"Uno de los mejores narradores cubanos de la hora presente"
(Juan Bonilla)

Del Blog de Díaz-Pimienta


Compréndanme. Acabo de bautizarme hace pocos días como lector de novelas de Alexis Díaz Pimienta (La Habana, 1966) con la maravillosa “Jano” (Scripta Manent 2021), así que no podía dejar de devorar la otra obra maestra que tenía en mis manos; la escalofriante y actualísima “Sangre” (también Scripta Manent, también de 2021).
Antes de decir nada sobre “Sangre” he de mencionar que, por mi trabajo, el tema de la violencia de género me es muy cercano, tan cercano que me temo que no soy capaz de enfocarlo con nitidez; también les diré que casi todos los abogados que conozco y por supuesto, yo mismo, sufrimos una triple frustración en relación a los asuntos de maltrato contra las mujeres.


En primer lugar, la frustración de comprobar a diario la ineficacia absoluta de esta ley (y me temo que de cualquier ley que pudiera promulgarse) en los casos más sangrantes; los medios que deberían destinarse a proteger realmente a las víctimas se pierden en una selva funcionarial de comités, estudios estadísticos, protocolos absurdos, oficinas varias (Díaz-Pimienta lo refleja muy bien en la novela) y estómagos agradecidos que en nada contribuyen a cambiar la situación. A eso hay que sumar la saturación de los Juzgados de Violencia de Género y el hecho de que, por supuesto, la maldad, la locura y la brutalidad son, a menudo, imprevisibles y, casi siempre, absurdas. En segundo lugar, está la frustración de no poder conseguir, la mayoría de las veces, ayudar a las víctimas por su propia reticencia a denunciar o ratificar la denuncia ya presentada. En mi experiencia personal les diré que cuanto más grave es el maltrato, más difícil es convencer a la mujer maltratada de que siga adelante con el procedimiento judicial y en esos casos es determinante el miedo, sí, pero también otras cosas que jamás en la vida podré acertar a comprender. Y hay un tercer motivo de frustración: la instrumentalización de la ley para obtener ventajas económicas y judiciales en particular en los procedimientos de divorcio en relación a los hijos comunes. En resumidas cuentas, demasiada mierda, demasiadas miserias, demasiados hijos de puta, demasiados (y demasiadas) caraduras.

Dicho esto (gracias por el desahogo) y partiendo de que entré “manchado” a leer la novela, les puedo decir que sin embargo he salido transfigurado de su lectura. Quizá necesitaba (y en esto no entra lo literario) un enfoque ajeno a la pura objetividad de los datos y la experiencia, un soplo de aire fresco, una visión no desenfocada como la mía. Y en esa visión, la de Alexis, he recorrido con María todos los váteres de Sevilla (Estepueblo) buscando nuevos mensajes (“AYÚDAME”), he visto el Guadalquivir correr rojo de sangre (me viene a la cabeza el mejor Saramago de “La balsa de piedra” o “Ensayo sobre la lucidez”) y he sentido la impotencia de la protagonista ante la locura hecha cotidianeidad.
Ahora, una vez acabada la lectura, creo que Alexis Díaz-Pimienta, con su lucidez, con su talento narrativo, me ha ayudado más a comprender lo terrible de la lacra que relata que veintidós años de ejercicio del derecho (llámenme frívolo, llámenme exagerado) y pienso que, seguramente, la novela debería de ser lectura obligada en las escuelas, porque ahí, en la educación, y sólo ahí, es donde se puede conseguir algún cambio real en lo que se refiere a la violencia contra las mujeres.
Y, en cuanto al placer que ha supuesto la lectura, he de decirles que “Sangre” no es “Jano” ni “Jano” es “Sangre”, pero ay, el lenguaje del novelista, el idioma que uno (este lector) ya reconoce como suyo con tan sólo dos novelas leídas, el gusto de sentirse en casa con nada más abrir el libro y empezar a leer,… eso, les digo, no tiene precio para mí.
En resumidas cuentas, que ahora tengo mono de novela de Alexis Díaz-Pimienta, que en apenas 600 páginas de “Jano” y “Sangre” me he convertido en un yonqui de su prosa, que quiero más y más y más.
Recomendarles, por tanto, a estas alturas, que lean la novela me parece una redundancia, pero me apetece ser redundante: Lean “Sangre”, disfruten y sufran con ella, ahóguense en un río rojo como la sangre de todas las Marías de Estepueblo asesinadas. Me lo agradecerán.
Luisma Pérez Martín
10 de julio de 2021


Compréndanme. Acabo de bautizarme hace pocos días como lector de novelas de Alexis Díaz Pimienta (La Habana, 1966) con la maravillosa “Jano” (Scripta Manent 2021), así que no podía dejar de devorar la otra obra maestra que tenía en mis manos; la escalofriante y actualísima “Sangre” (también Scripta Manent, también de 2021).
Antes de decir nada sobre “Sangre” he de mencionar que, por mi trabajo, el tema de la violencia de género me es muy cercano, tan cercano que me temo que no soy capaz de enfocarlo con nitidez; también les diré que casi todos los abogados que conozco y por supuesto, yo mismo, sufrimos una triple frustración en relación a los asuntos de maltrato contra las mujeres.


En primer lugar, la frustración de comprobar a diario la ineficacia absoluta de esta ley (y me temo que de cualquier ley que pudiera promulgarse) en los casos más sangrantes; los medios que deberían destinarse a proteger realmente a las víctimas se pierden en una selva funcionarial de comités, estudios estadísticos, protocolos absurdos, oficinas varias (Díaz-Pimienta lo refleja muy bien en la novela) y estómagos agradecidos que en nada contribuyen a cambiar la situación. A eso hay que sumar la saturación de los Juzgados de Violencia de Género y el hecho de que, por supuesto, la maldad, la locura y la brutalidad son, a menudo, imprevisibles y, casi siempre, absurdas. En segundo lugar, está la frustración de no poder conseguir, la mayoría de las veces, ayudar a las víctimas por su propia reticencia a denunciar o ratificar la denuncia ya presentada. En mi experiencia personal les diré que cuanto más grave es el maltrato, más difícil es convencer a la mujer maltratada de que siga adelante con el procedimiento judicial y en esos casos es determinante el miedo, sí, pero también otras cosas que jamás en la vida podré acertar a comprender. Y hay un tercer motivo de frustración: la instrumentalización de la ley para obtener ventajas económicas y judiciales en particular en los procedimientos de divorcio en relación a los hijos comunes. En resumidas cuentas, demasiada mierda, demasiadas miserias, demasiados hijos de puta, demasiados (y demasiadas) caraduras.

