"Uno de los mejores narradores cubanos de la hora presente"
(Juan Bonilla)

Del Blog de Díaz-Pimienta

 

Hay un término acuñado por Samuel Taylor Goleridge que me gusta usar en demasía, pero, aun temiendo hacerme repetitivo, lo he de traer a colación ya que la ocasión (perdonen la cacofonía) lo amerita, hablo de esa voluntaria suspensión de la incredulidad cuando nos enfrentamos a un texto, a una obra teatral o a una película (entre otras cosas). El artífice de que esto suceda, de que el lector o el espectador, caigan en esta tela de araña, es el autor, el dramaturgo, el cineasta. Acabo de leer El Huracán Anónimo, novela del multifacético y poliédrico artista cubano  Alexis Díaz Pimienta (La Habana 1966); novela negra o de corte policiaco en la que, desde la primera página en la que se empieza a desarrollar la  extraña trama, la capacidad del autor, o sea, de Alexis, para enredarte en ella y que te creas de pe a pa todo lo que va aconteciendo, a la vez que empatizas y te pones en la piel de ese tan bien armado y escrito personaje que es Rolo Contreras, es admirable, es, sencillamente, magistral. Ningún cubano de pura cepa se tragaría, si se lo contaran, que algo así pueda o pudiera suceder en la Cuba del siglo XXI, diría: ¡Pero, asere, qué clase de paquete tú  me estás metiendo!, sin embargo,  Alexis lo logra, te sumerge de tal manera en la “peliculera”(según los propios personajes) historia, y logra convencerte haciendo lo imposible  posible; lo irreal real; haciéndolo auténtico y, si esto fuera poco: vívido. Nos enfrentamos a una narración acertada, sencilla, con su cuota de coloquialidad, de “cubaneo” que le da el punto de cocción exacto a este bien sazonado ajiaco, y, de postre, el autor nos ofrece una descripción hipnótica de la vida habanera. Porque El Huracán Anónimo  es, además, un retrato exhaustivo de la sociedad cubana. Pero si la capacidad del autor para suspender la incredulidad es de primera, el trabajo que hay detrás de todo esto para lograrlo lo es aún más, porque la labor de investigación que ha tenido que hacer Díaz Pimienta para escribir este libro es abrumadora y mastodóntica. Para decirlo de manera coloquial yo también: hay mucho, pero mucho curro en la escritura de esta obra.

El Huracán Anónimo no es sólo una novela de género, es una novela NOVELA con todas las de la ley: inteligentemente estructurada y sumamente entretenida. Y, aunque podamos clasificarla dentro del género negro, como ya he dicho, es una novela diferente, fresca, dinámica, con grandes dosis de humor, que pone sobre el tapete ingentes temas y hasta se parodia a sí misma. Yo diría que, si tenemos en cuenta algunos acontecimientos recientes en la isla, es, hasta cierto punto, profética.

Alexis se ha convertido en un narrador cubano contemporáneo imprescindible;  camina mano a mano y codo con codo con otros grandes de la talla de Leonardo Padura, Pedro Juan Gutiérrez, Aristides Vega o Wendy Guerra, por sólo citar unos pocos ejemplos. Nada tiene que envidiar Alexis, tampoco, a los grandes de la novela negra cubana: digamos a un Luis Rogelio Nogueras o a un Daniel Chavarría (este último nacido uruguayo pero cubano por adopción).

Os recomiendo, amigos míos, sin duda alguna, la lectura de esta maravillosa novela cubana. Y si usted es amante de lo policiaco no se va arrepentir; y si usted es amante de la crónica social no se va a arrepentir; y si usted es amante de la meteorología no se va a arrepentir; y si  usted, sencillamente, es amante de la buena lectura y de la buena literatura, créame, no se va a arrepentir. 

Y ahora acabaré con otra frase de la que abuso muchísimo también y que nos viene como anillo al dedo. Decía Aristóteles en su Poética: ““Una imposibilidad probable es preferible a una posibilidad improbable”. Alexis Diaz Pimienta nos sirve un suculento ajiaco cubano con todas su viandas haciendo probable una imposibilidad. Queda dicho.


 Ovidio Moré, 16 de Agosto 2021


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OVIDIO MORÉ (Matanzas, Cuba, 1966). Artista plástico y escritor. Su obra se enmarca dentro de las disciplinas del dibujo y la ilustración. Durante los años 2015 y 2016 ilustró la portada de la revista literaria online Ultraversal y, desde el año 2009, mantiene un blog sobre temas artísticos donde publica sus relatos, sus poemas y su dibujos, además de hacer reseñas sobre artes plásticas y sobre literatura. La revista Arique, en su boletín de poesía hispanoamericana VERSO A VERSO, le dedicó el número 8 en el año 2007, dando a conocer parte de su poemario  Nocturno con alevosía. Recientemente la revista Artepoli ha publicado su artículo  La fabulación pintada: un acercamiento a la obra de Ana Novella. Ha participado en la exposición colectiva multidisiplinar El sentimiento de la Urgencia, en Calaf, Barcelona. Su obra se sirve del surrealismo para vertebrar una metáfora visual en la  que aborda temas como el del individuo ente sus circunstancias, las relaciones de la pareja, el desarraigo, la memoria, la emocionalidad, etc. Al igual que en un poema utiliza la repetición de elementos como si de una anáfora se tratara, para, dee esta manera, reforzar esa imagen poética y simbólica que intentade transmitir. Su impronta bebe del barroco en muchos casos, ya que llena el cuadro de arabescos, pero no por vacua ornamentación sino para remarcar contrastes y crear texturas afines al mensaje.

