCA QUE SEA Y ÚSELO UNO CON LA FRECUENCIA QUE LO USE


Mi teléfono móvil
se ha convertido en mi mejor amigo
mi cónyuge
mi amante
mi hijo
mi m-padre
mi cómplice
mi sacerdote particular
mi profesor de yoga
mi nutricionista
mi médico de cabecera.

Mi teléfono móvil
es un un teatro portátil
con todos mis parientes
y mis conocidos
turnándose el protagonismo.

Pero cuando lo dejo solo
solo un minuto
solo un puto minuto
se viene abajo
y amenaza con mudarse a ti.

Sevilla, 28 de abril de 2020



CONVOCATORIA


Lo han dicho en las noticias.
Los perros y los pájaros han convocado una cacerolada
contra el gobierno de ese engreído otro animal
que pretende perpetuarse en el poder.
El  sábado. A las ocho.
Y hasta los virus se han sumado a la convocatoria.

Sevilla, 28 de abril de 2020



DESESCALADA. FASE 1.


Llamé a mi peluquera para pedirle turno
y se puso a llorar como una mosca.
Le dije que también abrirían los bares
y se puso a reír como un plátano frito.
La comenté que ya los niños salían a los parques
y me ladró al teléfono
palabrotas con sílabas más largas que la palabra “sílaba”.
No dije más.
Llevo 46 días,19 horas, 32 minutos y 16 segundos
sin tocarme la cara
y en este mismo instante
mientras termino de escribir este poema
me están entrando unas ganas terribles de rascarme el sol.


Sevilla, 29 de abril de 2020


LAVARSE LAS MANOS


El acto cotidiano de lavarse las manos
es tan poco poético como al acto cotidiano de ensuciárselas.
Y el acto cotidiano de ensuciárselas
Es tan poco poético

como el acto cotidiano de ignorar

que nuestras manos están llenas

de tics prosaicos y microbios.

Los microbios son a la salud
lo que el silencio es a la música
lo que el olor del pan recién horneado a la palabra hambre.

El acto cotidiano de lavarse las manos

Como todo ritual, tiene su exégesis.

Reconozcamos que hay personas

que ni sabían que tenían manos hasta ayer.
De pronto dos palabras tan pocacosa
como “lavabo” y “pasamanos”
toman el liderazgo, posan y pasan
sobre la pasarela de la voz.

De pronto alguien nos enseña por televisión

a lavarnos las manos en diez solemnes pasos.

Díez nuevos mandamientos.

Un prosaico decálogo visual.

Es tan poco poético.
Es tan simpáticamente antimetafórico.

Ya sabemos que la longitud de la mano de una persona adulta
es aproximadamente una décima parte de su altura total.
Ya sabemos que los microorganismos son nuestros amos.

Por eso resulta tan útil que nos enseñen por televisión

la matemática de la jabonadura

cuántos segundos debe durar el sonido del agua en el tragante

cómo limpiarnos bien las uñas.

Y la redondez de la palabra espuma.

Y la fortaleza monosilábica de la palabra “gel”.

O simplemente

nuestra absurda soberbia existencialsiendo tan frágiles. 

Sevilla, 30 de abril de 2020



DÍA DE COMPRAS

Nunca antes las calles de Sevilla estuvieron tan limpias.

Nunca antes las farmacias fueron tan populares.

El sol improvisa figuras geométricas sobre las paredes

con la esperanza de que todos los niños aprueben el examen.

Hay cursos para aprender a contener el estornudo.

Cursos para aprender a recoger caca de perro.

Cursos para afinar el aplauso en los balcones.

Triste Sevilla.

El olor a azahar

con guantes no es el mismo.

Sevilla, 1 de mayo de 2020, 11:51

abr
08
Añadido por Alexis Díaz Pimienta el 8 abril 2020 a las 11:54 am
En la primavera de 2020, en cuanto termine el confinamiento y la cuarentena, saldrá a la luz en España mi nuevo poemario Poemas de amor zoológico, editado por Noviembre. Debo confesar que este libro, como tal, es una de las ediciones más hermosas que han hecho de mi poesía, así que doy las gracias al equipo de esta editorial madrileña, capitaneada por mi amigo Marwan. Poemas de amor zoológico es un poemario que, sin llegar a ser una antología, reúne en un mismo volumen algunos de los mejores poemas de amor de mis libros anteriores, acompañados por varias decenas de poemas inéditos en los que gloso y pondero la parte animalesca del amor y del sexo, “lo animales que somos”. Y he aquí un anticipo, a modo de aperitivo. Pues nada, animalitos, que nos vemos ahí fuera, en la vida real, cuando esto acabe.

Portada de Poemas de amor zoológico
Editorial Noviembre, Madrid, 2020
(con prólogo de Juan José Téllez)


SENTIDO DEL HUMOR

Algunas noches nos reímos en la cama

desnudos, juguetones
incapaces de tomar el sexo en serio.
Son las mejores.
Las carcajadas tienen un delicioso
punto afrodisíaco.
Ríes, te toco. Río, me revuelves.
Ríes, saliva. Río, pececito.
Con descaro infantil
te hago cosquillas en todas las jotas.
Desaparezco entre tus brazos
y ríes, Sulamita, y río, Salomón,
enhiesta mi negra vocación de hazmerreír
al sur de un blanco pez con voz y dientes extravírgenes.
Nuestros vecinos protestan por las carcajadas.
Siempre protestan por las carcajadas,
tan líquidas, tan fricativas y estridentes.
Nos debería dar vergüenza, piensan.
Pero nosotros no apagamos la luz.
No cerramos la ventana. No controlamos el volumen.
Ni siquiera seguimos un orden lógico
para nuestros escándalos.
Una jota en tu ombligo.
Dos jotas en tus corvas.
Jotas mayúsculas en tus axilas jóvenes.
Jotas cursivas en tus lunares más recónditos.
Juego de aes en tu espalda insaciable.
Manojito de mirra entre tus tetas, las tan histriónicas.
Juego de íes en tu cuello. Juego de oes es tu o.
Doble sudor interjectivo.
Y al fin todos los líquidos se filtran por las paredes
e inundan el silencio del vecino
tan coherente en su ritual de nudillos insomnes.
Ahora nos rascamos con todas las jotas,
en todas las jotas, con descaro de pez feliz

con las lenguas golosas en el rastreo de la sal.