Dicho esto (gracias por el desahogo) y partiendo de que entré “manchado” a leer la novela, les puedo decir que sin embargo he salido transfigurado de su lectura. Quizá necesitaba (y en esto no entra lo literario) un enfoque ajeno a la pura objetividad de los datos y la experiencia, un soplo de aire fresco, una visión no desenfocada como la mía. Y en esa visión, la de Alexis, he recorrido con María todos los váteres de Sevilla (Estepueblo) buscando nuevos mensajes (“AYÚDAME”), he visto el Guadalquivir correr rojo de sangre (me viene a la cabeza el mejor Saramago de “La balsa de piedra” o “Ensayo sobre la lucidez”) y he sentido la impotencia de la protagonista ante la locura hecha cotidianeidad.
Ahora, una vez acabada la lectura, creo que Alexis Díaz-Pimienta, con su lucidez, con su talento narrativo, me ha ayudado más a comprender lo terrible de la lacra que relata que veintidós años de ejercicio del derecho (llámenme frívolo, llámenme exagerado) y pienso que, seguramente, la novela debería de ser lectura obligada en las escuelas, porque ahí, en la educación, y sólo ahí, es donde se puede conseguir algún cambio real en lo que se refiere a la violencia contra las mujeres.
Y, en cuanto al placer que ha supuesto la lectura, he de decirles que “Sangre” no es “Jano” ni “Jano” es “Sangre”, pero ay, el lenguaje del novelista, el idioma que uno (este lector) ya reconoce como suyo con tan sólo dos novelas leídas, el gusto de sentirse en casa con nada más abrir el libro y empezar a leer,… eso, les digo, no tiene precio para mí.
En resumidas cuentas, que ahora tengo mono de novela de Alexis Díaz-Pimienta, que en apenas 600 páginas de “Jano” y “Sangre” me he convertido en un yonqui de su prosa, que quiero más y más y más.
Recomendarles, por tanto, a estas alturas, que lean la novela me parece una redundancia, pero me apetece ser redundante: Lean “Sangre”, disfruten y sufran con ella, ahóguense en un río rojo como la sangre de todas las Marías de Estepueblo asesinadas. Me lo agradecerán.
Luisma Pérez Martín
10 de julio de 2021



por María Esteban


Portada de la novela Sangre y foto del autor: Alexis Díaz-Pimienta



Qué difícil escribir una reseña sin incurrir en tópicos. Una reseña positiva, laudatoria incluso, de la que considero a todas luces una buena novela. Combatir en mi cabeza y en la de los demás la idea de que lo hago porque el autor me lo ha pedido, sabiendo además que es un gran tipo, y cuando ya hace tiempo atravesé ese limbo que a veces establecemos con los ídolos, allá donde empieza a gustarnos sistemáticamente todo lo que hace. Si se me permite una glosa a mi propio INCIPIT, yo creo que aún puede alcanzarse un estadio superior, aquel en el que admiramos tanto a un autor y lo queremos tanto y confiamos tanto en su capacidad creativa que todo lo que escribe nos parece mal. Afortunadamente, yo aún no he llegado a ese extremo con el maestro Pimienta. Ese día yo me implicaré demasiado en mi lectura, con consecuencias desastrosas, y él dejará de encargarme reseñas. Ahora, sencillamente, me entusiasma cada libro que publica, cada relato o poema inédito que tiene la generosidad de compartir conmigo. Y no son pocos los poemas, los relatos, los libros ya editados. Porque este hombre, en términos de producción, podría disputarle el liderazgo a Stephen King y sus novelas milpaginistas escritas consecutivamente. Stephen King, otro de mis autores predilectos, a quien defiendo a capa y espada en cualquier contexto aunque secretamente ya me haya instalado en la idea de que siempre “podría hacerlo mejor”.

Qué difícil entonces, decía, escarbar en esa masa de complacencia autoimpuesta para seguir minando palabras y argumentos que sostengan que esta es una buena novela, incluso una novela excelente. Y qué difícil hacer que mi reseña suene honesta al oído humano. Pero tengo que intentarlo, por respeto al autor y por compromiso con el lenguaje, no necesariamente en ese orden. Más difícil aún es escribir una novela sobre un tema candente (ahí va el primer tópico) rechazando las herramientas que tenemos más a mano, los materiales que nos proporcionan los demás. El vocabulario, las estructuras, la perspectiva utilizadas por quienes abordaron el tema de la violencia machista antes que nosotros, ya fueran periodistas, artistas o simples conversadores. Qué difícil esquivar la demagogia, cuando, además, pocas veces nos encontramos ante un caso tan claro de buenos y malos (víctimas frente a asesinos), qué difícil mostrar sin hacer pedagogía. Y Alexis Díaz-Pimienta consigue todo eso. Si quien me lea encontrase en esta novela un solo tópico descarriado, por favor, que me escriba y me lo comunique. Porque los tópicos están, pero estratégicamente situados ante un espejo de esos que deforman y caricaturizan y magnifican, es decir, que nos muestran como realmente somos. Fuera de ese juego, de ese propósito, no hay tópicos en este libro.

Creo poder afirmar que otro de los preceptos de partida era precisamente meter el dedo en la llaga. Evitar las cifras deshumanizantes (para recurrir a ellas en el momento preciso, y con qué maestría), bucear a cambio en los detalles, que, como me dijo una vez mi padre, son lo menos importante y lo que más jode, para retratar las verdaderas implicaciones de estos asesinatos. Sangre es, en fin, una novela incómoda (he aquí un tópico consagrado), porque en ella se alternan descripciones crueles y descarnadas con episodios amables, sin transiciones; porque aun con ese trasfondo no renuncia al sentido del humor ni a cierta frivolidad; pero sobre todo porque se atreve a cuestionar nuestra empatía individual y colectiva, la posibilidad real de un sistema de relaciones basado en la sororidad. Y es que otro tema que subyace en Sangre, de forma más discreta, es el de las contradicciones en que todos (todas) caemos dentro de nuestro discurso feminista, más o menos honesto, más o menos labrado y asumido. Cómo en nuestra concienciación siempre se abren grietas, fruto de la desidia, y también de complejos y pequeñas mezquindades, o de que simplemente el mundo sigue andando aunque el Guadalquivir amanezca teñido de rojo. Porque somos humanos y humanamente sobrevivimos. Vamos tirando humanamente.

Para terminar con otro tópico diré que Sangre es, además, un interesante juego de perspectivas. Los constantes cambios de foco podrían ser confusos y no lo son. La abundancia de personajes podría sobrepasarnos y no lo hace. Solo los buenos narradores salen airosos en esta clase de madejas. Y, como he señalado alguna vez, Sangre tiene uno de los inicios de novela más desternillantes y poéticos que he leído, y es también un magnífico ejercicio de estilo indirecto libre, de metalenguaje, un deleite de adjetivos siempre precisos e inopinados, de un leve realismo mágico que se acentúa en los últimos capítulos.

No voy a decir que esta fuera una novela necesaria porque una cosa es jugar con los tópicos y otra perder el foco, y podríamos discutir si existen textos necesarios. Tampoco voy a plantearme las implicaciones de que el autor de este libro sea un hombre (por si a alguien le importa, a mí me parece fenomenal), ni excavar en polémicas.  Me limito a recomendar esta novela. Como lectora y como María. Leed esta novela, lectores. Leed Sangre.