 

por Luisma Pérez Martín




La Operación Peter Pan fue una maniobra coordinada entre el Gobierno de los Estados Unidos (CIA mediante, cómo no), la Iglesia católica y los cubanos exiliados de su país tras el triunfo castrista. En dicha operación, entre el 26 de diciembre de 1960 y el 23 de octubre de 1962, más de 14.000 niños fueron trasladados de Cuba a Estados Unidos, solos y lejos de sus familias, por el temor de sus padres a la ideología comunista del nuevo gobierno cubano revolucionario. Sirva esta pequeña entrada de aclaración contextual, de marco para entender mejor “El crimen perfecto de Pedrito Mendrugo” (Siglo XXI Editores, 2014), premiada en México con el  importante Premio Internacional de Narrativa UNAM-COLSIN-SIGLO XXI (2013). 


Es en uno de los campamentos habilitados para esos niños cubanos, Camp Matecumbe, donde encontramos a los protagonistas de esta historia: chiquillos pequeños, vástagos de familias acomodadas durante el régimen de Batista que, sin saber cómo ni por qué, han sido separados de todo cuanto aman y conducidos allí, lejos del “Barbudo Comeniños” que tanto asusta a sus padres.


Pero los niños, pese a sus circunstancias, pese a los adultos, pese a sí mismos incluso, no dejan de ser niños. Y de eso precisamente, del durísimo trabajo de estos pequeños para aferrarse a su infancia, nos habla Alexis Díaz-Pimienta (La Habana, 1966) en esta maravillosa novela.


Pedrito Mendrugo (alias Esteban Estrada, alias Estebita, alias Peter Pan), el Artista, Tingo Talango, Cari Wendy, el Completo, Vitiligo, … son los principales protagonistas de esta regresión a la inocencia, a la fantasía, a los terrores infantiles, a la nostalgia, a las ganas de vivir, a la insubordinación frente a las normas incomprensibles de los adultos. Solos, desorientados, confusos, todos ellos tratarán de arroparse mutuamente frente a las innumerables amenazas que los rodean en un entorno manifiestamente hostil: las monjas, los Grandes, los reglamentos, la ausencia de sus padres, la lejanía de su país natal, la soledad, la tristeza infinita…


Alexis Díaz-Pimienta bucea con una sutileza y una ternura al alcance de muy pocos en los múltiples prismas de la infancia. La búsqueda (o la asunción) de la identidad propia frente a los otros es el hilo conductor de una historia con infinidad de lecturas y sublecturas, una historia que huye del maniqueísmo, que ahonda en la fragilidad del ser humano, en el miedo atroz a la soledad y al desarraigo, todo ello además aderezado con un extraordinario sentido del humor que consigue que pasemos en apenas unos renglones de los pasajes más terribles de Oliver Twist a los momentos más desternillantes de Guillermo Brown (y viceversa) congelándonos a cada momento tanto la risa como las lágrimas.


Y por si todo esto fuera poco, Diaz-Pimienta, además, tiene tiempo de retratar, utilizando para ello los ojos (¿completamente inocentes?) de los pequeños, el racismo, el clasismo, la represión, el exilio, la pederastia, los abusos de poder, … todas las lacras, en resumen, que hacen de los adultos los monstruos que podemos llegar a ser en la mayoría de los casos.


“El crimen perfecto de Pedrito Mendrugo” es una delicia desde la primera página hasta el extraordinario epílogo (si alguno de ustedes consigue no conmoverse acuda inmediatamente al psicólogo más cercano), una (otra más) obra maestra de Alexis Díaz-Pimienta que funciona con la precisión de un delicadísimo reloj suizo. 


Si después de saber todo esto aún dudan si deben seguir en su diáspora a Pedrito Mendrugo, a Tingo Talango, al Artista, a Cari Wendy y a todos los demás, si aún no están convencidos de si deben leer la novela o no, tengan en cuenta que, como dice Benedetti, “la infancia a veces es un paraíso perdido, pero otras veces es un infierno de mierda”. Denles la mano a esos pequeños. Acompáñenlos.

 

por Luis María Pérez Martín



Admiro profundamente a Alexis Díaz-Pimienta (La Habana, 1966) desde hace varios años, cuando tuve conocimiento de su existencia (como tantos) gracias a un vídeo en el que improvisaba junto a Jorge Drexler en uno de sus conciertos. Comencé a investigar por internet quién era aquel tipo capaz de eclipsar sobre un escenario, a fuerza de décimas improvisadas, nada menos que a un animal escénico como es Drexler y así descubrí el repentismo y las controversias, y comprendí, después de agotarme los ojos y los oídos estudiando todos los vídeos que caían en mis manos, que Diaz-Pimienta venía a ser Dios en lo que a improvisación poética se refiere.

