"Uno de los mejores narradores cubanos de la hora presente"
(Juan Bonilla)

Del Blog de Díaz-Pimienta

por Luisma Pérez Martín


Desde mi punto de vista personal, el concepto “novedad literaria” ha hecho mucho daño en el mundo del libro, y no exagero si digo que se está cargando la literatura. La maquinaria industrial del libro (que va desde la imprenta hasta el lector, obviando casi siempre que el primer eslabón de la cadena es la mesa del autor de la obra) aboga cada semana, cada mes, por “nuevas novedades”. La industria pide “otra, otra, otra” como el público al final de los buenos conciertos. Solo que aquí lo que subyace es: ¡otro, otro, otro (libro)! Y así nos va. Cada semana llegan a los escaparates de las librerías nuevos títulos rodeados de aplausos y expectativas solo por ser nuevos, como si eso garantizara algo. ¿Y qué pasa? Que entonces libros que tienen dos años o tres, ya no interesan, ya no se ven, ya no se venden, y mucho menos se reseñan. La reseña literaria es un género que parece vinculado al concepto “novedad” como si fuera un simple apéndice. Por lo tanto, un libro que no acaba de salir al mercado, nadie lo reseña. O casi nadie. Dos años o tres parecen muchos. ¡Imagínense dieciséis años! ¿Qué periódico o revista literaria va a publicar una reseña sobre una novela publicada hace dieciséis años? Ninguna. No importa que la novela haya sido finalista del Premio Ateneo de Sevilla, o ganadora del internacional “Luis Berenguel”, o finalista del más internacional aún “Rómulo Gallegos” (cuando ganó Elena Poniatowska); no importa que sea una novela avalada por jurados como Luis Mateo Díez, Antonio Gómez Rufo, Soledad Puértolas, Sánchez Dragó, Isaac Rosa, Luis Brito García; nada importa. Ni que su autor haya publicado otras seis novelas, entre España, Cuba, México, Colombia e Italia. No importa, tiene dieciséis años, no es novedad, no se reseña, no interesa. Pero yo siempre voy contracorriente, eso me gusta. Así que vamos a tocarle un poco la carátula al sistema.

Salvador Golomón (Algaida Editores/2005), ganadora del XIV Premio Internacional de Novela “Luis Berenguer”, es una novela tan absolutamente poliédrica como lo es su autor, Alexis Díaz-Pimienta (La Habana, 1966), novelista, poeta, repentista, investigador, docente y genio a tiempo completo entre otras cosas.

En Salvador Golomón palpitan al mismo tiempo el retrato hiperrealista del panorama sociológico y cultural de La Habana de los años noventa, la “road movie” novelada cuyos protagonistas recorren Italia de punta a punta, “Vacaciones en Roma” con Simona Rossi y Romualdo Írsula en los papeles de Audrey Herburn y Gregory Peck y la inmersión en las profundidades de la creación literaria a través de los ojos del protagonista principal (o no) de esta apasionante (nunca mejor dicho) historia.

Romualdo Írsula, ocasional repartidor de pan y escritor de novelas policíacas, consigue un empleo de policía para poder tener acceso a nuevos argumentos para sus relatos. Esta sencilla premisa argumental dará paso a una obra inclasificable, en la que cohabitan la metaliteratura, la novela erótica y el más puro género negro en perfecta sincronía.

Una vez más, tal y como nos tiene acostumbrados, Díaz-Pimienta crea unos personajes que son como complicadas muñecas rusas, que esconden dentro de cada una de sus manifestaciones otra y otra y otra, dotándoles así de una vida propia que trasciende la mera literatura, haciéndolos tan reales como podamos ser los propios lectores.

Y si magistral es el tratamiento de los personajes, no menos magistrales son los pasajes eróticos de la novela, y lo son, además de por el hecho de haber provocado más de una erección genuina en un servidor (uno no es de piedra al fin y al cabo), porque cada uno de ellos está contado de una manera diferente, interactuando siempre con el entorno, o con el contexto, o con el momento en el que se desarrollan y con una riqueza literaria que hace que uno se avergüence de las sensaciones inguinales que está sintiendo al leer.

