"Uno de los mejores narradores cubanos de la hora presente"
(Juan Bonilla)

Del Blog de Díaz-Pimienta

 

por Luis María Pérez Martín



Admiro profundamente a Alexis Díaz-Pimienta (La Habana, 1966) desde hace varios años, cuando tuve conocimiento de su existencia (como tantos) gracias a un vídeo en el que improvisaba junto a Jorge Drexler en uno de sus conciertos. Comencé a investigar por internet quién era aquel tipo capaz de eclipsar sobre un escenario, a fuerza de décimas improvisadas, nada menos que a un animal escénico como es Drexler y así descubrí el repentismo y las controversias, y comprendí, después de agotarme los ojos y los oídos estudiando todos los vídeos que caían en mis manos, que Diaz-Pimienta venía a ser Dios en lo que a improvisación poética se refiere.

Absolutamente fascinado, me interesé por conocer su poesía escrita y me agencié, tanto digitalmente como en papel, todo el material que pude encontrar. Esta vez comprendí que Díaz Pimienta tenía un lugar preferencial entre los más grandes poetas en lengua castellana de todos los tiempos  y, por supuesto, lo tendría también, y para siempre ya, en mi imaginario particular, junto a Lorca, Blas de Otero, Miguel Hernández, Roberto Juarroz, Benedetti y tantos otros monstruos de la poesía.

Pero lo que yo no sabía es que Alexis Díaz-Pimienta también es novelista.

Jano (Scripta Manent, 2021) cayó en mis manos hace unos pocos días, y la comencé con el entusiasmo recién estrenado de haber podido conocer esa misma noche en persona (por fin) a Alexis Díaz-Pimienta, pero con la inconfesable (perdona mi falta de fe, Alexis) convicción de que nada que escribiera en prosa podría igualar su inimaginable calidad poética.

No podía estar más equivocado. Apenas comenzado el libro, me saltó a la cara una de esas frases que se quedan en la memoria literaria y emocional de uno, sin saber muy bien por qué, para toda la vida: “Amar los ojos de Zuliesky es una religión para Alcibíades”. Así de sencillo: “Amar los ojos de Zuliesky es una religión para Alcibíades”. Y ya no pude ni podré parar.

Nada diré del argumento de la novela, mejor es que lo descubran por ustedes mismos, pero sí les contaré que Jano es un puzle delicioso, una historia de amor a tres (o más, o menos, quién sabe) bandas, un recorrido por las profundidades del alma humana durante cuyo trayecto Díaz-Pimienta desnuda a los protagonistas, se desnuda a sí mismo como narrador omnisciente y nos desnuda a nosotros, los lectores, frente a nuestros prejuicios y nuestras miserias.

Y así, en cueros, acompañamos a Roberto, a Emilio, a Pilar, a Carmeta, a Alcibíades, a Zuliesky, a través de los años y de las ciudades (La Habana, Cádiz, San Feliú de Llobregat), a través de sí mismos y a través de los ojos con que los demás los ven.

Les confesaré que leer por primera vez una novela de Alexis Díaz-Pimienta ha supuesto para mí exactamente la misma sensación (que ya creía perdida) de leer por primera vez, hace tantos años, a Saramago, a Terenci Moix, a Cortázar o a Millás. Y al igual que aquellas primeras veces con ellos, esta primera vez con Alexis ha supuesto un enamoramiento absoluto, irremediable e inmediato de su manera de escribir (prosa). 

Sé que releeré fragmentos de Jano infinidad de veces hasta saberlos de memoria. De hecho, ya lo he hecho con algunos de ellos (por ejemplo el maravilloso momento en que Róber-Roberto-Robertico-Jano hunde las manos en el charco de líquido amniótico de la madre de Emilio), regodeándome únicamente en la lectura, olvidando la trama, disfrutando sólo (cuánto tiempo hacía) de la escritura por la escritura.

Tanto es así que aún no sé si me ha gustado más el fondo o la forma, la falta de pudor y la sutileza extrema con que Díaz-Pimienta aborda temas delicadísimos o simplemente el fluir de la prosa, la naturalidad de los diálogos, la poesía implícita en cada párrafo. 

Sé que dentro de muchos años seguiré reflexionando sobre los personajes y sus actos. Y lo mejor de todo es que podré hablar sobre ello con el propio Alexis, porque puedo decir con infinito orgullo que, además de ser un genio inabarcable de la literatura, Alexis Díaz-Pimienta es mi amigo.

Continuaría escribiendo sobre “Jano” páginas y más páginas, pero mejor, mucho mejor, como les decía antes, es que ustedes mismos la lean y se enamoren. Porque recuerden: “Amar los ojos de Zuliesky es una religión para Alcibíades”.

 Luis María Pérez Martín, 2 de julio 2021


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Título: Jano

Autor: Alexis Díaz Pimienta

Editorial: Scripta Manent Ediciones (España)

Formato: Impreso con solapas / Ebook

Año: 2021

Pags.: 407

 

Alexis Díaz-Pimienta (La Habana, 1966) es un prolífico escritor cubano afincado en España desde más de dos décadas, que en la primavera del año 2021 se ha atrevido a publicar dos novelas a la vez, bajo el sello andaluz Scripta Manent Ediciones. Sin lugar a duda, una de ellas, Sangre, es muy especial, partiendo incluso desde el propio título: corto, contundente, algo intrigante. ¿Sangre?

La capacidad de producción literaria (de calidad) de Díaz-Pimienta es como el propio mundo de la improvisación que le rodea: absolutamente dúctil y, como digo, de altas dosis cualitativas. Literatura de mucha calidad, digámoslo sin miedo. Pero lo que Alexis Díaz-Pimienta ha hecho a lo largo de las 200 páginas que dura Sangre ya es harina de otro costal. Volviendo al paralelismo anterior con el repentismo, esta obra es tan actual que casi se puede escuchar el aplauso del público, la “operatividad del momento” y el buen uso de “códigos compartidos”. Sangre es una obra tan nueva, tan a tiempo real en su temática como en su escritura, que cuesta creer que lo sea. Convergen aquí los tantos años que Alexis tiene a sus espaldas como autor, en los que ha pasado por tantas experimentaciones (y experiencias) como días tiene el año.

El barroquismo que siempre ha caracterizado su escritura y la tendencia a hacer obras de dimensiones considerables han dado paso a una evolución a todas luces natural: he aquí una novela más breve, intensa, dinámica, con diálogos directos e imágenes del mismo corte. Mientras la lee, una siempre tiene la sensación de estar ante una película que solo está en cabeza propia (transición, transición, transición). Además, la brevedad de sus capítulos proporciona una dinámica amable, casi necesaria en estos tiempos en que la humanidad se dedica a vivir corriendo.

Cualquier momento es el ideal para leer esta novela precisamente por eso, por su forma y por su contenido, porque es muy fácil (y rápido) leer un capítulo sin tener que correr el riesgo de dejarlo a medias. Y eso, una como lectora que va con el libro pegado al cuerpo como la extensión de una misma, para aprovechar cualquier tiempo vacío y seguir con la trama, es de agradecer, y mucho. 
El modo en que se escribió esta novela también es reflejo del propio Alexis, pues aquí el estilo directo e indirecto va bailando de allá para acá. Aunque esto a priori a una persona como yo, cuadriculada, tendenciosa al orden en todos los aspectos de su vida, podría causarle cierto rechazo, lo cierto es que ocurre todo lo contrario. Se agradece. Como mismo se agradece (y sorprende más) el actualísimo vocabulario que emplea su autor sobre las redes sociales y sus derivadas expresiones. Impresiona leer recortes de estos espacios de comunicación, anónimos para nosotros, reconocidos para el escritor, participando activamente, contribuyendo a esa actualización textual de la que les hablaba más arriba. Todos los modos narrativos existentes (y subconscientes) en la cabeza de Alexis se dan aquí; no falta a la cita ni tan si quiera su punto fantástico-real, en el que propone situaciones simpáticas que no podrían ser verdad, pero que juguetean con esa posibilidad en el imaginario del escritor y, por ende, en el nuestro. Y en un tema tan crudo y desgarrador como es la violencia de género, Alexis tiene la acertada delicadeza de desgranar puntos de humor aquí y allá que alivian el camino del lector.