Absolutamente fascinado, me interesé por conocer su poesía escrita y me agencié, tanto digitalmente como en papel, todo el material que pude encontrar. Esta vez comprendí que Díaz Pimienta tenía un lugar preferencial entre los más grandes poetas en lengua castellana de todos los tiempos  y, por supuesto, lo tendría también, y para siempre ya, en mi imaginario particular, junto a Lorca, Blas de Otero, Miguel Hernández, Roberto Juarroz, Benedetti y tantos otros monstruos de la poesía.

Pero lo que yo no sabía es que Alexis Díaz-Pimienta también es novelista.

Jano (Scripta Manent, 2021) cayó en mis manos hace unos pocos días, y la comencé con el entusiasmo recién estrenado de haber podido conocer esa misma noche en persona (por fin) a Alexis Díaz-Pimienta, pero con la inconfesable (perdona mi falta de fe, Alexis) convicción de que nada que escribiera en prosa podría igualar su inimaginable calidad poética.

No podía estar más equivocado. Apenas comenzado el libro, me saltó a la cara una de esas frases que se quedan en la memoria literaria y emocional de uno, sin saber muy bien por qué, para toda la vida: “Amar los ojos de Zuliesky es una religión para Alcibíades”. Así de sencillo: “Amar los ojos de Zuliesky es una religión para Alcibíades”. Y ya no pude ni podré parar.

Nada diré del argumento de la novela, mejor es que lo descubran por ustedes mismos, pero sí les contaré que Jano es un puzle delicioso, una historia de amor a tres (o más, o menos, quién sabe) bandas, un recorrido por las profundidades del alma humana durante cuyo trayecto Díaz-Pimienta desnuda a los protagonistas, se desnuda a sí mismo como narrador omnisciente y nos desnuda a nosotros, los lectores, frente a nuestros prejuicios y nuestras miserias.

Y así, en cueros, acompañamos a Roberto, a Emilio, a Pilar, a Carmeta, a Alcibíades, a Zuliesky, a través de los años y de las ciudades (La Habana, Cádiz, San Feliú de Llobregat), a través de sí mismos y a través de los ojos con que los demás los ven.

Les confesaré que leer por primera vez una novela de Alexis Díaz-Pimienta ha supuesto para mí exactamente la misma sensación (que ya creía perdida) de leer por primera vez, hace tantos años, a Saramago, a Terenci Moix, a Cortázar o a Millás. Y al igual que aquellas primeras veces con ellos, esta primera vez con Alexis ha supuesto un enamoramiento absoluto, irremediable e inmediato de su manera de escribir (prosa). 

Sé que releeré fragmentos de Jano infinidad de veces hasta saberlos de memoria. De hecho, ya lo he hecho con algunos de ellos (por ejemplo el maravilloso momento en que Róber-Roberto-Robertico-Jano hunde las manos en el charco de líquido amniótico de la madre de Emilio), regodeándome únicamente en la lectura, olvidando la trama, disfrutando sólo (cuánto tiempo hacía) de la escritura por la escritura.

Tanto es así que aún no sé si me ha gustado más el fondo o la forma, la falta de pudor y la sutileza extrema con que Díaz-Pimienta aborda temas delicadísimos o simplemente el fluir de la prosa, la naturalidad de los diálogos, la poesía implícita en cada párrafo. 

Sé que dentro de muchos años seguiré reflexionando sobre los personajes y sus actos. Y lo mejor de todo es que podré hablar sobre ello con el propio Alexis, porque puedo decir con infinito orgullo que, además de ser un genio inabarcable de la literatura, Alexis Díaz-Pimienta es mi amigo.

Continuaría escribiendo sobre “Jano” páginas y más páginas, pero mejor, mucho mejor, como les decía antes, es que ustedes mismos la lean y se enamoren. Porque recuerden: “Amar los ojos de Zuliesky es una religión para Alcibíades”.

 Luis María Pérez Martín, 2 de julio 2021


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Título: Jano

Autor: Alexis Díaz Pimienta

Editorial: Scripta Manent Ediciones (España)

Formato: Impreso con solapas / Ebook

Año: 2021

Pags.: 407

 

Por Consuelo Posada (Universidad de Antioquia).

 


Sangre, la nueva novela del escritor cubano Alexis Díaz Pimienta (La Habana, 1996) presenta un párrafo inicial que funciona como epígrafe y parece inscribirse en un capítulo de la historia reciente de España, con las cifras de las mujeres víctimas de violencia familiar.  Y este epígrafe es un llamado a integrar la ficción de la novela en la realidad española; es decir, a mirar los episodios de ficción que trae la obra como una parte de la vida de la España de  los últimos años. Las cifras exactas de 1.028  mujeres asesinadas desde el año 2003 hasta el 2019, se convierten en una estadística que reafirma el sentido de una denuncia, esta vez hecha desde la literatura.  

