"Uno de los mejores narradores cubanos de la hora presente"
(Juan Bonilla)

Del Blog de Díaz-Pimienta

ago
17
Añadido por Alexis Díaz Pimienta el 17 agosto 2020 a las 12:28 pm
NOS HAN DESORDENADO EL ALMANAQUE 
Las lágrimas ahora entran en los ojos en vez de salir
y el piano es el mejor amigo del hombre
(entre el miedo a ver fotos 
y el coro se felices). 
Este año, olvídenlo. 
Bórrenlo.
Que nazcan de nuevo los niños que han venido al mundo. 
Que mueran otra vez sus víctimas.
Dijeron que el llanto era provisional.
Que nadie volvería a ser ingrávido. 
Pero era falso 
Cuando pasen cien año 
los libros no dirán nada del que fuma a escondidas
ni del cantante al que hoy aplauden multitudes. 
Me preocupan los árboles, eso sí. 
Me preocupan los mendigos sin hijos. 
Este año no llorar es delito 
pero deberían racionar las lagrimas. 
Díez por pómulo. 
Díez por minuto. 
Díez por canción. 
Díez por contacto telefónico. 
Díez por animal doméstico perdido. 
No olvidemos que el 10% del líquido corporal es llanto. 
Hoy he sido egoísta.
Todos somos egoístas alguna vez 
pero hoy yo he sido el doble. 
He puesto una canción
y he llorado por varios.
Por mi madre primero.
Por mi novia secreta después.
Por la madre de mis amigos luego.
Por la novia secreta de mis enemigos.
Si me descubren
estoy muerto.
Por suerte las lágrimas ya no salen de los ojos, entran.
Y ahora camino como un globo lleno de agua.
¿Han visto alguna vez un globo lleno de agua?
Camino y sueno como un globo y todos se dan cuenta.
Qué vergüenza.
Este año nadie debe llorar así.
La gente necesita pan.
La gente necesita oxígeno.
La gente necesita luz,
no lágrimas.
Nos han desordenado el almanaque.
Nos han puesto los días boca abajo
y el sol patas arriba.
El mediodía empieza cuando muere la luz
y los niños desayunan con la luna en la mesa.
Mi vecina de enfrente
teje cebollas en el balcón
mientras todos los relojes de nuestra calle ladran a la vez.
No le guarden rencor al que enterró a su padre
sin poder besarlo.
No le guarden rencor al que estornuda sin tocarse la nariz.
No le guarden rencor a la formica sucia.
Son tiempos complicados para todos. 
Un periodista tose por televisión.
Un sanitario llora.
Un político mea en prime time
y se queda político.
Han cerrado los bares, sí 
y nadie sabe qué hacer con tanta sed. 
Hoy ha entrado en vigor,
por fin, la desesperación.
Alexis Díaz-Pimienta. 
Almería,
17 de agosto de 2020 
……………………… 
(Un poema de mi libro IPHOEMAS) 
mar
02
Añadido por Alexis Díaz Pimienta el 2 marzo 2020 a las 8:29 pm
Por Alex Díaz Hernández




Quince horas de viaje por carretera no pesan cuando tienes un objetivo. Lo primero que hice al llegar a Santiago de Cuba fue tocar las paredes del cuartel Moncada y revivir la historia que cuentan esos pasillos. Un cuartel convertido hoy en la escuela 26 de Julio, con cinco escuelas primarias y una secundaria.

Era mi primer viaje a la tierra caliente y ya desde La Habana había intentado localizar a repentistas en la oriental provincia,sin embargolos resultados fueron fallidos. Había algunos indicios sueltos, pero no concretos.

Después de ver el Moncada lo único que pasaba por mi mente era hallar improvisadores poéticos en Santiago.

El son, el cementerio de Santa Ifigenia, los museos, la vieja trova, la Plaza de Marte, el prú (bebida realizada con la fermentación de raíces), la Catedral, la música en la calle, el calor, todo esto es allá una mezcla única, irrepetible en cualquier otra parte de Cuba y, posiblemente, del mundo.

Los amigos santiagueros que ya conocía y los otros que acababa de conocer eran mi única esperanza para encontrar decimistas.

***

Y claro que hay repentistas en Santiago. El segundo día ya teníamos la ubicación de un señor muy mayor de edad que cantaba décimas. El periodista Jorge Albear localizó a Osvaldo Carralero, un hombre que fue por 23 años escolta de Raúl Castro, que nació en Holguín, pero solo hasta llegar a Santiago de Cuba empezó a improvisar espinelas. Dice que un día escuchó un laúd y unas tonadas y desde ese día no ha parado de cantar.

Carralero se siente cansado de luchar por la décima en su tierra adoptiva, sin resultado alguno. “Aquí la décima está caída, la tenemos viva nosotros, no hay ningún interés”. Mientras nos cuenta esto hace pequeñas pausas. Levanta la voz para decir que inició un taller de repentismo, pero vuelve a disminuir la entonación con tristeza. “Vinieron tres poetas de La Habana, me dieron un mínimo-técnico, me dieron un libro y empecé con los niños”.  Sus alumnos solo pudieron disfrutar lo lúdico de sus clases por varios meses. Carralero se sentía desamparado, sin apoyo, y tuvo que dejar el taller.