María Esteban / Amanda Sorokin

5 de julio de 2021




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Datos:

Título: SANGRE
Autor: Alexis Díaz-Pimienta
Editorial: Scripta Manent Ediciones
Año: 2021
Páginas: 200

 

por Luis María Pérez Martín



Admiro profundamente a Alexis Díaz-Pimienta (La Habana, 1966) desde hace varios años, cuando tuve conocimiento de su existencia (como tantos) gracias a un vídeo en el que improvisaba junto a Jorge Drexler en uno de sus conciertos. Comencé a investigar por internet quién era aquel tipo capaz de eclipsar sobre un escenario, a fuerza de décimas improvisadas, nada menos que a un animal escénico como es Drexler y así descubrí el repentismo y las controversias, y comprendí, después de agotarme los ojos y los oídos estudiando todos los vídeos que caían en mis manos, que Diaz-Pimienta venía a ser Dios en lo que a improvisación poética se refiere.

Absolutamente fascinado, me interesé por conocer su poesía escrita y me agencié, tanto digitalmente como en papel, todo el material que pude encontrar. Esta vez comprendí que Díaz Pimienta tenía un lugar preferencial entre los más grandes poetas en lengua castellana de todos los tiempos  y, por supuesto, lo tendría también, y para siempre ya, en mi imaginario particular, junto a Lorca, Blas de Otero, Miguel Hernández, Roberto Juarroz, Benedetti y tantos otros monstruos de la poesía.

Pero lo que yo no sabía es que Alexis Díaz-Pimienta también es novelista.

Jano (Scripta Manent, 2021) cayó en mis manos hace unos pocos días, y la comencé con el entusiasmo recién estrenado de haber podido conocer esa misma noche en persona (por fin) a Alexis Díaz-Pimienta, pero con la inconfesable (perdona mi falta de fe, Alexis) convicción de que nada que escribiera en prosa podría igualar su inimaginable calidad poética.

No podía estar más equivocado. Apenas comenzado el libro, me saltó a la cara una de esas frases que se quedan en la memoria literaria y emocional de uno, sin saber muy bien por qué, para toda la vida: “Amar los ojos de Zuliesky es una religión para Alcibíades”. Así de sencillo: “Amar los ojos de Zuliesky es una religión para Alcibíades”. Y ya no pude ni podré parar.

Nada diré del argumento de la novela, mejor es que lo descubran por ustedes mismos, pero sí les contaré que Jano es un puzle delicioso, una historia de amor a tres (o más, o menos, quién sabe) bandas, un recorrido por las profundidades del alma humana durante cuyo trayecto Díaz-Pimienta desnuda a los protagonistas, se desnuda a sí mismo como narrador omnisciente y nos desnuda a nosotros, los lectores, frente a nuestros prejuicios y nuestras miserias.

Y así, en cueros, acompañamos a Roberto, a Emilio, a Pilar, a Carmeta, a Alcibíades, a Zuliesky, a través de los años y de las ciudades (La Habana, Cádiz, San Feliú de Llobregat), a través de sí mismos y a través de los ojos con que los demás los ven.

Les confesaré que leer por primera vez una novela de Alexis Díaz-Pimienta ha supuesto para mí exactamente la misma sensación (que ya creía perdida) de leer por primera vez, hace tantos años, a Saramago, a Terenci Moix, a Cortázar o a Millás. Y al igual que aquellas primeras veces con ellos, esta primera vez con Alexis ha supuesto un enamoramiento absoluto, irremediable e inmediato de su manera de escribir (prosa). 

Sé que releeré fragmentos de Jano infinidad de veces hasta saberlos de memoria. De hecho, ya lo he hecho con algunos de ellos (por ejemplo el maravilloso momento en que Róber-Roberto-Robertico-Jano hunde las manos en el charco de líquido amniótico de la madre de Emilio), regodeándome únicamente en la lectura, olvidando la trama, disfrutando sólo (cuánto tiempo hacía) de la escritura por la escritura.

Tanto es así que aún no sé si me ha gustado más el fondo o la forma, la falta de pudor y la sutileza extrema con que Díaz-Pimienta aborda temas delicadísimos o simplemente el fluir de la prosa, la naturalidad de los diálogos, la poesía implícita en cada párrafo. 

Sé que dentro de muchos años seguiré reflexionando sobre los personajes y sus actos. Y lo mejor de todo es que podré hablar sobre ello con el propio Alexis, porque puedo decir con infinito orgullo que, además de ser un genio inabarcable de la literatura, Alexis Díaz-Pimienta es mi amigo.

Continuaría escribiendo sobre “Jano” páginas y más páginas, pero mejor, mucho mejor, como les decía antes, es que ustedes mismos la lean y se enamoren. Porque recuerden: “Amar los ojos de Zuliesky es una religión para Alcibíades”.

 Luis María Pérez Martín, 2 de julio 2021


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Título: Jano

Autor: Alexis Díaz Pimienta

Editorial: Scripta Manent Ediciones (España)

Formato: Impreso con solapas / Ebook

Año: 2021

Pags.: 407

 

Mi madre, Albertina Pimienta Campoalegre,
durante su primera comunión


I


Hoy he visto una foto de mi madre

haciendo la primera comunión

y qué vuelco me ha dado el corazón.

¡Esa es mi madre antes de ser mi madre! 


Hoy he visto una foto de mi madre

(una niña vestida de algodón)

y tenía mi cara —con perdón—:

soy una mala copia de mi madre.


Hoy he visto una foto de mi madre

cuando mi padre ni la conocía

ni sospechaba que iba a ser mi padre.


Qué emoción tan extraña y tan tardía. 

Hoy he visto una foto de mi madre.

¡Qué madre estoy en esa foto mía! 


II


Y pensar que esa niña creció un día,

se juntó con un niño y tuvo niños. 

Y esos niños después tuvieron niños

y esos otros tuvieron otra cría.


Y pensar que esa niña creció un día,

le cambiaron los chuches por corpiños

y el ciclo de las madres y los niños

repitiose con rara simetría.


Ahí está. Detenida en suave gesto. 

Qué mezcla de inocencia y nerviosismo.

Qué perfil maternal con nueve años. 


Esa es mi madre sin el tiempo puesto, 

antes de fabricar en su organismo 

ocho niños de todos los tamaños. 


III


Esa es mi madre. Y dan ganas de darle 

un tirón de la manga y salir juntos 

a jugar, a charlar de los asuntos 

que hablan los niños. Ganas de quitarle 


Ese disfraz de santa y regalarle 

Un balón, unas cartas, dos muñecas,

Y escapar de la iglesia haciendo muecas 

Ella y yo y mis hermanos. Enseñarle 


que tras la comunión hay pan con queso 

y mangos y bailable y mariposas. 

y jóvenes que matan por un beso. 


Dan ganas de enseñarle tantas cosas.

Dan ganas de sacarle de allí en peso. 

Las madres a esa edad se ven borrosas.



Alexis Díaz-Pimienta: improvisar soñando, despertar escribiendo.


