"Uno de los mejores narradores cubanos de la hora presente"
(Juan Bonilla)

Del Blog de Díaz-Pimienta

Todos las familias felices se parecen;

cada familia infeliz es infeliz a su forma.

 Tolstói

 

FOTO: Peggy Goldman. Tomado de The face of Cuba (Pintarest:
https://www.huffingtonpost.com/peggy-goldman/faces-of-cuba_b_3823598.html) 

Era una anciana negra, muy delgada, que parecía todavía más negra por el contraste de su piel con el pelo canoso, peinado como un hombre, casi ralo, y parecía mucho más delgada por lo ancho de la ropa que llevaba puesta. Caminaba lentamente, tumbada un poco hacia el lado derecho, y voceaba:

—¡Ajos… velas… cascarilla… manteca de cacao!

            Llevaba un par de tenis viejos, rotos en las puntas a la altura de los dedos pulgares, estropeados con tal simetría que los huecos parecían hechos a propósito. El sucio y ancho pantalón, de un rojo desteñido, completaba esa imagen deprimente que obligó a Diógenes a mirarla un momento, y a sentir lástima.

—¡Ajos… velas… cascarilla… manteca de cacao!

            Diógenes la vio alejarse y volver sobre sus pasos, lentamente, sin mirar a nadie, pendiente sólo de su propio pregón, y esta vez descubrió en el rostro de la anciana hambre, cansancio, vejez, tedio, certeza de que nadie compraría sus ajos, sus velas, su cascarilla, su manteca de cacao, deseos de soltar aquel jabuco que le pesaba ya sobre la espalda.

—¡Señora! —gritó Diógenes cuando la anciana estaba varios metros más abajo—. ¡Eh, señora! ¿cuánto valen?

—El ajo a dos, las velas a cinco, la cascarilla a cuatro, la manteca de cacao a quince pesos la botella —dijo la anciana como si recitara, deteniéndose pero sin mirarlo.

Diógenes se acercó:

—¿Y cuántos tiene?

—¿Cuántos qué? —preguntó ella a su vez, con desgana, bajándose del hombro la pesada jaba.

—Se lo compro todo, señora —dijo Diógenes.

—¿Los ajos? —indagó ella.

—Sí, y las velas y la cascarilla y la manteca de cacao.

            La anciana lo miró, esbozó una sonrisa, y demoró unos segundos en agacharse a contar la mercancía. Diógenes la miraba, compasivo. Por el escote se le veía el flaco y negro pecho.

—No lo cuente, señora, dígame cuánto es todo.

—Es mucho, mijo —dijo la anciana, sin levantarse.

—¿Qué le parece esto? —dijo Diógenes, y le mostró un billete de diez dólares.

La anciana tomó el billete, lo revisó por ambos lados, miró a Diógenes y se lo devolvió.

—¡Que son diez dólares, abuela! —le explicó Diógenes, risueño y sorprendido.

Después, acercándosele al oído y mirando a todos lados, como si le deletreara un gran secreto, le repitió:

—¡Diez… dó… la… res!

—Ya lo sé —contestó la vieja, poniendo grandes ojos de desconfianza ahora, alzando otra vez el bulto y haciendo por irse.

—Espere, abuela —insistió Diógenes—. Mire, vamos a ver. Diez dólares son, ahora-mismo-ahora-mismo, mil pesos. ¿Entiende? ¡Le estoy dando mil pesos por la jabita esa!

            La anciana lo miró esta vez de arriba abajo, con mayor desconfianza, y se acomodó el asa de la jaba sobre el hombro. Diógenes la miraba entre incrédulo, burlón y lastimero. Guardó el billete en el bolsillo. Pero antes de marcharse volvió a decirle:

—Mire, abuela —hablaba despacio, como si le estuviera explicando un problema matemático muy difícil a un niño—, todo eso que usted lleva ahí no vale ni cien pesos, ni cincuenta; y yo le estoy ofreciendo mil pesos, ¿entiende?, ¡diez dólares!

—Quince, y se lo lleva —respondió la vieja, que parecía no oírlo.

—¿Cómo? —sonrió Diógenes.

—Es mi precio. Lo toma o lo deja. Quince dólares, y todo es suyo —repitió con neutralidad, segura de sí misma.

Ante el silencio incrédulo de Diógenes, la vieja comenzó a alejarse.

—¡Ajos… velas… cascarilla… manteca de cacao!

            Diógenes sintió curiosidad, vio aquello como un juego, como una prueba de fuerza, y siguió tras ella.

—Le ofrezco doce, doce dólares, mil doscientos pesos, ahora-mismo-ahora-mismo, uno encima del otro.

La anciana se detuvo.

—Quince, mijo, quince dólares —ahora su tono era de lástima hacia Diógenes, el mismo tono que él había empleado con ella al principio—. Quince es mi precio. Mira estos ajos —le mostró dos cabezas medianas, casi tiernas—; mira estas velas, no hechas en casa, con parafina mala, sino de las buenas, de las que no se apagan —le mostró tres velas blancas, largas, envueltas en papel de estraza—; mira esta cascarilla —sobre la oscura palma de su mano derecha aparecieron dos pequeños montículos blancos, como bolas de tiza cortadas por la base—; mira esta mantequita, mijo —y le enseñó una botella de refresco llena hasta el cuello con un líquido espeso, amarillento, taponada con una chapa vieja y parafina—. Todo por quince, mijo. Me das quince fulitas, y esto es tuyo.