La cotidianeidad de las situaciones que vive la María principal comienza desde los propios albores de la novela. Una, que es mujer, sabe de lo que habla, y no puede evitar sonreír al leer esa situación “tan normal” para nosotras en los baños públicos a la hora de orinar. Es aquí cuando aparece el primer asombro: ¿Cómo carajo se le ha ocurrido esto, a él, que es un tío? Y claro, pasas del asombro a la naturalidad si quien escribe es Alexis Díaz-Pimienta, porque una de las cosas que más destaco de su escritura su capacidad para encontrar lo genial en lo más sencillo y cercano, en aquello que vive en nuestro día a día, pero que, por tan rutinario, le perdemos “el punto”, algo tan común como hacer pis en un baño público sin sentarte en la taza (y todo lo que eso conlleva para las mujeres); aunque Alexis no lo haga, le basta con saber que eso ocurre para guardarlo en su cabeza.

Desgraciadamente, en ese contexto de normalidad, lo anormal también se ha vuelto costumbre. Esa es la denuncia mayor de esta novela plagada de Marías asesinadas por sus parejas: la visión normalizada del drama. Se vuelven los nombres y los lugares todos uno cuando las muertes solo tienen nombre de María y los pueblos solo se llaman Estepueblo. Y esto es otra genialidad que una no ve hasta que ya está en ese río de sangre. Genéricos nombres nos hacen reflexionar en que lo importante no está en ubicar geográficamente o ponerle rostro a una determinada persona, lo importante está en que este problema se puede dar en el lugar menos pensado y le puede ocurrir a la persona menos pensada (yo misma, que ahora escribo esto, quizás mañana podría ser otra María si la muerte me hace cruzar con un loco que ande por la calle; y qué importaría que mi muerte hubiera sido en Almería, no tiene mayor importancia que la de haber ocurrido en Estepueblo). 

Ahí está la María protagonista, soportando cientos de papeles higiénicos con una misma palabra alarmante, que a su vez es la metáfora perfecta de que la María protagonista está soportando una muerte por papel encontrado (¿fuera esto un aviso de la próxima defunción?, quién sabe). Yo, mujer, siento esa ansiedad de encontrar a quien necesita ayuda, tal y como le ocurre a ella. Porque el famoso “si tocan a una, nos tocan a todas” no es una marca de querer pelear, es un sentimiento intrínseco que tiene hasta la mujer más insensible que planeta Tierra haya pisado. Vives con la tranquilidad de quien piensa “a mí no me va a pasar”, pero detrás siempre aparece el maldito nexo adversativo, su conjunción, y su condicional para ponerte nerviosa: “pero y si…”. Y entonces te das cuenta de que esa María protagonista es la misma María que el resto, que aquellas que no corrieron la suerte de seguir vivas para contarlo. Las que seguimos vivas nos quedamos como la María que recoge papeles: con la nebulosa permanente de que quizás mañana podríamos ser nosotras la siguiente María de Estepueblo.

¿Que si recomiendo esta novela? Mi respuesta es que esta novela es necesariamente necesaria, valiéndome de la redundancia. Si eres mujer, te mirarás en un espejo; si eres hombre, te avergonzarás de algunos de tus iguales; si eres español, te acordarás de alguna María que conociste al menos de oídas; si eres de otro lugar, te dolerá igual porque lo que ocurre en Estepueblo también pasa en Aquelpueblo y en Tupueblo y en Todoslospueblos. Esta es de esas novelas que todas las personas necesitan leer para tomar conciencia sobre los crímenes que nos rodean y, entre todos, intentar cambiar el mundo que nos tocó vivir, empezando por salvar a la María que tengamos más próxima. 


Ficha técnica
Título: Sangre
Autor: Alexis Díaz-Pimienta
Editorial: Scripta Manent Ediciones
Año: 2021
Páginas: 200

 

Por Consuelo Posada (Universidad de Antioquia).

 


Sangre, la nueva novela del escritor cubano Alexis Díaz Pimienta (La Habana, 1996) presenta un párrafo inicial que funciona como epígrafe y parece inscribirse en un capítulo de la historia reciente de España, con las cifras de las mujeres víctimas de violencia familiar.  Y este epígrafe es un llamado a integrar la ficción de la novela en la realidad española; es decir, a mirar los episodios de ficción que trae la obra como una parte de la vida de la España de  los últimos años. Las cifras exactas de 1.028  mujeres asesinadas desde el año 2003 hasta el 2019, se convierten en una estadística que reafirma el sentido de una denuncia, esta vez hecha desde la literatura.  

Esta ilusión de verdad se perfecciona con la referencia a una geografía específica. Se cita a Sevilla, como el espacio donde suceden las historias de la novela y los detalles de la obra refuerzan la cercanía entre la Sevilla literaria y la ciudad real.  El texto se detiene  en la Semana Santa sevillana, en los vestuarios de esos días santos, las comidas, las procesiones, colorido de los desfiles. Y además, aparecen imágenes del Festival de cine europeo en Sevilla,  del río Guadalquivir, de Triana, la judería y el barrio de Santa Cruz. En Sangre los lugares que visitan los personajes tienen nombre propio y algunos de los letreros con el alarmante e misterioso “Ayúdame” aparecen en cafeterías y sitios tan identificables como la plaza de la Encarnación.  Hay muchas referencias  a la ciudad:   los personajes van en bicicleta por una Sevilla casi peatonal, pequeña e ideal para moverse así. Es decir,  el autor crea una relación afectiva entre los personajes (y los lectores) y la capital andaluza.

El esqueleto de la obra se hace visible como una estructura pensada y armada de manera coherente: las historias individuales de varias mujeres asesinadas por sus parejas afectiva. Pero todas se llaman María y la obra muestra sus muertes en orden cronológico, desde la María número uno, hasta la  María X, que parece reunir a todas Marías posibles.  

Y el narrador (¿la narradora?) nos presenta  a cada mujer asesinada para contarnos datos clave: su edad, algunos detalles de su vida en pareja, si había o no denunciado los maltratos, cuántos niños quedarán huérfanos con su muerte y, ante todo, cómo fue su muerte, cuál fue el arma usada por el asesino (un cuchillo de cocina, unas tijeras de cocina, un cúter, una escopeta), además de dar algunos datos menores del asesino: nombre, edad, circunstancias menores: detalles que engrandecen el peligro, al sensación de miedo o rabia.  

Pero vamos por partes. Antes de escuchar las historias de las Marías asesinadas, una María en singular se asoma al lector, en el puro comienzo de la novela, sentada en el baño de un bar, y allí, colgando en el extremo del papel higiénico, encuentra el primer letrero con el mensaje “Ayúdame”, pintado con letras rojas. 

También se llama María este  personaje principal que funciona como hilo conductor de las historias. Ella es quien  encuentra los recortes de papel higiénico en los baños que visita, con el repetido e inquietante letrero que pide ayuda  y los va reúne y se hace preguntas y trata de buscar apoyo en la policía. Porque ella, María de la Concepción Cava Robledo, es profesora del Conservatorio Superior de música Manuel Castillo, de Sevilla, no es policía, y poco a poco se va convirtiendo en el personaje femenino central, con más carne literaria de toda la novela.

Además, a esta María le molestan los militares, todos. Guardias civiles, policías locales, policías nacionales, oficiales del ejército, soldados rasos, hasta los jóvenes que iban a la mili: no puede evitarlo, odia los uniformes. Ella es la conciencia femenina de la obra y de ella sabemos, además, que tiene una relación de pareja libre, sin matrimonio y sin convivencia con un tal Rodolfo, a quien llama Rodólgrafo, y que con él vive una relación sin reglas, pero plena de colorido, risas, sexo en colores y acordes perfectos.