Hay noches en que nos reímos en la cama
entre jadeos, jugos, jerigonzas y jitanjáforas, jodiendo.
Tan cómico el amor, tan payasezco el sexo.
Y nadie sabe ya, con tanta música
dónde empieza y acaba el espectáculo.

LOS ANIMALES

Amamos por instinto.
Olfateamos a la bestia del sexo contrario

incluso (a veces) a la del mismo sexo

y no pensamos en las consecuencias.

Los animales somos eso / animales.

A veces siento lástima de esos seres extraños

que se ponen a dudar de su nariz

a razonar el pálpito

a intentar traducir las palabrotas del olfato.



EL ERROR MÁS COMÚN DE LOS ENAMORADOS

Todos buscamos
el amor verdadero

como un íntimo grial

sin darnos cuenta del equívoco.

Lo necesario es encontrar

el verdadero amor

que es un grial público.

PORCENTAJES

El 99 % de los enamorados

se equivoca dos veces

cuando se enamora

y cuando se desenamora

El otro 1 % se equivoca siempre.


ANIMALADAS

Estoy pensando a qué animal nos parecemos

cuando el amor se va

y a cuál cuando el amor

es ese vidrio infame que lo deforma todo.

Y al fin lo he descubierto.

Cada uno es el ornitorrinco

que la otra parte crea.


FOTOS

Esos animales de metamorfosis

que me han vuelto razonable

                                     andré bretón

Me he puesto a mirar fotos de animales amándose

no fornicando / amándose

animales pecando a cara descubierta

diz que para conservar la especie

pero sus ojos desmienten la transacción genética

desautorizan cualquier enfoque baladí / se aman.

Son elefantes sobre la mítica tela de una araña.

Son arañas tejiendo el ajuar de dos pingüinos jóvenes.

Son pingüinos lagartos moscas perros osos tigres

gimiendo de placer ante el hocico insensible del fotógrafo

ante nuestra patética mirada de aprendices.

Y no aprenden nada.

QUIÉN SERÁ ESTE TIPO

Quién será este tipo que se levanta cada día

y se enamora de la mujer del prójimo

pero no lo dice / se limita a matricular

en un curso para ser prójimo él también

y punto.

Quién será este tipo que se levanta cada mañana

con remordimientos

y cabecea por los rincones

flagelándose con su propia voz

porque quiere ser prójimo y no puede.

Lleva varias décadas así.

Y la mujer del prójimo lo ve hundido entre papeles

untado de palabras jabonosas

y se cuelga del brazo del prójimo más prójimo

golpe bajo (bajísimo) y se va.

Quién será este tipo / me pregunto.

Quién será / quién será.

Su cara me parece conocida pero su llanto no.

Su miedo me parece conocido pero su risa no.

Su voz incluso me parece familiar

pero su letra sobre el papel me desconcierta.

abr
08
Añadido por Alexis Díaz Pimienta el 8 abril 2020 a las 11:54 am
En la primavera de 2020, en cuanto termine el confinamiento y la cuarentena, saldrá a la luz en España mi nuevo poemario Poemas de amor zoológico, editado por Noviembre. Debo confesar que este libro, como tal, es una de las ediciones más hermosas que han hecho de mi poesía, así que doy las gracias al equipo de esta editorial madrileña, capitaneada por mi amigo Marwan. Poemas de amor zoológico es un poemario que, sin llegar a ser una antología, reúne en un mismo volumen algunos de los mejores poemas de amor de mis libros anteriores, acompañados por varias decenas de poemas inéditos en los que gloso y pondero la parte animalesca del amor y del sexo, “lo animales que somos”. Y he aquí un anticipo, a modo de aperitivo. Pues nada, animalitos, que nos vemos ahí fuera, en la vida real, cuando esto acabe.

Portada de Poemas de amor zoológico
Editorial Noviembre, Madrid, 2020
(con prólogo de Juan José Téllez)


SENTIDO DEL HUMOR

Algunas noches nos reímos en la cama

desnudos, juguetones
incapaces de tomar el sexo en serio.
Son las mejores.
Las carcajadas tienen un delicioso
punto afrodisíaco.
Ríes, te toco. Río, me revuelves.
Ríes, saliva. Río, pececito.
Con descaro infantil
te hago cosquillas en todas las jotas.
Desaparezco entre tus brazos
y ríes, Sulamita, y río, Salomón,
enhiesta mi negra vocación de hazmerreír
al sur de un blanco pez con voz y dientes extravírgenes.
Nuestros vecinos protestan por las carcajadas.
Siempre protestan por las carcajadas,
tan líquidas, tan fricativas y estridentes.
Nos debería dar vergüenza, piensan.
Pero nosotros no apagamos la luz.
No cerramos la ventana. No controlamos el volumen.
Ni siquiera seguimos un orden lógico
para nuestros escándalos.
Una jota en tu ombligo.
Dos jotas en tus corvas.
Jotas mayúsculas en tus axilas jóvenes.
Jotas cursivas en tus lunares más recónditos.
Juego de aes en tu espalda insaciable.
Manojito de mirra entre tus tetas, las tan histriónicas.
Juego de íes en tu cuello. Juego de oes es tu o.
Doble sudor interjectivo.
Y al fin todos los líquidos se filtran por las paredes
e inundan el silencio del vecino
tan coherente en su ritual de nudillos insomnes.
Ahora nos rascamos con todas las jotas,
en todas las jotas, con descaro de pez feliz

con las lenguas golosas en el rastreo de la sal.

Hay noches en que nos reímos en la cama
entre jadeos, jugos, jerigonzas y jitanjáforas, jodiendo.
Tan cómico el amor, tan payasezco el sexo.
Y nadie sabe ya, con tanta música
dónde empieza y acaba el espectáculo.

LOS ANIMALES

Amamos por instinto.
Olfateamos a la bestia del sexo contrario

incluso (a veces) a la del mismo sexo

y no pensamos en las consecuencias.

Los animales somos eso / animales.

A veces siento lástima de esos seres extraños

que se ponen a dudar de su nariz

a razonar el pálpito

a intentar traducir las palabrotas del olfato.



EL ERROR MÁS COMÚN DE LOS ENAMORADOS

Todos buscamos
el amor verdadero

como un íntimo grial

sin darnos cuenta del equívoco.