Esta ilusión de verdad se perfecciona con la referencia a una geografía específica. Se cita a Sevilla, como el espacio donde suceden las historias de la novela y los detalles de la obra refuerzan la cercanía entre la Sevilla literaria y la ciudad real.  El texto se detiene  en la Semana Santa sevillana, en los vestuarios de esos días santos, las comidas, las procesiones, colorido de los desfiles. Y además, aparecen imágenes del Festival de cine europeo en Sevilla,  del río Guadalquivir, de Triana, la judería y el barrio de Santa Cruz. En Sangre los lugares que visitan los personajes tienen nombre propio y algunos de los letreros con el alarmante e misterioso “Ayúdame” aparecen en cafeterías y sitios tan identificables como la plaza de la Encarnación.  Hay muchas referencias  a la ciudad:   los personajes van en bicicleta por una Sevilla casi peatonal, pequeña e ideal para moverse así. Es decir,  el autor crea una relación afectiva entre los personajes (y los lectores) y la capital andaluza.

El esqueleto de la obra se hace visible como una estructura pensada y armada de manera coherente: las historias individuales de varias mujeres asesinadas por sus parejas afectiva. Pero todas se llaman María y la obra muestra sus muertes en orden cronológico, desde la María número uno, hasta la  María X, que parece reunir a todas Marías posibles.  

Y el narrador (¿la narradora?) nos presenta  a cada mujer asesinada para contarnos datos clave: su edad, algunos detalles de su vida en pareja, si había o no denunciado los maltratos, cuántos niños quedarán huérfanos con su muerte y, ante todo, cómo fue su muerte, cuál fue el arma usada por el asesino (un cuchillo de cocina, unas tijeras de cocina, un cúter, una escopeta), además de dar algunos datos menores del asesino: nombre, edad, circunstancias menores: detalles que engrandecen el peligro, al sensación de miedo o rabia.  

Pero vamos por partes. Antes de escuchar las historias de las Marías asesinadas, una María en singular se asoma al lector, en el puro comienzo de la novela, sentada en el baño de un bar, y allí, colgando en el extremo del papel higiénico, encuentra el primer letrero con el mensaje “Ayúdame”, pintado con letras rojas. 

También se llama María este  personaje principal que funciona como hilo conductor de las historias. Ella es quien  encuentra los recortes de papel higiénico en los baños que visita, con el repetido e inquietante letrero que pide ayuda  y los va reúne y se hace preguntas y trata de buscar apoyo en la policía. Porque ella, María de la Concepción Cava Robledo, es profesora del Conservatorio Superior de música Manuel Castillo, de Sevilla, no es policía, y poco a poco se va convirtiendo en el personaje femenino central, con más carne literaria de toda la novela.

Además, a esta María le molestan los militares, todos. Guardias civiles, policías locales, policías nacionales, oficiales del ejército, soldados rasos, hasta los jóvenes que iban a la mili: no puede evitarlo, odia los uniformes. Ella es la conciencia femenina de la obra y de ella sabemos, además, que tiene una relación de pareja libre, sin matrimonio y sin convivencia con un tal Rodolfo, a quien llama Rodólgrafo, y que con él vive una relación sin reglas, pero plena de colorido, risas, sexo en colores y acordes perfectos.

La  primera María víctima es una joven y bella, mujer de 25 años, maltratada por su marido de 50, que fue encontrada muerta con diez puñaladas, “una por años de matrimonio“, según una vecina. Otra María tres apareció, sonriente, en una página de Facebook. Su marido le hizo la foto y después la mató, con un cuchillo de cocina, de treinta heridas mientras sus amigos de Facebook le daban treinta likes a su foto de perfil, sincronizados, sin saberlo, con las puñaladas que ella iba recibiendo. Y así, en cada historia encontramos ornamentos que buscan una sonrisa del lector: sus amigos de Facebook cuando supieron la noticia por la tele no podían creerlo. Alguien escribió en su muro: “vamos, María di que no, dime que no es verdad”, pero María “seguía sonriendo en la foto, feliz, como si ella tampoco se creyeran su muerte”. Otra María era madre de dos pequeños, “dos niños que pasaron de hijos a huérfanos así, sin más, sin darse cuenta del cambio de status”. En la descripción de su cadáver, el rostro  aparece con varios golpes en la cabeza y en el cuello, provocados, según la autopsia, “con un objeto romo”. Y entonces, como parte del mismo juego que propone el narrador, se nos explica que la madre de María no sabía que existían los objetos romos, que su hija conocía Roma, la capital de Italia, desde que era niña, pero un objeto romo, no.  Otra María, la número ocho, es una mujer latina de 39 años “muerta por arma blanca por su marido de 55”, una colombiana que había huido de la violencia de su país y había llegado a la tranquila y vieja Europa, feliz en Estepueblo, donde alababa el buen vino, el buen jamón y las tortillas. Y la María número once fue asesinada de dos tiros de escopeta. La escopeta  era legal, él era cazador y tenía licencia para portar armas. Y la María dieciséis había cumplido 84 años cuatro días antes de ser degollada por su marido, un abuelo de 88. Ella tenía Alzheimer y otras dolencias. Él tenía depresión y diez o doce enfermedades más;  él, además, mucha ira acumulada (con Dios y con la vida y con el mundo) y un cuchillo jamonero. Entonces, degolló a su María y después se lanzó por el balcón y murió en el acto. Todo esto “en una secuencia perfecta”, agrega el narrador. Hago este apretado recorrido (cuidándome del spoiler), porque quiero mostrar cómo en cada momento de la historia, hay una dosis “de Pimienta” que hace soportable la narración. 

