"Uno de los mejores narradores cubanos de la hora presente"
(Juan Bonilla)

Del Blog de Díaz-Pimienta

El huracán Anónimo, de Alexis Díaz-Pimienta

El cadáver de la joven promesa del béisbol capitalino Gabriel Pulido Arnáez, alias “Pompeya”, fue descubierto por dos perros que no eran conscientes de que un cadáver humano, aunque lo parezca, no es un desperdicio comestible, y por lo tanto, no debe arrastrarse por medio de una calle, y menos por su calle, donde él vive, no importa que esté oscuro y sean más de las diez de la noche. Un cadáver humano no debe ser mordido así, con hambre vieja, y mucho menos tirar de él cada uno hacia un lado, ora del brazo, ora del vientre, ora de la cabeza. ¡Que es un cadáver humano, por Dios! ¡Que tiene nombre y apellido y familia y un futuro prometedorísimo en Industriales y el equipo Cuba! ¡Cuánta razón!, diría Dios si hablara, contemplando la escena. Pero un perro es un perro. Dos perros son dos perros. Dos perros callejeros abandonados y con hambre son dos perros callejeros abandonados y con hambre. No ladran, gruñen. No muerden, destrozan, mastican, engullen a pedazos lo que queda del joven Gabriel Pulido Arnáez, alias Pompeya, el mejor center field que había dado Guanabacoa en los últimos años. El nuevo Javier Méndez, decía su padre. El nuevo Víctor Mesa, decían sus amigos. Pero lo perros no saben de pelota, no siguen la Serie Nacional, no tienen equipo. Lo que tienen es hambre. Y la carne es carne aunque sea carne muerta, carne humana muerta a las diez y pico de la noche del 9 de septiembre del año 2007. Por la calle Cruz Verde de Guanabacoa, a esa hora, no circula nadie. Ni carros, ni peatones, ni gatos, ni otros perros. Es noche de apagón y todos los vecinos están en sus casas, encerrados y agobiados por su propio fastidio, jodienda, salación, aburrimiento. Qué fastidio, repetía la vecina más cercana a la casa de Gabriel Pulido, pared con pared, por la derecha. Qué jodienda, decía su padre. Qué salación esta jodienda de los apagones, decía otro vecino, pared con pared, por la izquierda. Qué aburrimiento, decía el hijo pequeño del carnicero de Cruz Verde, que no encontraba cómo entretenerse en aquella oscuridad tremenda. Los vecinos no sabían que el joven Pompeya había salido casi dos horas antes, a casa de un amigo, a recoger un guante nuevo que le habían mandado desde Estados Unidos (su padre decía que el mismísimo Duque, y Pompeya decía que sí, que el Duque lo mandaba, pero que quien lo había comprado había sido su ídolo, Kendry Morales). A Pompeya nadie lo echó de menos hasta mucho más tarde. El padre de Pompeya llegó a pensar que, por la hora, su hijo se quedaría a dormir en casa de su amigo, como hacía otras veces. Su madre, que al principio no sabía que su hijo había salido, se puso algo histérica. ¿Y Gabrielitooooooo?, le gritó al padre. La madre de Gabriel Pulido Arnáez era la única persona en el mundo que le llamaba Gabrielito a aquel negro enorme, de casi dos metros, flaco pero fornido. Le decía Gabrielito o Pompi, achicándole el alias. Su marido la agarró de un brazo para que su histeria no se desbordara. Ahora vuelve, le dijo, y la ayudó a sentarse en el sofá, junto a una vela. A la sombra de la vela la madre de Pompeya parecía más nerviosa de lo que estaba, parecía temblar. Recuerda lo que nos dijeron los policías, Gaby. El padre de Pompeya se llamaba Gabriel también, y para diferenciarlos ella y todos en el barrio lo llamaban Gaby. Con aquello de “recuerda lo que nos dijeron los policías, Gaby”, la madre de Pompeya se refería a una circular (todos decían así, “una circular”) que les había pasado el CDR, pero sobre todo a la advertencia del jefe de sector sobre “el extremo cuidado que deben tener los dos Gabrieles”, y el consejo de que no salieran de casa en esos días, si no era necesario. Los Gabrieles de la calle Cruz Verde de Guanabacoa, padre e hijo, habían estado acuartelados junto a otros cientos de Gabrieles durante varios días, y solo el día anterior al asesinato de Pompeya, por la mañana, habían regresado a su casa, pero con esa advertencia del jefe del sector, una circular del CDR en la mano y la orden de estar siempre juntos y localizados. La circular no hablaba del huracán Anónimo, ni decía la frase “asesino en serie”, solo decía aquello del extremo cuidado y la importancia de la disciplina revolucionaria. Estate quieta, Carmen, que Pompeya sabe cuidarse bien y está aquí cerca, dijo Gaby. Y era cierto. Pompeya, es decir, Gabriel Pulido Arnáez, su hijo, no solo era el mejor jardinero central que había dado Cuba en los últimos años, había sido también aprendiz de boxeador cuando era adolescente, y, aunque finalmente su fuerza al bate y su potencia en el brazo de lanzar lo decantaron por el béisbol, de vez en cuando servía de sparring para los boxeadores juveniles guanabacoenses. Sabe cuidarse, repetía su padre. Pero el huracán…, intentaba argumentar su madre. Sabe cuidarse, insistía Gaby, acercándose a ella, con cariño y lástima. Le daba lástima que su mujer, con tantos años ya, siguiera viendo a Pompeya como cuando era Pompeyita, flaco y débil, ingenuo e incapaz de defenderse. Por eso lo habían apuntado en boxeo desde temprano. Por eso ella se había alegrado tanto cuando su Pompi creció y lo vio ganar músculos y carácter. Pero el instinto maternal es del carajo. Carmen no se quedó tranquila pese a las caricias y las palabras de su Gaby. Llámalo al celular, dijo. Lo dejó aquí, míralo ahí, dijo el padre y señaló un teléfono Alcatel que estaba justo al lado de la vela, en la mesa de centro que tenían delante. Carmen no lo había visto. Pues llama a casa de su amigo, donde esté, y que se quede allí hasta mañana, que no venga de noche y tan oscuro. Basta, Carmen, se desesperaba Gaby. Dime el número y lo llamo yo. Ya debe estar llegando, chica, respondió el padre, ahora con tono de fastidio. Y era cierto. El cadáver de Gabriel Pulido Arnáez, alias Pompeya, su hijo, ya estaba llegando al portal de su casa en la calle Cruz Verde de Guanabacoa. Lo traían dos perros. Pero claro, los perros no lo habían traído hasta allí desde la casa de su amigo, que estaba cerca de los antiguos Escolapios y que era adonde había ido Pompeya a recoger el guante mágico con el que llegaría hasta el team Cuba. No. De la casa de su amigo, ya con el guante dentro de la mochila, Pompeya había salido casi una hora antes, tranquilo, silbando, con los auriculares puestos y escuchando un reggaetón que hablaba sobre sexo, bebidas y almendrones. Después que pasó todo, su madre pensó que tal vez por culpa de los jodidos auriculares (“no los pongas tan altos, hijo, que te vas a quedar sordo”, le decía diariamente el padre) el joven Pompeya no había visto venir a la muerte. No la había oído venir, mejor dicho. El reggaetón le taladraba los oídos (“¿no has oído a tu padre?, ¡bájale el volumen!, le decía diariamente Carmen) y Pompeya más que andar, bailaba, silbando y tarareando alternativamente la pegajosa música. Por eso no sintió llegar a la muerte. La muerte vino silenciosa, muy silenciosa, y lo hizo adrede, aposta, premeditadamente. La muerte sabía que Pompeya era atleta, un pelotero fuerte y talentoso, un practicante de boxeo, por eso debía ser muy rápida, tener sumo cuidado. Esta vez la muerte no había tenido que averiguar mucho sobre su posible víctima. A Gabriel Pulido Arnáez, alias Pompeya, todo el mundo lo conocía en Guanabacoa, en toda La Habana, en gran parte de Cuba. ¡El nuevo Javier Méndez! ¡Mejor que Víctor Mesa! Tal vez por eso fue escogido él y no otro como víctima. El asesino necesitaba (ya) un golpe de efecto, un golpe fuerte para ganar notoriedad, embutido como estaba en su personaje del huracán Anónimo, en el total anonimato. Estaba un poco harto de seguir en la sombra y de que solo los miembros de aquella cosa tonta llamada “Operación Anónimo” pudieran saber de él, hablar y conjeturar sobre él todo el tiempo. ¿Quieren guerra?, pensaba, pues tendrán guerra. Por