Toda la novela es un maravilloso origami repleto de pliegues, de interioridades, de caras ocultas que el lector irá descubriendo a medida que va avanzando en la lectura hasta el momento de la revelación final, del clímax apoteósico, del orgasmo (literario) absoluto.

En resumidas cuentas, si ustedes se han sentido atraídos alguna vez por Pepe Carvalho o Sam Spade, por Gilda o por Jessica Rabbit, por Laertes o por Ofelia, por lady Chatterley o por Catherine Millet, esta es su novela. Sería un crimen que se la perdieran. 

Y, por último, como quien no quiere las cosas: ojalá alguna editorial seria y responsable la reedite y distribuya bien, para que la descubran más lectores. 


Portugalete, 21 de octubre de 2021

Luisma Pérez Martín

por Luisma Pérez Martín


Desde mi punto de vista personal, el concepto “novedad literaria” ha hecho mucho daño en el mundo del libro, y no exagero si digo que se está cargando la literatura. La maquinaria industrial del libro (que va desde la imprenta hasta el lector, obviando casi siempre que el primer eslabón de la cadena es la mesa del autor de la obra) aboga cada semana, cada mes, por “nuevas novedades”. La industria pide “otra, otra, otra” como el público al final de los buenos conciertos. Solo que aquí lo que subyace es: ¡otro, otro, otro (libro)! Y así nos va. Cada semana llegan a los escaparates de las librerías nuevos títulos rodeados de aplausos y expectativas solo por ser nuevos, como si eso garantizara algo. ¿Y qué pasa? Que entonces libros que tienen dos años o tres, ya no interesan, ya no se ven, ya no se venden, y mucho menos se reseñan. La reseña literaria es un género que parece vinculado al concepto “novedad” como si fuera un simple apéndice. Por lo tanto, un libro que no acaba de salir al mercado, nadie lo reseña. O casi nadie. Dos años o tres parecen muchos. ¡Imagínense dieciséis años! ¿Qué periódico o revista literaria va a publicar una reseña sobre una novela publicada hace dieciséis años? Ninguna. No importa que la novela haya sido finalista del Premio Ateneo de Sevilla, o ganadora del internacional “Luis Berenguel”, o finalista del más internacional aún “Rómulo Gallegos” (cuando ganó Elena Poniatowska); no importa que sea una novela avalada por jurados como Luis Mateo Díez, Antonio Gómez Rufo, Soledad Puértolas, Sánchez Dragó, Isaac Rosa, Luis Brito García; nada importa. Ni que su autor haya publicado otras seis novelas, entre España, Cuba, México, Colombia e Italia. No importa, tiene dieciséis años, no es novedad, no se reseña, no interesa. Pero yo siempre voy contracorriente, eso me gusta. Así que vamos a tocarle un poco la carátula al sistema.

Salvador Golomón (Algaida Editores/2005), ganadora del XIV Premio Internacional de Novela “Luis Berenguer”, es una novela tan absolutamente poliédrica como lo es su autor, Alexis Díaz-Pimienta (La Habana, 1966), novelista, poeta, repentista, investigador, docente y genio a tiempo completo entre otras cosas.

En Salvador Golomón palpitan al mismo tiempo el retrato hiperrealista del panorama sociológico y cultural de La Habana de los años noventa, la “road movie” novelada cuyos protagonistas recorren Italia de punta a punta, “Vacaciones en Roma” con Simona Rossi y Romualdo Írsula en los papeles de Audrey Herburn y Gregory Peck y la inmersión en las profundidades de la creación literaria a través de los ojos del protagonista principal (o no) de esta apasionante (nunca mejor dicho) historia.