Lo necesario es encontrar

el verdadero amor

que es un grial público.

PORCENTAJES

El 99 % de los enamorados

se equivoca dos veces

cuando se enamora

y cuando se desenamora

El otro 1 % se equivoca siempre.


ANIMALADAS

Estoy pensando a qué animal nos parecemos

cuando el amor se va

y a cuál cuando el amor

es ese vidrio infame que lo deforma todo.

Y al fin lo he descubierto.

Cada uno es el ornitorrinco

que la otra parte crea.


FOTOS

Esos animales de metamorfosis

que me han vuelto razonable

                                     andré bretón

Me he puesto a mirar fotos de animales amándose

no fornicando / amándose

animales pecando a cara descubierta

diz que para conservar la especie

pero sus ojos desmienten la transacción genética

desautorizan cualquier enfoque baladí / se aman.

Son elefantes sobre la mítica tela de una araña.

Son arañas tejiendo el ajuar de dos pingüinos jóvenes.

Son pingüinos lagartos moscas perros osos tigres

gimiendo de placer ante el hocico insensible del fotógrafo

ante nuestra patética mirada de aprendices.

Y no aprenden nada.

QUIÉN SERÁ ESTE TIPO

Quién será este tipo que se levanta cada día

y se enamora de la mujer del prójimo

pero no lo dice / se limita a matricular

en un curso para ser prójimo él también

y punto.

Quién será este tipo que se levanta cada mañana

con remordimientos

y cabecea por los rincones

flagelándose con su propia voz

porque quiere ser prójimo y no puede.

Lleva varias décadas así.

Y la mujer del prójimo lo ve hundido entre papeles

untado de palabras jabonosas

y se cuelga del brazo del prójimo más prójimo

golpe bajo (bajísimo) y se va.

Quién será este tipo / me pregunto.

Quién será / quién será.

Su cara me parece conocida pero su llanto no.

Su miedo me parece conocido pero su risa no.

Su voz incluso me parece familiar

pero su letra sobre el papel me desconcierta.