Cuando habla, las pausas desesperan, pero lo escucho tranquilamente. Osvaldo cambia el sentido de la conversación, una y otra vez me obliga a empatar una historia con otra usando la imaginación. De pronto recita décimas aprendidas de diferentes temas: la patria, el comandante, su esposa; recita y me mira fijamente, como esperando que por cada verso impactante yo reaccione. Y así lo hago.

***

Entre la majestuosa Catedral y el hotel Casa Granda está la Biblioteca Elvira Cape. Hasta allí nos llevó Carralero, con paso apurado. A Carralero lo conoce mucha gente, lo saludan, lo llaman “poeta”. Anteriormente nos había comentado sobre una peña de repentismo que tenía en la céntrica biblioteca Elvira Cape y nosotros estábamos contentísimos, no solo habíamos descubierto a un poeta, sino también una peña de repentismo en Santiago de Cuba.

Frente a la biblioteca estaba la casa natal del más grande poeta santiaguero de todos los tiempos: José María Heredia.Allí esperábamos a Carralero cuando muy apenado salió y nos dijo que no sabía por qué no había nadie esperando que comenzara la actividad.Entonces salió en busca de los músicos y los poetas de la peña.

En la biblioteca, la verdad, ambiente “de peña” no había. La sala estaba vacía completamente. La recepcionista nos miraba con rareza, pero cuando apareció Carralero con el laudista el salón pareció llenarse; él le impregnaba una calidez increíble al momento. Nos contó que no había encontrado a su contrincante, pero me invitó a que improvisáramos unas décimas. ¡Y claro que cantamos!

El laudista, Eligio Rodríguez, es un músico empírico que aprendió a tocar su instrumento de oído.“Yo me iba con mi hermano para los lugares donde ellos iban a tocar, me situaba al lado del que tocaba el laúd o la guitarra, me ponía a mirar y toda la música esa se me grababa en la mente.Cuando llegaba a la casa y mi hermano se iba para el trabajo, yo le cogía la guitarra y me ponía a buscarle afinaciones. Y así fue como comencé”. 

A Eligio había que mirarlo fijamente para poder entender lo que decía, porque hablaba rápido, enredado. Él siempre acompaña a Carralero a todas sus actividades con su laúd al hombro; era una suerte de escudero. 

“Yo siempre toco solo, no hemos tenido la dicha de encontrar un guitarrista que nos acompañe”, aclaró,casi murmurando, como si la nostalgia de no haber tenido una guitarra lo invadiera de repente.Carralero le dice que saque el instrumento, que ya es hora de hacer sonar las cuerdas. Eligio, sin pensarlo dos veces, empieza a tocar la tonada Carvajal, en do menor. Nos dimos cuenta de que al poeta le gustaba mucho improvisar por esa tonada. Carralero, serio, sereno,comenzó a cantar: 

Viste sus mejores galas

la décima campesina.

Hizo una pausa, miró al laudista, que no dejó de tocar, repitió los dos primeros versos y continuó:

Fácil, sutil golondrina

que alegre bate sus alas.

Hay otra pausa intencional, para que la melodía tomara el protagonismo del momento, y prosiguió:

Anda todas las escalas

del programa musical.

Nueva pausa pequeña y remate del poeta:

Como el fresco manantial

que me cubre cada poro

para brindar con decoro

la actividad cultural.

Yo intento seguir cantando por la tonada Carvajal y complacerlo con unas décimas. Lo miro fijamente,e improviso respetando todas las pausas que obliga la melodiosa tonada:

Si estuvieras en La Habana

yo dentro de ti me integro

y te pongo el pelo negro

aunque afuera sean canas.

Convierto en años semanas

y te hago una canturía.

Y cuando pase ese día

verás cómo siendo un mago

entre La Habana y Santiago

achico la lejanía.

Cuando llevábamos diez minutos cantando, Carralero, mi equipo de trabajo, el periodista Jorge Albear, el laudista y la recepcionista, miraron llegar a un hombre vestido de guayabera y con sombrero, que rápidamente se posicionó en el supuesto escenario del salón.Supuse que era el otro poeta,hasta queél interrumpió y dijo con una tonada libre en do mayor:

                            En un grano de maíz

                            se forjó su vida entera

La voz del poeta retumbó en el eco de la sala, una voz fuerte, segura y afinada. Después del interludio musical repitió los dos primeros versos y continuó:

para dejar la cantera

de jóvenes al país.

Hizo una pequeña pausa donde recorrió con los ojos a los presentes y concluyó:

Del Caguairán su raíz

va creciendo a cada instante

y este país tan gigante

que le entregó el corazón

aclama con gran razón:

gloria eterna, Comandante. 