Romualdo Írsula, ocasional repartidor de pan y escritor de novelas policíacas, consigue un empleo de policía para poder tener acceso a nuevos argumentos para sus relatos. Esta sencilla premisa argumental dará paso a una obra inclasificable, en la que cohabitan la metaliteratura, la novela erótica y el más puro género negro en perfecta sincronía.

Una vez más, tal y como nos tiene acostumbrados, Díaz-Pimienta crea unos personajes que son como complicadas muñecas rusas, que esconden dentro de cada una de sus manifestaciones otra y otra y otra, dotándoles así de una vida propia que trasciende la mera literatura, haciéndolos tan reales como podamos ser los propios lectores.

Y si magistral es el tratamiento de los personajes, no menos magistrales son los pasajes eróticos de la novela, y lo son, además de por el hecho de haber provocado más de una erección genuina en un servidor (uno no es de piedra al fin y al cabo), porque cada uno de ellos está contado de una manera diferente, interactuando siempre con el entorno, o con el contexto, o con el momento en el que se desarrollan y con una riqueza literaria que hace que uno se avergüence de las sensaciones inguinales que está sintiendo al leer.

Toda la novela es un maravilloso origami repleto de pliegues, de interioridades, de caras ocultas que el lector irá descubriendo a medida que va avanzando en la lectura hasta el momento de la revelación final, del clímax apoteósico, del orgasmo (literario) absoluto.

En resumidas cuentas, si ustedes se han sentido atraídos alguna vez por Pepe Carvalho o Sam Spade, por Gilda o por Jessica Rabbit, por Laertes o por Ofelia, por lady Chatterley o por Catherine Millet, esta es su novela. Sería un crimen que se la perdieran. 

Y, por último, como quien no quiere las cosas: ojalá alguna editorial seria y responsable la reedite y distribuya bien, para que la descubran más lectores. 


Portugalete, 21 de octubre de 2021

Luisma Pérez Martín

He terminado de leer -casi diría de vivir- Jano, de Alexis Díaz-Pimienta y ya tengo deseos de volver a leerla. Basada en hechos reales que el autor conociera de primera mano, en personajes reales que posiblemente yo también conociera. Que muchos conocimos. 

Una novela en dos partes o quizá dos novelas en un tomo o quizá varias novelas en un solo libro, porque cada personaje se quedó en mi mente como un conocido de toda la vida, contando su propia realidad dentro y fuera de la maldita circunstancia. 

Pensé que Jano sería una ficción sobre las humillaciones y la homofobia entre adolescentes, sobre las heridas visibles o no que deja una cultura a la vez machista y chapera, sobre los silencios temerosos, sobre mentiras cómplices y no. Es mucho más que eso, pero partiendo de esos estigmas. Es una historia de amistad, amor, supervivencia, compasión.

He leído Jano -o, mejor dicho: he vivido- recordando, paso a paso las veces que sufrí o dije o hice algo parecido a lo que sufren, dicen o hacen sus personajes. Leyendo Jano he revivido fragmentos desconcertantes, dolorosos y también algunos divertidos de mi vida. Leyendo Jano por primera vez encontré explicación a muchos de esos recuerdos.

Jano es una narración paciente, calmada y a la vez trepidante y ruidosa. En cada capítulo de Jano, Alexis Díaz-Pimienta activa resortes que despiertan más curiosidad por saber qué pasará a continuación. 


La parte final de la historia sorprende sin traicionar, resuelve sin cerrar y cierra, pero sin apagar la luz. 
Jano es de esos buenos libros que se quedan en la mente del lector mucho tiempo después de haberlo terminado. Me atrevo a pensar que es uno de esos buenos libros que se pueden leer dos o más veces y que siempre se encontrará algo nuevo en él.

Alexis Díaz-Pimienta tiene varios libros publicados y quiera Dios que muchos más próximamente. No puedo decir que Jano es su obra maestra, porque no los he leído todos, pero sí puedo afirmar que es una obra magistral. Me congratulo por haberla leído o mejor dicho: haberla vivido mientras la leía. 


MARCOS GARCIA, el hijo de Teresa.