            Diógenes no pudo evitar sonreír, esta vez con malicia. Se metió las manos en los bolsillos y la miró de arriba abajo.

—Trece. Trece dólares por todo, abuela. Es mi última oferta —dijo, sacó el dinero y comenzó a contarlo delante de ella.

La anciana lo miró a lo ojos, desentendiéndose del fajo.

—Quince, y le dejo también la jabita.

Era su último intento de negociar. Incluso, levantó la jaba a la altura de su pecho, para que Diógenes la viera.

—No hay negocio —dijo Diógenes.

—Pues no hay negocio —confirmó la anciana.

Y se marcharon en sentido opuesto.

Todos las familias felices se parecen;

cada familia infeliz es infeliz a su forma.

 Tolstói

 

FOTO: Peggy Goldman. Tomado de The face of Cuba (Pintarest:
https://www.huffingtonpost.com/peggy-goldman/faces-of-cuba_b_3823598.html) 

Era una anciana negra, muy delgada, que parecía todavía más negra por el contraste de su piel con el pelo canoso, peinado como un hombre, casi ralo, y parecía mucho más delgada por lo ancho de la ropa que llevaba puesta. Caminaba lentamente, tumbada un poco hacia el lado derecho, y voceaba:

—¡Ajos… velas… cascarilla… manteca de cacao!

            Llevaba un par de tenis viejos, rotos en las puntas a la altura de los dedos pulgares, estropeados con tal simetría que los huecos parecían hechos a propósito. El sucio y ancho pantalón, de un rojo desteñido, completaba esa imagen deprimente que obligó a Diógenes a mirarla un momento, y a sentir lástima.

—¡Ajos… velas… cascarilla… manteca de cacao!

            Diógenes la vio alejarse y volver sobre sus pasos, lentamente, sin mirar a nadie, pendiente sólo de su propio pregón, y esta vez descubrió en el rostro de la anciana hambre, cansancio, vejez, tedio, certeza de que nadie compraría sus ajos, sus velas, su cascarilla, su manteca de cacao, deseos de soltar aquel jabuco que le pesaba ya sobre la espalda.

—¡Señora! —gritó Diógenes cuando la anciana estaba varios metros más abajo—. ¡Eh, señora! ¿cuánto valen?

—El ajo a dos, las velas a cinco, la cascarilla a cuatro, la manteca de cacao a quince pesos la botella —dijo la anciana como si recitara, deteniéndose pero sin mirarlo.

Diógenes se acercó:

—¿Y cuántos tiene?

—¿Cuántos qué? —preguntó ella a su vez, con desgana, bajándose del hombro la pesada jaba.

—Se lo compro todo, señora —dijo Diógenes.

—¿Los ajos? —indagó ella.

—Sí, y las velas y la cascarilla y la manteca de cacao.

            La anciana lo miró, esbozó una sonrisa, y demoró unos segundos en agacharse a contar la mercancía. Diógenes la miraba, compasivo. Por el escote se le veía el flaco y negro pecho.

—No lo cuente, señora, dígame cuánto es todo.

—Es mucho, mijo —dijo la anciana, sin levantarse.

—¿Qué le parece esto? —dijo Diógenes, y le mostró un billete de diez dólares.

La anciana tomó el billete, lo revisó por ambos lados, miró a Diógenes y se lo devolvió.

—¡Que son diez dólares, abuela! —le explicó Diógenes, risueño y sorprendido.

Después, acercándosele al oído y mirando a todos lados, como si le deletreara un gran secreto, le repitió:

—¡Diez… dó… la… res!

—Ya lo sé —contestó la vieja, poniendo grandes ojos de desconfianza ahora, alzando otra vez el bulto y haciendo por irse.

—Espere, abuela —insistió Diógenes—. Mire, vamos a ver. Diez dólares son, ahora-mismo-ahora-mismo, mil pesos. ¿Entiende? ¡Le estoy dando mil pesos por la jabita esa!

            La anciana lo miró esta vez de arriba abajo, con mayor desconfianza, y se acomodó el asa de la jaba sobre el hombro. Diógenes la miraba entre incrédulo, burlón y lastimero. Guardó el billete en el bolsillo. Pero antes de marcharse volvió a decirle:

—Mire, abuela —hablaba despacio, como si le estuviera explicando un problema matemático muy difícil a un niño—, todo eso que usted lleva ahí no vale ni cien pesos, ni cincuenta; y yo le estoy ofreciendo mil pesos, ¿entiende?, ¡diez dólares!

—Quince, y se lo lleva —respondió la vieja, que parecía no oírlo.

—¿Cómo? —sonrió Diógenes.

—Es mi precio. Lo toma o lo deja. Quince dólares, y todo es suyo —repitió con neutralidad, segura de sí misma.

Ante el silencio incrédulo de Diógenes, la vieja comenzó a alejarse.

—¡Ajos… velas… cascarilla… manteca de cacao!

            Diógenes sintió curiosidad, vio aquello como un juego, como una prueba de fuerza, y siguió tras ella.

—Le ofrezco doce, doce dólares, mil doscientos pesos, ahora-mismo-ahora-mismo, uno encima del otro.