Una vez que el poeta iba por el verso ocho (“que le entregó el corazón”) repentinamente un sonido se apoderó de la sala, de la zona, de nosotros. El Himno Nacional cubano se escuchaba y no sabíamos de dónde venía. Carralero y el poeta se pararon en firme, automáticamente, y mandaron con un gesto fuerte al laudista a parar el instrumento. Nosotros nos paralizamos también, hasta que dejaron de sonar las notas del himno. Después de unos segundos de silencio volvió otro sonido a rebotar por las paredes de la biblioteca. Parecía que nos habíamos trasladado de pronto a un concierto de la Sinfónica Nacional de Cuba. Todos nos miramos sorprendidos y los poetas intentaron hacer una décima entre los dos, de despedida, pero a duras penas alcanzamos a oír lo que cantaban. Al terminar su décima, Carralero me presentó a Raúl Rondón, su compañero de escena. No dije nada, pero pensé: “vaya, se llama igual que el famoso tonadista, Raúl Rondón, El bardo camagüeyano”, pareja radiofónica del Jilguero de Cienfuegos en los años 70 y 80, según cuenta mi padre.

Nos abrazamos entre notas musicales. El sonido sinfónico era tan fuerte que era mejor salir a ver qué es lo que estaba  pasando. En la entrada de la biblioteca había en la calle unos 30 músicos de la Banda Municipal de Conciertos de Santiago de Cuba, tocando. Sorprendidos, comenzamos a hacer fotos. Definitivamente, hay cosas que solo se ven en Santiago.

***

Encontrar grupos de son, boleristas o cantautores es muy fácil en esta tierra tan musical, pero grupos de música campesina hay pocos. Eso me contó José Mendoza, metodólogo de música del Centro Provincial de Casas de Cultura y director de uno de los grupos santiagueros de música campesina. Mendoza cuenta con orgullo haber dirigido el grupo Trinchera Agraria, y compartido escenario con el reconocido músico cubano Eliades Ochoa, además de tocar por ocho años en el grupo Curujey, y ahora liderar el grupo Son del Batey.Asegura que hay muy pocos repentistas en Santiago, pero que existen, sobre todo en los municipios de los alrededores, como Segundo Frente o San Luis.En su grupo improvisó por varios años Osvaldo Carralero; ahora cuenta con dos intérpretes que dominan varias tonadas y son quienes mantienen viva la décima dentro del grupo.“Carralero estuvo trabajando con nosotros mientras existía la agrupación Curujey. En el 2006 dejamos de funcionar y ahí surge Son del Batey y retomamos otra vez a Carralero. Ya el poeta estaba un poco mayor y decidimos hacer las tonadas con nuestra cantante”. El metodólogo y director de orquesta asegura que la música campesina en Santiago está viva; sin embargo, el panorama que encontramos fue otro.

***

No podía despedirme de Santiago sin ver nuevamente a Rondón y a Carralero, y ellos estaban más contentos y ansiosos que yo, incluso, habían prometido avisarle a los otros repentistas que estaban en la zona. Mencionaron al Sinsonte Cobrero(Antonio Rpdríguez, Ñiquito, un poeta que vivía por El Cobre). Habíamos quedado para vernos en el centro de la ciudad, para conversar un poco y cantaralgunas décimas.

El encuentro fue hermoso, hacía mucho tiempo estos poetas repentistas no coincidían con sus homólogos. Después de un rato de espera, el Cobrero nunca llegó, y decidimos caminar en busca de un lugar tranquilo para poder cantar. Mientras desandábamos la calle Enramada, recordaba la popular avenida de Obispo en La Habana, con la diferencia de que en Santiago la gran mayoría de los transeúntes son cubanos.

Carralero y Rondón me llevaron a la Casa del Ron y allí Eligio Rodríguez desenvainó su instrumento y, sin esperar mucho tiempo, los versos empezaron a caer.Yo escuchaba y grababa, escuchaba y reía, escuchaba y me sentía feliz de haber encontrado a estos dos personajes.

Dijo Carralero con desenfado:

Levantemos la cultura

en la tierra santiaguera

llevando como bandera

que se mantenga su altura.

Con una base tan pura

de los improvisadores.

Dignos y merecedores

del verso culto y bien hecho,

llevando en su propio pecho

que no se pierdan valores.

Rondón deja que sueñe el laúd, esboza una sonrisa y tras la pausa instrumental dice:

Alex, junto a tus dos flores

has venido hasta Santiago…

Dejó que el instrumento insinuara unas notas, pero arrebató el sonido rápidamente, repitió los dos versos primeros y terminó la redondilla:

…y hoy te brindo un halago,

pues mantienes tus honores.

Volvió a esperar que el instrumento sonara, pensó por unos segundos y por fin cantó:

Cambiarás esos colores

en la décima cubana.

Hizo una pequeña pausa en el puente y continuó:

Y el futuro del mañana

en Santiago se verá

porque hasta aquí nos traerá

la vida más cotidiana.

Se sentía el aplauso tímido del cantinero, nuestro único público. Los poetas estuvieron cantando un buen rato y después recitaron décimas y pie forzados que querían que nos lleváramos grabados.Para terminar propusieron hacer unos piropos a las periodistas del equipo de trabajo de Oralitura Habana:Leidys Hernández y Vanessa Castro. Aplausos, abrazos y risas matizaron nuestro encuentro.    

***

Entonces… ¿qué pasa en Santiago de Cuba con el repentismo? La décima floreció en el occidente cubano.“Desde la segunda mitad del XVI comienza desde Canarias la emigración masiva, mediante grupos familiares. Esto permite habilitar las tierras de labor para el cultivo intenso y diverso(…) En esta diversificación agrícola tiene gran importancia el cultivo del tabaco, pero los latifundistas ganaderos hacen mucha presión para que dicho cultivo no se haga en tierras cercanas a la ciudad”. (Linares, María Teresa. El punto cubano, 1999).