La  primera María víctima es una joven y bella, mujer de 25 años, maltratada por su marido de 50, que fue encontrada muerta con diez puñaladas, “una por años de matrimonio“, según una vecina. Otra María tres apareció, sonriente, en una página de Facebook. Su marido le hizo la foto y después la mató, con un cuchillo de cocina, de treinta heridas mientras sus amigos de Facebook le daban treinta likes a su foto de perfil, sincronizados, sin saberlo, con las puñaladas que ella iba recibiendo. Y así, en cada historia encontramos ornamentos que buscan una sonrisa del lector: sus amigos de Facebook cuando supieron la noticia por la tele no podían creerlo. Alguien escribió en su muro: “vamos, María di que no, dime que no es verdad”, pero María “seguía sonriendo en la foto, feliz, como si ella tampoco se creyeran su muerte”. Otra María era madre de dos pequeños, “dos niños que pasaron de hijos a huérfanos así, sin más, sin darse cuenta del cambio de status”. En la descripción de su cadáver, el rostro  aparece con varios golpes en la cabeza y en el cuello, provocados, según la autopsia, “con un objeto romo”. Y entonces, como parte del mismo juego que propone el narrador, se nos explica que la madre de María no sabía que existían los objetos romos, que su hija conocía Roma, la capital de Italia, desde que era niña, pero un objeto romo, no.  Otra María, la número ocho, es una mujer latina de 39 años “muerta por arma blanca por su marido de 55”, una colombiana que había huido de la violencia de su país y había llegado a la tranquila y vieja Europa, feliz en Estepueblo, donde alababa el buen vino, el buen jamón y las tortillas. Y la María número once fue asesinada de dos tiros de escopeta. La escopeta  era legal, él era cazador y tenía licencia para portar armas. Y la María dieciséis había cumplido 84 años cuatro días antes de ser degollada por su marido, un abuelo de 88. Ella tenía Alzheimer y otras dolencias. Él tenía depresión y diez o doce enfermedades más;  él, además, mucha ira acumulada (con Dios y con la vida y con el mundo) y un cuchillo jamonero. Entonces, degolló a su María y después se lanzó por el balcón y murió en el acto. Todo esto “en una secuencia perfecta”, agrega el narrador. Hago este apretado recorrido (cuidándome del spoiler), porque quiero mostrar cómo en cada momento de la historia, hay una dosis “de Pimienta” que hace soportable la narración. 

Y después de una de las tantas muertes, con la noticia aún fresquísima, un bar  se llena de preguntas, comentarios, frases sueltas sobre la nueva María muerta y el narrador recoge todas las expresiones, trae todas las voces y el texto se vuelve puro presente. Porque el relato se queda quieto y oímos, como en una obra de teatro la pluralidad de voces: ¿viste lo de María? ¿Quien es María?, ¿qué María?, ¡no me digas¡, ¡no me jodas!, ¿María?, pero si yo la vi hace dos días en el Carrefour, pobrecita mi niña” ¿y se sabe quién fue?, ¿el marido? ¿el ex?, pobre chica, yo la recuerdo bien, la gordita, la morena… Y el conjunto progresivo de preguntas y respuestas y ocurrencias genera desde amargas sonrisas o pequeñas o grandes  carcajadas.
Mientras tanto nuestra María encuentra un nuevo papel en el que alguien pide auxilio, escrito en un pedazo de papel higiénico y se pregunta si el nuevo aviso es una broma de mal gusto, o hay verdaderamente una mujer en peligro

En una anterior reseña sobre la obra de Alexis Díaz-Pimienta (El huracán Anónimo, Scripta Manent Ediciones, 2019), alabé la fascinación que en sus textos producen los juegos de palabras. Y conectaba esta destreza con las dotes que el autor ha mostrado en el manejo de la oralidad versificada. Quienes conocen su improvisación se asombran de tanta habilidad para inventar, a la velocidad de los aplausos, versos rimados que responden oportunamente al tema sobre el que está improvisando. Pues cuando en esta nueva novela leía los arabescos que le van saliendo a cada frase y la manera en la que Díaz-Pimienta juega con las palabras y arma una retahíla maravillosa, o desbarata un párrafo y lo vuelve a rearmar jugando con el orden y el desorden de las frases, recordaba que hay un  juego similar que hacen los improvisadores cubanos más especializados, cuando se arriesgan a desordenar una décima, creando variantes nuevas con los mismos versos. Este goce con las palabras nos hace sonreír aún en los momentos más densos de la historia y aparece como un despropósito que se pueda hablar de lenguaje juguetón que busca la sonrisa del lector, cuando estamos frente a imágenes tan duras de la muerte.

Aquí, entonces, es obligatorio recordar la levedad propuesta como una virtud necesaria en la literatura, para contrarrestar la pesadez de una historia o de un tema. Hablo de la propuesta de Italo Calvino en Seis propuestas para el próximo milenio, la obra que recoge las seis conferencias que el autor debía dictar en la universidad de Harvard  en 1986. La levedad le sirve a todo escritor para contrarrestar la pesadez, la inercia y la opacidad del mundo. Calvino muestra, con ejemplos de La metamorfosis de Ovidio, pasajes de la relación entre Perseo y la medusa. Después de uno de los combates triunfantes contra la medusa Perseo  necesita posar por un momento la cabeza del monstruo.  Y entonces, Ovidio explica en versos de extraordinaria belleza “cuánta delicadeza se necesita para ser un Perseo, vencedor de monstruos. La manera como Perseo cubre el suelo con una capa de hojas y extiende encima unas ramitas nacidas bajo el agua, y en ellas posa, boca abajo, la cabeza de la medusa”. Para Italo Calvino se trata de un gesto de refrescante gentileza hacia ese ser monstruoso y aterrador, que de alguna manera es también deteriorable y frágil. Este cuadro se cierra con un pequeño milagro: cuando las ramitas marinas hacen contacto con la medusa, se transforman en corales y entonces aparecen las ninfas que acercan otras ramitas y algas a la terrible cabeza. La conclusión es entonces que en este encuentro de imágenes de levedad,  “la sutil gracia del coral roza la ferocidad de las gorgonas”.

En la narrativa de Alexis Díaz-Pimienta reaparecen ejemplos de levedad que surgen del uso de formas inesperadas del lenguaje, de los juegos de palabras o de las imágenes de abierta comicidad. Y en esta novela es claro el efecto refrescante del humor para suavizar la pesadez del tema.  Aquí, desde el comienzo de la historia, la de una mujer “con el culo al aire” porque en un baño público no se atreve a apoyar completamente las nalgas resulta una imagen risible porque, además, debe mover las manos como si estuviera mandando adioses, o accionar con los dos brazos al aire, para  hacerse visible delante del radar que apagará las luces si no hay señales de movimiento. Y esta imagen sucede unos segundos antes de que la mujer encuentre el pedazo de papel higiénico con el mensaje, “Ayúdame”.
También aquí los detalles divierten, hay pasajes graciosos que resultan bien acomodados, pese al fondo y al trasfondo (asesinatos en serie de mujeres jóvenes o mayores, todas con un contexto de vida traído por el autor para que sirva de marco de horror a la tragedia).  Entonces, aunque el tema es duro, el discurso logra suavizar la dureza, con la gracia del narrador que elabora tal jugueteo con las  palabras y ayuda al lector  a alivianar  la lectura de momentos sórdidos. 

Más allá del acierto en el esquema narrativo y en la organización de las historias, la gran hazaña de esta novela está en el discurso, como se llama en literatura a la organización de la forma, de  la manera de contar. Quiero decir que el atractivo no es la truculencia del tema, ni el pretexto del letrero con pintalabios rojos que aparece en el último pedazo de cada rollo de papel higiénico. No. Es la perorata del escritor, su juego con el estiramiento de las frases, con el recuento alargado, alargadísimo del momento.