La anciana se detuvo.

—Quince, mijo, quince dólares —ahora su tono era de lástima hacia Diógenes, el mismo tono que él había empleado con ella al principio—. Quince es mi precio. Mira estos ajos —le mostró dos cabezas medianas, casi tiernas—; mira estas velas, no hechas en casa, con parafina mala, sino de las buenas, de las que no se apagan —le mostró tres velas blancas, largas, envueltas en papel de estraza—; mira esta cascarilla —sobre la oscura palma de su mano derecha aparecieron dos pequeños montículos blancos, como bolas de tiza cortadas por la base—; mira esta mantequita, mijo —y le enseñó una botella de refresco llena hasta el cuello con un líquido espeso, amarillento, taponada con una chapa vieja y parafina—. Todo por quince, mijo. Me das quince fulitas, y esto es tuyo.

            Diógenes no pudo evitar sonreír, esta vez con malicia. Se metió las manos en los bolsillos y la miró de arriba abajo.

—Trece. Trece dólares por todo, abuela. Es mi última oferta —dijo, sacó el dinero y comenzó a contarlo delante de ella.

La anciana lo miró a lo ojos, desentendiéndose del fajo.

—Quince, y le dejo también la jabita.

Era su último intento de negociar. Incluso, levantó la jaba a la altura de su pecho, para que Diógenes la viera.

—No hay negocio —dijo Diógenes.

—Pues no hay negocio —confirmó la anciana.

Y se marcharon en sentido opuesto.

abr
25
Añadido por Alexis Díaz Pimienta el 25 abril 2018 a las 11:27 am

LA VECINA

 

 


Foto: Soyaka Yamaguchi.
Tomado de “Las birllantes adolecentes cubanasde Soyaka Yamaguchi”:
https://i-d.vice.com/es_mx/article/kzbb4z /las-brillantes-adolescentes-cubanas-de-sayaka-yamaguchi

Qué le ha pasado a esta muchacha, si ayer, puede decirse, andaba menuda de ropas por el barrio, corriendo y agachándose al descuido, importándonos un bledo su cabello erizado, sus pies descalzos y su risa; qué le ha pasado para que ejerza ese magnetismo allende la ventana, si no ha cambiado su nombre, Isachi, si sus padres son los mismos, esos buenos vecinos de hace años. No sé qué fetichismo óptico me mantiene horas y horas varado en este atalaya rectangular desde donde los días han ido cambiando un ser por otro, una niña por una muchacha, una muchacha por esa mujer que se sienta en un sillón impávido, nombrándose igual y con los mismos ojos, pero envuelta en un nimbo de belleza, en un aroma anestesiante que enloquece las manecillas de mi reloj pulsera para que anden o se detengan según ella entre o salga.
            Los cuarenta y ocho años hacen trampas. Esta tensión de vigilar a Isachi, de calcular el ángulo en que debe cruzar un muslo sobre el otro, de llevarle el control de la ropa que usa (lunes, short, martes, bata de casa) no acaba sino poniéndome ojeroso, malhumorado, insomne. Onilda se da cuenta.. Me dice que no escriba tanto, que descanse, y yo bebo un café con leche que me gotea el pijama, y le tomo la mano ajada y fría, no es nada, amor, levantándome.

Al principio había cierto prurito, daba pena mirarla, comentarlo parecía una transgresión de los principios vecinales; hasta que los muchachos del barrio comenzaron a pedir consejos y sus padres intuían una especie de flagelación íntima al dar instrucciones que habían ideado para sí, al verla pasar, adiós, Isachi, disimulando ante la cuadra. Yo tenía una enorme ventaja sobre ellos: esta ventana de la biblioteca, la prodigiosa y exacta ventana sobre el escritorio, regalándome ese portal que ella puebla de noche, la niña de Felicio, la que usaba espejuelos, sí esa misma. Y me quedo absorto en el silencio de la habitación, interrumpido solamente por el tecleo de mi Olimpia, el frui-frui de su sillón metálico y su risa, ¡su risa! A esta parte de la casa no llegan los trajines hogareños de Onilda ni el juego de mis hijos. Además, desde siempre he prohibido que me molesten cuando estoy escribiendo. Antes ponía seguro en el llavín, pero luego se hizo innecesario. Franqueando yo la puerta reinaba tal halo de obediencia y respeto en la familia que hasta los visitantes necesitaban Visa para verme. No obstante, había asegurado otra vez la cerradura, protección instintiva quizá, sospecha del delito sin saber cuál, cómo, dónde. Para Onilda mi novela avanzaba. Estaba yo en uno de mis mejores momentos, fertilidad que me agotaba y me ponía nervioso, claro, has avanzado amor, ¿verdad?, voy terminando el capítulo treinta, mentía, y le leía fragmentos inconclusos.