Y después de una de las tantas muertes, con la noticia aún fresquísima, un bar  se llena de preguntas, comentarios, frases sueltas sobre la nueva María muerta y el narrador recoge todas las expresiones, trae todas las voces y el texto se vuelve puro presente. Porque el relato se queda quieto y oímos, como en una obra de teatro la pluralidad de voces: ¿viste lo de María? ¿Quien es María?, ¿qué María?, ¡no me digas¡, ¡no me jodas!, ¿María?, pero si yo la vi hace dos días en el Carrefour, pobrecita mi niña” ¿y se sabe quién fue?, ¿el marido? ¿el ex?, pobre chica, yo la recuerdo bien, la gordita, la morena… Y el conjunto progresivo de preguntas y respuestas y ocurrencias genera desde amargas sonrisas o pequeñas o grandes  carcajadas.
Mientras tanto nuestra María encuentra un nuevo papel en el que alguien pide auxilio, escrito en un pedazo de papel higiénico y se pregunta si el nuevo aviso es una broma de mal gusto, o hay verdaderamente una mujer en peligro

En una anterior reseña sobre la obra de Alexis Díaz-Pimienta (El huracán Anónimo, Scripta Manent Ediciones, 2019), alabé la fascinación que en sus textos producen los juegos de palabras. Y conectaba esta destreza con las dotes que el autor ha mostrado en el manejo de la oralidad versificada. Quienes conocen su improvisación se asombran de tanta habilidad para inventar, a la velocidad de los aplausos, versos rimados que responden oportunamente al tema sobre el que está improvisando. Pues cuando en esta nueva novela leía los arabescos que le van saliendo a cada frase y la manera en la que Díaz-Pimienta juega con las palabras y arma una retahíla maravillosa, o desbarata un párrafo y lo vuelve a rearmar jugando con el orden y el desorden de las frases, recordaba que hay un  juego similar que hacen los improvisadores cubanos más especializados, cuando se arriesgan a desordenar una décima, creando variantes nuevas con los mismos versos. Este goce con las palabras nos hace sonreír aún en los momentos más densos de la historia y aparece como un despropósito que se pueda hablar de lenguaje juguetón que busca la sonrisa del lector, cuando estamos frente a imágenes tan duras de la muerte.

Aquí, entonces, es obligatorio recordar la levedad propuesta como una virtud necesaria en la literatura, para contrarrestar la pesadez de una historia o de un tema. Hablo de la propuesta de Italo Calvino en Seis propuestas para el próximo milenio, la obra que recoge las seis conferencias que el autor debía dictar en la universidad de Harvard  en 1986. La levedad le sirve a todo escritor para contrarrestar la pesadez, la inercia y la opacidad del mundo. Calvino muestra, con ejemplos de La metamorfosis de Ovidio, pasajes de la relación entre Perseo y la medusa. Después de uno de los combates triunfantes contra la medusa Perseo  necesita posar por un momento la cabeza del monstruo.  Y entonces, Ovidio explica en versos de extraordinaria belleza “cuánta delicadeza se necesita para ser un Perseo, vencedor de monstruos. La manera como Perseo cubre el suelo con una capa de hojas y extiende encima unas ramitas nacidas bajo el agua, y en ellas posa, boca abajo, la cabeza de la medusa”. Para Italo Calvino se trata de un gesto de refrescante gentileza hacia ese ser monstruoso y aterrador, que de alguna manera es también deteriorable y frágil. Este cuadro se cierra con un pequeño milagro: cuando las ramitas marinas hacen contacto con la medusa, se transforman en corales y entonces aparecen las ninfas que acercan otras ramitas y algas a la terrible cabeza. La conclusión es entonces que en este encuentro de imágenes de levedad,  “la sutil gracia del coral roza la ferocidad de las gorgonas”.

En la narrativa de Alexis Díaz-Pimienta reaparecen ejemplos de levedad que surgen del uso de formas inesperadas del lenguaje, de los juegos de palabras o de las imágenes de abierta comicidad. Y en esta novela es claro el efecto refrescante del humor para suavizar la pesadez del tema.  Aquí, desde el comienzo de la historia, la de una mujer “con el culo al aire” porque en un baño público no se atreve a apoyar completamente las nalgas resulta una imagen risible porque, además, debe mover las manos como si estuviera mandando adioses, o accionar con los dos brazos al aire, para  hacerse visible delante del radar que apagará las luces si no hay señales de movimiento. Y esta imagen sucede unos segundos antes de que la mujer encuentre el pedazo de papel higiénico con el mensaje, “Ayúdame”.
También aquí los detalles divierten, hay pasajes graciosos que resultan bien acomodados, pese al fondo y al trasfondo (asesinatos en serie de mujeres jóvenes o mayores, todas con un contexto de vida traído por el autor para que sirva de marco de horror a la tragedia).  Entonces, aunque el tema es duro, el discurso logra suavizar la dureza, con la gracia del narrador que elabora tal jugueteo con las  palabras y ayuda al lector  a alivianar  la lectura de momentos sórdidos. 