Vuelvo al episodio inicial, el que abre la historia, cuando la primera María descubre el primer aviso con el primer letrero en el que otra María que pide auxilio. Este descubrimiento está antecedido por un minucioso recuento de los detalles de la mujer casi sentada, dispuesta a orinar. Y aquí aparece la primera situación de relativa comicidad, una mujer meando que, como no puede sentarse por precaución higiénica, se sostiene con las piernas abiertas y el culo al aire, mientras agita los brazos “por si la tonta de la bombilla no la ha visto”. Pero el lector aún no sabe qué es aquello asombroso que ha visto la mujer en el papel y el autor logra mantener la intriga, porque cuando María quiere verificarlo, en se justo instante “la cabrona de la luz se apaga”. Y el lector deberá esperar mucho más para enterarse:  el desespero del personaje, sus muecas, sus adioses falsos a para hacerse notar por los sensores de la luz. Y solo al final de este recuento detallado nos enteramos del contenido del mensaje que el personaje había visto: la palabra “ayúdame”.

En resumen, Sangre, de Alexis Díaz-Pimienta, es una novela corta que se hace más corta gracias a su depuradísima técnica narrativa y al dinamismo con que se cuenta la historia. Una de esas novelas que se leen, literalmente, de una sentada. Incluso, orinando.


Ficha técnica
Título: Sangre
Autor: Alexis Díaz-Pimienta
Editorial: Scripta Manent Ediciones
Año: 2021
Páginas: 200


por Consuelo Posada Giraldo

El huracán Anónimo, la nueva novela de Alexis Díaz-Pimienta


El huracán Anónimo es el título de la última novela (la quinta) publicada por el escritor cubano (residente en España) Alexis Díaz-Pimienta. Editada originalmente en Amazon, esta extensa novela de 654 páginas cuenta la llegada de varios huracanes a La Habana en una historia organizada con el esquema de un relato policíaco en el que Rolo Contreras, el protagonista, descubre que un asesino en serie mata en cada huracán a una persona con el mismo nombre que el meteoro de turno. El punto central de la investigación estará, entonces, en descubrir el misterio que conecta los asesinatos que aparecen con cada uno de los huracanes.


El cubano Alexis Díaz-Pimienta además de novelista y poeta es un reconocido repentista (improvisador de décimas) e investigador de la improvisación en Cuba y el resto de Iberoamérica. Y es precisamente esta doble faceta suya la que lo trajo a Medellín siendo muy joven, como integrante de una delegación cubana que participaba en el programa cultural “De País en País” (en 1994). Así, recorrió varios escenarios de la ciudad, compartió con los más importantes trovadores paisas, participó como poeta en el Festival Internacional de Poesía de Medellín y protagonizó espectáculos en el teatro Uribe de la Universidad de Antioquia. En 1996 dictó un curso sobre oralidad en el Seminario sobre Literatura del Caribe que yo coordinaba en la UdeA por entonces, y ha sido jurado repetidas veces del Festival Nacional de la Trova Ciudad de Medellín. Desde el punto de vista literario, la primera edición de su poemario Cuarto de mala música, fue en Medellín y la última edición de su premiada novela Prisionero del agua ha sido en la Editorial Universidad de Antioquia (2018).

En su nueva novela, El huracán Anónimo, el protagonista, Rolo Contreras, encarna al investigador de los relatos policiales y presenta, como hipótesis de su investigación, la existencia de un asesino en serie que utiliza a los huracanes para esconder sus crímenes.

El autor organiza un fondo de rigor que le confiere verosimilitud a los hechos y la obra nos presenta la historia de los huracanes que han pasado por el suelo cubano, las condiciones físicas de su aparición, la mecánica de su comportamiento y todos los detalles completos del paso de todos los huracanes por la isla. Este saber es expuesto por el protagonista investigador, pero también por José Rubiera, un destacado meteorólogo reconocido como una autoridad en el tema. Además, el recuento de cada huracán viene acompañado con los datos de los muertos, su nombre y algunas de sus señas particulares.

Esta parte científica, ligada a la teoría de los huracanes –con detalles de mucha erudición– y a la investigación rigurosa de los crímenes, avanza simultáneamente con la trama simpática de los personajes que divierten con sus apuntes graciosos y enriquecen la historia con un lenguaje ornamentado con juegos fonéticos y pasajes contados con mucha gracia. 

Entonces, el brillo del texto se da de dos maneras: la primera es la línea del conocimiento que deslumbra y que mantiene al lector atento a los hechos que se narran. En la conferencia pública sobre los huracanes, en la Escuela de Química, los estudiantes quedaron atrapados con el saber del Dr. Rubiera y con la lección de rigor en la búsqueda documental sobre los huracanes, expuesta por su director Rolo Contreras.

En esta línea del placer que se deriva del conocimiento, podemos decir que un atributo de esta novela es que se convierte en un documento de cómo se vive en La Habana la llegada de un huracán. Son coloridos los detalles de cómo se preparan los habaneros, cómo se compra en los supermercados. Y cómo pasan las noches oyendo noticias, y tratando de entretenerse mientras llega el huracán. 

Muchos pedazos de la novela, que alimentan la historia principal, parecen hacer parte de la realidad del mundo habanero. Por ejemplo, la referencias a las guerras de Angola y Etiopía que están todas vivas en el imaginario cubano. Y las consideraciones sobre los rusos que llegaron a la Habana y cómo se quedaron y cómo se casaron y cómo se integraron, puede mirarse como un buen capítulo de sociología urbana.

Y en esta relación de la ficción literaria con el mundo de referencia está la coincidencia de algunos personajes de la novela, con sujetos de carne y hueso reconocibles en La Habana. 

Cuando le comenté al autor cómo me había enamorado de un Rolo Contreras, me confesó que se trata de un personaje real. “Es mi homenaje a mi padrastro y todo lo que cuento de él es real”. También Paquita Diligencia es real, agregó, como lo son el meteorólogo (Dr. Rubiera) y el coronel Macareño. Todos son personajes públicos muy conocidos en la Cuba de hoy. 

La segunda fascinación del texto está en el goce con las palabras. Alexis Díaz Pimienta es un narrador que sabe contar con sabrosura porque su territorio natural es la narración oral y por esto domina el entretenimiento con las formas sonoras del lenguaje.  Los detalles de sus historias divierten, con un ritmo que el autor sabe marcar y con pasajes de mucha gracia. Podemos decir que el juego fonético se convierte aquí en un aporte lúdico para la escritura y sí revisamos los arabescos que se van tejiendo alrededor de cada frase, encontramos un trabajo de oralidad bien armado.

Se me ocurre un ejemplo de ese juego:

“La mujer de Rolo Contreras le dice lacónicamente: —Te quiero… —¿Me quieres qué? —respondió Rolo Contreras con su juego de palabras favorito: convertir en una frase inconclusa la frase inequívocamente terminada de Teresa Alcázar.  —Te quiero —repitió ella. —Pero, ¿me quieres qué? —repitió él, acercándose— ¿Me quieres matar, me quieres comer, me quieres besar…? ¿Me quieres qué? —y le dio un beso”.

Y el narrador insiste en que sus frases son parte de un juego que tienen los dos personajes con la visión de pedazos que Rolo hace a las frases de ella, para cambiarles el sentido.

Como parte de esta forma juguetona, además de un lenguaje que parecería buscar la hilaridad del lector, aparecen imágenes que tendrán el mismo efecto:  en una escena dramática, en medio de una catástrofe estallan las carcajadas que surgen de otra situación ridícula.

En plena inundación, con la casa anegada, aparece la figura del protagonista Rolo Contreras con los zapatos en una mano y la otra en el bolsillo y un cigarrillo colgando de la boca, en un claro referente cinematográfico. En las imágenes que siguen el narrador se refiere a sus personajes como si hubieran salido de una película. Y entonces Rolo Contreras por un momento es Humphrey Boghard y un minuto después se convierte en Sídney Poitier. 