En los alrededores de La Habana se asentaron los canarios, que trajeron a esta tierra la décima oral improvisada. Por esa razón prosperó con más fuerza en esta región y en menor medida en Santiago y el oriente en general. Una mención aparte merece Las Tunas,que tuvo en el siglo XIX la figura de El Cucalambé (poeta y decimista, no repentista), y en la que se realiza cada año uno de los eventos más importantes del repentismo en Cuba: la Jornada Cucalambeana, que ya tiene 52 ediciones.

De Santiago de Cuba fue el importante repentista Rafael García, conocido como el León de Madruga, tierra del occidente cubano en dónde se desarrolló como improvisador.También santiaguero es el mediático repentista Emiliano Sardiñas, actualmente residente en la capital cubana y del municipio Banes, Holguín es la Ciega Maravillosa, Tomasita Quiala.

En Santiago se realizan varios de los festivales más importantes del país, como el Festival del Caribe, la Fiesta del Fuego y el Festival de la Trova.En estos eventos hay muy poca presencia de repentistas. Tengo conocimiento de que también se realizan las fiestas campesinas del Platanal de Bartolo, en el municipio San Luis, adonde ha sido invitado en disímiles ocasionesEmiliano, el Poeta de la Mochila.

Hay que incidir más en estos eventos, nutrir más las fiestas campesinas con repentistas profesionales pero, sobre todo, aumentar la participación en espectáculos que no tengan nada que ver con la décima, lo que demuestra lo dúctil que puede ser y de esta forma  llegarle a un público nuevo y desconocedor del fenómeno del repentismo.

El abrazo de despedida con Osvaldo Carralero sabía a compromiso, a promesa, a esperanza. Irnos de Santiago significaba regresar y hacer posible el sueño de los pocos poetas de esa zona. Crear talleres de repentismo y acompañamiento musical, conferencias en torno al Punto Cubano, Patrimonio Inmaterial de la Humanidad, y espectáculos tradicionales y contemporáneos donde la décima oral improvisada esté presente. Ese es el reto.



VÍDEO:
REPENTISMO EN SANTIAGO DE CUBA.
DEL MITO A LA REALIDAD.
abr
03
Añadido por Alexis Díaz Pimienta el 3 abril 2019 a las 2:00 pm

La Habana. 10 de febrero.
Viento. Marejadas. Frío.
Aire envasado al vacío
Y con acento extranjero.
Aire del norte, viajero
Que llega sin pasaporte
Y pasa sin que le importe
Ni a inmigración ni a la aduana.
Es lo único que en La Habana
Llega sin líos del norte.

Me viene ahora a la cabeza
Una palabra: “enguatada”,
Palabra ya poco usada,
Tan poco como la pieza
Que representa. Tristeza
De camiseta interior
Con mangas largas. Calor
Me da de solo pensarla.
“Enguatada”. Por no usarla
me hice a la fuerza mayor.

Cuando hay un norte la gente
Cambia, actúa de otra forma.
El viento frío transforma
su carácter. De repente
La vieja sorda de enfrente
Lo oye todo a la primera.
El viejo con guayabera
Que no habla con nadie, canta.
Y actúa como una santa
La que ayer fue jinetera.

El vendedor de maní
Cambia el tono del pregón.
Y el chófer de un almendron
Cita, de pronto, a Martí.
El mar grita. Un colibrí
Va marcha atrás en el viento.
Un joven le da el asiento
A otra joven. Y una vieja
Está buscando pareja
Para “entrar en movimiento”.

Yo no. Yo no cambio. Estoy
Igual que ayer, escribiendo.
Viéndolo todo y fingiendo
Ser y estar ajeno. Hoy
Al desayuno le doy
Un toque de reportaje.
Qué cabizbajo el paisaje.
Qué gris comedia silente.
Tomo un café tan caliente
Que se me quema el lenguaje.

En el pan de la bodega
Unto aceite con preguntas
Que me llegan todas juntas
Y ni una respuesta llega.
Me gusta este pan. No juega
En la big league del pan
Pero me gusta. Dirán
Que es una patología,
Una extravagancia mía,
Un elogio al anti-pan.

Dirán que he sido abducido
Por un ser monosilábico.
Que mi paladar estrábico
Que mi lengua sin sentido,
Que pobre yo, que he venido
Con atrofia digestiva.
Que si el cambio de saliva,
Que si el cerebro lavado,
Que si el pan me ha sobornado,
Que, bueno… Mejor que escriba.

Nuestro “pan de la bodega”
Es un héroe cotidiano
A la vez héroe y villano,
Dios y Marx, alfa y omega.
Últimamente, “se pega”
En los programas de humor.
Metáfora del sabor.
Redondez rectangular.
Pandemonium familiar.
Miedo panificador.