supuesto, el joven Pompeya mientras regresaba a su casa estaba ajeno a todo esto. Ni siquiera sabía que la tormenta tropical “Gabrielle” era la séptima tormenta con nombre (su nombre) de la temporada de huracanes en el Atlántico ese año 2007. El joven Pompeya estaba sonriendo por los versos tan ocurrentes del reggaetón que oía (ay, mami, agárrate del tubo de la guagua, mami / agárrate del tubo y no te caigas, mami / agárrate del tubo), ajeno a que Gabrielle se había desarrollado como un ciclón subtropical el 8 de septiembre, cuatro días antes de su muerte, cerca de Cabo Lookout, en Carolina del Norte, Estados Unidos. Ya Pompeya había caminado como cinco cuadras, rumbo a Cruz Verde, sin saber que Gabrielle, tres días antes, el 9 de septiembre, había tocado tierra en Cabo Lookout, en los Outer Banks de Carolina del Norte, convertida en tormenta tropical con vientos máximos sostenidos de 90 km/h. Él llevaba el regalo de Kendry y el Duque en la mochila, y la mami de la canción seguía agarrando el tubo para no caerse. Eso era todo. ¿Qué más podía pedir? Feliz, tranquilo, el joven Pompeya regresaba a su casa ajeno a que “Gabrielle”, su tormenta tocaya, se había disipado el día antes, 11 de septiembre, dejando fuertes lluvias en toda Carolina y a lo largo de la costa, olas altísimas, corrientes turbulentas y marejadas que provocaron inundaciones leves. Él y su padre habían aceptado, con desgana pero con disciplina deportiva, aquella orden de “acuartelamiento obligatorio” que les llegó “de arriba”, y habían estado en una Casa Anónima, junto a otros muchos Gabrieles, hasta que al mediodía del mismo día de su muerte los liberaron. El joven Pompeya no supo nunca que los vientos y la lluvia de “Gabrielle” habían provocado solo daños menores en Carolina del Norte (vaya alivio, un respiro para sus habitantes, quienes todavía tenían frescas en la memoria las imágenes del huracán “Katrina”). No lo supo nunca. Ni él ni su padre ni el resto de los Gabrieles nacidos en Cuba y amenazados de muerte sin saberlo. Además, al joven Gabriel Pulido Arias, alias Pompeya, el futuro pelotero de Industriales y los equipos Cuba, el hijito de Carmen y Gaby, el sparring perfecto de los jóvenes boxeadores de Guanabacoa, qué le importaba “Gabrielle”, una tormenta tropical que andaba tan lejos, por el norte, que le importaba incluso que un día antes se disipara y desapareciera. Nada. Absolutamente nada. Él ya estaba muy cerca de su casa, en Cruz Verde, y la joven del reggaetón seguía agarrada fuertemente al tubo. Sonreía, silbaba, tarareaba, avanzaba. Estaba cada vez más cerca de su casa. Y tenían razón sus padres: el volumen de la música lo llevaba demasiado alto. Tenía razón su madre, aunque a este dato la policía no le hizo ni caso: por culpa del volumen en sus auriculares el joven Pompeya no vio venir al huracán Anónimo, no lo escuchó venir, mejor dicho. El huracán Anónimo jamás, hasta ahora, había usado un arma blanca en sus asesinatos, intentando mantener la coartada meteorológica de los huracanes. Pero con este negro enorme y deportista un arma blanca era lo más seguro (pensó así mismo: “con este negro”, no “con este tipo”, ni “en este caso”, ni “con esta víctima”, sino “con este negro”, e incluso sonrió al notar la paradoja del arma blanca para matar a un negro). Esta vez no correría riesgo. ¿Quieren guerra?, pues tendrán guerra, pensaba el huracán Anónimo mientras apretaba con fuerza el cabo del cuchillo, envuelto en una jaba de nailon de esas que dan en los supermercados para cargar la compra. Era un cuchillo grande, de carnicero, con hoja ancha y punta afinadísima y afiladísima. El huracán Anónimo había tenido la santa paciencia de afilarla él mismo en una chaira de piedra natural que tenía en su casa, que había traído años atrás de Barcelona. El huracán Anónimo estaba excitadísimo. Sí, estaba descontrolado, estaba excitadísimo y raramente feliz tan solo de pensar en lo que haría. La tormenta tropical “Gabrielle” no había tocado Cuba, cierto, ni siquiera había causado grandes daños en Estados Unidos; pero no le importaba. Allí estaba su nueva víctima, Gabriel Pulido Arnáez, alias Pompeya, y venía muy feliz, oyendo música, más negro que nunca en la oscuridad de la noche y del apagón en Guanabacoa. Ay, mami, agárrate del tubo de la guagua, mami / agárrate del tubo y no te caigas, mami / agárrate del tubo, cantaba Pompeya, ya no silbaba, ya no tarareaba, en el momento en que el cuchillo entró en su vientre a la altura del hígado el joven Pompeya acaba de cantar la frase ay, mami, agárrate del tubo de la guagua… Es más, el cuchillo cortó la guagua en dos, al medio. Ay, mami, agárrate del tubo de la gua… y la siguiente sílaba se convirtió en un grito seco, sordo, amargo, dolorosísimo, guarrrrrrrrrrr (o tal vez sonó guagggggggggg, un poco más exacto). Y el joven Pompeya cayó al suelo. No opuso resistencia. Cayó al suelo. Cayó al suelo como un saco de papas, se dice muchas veces. Fue una caída rápida, en picada, limpia. Fue una puñalada rápida, en picada (nunca mejor dicho), limpia. Después los forenses dijeron que había sido una incisión muy limpia, muy profesional. Un forense dijo “un corte limpio”, pero nuestra Forense, la forense Mayeta, fue más técnica y lo rectificó: una incisión limpia, muy limpia, muy profesional. Su compañero (llamémosle Forense 2), sonrió con anuencia. Lo que sí no dijeron los forenses, ni la Mayeta ni el Forense 2, porque no lo sabían, es que mientras Pompeya se desangraba, sorprendido por su muerte tan temprana y delante de su guante mágico, en sus auriculares una joven continuaba agarrada fuertemente al tubo de una guagua; ni que, mientras él se desangraba, su pobre madre, desesperada ya, le pedía a su padre que consiguiera el número del amigo de Pompi para llamarlo ella; ni que, mientras él se desangraba, el huracán Anónimo, su asesino, le metía en la mochila, justo encima del guante mágico que le había mandado el dueto Kendry-Duque, un pomo plástico pequeño, lleno de agua de mar, que llevaba puesta una etiqueta en un papel escrito por su puño y letra y que decía “Pobrecito Gabriel” sobre un dibujo del típico esquema en espiral de un huracán, con su ojo y sus bandas. Ni los forenses ni sus padres supieron que el cadáver de Pompeya estuvo más de media hora allí, a pocos metros de su casa, desangrándose, y que pasada media hora fue cuando dos perros callejeros, Asesino y Azul, se lo encontraron, rabiosos de hambre, y comenzaron a pelear por él, arrastrándolo. El perro más grande y musculoso que arrastraba a Pompeya no por gusto se llamaba Asesino: era un rottweiler violento y despiadado. Por su aspecto y su fiereza su último dueño, el que lo había bautizado con aquel nombre inequívoco, lo echó de su casa, y lo había hecho para no matarlo, que fue lo primero que pensó cuando Asesino atacó a su hijo de tres años, vaya susto. El dueño de Asesino vivía en Mantilla y había abandonado al rottweiler tres noches antes de que este tropezara con el cadáver del joven Pompeya; lo había abandonado en el barrio La Jata, de Guanabacoa, bien lejos de su casa mantillera. Y el perro Asesino llevaba tres días con sus noches dando tumbos por Guanabacoa, sembrando el miedo en quienes se le acercaban, nervioso, desorientado y muerto de hambre. Ya varios vecinos habían denunciado que había un perro suelto, violento, en los alrededores. Ya el perro había atacado y destrozado a varios animales: gatos, gallinas, un carnero, otros perros. Pero seguía suelto. Igual que Azul. Azul era un perro pastor alemán, con cara de noble, pero inmenso y feroz sobre todo cuando estaba hambriento, como la noche en que el huracán Anónimo asestó la puñalada a Gabriel Pulido Arias. Azul llevaba también varios días abandonado, muchos más días que Asesino: una semana justo. Su dueño, un poeta fanático de Rubén Darío, le había puesto Azul en homenaje al libro estrella del poeta nicaragüense, pero Azul era un perro de prosa, poco poético, era un perro demasiado