Son varios los momentos solemnes de la historia, deliberadamente profanados por el estilo gozón del narrador: Cuando empezaron las inundaciones y el agua del mar entró a las casas y lo cubrió todo, los personajes que revisaban el alcance de los daños, con el agua hasta las pantorrillas, terminaron jugando una partida de dominó en medio del agua, animados por los visitantes y los turistas en una carcajada colectiva. “Los jugadores se viraban hacia el mar y le hablaban como si fuera una persona. Se reían de él, lo retaban, lo escupían y comenzaron a jugar dominó como si nada” y un vecino sin nombre servía el ron y conminaba a todo el mundo para que fuera su pareja. Y en medio de las apuestas, los turistas japoneses grababan aquel inaudito juego de dominó en medio del agua.

Inicialmente la obra parece seguir las reglas de los relatos investigativos porque la historia sigue con rigor sus reglas básicas en la formulación de los enigmas, el rigor de las conjeturas y el tratamiento de los personajes.

Hay un narrador limitado, que funciona como un testigo ocular que sólo sabe lo que vería un vecino y este es el narrador que necesita la historia. Como en toda novela policíaca está prohibido un narrador omnisciente, obligado a saber y a narrar todo lo que sabe.

Rolo Contreras tiene toda la figura del investigador iluminado de los relatos policiales. Él descubrió la conexión entre el nombre del huracán y el nombre de las víctimas. Como centro de la historia, el narrador ahonda en todos los detalles de ese hombre, para que el lector termine enamorado de su figura, de cómo fuma, de cómo camina, de cómo quiere a su mujer. Ante todo, de cómo quiere a su colegio y a la revolución.  

Pero después, las teorías terminan subvertidas y empiezan a moverse las reglas que conocemos sobre la literatura policíaca. Entonces descubrimos que las frases de Vázquez Montalván han estado ahí, como advertencias, al principio de cada capítulo, como una propuesta para combatir los esquemas y burlar el código preestablecido que espera el lector. 

Entonces, el juego del desciframiento que en las historias de crímenes alimenta la competencia entre el investigador y el lector, para llegar antes al descubrimiento del asesino, aquí tendrá obstáculos nuevos. 

Porque nuestro autor conoce muy bien las reglas clásicas del relato policíaco y por ende sabe subvertirlas y es capaz de seguir las recomendaciones de Vázquez Montalbán y aplicar con soltura sus propios métodos, con nuevas travesuras, para desbaratar cualquier hipótesis del lector que pretenda desentrañar al asesino.

Los méritos señalados en la presentación de esta novela son suficientes razones para recomendar su lectura. Los lectores de España y de los países hispánicos tienen la feliz ocasión de poder leer esta obra en su lengua original y gozar la aventura de recorrer La Habana, con sus encantos habituales y sus desasosiegos en vísperas de un huracán, acompañados del verbo encantador de Alexis Díaz Pimienta.