Más allá del acierto en el esquema narrativo y en la organización de las historias, la gran hazaña de esta novela está en el discurso, como se llama en literatura a la organización de la forma, de  la manera de contar. Quiero decir que el atractivo no es la truculencia del tema, ni el pretexto del letrero con pintalabios rojos que aparece en el último pedazo de cada rollo de papel higiénico. No. Es la perorata del escritor, su juego con el estiramiento de las frases, con el recuento alargado, alargadísimo del momento.

Vuelvo al episodio inicial, el que abre la historia, cuando la primera María descubre el primer aviso con el primer letrero en el que otra María que pide auxilio. Este descubrimiento está antecedido por un minucioso recuento de los detalles de la mujer casi sentada, dispuesta a orinar. Y aquí aparece la primera situación de relativa comicidad, una mujer meando que, como no puede sentarse por precaución higiénica, se sostiene con las piernas abiertas y el culo al aire, mientras agita los brazos “por si la tonta de la bombilla no la ha visto”. Pero el lector aún no sabe qué es aquello asombroso que ha visto la mujer en el papel y el autor logra mantener la intriga, porque cuando María quiere verificarlo, en se justo instante “la cabrona de la luz se apaga”. Y el lector deberá esperar mucho más para enterarse:  el desespero del personaje, sus muecas, sus adioses falsos a para hacerse notar por los sensores de la luz. Y solo al final de este recuento detallado nos enteramos del contenido del mensaje que el personaje había visto: la palabra “ayúdame”.

En resumen, Sangre, de Alexis Díaz-Pimienta, es una novela corta que se hace más corta gracias a su depuradísima técnica narrativa y al dinamismo con que se cuenta la historia. Una de esas novelas que se leen, literalmente, de una sentada. Incluso, orinando.


Ficha técnica
Título: Sangre
Autor: Alexis Díaz-Pimienta
Editorial: Scripta Manent Ediciones
Año: 2021
Páginas: 200

En abril de 2021 saldrá a la luz en Italia mi novela Prisionero del agua, en la editorial Besa, de Milán, con excelente traducción de Barbara Bertoni y prólogo del escritor Carlos Pintado, poeta y narrador también cubano residente en Estados Unidos. Me alegra compartir con los lectores de mi blog su hermoso prólogo a esta edición.



Por Carlos Pintado

 

 

Había miedo, pero también la sensación de haber leído una obra maestra… Y el miedo soplaba, rezumaba, abrazaba como un amigo, hablaba como un personaje entrañable; el miedo en todas las formas posibles: el miedo hecho tierra (¿isla?), agua, aire, el miedo hecho memoria, el miedo hecho amor, el miedo hecho sexo, el miedo hecho miedo.

Si comienzo hablando de miedo es porque, en esta novela -en la que flotan cuatro grandes (y complejísimos) personajes protagónicos (Pepe Gibara, Gustavo Enríquez, Lorenzo al Cubo y Enildo Niebla)-, el miedo se convierte en ese otro quinto personaje que se escurre entre ellos, fantasmal y terrible, jugándoles el destino como si de trágicos héroes modernos se tratase, moviendo borgeanamente al Dios (al autor en este caso) que moverá al jugador (los personajes, claro) para que éstos muevan las piezas (nosotros, los lectores) en un prodigio de narración y velocidad alucinantes.

Porque, a no dudarlo, podemos imaginar Prisionero del agua como una Odisea actual: cada personaje -incluso los secundarios- huyen o persiguen algo, mitifican un lugar, un país –Cuba, USA, para ser exactos– que deberán perder o ganar más tarde o más temprano, o negar como esos paraísos imposibles que solo se consiguen en la literatura, en la buena literatura, como lo es ésta. Cada barrio –El Diezmero, Luyanó, etc.– es el sueño de la ciudad produciendo monstruos, sus monstruos, tocados por la belleza y el sueño, imantados a la palabra, ese redil sagrado que tan fácil se le da a Alexis Diaz Pimienta. Y entre todos ellos está ese prodigio de personaje faro que es Enildo Niebla, asmático, descendiente de mártires, memorioso como Funes, todo un Casanova cubano prisionero de nada y de todo, arrastrado y arrastrándose por amor, ardiendo en esa llama humana e interminable que se llama Yindra, especie de diosa tropical y femme fatal, una suerte de Cecilia Valdés moderna, pero mucho más compleja y sensual, mucho más despierta y viva, que la del buen Cirilo.