pastor, demasiado alemán, demasiado perro para vivir en el cuarto piso de un apartamento de microbrigada en Alamar, en el Barrio de los Rusos, conviviendo con su dueño el poeta, su mujer y dos niños pequeños. Así que su dueño (obligado literalmente por su esposa) también decidió abandonarlo y escogió para ello un lugar bien lejano de Alamar (según él): el reparto Nalón de Guanabacoa. Y Azul llevaba una semana dando tumbos por aquellas calles, placeres, plazas, parques, desfallecido de hambre y de tristeza. Y la noche que el huracán Anónimo partió al medio la guagua de un reggaetón y el hígado de un futuro pelotero de Industriales, Azul estaba husmeando, hociqueando en los latones de basura de la calle Cruz Verde, buscando comida, desesperado. Y cuando su finísimo olfato alumbró en la oscuridad un cuerpo muerto, carne fresca, sangre, muy cerca, el perro Azul fue menos poeta que nunca, más perro que otras veces, un pastor alemán salivando como si tuviera al mismísimo Pavlov delante, y fue directo al cuerpo. Claro, Azul no sabía que Asesino tenía el mismo olfato, la misma hambre, las mismas ganas de hincarle el diente a lo que fuera. Por eso se encontraron con hambre y rabia sobre el cuerpo del joven Pompeya, y comenzaron a disputarse aquel manjar a dentellada limpia. Y entre mordiscos y tirones arrastraron por la calle Cruz Verde el cadáver de Gabriel Pulido Arias, el hijo de Carmen y Gaby, el futuro jardinero central de Industriales y los equipos Cuba. Los forenses dijeron después, no obstante, para tranquilizar a la familia, que el joven Pompeya no había muerto comido por los perros, como decían sus vecinos, sino de una limpia puñalada (dijo la forense Margarita Mayeta), y no sufrió, señora, tanto, quiero decir (dijo el Forense 2), y ambos apartaron la vista de los ojos de la vieja Carmen, que estaba mueble, piedra, roca negra y llorosa, muda y rota desde que le dijeron lo que había pasado. Quienes hallaron el cadáver de Pompeya no le dijeron nada a la señora Carmen. No le dieron detalles. Ni su marido Gaby tampoco. Ni el inspector de policía que llevaba el caso. Nadie le contó los macabros detalles. Le ahorraron saber que cuando un carro patrullero en ronda de rutina dobló en Cruz Verde aquella noche y alumbró lo que alumbró (dos perros arrastrando un cadáver humano a tan solo dos puertas de la casa de los dos Gabrieles, padre e hijo), los propios policías no podían creerlo. Dos perros enormes y un cadáver humano; dos perros enormes tirando del cadáver, mordiendo y mordisqueando. La primera reacción del chofer del carro patrullero fue pisar el freno (y lo hizo): ¡pero qué coño es eso! La segunda reacción fue poner la luz larga (y lo hizo). La tercera reacción fue accionar el cláxon (y también lo hizo). La cuarta reacción (y también lo hizo) fue pisar el acelerador y dirigir el carro bruscamente hacia los perros, contra ellos y el cadáver, mientras su copiloto, el otro policía, era quien decía esta vez: ¡pero qué coño es eso! Contó la vieja Carmen Arias, luego, que ella sintió aquel sonido del claxon desde la sala de su casa, un pitido larguísimo, pero que nunca lo asoció a su hijo Gabrielito. Contó luego su padre Gaby, destrozado, que él también lo escuchó, pero tampoco pensó en su hijo. Tras el golpe de claxon, largo, larguísimo, nadie pensó en Pompeya. Cuando sí pensaron en Pompeya fue segundos después, cuando sonaron los disparos. Porque después de arremeter con el carro patrulla contra los perros y el cadáver, viendo que ni así las dos bestias aquellas soltaban su presa, el conductor del patrullero pensó que tenía que detener el carro (y lo hizo). Pensó que tenía que salir del carro y detener aquella comilona (y lo hizo). Lo pensaron los dos (y los dos lo hicieron). El chofer del carro patrullero pensó que debía sacar su arma reglamentaria, una Makarov que nunca, jamás, había tenido que disparar en casi 10 años de servicio (y así lo hizo). Así lo hicieron. Porque aquellos jodidos perros, con la luz larga del carro dándoles de frente, con el capó del carro casi encima de ellos, y a pesar del claxonazo intimidante, los miraban de frente, desafiantes, babeantes, sin soltar la presa. Fue entonces cuando ambos policías saltaron del carro, echaron mano a sus pistolas y apuntaron, el chofer a Asesino y el copiloto a Azul. Fue entonces cuando los perros, las bestias, aquellos moles dentadas y babeantes y furiosas soltaron al cadáver de Gabriel Pulido Arias, alias Pompeya, y saltaron sobre los policías. O intentaron saltar, porque las balas son más rápidas. Nada más que soltaron el cuerpo de Pompeya, y apoyados en sus piernas traseras como en una macabra coreografía muy ensayada, Asesino y Azul intentaron saltar contra ellos, ambos policías pensaron que había llegado el momento de estrenar sus Makarovs, todo fue uy rápido, pensaron que había que apretar los gatillos, y lo hicieron. Y sonaron como auténticas bombas en el silencio oscuro de la calle Cruz Verde los disparos. Los disparos que sí oyeron, cómo no, Carmen Arias y Gabriel Pulido, los padres de Pompeya. Y esta vez sí pensaron en su hijo. Fue instintivo, automático: sonaron los disparos a la vez (otra coreografía que parecía ensayada) y Carmen y Gaby a la vez gritaron ¡GABRIELITO!, saltaron del sofá y gritaron ¡GABRIELITO!, intuición maternal, miedo paterno, ganas de aquel miedo y aquella intuición no tuvieran sentido. Pero lo tuvo, lamentablemente. Y para colmo casi al instante vino la luz. Dios dio, hágase la luz, y se hizo. Y con la claridad y los disparos salieron los vecinos, todos los vecinos, y el horror lo invadió todo, se hizo inmenso, insoportable. En una acera de la calle Cruz Verde, había tres cadáveres. El cadáver de un rotwailer con un tiro en la frente, el cadáver de un pastor alemán con un tiro en un ojo, y el cadáver de Gabriel Pulido Arias, alias Pompeya, Pompi, Gabrielito, el hijo único de Carmen y Gaby, el mejor pelotero de Guanabacoa, el futuro center field de Industriales y el equipo Cuba. Inenarrable lo que continuó, imposible contarlo. Solo diré que el joven Pompeya, según se supo luego, para alivio de todos, no había sentido ni un solo mordisco, ni una sola dentellada, ni siquiera sintió el pavimento destrozando su piel; el joven Pompeya había muerto casi en el acto, había agonizado durante poco menos de un minuto tras la puñalada, el tiempo suficiente para que la mami de la guagua soltara el tubo del raegguetón y empezara a sonar otro tema del mismo género en un MP3 blanco y pequeño, ya irrecuperable. Ya todo era irrecuperable: el MP3, la ropa de Gabriel, su rostro, su vida. Cuando Criminalística llegó y cercó la zona y levantaron el cadáver, lo único recuperable (y con valiosa información para aquel caso) era la mochila del joven Pompeya. Allí dentro, como encogido de pavor, había un guante grande de pelotero, de jardinero zurdo, carmelita oscuro y new packet. Este guante es una joya (no pudo evitar pensar el oficial que requisaba pruebas). Con más de un pie de largo, con la palma profunda y correa cerrada, el guante miraba a los oficiales y todos miraban en silencio al guante. Está perfecto para atrapadas de “cono de nieve”, dijo Pompeya la primera vez que lo tuvo en la mano. Está volao, dijo su amigo, el que vive por los antiguos Escolapios. Está escapao, dijo el padre de su amigo, probándolo. Ahora sí, asere, dijo Pompeya. Hasta el teamCuba no pares, dijo el padre de Pompeya. O hasta las Grandes Ligas, bróder, no seas comemierda, dijo su amigo. Y se partieron de la risa. Y junto al guante, casi dentro de él pero no encogido de pavor sino con cierta altanería, los oficiales hallaron el misterioso hallazgo de aquel pomo de agua, con aquella etiqueta. En cuanto la vieron, el detective Riverón, la forense Margarita Mayeta y el mayor Armenteros se miraron en silencio. Angulo le pasó el pomo de agua a la Forense y esta se lo pasó al detective Riverón, todo en silencio. El detective Riverón observó detenidamente la etiqueta.