“Al pan pan y al vino vino”,
Dice un refrán popular.
“¡Los Pan Pan van a tocar!”,
Grita de pronto un vecino
Buen bailador de casino
Con una enguatada puesta.
De pronto se arma una fiesta
Y todos bailan, qué raro.
Yo los miro y me declaro
Incapaz. Tremenda orquesta.

Tremenda coreografía
A la hora del desayuno.
Todos bailan y ninguno
Me mira. Ya lo intuía.
Saben que mi voz no es mía,
Qué soy un advenedizo.
Que tengo acento postizo.
Que finjo desayunar
Tan sólo para contar
Lo que veo sin permiso.

Los Pan Pan tocan. Yo escribo.
La gente baila. Yo bebo.
La gente puede. Yo debo.
Ellos viven. Yo no vivo.
Trampantojo paliativo.
Trampantojo matinal.
Trampantojo tropical.
Guiño de la lengua al ojo.
Qué palabra “trampantojo”.
Y yo, qué bien y qué mal.

Se me ha enfriado el café
y el pan se me ha puesto bueno.
“Por mirar el pan ajeno”,
Dice mi madre. Y lo sé.
Del “seremos como el Che”
Al “esta noche hago el pan”.
¿Y qué desayunarán
Los que ni música tienen?
Seguro que se entretienen
Pensando que leerán

Las décimas que Pimienta
Hace mientras desayuna.
No hay tanto frío. Ninguna
Persona se ha dado cuenta
De cómo se recalienta
Mi café, solo, en la taza.
O como el pan adelgaza
Sin que le de una mordida.
O cómo se nos olvida
La antigua palabra “hogaza”.

“Hogaza”, “harina”, “tahona”,
“levadura”, “pan”… Me pierdo.
Llega a mi olfato un recuerdo
Que la lengua me almidona.
Mi estómago no perdona
Este infortunio-fortuna.
Y mientras se desayuna
Un ejército de hormigas
Viene a recoger las migas
Pero no encuentra ninguna.



Alexis Díaz-Pimienta
Reparto Flores, La Habana, 
10 de febrero de 2019

abr
03
Añadido por Alexis Díaz Pimienta el 3 abril 2019 a las 1:53 pm



Las trampas del huso horario
son muchas. Y complicadas.
Divorcio con las almohadas,
ojeras como pan diario.
Un insomnio innecesario,
forzoso, de mala fe.
El reloj encoge el pie
largo y alarga el pequeño.
A las ocho tuve sueño
y las cinco desperté.

Pareces medio aburrido,
bostezando todo el día.
Tienes la mente vacía
y el cuerpo semidormido.
“Que volá” con un oído
y con el otro, “qué hacéis”.
Cara de sueño a las seis
y a las seis espabilado.
El vizconde demediado
de Calvino entrando al Face.

Cara de sueño a las seis
y a las seis ultradespierto.
El cerebro en tiempo muerto
y ojeras de color beis.
Ateo con agnusdéis,
zurdo sentado a la diestra.
Una situación siniestra
de bifurcación mental.
Jekyll and Hyde tropical.
“Yo, Jano”. Qué obra maestra.

Sin embargo, a mí “jet lag”
como palabra me encanta.
Me relaja la garganta
pronunciarla. Ando en zigzag
pero me salva el airbag
de mi propia obstinación.
Las nueve horas de avión
no ganarán la partida.
La parte del yo dormida
es sonámbula. Y su unión

con mi otra parte despierta
es perfecta, es envidiable.
La insomne deja que hable
la dormida. Tienen cierta
sincronía que concierta
voces, pausas, movimientos.
Algunos salen más lentos
(los de la parte sonámbula).
pero… mi parte noctámbula
es la mejor en los cuentos

mientras la parte despierta
es para la poesía.
Me encanta esta sincronía
de voz viva y lengua muerta.
El jet lag abre una puerta
que antes estaba cerrada.
Vuelves a la madrugada.
Al silencio. A los ronquidos
del vecino, a esos sonidos
que son todo y eran nada.

¿Descompensación horaria?
¿Síndrome transoceánico?
¿No será silencio orgánico,
paz interior necesaria?
No veo esta insomnia diaria
como un patrón patológico.
Me parece incluso lógico
este suave desgobierno
ya sea el reloj interno
o digital o analógico.

Me encantan las impresiones
que me provoca el jet lag.
Mi vida parece un gag
de cine en tres dimensiones.
Me gustan sus proporciones,
su dislocación profana.
Por lo menos en La Habana
aunque los demás adjuren,
yo no quiero que me curen
la “disritmia circadiana”.

¿Desequilibrio? No importa
Ya era un desequilibrado.
¿Fatiga? Hasta fatigado
hago versos, se soporta.
Además, el sol me aporta
dosis de melatonina
y el cariño es la insulina
que equilibra mi glicemia.
La Habana, incluso, me premia,
si el jet lag no se termina.

¿Disnomnia? ¿Deformación
de lo que espacio-temporal?
Si hago décimas, da igual.
Mientras haya inspiración
el jet es invitación
y el lag es un vicio sano.
Ciclo y ritmo circadiano
se tornan otro aliciente
para que tenga la mente
creando desde temprano.