abr
08
Añadido por Alexis Díaz Pimienta el 8 abril 2020 a las 11:02 am
No lo puedo evitar. “Cuanto esto acabe”, “cuando termine todo esto”, “cuando esto pase” son frases que recibo diariamente desde que empezó la cuarentena –por teléfono, por Whatsaap, por Messenger, por Telegram, por Instagram, de viva voz–, y no puedo evitar que me recuerden aquel “cuando acabe la guerra” de tantas películas.
Hace ya 26 años que llegué a España, por primera vez. Era mi primer viaje fuera de Cuba –mi primera “faster”–, y aún recuerdo mi cara de asombro, mi deslumbramiento: “¡Esto es Europa!”, “ahora sí”, “estoy en España”. Me acordaba de Martí, imaginaba sus destierros a la patria de sus padres. Y luego, me acordaba de Machado, de Lorca, de Quevedo, de Lope. España había salido, por fin, de mis libros de texto, de mis lecturas poéticas y mis películas y mis series de los años 80 –desde El discreto encanto de la Burguesía,hasta La Colmena o Mujeres al borde de un ataque de nervios; desde Cañas y Barros y Fortunata y Jacinta, hasta Turno de Oficio–; España se me había plantado, íntegra y real, frente a las narices. España era la T-1 en Barajas, que me parecía tan moderna entonces. Y Atocha. Y un Talgo que también me parecía enorme y modernísimo. España eran aquellos olivares, aquellos girasoles, miles españoles y españolas que, por primera vez, no eran turistas. No, el turista era yo. Y así llegué a Granada. Otra vez Lorca. Y a Almería. Esa desconocida. Y descubrí el blancor de mi amada Alpujarra, sus riscos y sus curvas, sus tinaos y sus castigaderos. Pero de pronto, entre décimas y quintillas improvisadas, entre nuevos sabores y vinos que ponían a prueba mi paladar ronero, mi mente inquieta hizo una especie de zoom-back cenital, o una toma aérea, o sea, mentalmente “abrí el plano” –efecto dron, aunque aún los drones no existían– y volví a decirme, “no, no estoy España, ¡esto es Europa!”, la vieja Europa. Recordé entonces tantas películas en torno a las guerras europeas. Y entre imágenes de la guerra civil española y de la Primera Guerra Mundial me estremecí imaginando aquel mismo paisaje en situación extrema, algo que, los cubanos de mi generación, solo habíamos vivido en el imaginario colectivo de una hipotética invasión a Cuba. Para nosotros el concepto “guerra” era eso, una sospecha, un temor, una amenaza, un concepto inducido por la prensa nacional, “por si las bombas”. Y he aquí que en mi cabeza visualicé las bombas reales sobre Europa, sobre esa mi España recién descubierta. Y en mi cabeza las fotos de guerra de Robert Cappa empezaron a moverse. Y los trenes, todos, comenzaron a rodar en blanco y negro, herrumbrosos, más metálicos que nunca. Y llegaron las colas, el hambre, el miedo, la palabra “muerte”. Recuerdo que mi cerebro –tan fabulista yo– comenzó a imaginarse las calles de Madrid desiertas y los refugios y la gente huyendo a encerrarse en sus casas. Recuerdo que me entristecía, sin decírselo a nadie, imaginando aquella situación extrema, aquellos ruidos de sirenas, alarma aérea, disparos, llantos. Todo muy en blanco y negro,  todo a la vez ruidoso y silencioso. Era raro. Había ruidos de sirenas, alarma aérea, disparos, llantos, pero a la vez silencio. En mi cabeza, España entera estaba sumida en un denso silencio. Se me mezclaban imágenes dictadas por los párrafos de la Historia de Españade Pierre Vilar –lectura adolescente–, con algunas imágenes fílmicas marca Hollywood. Y rodeado de risas y vinos y aplausos y quintillas y décimas improvisadas, yo sufría. Sin decírselo a nadie; es más, lo estoy contando ahora por primera vez. Me imaginaba a los padres de mis nuevos amigos en tiempo de post-guerra, niños descalzos, tristes, flacos; imaginaba a los abuelos de mis nuevos amigos jóvenes y en ropa de combate, o presos, o escondidos para no ser fusilados por uno u otro bando. E imaginaba las calles españolas desiertas. Barridas por el miedo. Purgadas por la muerte o el peligro de muerte. Como ahora. Como hoy mismo, 19 de marzo del año 2020. Yo nunca había visto nada igual. Yo, cubano. Yo, cubano-andaluz. Yo, fabulista nato, imaginador impenitente, incorregible, nunca imaginé un Madrid desierto, una ciudad de Almería con el ejército en las calles, una Sevilla silenciosa; jamás pensé convivir con millones de personas encerradas en sus casas, con miedo.
Sí, otro fantasma recorre Europa, y este no es metafórico. Un enemigo invisible que está ahí fuera, y nadie ve, y todos tememos. Las peores imágenes del cine catasfrofista –ese subgénero que ha subdegenerado tanto– toman cuerpo en España, como lo hicieron en Italia antes y en China primero. Recuerdo ahora unos versos apocalípticos de un viejo repentista cubano (Rafael Acosta) que se atrevió con un “cuasi haiku” radioactivo: “Después del desastre / la señora radioactividad / anda hablando a solas”. Miro por el balcón de mi casa, hacia la calle y no, no es la señora Radioactividad. Es el señor Silencio. El silencio habla solo por las calles de Sevilla. Y por las de Madrid. Y en Almería, en Barcelona, en Valencia, en toda España. El señor Silencio sale a comprar el pan y se pone en la cola, pero a un metro de distancia de la Señora Preocupación, que está a un metro de distancia del Señor Miedo, que a su vez guarda un metro de distancia del Señor Qué Pasará Mañana. Y el señor Qué Pasará Mañana lleva un mascarilla puesta, y guantes, y mira con prudente desazón a la señora Cuando Esto Acabe, que, por cierto, es la única de todos que sonríe. Bajo su mascarilla –o “nasobuco”, ese hermoso neologismo cubano– se nota su sonrisa picarona. Es la señora Cuando Esto Acabe ese ejemplar de humanos que, en situaciones como estas, da esperanza, luz, ánimo, seguridad, que ayudan a vivir, a que sobrevivamos. Gente tan necesaria, digo yo. La Señora Cuando Esto acabe está en la cola, tan tranquila, y mientras los demás estamos serios, cariacontecidos, pensando en nuestros padres o abuelos –tan mayores–, en nuestros hijos –tan jóvenes–, en nuestras parejas –tan queridas–, en nuestros amigos –tan necesarios–, en la cuota de desconocidos que nos toca –tan inevitables como útiles para el equilibrio del entramado social– ella, tan sabia y luminosa, solo está pensando en el día de después, en cuando esto acabe, cuando esto pase, cuando termine la Guerra del COVID, este acontecimiento histórico.
                Pienso entonces, egoísta yo en mi esencia más literaria, que a mí, al insignificante ser humano con la etiqueta nominal Alexis Díaz-Pimienta, no me había tocado vivir aún ningún acontecimiento histórico de grandes magnitudes. Excepcional, único, de dimensiones lamentablemente épicas. Y este lo es, seguro. Yo nunca había vivido nada igual. Los grandes hechos de la historia, al menos para mí, estaban en los libros, en las fotos, en los filmes (sobre todo en los documentales). Y heme aquí, encerrado en casa, lavándome las manos como un poseso, buscando geles, mascarillas, comida de contingencia. Heme envuelto en mi heroicidad doméstica, tan individual que tiene efecto colectivo. Heme aquí mirando a mis prójimos más próximos con prudente distancia, con preocupación sincera. Somos, todos, tristes protagonistas de una guerra epidémica. Y entonces pienso en África. Tantas veces ha sido África el escenario de este tipo de guerras, y desde aquí, desde España, desde la fría Europa, se veía tan lejos. Pienso en América Latina, tan desigual en todas sus desigualdades. Pienso en Cuba, tan mía, tan lejos, tan poco preparada para lo que le viene encima –nadie lo está lo suficiente. Pienso en mi familia. Pienso en esos inesperados acontecimientos que cambian la historia de la humanidad y del mundo, ya para siempre. La peste medieval. Los viajes de Colón. Las dos Guerras Mundiales. El viaje al espacio. El 11-S. La pandemia del COVID-19.
Y no me vengo abajo, no, porque las personas, todas, tenemos una válvula secreta que se activa en momentos extremos. Como este. Entonces, sin pensarlo dos veces, me pongo a cantar décimas, y a pensar en mis próximos cursos online para enseñar la décima a grandes y pequeños desde las redes;  y a editar vídeos, y a escribir, mi verdadera máscara para la supervivencia. Y pienso que debo tomar el teléfono y decirle a mis hijos: “Cuando esto acabe iré corriendo a darles un abrazo y un beso que les dure hasta la próxima gran crisis”. Y decirle a mis ex: “Cuando esto acabe iré corriendo a abrazarlas y a agradecerles los tantos años juntos, los hermosos momentos que hemos vivido y disfrutado”. Y a mis amigos: “Cuando esto acabe los iré a visitar, compraré ron, sacaré el dominó, leeremos poemas, cantaremos canciones, reiremos a mandíbula batiente como antes”. Y a mi pareja: “Cuando esto acabe seguirnos confinados en el amor, en la compañía, en la empatía, en el cariño preocupado”. Y a mi madre, que está empezando a escribir décimas a sus 80 años: “Mamá, cuando esto acabe nos quedarán 80 años más para quererte mucho, para cuidarte y agradecerte y admirarte”. Y a mis hermanos: “Cuando esto acabe, bróders, asaremos un puerco, compraremos cervezas, hablaremos en voz altísima hasta escandalizar a los vecinos, improvisaremos décimas como unos descocidos”. Y a la cuota de desconocidos que me corresponde: “¡Ey, ustedes!: cuando esto acabe nos cruzaremos otra vez por las calles, dentro de los ascensores, en el transporte público, y nos sonreiremos todos, y nos diremos ‘hola’, ‘buenos días’, ‘gracias’, ‘vaya usted con Dios’, aunque no seamos creyentes. Y así todo el tiempo: “Cuando esto acabe”, “cuando esto acabe, “cuando esto acabe”. Pero entonces la señora Cuando Esto Acabe, que lo sabe todo y lo oye todo –hasta los pensamientos–, me mira sonrisueña detrás del nasobuco, a un metro de distancia,  me guiña un ojo y me dice, casi sin mover los labios: “¡Eres un copión!”, con un tono infantil indescriptible. Y ya está: sonriendo yo también, pienso en mis nietas.