—El muy cabrón se está burlando de nosotros —dijo.

            Silencio.

            —Es su jodida firma.

            Silencio.

            —Está descontrolado y ha ganado confianza.

            Silencio.

            —Se siente fuerte el muy cabrón.

            Silencio.

Silencio.

Silencio.

—¿Y esa botella de agua?

Silencio.

—¿Usted entiende lo de la botella de agua, detective?

El detective Riverón no quería especular, no le gustaba especular. Esperaría. Esperaría a que el Laboratorio dijera qué era aquello, qué tipo de líquido era ese líquido que ellos llamaban agua, que parecía agua.

Y cuando los del Laboratorio confirmaron que sí, que era agua, el detective Riverón rompió el silencio, delante otra vez de la Forense y del mayor Armenteros, como si hubieran dejado la conversación en pausa tres segundos antes y no varias horas.

—Es agua —dijo.

—¿Agua? —preguntó la forense Margarita Mayeta.

—Agua de mar —dijo el detective Riverón—. La botellita estaba llena de agua de mar.

—¿Y eso? —Armenteros.

—Agua de mar —la forense Mayeta.

—Algo quiere decirnos —el detective Riverón.

—¿Pero qué? —la Forense.

—No lo sé aún —detective Riverón—. Pero algo quiere decirnos con esta botella llena de agua de mar y la etiqueta de los huracanes.

—Se está perfeccionando —intervino por fin Eusebio Pi, que había estado todo el tiempo detrás de su jefe, o a su lado, pero solo intervenía si podía repetir alguna frase que había oído al detective antes.

—Se está perfeccionado el muy cabrón —confirmó el detective—. Esta es, digamos, su firma mejorada.

—Pero qué quiere decirnos —insistió la Forense.

—No lo sé aún —detective Riverón.

Y así siguieron durante más de una hora, cotejando todas las informaciones que tenían sobre el nuevo asesinato del huracán Anónimo. Ninguno de ellos pensó en la enorme pérdida que había tenido el béisbol capitalino. Ninguno de ellos supo, nunca, lo que se vivió en Guanabacoa tras la muerte de Pompeya, al día siguiente, en las siguientes semanas. Nunca se había visto un entierro tan multitudinario, ni tan dolido, como el entierro de Gabriel Pulido Arias, alias Pompeya, el malogrado center fied de los equipos Cuba. Nunca se había vivido un momento tan violento ni en el barrio ni en todo el municipio. Ni siquiera cuando el asalto al carro del dinero, decían. Pero ninguno de ellos cuatro (el detective Riverón, Eusepio Pi, la Forense Margarita Mayeta, el mayor Armenteros), ni Rolo Contreras, ni el licenciado Echemendía, ni Paquita Diligencia, ni ningún otro miembro de la “Operación Anónimo” fue testigo de aquello: de los gritos, los llantos, los rituales religiosos y los aplausos en el adiós definitivo al joven Pompeya.

Y el huracán Anónimo tampoco. Consumado el hecho, se desentendió por completo de sus consecuencias. Y una vez en su casa, se dio una ducha, se afeitó, puso música clásica (Vivaldi) y encendió la computadora. Estaba muy tranquilo. Con parsimonia abrió un archivo en Word, en blanco. Con un solo dedo activó la mayúscula. Y entonces tecleó, despacito: PRÓXIMA TORMENTA TROPICAL: INGRID.

 

EL HURACÁN ANÓNIMO.

Disponible en Amazon:

Ebook

https://www.amazon.es/dp/B082L5DV4P/ref=dp-kindle-redirect?_encoding=UTF8&btkr=1

Libro impresohttps://www.amazon.es/El-hurac%C3%A1n-An%C3%B3nimo-Alexis-D%C3%ADaz-Pimienta/dp/1673943314/ref=tmm_pap_swatch_0?_encoding=UTF8&qid=&sr=

  • Peso del producto : 939 g
  • Tapa blanda : 654 páginas
  • ISBN-10 : 1673943314
  • ISBN-13 : 978-1673943313
  • Editorial : Independently published (10 diciembre 2019)
  • Dimensiones del producto : 13.97 x 4.17 x 21.59 cm
  • Idioma: : Español



Ahora que estamos trabajando en un nuevo proyecto musical con los sonetos que dan título a este libro (Calambur, Madrid, 2008) recuperamos esta hermosa reseña crítica que el escritor español Manuel Garrido Palacios publicara originalmente en su blog personal.


Sobre “FIESTA DE DISFRACES”, de Alexis Díaz-Pimienta



“Parece que fue ayer”, dice Alexis Díaz Pimienta (La Habana, 1966) en el primer verso de su libro Fiesta de disfraces, Premio Internacional de Poesía Los Odres, de la Fundación López Rejas. Publicado en Calambur, el editor anota en la solapa que la obra es “una reflexión sentimental sobre la identidad, las caretas, el fingimiento”, con su pátina de “melancolía encubierta” dentro de un “festín poético de lenguajes y metros”. Y el poeta confiesa —por cierto, ¿con quién se confiesan los poetas?—: “Yo tengo un rostro aquí y otro mañana; / tú tienes otra máscara debajo”. Es así que el rostro es la máscara que nos ponemos cada amanecer como foso a veces insalvable en la relación humana, algo que “nos protege de los otros y de nosotros mismos”, a sabiendas de que “cada hombre es él, y su continuación/ y la continuación de otro”. “A todos, todo, nos parece que fue ayer”. Y al decir “ayer” vemos que la palabra se diluye como azúcar en el café que reposa en el velador, en ocasiones, cabal confesionario. Nos atamos al ayer porque no hay otro amarre. A lo demás lo llamamos esperanza, pero la estela no está en la proa del camino, sino en la huella del paso, en el ayer, en el pasado. Hablamos del presente y el presente no existe. Lo que se dice ya no es presente. Hablamos del pasado y el pasado no existe. Lo dicho ya no se recupera. Hablamos del futuro y el futuro no existe. Nadie sabe si podrá decir algo mañana. Sólo tenemos sensaciones de lo vivido y las llamamos pasado; de lo que soñamos vivir y las llamamos futuro; de lo que se nos escurre entre los dedos y las llamamos presente. Al final la vida es “eso” que pasa sin que percibamos que pasa. Y removiendo ese primer café que nos despierta nos sorprendemos al descubrir que sólo somos ese pasado más un sueño. Machado pone en la voz de Juan de Mairena que “hoy es siempre todavía” y otros, como Arcensio, hacen de este pensamiento copla para que se cante: “Vamos viviendo, / que tiempo habrá de sobra / para ir muriendo”. Para Alexis Díaz Pimienta, “ayer es la categoría más exacta del tiempo”, porque “hoy es un sitio abstracto” y “mañana es conjetura”, un hablar por hablar, un a ver qué pasa. “Ayer es el sitio en el que todo / parece haber sido”. Ese ayer tiene sus recodos, matiz que él versifica diciendo que “hay una curva del destino / en la que se bifurcan los recuerdos / nadie sabe hacia dónde / en la que es necesario atarse al mástil”. Alexis Díaz Pimienta acudió a una lectura de poemas que le había pedido Uberto Stabile sobre el libro premiado. Uno de ellos dice: “Después de tantos años / diciendo que mis días favoritos son los jueves / que me gustan la lluvia, las palomas / los rones vespertinos, los boleros, / después de tanto tiempo confiando en el azul / y en las ventanas transparentes / resulta que amanezco con fotos rotas / en un charco de lágrimas / con las córneas llenas de colillas y cactus / con palomas muertas sobre los aleros / como si fuera viernes o domingo”. Llueven lágrimas en todo tiempo a poco que se remuevan las nubes del alma, y le surge la pregunta: “las ganas de llorar cómo se quitan. / No el llanto, sino las ganas de llorar incontrolables, / cuando la soledad se llena de rostros ausentes, / de seres queridos que en algún sitio de otra ciudad / preguntan también cómo se quitan las ganas de llorar”. Ausencias; trozos de un pasado que talló al ser humano: hoy es lo que era, pero más crecido el cuerpo, igual de tamaño el alma: “De niños nos preguntábamos / dónde empezaban las líneas del tren, / siempre inabarcables con la vista. / Nos aburríamos de nuestros trenes de juguete / que daban vueltas y más vueltas / en el suelo del cuarto; / soñábamos con escaparnos algún día / en un tren verdadero, / hacia la nada. / Ahora sabemos que todo tren / parte de un pañuelito húmedo / que alguien agita en su memoria”.