Jet lag en mi vieja Habana.
Jet lag, tiempo trastocado.
¿Desayunar es pecado
a esta hora de “la mañana”?
Ya para mi parte hispana
tocan meriendas o almuerzos
Haré pequeños esfuerzos,
caprichos de rara avis.
Me tomaré un piscolabis,
Un tentempié de diez versos.

Buenos días, madrugada.
Buenas noches, mediodía.
La Habana está todavía
con la cabeza en la almohada.
No es hora de mi tostada.
No es hora de mi café.
Por la ventana se ve
Un cielo en dos dividido.
Hay medio Alexis dormido
y medio Alexis de pie.



Alexis Díaz-Pimienta,
Reparto Flores, La Habana,
11 de febrero de 2019
abr
03
Añadido por Alexis Díaz Pimienta el 3 abril 2019 a las 1:28 pm
para Pedro Poitevin y Sara


Buenos días desde Boston,

comienzo a desayunar

y advierto (para rimar)

que es en marzo, no en “agoston”,

porque las rimas en “-oston”

no existen en español.

Hay 1 grado. Hay poco sol.

Boston vuelve a recibirme

invernal, para decirme,

“Well, I hope you like it all”.

Me gusta Marblehead, sí.

Me gusta su olor a invierno.

Debe ser el sempiterno

Marco Polo que hay en mí.

Llegué anoche y ya preví

que el jet lag me despertara,

que el sol de pronto me echara

cálidos chorros de luz

sobre el insomnio andaluz

que se me quedó en la cara.

Estoy en Marblehead, solo.

En casa de Poitevin.

Regreso a Boston (por fin),

ciudad que medio controlo.

Voy a ver cómo extrapolo

experiencias anteriores

para interpretar sabores,

sonidos, textos, texturas.

Esto de las aventuras

tiene sus riesgos, señores.

Al estar en casa ajena

desayunar me acoquina.

No controlo esta cocina,

me habla en inglés la alacena.

Quedan restos de la cena

(queso, pan, salami, vino)

pero el pobre peregrino

tiene sus gastro-querencias,

culinarias apetencias

y Pedro no es adivino.

Veo mantequilla y pan.

La máquina del café.

Un termo para hacer té.

Frutas que hablan: “Eat me, man”.

¿Los cereales dónde están?,

me pregunto yo que en casa

ni los miro. Qué me pasa.

¿El síndrome del viajero

que a todo le pone un pero

por su obsesión antigrasa?

Pienso: “mientras desayune

voy a ponerme a escribir

mis crónicas y a decir

qué me aleja y qué me une

a Boston”. ¿Cronista impune?

¿O en lugar de ser cronista

el viajero repentista

sin pensarlo, sin ponerse,

está jugando a volverse

fotógrafo decimista?

Por fin, corto pan, lo unto

con mantequilla y rebano

un salami (no es tan sano,

pero ya está). Me pregunto

si el breakfast es un asunto

poético o no lo es.

Pienso en Prevert y después

en Audrey y en los diamantes.

“Ya no somos los de antes,

Audrey, ya nadie lo es”.

¿Desayunar sin diamantes

sin Audrey y sin Nueva York

me hace menos escritor,

entro al gremio de farsantes?

No lo sé. En estos instantes

un gato bajo la mesa

jura que no le interesa

el cine y me roza el pie.

¿El gato querrá café?

¿Y si Audrey Hepburn regresa?

Y en esto se escucha un ruido,

un metálico “tin-tin”.

Me asomo y es Poitevin

que ha vuelto a la casa. Ha ido

a la school en cometido

paternal, con sus pequeños.

Mis anfitriones son dueños

de una rutina envidiable

que me hace sentir culpable,

torpe interruptor de sueños.

Anoche cuando llegué

Pedro y yo madru-charlamos.

Qué tertulia improvisamos

entre el jet lag y el de pie.

Llamé a Lope. Le avisé

a Prevert y a los Machado.

Ginsberg posó disfrazado

de Lorca y Lorca de Sting

mientras Pedro Poitevin

era Pascal inspirado.

Matemática y poemas.

sonetos y logaritmos.

acentos, sílabas, ritmos,

hemistiquios, teoremas,

triangulaciones, esquemas,

dos más dos, uno por uno,

Borges, Lombardi, Unamuno,

“tenemos que terminar

porque se van a juntar

la cena y el desayuno”.

 Y a las dos de la mañana

nos despedimos, felices.

Vaya mezcla de raíces:

Guatemala con La Habana

en la noche bostoniana

hablando de poesía.

Yo me acosté y presentía

que Sir Jet Lag, el muy tonto,

iba a despertarme pronto,

a primera hora del día.

Y aquí estamos. Poitevin

recién llegado a mi mesa

y yo como el que confiesa

“mejor entre dos”, come in.

Vuelve Vallejo al festín

de la charla mañanera.

Boston no entiende siquiera

lo que Trilce significa

mientras Poitevin me explica

que vuelva a la carretera.

Y yo digo: ¡qué oportuno

que hayas vuelto!, ¡menos mal!

Por poco le pongo sal

Al café del desayuno.

Sonreímos. Hoy ninguno

tiene otro plan que charlar

de poesía y viajar

a Framinghang¡ por la tarde.

Vaya dialéctico alarde

de ambos al desayunar.

Y así termino esta crónica

bostoniana (la primera).