Alexis Díaz-Pimienta
Sevilla, 19 de marzo de 2020

(Publicado originalmente en la revista Yorobuko)

abr
08
Añadido por Alexis Díaz Pimienta el 8 abril 2020 a las 11:02 am
No lo puedo evitar. “Cuanto esto acabe”, “cuando termine todo esto”, “cuando esto pase” son frases que recibo diariamente desde que empezó la cuarentena –por teléfono, por Whatsaap, por Messenger, por Telegram, por Instagram, de viva voz–, y no puedo evitar que me recuerden aquel “cuando acabe la guerra” de tantas películas.
Hace ya 26 años que llegué a España, por primera vez. Era mi primer viaje fuera de Cuba –mi primera “faster”–, y aún recuerdo mi cara de asombro, mi deslumbramiento: “¡Esto es Europa!”, “ahora sí”, “estoy en España”. Me acordaba de Martí, imaginaba sus destierros a la patria de sus padres. Y luego, me acordaba de Machado, de Lorca, de Quevedo, de Lope. España había salido, por fin, de mis libros de texto, de mis lecturas poéticas y mis películas y mis series de los años 80 –desde El discreto encanto de la Burguesía,hasta La Colmena o Mujeres al borde de un ataque de nervios; desde Cañas y Barros y Fortunata y Jacinta, hasta Turno de Oficio–; España se me había plantado, íntegra y real, frente a las narices. España era la T-1 en Barajas, que me parecía tan moderna entonces. Y Atocha. Y un Talgo que también me parecía enorme y modernísimo. España eran aquellos olivares, aquellos girasoles, miles españoles y españolas que, por primera vez, no eran turistas. No, el turista era yo. Y así llegué a Granada. Otra vez Lorca. Y a Almería. Esa desconocida. Y descubrí el blancor de mi amada Alpujarra, sus riscos y sus curvas, sus tinaos y sus castigaderos. Pero de pronto, entre décimas y quintillas improvisadas, entre nuevos sabores y vinos que ponían a prueba mi paladar ronero, mi mente inquieta hizo una especie de zoom-back cenital, o una toma aérea, o sea, mentalmente “abrí el plano” –efecto dron, aunque aún los drones no existían– y volví a decirme, “no, no estoy España, ¡esto es Europa!”, la vieja Europa. Recordé entonces tantas películas en torno a las guerras europeas. Y entre imágenes de la guerra civil española y de la Primera Guerra Mundial me estremecí imaginando aquel mismo paisaje en situación extrema, algo que, los cubanos de mi generación, solo habíamos vivido en el imaginario colectivo de una hipotética invasión a Cuba. Para nosotros el concepto “guerra” era eso, una sospecha, un temor, una amenaza, un concepto inducido por la prensa nacional, “por si las bombas”. Y he aquí que en mi cabeza visualicé las bombas reales sobre Europa, sobre esa mi España recién descubierta. Y en mi cabeza las fotos de guerra de Robert Cappa empezaron a moverse. Y los trenes, todos, comenzaron a rodar en blanco y negro, herrumbrosos, más metálicos que nunca. Y llegaron las colas, el hambre, el miedo, la palabra “muerte”. Recuerdo que mi cerebro –tan fabulista yo– comenzó a imaginarse las calles de Madrid desiertas y los refugios y la gente huyendo a encerrarse en sus casas. Recuerdo que me entristecía, sin decírselo a nadie, imaginando aquella situación extrema, aquellos ruidos de sirenas, alarma aérea, disparos, llantos. Todo muy en blanco y negro,  todo a la vez ruidoso y silencioso. Era raro. Había ruidos de sirenas, alarma aérea, disparos, llantos, pero a la vez silencio. En mi cabeza, España entera estaba sumida en un denso silencio. Se me mezclaban imágenes dictadas por los párrafos de la Historia de Españade Pierre Vilar –lectura adolescente–, con algunas imágenes fílmicas marca Hollywood. Y rodeado de risas y vinos y aplausos y quintillas y décimas improvisadas, yo sufría. Sin decírselo a nadie; es más, lo estoy contando ahora por primera vez. Me imaginaba a los padres de mis nuevos amigos en tiempo de post-guerra, niños descalzos, tristes, flacos; imaginaba a los abuelos de mis nuevos amigos jóvenes y en ropa de combate, o presos, o escondidos para no ser fusilados por uno u otro bando. E imaginaba las calles españolas desiertas. Barridas por el miedo. Purgadas por la muerte o el peligro de muerte. Como ahora. Como hoy mismo, 19 de marzo del año 2020. Yo nunca había visto nada igual. Yo, cubano. Yo, cubano-andaluz. Yo, fabulista nato, imaginador impenitente, incorregible, nunca imaginé un Madrid desierto, una ciudad de Almería con el ejército en las calles, una Sevilla silenciosa; jamás pensé convivir con millones de personas encerradas en sus casas, con miedo.
Sí, otro fantasma recorre Europa, y este no es metafórico. Un enemigo invisible que está ahí fuera, y nadie ve, y todos tememos. Las peores imágenes del cine catasfrofista –ese subgénero que ha subdegenerado tanto– toman cuerpo en España, como lo hicieron en Italia antes y en China primero. Recuerdo ahora unos versos apocalípticos de un viejo repentista cubano (Rafael Acosta) que se atrevió con un “cuasi haiku” radioactivo: “Después del desastre / la señora radioactividad / anda hablando a solas”. Miro por el balcón de mi casa, hacia la calle y no, no es la señora Radioactividad. Es el señor Silencio. El silencio habla solo por las calles de Sevilla. Y por las de Madrid. Y en Almería, en Barcelona, en Valencia, en toda España. El señor Silencio sale a comprar el pan y se pone en la cola, pero a un metro de distancia de la Señora Preocupación, que está a un metro de distancia del Señor Miedo, que a su vez guarda un metro de distancia del Señor Qué Pasará Mañana. Y el señor Qué Pasará Mañana lleva un mascarilla puesta, y guantes, y mira con prudente desazón a la señora Cuando Esto Acabe, que, por cierto, es la única de todos que sonríe. Bajo su mascarilla –o “nasobuco”, ese hermoso neologismo cubano– se nota su sonrisa picarona. Es la señora Cuando Esto Acabe ese ejemplar de humanos que, en situaciones como estas, da esperanza, luz, ánimo, seguridad, que ayudan a vivir, a que sobrevivamos. Gente tan necesaria, digo yo. La Señora Cuando Esto acabe está en la cola, tan tranquila, y mientras los demás estamos serios, cariacontecidos, pensando en nuestros padres o abuelos –tan mayores–, en nuestros hijos –tan jóvenes–, en nuestras parejas –tan queridas–, en nuestros amigos –tan necesarios–, en la cuota de desconocidos que nos toca –tan inevitables como útiles para el equilibrio del entramado social– ella, tan sabia y luminosa, solo está pensando en el día de después, en cuando esto acabe, cuando esto pase, cuando termine la Guerra del COVID, este acontecimiento histórico.
                Pienso entonces, egoísta yo en mi esencia más literaria, que a mí, al insignificante ser humano con la etiqueta nominal Alexis Díaz-Pimienta, no me había tocado vivir aún ningún acontecimiento histórico de grandes magnitudes. Excepcional, único, de dimensiones lamentablemente épicas. Y este lo es, seguro. Yo nunca había vivido nada igual. Los grandes hechos de la historia, al menos para mí, estaban en los libros, en las fotos, en los filmes (sobre todo en los documentales). Y heme aquí, encerrado en casa, lavándome las manos como un poseso, buscando geles, mascarillas, comida de contingencia. Heme envuelto en mi heroicidad doméstica, tan individual que tiene efecto colectivo. Heme aquí mirando a mis prójimos más próximos con prudente distancia, con preocupación sincera. Somos, todos, tristes protagonistas de una guerra epidémica. Y entonces pienso en África. Tantas veces ha sido África el escenario de este tipo de guerras, y desde aquí, desde España, desde la fría Europa, se veía tan lejos. Pienso en América Latina, tan desigual en todas sus desigualdades. Pienso en Cuba, tan mía, tan lejos, tan poco preparada para lo que le viene encima –nadie lo está lo suficiente. Pienso en mi familia. Pienso en esos inesperados acontecimientos que cambian la historia de la humanidad y del mundo, ya para siempre. La peste medieval. Los viajes de Colón. Las dos Guerras Mundiales. El viaje al espacio. El 11-S. La pandemia del COVID-19.
Y no me vengo abajo, no, porque las personas, todas, tenemos una válvula secreta que se activa en momentos extremos. Como este. Entonces, sin pensarlo dos veces, me pongo a cantar décimas, y a pensar en mis próximos cursos online para enseñar la décima a grandes y pequeños desde las redes;  y a editar vídeos, y a escribir, mi verdadera máscara para la supervivencia. Y pienso que debo tomar el teléfono y decirle a mis hijos: “Cuando esto acabe iré corriendo a darles un abrazo y un beso que les dure hasta la próxima gran crisis”. Y decirle a mis ex: “Cuando esto acabe iré corriendo a abrazarlas y a agradecerles los tantos años juntos, los hermosos momentos que hemos vivido y disfrutado”. Y a mis amigos: “Cuando esto acabe los iré a visitar, compraré ron, sacaré el dominó, leeremos poemas, cantaremos canciones, reiremos a mandíbula batiente como antes”. Y a mi pareja: “Cuando esto acabe seguirnos confinados en el amor, en la compañía, en la empatía, en el cariño preocupado”. Y a mi madre, que está empezando a escribir décimas a sus 80 años: “Mamá, cuando esto acabe nos quedarán 80 años más para quererte mucho, para cuidarte y agradecerte y admirarte”. Y a mis hermanos: “Cuando esto acabe, bróders, asaremos un puerco, compraremos cervezas, hablaremos en voz altísima hasta escandalizar a los vecinos, improvisaremos décimas como unos descocidos”. Y a la cuota de desconocidos que me corresponde: “¡Ey, ustedes!: cuando esto acabe nos cruzaremos otra vez por las calles, dentro de los ascensores, en el transporte público, y nos sonreiremos todos, y nos diremos ‘hola’, ‘buenos días’, ‘gracias’, ‘vaya usted con Dios’, aunque no seamos creyentes. Y así todo el tiempo: “Cuando esto acabe”, “cuando esto acabe, “cuando esto acabe”. Pero entonces la señora Cuando Esto Acabe, que lo sabe todo y lo oye todo –hasta los pensamientos–, me mira sonrisueña detrás del nasobuco, a un metro de distancia,  me guiña un ojo y me dice, casi sin mover los labios: “¡Eres un copión!”, con un tono infantil indescriptible. Y ya está: sonriendo yo también, pienso en mis nietas.