            Bata de casa a cuadros en el sillón: inútil, Isachi le revienta las costuras. Blusa azul de tirantes y short muy constreñido: inútil, me choca en la nariz ese perfume, ha roto la ventana y me emborracha, no está bien lo que hago, me digo, esta muchacha puede ser mi hija, me digo, esa es la hijita de Felicio, carajo, me digo, pero me voy de la ventana y la siento reír, la siento sillonearse en el portal de siempre, soy un mierda, desquiciado hijo de puta, enamorado de una niña, y rompo la cuartilla para acostarme pronto, pronto, pronto. Y Onilda tiene las carnes blandas y blanquísimas, arde, suda, gime como ella sabe que me gusta. Pero huele distinto. Estoy perdido. Ella intenta ayudarme con acrobacias y fruiciones húmedas, pero al balancearse me recuerda un sillón, y yo contraigo los glúteos y el abdomen y reempujo, reempujo, para que no descubra mi flaccidez orgánica, hasta que me canso de sentirme inútil. Es el trabajo, amor, resuelve Onilda, y al otro día igual, es el trabajo, y en toda la semana he trabajado mucho.

            No sé que le ha pasado a esta muchacha. Deben haberle enloquecido las hormonas o algo así. Ano ser que mis ojos… que mi mente… Adiós, Isachi, le dije la semana pasada, en una esquina. Ya no le dije, no sé por qué, adiós, niña. Y luego un simple adiós de mano tímida, y luego un movimiento de cabeza, un guiño.

            A no ser antier, nunca han tropezado nuestras vistas. Me refiero al portal y a la ventana, cuando la miro balancearse en su sillón nocturno, dichosos sillón de dichosas correas de goma enrolladas en dichosos tubos de aluminio. A no ser antier no se ha dado ella cuenta. Y me sonrió, creo. Sí, me sonrió, y me miró tres veces más, siempre risueña, cruzando, ay mi madre, un muslo sobre otro. Luego ha vuelto a mirar ayer toda la noche, agitando el pelo y guiñándome un ojo, una, dos veces, y luego el balanceo del sillón, el balanceo, que me pone la cabeza como un péndulo de base vertical, siguiendo sus rodillas que suben y bajan. Ayer su aroma me ha dolido, lo confieso. Dije, no, hoy no escribiré, ni mañana, ni nunca; si es la hija de Felicio, si yo la vi crecer, si la cargué, creo, pero hoy los grillos ya se saben su nombre, y lo gritan, morbosos, tras la puerta, ¡Isachi, Isachi!, las arañas tejen su nombre en letras grandes, con insectos enredados en la I y en la H. La Olimpia autopropulsa sus seis letras, la hoja en blanco se llena de ella, los libros imitan el ruido del sillón y su risa, los libros se ríen alto, alto, no me dejan oír si Onilda está despierta, ¡Onilda, Onilda, saca a esta muchacha de acá adentro, sácala!, pero ella ya está sentada a mi máquina, escribiendo, esdtá en bata de casa, teclea que teclea, deja las manos sobre el teclado y se desnuda con otras manos que deja caer al suelo con la ropa, y me tiende otras manos, acércate, acércate, sonriendo y relamiéndose, putilla endemoniada, con ese olor que rompió la ventana, dice que me acerque a su cuerpo tendido en el piso, deja dos manos halándome y con otras me quita la camisa, y me despeina con otras manos suyas, me arranca el pantalón con las manos, con los dientes, con la succión de su ombligo casi púber. Ay, si me vieras, Onilda, qué muchio trabajo ni ocho cuartos. Esta es la ceremonia fálica del mes, la exhibición tan postergada. Ella recoge las rodillas y me hala, me obliga a acuclillarme como un dócil hipnótico. La miro. La miro. La máquina deja de teclear su nombre; los grillos, los libros, las baldosas, los muebles, la lámpara, todos diciendo, ¡Isachi, Isachi!

            Hoy no voy a escribir, ni mañana, ni nunca. Me acerco a su piel sonrosada u húmeda. Reviento un cartucho seminal dentro de ella y caigo exhausto junto a mi vieja Olimpia, resoplando, sudando, sin saber que le ha pasado a esta muchacha, si ayer, puede decirse, era la hijita de Felicio, la que usaba espejuelos, sí, esa misma, y ahora me obliga a explicarle a Onilda que esta ha sido otra noche de excesivo trabajo, aunque, por suerte, mi novela avanza.

abr
25
Añadido por Alexis Díaz Pimienta el 25 abril 2018 a las 11:27 am

LA VECINA

 

 


Foto: Soyaka Yamaguchi.
Tomado de “Las birllantes adolecentes cubanasde Soyaka Yamaguchi”:
https://i-d.vice.com/es_mx/article/kzbb4z /las-brillantes-adolescentes-cubanas-de-sayaka-yamaguchi

Qué le ha pasado a esta muchacha, si ayer, puede decirse, andaba menuda de ropas por el barrio, corriendo y agachándose al descuido, importándonos un bledo su cabello erizado, sus pies descalzos y su risa; qué le ha pasado para que ejerza ese magnetismo allende la ventana, si no ha cambiado su nombre, Isachi, si sus padres son los mismos, esos buenos vecinos de hace años. No sé qué fetichismo óptico me mantiene horas y horas varado en este atalaya rectangular desde donde los días han ido cambiando un ser por otro, una niña por una muchacha, una muchacha por esa mujer que se sienta en un sillón impávido, nombrándose igual y con los mismos ojos, pero envuelta en un nimbo de belleza, en un aroma anestesiante que enloquece las manecillas de mi reloj pulsera para que anden o se detengan según ella entre o salga.
            Los cuarenta y ocho años hacen trampas. Esta tensión de vigilar a Isachi, de calcular el ángulo en que debe cruzar un muslo sobre el otro, de llevarle el control de la ropa que usa (lunes, short, martes, bata de casa) no acaba sino poniéndome ojeroso, malhumorado, insomne. Onilda se da cuenta.. Me dice que no escriba tanto, que descanse, y yo bebo un café con leche que me gotea el pijama, y le tomo la mano ajada y fría, no es nada, amor, levantándome.