El pan desde la encimera

mi mira con risa irónica.

Siento lejos una armónica.

“¿Dylan me está saludando?”

Pienso en Frost mientras (h)ablando

el pan y revuelvo el té.

Boston, ¿qué tal se me ve

cuando estoy desayunando?

“Poesía y matemáticas”,

qué bien empieza mi gira.

De pronto, el gato me tira

miradas aristocráticas,

insinuaciones erráticas

de gato contrabandista.

¡Mejor que calle el cronista

el diálogo improvisado

entre un poeta rimado

y un gato versolibrista!

Alexis Díaz-Pimienta
26 de marzo de 2019

ago
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Añadido por Alexis Díaz Pimienta el 18 agosto 2018 a las 5:02 pm


Acabo se encontrar, en mi disco duro, el texto de presentación que escribió y leyó el mexicano Frino (músico, poeta, profesor) en diciembre de 2014 para presentar mi libro Teoría de la improvisación poética en México. Y me ha emocionado volver a leerlo. Espero que ustedes también lo disfruten.


por Frino 
El arte de la improvisación poética  —conocido entre los especialistas como “repentismo”—, se practica hoy a lo largo y lo ancho de América Latina bajo las más diversas formas. Ingrediente indispensable en muchas tradiciones musicales como las “topadas” del huapango arribeño, los “fandangos” jarochos o el punto cubano, el repentismo se sitúa a medio camino entre la poesía y el canto: sus versos no son literatura ni son canción por completo, aunque comparta elementos de ambos mundos. La improvisación poética es un arte oral, más para ser escuchado en vivo que para leerse, y se presenta como un performance efímero e irrepetible. Prestidigitación verbal, los repentistas no revelan nunca los secretos de su arte: por el contrario, a donde van, llevan consigo un halo de misterio y con frecuencia son vistos como seres tocados por un don divino. Un don que no se escoge, sino con el que se nace y que se ejerce así, desde el cotidiano acto del habla. Ante el sorprendido público, más que poetas, los repentistas son magos.

Según las estadísticas, una de cada trece personas en el mundo habla español.[1] En este contexto, el estudio de prácticas culturales como el repentismo no puede ser un asunto menor. Los versos improvisados representan un patrimonio cultural inmaterial que ofrecen materia de estudio no sólo para la etnomusicología o la linguística. Como bien apunta Guillermo Sheridan:

En las canciones, refranes, romances y estribillos se aprecia la fuerza de la lírica integral y genitora que un pueblo convierte en recurso cotidiano de su fe y de su trabajo, de su solaz y de su deseo, de su realidad y de sus sueños, la fuerza de sus percepciones y sus voliciones, la de su humor y su ternura, la de sus principios y sus prejuicios, la de su moral y sus apetitos.[2]

En este sentido, las culturas populares, y muy particularmente las vinculadas con el canto y la palabra, pueden convertirse en el ancla que los pueblos puedan hallar para no verse fácilmente arrastrados por la marea de la globalización. Las tradiciones arraigadas en el idioma proporcionan al hombre una manera de estar con conciencia en el mundo moderno, dotándole de identidad.

            Si algo comparten las distintas regiones del continente latinoamericano, eso es el idioma. Pero en el idioma residen también muchas de nuestras diferencias internas. “Me siento privilegiado de haber nacido en el castellano”, declaraba el recién fallecido poeta Juan Gelman. Porque la patria es la lengua: del Barrio Latino en Manhattan a las calles de Montevideo, el idioma español es un punto de contacto que permite construir y reelaborar las distintas identidades de “los latinoamericanos”. Payadores argentinos y uruguayos, copleros jarochos, poetas y juglares de la Sierra Gorda, repentistas cubanos y freestylers puertorriqueños o freestylers diseminados por el continente, todos pertenecen a tradiciones líricas que comparten el uso de la palabra y la improvisación como fundamento de sus prácticas musicales. Ya sea planteadas como continuidades o como rupturas, estas tradiciones forman parte de un diálogo que inició hace cinco siglos, cuando en nuestro suelo se arraigaron las prácticas líricas y musicales que llegaron con los conquistadores. Junto con los versos alejandrinos, los endecasílabos, las seguidillas, las silvas y las décimas espinelas, llegaron las arpas, las vihuelas y los violines que hoy sobreviven en nuestras músicas tradicionales. Tres siglos bastaron para incubar nuestras propias variantes del idioma. Al cabo de ese tiempo, a la manera de Calibán, hicimos del idioma la magia que nos permitió liberarnos. Vino entonces la emancipación política de los países latinoamericanos y el surgimiento de la corriente estética conocida como modernismo, y América comenzó a trazar su propio derrotero en cuestiones líricas: llegaron López Velarde, Rubén Darío, José Martí y Manuel Gutiérrez Nájera a levantar la voz del continente. Pero fue una voz que se alzó desde la tinta de los periódicos y los libros; la voz culta de la academia y el parnaso. Otra vertiente, menos académica, quedó resguardada en las prácticas musicales de la América recién emancipada. En los cantos campesinos, siguieron vivos los acentos de la lengua en los endecasílabos, las seguidillas, las décimas y los romances. Y entre esas prácticas, en las topadas, las payadas y los fandangos, quedó latente la práctica del repentismo. Sin embargo, después de la conformación de la América moderna, el repentismo fue para el mundo culto sólo objeto de estudio desde fuera, un arte exótico cultivado desde la barbarie del arte popular.