Es de día. Estoy en El Diezmero, uno de los barrios de mi infancia, pero no sé cómo he llegado aquí. La famosa Garita del Diezmero ha desaparecido, pero hay una avenida muy ancha. Llega una guagua y es una Leyland gris plateada, con una especia de cenefa metálica dorada a todo lo largo. Me emociono y lo comento con mis hermanos mayores, Adriana y Raimundo. ¡Qué bueno que hayan recuperado las guaguas Leyland!, digo. Son las guaguas de mi infancia, pienso o digo en voz alta, no recuerdo bien. Me fijo en el número: 213. Qué curioso, pienso, esta ruta es la ruta que antes iba del Diezmero al Reparto La Cumbre, la guagua que tomaba cada mes para llevar a mi abuela a cobrar su chequera en Dolores. Pero hay algo falso en esta reflexión, o falso no, inexacto. La ruta 213 iba de 10 de octubre, pasando por Dolores, hasta La Cumbre, ida y vuelta, pero no llegaba ni pasaba por El Diezmero. No importa. Subo. Reconozco el ruido del motor, el temblor de las Leyland. Me emociono otra vez. La 213 está vacía como siempre. Yo llevo una maletica de viajes (tipo trolley) y no sé dónde ponerla. Finalmente, me siento. Pero a los pocos minutos Adriana me hace señas desde la calle para que baje. No sé cómo lo ha hecho, pero Adriana ya está en la calle, a muchos metros delante de la guagua. Es una calle que no tiene asfalto y hay mucho polvo. Yo me bajo a regañadientes, porque no reconozco el lugar, y me bajo sin maleta. Adriana me dice que no me preocupe, que tío Juan Antonio nos está esperando. Mi hermano Raimundo ya no está con nosotros y Adriana me haces señas desde lejos para que la siga. Curiosamente, ya la guagua Leyland no es una guagua Leyland, sino una carriola plateada y dorada. Yo le pregunto a Adriana: ¿y qué hago con la guagua? Y Adriana me responde: No te preocupes, tío Juan Antonio se la lleva. Tío Juan Antonio lleva más de veinte años muerto, pero en mi sueño está sin camisa (como siempre), con un vientre negro y durísimo y grandísimo, negro, pero más claro que el resto de su cuerpo: tío Juan Antonio era negro de cuerpo y mulato de vientre. Entonces, Adriana y yo hablamos en una esquina, miro a mi alrededor y me doy cuenta de que hemos llegado no al Diezmero ni a La Cumbre, sino a mi antigua casa de la antigua Isla de Pinos. Estoy en Nueva Gerona, frente a una casa pequeña de madera del Reparto Micons. Esta es la primera casa de mi infancia, la primera casa de la que tengo memoria. Me emociono otra vez. Sentados en el portal, como si estuvieran esperándome, hay dos músicos con sus instrumentos. Un tres y una guitarra. Son negros, los instrumentos no, los músicos. Uno de ellos, el del sombrero, se parece mucho a Pedro Sánchez, un viejo tresero negro que me acompañaba cuando yo era joven en La Habana. Lo destaco, porque no abundan los treseros negros. Ni los laudistas. Solo los recuerdo a Reynoso y él, en los años 80 y 90. Detrás de ellos, tímidas, , mis primas del Reparto La Cumbre me sonríen. Y junto a ellas, mi madre, que sonríe también.  “A ver si es verdad que tú improvisas… canta”, me dice el negro tresero parecido a Pedro Sánchez, sonriente. Oigo entonces el punto guajiro afinado “al aire”, un toque antiguo que me emociona aún más. Lloro, y no me sale la voz. Quiero cantar, pero no me sale la voz. Los músicos me dan dos, tres entradas… y al fin canto. 

En este trozo de suelo 
y esta casa de madera… 

Hago la pausa típica de la tonada libre o vueltabajera, miro a mi hermana Adriana que está tan emocionada como yo, escuchándome. “Pero no llores, tonto”, me dice. Cierra la música y repito los dos primeros versos:

En este trozo de suelo 
y esta casa de madera 

y luego añado, para completar y cerrar la primera redondilla:

jugaba yo cuando era
solamente un pequeñuelo.

Las Lágrimas no me impiden ver la emoción de los músicos. Y a mis primas y mi madre que aplauden. Cierra la música otra vez, e improviso un  puente del tipo llamado “en dos pasos” (bueno, llamado así por mí: cuando en lugar de un verso hexadecasílabico –16 sílabas continuas– el poeta crea dos versos octósilabos simples, y los suma): 

Ya se me ha caído el pelo.
Ya tengo los sueños rotos.

Vuelva la música, vuelve el cierre musical, y remato con una perfecta redondilla de cierre, encabezada por un inequívoco codo sintáctico (“pero”), que cumple la función del tren de aterrizaje: avisa a todos de que ya viene el remate. Digo entonces, contemplando a varios vecinos que se han ido acercando y a mi hermana y a mi madre y a mis primas y a los músicos, a todos:


Pero hay tantos alborotos
y vecinos  dando vueltas
que tengo lágrimas sueltas 
emborronando mis fotos.

Sin duda, una excelente décima improvisada. Otra excelente décima improvisada en sueños. Y lo digo no porque haya sido yo, porque en el fondo no he sido yo, yo estaba dormido, ha sido mi cerebro. Mi cerebro ha logrado improvisar, despierto él mientras yo estaba dormido, una décima con mucha técnica, con movimientos binarios perfectos (es estructura hexadecasilábica, excepto el puente), con el grado de interiorización como recurso literario, décima vivencial, autobiográfica. Qué listo mi cerebro. Ha hecho una décima que arranca lágrimas al personaje poemático que soy yo en mi propio sueño, pero también lágrimas y aplausos a toda la familia, a todos mis vecinos. Mi tío Juan Antonio se acerca y me abraza. Los músicos sonríen. Y entonces yo, despierto. 

Es lunes 5 de abril de 2021. Y al despertarme, solo, en Sevilla, como es ya acostumbre en mí, tomo el teléfono móvil para ponerme a escribir los primeros versos que vienen a mi mente. Es un buen ejercicio, entre la escritura automática y la improvisación escrita. A veces salen décimas, a veces sonetos, a veces verso libre, a veces una oración o un párrafo para novela o cuentos, a veces versos sueltos, ideas, nada serio. Comienzo a escribir y en ese momento no me acuerdo del sueño, no recuerdo, aún, que he soñado que improvisaba, ni la décima. Comienzo a escribir poemas breves (micropoemas), pensando en mi libro Zona Wi-Fi, que tiene una primera parte intitulada “Poemas muy breves de títulos muy largos”. Y nacen estos (aún sin títulos):

Primer poema:

Abro un ojo.
Lo cierro.
Abro el otro.
Lo cierro.
Y con los ojos cerrados 
miro el reloj.
¿Despierto?


Segundo poema:

Hay millones de móviles.
Hay millones de personas 
con teléfonos móviles.
Hay millones de seres inmóviles 
que llevan una fábrica de soledad
en el bolsillo.

Tercer poema:

Me encantan las camas 
con muchas almohadas.
Tan blancas y tan blandas.
Tan grandes.
Me dan la misma sensación 
de una bañera llena de espuma.
Me duermo sumergido en falsa agua.
Vuelvo a ser pez.
Feliz. 