Alexis Díaz-Pimienta
Sevilla, 19 de marzo de 2020

(Publicado originalmente en la revista Yorobuko)

feb
29
Añadido por Alexis Díaz Pimienta el 29 febrero 2020 a las 10:45 am

 

Boca de Lobo, de Roly Ávalos.
Premio Francisco Riberón Hernández, 2018

El poeta estadounidense Allen Ginsberg llegó a La Habana en 1965 y salió de La Habana –ya otros han dicho cómo y por qué, no viene al caso– muy poco tiempo después para no volver nunca.

El poeta argentino Jorge Bocannera ha estado en Cuba muchas veces, como ganador del Premio Casa de las Américas, como jurado del mismo premio, como poeta, como turista, como amigo.

El poeta cubano Ramón Fernández-Larrea nació en Cuba, donde se volvió desde muy joven un periodista y un poeta muy respetado en los circuitos intelectuales de la isla, poeta y periodista querido y admirado que se fue de Cuba hace varias décadas y no ha vuelto físicamente, pero que no ha dejado de estar con sus poemas y sus radiopoemas en su país de origen, siempre.

Pues bien, ninguno de los tres conoce a Roly Ávalos. Ninguno de los tres lo ha leído siquiera. Roly Ávalos (1988) es demasiado joven para Ginsberg (1926-1997); incluso para Boccanera (1952) y Fernández-Larrea (1958). Sin embargo, los tres se han encontrado en este libro, Boca de lobo, sin quererlo, sin saberlo siquiera. El poeta beat de una manera fantasmal, tangencial, subletránea; el poeta argentino y el poeta cubano compartiendo página de citas, como quien comparte asiento en una guagua o en un almendrón, cada uno sentado sobre un verso propio, aunque eso sí, de estirpe ginsbergiana.