El huracán Anónimo, de Alexis Díaz-Pimienta

El cadáver de la joven promesa del béisbol capitalino Gabriel Pulido Arnáez, alias “Pompeya”, fue descubierto por dos perros que no eran conscientes de que un cadáver humano, aunque lo parezca, no es un desperdicio comestible, y por lo tanto, no debe arrastrarse por medio de una calle, y menos por su calle, donde él vive, no importa que esté oscuro y sean más de las diez de la noche. Un cadáver humano no debe ser mordido así, con hambre vieja, y mucho menos tirar de él cada uno hacia un lado, ora del brazo, ora del vientre, ora de la cabeza. ¡Que es un cadáver humano, por Dios! ¡Que tiene nombre y apellido y familia y un futuro prometedorísimo en Industriales y el equipo Cuba! ¡Cuánta razón!, diría Dios si hablara, contemplando la escena. Pero un perro es un perro. Dos perros son dos perros. Dos perros callejeros abandonados y con hambre son dos perros callejeros abandonados y con hambre. No ladran, gruñen. No muerden, destrozan, mastican, engullen a pedazos lo que queda del joven Gabriel Pulido Arnáez, alias Pompeya, el mejor center field que había dado Guanabacoa en los últimos años. El nuevo Javier Méndez, decía su padre. El nuevo Víctor Mesa, decían sus amigos. Pero lo perros no saben de pelota, no siguen la Serie Nacional, no tienen equipo. Lo que tienen es hambre. Y la carne es carne aunque sea carne muerta, carne humana muerta a las diez y pico de la noche del 9 de septiembre del año 2007. Por la calle Cruz Verde de Guanabacoa, a esa hora, no circula nadie. Ni carros, ni peatones, ni gatos, ni otros perros. Es noche de apagón y todos los vecinos están en sus casas, encerrados y agobiados por su propio fastidio, jodienda, salación, aburrimiento. Qué fastidio, repetía la vecina más cercana a la casa de Gabriel Pulido, pared con pared, por la derecha. Qué jodienda, decía su padre. Qué salación esta jodienda de los apagones, decía otro vecino, pared con pared, por la izquierda. Qué aburrimiento, decía el hijo pequeño del carnicero de Cruz Verde, que no encontraba cómo entretenerse en aquella oscuridad tremenda. Los vecinos no sabían que el joven Pompeya había salido casi dos horas antes, a casa de un amigo, a recoger un guante nuevo que le habían mandado desde Estados Unidos (su padre decía que el mismísimo Duque, y Pompeya decía que sí, que el Duque lo mandaba, pero que quien lo había comprado había sido su ídolo, Kendry Morales). A Pompeya nadie lo echó de menos hasta mucho más tarde. El padre de Pompeya llegó a pensar que, por la hora, su hijo se quedaría a dormir en casa de su amigo, como hacía otras veces. Su madre, que al principio no sabía que su hijo había salido, se puso algo histérica. ¿Y Gabrielitooooooo?, le gritó al padre. La madre de Gabriel Pulido Arnáez era la única persona en el mundo que le llamaba Gabrielito a aquel negro enorme, de casi dos metros, flaco pero fornido. Le decía Gabrielito o Pompi, achicándole el alias. Su marido la agarró de un brazo para que su histeria no se desbordara. Ahora vuelve, le dijo, y la ayudó a sentarse en el sofá, junto a una vela. A la sombra de la vela la madre de Pompeya parecía más nerviosa de lo que estaba, parecía temblar. Recuerda lo que nos dijeron los policías, Gaby. El padre de Pompeya se llamaba Gabriel también, y para diferenciarlos ella y todos en el barrio lo llamaban Gaby. Con aquello de “recuerda lo que nos dijeron los policías, Gaby”, la madre de Pompeya se refería a una circular (todos decían así, “una circular”) que les había pasado el CDR, pero sobre todo a la advertencia del jefe de sector sobre “el extremo cuidado que deben tener los dos Gabrieles”, y el consejo de que no salieran de casa en esos días, si no era necesario. Los Gabrieles de la calle Cruz Verde de Guanabacoa, padre e hijo, habían estado acuartelados junto a otros cientos de Gabrieles durante varios días, y solo el día anterior al asesinato de Pompeya, por la mañana, habían regresado a su casa, pero con esa advertencia del jefe del sector, una circular del CDR en la mano y la orden de estar siempre juntos y localizados. La circular no hablaba del huracán Anónimo, ni decía la frase “asesino en serie”, solo decía aquello del extremo cuidado y la importancia de la disciplina revolucionaria. Estate quieta, Carmen, que Pompeya sabe cuidarse bien y está aquí cerca, dijo Gaby. Y era cierto. Pompeya, es decir, Gabriel Pulido Arnáez, su hijo, no solo era el mejor jardinero central que había dado Cuba en los últimos años, había sido también aprendiz de boxeador cuando era adolescente, y, aunque finalmente su fuerza al bate y su potencia en el brazo de lanzar lo decantaron por el béisbol, de vez en cuando servía de sparring para los boxeadores juveniles guanabacoenses. Sabe cuidarse, repetía su padre. Pero el huracán…, intentaba argumentar su madre. Sabe cuidarse, insistía Gaby, acercándose a ella, con cariño y lástima. Le daba lástima que su mujer, con tantos años ya, siguiera viendo a Pompeya como cuando era Pompeyita, flaco y débil, ingenuo e incapaz de defenderse. Por eso lo habían apuntado en boxeo desde temprano. Por eso ella se había alegrado tanto cuando su Pompi creció y lo vio ganar músculos y carácter. Pero el instinto maternal es del carajo. Carmen no se quedó tranquila pese a las caricias y las palabras de su Gaby. Llámalo al celular, dijo. Lo dejó aquí, míralo ahí, dijo el padre y señaló un teléfono Alcatel que estaba justo al lado de la vela, en la mesa de centro que tenían delante. Carmen no lo había visto. Pues llama a casa de su amigo, donde esté, y que se quede allí hasta mañana, que no venga de noche y tan oscuro. Basta, Carmen, se desesperaba Gaby. Dime el número y lo llamo yo. Ya debe estar llegando, chica, respondió el padre, ahora con tono de fastidio. Y era cierto. El cadáver de Gabriel Pulido Arnáez, alias Pompeya, su hijo, ya estaba llegando al portal de su casa en la calle Cruz Verde de Guanabacoa. Lo traían dos perros. Pero claro, los perros no lo habían traído hasta allí desde la casa de su amigo, que estaba cerca de los antiguos Escolapios y que era adonde había ido Pompeya a recoger el guante mágico con el que llegaría hasta el team Cuba. No. De la casa de su amigo, ya con el guante dentro de la mochila, Pompeya había salido casi una hora antes, tranquilo, silbando, con los auriculares puestos y escuchando un reggaetón que hablaba sobre sexo, bebidas y almendrones. Después que pasó todo, su madre pensó que tal vez por culpa de los jodidos auriculares (“no los pongas tan altos, hijo, que te vas a quedar sordo”, le decía diariamente el padre) el joven Pompeya no había visto venir a la muerte. No la había oído venir, mejor dicho. El reggaetón le taladraba los oídos (“¿no has oído a tu padre?, ¡bájale el volumen!, le decía diariamente Carmen) y Pompeya más que andar, bailaba, silbando y tarareando alternativamente la pegajosa música. Por eso no sintió llegar a la muerte. La muerte vino silenciosa, muy silenciosa, y lo hizo adrede, aposta, premeditadamente. La muerte sabía que Pompeya era atleta, un pelotero fuerte y talentoso, un practicante de boxeo, por eso debía ser muy rápida, tener sumo cuidado. Esta vez la muerte no había tenido que averiguar mucho sobre su posible víctima. A Gabriel Pulido Arnáez, alias Pompeya, todo el mundo lo conocía en Guanabacoa, en toda La Habana, en gran parte de Cuba. ¡El nuevo Javier Méndez! ¡Mejor que Víctor Mesa! Tal vez por eso fue escogido él y no otro como víctima. El asesino necesitaba (ya) un golpe de efecto, un golpe fuerte para ganar notoriedad, embutido como estaba en su personaje del huracán Anónimo, en el total anonimato. Estaba un poco harto de seguir en la sombra y de que solo los miembros de aquella cosa tonta llamada “Operación Anónimo” pudieran saber de él, hablar y conjeturar sobre él todo el tiempo. ¿Quieren guerra?, pensaba, pues tendrán guerra. Por supuesto, el joven Pompeya mientras regresaba a su casa estaba ajeno a todo esto. Ni siquiera sabía que la tormenta tropical “Gabrielle” era la séptima tormenta con nombre (su nombre) de la temporada de huracanes en el Atlántico ese año 2007. El joven Pompeya estaba sonriendo por los versos tan ocurrentes del reggaetón que oía (ay, mami, agárrate del tubo de la guagua, mami / agárrate del tubo y no te caigas, mami / agárrate del tubo), ajeno a que Gabrielle se había desarrollado como un ciclón subtropical el 8 de septiembre, cuatro días antes de su muerte, cerca de Cabo Lookout, en Carolina del Norte, Estados Unidos. Ya Pompeya había caminado como cinco cuadras, rumbo a Cruz Verde, sin saber que Gabrielle, tres días antes, el 9 de septiembre, había tocado tierra en Cabo Lookout, en los Outer Banks de Carolina del Norte, convertida en tormenta tropical con vientos máximos sostenidos de 90 km/h. Él llevaba el regalo de Kendry y el Duque en la mochila, y la mami de la canción seguía agarrando el tubo para no caerse. Eso era todo. ¿Qué más podía pedir? Feliz, tranquilo, el joven Pompeya regresaba a su casa ajeno a que “Gabrielle”, su tormenta tocaya, se había disipado el día antes, 11 de septiembre, dejando fuertes lluvias en toda Carolina y a lo largo de la costa, olas altísimas, corrientes turbulentas y marejadas que provocaron inundaciones leves. Él y su padre habían aceptado, con desgana pero con disciplina deportiva, aquella orden de “acuartelamiento obligatorio” que les llegó “de arriba”, y habían estado en una Casa Anónima, junto a otros muchos Gabrieles, hasta que al mediodía del mismo día de su muerte los liberaron. El joven Pompeya no supo nunca que los vientos y la lluvia de “Gabrielle” habían provocado solo daños menores en Carolina del Norte (vaya alivio, un respiro para sus habitantes, quienes todavía tenían frescas en la memoria las imágenes del huracán “Katrina”). No lo supo nunca. Ni él ni su padre ni el resto de los Gabrieles nacidos en Cuba y amenazados de muerte sin saberlo. Además, al joven Gabriel Pulido Arias, alias Pompeya, el futuro pelotero de Industriales y los equipos Cuba, el hijito de Carmen y Gaby, el sparring perfecto de los jóvenes boxeadores de Guanabacoa, qué le importaba “Gabrielle”, una tormenta tropical que andaba tan lejos, por el norte, que le importaba incluso que un día antes se disipara y desapareciera. Nada. Absolutamente nada. Él ya estaba muy cerca de su casa, en Cruz Verde, y la joven del reggaetón seguía agarrada fuertemente al tubo. Sonreía, silbaba, tarareaba, avanzaba. Estaba cada vez más cerca de su casa. Y tenían razón sus padres: el volumen de la música lo llevaba demasiado alto. Tenía razón su madre, aunque a este dato la policía no le hizo ni caso: por culpa del volumen en sus auriculares el joven Pompeya no vio venir al huracán Anónimo, no lo escuchó venir, mejor dicho. El huracán Anónimo jamás, hasta ahora, había usado un arma blanca en sus asesinatos, intentando mantener la coartada meteorológica de los huracanes. Pero con este negro enorme y deportista un arma blanca era lo más seguro (pensó así mismo: “con este negro”, no “con este tipo”, ni “en este caso”, ni “con esta víctima”, sino “con este negro”, e incluso sonrió al notar la paradoja del arma blanca para matar a un negro). Esta vez no correría riesgo. ¿Quieren guerra?, pues tendrán guerra, pensaba el huracán Anónimo mientras apretaba con fuerza el cabo del cuchillo, envuelto en una jaba de nailon de esas que dan en los supermercados para cargar la compra. Era un cuchillo grande, de carnicero, con hoja ancha y punta afinadísima y afiladísima. El huracán Anónimo había tenido la santa paciencia de afilarla él mismo en una chaira de piedra natural que tenía en su casa, que había traído años atrás de Barcelona. El huracán Anónimo estaba excitadísimo. Sí, estaba descontrolado, estaba excitadísimo y raramente feliz tan solo de pensar en lo que haría. La tormenta tropical “Gabrielle” no había tocado Cuba, cierto, ni siquiera había causado grandes daños