Estas son, en realidad, ideas recuperadas de la noche anterior, cuando el sueño me venció y me impidió escribirlas, desarrollarlas. Pero ideas que estaban ya en mi “disco duro”. Me encanta este juego de contención que es la micropoesía. Y me encanta el trasiego creativo que me traigo entre vigilia y sueño, entre “despiertavela” y duermevela. Pues bien, solo tras escribir el tercer micropoema recordé el sueño recién soñado y me dije a mí mismo: “tengo que contarlo”, o sea, que tenía que intentar recuperar la décima. 

Para poder recuperarla, entonces, cierro los ojos y evoco la emoción. Las lágrimas. Y lo primero que hago es poner en práctica uno de los ejercicios de mi método para la enseñanza de la improvisación: “tirar de la rima-baliza”. Tomo como baliza de los versos las rimas  consonantes y tirando de la rimas podré ir armando la décima, apoyado en la estructura fija (abbaaccddc) y el poder atractor de las palabras.

Conocedor de la estructura, yo sé que cada rima me irá llevando a sus parejas. Pero ni siquiera me hizo falta esto. Me llegaron de golpe los dos primeros versos: En este trozo de suelo / y esta casa de madera. Y ahora sí, la rima “suelo” me llevó a la rima “pequeñuelo” y la palabra “pequeñuelo” (tetrasílaba) me ayudó a completar en mi memoria el posible cuarto verso “cuando yo era pequeñuelo”. Pero no. Enseguida me di cuenta de que este no era, no exactamente, porque la palabra “era” la necesitaba como rima para el tercer verso, para rimas con “madera”. ¿Entonces? Entonces descubrí el encabalgamiento: si el verbo “era” lo usaba como rima 3b, quiere decir que había encabalgado los versos 3b/4a, hasta terminar en “pequeñuelo”. Y gracias a esto descubrí –o me llegó a la memoria–  el complemento del siguiente verso: “solamente un”, de manera que ya tenía al menos la rima 3c y el verso 4a íntegro:

…………………….. era
solamente un pequeñuelo.

La sintaxis hizo el resto. Ya tenía los versos 1a, 2b  y 4a, íntegros, más la rima 3b (“era”), que empalmaba con  el verso 2b terminado en “madera”. Entonces, no me fue difícil hallar las otras piezas léxicas para completar un verso “sintácticamente pertinente”: “jugaba yo cuando era”. Y así recuperé la primera redondilla completa.

En este trozo de suelo 
y esta casa de madera 
jugaba yo cuando era
solamente un pequeñuelo.

Luego, la rima “pequeñuelo” me llevo directamente a la rima “pelo” y la rima “pelo” tiró de mi memoria para reconstruir un octosílabo perfecto y musical: Ya se me ha caído el pelo.

Y aquí dudé de cómo seguía la décima. Solo recordaba que el importante verso 10c (el pie forzado) terminaba con la rima “otos”. O sea, que mi verso final, el décimo, rimaba en “otos”. Pensé: ¿Fotos, rotos, remotos, alborotos? Recordé, entonces (todo esto en segundos), que “alborotos” era la rima del séptimo verso, no del final, ni del puente. Y por oficio y técnica, sabía que de todas las rimas posibles la rima más feliz, la mejor para el remate estaba entre “rotos” y “fotos”, casi mejor esta segunda (un sustantivo siempre tiene más peso léxico-semántico que un adjetivo). Pero, si había usado “rotos” como rima, ¿rotos qué?, me dije. Y apareció como por arte de magia el sintagma adjetival “sueños rotos”, un sintagma manido, sí, bastante manoseado, pero que renacía y se usaba bien en cada poema. Y algo me dijo en mi interior —oficio, técnica, experiencia— que “sueños rotos” lo había usado en el puente, no en el final, como rima 6c. Y así me llegó (recordé) el sexto verso completo, apoyado en el recurso anafórico, que me lo puso fácil: Ya tengo los sueños rotos.

Y más fácil aún me fue encontrar (recordar, recuperar) el verso 7c, porque ya sabía que tenía en él la palabra-rima “alborotos” (tetrasílaba), y que, verso 7 al fin y al cabo —más técnica, más oficio—era muy probable que lo hubiera empezado por un codo sintáctico (pero). Así que ya tenía más del 70 % del verso completo:

Pero……….. alborotos…

Y no me fue nada difícil completarlo:

Pero hay tantos alborotos…


Por supuesto, las rimas “rotos” y “alborotos” ya me habían delatado que la rima final, la más pertinente para verso de cierre, era la rima “fotos”. Por eso el resto fue fácil. Inmediatamente, supongo que por el contexto lingüístico y situacional, recordé  mi llanto y el sintagma “lágrima sueltas”. Y “lágrimas sueltas” me hizo recordar el uso del sintagma “dando vueltas” como rima. Así que ya tenía memorizado casi todo el final, casi toda la segunda redondilla, a saber:

Pero hay tantos alborotos 
………………….dando vueltas
…………………lágrimas sueltas 
………………………….. mis fotos.

Y el oficio hizo el resto, completándome los versos con los sintagmas más pertinentes para que hubiera una segunda redondilla equilibrada, contundente, emotiva. a Saber: “y vecinos” (8d), “que tengo” (9d) y “emborronando” (10c), de forma que quedó la redondilla de este modo:

Pero hay tantos alborotos 
y vecinos  dando vueltas
que tengo lágrimas sueltas 
emborronando mis fotos.

Y ya no recuerdo cómo siguió el sueño. No recuerdo si los vecinos aplaudieron más o lloraron rieron, si mis primas me abrazaron, si mi madre fue feliz, si mi hermana sonrió, como siempre, si apareció otra vez mi hermano Raimundo, que había desaparecido en el sueño, si regresó tío Juan Antonio después de haber aparcado mi carriola Leyland, o si volvió con ella, para que sus sobrinos regresáramos a La Habana, a la realidad, al presente del sueño. Solo sé que otra vez mi cerebro lo hizo: improvisar en sueños. Y otra vez yo lo he hecho: analizar en la vigilia la décima soñada.

Ya pasado el subidón emocional del ejercicio, creo que contribuyó a que este sueño fuera posible el hecho de que ayer, domingo 4 de abril de 2021, impartí las dos primeras clases online de mi “Decimódromo permanente”, en Academia Oralitura, y que durante casi cuatro horas estuve enseñando a improvisar a un grupo pequeño de quince alumnos. Y en esas primeras clases, en las que les hice un test de improvisación y otro de décima escrita, una de las verdades que más repetí fue que ellos tenían que lograr una separación entre el improvisador y el cerebro. Intenté convencerlos (y demostrarles) de que ellos no improvisan, pero su cerebro sí. Que la única manera de improvisar bien era dotar al cerebro de todas las herramientas, reglas, estrategias y técnicas de la improvisación, y luego confiar en él, dejarlo improvisada solo. Que solo cuando el cerebro es el que lleva “las llaves del coche”, les dije, y conduce él por las autovías del idioma, el improvisador llega a un estado de éxtasis creativo que lo libera y congratula. Y es entonces cuando logra eso que algunos llaman “entrar en trance”. Entonces, creo que el haberme acostado con tal nivel de excitación académica, lo que provoca en mí la enseñanza de la improvisación, contribuyó a que una vez conseguido el sueño profundo pasase lo que pasó: que llegara yo a mi infancia, a mis tres barrios (El Diezmero, La Cumbre, Micons), a mi familia, y al niño repentista que fui hace tantos años, y que volviese a improvisar frente al porche de madera de mi casa pinera (pinera y pionera y primera, todo con rimas, algo muy sintomático y simpático: rimado también). Al menos eso creo.