Alexis Díaz Pimienta ha sacado a la luz otros libros de verso y prosa, como En Almería casi nunca llueve, Pasajero de tránsito, La sexta cara del dadoLos actuales habitantes de Cipango, Yo también pude ser Jacques DaguerreConfesiones de una mano zurda, Prisionero del agua, Maldita danza o Salvador Golomón, que le han valido, aparte del Premio Los Odres, otros internacionales, como los de novela Luis Berenguer y Alba/Prensa Canaria, o los de poesía Emilio Prados o el Ciudad de Las Palmas de Gran Canaria. “Todo parece que fue ayer”, o que por pasar tan rápido, es como si no hubiera sido. En palabras del poeta: “pero si a todos, todo, nos parece que fue ayer, / entonces habrá sido ayer, / y punto”. 

……………………………………..

**Manuel Garrido Palacios (Email: elclan@inicia.es) Escritor y realizador español (Huelva, 1945). Miembro de la Academia Norteamericana de la Lengua Española de Nueva York. A partir de una sólida formación en dirección cinematográfica ha dedicado su actividad como guionista y director de televisión (NKD de Japón, WDR de Alemania, TVE España). Ha sido miembro del jurado del Festival Internacional de Cine de Glaway, y del Festival de Cine Iberoamericano de Huelva. Ha dirigido series televisivas como Raíces, Todos los juegos y La Primavera en Doñana, entre otras, y ha recibido premios dentro y fuera de España por ellas. Entre otras obras, ha publicado, en ensayo, Aún existen pueblos: etnografía de lugares dispersos (Salamanca: Centro de Cultura Tradicional, 1994), Voces de la Sierra (Fuenteheridos: Libros de la   Huebra, 2000), Cartaya (Barcelona: Lunwerg, 2003) y Una mirada a Huelva   (Huelva: Fundación Caja Rural del Sur , 2004); en narrativa, los libros de relatos Viaje al país de las leyendas (Valladolid: Castilla, 1997) y Noche de perros (AR.Abelardo Rodríguez Ediciones, 1999), así como la novela El abandonario (Palma de Mallorca: Calima, 2001); y en poesía, Brocal (1964 Col. Litoral, 1) y Soneto (Málaga: Corona del Sur, 2001), entre otros. Además aparece en las antologías Quince líneas: relatos hiperbreves (Barcelona: Tusquets, 1996) y Relato español actual (Unam, México 2002 – FCE, España 2003). Ha publicado textos y reseñas críticas en EOM: El Otro Mensual (http://www.eldigoras.com/eom/umbral.htm). Ha recibido diversos premios, como el “Querido Borges” de narrativa (Los Ángeles, California, EUA), el “Rodríguez de la Fuente” y el Premio  Nacional de Periodismo “Ciudad de Cádiz”, entre otros.

 

ago
17
Añadido por Alexis Díaz Pimienta el 17 agosto 2020 a las 12:30 pm
NOS HAN DESORDENADO EL ALMANAQUE 

Las lágrimas ahora entran en los ojos en vez de salir
y el piano es el mejor amigo del hombre
(entre el miedo a ver fotos 
y el coro se felices). 
Este año, olvídenlo. 
Bórrenlo.
Que nazcan de nuevo los niños que han venido al mundo. 
Que mueran otra vez sus víctimas.
Dijeron que el llanto era provisional.
Que nadie volvería a ser ingrávido. 
Pero era falso 
Cuando pasen cien año 
los libros no dirán nada del que fuma a escondidas
ni del cantante al que hoy aplauden multitudes. 
Me preocupan los árboles, eso sí. 
Me preocupan los mendigos sin hijos. 
Este año no llorar es delito 
pero deberían racionar las lagrimas. 
Díez por pómulo. 
Díez por minuto. 
Díez por canción. 
Díez por contacto telefónico. 
Díez por animal doméstico perdido. 
No olvidemos que el 10% del líquido corporal es llanto. 
Hoy he sido egoísta.
Todos somos egoístas alguna vez 
pero hoy yo he sido el doble. 
He puesto una canción
y he llorado por varios.
Por mi madre primero.
Por mi novia secreta después.
Por la madre de mis amigos luego.
Por la novia secreta de mis enemigos.
Si me descubren
estoy muerto.
Por suerte las lágrimas ya no salen de los ojos, entran.
Y ahora camino como un globo lleno de agua.
¿Han visto alguna vez un globo lleno de agua?
Camino y sueno como un globo y todos se dan cuenta.
Qué vergüenza.
Este año nadie debe llorar así.
La gente necesita pan.
La gente necesita oxígeno.
La gente necesita luz,
no lágrimas.
Nos han desordenado el almanaque.
Nos han puesto los días boca abajo
y el sol patas arriba.
El mediodía empieza cuando muere la luz
y los niños desayunan con la luna en la mesa.
Mi vecina de enfrente
teje cebollas en el balcón
mientras todos los relojes de nuestra calle ladran a la vez.
No le guarden rencor al que enterró a su padre
sin poder besarlo.
No le guarden rencor al que estornuda sin tocarse la nariz.
No le guarden rencor a la formica sucia.
Son tiempos complicados para todos. 
Un periodista tose por televisión.
Un sanitario llora.
Un político mea en prime time
y se queda político.
Han cerrado los bares, sí 
y nadie sabe qué hacer con tanta sed. 
Hoy ha entrado en vigor,
por fin, la desesperación.
Alexis Díaz-Pimienta. 
Almería,
17 de agosto de 2020 
……………………… 
(Un poema de mi libro IPHOEMAS) 

UN INFLUENCER LLAMADO BUKOWSKI

“Cuatro polis de aspecto impecable
están sentados a una mesa
mirándome” (Ch. Bukowski)

Los cuatro polis de Bukowski
siguen ahí
mirándolo.
Mirándome.
Mirándonos.
Pero ya no son cuatro.
Ni yo soy uno solo.

El mundo es una cafetería llena de polis bien vestidos.
De negros sospechosos.
De versos censurables.

El miedo sirve la cerveza caliente.
El odio sirve la comida fría.
Son cuatro polis sin raza,
impecables
y un negro múltiple
sospechoso de su propia multiplicidad.

No.
Aún no soy un cadáver.
Aún no somos cadáveres.
Pero lo seremos.

No importa cuánto tiempo
lleves callado.
O gritando.
Con el puño en alto
o con la mano dentro de los bolsillos.
De esos cuatro polis impecables,
escoge uno.
El tuyo.
Hazle una foto.
Y guárdala.
Escríbele un poema.
Y guárdalo.
Dedícale una bala.
Pero guárdala.

Si cada cuatro policías que miran a un negro
hay un negro mirándolos en nombre de todos los demás,
ganaremos.

Y no vale decir
que muchos otros negros
continuamos vivos.

LA IMAGEN DEL DÍA

Hoy he visto a un policía blanco
enorme
golpear a una mujer negra
pequeñísima.

Seguramente la mujer negra
se quedó negra adrede
se quedó pequeñísima para inculparlo más.

Que de estos negros puede esperarse cualquier cosa.