Agosto 2021.

 

Hay un término acuñado por Samuel Taylor Goleridge que me gusta usar en demasía, pero, aun temiendo hacerme repetitivo, lo he de traer a colación ya que la ocasión (perdonen la cacofonía) lo amerita, hablo de esa voluntaria suspensión de la incredulidad cuando nos enfrentamos a un texto, a una obra teatral o a una película (entre otras cosas). El artífice de que esto suceda, de que el lector o el espectador, caigan en esta tela de araña, es el autor, el dramaturgo, el cineasta. Acabo de leer El Huracán Anónimo, novela del multifacético y poliédrico artista cubano  Alexis Díaz Pimienta (La Habana 1966); novela negra o de corte policiaco en la que, desde la primera página en la que se empieza a desarrollar la  extraña trama, la capacidad del autor, o sea, de Alexis, para enredarte en ella y que te creas de pe a pa todo lo que va aconteciendo, a la vez que empatizas y te pones en la piel de ese tan bien armado y escrito personaje que es Rolo Contreras, es admirable, es, sencillamente, magistral. Ningún cubano de pura cepa se tragaría, si se lo contaran, que algo así pueda o pudiera suceder en la Cuba del siglo XXI, diría: ¡Pero, asere, qué clase de paquete tú  me estás metiendo!, sin embargo,  Alexis lo logra, te sumerge de tal manera en la “peliculera”(según los propios personajes) historia, y logra convencerte haciendo lo imposible  posible; lo irreal real; haciéndolo auténtico y, si esto fuera poco: vívido. Nos enfrentamos a una narración acertada, sencilla, con su cuota de coloquialidad, de “cubaneo” que le da el punto de cocción exacto a este bien sazonado ajiaco, y, de postre, el autor nos ofrece una descripción hipnótica de la vida habanera. Porque El Huracán Anónimo  es, además, un retrato exhaustivo de la sociedad cubana. Pero si la capacidad del autor para suspender la incredulidad es de primera, el trabajo que hay detrás de todo esto para lograrlo lo es aún más, porque la labor de investigación que ha tenido que hacer Díaz Pimienta para escribir este libro es abrumadora y mastodóntica. Para decirlo de manera coloquial yo también: hay mucho, pero mucho curro en la escritura de esta obra.

El Huracán Anónimo no es sólo una novela de género, es una novela NOVELA con todas las de la ley: inteligentemente estructurada y sumamente entretenida. Y, aunque podamos clasificarla dentro del género negro, como ya he dicho, es una novela diferente, fresca, dinámica, con grandes dosis de humor, que pone sobre el tapete ingentes temas y hasta se parodia a sí misma. Yo diría que, si tenemos en cuenta algunos acontecimientos recientes en la isla, es, hasta cierto punto, profética.

Alexis se ha convertido en un narrador cubano contemporáneo imprescindible;  camina mano a mano y codo con codo con otros grandes de la talla de Leonardo Padura, Pedro Juan Gutiérrez, Aristides Vega o Wendy Guerra, por sólo citar unos pocos ejemplos. Nada tiene que envidiar Alexis, tampoco, a los grandes de la novela negra cubana: digamos a un Luis Rogelio Nogueras o a un Daniel Chavarría (este último nacido uruguayo pero cubano por adopción).

Os recomiendo, amigos míos, sin duda alguna, la lectura de esta maravillosa novela cubana. Y si usted es amante de lo policiaco no se va arrepentir; y si usted es amante de la crónica social no se va a arrepentir; y si usted es amante de la meteorología no se va a arrepentir; y si  usted, sencillamente, es amante de la buena lectura y de la buena literatura, créame, no se va a arrepentir. 

Y ahora acabaré con otra frase de la que abuso muchísimo también y que nos viene como anillo al dedo. Decía Aristóteles en su Poética: ““Una imposibilidad probable es preferible a una posibilidad improbable”. Alexis Diaz Pimienta nos sirve un suculento ajiaco cubano con todas su viandas haciendo probable una imposibilidad. Queda dicho.