Por último: hace pocos días murió en Cuba, con 101 años, el viejo Melecio, una leyenda del punto guajiro en la antigua Isla de Pinos, la actual Isla de la Juventud. Y un periodista cubano me pidió por Facebook que le escribiera unas décimas de despedida, sabiendo, porque lo he contado varias veces en prensa, mi relación de niño con Melecio y con su Peña. La Peña de Melesio, famosa desde hace más de 50 años en la Isla de la Juventud, era un espacio cultural doméstico en el que yo improvisaba siendo niño y en el que Melecio era su mecenas, su Domingo del Monte, mi anfitrión. Escribí entonces estas décimas elegíacas y emotivas para despedirlo.

Adiós, Melecio


Melecio, ¡el viejo Melecio!,
el de la peña, el del canto,
el enemigo del llanto,
de la envidia y del desprecio.
Hombre delicado y recio.
Gran ejemplo para mí.
Guajiro del que aprendí 
lo bueno de ser juglar.
Qué sola se va a quedar 
mi Isla de Pinos sin ti. 

Nunca más te volví a ver.
Pero no importa, Melecio.
Envejecer tiene un precio.
Alejarse y no volver 
nos congela en un ayer
que se llama eternidad.
Tú eres eterno a la edad 
incalculable del hombre
que le ha dado luz y nombre
y versos a su ciudad.

Gracias por todo, guajiro.
Por la infancia compartida.
Por el trocito de vida 
que guardo como un suspiro.
Te respeto, quiero, admiro.
Tu ejemplo alumbra y enseña.
Desde otra ciudad pequeña
algo te prometeré:
algún día cantaré 
aunque no estés, en tu Peña.

Y volveré a ser el niño
de principios del 70.
Más Alexis que Pimienta,
menos fama que cariño.
Y volveré a ver tu guiño 
cómplice desde un sillón.
Y en cada improvisación
volveré a verte a mi lado
entre el cítrico rimado
y el rabito del lechón.

Entre Sucu-sucu y verso
pasé mi infancia pinera
y tu peña de madera 
fui me pequeño universo.
Fuiste el anverso y reverso
del promotor campesino.
Mi tutor y mi padrino 
sin haber firmado nada.
Fuiste luz improvisada 
al principio del camino.


Gracias por todo, poeta.
como pinero adoptivo
desde muy lejos te escribo.
Gracias, padrino y profeta.
Fuiste un ejemplo, una meta.
Fuiste referente y guía.
No está lejos mi Almería
de tu Isla y tu Juventud. 
En cuanto suene un laúd
te espero en la canturía.

Y lo traigo a colación, porque no dudo que estas décimas recientes y frescas aún en mi cabeza, hayan contribuido también a este onírico sueño (y no es redundancia). Lo digo porque, ahora que lo pienso bien, la casa de madera a la que llegué en mi carriola Leyland, la casa protagonista de mi décima y mi sueño, se parece más a la Peña de Melecio que a mi antigua casa.  


Alexis Díaz-Pimienta
Sevilla, 5 de abril de 2021

Twitter: @DiazPimienta



Alexis Díaz-Pimienta: improvisar soñando, despertar escribiendo.


Es de día. Estoy en El Diezmero, uno de los barrios de mi infancia, pero no sé cómo he llegado aquí. La famosa Garita del Diezmero ha desaparecido, pero hay una avenida muy ancha. Llega una guagua y es una Leyland gris plateada, con una especia de cenefa metálica dorada a todo lo largo. Me emociono y lo comento con mis hermanos mayores, Adriana y Raimundo. ¡Qué bueno que hayan recuperado las guaguas Leyland!, digo. Son las guaguas de mi infancia, pienso o digo en voz alta, no recuerdo bien. Me fijo en el número: 213. Qué curioso, pienso, esta ruta es la ruta que antes iba del Diezmero al Reparto La Cumbre, la guagua que tomaba cada mes para llevar a mi abuela a cobrar su chequera en Dolores. Pero hay algo falso en esta reflexión, o falso no, inexacto. La ruta 213 iba de 10 de octubre, pasando por Dolores, hasta La Cumbre, ida y vuelta, pero no llegaba ni pasaba por El Diezmero. No importa. Subo. Reconozco el ruido del motor, el temblor de las Leyland. Me emociono otra vez. La 213 está vacía como siempre. Yo llevo una maletica de viajes (tipo trolley) y no sé dónde ponerla. Finalmente, me siento. Pero a los pocos minutos Adriana me hace señas desde la calle para que baje. No sé cómo lo ha hecho, pero Adriana ya está en la calle, a muchos metros delante de la guagua. Es una calle que no tiene asfalto y hay mucho polvo. Yo me bajo a regañadientes, porque no reconozco el lugar, y me bajo sin maleta. Adriana me dice que no me preocupe, que tío Juan Antonio nos está esperando. Mi hermano Raimundo ya no está con nosotros y Adriana me haces señas desde lejos para que la siga. Curiosamente, ya la guagua Leyland no es una guagua Leyland, sino una carriola plateada y dorada. Yo le pregunto a Adriana: ¿y qué hago con la guagua? Y Adriana me responde: No te preocupes, tío Juan Antonio se la lleva. Tío Juan Antonio lleva más de veinte años muerto, pero en mi sueño está sin camisa (como siempre), con un vientre negro y durísimo y grandísimo, negro, pero más claro que el resto de su cuerpo: tío Juan Antonio era negro de cuerpo y mulato de vientre. Entonces, Adriana y yo hablamos en una esquina, miro a mi alrededor y me doy cuenta de que hemos llegado no al Diezmero ni a La Cumbre, sino a mi antigua casa de la antigua Isla de Pinos. Estoy en Nueva Gerona, frente a una casa pequeña de madera del Reparto Micons. Esta es la primera casa de mi infancia, la primera casa de la que tengo memoria. Me emociono otra vez. Sentados en el portal, como si estuvieran esperándome, hay dos músicos con sus instrumentos. Un tres y una guitarra. Son negros, los instrumentos no, los músicos. Uno de ellos, el del sombrero, se parece mucho a Pedro Sánchez, un viejo tresero negro que me acompañaba cuando yo era joven en La Habana. Lo destaco, porque no abundan los treseros negros. Ni los laudistas. Solo los recuerdo a Reynoso y él, en los años 80 y 90. Detrás de ellos, tímidas, , mis primas del Reparto La Cumbre me sonríen. Y junto a ellas, mi madre, que sonríe también.  “A ver si es verdad que tú improvisas… canta”, me dice el negro tresero parecido a Pedro Sánchez, sonriente. Oigo entonces el punto guajiro afinado “al aire”, un toque antiguo que me emociona aún más. Lloro, y no me sale la voz. Quiero cantar, pero no me sale la voz. Los músicos me dan dos, tres entradas… y al fin canto. 