            Fue en diciembre de 1992 que, con el Festival de la Décima organizado en Las Palmas de Gran Canaria, comenzaría a reducirse la brecha entre ambos mundos. Aquel encuentro sería el detonante para que, seis años después, viera la luz la primera edición de “Teoría de la Improvisación Poética”: un libro nuevo en el pleno sentido de la palabra, diría el filólogo Maximiano Trapero. Porque aunque mucho se había escrito sobre las formas estróficas, casi nada se había escrito sobre el arte de la improvisación poética. Existía un hueco tremendo al respecto en los estudios del idioma. Sólo alguien que fuese a la vez practicante del repentismo e investigador tenaz podía encargarse de tal empresa. Ese alguien fue Alexis Díaz Pimienta. Nadie le encomendó la tarea, sino él mismo, en un esfuerzo por comprender su propia historia. Su vida entera, aún en los momentos del ron y el festejo, está volcada sobre la poesía. La mayoría de la gente mide el día por minutos, pero Pimienta no. Pimienta no puede ir a dormir si no ha cumplido con los 500 hexadecasílabos y los 240 endecasílabos que le exige su reloj interno. Él, igual que don Guillermo Velázquez, es un hombre del Siglo de Oro. Mide el mundo en versos.

            Cuarenta y siete años ha tomado a Alexis escribir este libro, es decir, toda su vida. Porque un libro no empieza a escribirse en el momento que se toma el lápiz o se prende la computadora con la decidida convicción de redactarlo. Un libro empieza a escribirse a partir de la experiencia, y la experiencia poética de Alexis inició antes de conocer la cuna. No es éste, por supuesto, su único libro: una decena de Chamaquilis (y otros tantos inéditos) circulan por América y Europa. Novelas, múltiples poemarios y hasta una versión del Quijote en verso se cuentan entre los frutos de este prolífico ciudadano del idioma. Pero “Teoría de la Improvisación Poética” es más que un libro, es la confesión del mago. Porque en este libro, Alexis revela los secretos de su arte. No es un acto de traición al gremio, sino un esfuerzo por reivindicar la oralidad. Las 863 páginas de este libro están encaminadas a hacer del repentismo una disciplina en servicio del crecimiento humano. Porque Alexis sabe que el verdadero protagonista en las topadas, las payadas y los fandangos no son los improvisadores, sino el idioma. Pero no el culterano idioma que bosteza en el diccionario, sino el idioma como palabra que un hombre pronuncia para que otro escuche y responda.

            En este sentido, quiero destacar la entraña rebelde y contestataria de “Teoría de la improvisación poética”. Con Rubén Mendieta y Paty Galván de ediciones Del Lirio, Alexis ha encontrado dos cómplices para armar su propia Sierra Maestra. ¿Qué otra cosa, si no una Revolución, puede significar un libro sobre versificación oral en los tiempos del Twitter y el Whatsapp? Practicar el verso cara a cara, voz a voz, es desafiar a la actual inercia tecnológica y ampliar nuestra capacidad de diálogo. Porque cada décima que se añade al repertorio es un argumento a favor del gran diálogo humano. No me refiero a la charla trivial, sino a ese diálogo que nos construye y sustenta lo que somos. “Ningún hombre es mejor que su conversación”, solía decir mi abuela. Hablemos pues, y escuchemos. 

La décima es tradición

es pasado y es presente

es futuro incandescente

es cerebro y corazón.

Es poema y es canción

es águila y colibrí

es lejanía, es aquí,

siglo veintiuno y dieciocho

es huapango y son jarocho

es Quevedo y Naborí.

Voz de nuestro continente

es porvenir, es memoria,

es proyecto y es historia

es una caricia urgente.

Antropología vigente

vieja posmodernidad

la décima es nuestra edad

es solsticio y luna llena

y estrofa que nos condena

a cantar en libertad.

La décima es nuestra voz

es Martí y Violeta Parra

es teponaztli, es guitarra,

violín, jarana y bongós.

Es el martillo y la oz

es realidad y utopía

poética plusvalía

es respuesta y es pregunta

y las décimas, todas juntas,

son nuestra autobiografía.

La décima es alfabeto

es afrenta y es halago

es la rebelión del mago

revelando su secreto.

Es adobe y es concreto

es calma chicha y tormenta

es oralidad e imprenta

fiesta de amigos cercanos

y un nuevo libro en las manos

de Alexis Díaz Pimienta

Frino

Museo del Estanquillo, México DF.

12 abril de 2014






[1] Según un informe del 2013 del Instituto Cervantes, hay 528 millones de hablantes de español, incluyendo hablantes con competencia limitada, o aprendices de la lengua.

[2] Guillermo Sheridan, Corpus de la antigua lírica popular hispánica (siglos XV a XVII). Homenaje a Margit Frenk. José Amezcua y Evodio Escalante, editores. Universidad Nacional Autónoma de México/ Universidad Autónoma Metropolitana, México, 1989. Pp.77