 Ovidio Moré, 16 de Agosto 2021


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OVIDIO MORÉ (Matanzas, Cuba, 1966). Artista plástico y escritor. Su obra se enmarca dentro de las disciplinas del dibujo y la ilustración. Durante los años 2015 y 2016 ilustró la portada de la revista literaria online Ultraversal y, desde el año 2009, mantiene un blog sobre temas artísticos donde publica sus relatos, sus poemas y su dibujos, además de hacer reseñas sobre artes plásticas y sobre literatura. La revista Arique, en su boletín de poesía hispanoamericana VERSO A VERSO, le dedicó el número 8 en el año 2007, dando a conocer parte de su poemario  Nocturno con alevosía. Recientemente la revista Artepoli ha publicado su artículo  La fabulación pintada: un acercamiento a la obra de Ana Novella. Ha participado en la exposición colectiva multidisiplinar El sentimiento de la Urgencia, en Calaf, Barcelona. Su obra se sirve del surrealismo para vertebrar una metáfora visual en la  que aborda temas como el del individuo ente sus circunstancias, las relaciones de la pareja, el desarraigo, la memoria, la emocionalidad, etc. Al igual que en un poema utiliza la repetición de elementos como si de una anáfora se tratara, para, dee esta manera, reforzar esa imagen poética y simbólica que intentade transmitir. Su impronta bebe del barroco en muchos casos, ya que llena el cuadro de arabescos, pero no por vacua ornamentación sino para remarcar contrastes y crear texturas afines al mensaje.


Compréndanme. Acabo de bautizarme hace pocos días como lector de novelas de Alexis Díaz Pimienta (La Habana, 1966) con la maravillosa “Jano” (Scripta Manent 2021), así que no podía dejar de devorar la otra obra maestra que tenía en mis manos; la escalofriante y actualísima “Sangre” (también Scripta Manent, también de 2021).
Antes de decir nada sobre “Sangre” he de mencionar que, por mi trabajo, el tema de la violencia de género me es muy cercano, tan cercano que me temo que no soy capaz de enfocarlo con nitidez; también les diré que casi todos los abogados que conozco y por supuesto, yo mismo, sufrimos una triple frustración en relación a los asuntos de maltrato contra las mujeres.


En primer lugar, la frustración de comprobar a diario la ineficacia absoluta de esta ley (y me temo que de cualquier ley que pudiera promulgarse) en los casos más sangrantes; los medios que deberían destinarse a proteger realmente a las víctimas se pierden en una selva funcionarial de comités, estudios estadísticos, protocolos absurdos, oficinas varias (Díaz-Pimienta lo refleja muy bien en la novela) y estómagos agradecidos que en nada contribuyen a cambiar la situación. A eso hay que sumar la saturación de los Juzgados de Violencia de Género y el hecho de que, por supuesto, la maldad, la locura y la brutalidad son, a menudo, imprevisibles y, casi siempre, absurdas. En segundo lugar, está la frustración de no poder conseguir, la mayoría de las veces, ayudar a las víctimas por su propia reticencia a denunciar o ratificar la denuncia ya presentada. En mi experiencia personal les diré que cuanto más grave es el maltrato, más difícil es convencer a la mujer maltratada de que siga adelante con el procedimiento judicial y en esos casos es determinante el miedo, sí, pero también otras cosas que jamás en la vida podré acertar a comprender. Y hay un tercer motivo de frustración: la instrumentalización de la ley para obtener ventajas económicas y judiciales en particular en los procedimientos de divorcio en relación a los hijos comunes. En resumidas cuentas, demasiada mierda, demasiadas miserias, demasiados hijos de puta, demasiados (y demasiadas) caraduras.