En este trozo de suelo 
y esta casa de madera… 

Hago la pausa típica de la tonada libre o vueltabajera, miro a mi hermana Adriana que está tan emocionada como yo, escuchándome. “Pero no llores, tonto”, me dice. Cierra la música y repito los dos primeros versos:

En este trozo de suelo 
y esta casa de madera 

y luego añado, para completar y cerrar la primera redondilla:

jugaba yo cuando era
solamente un pequeñuelo.

Las Lágrimas no me impiden ver la emoción de los músicos. Y a mis primas y mi madre que aplauden. Cierra la música otra vez, e improviso un  puente del tipo llamado “en dos pasos” (bueno, llamado así por mí: cuando en lugar de un verso hexadecasílabico –16 sílabas continuas– el poeta crea dos versos octósilabos simples, y los suma): 

Ya se me ha caído el pelo.
Ya tengo los sueños rotos.

Vuelva la música, vuelve el cierre musical, y remato con una perfecta redondilla de cierre, encabezada por un inequívoco codo sintáctico (“pero”), que cumple la función del tren de aterrizaje: avisa a todos de que ya viene el remate. Digo entonces, contemplando a varios vecinos que se han ido acercando y a mi hermana y a mi madre y a mis primas y a los músicos, a todos:


Pero hay tantos alborotos
y vecinos  dando vueltas
que tengo lágrimas sueltas 
emborronando mis fotos.

Sin duda, una excelente décima improvisada. Otra excelente décima improvisada en sueños. Y lo digo no porque haya sido yo, porque en el fondo no he sido yo, yo estaba dormido, ha sido mi cerebro. Mi cerebro ha logrado improvisar, despierto él mientras yo estaba dormido, una décima con mucha técnica, con movimientos binarios perfectos (es estructura hexadecasilábica, excepto el puente), con el grado de interiorización como recurso literario, décima vivencial, autobiográfica. Qué listo mi cerebro. Ha hecho una décima que arranca lágrimas al personaje poemático que soy yo en mi propio sueño, pero también lágrimas y aplausos a toda la familia, a todos mis vecinos. Mi tío Juan Antonio se acerca y me abraza. Los músicos sonríen. Y entonces yo, despierto. 

Es lunes 5 de abril de 2021. Y al despertarme, solo, en Sevilla, como es ya acostumbre en mí, tomo el teléfono móvil para ponerme a escribir los primeros versos que vienen a mi mente. Es un buen ejercicio, entre la escritura automática y la improvisación escrita. A veces salen décimas, a veces sonetos, a veces verso libre, a veces una oración o un párrafo para novela o cuentos, a veces versos sueltos, ideas, nada serio. Comienzo a escribir y en ese momento no me acuerdo del sueño, no recuerdo, aún, que he soñado que improvisaba, ni la décima. Comienzo a escribir poemas breves (micropoemas), pensando en mi libro Zona Wi-Fi, que tiene una primera parte intitulada “Poemas muy breves de títulos muy largos”. Y nacen estos (aún sin títulos):

Primer poema:

Abro un ojo.
Lo cierro.
Abro el otro.
Lo cierro.
Y con los ojos cerrados 
miro el reloj.
¿Despierto?


Segundo poema:

Hay millones de móviles.
Hay millones de personas 
con teléfonos móviles.
Hay millones de seres inmóviles 
que llevan una fábrica de soledad
en el bolsillo.

Tercer poema:

Me encantan las camas 
con muchas almohadas.
Tan blancas y tan blandas.
Tan grandes.
Me dan la misma sensación 
de una bañera llena de espuma.
Me duermo sumergido en falsa agua.
Vuelvo a ser pez.
Feliz. 


Estas son, en realidad, ideas recuperadas de la noche anterior, cuando el sueño me venció y me impidió escribirlas, desarrollarlas. Pero ideas que estaban ya en mi “disco duro”. Me encanta este juego de contención que es la micropoesía. Y me encanta el trasiego creativo que me traigo entre vigilia y sueño, entre “despiertavela” y duermevela. Pues bien, solo tras escribir el tercer micropoema recordé el sueño recién soñado y me dije a mí mismo: “tengo que contarlo”, o sea, que tenía que intentar recuperar la décima. 

Para poder recuperarla, entonces, cierro los ojos y evoco la emoción. Las lágrimas. Y lo primero que hago es poner en práctica uno de los ejercicios de mi método para la enseñanza de la improvisación: “tirar de la rima-baliza”. Tomo como baliza de los versos las rimas  consonantes y tirando de la rimas podré ir armando la décima, apoyado en la estructura fija (abbaaccddc) y el poder atractor de las palabras.

Conocedor de la estructura, yo sé que cada rima me irá llevando a sus parejas. Pero ni siquiera me hizo falta esto. Me llegaron de golpe los dos primeros versos: En este trozo de suelo / y esta casa de madera. Y ahora sí, la rima “suelo” me llevó a la rima “pequeñuelo” y la palabra “pequeñuelo” (tetrasílaba) me ayudó a completar en mi memoria el posible cuarto verso “cuando yo era pequeñuelo”. Pero no. Enseguida me di cuenta de que este no era, no exactamente, porque la palabra “era” la necesitaba como rima para el tercer verso, para rimas con “madera”. ¿Entonces? Entonces descubrí el encabalgamiento: si el verbo “era” lo usaba como rima 3b, quiere decir que había encabalgado los versos 3b/4a, hasta terminar en “pequeñuelo”. Y gracias a esto descubrí –o me llegó a la memoria–  el complemento del siguiente verso: “solamente un”, de manera que ya tenía al menos la rima 3c y el verso 4a íntegro:

…………………….. era
solamente un pequeñuelo.

La sintaxis hizo el resto. Ya tenía los versos 1a, 2b  y 4a, íntegros, más la rima 3b (“era”), que empalmaba con  el verso 2b terminado en “madera”. Entonces, no me fue difícil hallar las otras piezas léxicas para completar un verso “sintácticamente pertinente”: “jugaba yo cuando era”. Y así recuperé la primera redondilla completa.

En este trozo de suelo 
y esta casa de madera 
jugaba yo cuando era
solamente un pequeñuelo.

Luego, la rima “pequeñuelo” me llevo directamente a la rima “pelo” y la rima “pelo” tiró de mi memoria para reconstruir un octosílabo perfecto y musical: Ya se me ha caído el pelo.

Y aquí dudé de cómo seguía la décima. Solo recordaba que el importante verso 10c (el pie forzado) terminaba con la rima “otos”. O sea, que mi verso final, el décimo, rimaba en “otos”. Pensé: ¿Fotos, rotos, remotos, alborotos? Recordé, entonces (todo esto en segundos), que “alborotos” era la rima del séptimo verso, no del final, ni del puente. Y por oficio y técnica, sabía que de todas las rimas posibles la rima más feliz, la mejor para el remate estaba entre “rotos” y “fotos”, casi mejor esta segunda (un sustantivo siempre tiene más peso léxico-semántico que un adjetivo). Pero, si había usado “rotos” como rima, ¿rotos qué?, me dije. Y apareció como por arte de magia el sintagma adjetival “sueños rotos”, un sintagma manido, sí, bastante manoseado, pero que renacía y se usaba bien en cada poema. Y algo me dijo en mi interior —oficio, técnica, experiencia— que “sueños rotos” lo había usado en el puente, no en el final, como rima 6c. Y así me llegó (recordé) el sexto verso completo, apoyado en el recurso anafórico, que me lo puso fácil: Ya tengo los sueños rotos.