Al principio había cierto prurito, daba pena mirarla, comentarlo parecía una transgresión de los principios vecinales; hasta que los muchachos del barrio comenzaron a pedir consejos y sus padres intuían una especie de flagelación íntima al dar instrucciones que habían ideado para sí, al verla pasar, adiós, Isachi, disimulando ante la cuadra. Yo tenía una enorme ventaja sobre ellos: esta ventana de la biblioteca, la prodigiosa y exacta ventana sobre el escritorio, regalándome ese portal que ella puebla de noche, la niña de Felicio, la que usaba espejuelos, sí esa misma. Y me quedo absorto en el silencio de la habitación, interrumpido solamente por el tecleo de mi Olimpia, el frui-frui de su sillón metálico y su risa, ¡su risa! A esta parte de la casa no llegan los trajines hogareños de Onilda ni el juego de mis hijos. Además, desde siempre he prohibido que me molesten cuando estoy escribiendo. Antes ponía seguro en el llavín, pero luego se hizo innecesario. Franqueando yo la puerta reinaba tal halo de obediencia y respeto en la familia que hasta los visitantes necesitaban Visa para verme. No obstante, había asegurado otra vez la cerradura, protección instintiva quizá, sospecha del delito sin saber cuál, cómo, dónde. Para Onilda mi novela avanzaba. Estaba yo en uno de mis mejores momentos, fertilidad que me agotaba y me ponía nervioso, claro, has avanzado amor, ¿verdad?, voy terminando el capítulo treinta, mentía, y le leía fragmentos inconclusos.

            Bata de casa a cuadros en el sillón: inútil, Isachi le revienta las costuras. Blusa azul de tirantes y short muy constreñido: inútil, me choca en la nariz ese perfume, ha roto la ventana y me emborracha, no está bien lo que hago, me digo, esta muchacha puede ser mi hija, me digo, esa es la hijita de Felicio, carajo, me digo, pero me voy de la ventana y la siento reír, la siento sillonearse en el portal de siempre, soy un mierda, desquiciado hijo de puta, enamorado de una niña, y rompo la cuartilla para acostarme pronto, pronto, pronto. Y Onilda tiene las carnes blandas y blanquísimas, arde, suda, gime como ella sabe que me gusta. Pero huele distinto. Estoy perdido. Ella intenta ayudarme con acrobacias y fruiciones húmedas, pero al balancearse me recuerda un sillón, y yo contraigo los glúteos y el abdomen y reempujo, reempujo, para que no descubra mi flaccidez orgánica, hasta que me canso de sentirme inútil. Es el trabajo, amor, resuelve Onilda, y al otro día igual, es el trabajo, y en toda la semana he trabajado mucho.

            No sé que le ha pasado a esta muchacha. Deben haberle enloquecido las hormonas o algo así. Ano ser que mis ojos… que mi mente… Adiós, Isachi, le dije la semana pasada, en una esquina. Ya no le dije, no sé por qué, adiós, niña. Y luego un simple adiós de mano tímida, y luego un movimiento de cabeza, un guiño.

            A no ser antier, nunca han tropezado nuestras vistas. Me refiero al portal y a la ventana, cuando la miro balancearse en su sillón nocturno, dichosos sillón de dichosas correas de goma enrolladas en dichosos tubos de aluminio. A no ser antier no se ha dado ella cuenta. Y me sonrió, creo. Sí, me sonrió, y me miró tres veces más, siempre risueña, cruzando, ay mi madre, un muslo sobre otro. Luego ha vuelto a mirar ayer toda la noche, agitando el pelo y guiñándome un ojo, una, dos veces, y luego el balanceo del sillón, el balanceo, que me pone la cabeza como un péndulo de base vertical, siguiendo sus rodillas que suben y bajan. Ayer su aroma me ha dolido, lo confieso. Dije, no, hoy no escribiré, ni mañana, ni nunca; si es la hija de Felicio, si yo la vi crecer, si la cargué, creo, pero hoy los grillos ya se saben su nombre, y lo gritan, morbosos, tras la puerta, ¡Isachi, Isachi!, las arañas tejen su nombre en letras grandes, con insectos enredados en la I y en la H. La Olimpia autopropulsa sus seis letras, la hoja en blanco se llena de ella, los libros imitan el ruido del sillón y su risa, los libros se ríen alto, alto, no me dejan oír si Onilda está despierta, ¡Onilda, Onilda, saca a esta muchacha de acá adentro, sácala!, pero ella ya está sentada a mi máquina, escribiendo, esdtá en bata de casa, teclea que teclea, deja las manos sobre el teclado y se desnuda con otras manos que deja caer al suelo con la ropa, y me tiende otras manos, acércate, acércate, sonriendo y relamiéndose, putilla endemoniada, con ese olor que rompió la ventana, dice que me acerque a su cuerpo tendido en el piso, deja dos manos halándome y con otras me quita la camisa, y me despeina con otras manos suyas, me arranca el pantalón con las manos, con los dientes, con la succión de su ombligo casi púber. Ay, si me vieras, Onilda, qué muchio trabajo ni ocho cuartos. Esta es la ceremonia fálica del mes, la exhibición tan postergada. Ella recoge las rodillas y me hala, me obliga a acuclillarme como un dócil hipnótico. La miro. La miro. La máquina deja de teclear su nombre; los grillos, los libros, las baldosas, los muebles, la lámpara, todos diciendo, ¡Isachi, Isachi!