PIEZAS DE COLECCIONISTA

La lengua de Spike Lee.
Los ojos saltones de James Baldwin.
Las gafas de Malcom.
Los puños de Alí.
La columna vertebral de Rosa Parks.
La voz de Aretta Franklin.
Las teclas de Nina Simone.
La trompeta de Davis.
Los poemas de la Morrison.
El bastón de Yusef Komunyakaa.
La pistola de juguete de Tyree King.
El cuello de George Floyd.
Y
la sangre
la sangre
la sangre
la sangre
la sangre
la sangre
la sangre
la sangre
la sangre
la sangre
la sangre
la sangre
la sangre
la sangre
la sangre
la sangre
la sangre
la sangre
la mancha blanca
de la sangre en todo.

TODOS LOS NEGROS

Todos los negros
somos el mismo negro
pero si todos los negros
no fuéramos el mismo negro
todos los negros
seguiríamos siendo
el mismo blanco.

Sevilla, 03-06-2020, 11:27

CRÓNICAS DEL DESAYUNO. CÓRDOBA Y CORONAVIRUS
Jueves. Diez y veintidós
del 22 de febrero.
Estoy en Córdoba, pero
sigo dividido en dos.
Un Alexis vive en pos
del Carpe Diem natural
y otro  Alexis está mal,
con resaca matutina.
La noche fue libertina,
etílica y musical.
Hubo flamenco. Audición
de jóvenes cantaores.
Y después hubo licores,
debate, celebración.
Carcajadas “por Chacón”.
Reflexiones “por Marchena”.
Y esta soleá qué buena.
Y qué talentoso elenco.
La resaca del flamenco
pone el tiempo en cuarentena.
¿Cuarentena? Se me llena
de mascarillas la voz.
¿Cuarentena? ¡Qué veloz
el coronavirus! Pena
de palabra “cuarentena”
Titulares en los diarios.
Sobresaltos sanitarios.
Epidemia. Protocolo.
El miedo está hablando solo
en todos los telediarios.
El conoranvirus sigue
preocupando a medio mundo.
Un alarmismo fecundo
(no hay droga que lo mitigue).
La televisión consigue
alarmar más que informar.
Destinos que hay que evitar:
China, Milán, Singapur,
Japón, Corea del Sur…
Ufffff… Voy a desayunar.
El cuerpo me está pidiendo
zumo de naranja . Bien.
Y una tostada también
(ese jamón, qué estupendo).
Y un café bombón. Comprendo
que mezclaré cafeína
y azúcar y vitamina
y carbohidrato… No importa.
La naranja me transporta
de nuevo otra vez a China.
Cuando era niño en La Habana
en mi infancia citadina,
las “naranjas de la China”
eran la fruta más sana.
¿Naranja china? ¿Es cubana
esta forma de llamar
a este cítrico manjar
que yo en jugos multiplico?
No. También en Puerto Rico
(lo acabo de recordar).
Desayuno con fruición.
Mastico. Bebo. Mastico.
En Cuba y en Puerto Rico
las naranjas “chinas” son.
Miro la televisión.
No se entiende bien qué pasa.
Gente confinada en casa.
 Mil turistas recluidos.
Paramédicos vestidos
como agentes de la NASA.
Ya no es Wuhan ni Milán.
Ya la epidemia nos daña.
Siete casos en España.
Y al parecer, seguirán.
Tertulia en la tele. Están
los periodistas hablando
informando, especulando,
preguntando al reportero
que está allí, en la “zona cero”,
¿La apago? No tengo el mando.
Mil personas confinadas
en un hotel tinerfeño.
Ahora el territorio isleño
es centro de las miradas.
Dos personas infectadas
(un matrimonio italiano).
Y dos más. El ser humano
con guantes y mascarillas
blancas, verdes, amarillas.
Y el miedo, tan campechano.
Comienzan a comparar.
Unos hablan de epidemia
y otros hablan de pandemia.
¿Recuerdan la gripe aviar?
Pretenden tranquilizar.
“Peor es la gripe diaria”.
¿Tanta alarma es necesaria?
Pero sigue el aislamiento.
Fumigación. Saneamiento.
Reclusión domiciliaria.
Medidas de precaución:
Hay que lavarse las manos
tanto enfermos como sanos
(gel de mano, agua y jabón.)
Y otro caso en Castellón.
Y otro caso en Barcelona.
Este virus no perdona.
Cuánto miedo. Qué locura.
¿Pero es letal o se cura?
¿Hay que acordonar la zona?
Si tienes fiebre, si hay tos,
si respiras mal… ¡a Urgencia!
El número de emergencia
es el 122.
El contagio, qué veloz,
dice un joven reportero.
Zona roja. Zona cero.
Rueda de prensa. Soldados.
¡Hay ya más “enmascarados”
que en Star War, caballero!
Todo el mundo está allá afuera
con un miedo absurdo y franco
Mientras… atracan un banco
en Jerez de la Frontera.
Mientras… Sanders abandera
el motín anti-trumpista.
Mientras… cantora y bromista
Cádiz sigue en Carnaval.
¿El Coronaqué…? ¿Mortal?
¡Virus mortal el machista!
Yo sigo con los oídos
llenos de versos cantados.
Melismáticos recados
de flamencos abducidos
por la música. Sonidos
 profundamente andaluces.
Seguirillas. Tangos. Cruces
poético-musicales,
cantes que se hacen “virales”
(buen virus, a todas luces).
Reflexión del desayuno:
¿Les parece natural
esta acepción de “viral”
en el siglo XXI?
“Viral”, ¿vocablo oportuno?
“Viralidad”, ¿voz ajena?
¿Y por qué en esta cadena
de alarmas tan enfermiza
cuando un twit se “viraliza”
Twitter no  entra en cuarentena?
Vuelvo a la televisión
con inusual indulgencia,
como quien ve una secuencia
en una obra de ficción.
Detecto sobreactuación.
Detecto cierto alarmismo.
Detecto parasitismo
mediático y cierto dosis
hollywoodense. ¿Psicosis?
Si hay buen ratingda lo mismo.
Periodista: ¡Cuánto miedo!
Tertuliano: ¡Cuánta alarma!
Periodista: ¿Será el karma?
Tertuliano: ¡Vaya enredo!
Periodista: Yo no puedo
dejar de informar, lo sabes
Tertuliano: Son más graves
La gripe y el tabaquismo
Periodista: ¿Y el machismo?
Tertuliano: ¡No la grabes!
La joven dueña del bar
se enfrenta con Ana Rosa:
“¿No sabe hablar de otra cosa?”
grita, y se pone a limpiar.
Acabo de comprobar
que todos estamos viendo
a la Ana Rosa. Tremendo.
Cuántos desayunadores
Entremezclando rumores
y noticias. ¡Yo me enciendo!
Me niego. Vuelvo a pensar
en el flamenco nocturno.
De recuerdos me embadurno.
¡Ole! ¡Arza! ¡Vamo’ a escuchar!
¡Y qué monada de bar!
Tan chico. Tan escondido.
Calle del Niño Perdido
(o Calleja o Callejón).
Qué más da. ¿El niño en cuestión
a oír flamenco habrá ido?
Jueves. Once y treintaidós
del 22 de febrero.
Estoy en Córdoba, pero
sigo dividido en dos.
Un Yo le teme a la tos.
Otro Yo no teme a nada.
Un Yo acaba su tostada.
Otro Yo ve tertulianos.
¡Qué raros son los humanos!
¡Cuánta farsa acumulada!
Periodista: Estamos mal.
Tertuliano: Por si acaso.
Periodista: ¿Un nuevo caso?
Tertuliano: ¡Estás fatal!
Periodista: Es de manual.
Tertuliano: Vaya horror.
Y yo pienso en mi interior:
“El COSID es epidemia
pero el miedo ya es pandemia
gracias al televisor”.
¡Es todo tan telegénico!
Y tan cinematográfico.
Es todo tan fotográfico
Y tan fototelegénico,
Es todo tan suprahigiénico
que si un Día la Academia
que entrega los Óscar premia
virus… dirán con apremio:
“¡COSID-19! ¡Premio
a la mejor Epidemia!”
Córdoba,

26 de febrero de 2020

Qué mejor fecha que hoy, el 21 de marzo, declarado por la UNESCO Día Mundial de la Poesía, para compartir con los visitantes de mi blog este poema-ejercicio, mis Sonetos sonetiles al soneto, un homenaje a Lope de Vega y a todos los poetas que hemos caído rendidos, durante siglos, a la magia de esta estrofa. Como verán, es un juego. Una glosa extendida al “soneto mayor”, al famoso soneto sonetil de Lope. Y no solamente gloso este soneto al estilo clásico (verso a verso) si no que me recreo (casi me ensaño) con el primer verso (“Un soneto me manda hacer Violante”), glosándolo varias veces, en varios tonos y estilos antes de seguir con el resto de la estrofa. Me hubiera encantado que el propio Lope leyera estas variantes, tomarnos un vino y discutirlo. Pero como Lope es muy suyo, y ni siquiera me responde los mensajes, lo comparto con ustedes, mis lectores, a ver qué les parece.