Dicho esto (gracias por el desahogo) y partiendo de que entré “manchado” a leer la novela, les puedo decir que sin embargo he salido transfigurado de su lectura. Quizá necesitaba (y en esto no entra lo literario) un enfoque ajeno a la pura objetividad de los datos y la experiencia, un soplo de aire fresco, una visión no desenfocada como la mía. Y en esa visión, la de Alexis, he recorrido con María todos los váteres de Sevilla (Estepueblo) buscando nuevos mensajes (“AYÚDAME”), he visto el Guadalquivir correr rojo de sangre (me viene a la cabeza el mejor Saramago de “La balsa de piedra” o “Ensayo sobre la lucidez”) y he sentido la impotencia de la protagonista ante la locura hecha cotidianeidad.
Ahora, una vez acabada la lectura, creo que Alexis Díaz-Pimienta, con su lucidez, con su talento narrativo, me ha ayudado más a comprender lo terrible de la lacra que relata que veintidós años de ejercicio del derecho (llámenme frívolo, llámenme exagerado) y pienso que, seguramente, la novela debería de ser lectura obligada en las escuelas, porque ahí, en la educación, y sólo ahí, es donde se puede conseguir algún cambio real en lo que se refiere a la violencia contra las mujeres.
Y, en cuanto al placer que ha supuesto la lectura, he de decirles que “Sangre” no es “Jano” ni “Jano” es “Sangre”, pero ay, el lenguaje del novelista, el idioma que uno (este lector) ya reconoce como suyo con tan sólo dos novelas leídas, el gusto de sentirse en casa con nada más abrir el libro y empezar a leer,… eso, les digo, no tiene precio para mí.
En resumidas cuentas, que ahora tengo mono de novela de Alexis Díaz-Pimienta, que en apenas 600 páginas de “Jano” y “Sangre” me he convertido en un yonqui de su prosa, que quiero más y más y más.
Recomendarles, por tanto, a estas alturas, que lean la novela me parece una redundancia, pero me apetece ser redundante: Lean “Sangre”, disfruten y sufran con ella, ahóguense en un río rojo como la sangre de todas las Marías de Estepueblo asesinadas. Me lo agradecerán.
Luisma Pérez Martín
10 de julio de 2021


Compréndanme. Acabo de bautizarme hace pocos días como lector de novelas de Alexis Díaz Pimienta (La Habana, 1966) con la maravillosa “Jano” (Scripta Manent 2021), así que no podía dejar de devorar la otra obra maestra que tenía en mis manos; la escalofriante y actualísima “Sangre” (también Scripta Manent, también de 2021).
Antes de decir nada sobre “Sangre” he de mencionar que, por mi trabajo, el tema de la violencia de género me es muy cercano, tan cercano que me temo que no soy capaz de enfocarlo con nitidez; también les diré que casi todos los abogados que conozco y por supuesto, yo mismo, sufrimos una triple frustración en relación a los asuntos de maltrato contra las mujeres.


En primer lugar, la frustración de comprobar a diario la ineficacia absoluta de esta ley (y me temo que de cualquier ley que pudiera promulgarse) en los casos más sangrantes; los medios que deberían destinarse a proteger realmente a las víctimas se pierden en una selva funcionarial de comités, estudios estadísticos, protocolos absurdos, oficinas varias (Díaz-Pimienta lo refleja muy bien en la novela) y estómagos agradecidos que en nada contribuyen a cambiar la situación. A eso hay que sumar la saturación de los Juzgados de Violencia de Género y el hecho de que, por supuesto, la maldad, la locura y la brutalidad son, a menudo, imprevisibles y, casi siempre, absurdas. En segundo lugar, está la frustración de no poder conseguir, la mayoría de las veces, ayudar a las víctimas por su propia reticencia a denunciar o ratificar la denuncia ya presentada. En mi experiencia personal les diré que cuanto más grave es el maltrato, más difícil es convencer a la mujer maltratada de que siga adelante con el procedimiento judicial y en esos casos es determinante el miedo, sí, pero también otras cosas que jamás en la vida podré acertar a comprender. Y hay un tercer motivo de frustración: la instrumentalización de la ley para obtener ventajas económicas y judiciales en particular en los procedimientos de divorcio en relación a los hijos comunes. En resumidas cuentas, demasiada mierda, demasiadas miserias, demasiados hijos de puta, demasiados (y demasiadas) caraduras.