            Hoy no voy a escribir, ni mañana, ni nunca. Me acerco a su piel sonrosada u húmeda. Reviento un cartucho seminal dentro de ella y caigo exhausto junto a mi vieja Olimpia, resoplando, sudando, sin saber que le ha pasado a esta muchacha, si ayer, puede decirse, era la hijita de Felicio, la que usaba espejuelos, sí, esa misma, y ahora me obliga a explicarle a Onilda que esta ha sido otra noche de excesivo trabajo, aunque, por suerte, mi novela avanza.

abr
25
Añadido por Alexis Díaz Pimienta el 25 abril 2018 a las 11:27 am

LA VECINA

 

 


Foto: Soyaka Yamaguchi.
Tomado de “Las birllantes adolecentes cubanasde Soyaka Yamaguchi”:
https://i-d.vice.com/es_mx/article/kzbb4z /las-brillantes-adolescentes-cubanas-de-sayaka-yamaguchi

Qué le ha pasado a esta muchacha, si ayer, puede decirse, andaba menuda de ropas por el barrio, corriendo y agachándose al descuido, importándonos un bledo su cabello erizado, sus pies descalzos y su risa; qué le ha pasado para que ejerza ese magnetismo allende la ventana, si no ha cambiado su nombre, Isachi, si sus padres son los mismos, esos buenos vecinos de hace años. No sé qué fetichismo óptico me mantiene horas y horas varado en esta atalaya rectangular desde donde los días han ido cambiando un ser por otro, una niña por una muchacha, una muchacha por esa mujer que se sienta en un sillón impávido, nombrándose igual y con los mismos ojos, pero envuelta en un nimbo de belleza, en un aroma anestesiante que enloquece las manecillas de mi reloj pulsera para que anden o se detengan según ella entre o salga.
            Los cuarenta y ocho años hacen trampa. Esta tensión de vigilar a Isachi, de calcular el ángulo en el que debe cruzar un muslo sobre otro, de llevarle el control de la ropa que usa (lunes short, martes bata de casa) no acaba sino poniéndome ojeroso, malhumorado, insomne. Onilda se da cuenta.. Me dice que no escriba tanto, que descanse, y yo bebo un café con leche que me gotea el pijama y le tomo la mano ajada y fría, no es nada, amor, levantándome.

Al principio había cierto prurito, daba pena mirarla, comentarlo parecía una transgresión de los principios vecinales; hasta que los muchachos del barrio comenzaron a pedir consejos y sus padres intuían una especie de flagelación íntima al dar instrucciones que habían ideado para sí al verla pasar, adiós, Isachi, disimulando ante la cuadra. Yo tenía una enorme ventaja sobre ellos: esta ventana de la biblioteca, la prodigiosa y exacta ventana sobre el escritorio regalándome ese portal que ella puebla de noche, la niña de Felicio, la que usaba espejuelos, sí, esa misma. Y me quedo absorto en el silencio de la habitación, interrumpido solamente por el tecleo de mi Olimpia, el fruit-fruit de su sillón metálico y su risa, ¡su risa! A esta parte de la casa no llegan los trajines hogareños de Onilda ni el juego de mis hijos. Además, desde siempre he prohibido que me molesten cuando estoy escribiendo. Antes ponía seguro en el llavín, pero luego se hizo innecesario. Una vez que franqueaba yo la puerta, reinaba tal halo de obediencia y respeto en la familia que hasta los visitantes necesitaban Visa para verme. No obstante, había asegurado otra vez la cerradura, protección instintiva quizá, sospecha del delito sin saber cuál, cómo, dónde. Para Onilda mi novela avanzaba. Estaba yo en uno de mis mejores momentos, fertilidad que me agotaba y me ponía nervioso, claro. Has avanzado amor, ¿verdad? Voy terminando el capítulo treinta, mentía y le leía fragmentos inconclusos.

            Bata de casa a cuadros en el sillón: inútil, Isachi le revienta las costuras. Blusa azul de tirantes y short muy constreñido: inútil, me choca en la nariz ese perfume, ha roto la ventana y me emborracha. No está bien lo que hago, me digo; esta muchacha podría ser mi hija, me digo; esa es la hijita de Felicio, carajo, me digo; pero me voy de la ventana y la siento reír, la siento sillonearse en el portal de siempre. Y soy un mierda, un desquiciado hijo de puta, enamorado de una niña, carajo. Y rompo la cuartilla para acostarme pronto, pronto, pronto. Y Onilda tiene las carnes blandas y blanquísimas, arde, suda, gime como ella sabe que me gusta, pero huele distinto. Estoy perdido. Ella intenta ayudarme con acrobacias y fruiciones húmedas, pero al balancearse me recuerda un sillón y yo contraigo glúteos y abdomen y reempujo, reempujo, reempujo, para que no descubra mi flaccidez orgánica, hasta que me canso de sentirme inútil. Es el trabajo, amor, no te preocupes, resuelve Onilda. Y al otro día igual: es el trabajo. Y en toda la semana he trabajado mucho.
            No sé qué le ha pasado a esta muchacha. Deben haberle enloquecido las hormonas o algo así. A no ser que mis ojos… que mi mente… Adiós, Isachi, le dije la semana pasada, en una esquina. Ya no le dije, no sé por qué, adiós, niña. Y luego un simple adiós de mano tímida. Y luego un movimiento de cabeza, un guiño.