Y más fácil aún me fue encontrar (recordar, recuperar) el verso 7c, porque ya sabía que tenía en él la palabra-rima “alborotos” (tetrasílaba), y que, verso 7 al fin y al cabo —más técnica, más oficio—era muy probable que lo hubiera empezado por un codo sintáctico (pero). Así que ya tenía más del 70 % del verso completo:

Pero……….. alborotos…

Y no me fue nada difícil completarlo:

Pero hay tantos alborotos…


Por supuesto, las rimas “rotos” y “alborotos” ya me habían delatado que la rima final, la más pertinente para verso de cierre, era la rima “fotos”. Por eso el resto fue fácil. Inmediatamente, supongo que por el contexto lingüístico y situacional, recordé  mi llanto y el sintagma “lágrima sueltas”. Y “lágrimas sueltas” me hizo recordar el uso del sintagma “dando vueltas” como rima. Así que ya tenía memorizado casi todo el final, casi toda la segunda redondilla, a saber:

Pero hay tantos alborotos 
………………….dando vueltas
…………………lágrimas sueltas 
………………………….. mis fotos.

Y el oficio hizo el resto, completándome los versos con los sintagmas más pertinentes para que hubiera una segunda redondilla equilibrada, contundente, emotiva. a Saber: “y vecinos” (8d), “que tengo” (9d) y “emborronando” (10c), de forma que quedó la redondilla de este modo:

Pero hay tantos alborotos 
y vecinos  dando vueltas
que tengo lágrimas sueltas 
emborronando mis fotos.

Y ya no recuerdo cómo siguió el sueño. No recuerdo si los vecinos aplaudieron más o lloraron rieron, si mis primas me abrazaron, si mi madre fue feliz, si mi hermana sonrió, como siempre, si apareció otra vez mi hermano Raimundo, que había desaparecido en el sueño, si regresó tío Juan Antonio después de haber aparcado mi carriola Leyland, o si volvió con ella, para que sus sobrinos regresáramos a La Habana, a la realidad, al presente del sueño. Solo sé que otra vez mi cerebro lo hizo: improvisar en sueños. Y otra vez yo lo he hecho: analizar en la vigilia la décima soñada.

Ya pasado el subidón emocional del ejercicio, creo que contribuyó a que este sueño fuera posible el hecho de que ayer, domingo 4 de abril de 2021, impartí las dos primeras clases online de mi “Decimódromo permanente”, en Academia Oralitura, y que durante casi cuatro horas estuve enseñando a improvisar a un grupo pequeño de quince alumnos. Y en esas primeras clases, en las que les hice un test de improvisación y otro de décima escrita, una de las verdades que más repetí fue que ellos tenían que lograr una separación entre el improvisador y el cerebro. Intenté convencerlos (y demostrarles) de que ellos no improvisan, pero su cerebro sí. Que la única manera de improvisar bien era dotar al cerebro de todas las herramientas, reglas, estrategias y técnicas de la improvisación, y luego confiar en él, dejarlo improvisada solo. Que solo cuando el cerebro es el que lleva “las llaves del coche”, les dije, y conduce él por las autovías del idioma, el improvisador llega a un estado de éxtasis creativo que lo libera y congratula. Y es entonces cuando logra eso que algunos llaman “entrar en trance”. Entonces, creo que el haberme acostado con tal nivel de excitación académica, lo que provoca en mí la enseñanza de la improvisación, contribuyó a que una vez conseguido el sueño profundo pasase lo que pasó: que llegara yo a mi infancia, a mis tres barrios (El Diezmero, La Cumbre, Micons), a mi familia, y al niño repentista que fui hace tantos años, y que volviese a improvisar frente al porche de madera de mi casa pinera (pinera y pionera y primera, todo con rimas, algo muy sintomático y simpático: rimado también). Al menos eso creo.

Por último: hace pocos días murió en Cuba, con 101 años, el viejo Melecio, una leyenda del punto guajiro en la antigua Isla de Pinos, la actual Isla de la Juventud. Y un periodista cubano me pidió por Facebook que le escribiera unas décimas de despedida, sabiendo, porque lo he contado varias veces en prensa, mi relación de niño con Melecio y con su Peña. La Peña de Melesio, famosa desde hace más de 50 años en la Isla de la Juventud, era un espacio cultural doméstico en el que yo improvisaba siendo niño y en el que Melecio era su mecenas, su Domingo del Monte, mi anfitrión. Escribí entonces estas décimas elegíacas y emotivas para despedirlo.

Adiós, Melecio


Melecio, ¡el viejo Melecio!,
el de la peña, el del canto,
el enemigo del llanto,
de la envidia y del desprecio.
Hombre delicado y recio.
Gran ejemplo para mí.
Guajiro del que aprendí 
lo bueno de ser juglar.
Qué sola se va a quedar 
mi Isla de Pinos sin ti. 

Nunca más te volví a ver.
Pero no importa, Melecio.
Envejecer tiene un precio.
Alejarse y no volver 
nos congela en un ayer
que se llama eternidad.
Tú eres eterno a la edad 
incalculable del hombre
que le ha dado luz y nombre
y versos a su ciudad.

Gracias por todo, guajiro.
Por la infancia compartida.
Por el trocito de vida 
que guardo como un suspiro.
Te respeto, quiero, admiro.
Tu ejemplo alumbra y enseña.
Desde otra ciudad pequeña
algo te prometeré:
algún día cantaré 
aunque no estés, en tu Peña.

Y volveré a ser el niño
de principios del 70.
Más Alexis que Pimienta,
menos fama que cariño.
Y volveré a ver tu guiño 
cómplice desde un sillón.
Y en cada improvisación
volveré a verte a mi lado
entre el cítrico rimado
y el rabito del lechón.

Entre Sucu-sucu y verso
pasé mi infancia pinera
y tu peña de madera 
fui me pequeño universo.
Fuiste el anverso y reverso
del promotor campesino.
Mi tutor y mi padrino 
sin haber firmado nada.
Fuiste luz improvisada 
al principio del camino.


Gracias por todo, poeta.
como pinero adoptivo
desde muy lejos te escribo.
Gracias, padrino y profeta.
Fuiste un ejemplo, una meta.
Fuiste referente y guía.
No está lejos mi Almería
de tu Isla y tu Juventud. 
En cuanto suene un laúd
te espero en la canturía.

Y lo traigo a colación, porque no dudo que estas décimas recientes y frescas aún en mi cabeza, hayan contribuido también a este onírico sueño (y no es redundancia). Lo digo porque, ahora que lo pienso bien, la casa de madera a la que llegué en mi carriola Leyland, la casa protagonista de mi décima y mi sueño, se parece más a la Peña de Melecio que a mi antigua casa.  


Alexis Díaz-Pimienta
Sevilla, 5 de abril de 2021

Twitter: @DiazPimienta