Leo página tras página de esta pageturner caribeña aunque quizás leer no sea el verbo preciso; más que leer, braceo con felicidad porque al igual que El Viejo y el Mar, La Vida de Pi o Mobydick, ésta es, también, una gran novela de mar (no deja de parecerme raro que, en una isla tan pródiga en historias y en mar como lo es Cuba, naturalmente, no abunden las grandes novelas de éste tipo) e al igual que ellas, éste es un mar que simboliza un fatum inextricable, epopéyico; el mar también como una circunstancia por todas partes, bendición-maldición a ratos.

Pero Prisionero pronto toma distancia de todo y agrega otra extraña delicia a la narración: si bien algunas novelas donde el mar interviene, tienden a olvidar deliberadamente el pasado de sus protagonistas en tierra firme, priorizando quizás las futuras aventuras, en esta el escritor nos bifurca la historia (en flashbacks o diálogos y narraciones telescópicas e inicia algo casi insólito: nos reconstruye no solo el pasado de Enildo Niebla, su gran e indiscutible protagonista, sino también la historia de su madre, padre, su abuela, sus abuelos, y de sus amigos y de los padres de sus amigos, insertando en la ficción una casi novela histórica en lo que nos maravilla la reconstrucción del detalle (el demiurgo Pimienta es un envidiable constructor de detalles) erigiendo la historia como una catedral. O puede que tal vez no sea una novela histórica pero sí de historia, o una novela de personajes que protagonizan o ficcionan momentos históricos.  Pericia narrativa o narración sinérgica, ficción que trasluce realidad, levísima y genial línea en donde no sabremos -como esa línea en la que agua y cielo se confunden – dónde termina la realidad, dónde comienza la ficción.

                                       II

Novela felizmente inclasificable como son las buenas novelas que se resisten a toda etiqueta, no dejo de cuestionarme si es una novela sobre la amistad o la construcción de la amistad, o sobre la nostalgia o el amor o sobre esos irrepetibles momentos en los que tenemos que decidir en qué cuerpo o ciudad o barrio vamos a salvarnos.

O es acaso una novela sobre la memoria, la real o inventada, o la salvación de una memoria.

“La memoria es un don”. Dice el narrador en una de sus páginas como si estuviera escuchando mi cuestionamiento. Y se me ocurre que algo en la novela, en su técnica, en su desplazamiento temático-temporal tiene esos ensalzados recovecos narrativos que engendra la Memoria y que, de un centelleo, pudieran aniquilar esa otra ficción creada por lo humanos llamada tiempo. Cuándo el autor nos lanza a ese regreso al pasado que fueron los duros años 80, con la crisis del Mariel, o la infancia de ese niño-personaje que pasó seis meses sin nombre o nos vuelve al futuro (acaso presente) en donde otro personaje más, igual de memorable, envidiablemente construido, intenta nadar (aunque más que nadar, traga agua; más que nadar, agoniza; más que hundirse, nos hunde a nosotros con él).

¿No es esto la confirmación de un autor que sabe contar su historia de la mejor manera posible? Pienso que sí.

                                               III

“El agua es una cosa viva, que se asusta si los demás se asustan”. También esta novela es una cosa viva; también se asusta si quienes la leemos nos asustamos. Y el autor lo sabe. Novela de grandes tragedias personales, elucubrados conflictos, novela realista, hiperreal, novela de pérdidas y encuentros, de geniales pasajes poéticos con bellísimos homenajes a otros autores y obras, novela redonda y luminosa, musical, una novela orfeón, escrita con pulso de oro. Y también una novela humanísima en la que cada acción o decisión de un personaje va a cambiarle el mundo o la vida a otro. ¿Hasta qué punto está uno dispuesto a arriesgarlo todo por amor? ¿Hasta dónde una fiesta de santos –con un banquete que quizás supere al festín de Babette de Isak Dinesen– pueda revelarnos, por un instante, el pasado, el presente y el futuro de algún personaje? 

 

                                               IV


Había mucho amor también, y la sensación de leer esta gran novela como si acercásemos nuestro rostro al pecho de alguien que queremos y, en ese latir rumoroso, soplo de algo que llamamos vida, descubriéramos a un novelista que sabe rasgar como pocos esa niebla que flota sobre las aguas hasta mostrarnos el cuerpo del ahogado más hermoso del mundo, casi una islita de carne magra vagando sin destino.

 

                                

Todos las familias felices se parecen;

cada familia infeliz es infeliz a su forma.

 Tolstói

 

FOTO: Peggy Goldman. Tomado de The face of Cuba (Pintarest:
https://www.huffingtonpost.com/peggy-goldman/faces-of-cuba_b_3823598.html) 

Era una anciana negra, muy delgada, que parecía todavía más negra por el contraste de su piel con el pelo canoso, peinado como un hombre, casi ralo, y parecía mucho más delgada por lo ancho de la ropa que llevaba puesta. Caminaba lentamente, tumbada un poco hacia el lado derecho, y voceaba:

—¡Ajos… velas… cascarilla… manteca de cacao!

            Llevaba un par de tenis viejos, rotos en las puntas a la altura de los dedos pulgares, estropeados con tal simetría que los huecos parecían hechos a propósito. El sucio y ancho pantalón, de un rojo desteñido, completaba esa imagen deprimente que obligó a Diógenes a mirarla un momento, y a sentir lástima.