Me explico.

Decía Pierre Genette, semiólogo francés que tampoco supo ni sabrá nunca de los versos de Roly Ávalos, que en cualquier obra literaria el paratexto es muchas veces tan importante como el texto, o sea, que las citas o exergos, las entrevistas al autor y hasta su biografía, son elementos que aportan marcas, tanto a la escritura como a la lectura que haremos del poeta en su total, y de cada texto en particular, para bien o para mal del autor y la obra. Por lo tanto, no son gratuitas ni fortuitas –nada de florituras o esnobismo literario– las citas en los libros: al contrario, son microseñales para que el lector, ese desconocido que entrará en casa ajena, no tropiece con los muebles poéticos. Por eso hay que leerlas con detenimiento, con el mismo cuidado con el que cada poeta las escoge. Y en el libro que nos atañe todo esto ocurre a niveles sutilísimos, porque el poeta ha hilado tan fino que hay que “padecer” cierta licantropía crítica –como es mi caso– para advertir el juego, los juegos, el “teje-maneje” de significados.

Para empezar, la frase “boca de lobo” es una metáfora lexicalizada que representa la oscuridad, pero a la vez el miedo, dado que lo oscuro, más que la figura del lobo mismo, significa y magnifica pavores diversos. Boca de lobo  = oscuridad = miedo. El poeta, entonces, se sumerge con sus versos en lo oscuro, en las oscuridades de su voz, de su ser, de su familia, de su ciudad, del mundo, convencido de que sus versos, y solo ellos, lo alumbrarán, lo guiarán y lo pondrán a salvo. El poeta teme –como todo poeta, dicho sea de paso– e intenta que la poesía lo mantenga a salvo, lo proteja.

Entonces, “como un aullido el corazón”, dice Jorge Boccanera en el pórtico del libro,  citado por Ávalos. Y desde allí mismo le responde Fernández-Larrea, citado también por el poeta de Luyanó: “¿pero qué es un aullido?” Y por supuesto, Allen Ginsberg, el mismísimo Ginsberg –a quien no se menciona en todo el libro, por cierto, algo muy significativo en un poemario estructurado no por secciones, sino por “aullidos”– se frota las manos en silencio con gesto beat, muy beat, como si aullara pero sin sonido, con su bocaza obscenamente abierta: lo ginsbergiano filtrado y refiltrado hasta infiltrarse en el lector sin el lector notarlo. En este libro no hay vergas ni vaginas ni drogas ni eyaculaciones ni escándalos ni juicios…, solo sombras, miedos, soledad, muerte, vientos, penumbras, oscuridades, lobos, lunas, aullidos, sillones que se mueven solos, licantropías de distinto tipo. No está Allen, pero sí está Ginsberg, aunque sospecho que ni el propio Ávalos se ha dado cuenta. Hace poco, interrogado sobre su libro, Ávalos habló de Titto Maccio Plauto y del lobo en tanto cánido, y de la boca del lobo como metáfora sobre las oscuridades, y de la poesía como herramienta para explorar “las zonas oscuras del lector”, tal vez olvidando que en tanto autor él mismo es el primer lector “oscuro” del poemario oscuro que ha alumbrado; y de que todo ese juego de luces y sombras, en él, joven poeta cubano de principios del siglo XXI, tiene iridiscencias insospechadas, provenientes de los poetas beats de finales del siglo pasado, sobre todo de Allen Ginsberg y aquel tremendo Aullido que atravesó California, Nueva York, el resto de Estados Unido, y que llegó a Cuba, por supuesto, como al resto del mundo. Un aullido que resuena aún, a pesar de Allen mismo.

Es muy significativo, por ejemplo, que este poemario comience con un poema que se intitula “6:00 P.M.”, título tan del gusto de los beats, tan necesitados ellos de dar realce poético a lo cotidiano, incluso el paso del tiempo con sus marcas numéricas –oh, aquellos poemazos de Frank O’Hara o de Hettie Jones, dejándonos saber a qué hora exacta y minuto y segundo lo estaban escribiendo–. Y de paso me pregunto, ¿quién será el Carl Salomon de Roly Avalos, quién es el poeta psiquiátrico al que este joven puede glosar y glosa en sus poemas, aún sin saberlo? ¿O en estos poemas hay un Carl Solomón colectivo, invisible también? ¿Todos somos su doppelgänger particular, los fantasmas caminando a su lado para que Avalos aúlle en blanco y negro sin sentirse tan solo y temeroso? ¿Somos sus locos evitando la cárcel? ¿Somos sus presidiarios internados voluntariamente en manicomios cotidianos, domésticos? Me consta que el tema de la locura es recurrente en la obra de Ávalos, tanto como en su vida diaria. Me consta, incluso, que, como en el verso-pórtico del gran poema de Ginsberg, Ávalos ha visto a las mejores mentes de su generación “perdidas por la locura, hambrientas histéricas desnudas”. Pero, ¿y lo carcelario y lo delincuentil? ¿Acaso su barrio, Luyanó, con sus mitos urbanos y su mala fama, es la coartada necesaria y única?

Boca de lobo –su oscuridad– evoca, aun por contraposición, a City Lights –la ciudad de las luces, la librería-editorial beat que tomó el nombre a su vez del poema cinematográfico de Chaplin– y esta evocación es otro guiño beat del libro, desde el mismo título.

“Cuando él era más joven y yo era más joven, conocí a Allen Ginsberg” escribió Williams Carlos Williams en el prólogo a Aullido, en 1956; y yo podría decir aquí lo mismo: “Cuando él era más joven y yo era más joven, conocí a Roly Ávalos”, tan joven él que aún era un niño, un negrito largo y flaco como ahora, y tan risueño y nervioso como ahora, y tan poeta, es decir, tan temeroso “del mundo exterior”, aunque lo disimulara. Y eso fue bueno. Ha sido bueno. Temer, ya lo sabemos, es una de las fuentes eternas de la poesía. Temor a todo: al amor, a la muerte, a la calle, a la vejez, a la política, a la noche, a las oscuridades de todo tipo. Temer para escribir con valentía. Temer para escribir como si no temiéramos. Así crece este libro lleno de exorcismos verbales contra el paso del tiempo y el advenimiento de la muerte de los seres queridos, contra las zonas oscuras de la sociedad cubana, y los malos amores y los amores buenos, que a veces son los que más duelen.