en Estados Unidos; pero no le importaba. Allí estaba su nueva víctima, Gabriel Pulido Arnáez, alias Pompeya, y venía muy feliz, oyendo música, más negro que nunca en la oscuridad de la noche y del apagón en Guanabacoa. Ay, mami, agárrate del tubo de la guagua, mami / agárrate del tubo y no te caigas, mami / agárrate del tubo, cantaba Pompeya, ya no silbaba, ya no tarareaba, en el momento en que el cuchillo entró en su vientre a la altura del hígado el joven Pompeya acaba de cantar la frase ay, mami, agárrate del tubo de la guagua… Es más, el cuchillo cortó la guagua en dos, al medio. Ay, mami, agárrate del tubo de la gua… y la siguiente sílaba se convirtió en un grito seco, sordo, amargo, dolorosísimo, guarrrrrrrrrrr (o tal vez sonó guagggggggggg, un poco más exacto). Y el joven Pompeya cayó al suelo. No opuso resistencia. Cayó al suelo. Cayó al suelo como un saco de papas, se dice muchas veces. Fue una caída rápida, en picada, limpia. Fue una puñalada rápida, en picada (nunca mejor dicho), limpia. Después los forenses dijeron que había sido una incisión muy limpia, muy profesional. Un forense dijo “un corte limpio”, pero nuestra Forense, la forense Mayeta, fue más técnica y lo rectificó: una incisión limpia, muy limpia, muy profesional. Su compañero (llamémosle Forense 2), sonrió con anuencia. Lo que sí no dijeron los forenses, ni la Mayeta ni el Forense 2, porque no lo sabían, es que mientras Pompeya se desangraba, sorprendido por su muerte tan temprana y delante de su guante mágico, en sus auriculares una joven continuaba agarrada fuertemente al tubo de una guagua; ni que, mientras él se desangraba, su pobre madre, desesperada ya, le pedía a su padre que consiguiera el número del amigo de Pompi para llamarlo ella; ni que, mientras él se desangraba, el huracán Anónimo, su asesino, le metía en la mochila, justo encima del guante mágico que le había mandado el dueto Kendry-Duque, un pomo plástico pequeño, lleno de agua de mar, que llevaba puesta una etiqueta en un papel escrito por su puño y letra y que decía “Pobrecito Gabriel” sobre un dibujo del típico esquema en espiral de un huracán, con su ojo y sus bandas. Ni los forenses ni sus padres supieron que el cadáver de Pompeya estuvo más de media hora allí, a pocos metros de su casa, desangrándose, y que pasada media hora fue cuando dos perros callejeros, Asesino y Azul, se lo encontraron, rabiosos de hambre, y comenzaron a pelear por él, arrastrándolo. El perro más grande y musculoso que arrastraba a Pompeya no por gusto se llamaba Asesino: era un rottweiler violento y despiadado. Por su aspecto y su fiereza su último dueño, el que lo había bautizado con aquel nombre inequívoco, lo echó de su casa, y lo había hecho para no matarlo, que fue lo primero que pensó cuando Asesino atacó a su hijo de tres años, vaya susto. El dueño de Asesino vivía en Mantilla y había abandonado al rottweiler tres noches antes de que este tropezara con el cadáver del joven Pompeya; lo había abandonado en el barrio La Jata, de Guanabacoa, bien lejos de su casa mantillera. Y el perro Asesino llevaba tres días con sus noches dando tumbos por Guanabacoa, sembrando el miedo en quienes se le acercaban, nervioso, desorientado y muerto de hambre. Ya varios vecinos habían denunciado que había un perro suelto, violento, en los alrededores. Ya el perro había atacado y destrozado a varios animales: gatos, gallinas, un carnero, otros perros. Pero seguía suelto. Igual que Azul. Azul era un perro pastor alemán, con cara de noble, pero inmenso y feroz sobre todo cuando estaba hambriento, como la noche en que el huracán Anónimo asestó la puñalada a Gabriel Pulido Arias. Azul llevaba también varios días abandonado, muchos más días que Asesino: una semana justo. Su dueño, un poeta fanático de Rubén Darío, le había puesto Azul en homenaje al libro estrella del poeta nicaragüense, pero Azul era un perro de prosa, poco poético, era un perro demasiado pastor, demasiado alemán, demasiado perro para vivir en el cuarto piso de un apartamento de microbrigada en Alamar, en el Barrio de los Rusos, conviviendo con su dueño el poeta, su mujer y dos niños pequeños. Así que su dueño (obligado literalmente por su esposa) también decidió abandonarlo y escogió para ello un lugar bien lejano de Alamar (según él): el reparto Nalón de Guanabacoa. Y Azul llevaba una semana dando tumbos por aquellas calles, placeres, plazas, parques, desfallecido de hambre y de tristeza. Y la noche que el huracán Anónimo partió al medio la guagua de un reggaetón y el hígado de un futuro pelotero de Industriales, Azul estaba husmeando, hociqueando en los latones de basura de la calle Cruz Verde, buscando comida, desesperado. Y cuando su finísimo olfato alumbró en la oscuridad un cuerpo muerto, carne fresca, sangre, muy cerca, el perro Azul fue menos poeta que nunca, más perro que otras veces, un pastor alemán salivando como si tuviera al mismísimo Pavlov delante, y fue directo al cuerpo. Claro, Azul no sabía que Asesino tenía el mismo olfato, la misma hambre, las mismas ganas de hincarle el diente a lo que fuera. Por eso se encontraron con hambre y rabia sobre el cuerpo del joven Pompeya, y comenzaron a disputarse aquel manjar a dentellada limpia. Y entre mordiscos y tirones arrastraron por la calle Cruz Verde el cadáver de Gabriel Pulido Arias, el hijo de Carmen y Gaby, el futuro jardinero central de Industriales y los equipos Cuba. Los forenses dijeron después, no obstante, para tranquilizar a la familia, que el joven Pompeya no había muerto comido por los perros, como decían sus vecinos, sino de una limpia puñalada (dijo la forense Margarita Mayeta), y no sufrió, señora, tanto, quiero decir (dijo el Forense 2), y ambos apartaron la vista de los ojos de la vieja Carmen, que estaba mueble, piedra, roca negra y llorosa, muda y rota desde que le dijeron lo que había pasado. Quienes hallaron el cadáver de Pompeya no le dijeron nada a la señora Carmen. No le dieron detalles. Ni su marido Gaby tampoco. Ni el inspector de policía que llevaba el caso. Nadie le contó los macabros detalles. Le ahorraron saber que cuando un carro patrullero en ronda de rutina dobló en Cruz Verde aquella noche y alumbró lo que alumbró (dos perros arrastrando un cadáver humano a tan solo dos puertas de la casa de los dos Gabrieles, padre e hijo), los propios policías no podían creerlo. Dos perros enormes y un cadáver humano; dos perros enormes tirando del cadáver, mordiendo y mordisqueando. La primera reacción del chofer del carro patrullero fue pisar el freno (y lo hizo): ¡pero qué coño es eso! La segunda reacción fue poner la luz larga (y lo hizo). La tercera reacción fue accionar el cláxon (y también lo hizo). La cuarta reacción (y también lo hizo) fue pisar el acelerador y dirigir el carro bruscamente hacia los perros, contra ellos y el cadáver, mientras su copiloto, el otro policía, era quien decía esta vez: ¡pero qué coño es eso! Contó la vieja Carmen Arias, luego, que ella sintió aquel sonido del claxon desde la sala de su casa, un pitido larguísimo, pero que nunca lo asoció a su hijo Gabrielito. Contó luego su padre Gaby, destrozado, que él también lo escuchó, pero tampoco pensó en su hijo. Tras el golpe de claxon, largo, larguísimo, nadie pensó en Pompeya. Cuando sí pensaron en Pompeya fue segundos después, cuando sonaron los disparos. Porque después de arremeter con el carro patrulla contra los perros y el cadáver, viendo que ni así las dos bestias aquellas soltaban su presa, el conductor del patrullero pensó que tenía que detener el carro (y lo hizo). Pensó que tenía que salir del carro y detener aquella comilona (y lo hizo). Lo pensaron los dos (y los dos lo hicieron). El chofer del carro patrullero pensó que debía sacar su arma reglamentaria, una Makarov que nunca, jamás, había tenido que disparar en casi 10 años de servicio (y así lo hizo). Así lo hicieron. Porque aquellos jodidos perros, con la luz larga del carro dándoles de frente, con el capó del carro casi encima de ellos, y a pesar del claxonazo intimidante, los miraban de frente, desafiantes, babeantes, sin soltar la presa. Fue entonces cuando ambos policías saltaron del carro, echaron mano a sus pistolas y apuntaron, el chofer a Asesino y el copiloto a Azul. Fue entonces cuando los perros, las bestias, aquellos moles dentadas y babeantes y furiosas soltaron al cadáver de Gabriel Pulido Arias, alias Pompeya, y saltaron sobre los policías. O intentaron saltar, porque las balas son más rápidas. Nada más que soltaron el cuerpo de Pompeya, y apoyados en sus piernas traseras como en una macabra coreografía muy ensayada, Asesino y Azul intentaron saltar contra ellos, ambos policías pensaron que había llegado el momento de estrenar sus Makarovs, todo fue uy rápido, pensaron que había que apretar los gatillos, y lo hicieron. Y sonaron como auténticas bombas en el silencio oscuro de la calle Cruz Verde los disparos. Los disparos que sí oyeron, cómo no, Carmen Arias y Gabriel Pulido, los padres de Pompeya. Y esta vez sí pensaron en su hijo. Fue instintivo, automático: sonaron los disparos a la vez (otra coreografía que parecía ensayada) y Carmen y Gaby a la vez gritaron ¡GABRIELITO!, saltaron del sofá y gritaron ¡GABRIELITO!, intuición maternal, miedo paterno, ganas de aquel miedo y aquella intuición no tuvieran sentido. Pero lo tuvo, lamentablemente. Y para colmo casi al instante vino la luz. Dios dio, hágase la luz, y se hizo. Y con la claridad y los disparos salieron los vecinos, todos los vecinos, y el horror lo invadió todo, se hizo inmenso, insoportable. En una acera de la calle Cruz Verde, había tres cadáveres. El cadáver de un rotwailer con un tiro en la frente, el cadáver de un pastor alemán con un tiro en un ojo, y el cadáver de Gabriel Pulido Arias, alias Pompeya, Pompi, Gabrielito, el hijo único de Carmen y Gaby, el mejor pelotero de Guanabacoa, el futuro center field de Industriales y el equipo Cuba. Inenarrable lo que continuó, imposible contarlo. Solo diré que el joven Pompeya, según se supo luego, para alivio de todos, no había sentido ni un solo mordisco, ni una sola dentellada, ni siquiera sintió el pavimento destrozando su piel; el joven Pompeya había muerto casi en el acto, había agonizado durante poco menos de un minuto tras la puñalada, el tiempo suficiente para que la mami de la guagua soltara el tubo del raegguetón y empezara a sonar otro tema del mismo género en un MP3 blanco y pequeño, ya irrecuperable. Ya todo era irrecuperable: el MP3, la ropa de Gabriel, su rostro, su vida. Cuando Criminalística llegó y cercó la zona y levantaron el cadáver, lo único recuperable (y con valiosa información para aquel caso) era la mochila del joven Pompeya. Allí dentro, como encogido de pavor, había un guante grande de pelotero, de jardinero zurdo, carmelita oscuro y new packet. Este guante es una joya (no pudo evitar pensar el oficial que requisaba pruebas). Con más de un pie de largo, con la palma profunda y correa cerrada, el guante miraba a los oficiales y todos miraban en silencio al guante. Está perfecto para atrapadas de “cono de nieve”, dijo Pompeya la primera vez que lo tuvo en la mano. Está volao, dijo su amigo, el que vive por los antiguos Escolapios. Está escapao, dijo el padre de su amigo, probándolo. Ahora sí, asere, dijo Pompeya. Hasta el teamCuba no pares, dijo el padre de Pompeya. O hasta las Grandes Ligas, bróder, no seas comemierda, dijo su amigo. Y se partieron de la risa. Y junto al guante, casi dentro de él pero no encogido de pavor sino con cierta altanería, los oficiales hallaron el misterioso hallazgo de aquel pomo de agua, con aquella etiqueta. En cuanto la vieron, el detective Riverón, la forense Margarita Mayeta y el mayor Armenteros se miraron en silencio. Angulo le pasó el pomo de agua a la Forense y esta se lo pasó al detective Riverón, todo en silencio. El detective Riverón observó detenidamente la etiqueta.