Dicho esto (gracias por el desahogo) y partiendo de que entré “manchado” a leer la novela, les puedo decir que sin embargo he salido transfigurado de su lectura. Quizá necesitaba (y en esto no entra lo literario) un enfoque ajeno a la pura objetividad de los datos y la experiencia, un soplo de aire fresco, una visión no desenfocada como la mía. Y en esa visión, la de Alexis, he recorrido con María todos los váteres de Sevilla (Estepueblo) buscando nuevos mensajes (“AYÚDAME”), he visto el Guadalquivir correr rojo de sangre (me viene a la cabeza el mejor Saramago de “La balsa de piedra” o “Ensayo sobre la lucidez”) y he sentido la impotencia de la protagonista ante la locura hecha cotidianeidad.
Ahora, una vez acabada la lectura, creo que Alexis Díaz-Pimienta, con su lucidez, con su talento narrativo, me ha ayudado más a comprender lo terrible de la lacra que relata que veintidós años de ejercicio del derecho (llámenme frívolo, llámenme exagerado) y pienso que, seguramente, la novela debería de ser lectura obligada en las escuelas, porque ahí, en la educación, y sólo ahí, es donde se puede conseguir algún cambio real en lo que se refiere a la violencia contra las mujeres.
Y, en cuanto al placer que ha supuesto la lectura, he de decirles que “Sangre” no es “Jano” ni “Jano” es “Sangre”, pero ay, el lenguaje del novelista, el idioma que uno (este lector) ya reconoce como suyo con tan sólo dos novelas leídas, el gusto de sentirse en casa con nada más abrir el libro y empezar a leer,… eso, les digo, no tiene precio para mí.
En resumidas cuentas, que ahora tengo mono de novela de Alexis Díaz-Pimienta, que en apenas 600 páginas de “Jano” y “Sangre” me he convertido en un yonqui de su prosa, que quiero más y más y más.
Recomendarles, por tanto, a estas alturas, que lean la novela me parece una redundancia, pero me apetece ser redundante: Lean “Sangre”, disfruten y sufran con ella, ahóguense en un río rojo como la sangre de todas las Marías de Estepueblo asesinadas. Me lo agradecerán.
Luisma Pérez Martín
10 de julio de 2021



por María Esteban


Portada de la novela Sangre y foto del autor: Alexis Díaz-Pimienta



Qué difícil escribir una reseña sin incurrir en tópicos. Una reseña positiva, laudatoria incluso, de la que considero a todas luces una buena novela. Combatir en mi cabeza y en la de los demás la idea de que lo hago porque el autor me lo ha pedido, sabiendo además que es un gran tipo, y cuando ya hace tiempo atravesé ese limbo que a veces establecemos con los ídolos, allá donde empieza a gustarnos sistemáticamente todo lo que hace. Si se me permite una glosa a mi propio INCIPIT, yo creo que aún puede alcanzarse un estadio superior, aquel en el que admiramos tanto a un autor y lo queremos tanto y confiamos tanto en su capacidad creativa que todo lo que escribe nos parece mal. Afortunadamente, yo aún no he llegado a ese extremo con el maestro Pimienta. Ese día yo me implicaré demasiado en mi lectura, con consecuencias desastrosas, y él dejará de encargarme reseñas. Ahora, sencillamente, me entusiasma cada libro que publica, cada relato o poema inédito que tiene la generosidad de compartir conmigo. Y no son pocos los poemas, los relatos, los libros ya editados. Porque este hombre, en términos de producción, podría disputarle el liderazgo a Stephen King y sus novelas milpaginistas escritas consecutivamente. Stephen King, otro de mis autores predilectos, a quien defiendo a capa y espada en cualquier contexto aunque secretamente ya me haya instalado en la idea de que siempre “podría hacerlo mejor”.