¿Lo comentamos? Los espero.

 
LOPE DE VEGA, EL FÉNIX DE LOS INGENIOS, autor del soneto más famoso
de la historia de la literatura española.

SONETOS SONETILES AL SONETO


Un soneto me manda hacer Violante
que en mi vida me he visto en tanto aprieto;
catorce versos dicen que es soneto;
burla burlando van los tres delante.

Yo pensé que no hallara consonante,
y estoy a la mitad de otro cuarteto;
mas si me veo en el primer terceto,
no hay cosa en los cuartetos que me espante.

Por el primer terceto voy entrando,
y parece que entré con pie derecho,
pues fin con este verso le voy dando.

Ya estoy en el segundo, y aun sospecho
que voy los trece versos acabando;
contad si son catorce, y está hecho

Lope de Vega

I

Un soneto me manda hacer  Violante

Y yo… ¡cómo no hacer  lo que ella pide!

Yo no soy Lope, pero nadie olvide

que Lope fue también medio farsante.

Fue el mayor influencer (junto a Dante

y a Shakespeare) de ese tiempo que aún preside

tanta literatura y que divide

lo poético en dos: lectura y cante.

Pero bueno, Violante pide poco.

Pocas veces exige algún poema,

¿Cuartetos y tercetos? ¡Vaya coco!

Solo sé que el soneto es un esquema

y un poeta es un loco o se hace el loco

si es Violante quien pone o dicta el tema.

II

¿Un soneto me manda hacer Violante?

¡Cómo se atreve, qué locura es esa!

¡Que alguien ponga más vino en esta mesa!

¡Que tapen el cartel “prohibido el cante”!

Violante, por favor, vaya desplante.

Si se enteran los otros… vaya empresa.

Escóndeme de Góngora (¡sorpresa!),

que a Quevedo después no hay quien lo aguante.

Escóndeme de todos y lo hago.

Ocúltame de todos y lo escribo.

Ya sé que tengo fama de ser vago.

Ya sé que para muchos soy altivo,

pero te hago el soneto y así pago

por las horas en prosa que malvivo.

III

Un soneto Violante hacer me manda,

así, con desvergüenza desmedida.

Se ha pasado Violante media vida

haciéndole al soneto propaganda

Yo no sé qué le ponen en la vianda,

qué le echan a Violante en la bebida.

cómo puede tener esa demanda

delante de otra gente bien habida.

Violante es tan hermosa y culta y fina,

es tan violentamente sonetable

que o le haces el soneto o es tu ruina.

¡Ay, Violante, no quieras que yo hable!

No seas tan endeco-sonetina.

No seas tan lopesco-irresponsable.

IV

Que un soneto me mande hacer Violante

ya no es ni novedad ni atrevimiento.

Parece que yo soy —o así me siento—,

su conejo de Indias, su ayudante

para cábalas líricas mediante

lo que llama “versal divertimento”,

pero que para mí es un sufrimiento

sobre todo si están otros delante.

Que un soneto me pida ya es costumbre.

Que un soneto yo haga, ya ni cuenta.

Todo se hace ritual y pesadumbre.

Y se pone Violante  tan violenta,

que me siento preñado aunque no alumbre.

¡Pobrecito el mediocre de Pimienta!

 V

¡Qué soneto me manda hacer Violante!

¡Qué soneto, por Dios! ¿Clásico dices?

¿Lo quieres petrarquista, con matices

medievales o algo italianizante?

¿O me quieres aún más petulante:

soneto para asombro de infelices?

¿Shakesperiano?, ¿con eco?, ¿con raíces

y aires de parnasiano delirante?

Pide por esa boca, no te cortes.

Pide como si fueses mi patrona.

Exígeme albaranes y reportes.

Ya sabes que el silencio me almidona.

y no quiero pasar por mis aportes

de mal poeta a ser mala persona.

VI

Si me manda un soneto hacer Violante

yo no puedo no hacerlo, se los juro.

Violante es el pasado y el futuro

Violante es lo “detrás” y lo “delante”.

Parezco, ya lo sé, un nuevo farsante

imitando a Tedaldi y Lope, al puro

estilo de su época… un oscuro

personajillo, un torpe figurante,

pero no, no lo soy. Soy solamente

Un poeta atascado en un pedido,

Un obrero del verso ineficiente.

Prometo acometer el cometido.

Prometo exprimir más mi pobre mente.

Si ella lo pide, yo, también lo pido.

                                    

VII


…que en mi vida me he visto en tanto aprieto

bien lo sabes, Violante, y que me excito,

mas no importa, querida, no es delito

pedir a los amigos un soneto.

Eso sí, si me sale bien, completo,

ya sea con teclado o manuscrito

tú no digas después que lo descrito

es un juego falaz, un tonto reto.

Glosando este soneto otro me nace.

glosando verso a verso lo existente,

mostrando quién y qué y cómo se hace

espero que resulte suficiente.

Al menos a mí hacerlo me complace

mucho más que leer los de otra gente.

VIII

Catorce versos dicen que es soneto

Silabas son ciento cincuenta y cuatro.

Catorce endecasílabos, teatro

para un nuevo y absurdo Rigoletto.

Catorce versos con los que someto

el lenguaje a sufrir las veinticuatro

horas en que las voces que idolatro

vuelven a ser no-voces (¡qué panfleto!).

Quien juega con el ritmo del lenguaje

y sílabas y acentos entreteje

es normal que al final casi no encaje.

Yo no encajo en mí mismo, soy mi hereje.

Lo mío es afición al sabotaje

matemático-oral, no se acompleje.

IX

Burla burlando van los tres delante.

Qué tres endecasílabos, poeta.

Qué fórmula tan pública y secreta.

Qué terna de estructura sibilante.

Burla burlando y que el burlado cante

lo burlesco con tono de opereta.

Yo me burlo de aquel que me respeta

Aunque sé burlarse no es bastante.

Que tres versos se burlen de otro verso

que ya por ser el cuarto es minoría

solo sirve de burla en mi universo.

Maldita debe estar la poesía

si genera estas burlas el esfuerzo

del poeta, falaz Violante mía.

X

Yo pensé que no hallara consonante, 

y ya ves, encontré, sigo encontrando.

Parezco un clown poético  jugando

a que nada en el arte es importante.

No te enfades conmigo. En lo adelante

fingiré que me cuesta estar versando.

Haré muecas de bardo trabajando,

haré gestos de obrero palabrante.

Qué culpa tengo yo de que el poema

como pliego de voces se despliegue,

saque lengua y sonría y nada tema.

No me niegues el vicio de  que juegue.

no condenes mis versos a la quema.

Quien ve que puedo hacerlo, no lo niegue.

XI

…y estoy a la mitad de otro cuarteto

como quien no quería, tan culpable

que si hubiese querido lo admirable

se volviese en mi contra vano objeto.

No intento lucimiento. No hay secreto.

Si canto es natural que también hable

y como i-repentista i-rresponsable

a no jactarme más me comprometo.

Este es el I + D de los poemas.

El I + D + I del sonetismo.

Así que tú, querida, no me temas.

¿Producto Interno Bruto? Da lo mismo.

¿Producto Externo? ¿Inteligencia extrema?

Catorce versos… ¿Ya?  ¡Que nerviosismo!

XII


…mas si me veo en el primer terceto

y los demás me ven, peor incluso,

podrían acusarme de que abuso

de tu confianza y aplicarme un veto.

Podrías acusarme de obsoleto,

Decir, ¿y a este palurdo quién lo puso?

Decir que soy  un ángulo muy obtuso.