—¡Ajos… velas… cascarilla… manteca de cacao!

            Diógenes la vio alejarse y volver sobre sus pasos, lentamente, sin mirar a nadie, pendiente sólo de su propio pregón, y esta vez descubrió en el rostro de la anciana hambre, cansancio, vejez, tedio, certeza de que nadie compraría sus ajos, sus velas, su cascarilla, su manteca de cacao, deseos de soltar aquel jabuco que le pesaba ya sobre la espalda.

—¡Señora! —gritó Diógenes cuando la anciana estaba varios metros más abajo—. ¡Eh, señora! ¿cuánto valen?

—El ajo a dos, las velas a cinco, la cascarilla a cuatro, la manteca de cacao a quince pesos la botella —dijo la anciana como si recitara, deteniéndose pero sin mirarlo.

Diógenes se acercó:

—¿Y cuántos tiene?

—¿Cuántos qué? —preguntó ella a su vez, con desgana, bajándose del hombro la pesada jaba.

—Se lo compro todo, señora —dijo Diógenes.

—¿Los ajos? —indagó ella.

—Sí, y las velas y la cascarilla y la manteca de cacao.

            La anciana lo miró, esbozó una sonrisa, y demoró unos segundos en agacharse a contar la mercancía. Diógenes la miraba, compasivo. Por el escote se le veía el flaco y negro pecho.

—No lo cuente, señora, dígame cuánto es todo.

—Es mucho, mijo —dijo la anciana, sin levantarse.

—¿Qué le parece esto? —dijo Diógenes, y le mostró un billete de diez dólares.

La anciana tomó el billete, lo revisó por ambos lados, miró a Diógenes y se lo devolvió.

—¡Que son diez dólares, abuela! —le explicó Diógenes, risueño y sorprendido.

Después, acercándosele al oído y mirando a todos lados, como si le deletreara un gran secreto, le repitió:

—¡Diez… dó… la… res!

—Ya lo sé —contestó la vieja, poniendo grandes ojos de desconfianza ahora, alzando otra vez el bulto y haciendo por irse.

—Espere, abuela —insistió Diógenes—. Mire, vamos a ver. Diez dólares son, ahora-mismo-ahora-mismo, mil pesos. ¿Entiende? ¡Le estoy dando mil pesos por la jabita esa!

            La anciana lo miró esta vez de arriba abajo, con mayor desconfianza, y se acomodó el asa de la jaba sobre el hombro. Diógenes la miraba entre incrédulo, burlón y lastimero. Guardó el billete en el bolsillo. Pero antes de marcharse volvió a decirle:

—Mire, abuela —hablaba despacio, como si le estuviera explicando un problema matemático muy difícil a un niño—, todo eso que usted lleva ahí no vale ni cien pesos, ni cincuenta; y yo le estoy ofreciendo mil pesos, ¿entiende?, ¡diez dólares!

—Quince, y se lo lleva —respondió la vieja, que parecía no oírlo.

—¿Cómo? —sonrió Diógenes.

—Es mi precio. Lo toma o lo deja. Quince dólares, y todo es suyo —repitió con neutralidad, segura de sí misma.

Ante el silencio incrédulo de Diógenes, la vieja comenzó a alejarse.

—¡Ajos… velas… cascarilla… manteca de cacao!

            Diógenes sintió curiosidad, vio aquello como un juego, como una prueba de fuerza, y siguió tras ella.

—Le ofrezco doce, doce dólares, mil doscientos pesos, ahora-mismo-ahora-mismo, uno encima del otro.

La anciana se detuvo.

—Quince, mijo, quince dólares —ahora su tono era de lástima hacia Diógenes, el mismo tono que él había empleado con ella al principio—. Quince es mi precio. Mira estos ajos —le mostró dos cabezas medianas, casi tiernas—; mira estas velas, no hechas en casa, con parafina mala, sino de las buenas, de las que no se apagan —le mostró tres velas blancas, largas, envueltas en papel de estraza—; mira esta cascarilla —sobre la oscura palma de su mano derecha aparecieron dos pequeños montículos blancos, como bolas de tiza cortadas por la base—; mira esta mantequita, mijo —y le enseñó una botella de refresco llena hasta el cuello con un líquido espeso, amarillento, taponada con una chapa vieja y parafina—. Todo por quince, mijo. Me das quince fulitas, y esto es tuyo.

            Diógenes no pudo evitar sonreír, esta vez con malicia. Se metió las manos en los bolsillos y la miró de arriba abajo.

—Trece. Trece dólares por todo, abuela. Es mi última oferta —dijo, sacó el dinero y comenzó a contarlo delante de ella.

La anciana lo miró a lo ojos, desentendiéndose del fajo.

—Quince, y le dejo también la jabita.

Era su último intento de negociar. Incluso, levantó la jaba a la altura de su pecho, para que Diógenes la viera.

—No hay negocio —dijo Diógenes.

—Pues no hay negocio —confirmó la anciana.

Y se marcharon en sentido opuesto.