Qué difícil entonces, decía, escarbar en esa masa de complacencia autoimpuesta para seguir minando palabras y argumentos que sostengan que esta es una buena novela, incluso una novela excelente. Y qué difícil hacer que mi reseña suene honesta al oído humano. Pero tengo que intentarlo, por respeto al autor y por compromiso con el lenguaje, no necesariamente en ese orden. Más difícil aún es escribir una novela sobre un tema candente (ahí va el primer tópico) rechazando las herramientas que tenemos más a mano, los materiales que nos proporcionan los demás. El vocabulario, las estructuras, la perspectiva utilizadas por quienes abordaron el tema de la violencia machista antes que nosotros, ya fueran periodistas, artistas o simples conversadores. Qué difícil esquivar la demagogia, cuando, además, pocas veces nos encontramos ante un caso tan claro de buenos y malos (víctimas frente a asesinos), qué difícil mostrar sin hacer pedagogía. Y Alexis Díaz-Pimienta consigue todo eso. Si quien me lea encontrase en esta novela un solo tópico descarriado, por favor, que me escriba y me lo comunique. Porque los tópicos están, pero estratégicamente situados ante un espejo de esos que deforman y caricaturizan y magnifican, es decir, que nos muestran como realmente somos. Fuera de ese juego, de ese propósito, no hay tópicos en este libro.

Creo poder afirmar que otro de los preceptos de partida era precisamente meter el dedo en la llaga. Evitar las cifras deshumanizantes (para recurrir a ellas en el momento preciso, y con qué maestría), bucear a cambio en los detalles, que, como me dijo una vez mi padre, son lo menos importante y lo que más jode, para retratar las verdaderas implicaciones de estos asesinatos. Sangre es, en fin, una novela incómoda (he aquí un tópico consagrado), porque en ella se alternan descripciones crueles y descarnadas con episodios amables, sin transiciones; porque aun con ese trasfondo no renuncia al sentido del humor ni a cierta frivolidad; pero sobre todo porque se atreve a cuestionar nuestra empatía individual y colectiva, la posibilidad real de un sistema de relaciones basado en la sororidad. Y es que otro tema que subyace en Sangre, de forma más discreta, es el de las contradicciones en que todos (todas) caemos dentro de nuestro discurso feminista, más o menos honesto, más o menos labrado y asumido. Cómo en nuestra concienciación siempre se abren grietas, fruto de la desidia, y también de complejos y pequeñas mezquindades, o de que simplemente el mundo sigue andando aunque el Guadalquivir amanezca teñido de rojo. Porque somos humanos y humanamente sobrevivimos. Vamos tirando humanamente.

Para terminar con otro tópico diré que Sangre es, además, un interesante juego de perspectivas. Los constantes cambios de foco podrían ser confusos y no lo son. La abundancia de personajes podría sobrepasarnos y no lo hace. Solo los buenos narradores salen airosos en esta clase de madejas. Y, como he señalado alguna vez, Sangre tiene uno de los inicios de novela más desternillantes y poéticos que he leído, y es también un magnífico ejercicio de estilo indirecto libre, de metalenguaje, un deleite de adjetivos siempre precisos e inopinados, de un leve realismo mágico que se acentúa en los últimos capítulos.

No voy a decir que esta fuera una novela necesaria porque una cosa es jugar con los tópicos y otra perder el foco, y podríamos discutir si existen textos necesarios. Tampoco voy a plantearme las implicaciones de que el autor de este libro sea un hombre (por si a alguien le importa, a mí me parece fenomenal), ni excavar en polémicas.  Me limito a recomendar esta novela. Como lectora y como María. Leed esta novela, lectores. Leed Sangre.


María Esteban / Amanda Sorokin

5 de julio de 2021




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Datos:

Título: SANGRE
Autor: Alexis Díaz-Pimienta
Editorial: Scripta Manent Ediciones
Año: 2021
Páginas: 200