En uno de sus poemas el poeta dice “a esta hora las paredes aúllan de desespero” para más adelante confesar que “se me hace la boca humo”, un verso que es mucho más que un juego de palabras, porque el humo es nada, y la nada silencio, y la boca es o debe ser mucho más que boca, voz, y cuando la voz es nada en esa boca doblemente oscura, emerge el Silencio con mayúsculas, en todo su esplendor, que es, dicho sea de paso, el colmo de las oscuridades de un poeta. Y luego está el “aullido mendicante” del que habla el poeta en su Aullido primero, un aullido con el que el propio poeta advierte: “Debo ser yo, que le amputo / voces a la oscuridad”, en una declaración de principio, más que de principios. Y se dice a sí mismo, luego: “Hay, en todas las ciudades / una mujer que te olvida”, dejando al descubierto otro de sus grandes miedos: esa mujer ubicua y olvidadiza que convierte el miedo en pánico. Roly Ávalos teme y avanza a tientas, a tropezones por su propio libro y se reconoce “una sombra más”, y se dice a sí mismo “es sábado y tengo barba”, y luego a los demás, “es el silencio / pisándome los talones”, y en cada verso parece oírsele, desesperado, temeroso, intentando justificarse por ser poeta, casi pedir perdón por tener luz propia: “Soy solo el antagonismo / de mi plena oscuridad, / bordeándome, soledad, / apátrida de mí mismo”. Roly Ávalos, el poeta, canta, versa, escribe como pidiendo perdón por hacerlo, en un rejuego delirante de miedos y arrojos, de sí pero no, de luces y sombras, siempre sombras.

Sin embargo, el poema que da título al libro es un poema-homenaje a la luna, fuente de luz, la mayor fuente de luz natural en la mayor fuente de oscuridad por antonomasia: la noche. Aunque el poeta a la luna le habla en una descarada segunda persona: “Desde mis labios oscuros / yo te padezco”, dice, quejándose, en un juego antonímico fino y deleitoso. El poeta le dice a la luna, yo, poeta negro, te padezco, luz-luna; yo, poeta hecho de silencio y miedos (que vive en la boca del lobo), te padezco, luna, luz, palabra, voz, “señora”. Y entonces, desde ahí, escribe, canta, se desboca, y llega su antológico poema al viento habanero (Huellas del viento en La Habana), con algunos versos que, sueltos, bastarían para ser poemas aforísticos; y llegan redondillas que cortan el aliento cuando el miedo, o una de las caras del miedo, retrata con amargura su percepción de Cuba, esa isla tan suya, tan mía, tan nuestra:

Yo tengo un país grasiento.

Un país crucificado.

Yo tengo un país-pasado,

un país experimento…

afirmaciones que cortan la respiración, de tan amargas, de tan oscuras, pero que se quedan pequeñas cuando el poeta continúa afirmando:

Yo tengo un país-alarde

(yo tuve un país-machete),

Yo tengo un país membrete,

yo tengo un país cobarde…

para inmediatamente preguntarse a sí mismo, y al lector y al país todo, en una juego de espejos tan especular –y espectacular–como doloroso:

¿Yo tengo un país cobarde?

¿Yo tengo un país-membrete?

(¿Yo tuve un país-machete?)

¿Yo tengo un país-alarde?

devolviéndonos a la circularidad, a los juegos concéntricos en una estructura simétrica que a su vez está enmarcada dentro de un poema birrimal, recurrente, envolvente, que no deja escapar  al lector y del que el poeta solo sale, diz que ileso, gracias a un verso-grúa, salvador y clarificador: “tal vez he nacido tarde”, en otra de las paradojas que atraviesa el libro: este poeta joven es un “futuro anciano” que “tal vez ha nacido tarde”.

Y en el último poema del libro regresa el toque beat en un título numérico de formato cronológico –o más bien, cronémico– 12:00 AM, en el que se nos delata otra vez la estructura circular del poemario –empieza a las 6:00 PM y acaba a las 12:00 AM; ¿reloj?, ¿boca de lobo?, ¿circularidad?–, lo que demuestra, de paso, la preocupación formal del autor, lo sopesado que está todo aquí dentro, porque este es un poemario lleno de juegos formales más o menos experimentales, hechos para avisados y avezados lectores, juegos que los ingenuos y los desprevenidos pasarán por alto.

En su poema final el poeta es tajante: “Dudo / de las enciclopedias del futuro”, porque teme no saber, ya lo ha dicho, a qué tiempo pertenece. Roly Avalos Díaz, yo tampoco lo he dicho, es habanero, tiene 31 años, es instructor de teatro, es repentista, es negro, es soltero, es derecho, no juega beisbol ni baila casino: todos datos paratextuales que marcan y determinan que este libro sea este libro y no otro, como advirtió Genette. Y Boca de lobo es su segundo libro publicado. Antes publicó en España, Mundo pañuelo (Ed. Guantanamera, Sevilla, 2017), un poemario, por cierto, que poco se parece a este.

Hay poetas que tardan mucho tiempo en encontrar una voz propia, en formársela. Y hay poetas que desde el primer libro, desde las primeras publicaciones, ya tienen una voz inconfundible. Este es el caso. Este es un libro para recorrerlo con un mechero en una mano, un fósforo, una linterna, algo que nos evite tropezones y descalabros, o en todo caso, con los ojos muy abiertos. Un libro lleno de miedos para que no temamos, que es la mejor manera.

Boca de lobo es, entonces, el segundo libro impreso y publicado de Roly Ávalos, un poemario que, por cierto, y por si alguien tiene curiosidad o le interesa, además de estar muy bien escrito y bien estructurado, lleno de aciertos y sorpresas varias (formales, léxicas, versales, filosóficas) está escrito en décimas.

Alexis Díaz-Pimienta,

Sevilla, 27 de octubre de 2019

Datos del libro:
Título: Boca de lobo
Premio: Francisco Riberón Hernández, 2018.
Género: Poesía
Editorial: Montecallado
Año: 2019