            A no ser antes de ayer nunca se han tropezado nuestras miradas. Me refiero a su portal y mi ventana, cuando la miro balancearse en su sillón nocturno, ese dichoso sillón de dichosas correas enrolladas en dichosos tubos de aluminio. A no ser antes de ayer no se ha dado ella cuenta. Y me sonrió, creo. Sí, me sonrió. Y me miró tres veces más, siempre risueña, cruzando, ay mi madre, un muslo sobre otro. Luego ha vuelto a mirar ayer toda la noche, agitando el pelo y guiñándome un ojo, una, dos, tres veces. Y luego el balanceo del sillón, el balanceo, que me pone la cabeza como un péndulo de base vertical, siguiendo sus rodillas que suben y bajan. Ayer su aroma me ha dolido, lo confieso. Dije, no, hoy no escribiré, ni mañana, ni nunca; si esa es la hija de Felicio, si yo la vi crecer, si la cargué, creo. Me rindo, Pero hoy los grillos ya se saben su nombre y lo gritan, morbosos, tras la puerta: ¡Isachi, Isachi! Hoy las arañas tejen su nombre en letras grandes, con insectos enredados en la I y en la H: ¡Isachi, Isachi! Hoy mi Olimpia autopropulsa sus seis letras y la hoja en blanco se llena de ella, y mis libros imitan el ruido del sillón y su risa, cientos de libros que ríen en voz alta, muy alta, y no me dejan oír si Onilda está despierta. ¡Ay, por Dios, Onilda, Onilda!, ¡saca a esta muchacha de acá adentro!, ¡sácala! Pero ya Isachi está sentada junto a mí, ante mi máquina, y escribiendo, con la bata de casa abierta, teclea que teclea sonriendo. De pronto, deja las manos sobre el teclado y se desnuda con otras manos que luego deja caer al suelo con la ropa, mientras me tiende otras dos manos, ven, acércate, acércate, sonriendo y relamiéndose, putilla endemoniada, con ese olor que hace tiempo rompió la ventana, me dice que me acerque a su cuerpo tendido sobre el piso, deja dos manos halándome de un brazo y con otras dos me quita la camisa y me despeina con otras manos suyas, me arranca el pantalón con otras manos, y con los dientes, con la succión de su ombligo casi púber. Ay, si me vieras, Onilda, mi amor: qué mucho trabajo ni ocho cuartos. Esta es la ceremonia fálica del mes, la exhibición tan postergada. Ella recoge las rodillas y me hala hacia su cuerpo, me obliga a acuclillarme como un dócil hipnótico. Yo la miro. La miro. La miro. La miro. La miro. La máquina entonces deja de teclear su nombre; y los grillos, los libros, las baldosas, los muebles, la lámpara, todos dicen a coro ¡Isachi, Isachi, Isachi!, como hinchas del fútbol.

            No. Hoy no voy a escribir, ni mañana, ni nunca. Me acerco a su piel sonrosada u húmeda, reviento un cartucho seminal dentro de ella y caigo exhausto junto a mi vieja Olimpia, resoplando, sudando, sin saber qué le ha pasado a esta muchacha si ayer, puede decirse, era la hijita de Felicio, la que usaba espejuelos, sí, esa misma, y ahora me obliga a explicarle a mi mujer, Onilda, que esta noche tampoco, que no puedo, que ha sido otra jornada de excesivo trabajo. Aunque, por suerte, mi novela avanza.

abr
14
Añadido por Alexis Díaz Pimienta el 14 abril 2018 a las 11:46 am
POEMA SINCRÓNICO

para la joven Claudia, filósofa salmantina
que seguro sabe que nuestro viaje en autobús
(y nuestra charla) no fueron casuales
La casualidad no existe,

todo es sincronicidad.

Le llama casualidad

el no-sincrónico (triste).

Es como si fuera un chiste

de Dios, que todo lo ve.

Jung va a tomarse un café

con Marx y con Jesucristo

y el barman: “Yo los he visto

antes a los tres, ¿por qué?

Sincronicidad de Jung:

fantástica y epifánica.

Metáfora cuasi orgánica

para el humano común.

Suerte o desgracia (según

lo perciba el “enjungado”)

Hilo invisible trenzado

con otro hilo invisible

para que sea posible

lo imposible (sino y hado).

Seguro que alguna vez

en un libro o un eslogan

hallas respuestas que ahogan

preguntas de tu niñez,

avisos de tu vejez,

dudas de tu aquí y ahora.

¡Pero si hace media hora

miré y esto aquí no estaba!

¡Pero si es lo que buscaba!

¡Pero! Y Dios de risa llora.

Si ibas a telefonear

a Equis y Equis te llama;

o te encuentras con la dama

que soñabas encontrar.

si todo empieza a encajar

como en un puzzle demente,

sin buscarlo, de repente,

esto no es casualidad,

sino sincronicidad

misteriosa y sorprendente.