Decir que soy de Lope un mal bisnieto.

En mi defensa no diré ni un verso.

Me pondré boca abajo en el teclado.

Rimaré por la espalda, de reverso.

Estaré sin defensa, anonadado.

Solo al final diré, “séptimo verso”,

penúltimo en cuarteto ya glosado.

XIII


No hay cosa en los cuartetos que me espante

como tampoco hay cosas que me animen

a seguir este juego en el que gimen

las bisagras del ritmo: voz menguante.

Pero todo retado es ya retante

y a quien retan del reto no lo eximen,

como mismo las jóvenes con himen

no pre-eximen de culpa al post-amante.

Un cuarteto es, digamos, el comienzo

de un viaje a otro cuarteto que a su vez

es la entrada a un tercero que después

de otro terceto es pórtico. Si venzo

habré vencido cuatro y cuatro y tres

de las trampas poéticas que trenzo.

XIV

Por el primer terceto voy entrando.

Entré y entro y entrar se vuelve vicio.

Dan ganas de leer desde el inicio.

Dan ganas de alquilar un hasta cuándo.

Noveno verso. ¿No los vas contando?

Noveno verso. ¿Triunfo o estropicio?

Si llegas al terceto en este juicio

no te dejes timar, estás ganando.

Me gusta lo ternario y triangulante

que tienen los tercetos del soneto,

su ritmo descendente-estimulante.

Me gusta lo ternario del terceto.

¡Qué bonitos los tríos!, ¿eh, Violante?

¿A que el número tres es muy coqueto?

XV


…y parece que entré con pie derecho

porque de lo contrario caería

en sabe Dios qué extraña fechoría

de esas que te hacen nudos en el pecho.

Al menos yo me quedo satisfecho,

con cara de feliz melancolía.

¿Violante aceptará tanta herejía?

¿Acaso lo pedido no está hecho?

Violante me retó, bien por la dama.

Yo me suelo asustar, mas no lo hice.

¿Un soneto?, me dije. ¿Tengo fama

de hacer sonetos? Pues que lo analice.

Y mientras analiza forma y trama

normal que este soneto finalice.

XVI


…pues fin con este verso le voy dando

al reto de Violante, buena amiga,

la que reta a los retos y mitiga

las reglas que yo (solo) voy violando.

Espero que no quieran luego ir dando

noticias que Violante contradiga.

No niego que el soneto me fatiga,

que tengo ahora el cerebro medio blando.

Pero los retos son muy divertidos.

Si pierdes nada pasa, es solo un juego.

Ni siquiera hay cadáveres ni heridos

Y si ganas, centímetros de ego

salpican de otros bardos los oídos

para que nunca más te reten luego.

XVII

Ya estoy en el segundo, y aun sospecho 

que el segundo al primero algo le debe

y el primero al tercero lo conmueve

y el tercero va al cuarto insatisfecho.

Cada verso nacido saca pecho.

Se hace el duro, el gran verso cuando bebe.

Pero a mí no me importa, todo es breve,

tan breve que parece poco hecho.

Un soneto pedido o encargado

más méritos no tiene que uno escrito

por el mero placer de lo inspirado.

¿Si improviso un soneto es un delito?

¿Si improviso un soneto es un pecado?

No le cuenten a Lope, pobrecito.

XVIII


Que voy los trece versos acabando

y ya perdí la cuenta no el acento.

Trece versos que son un buen invento

para seguir sonetos practicando.

Yo juego a no ser yo de vez en cuando.

Yo juego a ser el Lope del seis ciento.

Ludópata verbal al 10 por ciento.

Ludópata verbal improvisando.

Pero en catorce versos me re-creo,

Digamos que me creo varias veces

y en varios rostros más mi rostro veo.

¿Qué tal si llamo a Lope y lo enterneces?

¿Qué tal si los sonetos que te leo

los oyes y después desapareces?

XIX


Contad si son catorce y está hecho

el soneto de marras, tu poema

de catorce por once, viejo esquema

que en Petrarca tenía (antes) el techo.

Contad si son catorce y satisfecho

heme entonces por fin: cero dilema.

Un poeta mandado, voz extrema

que vive entre sonetos contrahecho.

No se diga, Violante, que he faltado

a este mi compromiso con las musas

ni siquiera pregones que he dudado.

Ya no entiendo, querida, por qué abusas

y me pides hacer lo que he acabado

si después ni los lees ni los usas.

Y solo por joder, porque se note

que estos son pasatiempos infantiles

después de estos sonetos sonetiles

te dejo de propina un estrambote.

Alexis Díaz-Pimienta
www.diazpiimienta.com
Twitter: @DíazPimienta

jul
24

En el año 2006, cuando cumplí 40 años, escribí un poemario autobiográfico formado por décimas y sonetos, con el título La crisis de los 40. Han pasado 12 años y sigue inédito. Este es uno de los poemas que conforman el libro. Espero que lo disfruten. 


Yo, improvisando con mi hijo Alex Díaz Hernández,
en el Teatro del Museo Nacional de Bellas Artes de La Habana.


 

Días de visita al médico

…y, lo que sería peor, hacerse poeta,

que, según dicen, es enfermedad

incurable y pegadiza…

Cervantes

¿Recuerdas, madre, los días

que íbamos al hospital

porque me sentaban mal

ciertas palabras? Decías

que era extraño, no entendías

cómo una palabra llana

sólo por llana era insana

causando un dolor agudo

o esdrújulo. Y nadie pudo

aclararlo. Una mañana

me atoré con un prefijo

y cuando me socorriste

solamente repetiste:

¡pero hijo!… ¡pero hijo!

Fuiste al médico y te dijo

que desde entonces me dieras

sólo palabras enteras,

de dos sílabas lo menos.

Consultaste a otros galenos

y de distintas maneras

todos dijeron lo mismo:

-Escoja cada palabra,

si tiene dudas no abra

la boca; mejor mutismo,

que el virus del silabismo

y la atrofia lexical.

Todos en el hospital

me llamaban El poeta.

El repentista-probeta.

Niño-lecto-escrito-oral.

Y tú, nerviosa, ¿recuerdas?

Escogías el arroz

primero y luego la voz

y los silencios, ¿te acuerdas?

Separabas como cuerdas

de un violín los adjetivos

neutros de los sustantivos

y estos de las conjunciones

y éstas de preposiciones

y éstas de demostrativos.

¿Recuerdas que los demás

niños temían quedarse

a mi lado y contagiarse

y no ser niños jamás?

No lo recuerdas, quizás,

pero yo sí lo recuerdo.

Y todavía me pierdo

algunas veces, me escondo

de los demás en el fondo

de mí mismo, o me hago el cuerdo

para que nadie se asuste

de esta enfermedad tan rara.

Tengo marcas en la cara

que dudo que a otros les guste:

marcas de mi desajuste

entre mudez y elocuencia.

Marcas de mi pertenencia

al club de la oralitura.

Marcas de sana locura,

de diabólica inocencia.

Y el último especialista

en dolencias infantiles

te habló de voces hostiles,

de llevarme a un exorcista.

Perdona, madre, que insista,

¿pero recuerdas el día

en que nadie te creía

que la fiebre que me daba

tan solo se me quitaba

leyéndome poesía?

Bueno, pues, sobreviví.

Ya voy a cumplir cuarenta

y aún la voz experimenta

grandes trastornos en mí.

Enfermo crónico, sí.

Crisis de sana locura.

Crisis de literatura.

Crisis de locuacidad.

Sí, madre, esta enfermedad

creo que no tiene cura.

____________________________________________-
Alexis Díaz-Pimienta (La Habana, Cuba, 1996). Escritor y repentista. Ha publicado hasta 2018 un total de 39 libros en diferentes géneros: novela, relatos, poesía, ensayo, literatura infantil y juvenil. Su obra ha sido traducida a varios idiomas (inglés, francés, alemán, italiano, árabe, búlgaro, finés, portugués, japonés y farsi), en antologías y revistas. Ha obtenido prestigiosos premios nacionales internacionales en Cuba, México y España (7 de poesía, 3 de novela, 4 de relatos y 4 de literatura infantil y juvenil). Su último libro publicado en España es El deseo sexual de las estatuas” (poesía, Huerga y Fierro, Madrid, 2018).