—El muy cabrón se está burlando de nosotros —dijo.

            Silencio.

            —Es su jodida firma.

            Silencio.

            —Está descontrolado y ha ganado confianza.

            Silencio.

            —Se siente fuerte el muy cabrón.

            Silencio.

Silencio.

Silencio.

—¿Y esa botella de agua?

Silencio.

—¿Usted entiende lo de la botella de agua, detective?

El detective Riverón no quería especular, no le gustaba especular. Esperaría. Esperaría a que el Laboratorio dijera qué era aquello, qué tipo de líquido era ese líquido que ellos llamaban agua, que parecía agua.

Y cuando los del Laboratorio confirmaron que sí, que era agua, el detective Riverón rompió el silencio, delante otra vez de la Forense y del mayor Armenteros, como si hubieran dejado la conversación en pausa tres segundos antes y no varias horas.

—Es agua —dijo.

—¿Agua? —preguntó la forense Margarita Mayeta.

—Agua de mar —dijo el detective Riverón—. La botellita estaba llena de agua de mar.

—¿Y eso? —Armenteros.

—Agua de mar —la forense Mayeta.

—Algo quiere decirnos —el detective Riverón.

—¿Pero qué? —la Forense.

—No lo sé aún —detective Riverón—. Pero algo quiere decirnos con esta botella llena de agua de mar y la etiqueta de los huracanes.

—Se está perfeccionando —intervino por fin Eusebio Pi, que había estado todo el tiempo detrás de su jefe, o a su lado, pero solo intervenía si podía repetir alguna frase que había oído al detective antes.

—Se está perfeccionado el muy cabrón —confirmó el detective—. Esta es, digamos, su firma mejorada.

—Pero qué quiere decirnos —insistió la Forense.

—No lo sé aún —detective Riverón.

Y así siguieron durante más de una hora, cotejando todas las informaciones que tenían sobre el nuevo asesinato del huracán Anónimo. Ninguno de ellos pensó en la enorme pérdida que había tenido el béisbol capitalino. Ninguno de ellos supo, nunca, lo que se vivió en Guanabacoa tras la muerte de Pompeya, al día siguiente, en las siguientes semanas. Nunca se había visto un entierro tan multitudinario, ni tan dolido, como el entierro de Gabriel Pulido Arias, alias Pompeya, el malogrado center fied de los equipos Cuba. Nunca se había vivido un momento tan violento ni en el barrio ni en todo el municipio. Ni siquiera cuando el asalto al carro del dinero, decían. Pero ninguno de ellos cuatro (el detective Riverón, Eusepio Pi, la Forense Margarita Mayeta, el mayor Armenteros), ni Rolo Contreras, ni el licenciado Echemendía, ni Paquita Diligencia, ni ningún otro miembro de la “Operación Anónimo” fue testigo de aquello: de los gritos, los llantos, los rituales religiosos y los aplausos en el adiós definitivo al joven Pompeya.

Y el huracán Anónimo tampoco. Consumado el hecho, se desentendió por completo de sus consecuencias. Y una vez en su casa, se dio una ducha, se afeitó, puso música clásica (Vivaldi) y encendió la computadora. Estaba muy tranquilo. Con parsimonia abrió un archivo en Word, en blanco. Con un solo dedo activó la mayúscula. Y entonces tecleó, despacito: PRÓXIMA TORMENTA TROPICAL: INGRID.

 

EL HURACÁN ANÓNIMO.

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  • Peso del producto : 939 g
  • Tapa blanda : 654 páginas
  • ISBN-10 : 1673943314
  • ISBN-13 : 978-1673943313
  • Editorial : Independently published (10 diciembre 2019)
  • Dimensiones del producto : 13.97 x 4.17 x 21.59 cm
  • Idioma: : Español