El psicólogo Carl Jung

y la simultaneidad

de hechos (sincronicidad,

poético bien común),

dan respuesta –sin ningún

temor o resentimiento–

al azar, un viejo cuento

repleto de frases hechas,

baile de sitios y fechas

en perpetuo movimiento.

Todo asusta y exacerba.

Todo cuanto ha sucedido

tan solo tiene sentido

en la persona que observa.

Todo preocupa y enerva.

Nada es un fortuito adorno.

Tras un eterno retorno

Jung llegó a la conclusión

de la íntima conexión

entre individuo y entorno.

Circunstancias coincidentes.

Significado simbólico.

Atractivo melancólico

entre presentes y ausentes.

Todos son ríos y puentes

hacia lo que se presagia.

¿Casualidad, suerte, magia?

Carl Jung sonríe a escondidas

y el crucigrama de vidas

se parodia, se autoplagia.

Las respuestas maquilladas

de sorpresa y coincidencia

son –han sido– en apariencia

perfectamente estudiadas,

tejidas, sincronizadas,

cuando no lo imaginamos.

Por eso siempre acertamos

y vivimos –burda crónica–

una experiencia sincrónica

cuando menos la esperamos.

Pero hay que estar receptivos,

alertas a nuestro entorno.

Hay que velar el contorno

y el núcleo de los motivos

por los que seguimos vivos

en esta rueda infinita.

Dios pide un café e invita.

Marx dice: “deja, yo pago”.

Y Jung: Por Dios, qué mal trago:

lo sincrónico me excita.

Y así todo. Hasta estos versos

ya estaban premeditados,

previstos, sincronizados,

remarxenjungando esfuerzos.

Paralelos Universos

que duran pocos instantes.

Entro a un bar. Rostros mutantes.

Me pido un café (infelice).

Y el barman solo me dice:

¿no nos hemos visto antes?

abr
14
Añadido por Alexis Díaz Pimienta el 14 abril 2018 a las 11:46 am
POEMA SINCRÓNICO

para la joven Claudia, filósofa salmantina
que seguro sabe que nuestro viaje en autobús
(y nuestra charla) no fueron casuales
La casualidad no existe,

todo es sincronicidad.

Le llama casualidad

el no-sincrónico (triste).

Es como si fuera un chiste

de Dios, que todo lo ve.

Jung va a tomarse un café

con Marx y con Jesucristo

y el barman: “Yo los he visto

antes a los tres, ¿por qué?

Sincronicidad de Jung:

fantástica y epifánica.

Metáfora cuasi orgánica

para el humano común.

Suerte o desgracia (según

lo perciba el “enjungado”)

Hilo invisible trenzado

con otro hilo invisible

para que sea posible

lo imposible (sino y hado).

Seguro que alguna vez

en un libro o un eslogan

hallas respuestas que ahogan

preguntas de tu niñez,

avisos de tu vejez,

dudas de tu aquí y ahora.

¡Pero si hace media hora

miré y esto aquí no estaba!

¡Pero si es lo que buscaba!

¡Pero! Y Dios de risa llora.

Si ibas a telefonear

a Equis y Equis te llama;

o te encuentras con la dama

que soñabas encontrar.

si todo empieza a encajar

como en un puzzle demente,

sin buscarlo, de repente,

esto no es casualidad,

sino sincronicidad

misteriosa y sorprendente.

El psicólogo Carl Jung

y la simultaneidad

de hechos (sincronicidad,

poético bien común),

dan respuesta –sin ningún

temor o resentimiento–

al azar, un viejo cuento

repleto de frases hechas,

baile de sitios y fechas

en perpetuo movimiento.

Todo asusta y exacerba.

Todo cuanto ha sucedido

tan solo tiene sentido

en la persona que observa.

Todo preocupa y enerva.

Nada es un fortuito adorno.

Tras un eterno retorno

Jung llegó a la conclusión

de la íntima conexión

entre individuo y entorno.

Circunstancias coincidentes.

Significado simbólico.

Atractivo melancólico

entre presentes y ausentes.

Todos son ríos y puentes

hacia lo que se presagia.

¿Casualidad, suerte, magia?

Carl Jung sonríe a escondidas

y el crucigrama de vidas

se parodia, se autoplagia.

Las respuestas maquilladas

de sorpresa y coincidencia

son –han sido– en apariencia

perfectamente estudiadas,

tejidas, sincronizadas,

cuando no lo imaginamos.

Por eso siempre acertamos

y vivimos –burda crónica–

una experiencia sincrónica

cuando menos la esperamos.

Pero hay que estar receptivos,

alertas a nuestro entorno.

Hay que velar el contorno

y el núcleo de los motivos

por los que seguimos vivos

en esta rueda infinita.

Dios pide un café e invita.

Marx dice: “deja, yo pago2.

Y Jung: Por Dios, qué mal trago:

lo sincrónico me excita.

Y así todo. Hasta estos versos

ya estaban premeditados,

previstos, sincronizados,

remarxenjungando esfuerzos.

Paralelos Universos

que duran pocos instantes.

Entro a un bar. Rostros mutantes.

Me pido un café (infelice).

Y el barman solo me dice:

¿no nos hemos visto antes?